Heresiología (VIII): Priscilianismo

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Mosaico paleocristiano de San Ambrosio de Milán.

Mosaico paleocristiano de San Ambrosio de Milán.

La secta hispana más importante y cuyo fin trágico marcó un grave precedente, no sólo para la Iglesia de este país sino para toda la Iglesia occidental, fue el priscilianismo. La primera noticia documental de la existencia de priscilianistas es una carta del año 378 ó 379 en la que Higinio, obispo de Córdoba, denuncia la propagación de este movimiento a Hidacio, obispo de Mérida. De esta denuncia se desprende que el movimiento religioso fue descubierto durante el período de su expansión por la provincia de Lusitania. A esta provincia debían pertenecer también los obispos Instancio y Salviano, protectores y seguidores de Prisciliano. También se desprende que la difusión del priscilianismo había comenzado varios años antes, permaneciendo hasta entonces en la oscuridad. Tal vez, al expandirse en Lusitania, el movimiento hubiera ido radicalizándose y ostentando comportamientos más llamativos que hasta entonces no habían sido percibidos.

Sobre la figura de Prisciliano pesan muchas incógnitas. La primera de ellas es la de su origen. Dados la extensión y el arraigo que el priscilianismo alcanzó en Galicia (sobre todo tras su muerte) la mayoría de los autores le suponen un origen gallego, aunque no sea un hecho comprobado. Sulpicio Severo escribe en su crónica que Prisciliano pertenecía a una familia aristocrática, muy rica, lo que le había permitido alcanzar un alto nivel cultural. Efectivamente, en la propia obra escrita que conservamos de Prisciliano, sus Tratados y Cánones, se observa un estilo erudito y cultivado. También la mayoría de sus seguidores era gente culta. Además, de la misma descripción de Sulpicio Severo se desprende que Prisciliano tenía unas cualidades muy señaladas para constituirse en líder de un movimiento, pues era “muy ejercitado en la declamación y la disputa, agudo e inquieto, habilísimo en el discurso y la dialéctica, nada codicioso, sumamente parco y capaz de soportar el hambre y la sed. Pero al mismo tiempo, muy vanidoso y más hinchado de lo justo por su conocimiento de las cosas profanas”.

Aunque en el momento en que se da a conocer, la mayoría de los priscilianistas y el propio Prisciliano eran laicos, de sus propios escritos parece desprenderse que su objetivo era la renovación de la Iglesia desde dentro y que su aspiración era acceder al episcopado: “Elegidos ya para Dios algunos de nosotros en las Iglesias, mientras otros procuramos con nuestro modo de vivir ser elegidos”. La base textual de su enseñanza son el Antiguo Testamento y los apócrifos. De la utilización de estos escritos apócrifos se desprenden algunos errores doctrinales en los que no consideramos oportuno entrar por alejarse del tema. Los rasgos más sobresalientes de su comportamiento son un notable radicalismo ascético con exhortaciones al abandono de las cosas mundanas, la renuncia a la carne y al vino, la virginidad a ultranza, la consideración de igualdad entre el hombre y la mujer y una condena tajante al lujo y al poder secularizado de los obispos. Estos son los planteamientos de vida que pueden extraerse de las múltiples controversias que los priscilianistas suscitaron. Así, por ejemplo, el Apologético de Itacio de Osonoba, uno de sus más encarnizados acusadores (junto con Hidacio de Mérida) es una sarta de acusaciones injuriosas, acusándole de artes maléficas, infamias sexuales e incluso afirmando que el maestro de Prisciliano había sido un tal Marcos de Menfis, muy entendido en el arte de la magia y discípulo de Manes. Que tales acusaciones implicaban un odio exagerado lo demuestra el hecho de que San Martín de Tours reprochara a Itacio su desmedida saña lo que, por cierto, hizo que los detractores de Prisciliano sumaran a San Martín al grupo de herejes. También San Ambrosio, obispo de Milán, hizo parecidos reproches a Itacio, así como otros muchos personajes nada sospechosos de connivencia con el priscilianismo.

Icono ortodoxo anglolatino de San Martín de Tours.

Icono ortodoxo anglolatino de San Martín de Tours.

Algunos autores, sobre todo A. Barbero, han considerado que el priscilianismo era una expresión religiosa del malestar social de la época. Ciertamente hay un trasfondo social innegable. Tal vez no fuera el planteamiento de Prisciliano expresar por medio de la ideología religiosa el malestar social de la población campesina, pero muchos de sus seguidores -fundamentalmente después de su muerte- sin duda encontraron en el priscilianismo un vehículo de expresión de su rechazo a una Iglesia secularizada, fácilmente identificable con el Estado que les oprimía.

