San Gregorio Magno, Doctor de la Iglesia

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Lienzo del Santo, obra de Francisco de Zurbarán. Museo Provincial de Arte, Sevilla, España.

San Gregorio nació alrededor del año 540, siendo sus padres los santos Gordiano y Silvia, nobles cristianos que destacaban por los servicios prestados a la Iglesia.
El Papa San Félix III había sido su tatarabuelo y su padre había estado encargado de los asuntos administrativos de la sede papal. Su casa se encontraba en la zona más noble de la ciudad de Roma, muy cerca del Palatino, del circo Máximo y de las basílicas lateranense, de San Clemente, de los Santos Juan y Pablo y de los Cuatro Santos Coronados.

Su adolescencia transcurrió en el período más oscuro de la historia de la Roma del siglo VI, cuando la ciudad había sido tomada por los ejércitos bizantino y ostrogodo y cuando había estado a punto de ser destruida por el rey Totila.
Aprendió gramática, retórica, medicina y derecho, cosa que se nota leyendo sus escritos. Pero casi nada se sabe sobre su formación religiosa, estando claro de todos modos, que en él debieron influir sus santos padres Gordiano y Silvia y sus santas tías paternas Társila y Emiliana. Su propia madre, al morir su padre, abrazó la vida ascética pasando sus últimos años en el retiro de San Sabas en el Aventino.

Con rotundidad no se puede afirmar si siendo joven él sintió lo mismo. Existe un único escrito suyo, dirigido a San Leandro de Sevilla, en el que de alguna forma se lamenta de “haber perdido el tiempo siendo joven, dedicándose más a las cosas mundanas que a las cosas trascendentales”.
En el año 572 entró como funcionario en el gobierno de Roma y se convirtió en el prefecto de la ciudad, que era el mayor cargo administrativo ya que de él dependían las finanzas, el avituallamiento, la policía, la protección de los edificios públicos, así como las relaciones entre la autoridad civil y la Iglesia. El era un administrador del emperador bizantino, que tenía un profundo sentido del orden, de la disciplina y del respeto a las leyes.

Durante este tiempo ocurrió el llamado “Cisma de los Tres Capítulos” en el que incurrieron algunos obispos del norte de Italia. Pero él, al mismo tiempo que se dedicaba a estos servicios civiles en la ciudad de Roma, empezó a sentir la necesidad de dedicarse también a las cosas del espíritu por lo que tres años más tarde, como no se había casado, decidió consagrarse a Dios cambiando sus vestiduras por las de monje. Aunque no abandonó la ciudad, se retiró a una casa heredada de su padre, la cual transformó en monasterio y en la cual habían vivido como ermitañas sus propias tías, Santa Társila y Santa Emiliana.

Conversión del padre del Santo. Manuscrito iluminado griego del s.IX.

Fundó otros seis monasterios en unos terrenos que tenía en Sicilia y por humildad no quiso ser elegido abad. Se dedicó a llevar una vida tranquila, dedicada a la oración, al ayuno y a la soledad y esto le acarreó un grave problema de estómago que le duró toda su vida. Se dedicó también a leer y estudiar las Sagradas Escrituras y a los exégetas latinos, siendo sus autores preferidos San Agustín y San Jerónimo. Al no saber ni griego ni hebreo, tuvo que leer la versión de la Biblia traducida por San Jerónimo.

En estos años de vida monástica fue madurando su personalidad y se fue formando para en el futuro ser un Papa-monje, pero verdaderamente, muchos datos concretos sobre él en ese tiempo, no se tienen. Sus biógrafos dicen que estuvo tentado de ir el mismo a Inglaterra como misionero, cosa que no hizo aunque si envió a otros.
¿Cuánto le duró este estilo de vida? Con exactitud no se sabe ya que en un año impreciso entre el 579 y el 590, el Papa Pelagio II lo promovió al diaconado con la intención de darle más altas responsabilidades, como la de legado pontificio en Constantinopla. La fidelidad que siempre le había mostrado a la Iglesia, la fortaleza de su carácter, el hecho de renunciar a todo su patrimonio y el conocimiento que tenía acerca de cómo funcionaba la administración bizantina, influyeron para que el Papa tomase esa decisión de enviarlo a Constantinopla. Allí permaneció hasta principios del año 586, siendo legado pontificio pero viviendo como un monje.

En Constantinopla conoció a San Leandro arzobispo de Sevilla. San Leandro había ido a Constantinopla para conseguir ayuda para la Iglesia Hispana.
En la ciudad imperial encontró tranquilidad, pues había pasado el tiempo de la controversia monofisita, aunque quedaban algunos grupos resistentes en Egipto y en el patriarcado de Antioquia.

