Beata María Guadalupe Ricart Olmos, religiosa servita mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estampa contemporánea de la Beata en su hábito de servita, compuesta a partir de una fotografía original suya.

En nuestro recorrido para honrar y conmemorar a las mujeres mártires de la Guerra Civil española, hoy nos detenemos para hablar de una religiosa servita valenciana, la madre María Guadalupe Ricart Olmos, que fue una de las 296 religiosas asesinadas en la persecución religiosa desencadenada durante este terrible conflicto bélico. De hecho, es la primera servita mártir.

Infancia y juventud
Nuestra protagonista de hoy nació en Albal (Valencia) el 23 de febrero de 1881, la segunda hija de Francisco Ricart Garcés y María Olmos Dalmau, modestos labradores, con fe y costumbres profundamente cristianas. Fue bautizada con el nombre de María Francisca. Su hermano mayor se llamaba José y sus hermanos menores fueron Antonio y Filomena. En 1885, cuando no tenía más que cuatro años de edad, falleció su padre de enfermedad; por lo que su madre, viuda con cuatro hijos, tuvo que afrontar el sacar adelante a la familia y educarlos en la fe cristiana. Desde muy pronto tuvo que ayudar a su madre en las tareas domésticas y en el cuidado de sus hermanos.

A los siete años fue a la escuela del pueblo por primera vez, frecuentándola hasta los catorce. Era una niña buena, vivaz, inteligente, piadosa y especialmente devota de la Virgen María. A los diez años, el día de su Primera Comunión, sorprendió a todo el mundo con la firmeza de su voluntad, pues prometió públicamente que sería siempre fiel a Jesucristo, hasta la muerte. Promesa que cumpliría. Desde ese momento, participó activamente en las actividades de la parroquia de Santa Ana de Albal.

Aunque tenía un carácter vivaz y enérgico, su dulzura natural la hacía muy apta para dirigir y ordenar. Por ello, la maestra de su escuela le encargaba ocuparse de los más pequeños, a los que entretenía de forma admirable. Se le daban muy bien las labores, la música y el canto, que aprendió de Francisca Peneli, quien después profesaría como Esclava de María Inmaculada y sería martirizada junto a ella el 2 de octubre de 1936.

Sierva de María
A los 15 años sintió la vocación a la vida consagrada e ingresó en el antiguo monasterio de Nuestra Señora al Pie de la Cruz de Valencia, que pertenecía a la segunda orden de los Siervos de María y era conocido como “el convento de las monjas servitas”. Esta institución tenía mucho prestigio y una gran tradición secular, más tarde; debido a las exigencias de la urbanización, sería trasladado a Mislata, donde sigue actualmente.

Tapiz de la beatificación de la mártir, en su hábito de servita.

Pasado el año de noviciado, emitió la profesión solemne el 19 de junio de 1897, fiesta de Santa Juliana Falconieri OSM, momento en que cambió su nombre por el de María Guadalupe. Las cualidades naturales que ella tenía -viveza, energía, espíritu de trabajo, talento, amor a la verdad y a la justicia- las fue perfeccionando a través de la oración y la mortificación interior.

La comunidad, dándose cuenta de su valor religioso y moral y de sus aptitudes para la dirección, la puso al frente de diversos cargos: procuradora (1926-1928), maestra de novicias (1928-1931), priora (1931-1934), y nuevamente maestra de novicias (1934-1936). En estos cargos siempre se cuidó de promover la observancia de la Regla y el amor a la Orden de los Siervos de María, el decoro en el Oficio Divino, el espíritu de caridad y penitencia y la educación de sus discípulas. Sus trienios de priora y de maestra de novicias fueron épocas de paz, sin quejas ni desavenencias. Tenía una hermosa e instruida voz de contralto, por lo que fue cantora de plaza y procuraba que todas las monjas cantasen con la mayor solemnidad en las funciones del culto divino. Tenía, también, una profundísima devoción a la Pasión de Nuestro Señor, a la Virgen Dolorosa y a los Siete Santos Fundadores de la Orden, por cuyo amor se ofrecía víctima al Señor.