Pero volvamos al relato de los avatares de Prisciliano y sus seguidores. En esos momentos Prisciliano había atraído a sus convicciones a mucha gente noble y también de la clase popular. Sobre todo, dice Sulpicio Severo, que acudían a él “catervas de mujeres”, sin duda por sus planteamientos más justos hacia ellas que los de la Iglesia oficial. Formulada la denuncia de Higinio de Córdoba a Hidacio de Mérida, a la que ya nos referimos, de nuevo Sulpicio Severo nos dice que Hidacio “atacó a Instancio y sus socios -priscilianistas sin medida y más allá de lo que convenía, dando pábulo al incendio incipiente y exasperando más que apaciguando”. Sin duda estos ataques abrieron una distancia aún mayor entre los priscilianistas y el clero oficial.

En el 380 se celebra un Concilio de Zaragoza al que asisten, entre otros obispos, Itacio de Osonoba e Hidacio de Mérida, así como Delfín, obispo de Burdeos y un tal Fitadio -que Sotomayor considera se trata de Febadio Agen-, puesto que la secta había penetrado también en las Galias. No asiste ningún priscilianista. El objeto del Concilio se resume en pocas palabras: acusar a Prisciliano y a sus seguidores. Itacio de Osonoba fue encargado de dar a conocer la sentencia del Concilio. Tras este acontecimiento se produjeron tumultos en la sede de Mérida contra Hidacio y muchos clérigos se separaron de él. Prisciliano fue ordenado por Instancio y Salviano como obispo de Ávila, cuya sede había quedado vacante. A continuación Itacio hace una acusación formal inventando una historia falsa de los hechos y reuniendo “ciertas escrituras” comprometedoras. Sin duda se trataba de los apócrifos. Esta denuncia la dirigió al emperador Graciano. La respuesta de éste fue el destierro de todos los herejes no sólo de sus iglesias y ciudades, sino de todo el territorio.

Instancio, Salviano y Prisciliano deciden dirigirse a Roma y procuran la intervención del papa San Dámaso. Según el relato de Sulpicio Severo, se dirigieron primeramente a Elusana (Euze), en Aquitania, donde hicieron muchos prosélitos. En Burdeos intentan entrevistarse con el obispo Delfín -que había asistido al Concilio de Zaragoza- pero éste se niega a recibirlos. Entre los numerosos adeptos que hicieron, destacan Eucrocia, mujer del retórico Delfidio, y su hija Prócula. Acompañados de muchos de estos nuevos prosélitos se dirigen a Roma, pero el papa Dámaso no los recibe. Tampoco Ambrosio de Milán accedió a entrevistarse con ellos. Como última alternativa se dirigen a las autoridades civiles y es Macedonio, magister officiorum, quien logra la revocación de la condena de Graciano y ordena que les sean restituidas sus sedes. De este modo, en el año 382, vuelven a instalarse en ellas, excepto Salviano, que había muerto durante la estancia en Roma.

Tabla gótica de San Agustín en su estudio.

Tabla gótica de San Agustín en su estudio.

Una vez en sus sedes, Prisciliano y los suyos consiguen que el procónsul Volvencio mande detener a su acusador, Itacio de Osonoba, por calumnias e injurias, pero Itacio logra escapar a las Galias y obtiene la protección del prefecto Gregorio. Posteriormente, se refugia en Tréveris, amparado por el obispo Britanio. Entre tanto, Máximo se había hecho proclamar emperador en Britania y, como hemos visto anteriormente, consiguió hacerse con el control de las Galias e Hispania.

Itacio acusa nuevamente ante el emperador Máximo a Prisciliano y sus seguidores. Máximo ordena que sean llevados a Burdeos, donde se celebra, en el año 384, un concilio compuesto principalmente por obispos de Aquitania para juzgarlos. Hidacio e Itacio eran los acusadores ante el Concilio y Prisciliano e Instancio los acusados. Entre los presentes se encontraba san Martín de Tours. La condena fue que a Instancio se le despojara del obispado, pero Prisciliano no consintió en ser jugado por los obispos y apeló al emperador. De este concilio, que como se puede ver es nuestra principal fuente para el conocimiento de la vida de Prisciliano, dice Sulpicio Severo: “En mi opinión, me desagradan tanto los reos como los acusadores y al menos a Itacio lo defino como quien no tuvo peso alguno ni nada de santo; pues era osado, parlanchín, desvergonzado, suntuoso, demasiado proclive al vientre y a la gula. Hasta tal punto había llegado su estulticia que llegó a acusar como compinches o discípulos de Prisciliano a todo santo varón cuyo afán consistiera en la lectura o cuyo propósito fuera ayunar. El desgraciado se atrevió incluso por aquel tiempo a echar públicamente en cara la difamación de herejía al obispo Martín, un hombre plenamente comparable a los apóstoles. Pues Martín, establecido por aquel tiempo en Tréveris, no dejaba de increpar a Itacio para que retirase la acusación y de rogar a Máximo que se abstuviera de la sangre de unos infelices”.

