“Su sudor se hizo como coágulos de sangre”

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Gethsemané", obra de Adam Abram, muestra a Jesús postrado en el Huerto de los Olivos.

“Gethsemané”, obra de Adam Abram, muestra a Jesús postrado en el Huerto de los Olivos.

“Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como coágulos de sangre que caían en tierra” (Lucas, 22, 44).

La hematidrosis es lo que le ocurrió a Jesús al inicio de su Pasión. El sudor de sangre que padeció Jesús en el Huerto de los Olivos no fue un hecho aislado, sino que fue un primer episodio que tuvo una repercusión muy grave en todos los acontecimientos ocurridos con posterioridad durante su martirio. De la hematidrosis o sudoración de sangre en realidad no se sabe mucho. Es verdad que en algunas enfermedades pueden originarse fenómenos parecidos y que a lo largo de la historia se han dado algunos casos. Aunque algunos científicos dicen que se trata de un fenómeno psicogénico, bien es cierto que actualmente se admite que es un fenómeno fisiológico, cuyo origen puede estar en graves alteraciones psíquicas.

Terminada la cena y hechas las últimas recomendaciones a sus discípulos, Jesús se fue a orar al Huerto de los Olivos, concretamente al lugar denominado Getsemaní, pasando previamente por el torrente Cedrón. Aquella noche no era como otras muchas noches en las que Jesús se había acercado a orar a ese lugar, cosa que hacía cada vez que subía a Jerusalén. Todos estaban tristes por lo que el Maestro les había comunicado que iba a suceder; todos tenían miedo, y Jesús también lo tenía. Llegados allí, les conminó a que estuviesen vigilantes y en oración, mientras que él, algo más alejado, se postraba en tierra realmente abatido. San Marcos nos lo dice textualmente: “Mi espíritu está triste, hasta el punto de morir” (Marcos, 14, 34). Jesús estaba angustiado, lleno de pavor, su naturaleza humana luchaba contra la muerte. Se sentía morir de puro sufrimiento moral.

Jesús confortado por un ángel. Óleo de Carl Heinrich Bloch.

Jesús confortado por un ángel. Óleo de Carl Heinrich Bloch.

Jesús, que siempre se mostró con un autodominio que desconcertaba a los escribas y fariseos, estaba abatido. Era un hombre que sabía lo que habría de sucederle porque también era Dios y, como hombre, estaba hundido. Sabía que sería torturado hasta la muerte, pero lo que aún era peor, que sería traicionado, negado y abandonado por sus amigos; y esta terrible agonía fue la que le produjo la hematidrosis. El futuro, para Él era presente, o sea, conocía todo lo que le iba a suceder en los próximos días y horas. Él lo aceptaba, pero su naturaleza humana se rebelaba y esa resistencia la expresó con una reacción fisiológica extraordinaria: se puso lívido, acongojado, entró en agonía y sudó sangre.

Aquellos a quienes Él quería, lo abandonaban, lo vendían, lo negaban, incluso, pedirían su muerte y Él, que lo sabía, se encontraba completamente solo, lleno de terror, sabiendo además que ni siquiera Dios podía hacer nada para impedirlo, ya que ése era su destino, para eso exactamente había venido al mundo. Estaba abandonado por los suyos y estaba abandonado por Dios. Terrible.

Todo esto lo hirió de muerte y su naturaleza humana estalló de terror, de angustia y sudó sangre. Lo narra perfectamente el evangelista Lucas que, precisamente, era médico: “Y sumido en agonía, su sudor se hizo como coágulos de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas, 22, 44). San Lucas no habla de “gotas de sangre” sino de “coágulos de sangre”, ya que en su evangelio utiliza la palabra θρόμβος, que significa coágulo, trombo, de la cual deriva la palabra trombosis.