La persecución
En los años de la Segunda República (1931-1936) las tensiones políticas se agudizaron y los ataques a la Iglesia y a las instituciones religiosas se hicieron muy frecuentes, obligando en más de una ocasión a que las monjas servitas abandonaran la clausura y buscaran casas donde refugiarse. En estas ocasiones, Guadalupe, como priora, siempre mostró un ánimo más decidido que las demás monjas. En el locutorio del monasterio solía hablar con otras religiosas del clima de persecución y de lo que podía suceder. Ya soñaba con el martirio, diciendo: “¿Quién será la elegida? ¿A quién arrastrarán por la ciudad?” Una religiosa comentó: “Yo les pediría que me disparasen por la espalda”, a lo que Guadalupe respondió convencida: “Pues yo diría que me disparasen de frente”. La seguridad y calma con la que afrontaba la idea del martirio la explicó así: “Yo, por mí sola, tendría miedo; pero ya no confío en mí, sino en Dios. Si Él me quiere mártir, me dará lo que necesito para serlo”.

El 20 de julio de 1936 hubieron de salir todas definitivamente del convento y se refugiaron en la casa de un antiguo portero del mismo, Ricardo Brull, que vivía en la calle Rey Don Jaime, nº10. Él las amparó y trató como un padre, y sólo las dejó marchar cuando se vio obligado por las graves amenazas que recibió del comité marxista.

Última fotografía tomada de la Beata, cuando ya estaba refugiada en casa de su hermana, vestida de seglar. Esta fotografía se ha utilizado para la elaboración de sus estampas e imágenes.

Así pues, Guadalupe se marchó a su pueblo natal, Albal, donde la recibió en su casa su hermana Filomena; quien, por mayor seguridad y discreción, la trasladó a casa de su hija casada, María Muñoz. Sin embargo, a agravarse la situación y temiendo por la vida de su hija, Filomena decidió llevarse de nuevo a Guadalupe a su casa, a los pocos días.
Sin embargo, Guadalupe no dio el menor motivo de preocupación a sus protectores. Todo el tiempo que estuvo con su hermana no salió de casa, emulando la clausura del convento. En sus ratos libres ayudaba en los quehaceres domésticos de la casa. Cuando era visitada por sus sobrinos y demás familiares, que acudían a verla con gran sigilo, ella los animaba con palabras de aliento. Y cuando le referían los muchos asesinatos de sacerdotes y religiosas que estaban aconteciendo, ella, lejos de asustarse, envidiaba su martirio. Así pasaron, entre inquietudes y temores, los meses de agosto y septiembre.

Detención
Pero el día 2 de octubre de 1936, entre la una y las dos de la madrugada, cuando todos en casa de Filomena dormían, se paró un coche a la puerta -calle de la Torre, nº12- y de él bajaron cuatro milicianos armados que golpearon bruscamente en la puerta. Como nadie respondía, se acercaron a la ventana de la alcoba donde dormía el dueño de la casa y dijeron: “Abre, José, somos nosotros, tenemos necesidad de entrar”. Se levantó José y les abrió, entraron en su casa los cuatro milicianos y le dijeron, de pronto, que entregase las armas que tenía escondidas. Él, pasmado, dijo que en su casa no había armas de ninguna clase. A pesar de sus explicaciones, le dijeron que traían orden de hacer un registro y a tal efecto se quedó un miliciano vigilando el coche, otro se quedó en la entrada, y los dos restantes, acompañados de los dueños de la casa, registraron todos los rincones. Naturalmente no encontraron nada de armas, pero sí encontraron un escapulario de la Virgen del Carmen, por lo que dijeron al dueño: “Esto es un gran peligro para ti”.

A causa del ruido generado por el registro, Guadalupe, que dormía en una habitación de la planta baja, se despertó y enseguida supo que venían a por ella, pues en el pueblo todos sabían que se había refugiado en casa de su hermana y el tema de las armas era una excusa para cazarla a ella. Tranquilamente se vistió de seglar, tomó su libro de la Liturgia de las Horas y salió al encuentro de los milicianos, serena y tranquila. Ellos enseguida se dirigieron hacia ella, preguntándole: “¿Quién es usted?”. “Soy la hermana de la dueña de la casa”, respondió Guadalupe. “¿Es casada o soltera?” le dijeron. “Estoy casada con Dios”, replicó ella, con entereza y valentía. Se quedaron de piedra al ver con qué naturalidad lo afirmaba: “¿Es usted monja?” “Soy monja, dijo ella, y si naciese mil veces lo sería al Pie de la Cruz”. El convencimiento y seguridad con que lo dijo indignó a los milicianos, que le ordenaron: “¡A usted buscamos solamente, véngase, pues, con nosotros!”; y ella, animosa, replicó: “¡Vamos, pues!”.