El proceso se mantuvo en suspenso mientras San Martín de Tours estuvo en Tréveris, incluso parece que obtuvo buenas promesas de Máximo. Pero los obispos Magno y Rufo, cuyas sedes se ignoran, convencen al emperador para llevar adelante el proceso. La causa la pone Máximo en manos del prefecto Evodio, hombre “violento y severo”, según Sulpicio. En el proceso se halló a Prisciliano convicto de los siguientes cargos: magia, doctrinas obscenas, conciliábulos nocturnos con mujeres y de orar desnudo. Vista la causa, el emperador Máximo decretó que Prisciliano y sus amigos fueran condenados a muerte (decapitación) tras ser sometidos a tortura para obtener sus confesiones.

La lista de los ejecutados, según Sulpicio Severo, es la siguiente: Prisciliano, jefe de la secta; Felicísimo y Armenio; clérigos; Latroniano (del que Jerónimo en su De viris illustribus dice que era un varón erudito y comparable en la poesía con los antiguos) y Eucrocia. En el mismo juicio, Instancio fue desterrado a la isla Scilly. En subsiguientes juicios también fueron sentenciados los diáconos Asarbo y Aurelio a la pena de muerte; Tiberiano a la confiscación de bienes y destierro a la isla Scilly; Tértulo, Potamino y Juan, por ser gente humilde y haberse reconocido culpables, al exilio en las Galias. También el obispo Higinio de Córdoba (que dio a conocer la existencia del priscilianismo, al que posteriormente él mismo se adhirió) fue condenado al destierro.

Grabado del emperador Teodosio el Grande.

Grabado del emperador Teodosio el Grande.

La gravedad de estos procesos ha sido vista por algunos autores como un preludio de la futura Inquisición, pues ciertamente nunca antes se habían dictado sentencias capitales por motivos religiosos. Sabemos que después de su ejecución, los cuerpos de Prisciliano y sus seguidores fueron traídos por sus fieles a Hispania, tal vez a Galicia, dado el fervor priscilianista que continuó durante dos siglos más. Las insinuaciones de Mons. Duchesne, luego repetidas por otros estudiosos, Hauschild entre ellos, han dado cierta base para suponer que los restos venerados desde el siglo IX del apóstol Santiago, en Compostela, no son otros que los de Prisciliano y sus compañeros, únicos personajes de cuyo culto hay constancia en Galicia hasta el siglo VII.

La conmoción por estas sentencias sin duda fue muy grande en la Iglesia, no sólo hispana, sino occidental. Sulpicio Severo nos describe esta situación: “Por lo demás, al morir Prisciliano, no sólo no se reprimió la herejía que irrumpiera bajo sus auspicios, sino que se afirmó y propagó más. Pues sus seguidores, que antes lo habían honrado como santo, comenzaron a venerarlo como mártir. Ahora bien, entre nosotros se había encendido una continua guerra de discordias que, agitada ya durante quince años con desagradables dimensiones, no había manera de sofocar. Y ahora, cuando especialmente gracias a las discordias entre los obispos todo se veía perturbado y confundido y depravado todo por su mediación, a causa del odio, el favor, el miedo, la inconstancia, la envidia, el partidismo, las pasiones, la arrogancia, el sueño y la desidia, a la postre la mayoría rivalizaba con planes podridos y afanes contumaces contra los pocos que tenían buenas intenciones”. Todas estas razones habían llevado a la condena a muerte de Prisciliano y sus compañeros.

Inmediatamente después del proceso de Tréveris, Máximo envía dos comisarios a Hispania para depurar las sedes episcopales de todo rastro de priscilianismo, iniciándose una cadena de ejecuciones y deportaciones que acabaron por despertar las iras de sectores de la Iglesia oficial descontentos con el curso de los acontecimientos. Martín de Tours, Jerónimo de Estridón y Ambrosio de Milán representaban un sector, dentro del cuadro de ortodoxos leales a Roma, que se había opuesto desde un principio a la injerencia imperial en asuntos eclesiásticos y a matar a los herejes. Son estos Padres de la Iglesia, en especial Martín, quienes detienen el desproporcionado movimiento itaciano, denominado así por su principal impulsor, Itacio, el obispo de Ossonoba.