Ante esto, ni los Santos Padres se pusieron de acuerdo: para unos era una cosa natural, para otros, sobrenatural; e incluso para algunos, una metáfora. Algunos, en Occidente, llegaron incluso a quitar este texto del evangelio, pero en Oriente siempre se mantuvo el texto íntegro. En eso precisamente se basó Arrio para negar la divinidad de Cristo, diciendo que Dios no podía caer humanamente tan bajo, ni tener esa debilidad. Quizás por esto, en algunos manuscritos se quitó la palabra θρόμβος y se cambió por “gotas de sangre”. En Concilio de Trento puso las cosas en su sitio.

Jesús en agonía en el Huerto de los Olivos. Fotograma de la película "La Pasión" (Mel Gibson, 2004).

Jesús en agonía en el Huerto de los Olivos. Fotograma de la película “La Pasión” (Mel Gibson, 2004).

Esta hematidrosis, desencadenada porque se sentía morir a consecuencias de un sufrimiento que en aquel momento era moral, no era físico, no era un milagro. Fue un fenómeno que le ocurrió en una circunstancia extrema. La sangre de miles de vasos capilares rotos, se mezcló con el sudor y le salió por todos los poros del cuerpo y cayó al suelo. Pero al ser la sangre más densa que el sudor, la que se detuvo entre las arrugas de la piel y el vello, se coaguló; y esos coágulos formados sobre su piel también cayeron al suelo, arrastrados por el sudor; y es por eso por lo que Lucas dice: “Y su sudor se hizo como de coágulos de sangre que caían hasta la tierra”.

El evangelista no dice cuanto tiempo duró este fenómeno, pero pudo durar “una hora”: “¿No habéis podido velar una hora conmigo?” (Mateo, 25, 40), o sea, duró bastante tiempo, porque el concepto de hora que tenemos actualmente (una hora es sesenta minutos), no era el concepto que existía en la Palestina de aquel tiempo, que seguía el horario romano. Tampoco se puede saber cuánta sangre perdió, pero alguna orientación sí se puede tener. La cantidad de sangre perdida estuvo en relación con el tiempo que duró el fenómeno; y además, la perdió por todo el cuerpo, pues por todo el cuerpo sudamos, en mayor o menor medida, y para que se formen coágulos se necesita una cantidad considerable de sangre. El sufrimiento moral y el estrés que le produjo este fenómeno fue tan grave que, desde ese momento, Jesús se quedó sin fuerzas físicas y repercutió gravemente en su organismo durante todos los días y horas que le quedaron de Pasión. Jesús sufrió lo que los médicos denominan un shock hipovolémico (grave pérdida de sangre y líquido que hace que el corazón sea incapaz de bombear suficiente sangre al cuerpo), que a su vez le provocaba una sed terrible y una fiebre espantosa. Por eso, desde ese momento y durante toda la Pasión, tuvo un grave bajón de presión arterial, con la consiguiente pérdida de fuerzas, mareos y fatigas.

"Jesús en el jardín de Gethsemané", lienzo de Heinrich Hofmann (1890).

“Jesús en el jardín de Gethsemané”, lienzo de
Heinrich Hofmann (1890).

Pero este fenómeno, en el que estallaron miles de vasos capitales, dejó toda la piel de su cuerpo terriblemente dolorida, todo su cuerpo quedó en “carne viva” y por lo tanto, muy debilitada para sufrir los innumerables golpes y latigazos que aún le esperaban hasta su muerte. Humanamente, no puede explicarse cómo pudo soportar los malos tratos, la flagelación, la coronación de espinas ni el llevar el patíbulo sobre sus hombros camino del Calvario. ¡Y aún no había empezado lo que denominamos “la Pasión”!

“Yo soy un gusano, no soy un hombre; oprobio de los hombres y despreciado por el pueblo” (Salmo, 22, 7).

Antonio Barrero

Bibliografía:
– CABEZÓN MARTÍN, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid, 2003.
– HERMOSILLA MOLINA, A., “La Pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984.
– Sagrada Biblia de Jerusalén.

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