Tuvo que combatir los errores del patriarca Eutiquio de Constantinopla que afirmaba que un cuerpo resucitado no tenía la misma identidad que un cuerpo vivo. Discutió con él delante del emperador, el cual apoyó las tesis de Gregorio. Con posterioridad, el patriarca se retractó de sus errores.
En Constantinopla tuvo que buscar ayuda militar para contener en Italia la presión ejercida por los longobardos y para evitar golpes de mano en la región de Roma, ciudad que solo tenía policía ciudadana pero que no tenía ejército. Como el emperador estaba en guerra con los persas, todo lo que pudo hacer fue enviar dinero para comprar la alianza de algunos nobles longobardos y del rey Childeberto II y así, se tranquilizaron las cosas.

El Santo celebrando la Santa Misa. Obra de Adrien Ysenbrandt (s.XVI).

Como he dicho antes, Gregorio no sabía la lengua griega y en Constantinopla buena parte del clero hablaba esta lengua, por lo que tuvo que tratar preferentemente con personas oriundas de Roma que hablaban el latín. De todos modos, por su forma de ser, se ganó la estima y amistad de todos, cosa que le valió muchísimo cuando fue elegido Papa.

Cuando volvió a Roma, fue elegido secretario del Papa Pelagio II al que ayudó a solucionar el “Cisma de los Tres Capítulos” que he mencionado antes. Allí en Roma, actuó también como abad de su monasterio durante dos años ya que esto era compatible con los servicios que le prestaba al Papa.
Como consecuencia de unas lluvias torrenciales e inundaciones ocurridas en Roma a principios del año 590, inundaciones que destruyeron algunos edificios y los almacenes de grano de la ciudad, se originó una epidemia de peste bubónica, lo que originó la muerte del Papa el día 5 de febrero del año 590.

Era necesario elegir rápidamente a un nuevo Papa y el clero, el senado y el pueblo pusieron los ojos en Gregorio, que solo era diácono. El se resistió e incluso llegó a escribir al emperador para que no confirmase su elección, pero el prefecto de la ciudad retuvo la carta escrita por Gregorio y solo envió al emperador y al patriarca de Constantinopla el protocolo de la elección de Gregorio como nuevo Papa. Tuvo que ceder y tuvo que renunciar a su vida monástica dedicándose plenamente a este nuevo ministerio, aunque intentando conciliar la vida activa con la contemplativa.

Fue consagrado el día 3 de septiembre del año 590, dedicándose desde entonces regularmente al ministerio de la predicación ya que decía que este era el primer deber de un obispo. Sus homilías son numerosas y muy célebres.
Se dedicó a corregir algunos desórdenes en el clero, los diáconos debían dedicarse al servicio de los pobres, combatió la simonía que estaba muy extendida y reguló los servicios que debían prestarse a la Sede Apostólica. Ejerció activamente no solo como obispo de Roma, sino también como metropolita del resto de la Iglesia. Reguló la elección de los obispos y no consagraba a los nuevos elegidos sin antes haber examinado el proceso de elección y la idoneidad del candidato. Vigilaba que los obispos fuesen diligentes en su ministerio pastoral, reprimiendo los abusos e imponiendo penitencias.

Reordenó las sedes episcopales, instauró los sínodos regionales a fin de que le tuviesen informado sobre la conducta del clero y la vida religiosa del pueblo. Puso orden en la iglesia italiana y prosiguió en este empeño con el resto de las iglesias de Occidente. Es muy grande la información de la que se dispone sobre cómo actuó ante problemas suscitados en numerosísimas regiones eclesiásticas.

Lienzo del Santo, obra de Matthias Stom (s.XVII). Offentliche Kunstsammlung, Basilea (Suiza).

San Leandro le había informado en Constantinopla en qué condiciones se encontraba la iglesia hispana bajo el dominio de los visigodos. Cuando Leandro volvió a Sevilla ocurrió el cambio de Leovigildo por Recaredo, el cual se convirtió al catolicismo en el primer año de su reinado. Anteriormente, los visigodos profesaban la herejía arriana como ya hemos escrito cuando hemos tratado de San Isidoro, San Hermenegildo y San Leandro.
El Concilio de Toledo del año 589 consagró la conversión de los visigodos al catolicismo romano. De todo esto, informó San Leandro a San Gregorio y el propio rey Recaredo escribió al Papa demostrándole su devoción y sus sentimientos religiosos. Gregorio le contestó con otra carta en la que le encomendaba a Dios y le enviaba reliquias de mártires romanos. Mediante otras cartas intervino con la autoridad propia de Sumo Pontífice resolviendo algunos problemas planteados en la provincia bética.