En el año 388 Máximo es derrotado y decapitado por Teodosio, y la situación da un vuelco hasta el punto de que el propio Itacio es excomulgado en el 389 por su implicación directa en el juicio secular contra Prisciliano. En este año, según Sulpicio Severo, varios discípulos viajan hasta Tréveris con el permiso de Roma para exhumar los restos de su líder y llevarlos a su Gallaecia natal. A la cabeza de esta delegación se encuentra Dictinio, autor de uno de los pocos opúsculos priscilianistas de los que se conoce su existencia (aunque no se conserva ningún ejemplar). De ese libro, titulado Libra, se conservan tan sólo referencias indirectas en la obra de San Agustín de Hipona Contra mendacium. Refiere este autor que los priscilianistas consideran lícito mentir para proteger su existencia, hasta el punto de que se recoge un santo y seña mediante el que se reconocen: Iura, periura, secretum prodere noli (juramento de inviolabilidad de los secretos del grupo, aun a costa de mentir).

El actor francés Jean-Claude Carrière interpreta el papel del obispo Prisciliano en la película "La Vía Láctea"    (1969) de Luis Buñuel.

El actor francés Jean-Claude Carrière interpreta el papel del obispo Prisciliano en la película “La Vía Láctea” (1969) de Luis Buñuel.

En el año 396 se convoca un Concilio en Toledo en el que los seguidores de Prisciliano abjuran de sus ideas y declaran “haber abandonado los errores de la secta”, pero la constatación de la pervivencia de costumbres priscilianistas (consagración de la Eucaristía con leche y uvas, ayuno, la presencia de clérigos con el pelo largo…) obliga a la celebración de un nuevo concilio en Toletum en el año 400. En este sínodo se asegura que once de los doce obispos de la Gallaecia eran priscilianistas. El único obispo no priscilianista era el de la diócesis de Bretoña, no galaica, sino británica.(Entre los siglos IV y V miles de celtas de la provincia romana de Britania bajo el mando del obispo Maeloc cruzan a Armórica, en la Galia, y a Gallaecia, fundando la provincia-obispado de Bretoña. Un par de siglos después será también un monje bretón, Pelagio, el que anuncie el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago). Las actas de ese concilio recogen el testimonio de abjuración de su herejía de Simposio, su hijo Dictinio y el presbítero Comasio.

Tras la muerte de Máximo, Teodosio se proclama emperador de Oriente y Occidente; pero su muerte en el 395 deja de nuevo el imperio dividido entre sus dos hijos. Al mayor, Arcadio, le corresponden los territorios orientales y al joven Honorio, con apenas once años, el imperio occidental, tutelado por Estilicón. El movimiento priscilianista se ha ido transformando en este tiempo, por fuerza de la persecución, en una sociedad secreta, que ejerce el suficiente poder en el noroeste peninsular para que el papa Inocencio I decrete la Regula fidei contra omnes hereses, maxime contra Priscillianistas en el año 404. Entre las filas del movimiento priscilianista algunos autores han incluido a Baquiario, un monje itinerante de finales del siglo IV, y a Egeria, autora de la primera crónica de viajes a tierra santa del cristianismo escrita por una mujer.

En el año 409 Honorio define su política decantándose en contra del movimiento priscilianista, condenando a sus seguidores a perder sus bienes y derechos civiles, llegando a imponer multas a los funcionarios civiles remisos a perseguir la herejía. Es el año en que los bárbaros se desbordarán por el imperio, y el priscilianismo sobrevivirá en el noroeste peninsular, sobre todo en el entorno rural, al amparo de la independencia política de Roma. A mediados del siglo V, Santo Toribio, obispo de Astorga, se aplicó a arrebatar de manos de los fieles todos los libros priscilianistas y, comprendiendo que todavía este remedio era ineficaz, remitió al papa San León el Magno el Communitorium, enumeración de los errores consignados en los libros apócrifos, y el Libellus, donde refutaba el priscilianismo. San León aconsejó la celebración de un concilio en Toledo, o un sínodo de obispos galaicos, si lo anterior fuese imposible por el estado de independencia política de Gallaecia respecto a Roma y el conflicto generalizado en la Península Ibérica. Se convocó el sínodo de Aquis Caelenis (actual Caldas de Reyes), donde los heterodoxos, aún aparentando admitir la Assertio fidei, perseveraron en sus doctrinas y prácticas, hasta mediado el siglo VI. Finalmente el primer Concilio de Braga (561) vuelve a hacer referencia al problema, condenándose en siete de sus diecisiete cánones las proposiciones priscilianistas. El segundo concilio de Braga, celebrado varios años después, aún refleja en sus actas alusiones a la secta, e incluso aparece una alusión en el IV concilio de Toledo (683), en el que se condena, como lacra priscilianista, el «delirante pecado» de no cortarse el pelo de la clerecía gallega.

A modo de aporte cultural, el afamado director orgullosamente mexicano Luis Buñuel recreó en su polémica película “La Vía Láctea” de 1969, una escena del culto priscilianista, con el actor Jean Claude Carrier interpretando al obispo abulense hereje.

