San Francisco Solano, misionero franciscano en Perú

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Imagen del Santo venerada en la iglesia de San Francisco de Lima, Perú.

Nació en Montilla (Córdoba) el 10 de marzo de 1549 y era el segundo hijo de Mateo Sánchez Solano y de Ana Jiménez, familia pudiente y perteneciente a la nobleza. Cuando el niño tuvo la edad escolar lo pusieron bajo la tutela de los jesuitas. Con solo veinte años de edad, vistió el hábito franciscano en el convento de San Lorenzo de su localidad natal, convento que pertenecía a la provincia franciscano-observante de Granada y allí hizo su profesión simple el día 25 de abril del año 1570. Se destacó por su austeridad y por su observancia rigurosa de la Regla y continuó sus estudios de filosofía y teología en el convento de Nuestra Señora de Loreto, en Espartinas (Sevilla), habitando una celda situada junto a la iglesia.

Celebró su primera Misa el 4 de octubre de 1576 y en el año 1581 fue nombrado maestro de novicios en el convento de Arrizada (Córdoba), responsabilidad que continuó ejerciendo en el convento de San Francisco del Monte en plena Sierra Morena, del que también fue padre guardián. Habiendo brotado una epidemia de peste bubónica en el vecino pueblo cordobés de Montoro, se ofreció voluntario para asistir a los apestados. Más tarde, fue destinado al convento de San Luís de la Zubia, cercano a Granada, donde destacó como un elocuente y estimadísimo predicador popular y como un auténtico apóstol entre los enfermos y los encarcelados. También era muy aficionado a la música, especialmente al violín, actividad que cultivó durante toda su vida.

Como el pueblo sentía verdadera veneración hacía él, quiso quitarse de en medio solicitando ser enviado a África como misionero, pero por santa obediencia tuvo que marchar a América. El 28 de febrero de 1589 embarcó en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) junto con otros once compañeros. En el mismo barco iban también el virrey de Perú, Don García Hurtado de Mendoza y el padre Baltasar Navarro, que era el custodio de Tucumán. Él aprovechó la travesía para predicar a la tripulación del barco. Llegaron a Cartagena de Indias (Colombia) en el mes de mayo, después a Portobelo y finalmente a Panamá, atravesando a pie lo que hoy es el canal de Panamá para pasar del Atlántico al Pacífico.

Mientras se dirigía al Perú en el año 1589, el galeón en el que viajaba se hundió cerca de la isla Gorgona, que es una isla volcánica situada a unos treinta y cinco kilómetros de las costas colombianas. Trató de salvar a los pasajeros entre los que iban ochenta esclavos negros y se constituyó en padre y protector de aquella pequeña comunidad de náufragos, a los que catequizó y bautizó. Después de pasar dos meses en penuria, fueron encontrados por otra nave que los llevó al puerto de Paita. Francisco continuó el viaje atravesando a pie los arenales de la costa norte del Perú hasta que llegó a la ciudad de Lima en el año 1590. El arzobispo de la ciudad era Santo Toribio de Mogrovejo; allí estuvo muy poco tiempo porque sus superiores lo destinaron a las misiones del lejano territorio de Tucumán, para lo cual tuvo que hacer un fatigoso y largo viaje de cerca de tres mil kilómetros, atravesando la cordillera de los Andes, bien a pie o a lomos de un borrico, acompañado de otros ocho frailes franciscanos.

Imagen e iglesia dedicadas al Santo en Piura, Perú.

Atravesaron los Andes por el valle de Jauja y Ayacucho hasta llegar a Cuzco. Cruzaron la meseta del Collao y entraron por el norte de Argentina, bajando posteriormente hasta Salta y finalmente, a las inmensas llanuras de Tucumán, donde llegaron en el mes de noviembre del año 1590. Allí fundó las misiones de Socotonio y de Magdalena en las cuales fue el párroco misionero, ejerciendo un difícil pero fecundo apostolado entre los indios calchaquíes. Allí se vio favorecido por el don de lenguas y fue su evangelizador, su pacificador y su defensor. Es famosa su obra pacificadora entre los indios rebeldes el día de Jueves Santo del año 1591.