Fotografía del cadáver de la Beata, tal cual fue encontrado.

No tenía ningún miedo. Tomó su libro, su crucifijo y el escapulario; y dio las gracias a su cuñado por la buena acogida que le había dispensado, prometiéndole corresponderle desde el cielo con sus oraciones. Como vio que tanto él como su hermana lloraban consternados, los tranquilizó diciéndoles: “No lloréis por mí, pues me llevan para matarme y dar la vida por Aquel que primero la dio por mí”. Luego se subió al coche y dijo tranquilamente a los milicianos: “¿Me queréis sacrificar porque soy monja? Pues sabed que me haréis un gran favor; vosotros ignoráis el bien que me hacéis, en un instante me abrís la puerta del cielo. Siempre os lo agradeceré rezando por vosotros”. En verdad, sus palabras ponen los pelos de punta.

Fue conducida al comité local, donde la reunieron con otras religiosas detenidas en Albal: las Siervas de Dios Francisca Peneli y las hermanas carnales Asencio Vila, de quienes quizá hable en otra ocasión. Tras un simulacro de juicio y la condena a muerte, las llevaron al lugar del fusilamiento, donde concurren los términos municipales de Silla y Picassent, cerca de la Caseta del Sario y la Torre Espioca, en la carretera provincial de Madrid. Allí fueron las cuatro asesinadas a tiros, a las cuatro de la madrugada del día 2 de octubre. Guadalupe tenía 55 años de edad.

Martirio
Los detalles de su martirio son conocidos gracias a, en primer lugar, el testimonio de sus asesinos, un matrimonio de milicianos que serían posteriormente identificados y revelaron dicha información; y también por el estado del cadáver, monstruosamente destrozado y desfigurado, en el momento en que fue hallado.

Hay constancia por ello de que la patrulla asesina quedó perpleja ante la mansedumbre, dulzura, serenidad y fortaleza de ánimo con que Guadalupe afrontó su propia muerte. Incluso cuando se vio encañonada, ella les dirigió palabras de misericordia, perdonándoles de todo corazón lo que estaban haciendo. Llegado el momento de cumplir las órdenes, no se decidían a matarla, afectados por lo que estaban oyendo de su víctima. Entonces, una compañera miliciana, montando en cólera, gritó: “¡Cobardes! Yo misma la mataré”. Y no sólo la mató sino que la sometió a insufribles vejaciones y maltratos, como se dedujo del estado en que quedó el cuerpo.

Al amanecer del día 2, un sobrino de la mártir, dotado de un salvoconducto, fue en su busca. Halló su cadáver en el lugar referido, en un estado espantoso: boca arriba, sobre un charco de sangre, desnuda de cintura para abajo y con las piernas abiertas. Tenía el tiro de gracia sobre la sien y otros tiros por todo el cuerpo, uno de ellos en los genitales, que le habían desgarrado con un cuchillo, abriéndola desde la vulva hasta el vientre, y por donde le habían introducido su propio crucifijo. Horrorizado, el sobrino tomó el libro de la Liturgia, que estaba tirado a su lado, y lo abrió, usándolo para cubrirle las partes íntimas. Luego corrió a buscar ayuda.

Vista del actual sepulcro de la Beata. Monasterio de Nuestra Señora al Pie de la Cruz, Mislata (Valencia, España).