Alejandro

Bibliografía:
– GRILLMEIER, A, Cristo en la tradición cristiana, Editorial “Sígueme”. Salamanca, España.
– LIETZMANN, H, Apollinaris von Laodicea und seine Schule (texte und Untersuchungen), Tubinga 1904.
– MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles. Librería católica San José. Madrid, España.

Enlace consultado 10/01/2014):
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Heresiología (VII): apolinarismo y donatismo

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Icono ortodoxo griego San Basilio el Grande.

Icono ortodoxo griego San Basilio el Grande.

Apolinarismo
Herejía cristológica que negaba la naturaleza humana de Cristo. Hemos de buscar su origen a través de las controversias arrianas y semiarrianas, que se fueron prolongando en la Iglesia a través del s.IV. Los arrianos no negaban solamente la divinidad de Cristo, sino que mutilaban también su misma humanidad, negando que tuviera un alma humana y haciendo que el Verbo asumiera solamente un cuerpo sin alma. Atribuían, pues, las manifestaciones de la vida del alma en Cristo al mismo Verbo, presentándole de esa manera como algo mudable y creado. Los católicos no se preocuparon al principio de esta modalidad del error, pero cuando al fin se le quiso combatir en serio, ya en tiempos del sínodo de Alejandría (362) reunido por S. Atanasio y luego por las condenaciones del papa S. Dámaso (377), se vio que no eran solamente los arrianos los que sostenían tales sentencias, sino más en concreto el obispo Apolinar de Laodicea, en Siria (m.ca. 390).

Era Apolinar un hombre de ingenio, erudito y teólogo versátil; amigo de S. Atanasio y ferviente defensor del credo niceno contra los arrianos. Se había distinguido por sus escritos contra paganos y maniqueos. Poco se conserva de sus escritos, fuera de algunos pasos falsamente atribuidos a escritores ortodoxos. Se han perdido sus numerosos Comentarios del Antiguo y Nuevo Testamento, sus Obras apologéticas contra Porfirio (30 libros) y otras de carácter dogmático y polémico contra Orígenes y otros diversos autores. Se conservan: Paráfrasis de los Salmos en hexámetros (ed. A. Ludwich, 1912), la Profesión de fe (entre las obras de S. Gregorio Taumaturgo) y otras presentadas al emperador Joviano como obra de S. Atanasio, así como tres escritos bajo el nombre del papa Julio l: De unione corporis et divinitatis in Christo, De Fide et incarnatione y la Carta al presbítero Dionisio. Su principal obra dogmática, Demostratio incarnationis divinae, puede rehacerse en gran parte a base de los pasajes recopilados por S. Gregorio de Nisa en su obra Antirrheticus (PG 45).

En un afán de conciliar a católicos con arrianos, expuso la idea de la unión de las dos naturalezas, humana y divina, en Cristo de manera extravagante y peligrosa. Queriendo conciliar en Cristo la debilidad humana con la majestad divina y pretendiendo formular filosóficamente el concepto de S. Atanasio de que «Dios se hace hombre para divinizarnos», adopta la tricotomía de Platón, que distingue en el hombre: el cuerpo (soma), el alma sensitiva o animal (psiié) y el alma pensante, intelectiva o espiritual (nous o pneuma), y con ella enseña que el Verbo divino asume de la naturaleza humana solamente el cuerpo con el alma sensitiva, haciendo en el mismo las veces del alma intelectiva. Según él, dos naturalezas perfectas y completas, la humana y la divina, no podían formar un solo supósito personal. De donde, para no mutilar a la naturaleza divina, había de ser mutilada la humana, despojándola de su alma espiritual, para realizarse con ello, una perfecta unión con la primera. De repudiarse esta explicación, afirmaba, era imposible salvar la impecabilidad del mismo Cristo, ya que donde hay un hombre completo allí debe de existir el pecado, concretamente en la voluntad, en el espíritu humano, que es necesario descartar por ello mismo del Redentor. En confirmación de su doctrina recurría al vers. 1, 14 del evangelio de S. Juan («y el Verbo se hizo carne»), en un sentido estricto, en vez de extender su significado a la entera naturaleza humana. Como, de otro lado, para Apolinar la naturaleza se identificaba con la persona, de donde dos naturalezas suponían necesariamente dos personas, de aquí que al principio apareciera como ortodoxo que enseñaba la unicidad de la persona en Cristo.

Fresco ortodoxo griego de San Gregorio de Nisa.

Fresco ortodoxo griego de San Gregorio de Nisa.