Se dice que en aquellos territorios convirtió a más de doscientas mil personas a los cuales bautizó. En el año 1592 fue nombrado custodio y visitador de las misiones en el Tucumán (San Miguel de Tucumán, Santiago del Estero, Rioja y Córdoba), expandiéndose así su apostolado entre los hombres blancos y criollos. En aquellas tierras argentinas aun se le recuerda con verdadera devoción.
En el año 1595 fue llamado nuevamente a Perú y nombrado padre guardián del convento descalzo de Santa María de los Ángeles que acababa de fundarse a las afueras de la ciudad de Lima. Aceptó el cargo por obediencia y allí se dedicó por entero a la oración y a la penitencia, pero poco tiempo después renunció a esa responsabilidad.

En el año 1602, aun a pesar suyo, es enviado a la ciudad de Trujillo otra vez como padre guardián. Fue un predicador inspirado porque es célebre su predicción del 12 de noviembre del año 1603, en la que manifestó que la ciudad sería desvastada, cosa que ocurrió el 14 de febrero del 1619. Volvió a Lima en el año 1604 otra vez como guardián, pero abandonó su retiro en el convento dedicándose a recorrer las calles y plazas de la ciudad, crucifijo en mano, anunciando un gran castigo divino si no se convertían y exhortando a todos a hacer penitencia. Fue tanto el “miedo que les metió en el cuerpo a los limeños” que tuvo que intervenir el mismísimo virrey. La ciudad se conmocionó y tuvieron que advertirle que en adelante no lo hiciera más. A pesar de esto y aunque era austerísimo y personalmente se mortificaba al máximo, siempre mostraba la alegría propia franciscana y con su violín a cuestas recreaba los ratos de ocio de sus hermanos franciscanos y de los ciudadanos limeños en general. (Permitidme una licencia: les metía miedo y después les tocaba música).

Imagen del Santo venerada en su Montilla natal, Córdoba (España).

La penitencia y su incansable trabajo apostólico lo debilitaron tanto que en el año 1608 fue necesario hospitalizarlo en el convento-enfermería “Máximo de Jesús”, el actual convento de San Francisco, en Lima, donde murió santamente el 14 de julio del año 1610, fiesta de San Buenaventura, mientras sus hermanos franciscanos cantaban el Credo alrededor de su lecho de muerte. El entierro fue apoteósico; fue sepultado en la iglesia llevando el féretro el propio arzobispo de Lima, el virrey y otros ilustres personajes. En su tiempo, habían sido contemporáneos suyos, Santa Rosa de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo, San Martín de Porres y San Juan Macías.

El proceso informativo para su canonización comenzó inmediatamente, el mismo año de su muerte, encontrándose un gran número de testimonios acerca de su santidad y de los milagros realizados aun en vida. Su beatificación fue solicitada por los reyes de España Felipe III y Felipe IV y por numerosas ciudades, tanto americanas como españolas, pero debido a las normas que había promulgado el Papa Urbano VIII, no fue beatificado hasta el 25 de enero de 1675 por parte del Papa Clemente X. Fue canonizado por Benedicto XIII el 27 de diciembre del año 1726 junto con San Peregrino Laziosi y San Juan de la Cruz. Pero incluso antes de su beatificación oficial, ya había sido declarado patrono de numerosas ciudades de Perú, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Argentina.

La festividad de San Francisco Solano fue fijada por el Papa Benedicto XIII el día 14 de julio, pero como coincidía con la festividad de San Buenaventura, el Papa Benedicto XIV la pasó al día 24. San Pío X, en el año 1913, nuevamente la trasladó al día 14. Debido a esto, en diversas diócesis o congregaciones de la gran familia franciscana, es celebrado el 13, el 21 o el 24 de julio. La Orden Franciscana lo celebra el día 13.

Reliquias del Santo sacadas en procesión en Piura (Perú), el 2 de septiembre de 2010.

San Francisco Solano es venerado en Lima y especialmente en Montilla, su ciudad natal, donde en el año 1773 le fue dedicada la iglesia parroquial que se había construido en el lugar ocupado por su casa paterna. Su sepulcro está en el convento de San Francisco en Lima, pero fue profanado. Se conserva el cráneo y parte de su hábito franciscano. Iconográficamente, siempre se le representa con el hábito franciscano y el crucifijo en una mano en actitud evangelizadora, portando el violín en la otra. En Lima se conserva un retrato suyo que ordenó pintar el virrey inmediatamente después de su muerte. Es conocido como el San Francisco Javier de las Indias Occidentales, el apóstol de América del Sur y el Taumaturgo del Nuevo Mundo. Yo he tenido la dicha de pasar una noche en la que fue su celda en el convento franciscano de Loreto (hoy convertida en capilla) y siento un especial cariño hacia él.

Antonio Barrero

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