Pacificó la iglesia gala, envió misioneros a Inglaterra estableciendo allí una jerarquía al frente de la cual estaba San Agustín como metropolita de Canterbury. Tuvo un trato fraternal con los patriarcas de las cuatro iglesias orientales: Constantinopla, Alejandría, Antioquia y Jerusalén. Mantuvo la autonomía de estas iglesias en cuanto a la elección de sus obispos, confirmando siempre la elección de un nuevo patriarca. Todos los patriarcas reconocían al obispo de Roma como la cabeza de la Iglesia Universal, que solo actuaba en sus jurisdicciones en casos muy excepcionales, cuando se trataba de temas relacionados con la fe. Tuvo especial cuidado en no aparecer ante los patriarcas como una autoridad suprema, sino más bien como un hermano mayor al que recurrir en caso de necesidad.

Se ocupó también de otras cuestiones más terrenales, como las propiedades de la Iglesia. En el siglo VI la Iglesia era la propietaria mayoritaria de todas las tierras italianas; poseía terrenos en Sicilia, Campania, Lacio, Cerdeña, Córcega, Dalmacia, Provenza y aun en África.
Organizó el patrimonio de las iglesias para administrarlo mejor haciendo que los agricultores pudiesen rentabilizar más sus trabajos, mejorando la vida de los colonos agrícolas, recaudando los diezmos que dedicaba al sostenimiento de los hospitales, monasterios e iglesias y en general, al socorro de los más necesitados. Quiso que la administración de los bienes eclesiásticos fuese prudente y rentable, pero al mismo tiempo, justa y misericordiosa.

Sepulcro del Santo. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Puso al frente de cada región eclesiástica a un subdiácono que administraba los bienes de la iglesia. Esta mejor administración, puso en las manos de Gregorio los medios necesarios para hacer frente a las grandes necesidades de su tiempo: atendía a los necesitados, rescataba a quienes caían en manos de los longobardos, atendía a los refugiados, construyó nuevas iglesias, sostenía a los monasterios más necesitados, a los hospitales y orfanatos, etc. Los bienes de la Iglesia estaban verdaderamente al servicio de los pobres y esto le ocasionó una gran ascendencia e influencia en todas las capas de la sociedad y en el gobierno civil de Roma.

Protegió y promovió la vida monástica y en el campo litúrgico, su obra tuvo una cierta importancia. Se le atribuye la composición de un Sacramentario para el uso papal cuando celebraba misa solemne en la Basílica Lateranense: incluía los formularios de la Misa en las grandes solemnidades del año litúrgico y en las fiestas de los santos celebradas en Roma. Recopiló un Antifonario, ordenó los textos y las melodías que debían interpretarse en cada solemnidad y reorganizó una “schola cantorum” romana. Toda esta obra litúrgica estuvo inspirada en su celo pastoral por el decoro del culto divino.

Fue también escritor fecundo. Su obra literaria tiene un carácter esencialmente práctico, exegeta, moral: “Expositio in beatum Job libri trigésima quinta”, “Homiliae in Evangelia”, “Homiliae in Ezechielem prophetam”, “Moralia”, “Canticum canticorum”, “Corpus Christianorum”, “Liber Regulae Pastoralis”, “Registrum epistolarum”, “Dialogi”, etc, etc.

Murió el día 12 de marzo del año 604. Durante su pontificado se hizo llamar “siervo de los siervos de Dios”, título que aun conservan los Papas. Es el único Papa de la Edad Media que ha recibido el nombre de Magno y ha sido no sólo por su excelsa personalidad, sino también por su influencia profunda y duradera en la Iglesia.
Tuvo que trabajar en condiciones dificilísimas, pero su celo incansable, su santidad y su inmensa humanidad hizo que consiguiese grandes resultados.

Recuperó para la Sede Apostólica una posición de preeminencia en el mundo cristiano, tanto en Oriente como en Occidente, impulsó las relaciones con los gobernantes de Bizancio, resolvió el problema de los longobardos en Italia, reorganizó la administración del patrimonio eclesiástico, en fin: reformó la Iglesia.
Aun en vida tuvo fama de santo y esta fama se difundió rápidamente después de su muerte. San Isidoro de Sevilla y San Ildefonso de Toledo le dedicaron palabras de elogio. Fue sepultado en el pórtico de la basílica vaticana, pero cincuenta años más tarde, su cuerpo fue trasladado al interior del templo. Su fiesta se celebraba con una vigilia y ya en el siglo VII su nombre fue incluido en el Martirologio Jeronimiano, en el de Rábano Mauro y posteriormente en el de Adón y en el Martirologio Romano, que lo conmemora el 12 de marzo.

En el año 747 todos los obispos de Inglaterra decretaron celebrar anualmente su fiesta. También todos los martirologios y sinaxarios bizantinos lo incluyeron el 12 de marzo y en el Menologio de Basilio II escrito en el año 984, se encuentra un largo elogio suyo el día 11 de marzo.
Es uno de los cuatro Doctores de la Iglesia de Occidente y su fiesta se sigue celebrando ese día. Lo han pintado y esculpido todos los pintores y escultores de todos los tiempos y sería innumerable el relato de estas obras por mucho que quisiera resumirlo.

Antonio Barrero

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