En toda esta demostración y con la idea de salvar la divinidad de Cristo contra los arrianos, Apolinar seguía únicamente el sentido literal de la Sagrada Escritura, sin querer saber nada de alegorías. Es cierto que por entonces era difícil distinguir bien estos dos sentidos, así como el significado concreto de las nuevas acepciones que entonces se iban acuñando, como las de persona, supuesto, naturaleza, hipóstasis, etc. El error era, con todo, pernicioso, pues echaba abajo todo el sentido de la humanidad en Cristo, pero los apolinaristas se mostraron tenaces desde el principio, distinguiéndose tanto por su audacia como por la propaganda de sus falsos escritos.

Oposición y condena del apolinarismo
Tal era la doctrina de Apolinar, antitético en cierto modo de la escuela antioquena y del arrianismo y punto de partida de herejías posteriores, como la del monofisismo. Al negar la naturaleza humana completa en Cristo, le negaba al mismo tiempo su propio sentido de hombre, con lo que echaba por tierra la base de todo merecimiento y con ello de toda redención. Por entonces la Iglesia contaba ya con una pléyade de Padres y de teólogos, que pronto se dieron cuenta del peligro. San Atanasio y San Basilio, y más directamente San Gregorio de Nisa, salieron en defensa de la verdad. En contraofensiva, los herejes quisieron atraerse al papa San Dámaso quien, informado debidamente, lanzó el anatema contra ellos en los sínodos romanos de los años 374 y 377. Por su consejo, el emperador Teodosio los condenó al destierro (388), sin que ello sirviera para amedrentarlos, extendiéndose cada vez más la herejía, irónicamente como en el caso de los arrianos. El mismo Apolinar, ayudado por uno de sus más fieles seguidores, el obispo Vitalis, constituyó en Antioquía una comunidad apolinarista, dotándola de jerarquía propia. Por medio de folletos, de sermones y de cánticos populares fueron dando a conocer sus ideas por diversas regiones.

La Iglesia intervino directamente cuando se preparaba el Segundo Concilio ecuménico, que había de celebrarse en Constantinopla en el año 381. En anteriores definiciones eclesiásticas se había establecido la divinidad del Logos, y frente a arrianos y apolinaristas la completa e íntegra humanidad de Cristo. Ahora se trataba de precisar con más claridad las relaciones entre ambas naturalezas, la divina y la humana. Los contemporáneos de Apolinar habían usado a este propósito términos más o menos ambiguos, que daban lugar a no pocos malentendidos. Quedaba pendiente asimismo la doctrina acerca del Espíritu Santo, desfigurada por Macedonio, y la clarificación definitiva de la doctrina trinitaria contra las diversas manifestaciones del arrianismo y del semiarrianismo. A petición, pues, del papa S. Dámaso, el emperador Teodosio intimó la celebración de un nuevo concilio universal. Lo integraron 150 obispos ortodoxos y otros 36 macedonianos. En las altas esferas no era mucha la fuerza de la herejía, si bien tuviera más tarde consecuencias más considerables. La presidencia la tuvieron, primero, Melecio de Antioquía, y al morir éste durante el concilio, S. Gregorio Nacianceno, quien se retiró pronto para dejar paso a Nectario que presidió hasta el final del sínodo. Muy pronto, ante el predominio de los ortodoxos, se fueron marchando los macedonianos, por lo que siguieron las discusiones, no sin vencer antes otras dificultades de los apolinaristas. En ellas tomaron parte, además de los ya indicados, S. Gregorio Niseno y su hermano Pedro de Sebaste, S. Cirilo de Jerusalén, Diodoro de Tarso, y más tarde, una buena representación de Egipto, capitaneada por Timoteo de Alejandría.

Grabado de San Dámaso I, papa.

Grabado de San Dámaso I, papa.

Los padres condenaron las herejías arrianas y macedonianas, confirmaron la doctrina del Primer Concilio Ecuménico de Nicea y anatematizaron los errores de Apolinar. A pesar de ello, todavía no quedó extinguida la herejía. Los apolinaristas continuaron haciendo prosélitos, si bien por el 420 no pocos de ellos volvieron al seno de la Iglesia. Otros siguieron en el error, que luego volvería a manifestarse con nueva modalidad, gracias al monje Eutiques, principal propugnador de la nueva herejía monofisita, de la que hablaré muy pronto.

Donatismo
Herejía enseñada por Donato, obispo de Casae Nigrae, la cual establecía que la efectividad de los sacramentos dependía del carácter moral del ministro. En otras palabras, si un ministro, involucrado en un serio pecado bautizaba a una persona, ese bautismo era considerado inválido. El donatismo se desarrolló como resultado de la persecución ordenada por Diocleciano en 303 en la cual muchos templos y libros cristianos fueron destruidos. Otro edicto proclamado en 304 ordenaba la quema de incienso a los dioses del Imperio Romano a lo cual los cristianos se rehusaron. Muchos cristianos entregaron los textos sagrados a sus perseguidores y aún más, traicionaron a otros cristianos entregándolos a los romanos. Estas personas fueron conocidas como “traditores”: cristianos que traicionaban a otros cristianos.