Semejante acción, incalificable, esconde un claro insulto y desprecio a su virginidad consagrada, como ocurrió con las Beatas Fradera. El médico legal, Dr. Delfino Martí Fosar, confirma estos horrendos detalles en su informe: “Todavía estaba boca arriba, descubierta de cintura para abajo, con las piernas separadas y presentaba un disparo de fusil en la zona de los genitales”. El enterrador, D. Vicente Peris Vila, añade: “Al moverla y al levantar el cuerpo, salió abundante sangre por la herida abierta del pecho a la espalda; parecía que había recibido un disparo de frente, ya que por el pecho apenas había sangre (…) Las heridas que tenía por el disparo que atravesaba las dos sienes perdían poca sangre: es posible que fuera el tiro de gracia”. Este testimonio fue confirmado por el último análisis de los huesos durante el reconocimiento de las reliquias, donde se constataron diversos orificios de bala en el cráneo y en las caderas, de las cuales se ha podido extraer una bala, que se conserva junto a sus restos en su nuevo sepulcro.

Glorificación de la mártir
El cuerpo de Guadalupe fue enterrado en la fosa común del cementerio de Silla. En marzo de 1940, acabada la guerra, las monjas servitas empezaron a hacer gestiones para recuperar el cuerpo de su mártir. En la exhumación realizada apareció no sólo su cuerpo, sino también el de su prima sor Josefa Ricart Casabant, que era carmelita.
Los restos de sor Guadalupe fueron trasladados al monasterio de Nuestra Señora al Pie de la Cruz, en el puerto de Valencia, donde ella había vivido. Cuando el convento se trasladó a Mislata, los restos de la mártir fueron colocados en un nicho del cementerio del nuevo convento.

Ya el 24 de enero de 1958, se constituyó en el Arzobispado de Valencia el Tribunal Eclesiástico nombrado para el proceso de beatificación. El proceso, terminado y aprobado, fue enviado a Roma, a la Sagrada Congregación de Ritos, donde sufrió una larga paralización por razones políticas. También, probablemente, por el incómodo relato de cierto testimonio que afirmó haber soñado con la mártir, quien le rogaba que rezase por ella, que estaba abrasándose en el Purgatorio y ansiaba ir al cielo. Como es lógico, esto resultó teológicamente inadmisible porque la entrega generosa y valiente de la mártir, que perdonó de todo corazón a sus asesinos, significaría en todo caso el inmediato abrazo del Padre, purificada de cualquier pecado que pudiese tener al lavarse con su propia sangre, muriendo por Cristo.

El P. Ángel María Ruiz, OSM, incensa la nueva imagen de la Beata, bendecida en la ceremonia del 125 aniversario de su nacimiento.

Finalmente, el proceso fue aprobado por la Congregación de las Causas de los Santos el 17 de julio de 1987. El 2 de diciembre de 1998 se celebró con resultado satisfactorio la Congregación Peculiar de los Teólogos Consultores. El Decreto del martirio, declarando solemnemente que sor Guadalupe había sido muerta in odium fidei, fue dado en Roma el día 28 de junio de 1999.
Por último, fue beatificada por el papa San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001, en la plaza de San Pedro del Vaticano de Roma, en la ceremonia de la masiva beatificación de todos los mártires valencianos. Su fiesta litúrgica es el 3 de octubre.

Dios Padre Santo, Tú que por medio del Espíritu Santo alientas a los perseguidos por causa de tu Hijo Jesucristo y nos llenas de valor y fortaleza para que, con una fe sólida y una esperanza firme, den testimonio del Evangelio, te rogamos nos concedas (…) por intercesión de la Beata María Guadalupe, quien, sostenida por tu gracia, no vaciló en el momento del martirio, sino que se unió gozosa a la Pasión del Redentor y a los Dolores de su Madre al Pie de la Cruz.
Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
Beata María Guadalupe, ruega por nosotros.

Meldelen

Bibliografía:
– GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, María Encarnación; “Una monja de la Orden de las Siervas de María (Servitas): María Guadalupe” (pp-571-572) en “Los primeros 479 santos y beatos mártires del siglo XX en España. Quiénes son y de dónde vienen”. Ed. EDICE, 2008.
– RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, Gregorio: “El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas durante la Guerra Civil Española (1936-1939)”. Ed. Edibesa, Madrid 2006.
“Madre Guadalupe, monja Sierva de María, virgen y mártir”. Hoja informativa de la Vicepostulación Beata Mª Guadalupe Ricart Olmos, OSM. Hoja nº 28, septiembre 2009.

Enlace web (12/09/2012):
– http://madreguadalupe.com/

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