En la consagración del obispo Ceciliano de Cartago en 311, Félix, uno de los tres obispos de Aptunga, el cual consagró a Ceciliano, había dado copias de la Biblia a los perseguidores romanos. Un grupo de cerca de 70 obispos formó un sínodo y declaró la consagración del obispo inválida. Un gran debate se levantó con relación a la validez de los sacramentos (el bautismo, la Cena del Señor, etc.) debido a que uno de ellos había pecado grandemente contra los otros cristianos. Después de la muerte de Ceciliano, Aelio Donato el Grande se convirtió en obispo de Cartago y es debido a su nombre que el movimiento es llamado. Los donatistas estaban ganando “convertidos” a su causa y una división se estaba levantando en la iglesia Católica. Empezaron a rebautizar a sus “convertidos”, lo cual fue particularmente problemático para la iglesia y fue condenado en el Sínodo de Arlés en 314.

El concilio de Arlés
Fue presidido por el obispo Marino de dicha ciudad, uno de los tres jueces nombrados de antemano por el emperador. El obispo de Roma envió representantes al mismo. A diferencia del sínodo del año anterior tenido en Roma, que no pasó de ser un concilio local, el concilio de Arlés, celebrado el año 314 fue en la intención de Constantino, una asamblea eclesiástica de Occidente, a la cual concurrieron alrededor de cuarenta y seis obispos de Italia, África, Bretaña, la Galia y España. En este último país había tenido lugar en el año 300 un importante concilio de carácter nacional el concilio de Elvira cuya legislación canónica fue en parte aceptada por el concilió de Arlés: cánones relativos a varios puntos de la disciplina eclesiástica. Arlés sin embargo no fue tan riguroso como Elvira.

San Agustín discutiendo con los donatistas. Lienzo barroco.

San Agustín discutiendo con los donatistas. Lienzo barroco.

Como de costumbre, fueron enviadas cartas sinodales a los obispos más importantes. Se conserva la remitida a Roma con la súplica de que, desde la capital del Imperio, sea dada a conocer a todas las Cristiandades de Occidente por lo menos. Los concilios no necesitaban la confirmación de nadie, bastaba su propia e intrínseca autoridad. La sinodal enviada a Roma no es para pedir el beneplácito del obispo de dicha ciudad sino para que la difunda. Y la razón de ello nos la da la misma carta mencionada, conservada por Manis, y cuyo texto hemos dado en la nota anterior: «Porque tienes la diócesis más grande».

El concilio de Arlés, sus procedimientos y aún su misma razón de ser, desmiente las tardías pretensiones romanas y demuestra que la autoridad de un concilio -de la naturaleza que fuese-, era de por sí superior a la de cualquier obispo, incluyendo el obispo de Roma. Por supuesto, el donatismo fue rechazado una vez más y el Puesto de Ceciliano en la sede de Cartago salió vindicado. Las iglesias donatistas fueron cerradas y el movimiento fue víctima de la persecución. El tema del donatismo surgió en muchos concilios ecuménicos y finalmente fue sometido al Emperador Constantino en 316. En cada caso, la consagración del obispo Ceciliano fue defendida. Sin embargo, se inició la persecución y para el año 350 el movimiento había ganado muchos convertidos incluyendo un número incontable en la iglesia Ortodoxa en África. Pero fue la apologética llevada a cabo por San Agustín que giró el nudo contra el movimiento donatista que sin embargo duró hasta bien entrado el siglo VII y sucumbió ante la invasión musulmana del norte de África.

El problema con el donatismo no se trataba de si la persona era o no moralmente pura, ya que la efectividad del bautismo o la administración de la Cena del Señor no se pierden si el carácter moral del ministro está cuestionado o si aún se demuestra que es culpable. Más bien, los sacramentos son poderosos por lo que éstos son: representaciones visibles de realidades espirituales. Dios es el que trabaja en éstos y a través de éstos y Él no se encuentra limitado por el estado moral de quien los administra –aunque para el pueblo esta diferencia no existía y hay quienes dicen que San Agustín defendía la supremacía del clero sobre el pueblo-. Volveremos a ver esta herejía en el siglo XIII, con los contemporáneos de San Bernardo de Claraval, Santa Hildegarda, Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís: los cátaros.

Alejandro

Bibliografía:
– GRILLMEIER, A, Cristo en la tradición cristiana, Editorial “Sígueme”. Salamanca, España.
– LIETZMANN, H, Apollinaris von Laodicea und seine Schule (texte und Untersuchungen), Tubinga 1904.
– MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles. Librería católica San José. Madrid, España.

Enlace consultado 10/01/2014):
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Heresiología (VI): El Arrianismo (II)

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Busto del emperador Constantino.

Busto del emperador Constantino.

Después de Nicea
Como dije en el artículo anterior, el Primer Concilio de Nicea reafirmó, no definió como algunos dicen en el sentido de inventar, la doctrina de la plena divinidad y la completa humanidad de Cristo contra las doctrinas de Arrio; pero no puso fin a la controversia.

A pesar de la condena recibida, Arrio y sus partidarios no se retractaron, siendo por ello desterrados. Sus escritos fueron objeto de ediciones y fueron a parar a la hoguera. Sin amilanarse, continuó difundiendo sus doctrinas heréticas hasta lograr el favor y la protección de gran parte de la nobleza, del ejército y del clero. En unión con Eusebio de Nicomedia, escribió una carta al Emperador Constantino –que entendía muy poco de cuestiones teológicas- que incluía un “credo” que intentaba demostrar la ortodoxia de la posición arriana y una petición de ser readmitidos en la iglesia. Al enterarse los obispos pronicenos de los intentos del hereje de congraciarse con el Emperador, no cesaron su empeño de impedirlo, pero la férrea oposición provocaba tumultos en el imperio que ponían en peligro su estabilidad. Constantino, recordemos, era hombre práctico y desconocía totalmente de teología, y además, Eusebio de Nicomedia era su pariente cercano y la simpatía por éste hizo que en el año 328 de la era cristiana hiciera llamar a ambos desde su exilio.

Por esas mismas fechas, el obispo Alejandro de Alejandría enfermó de gravedad y murió al saber de la noticia de la readmisión de Arrio a la iglesia. Su puesto fue cubierto por aclamación de mayoría por su diácono, Atanasio, quien se convertiría en el paladín de la ortodoxia. Estamos en el 8 de julio del 328. A partir de entonces, dicha causa quedó tan identificada con la persona del nuevo obispo de Alejandría, que casi podría decirse que la historia subsiguiente de la controversia arriana es la biografía de Atanasio. De su etapa de destierro entre los monjes del desierto egipcio, adquirió un gran interés por el monacato, influyendo en el acceso de los monjes al sacerdocio, y convirtiéndose en biógrafo de Antonio Abad, de quien escribió la Vida de Antonio.

El Sínodo de Tiro del 335–actual Líbano- y el de Jerusalén del 336 restituyen a Arrio y a sus compañeros a la comunión eclesial. Tanto Eusebio de Cesarea –un adulador del Emperador Constantino- y Eusebio de Nicomedia –Obispo ya de la ciudad imperial de Constantinopla- tuvieron papeles importantes en estos sínodos y en posteriores. El Obispo Atanasio protestó contra estas resoluciones y el Obispo hereje percibió el gran peligro que representaba para su causa este pequeño hombre, y supo entonces que para hacer triunfar sus pretenciones, debía deshacerse de él. Después de todo, por él triunfó en Nicea la causa de la consustancialidad del Hijo con el Padre y la verdadera humanidad de Aquél.

San Cirilo, obispo de Jerusalén.

San Cirilo, obispo de Jerusalén.

También por aquél entonces un hombre tomó relevancia, no tanta como Atanasio, pero se posicionó en la historia. Cirilo obispo de Jerusalén, al principio tomó una postura moderada, pero finalmente apoyó a los partidarios de la ortodoxia nicena, sin suscribir, de momento, el término Homousios, ¿por qué? Como bien mencioné en el primer artículo de esta serie, los gnósticos hablaron tanto de la naturaleza divina como de la humana de Cristo y de hecho, el término viene de éstos cuando hablaron de la consustancialidad del hombre con el diablo (¡!) y de los ángeles con Cristo, y ya en Nicea suscitó debates y explicaciones para justificar su uso desde una perspectiva ortodoxa, libre de toda sospecha herética; pero los arrianos más enconados dijeron que el término dividía de forma física al Padre respecto al Hijo. Sin embargo, en la práctica vino a significar la equivalencia con el capítulo 17 del Evangelio de San Juan.

Paralelamente, ambos Padres de la Iglesia sufrirían ataques personales y censuras por parte de los partidarios de la herejía, impensable si no fuera por el apoyo del inconstante Constantino, único con autoridad “mundial” para convocar los sínodos heréticos que absolvieran a los excomulgados y promulgara que Jesús era de origen divino pero no igual a Dios –el Padre- como una alternativa válida. Pese a la amenaza de nuevas persecuciones, la mayoría de la iglesia –fieles y clérigos- se mantuvieron firmes en la doctrina apostólica trinitaria, y esa firmeza costó el destierro a los obispos, entre ellos Atanasio –sería su primero de cinco destierros- y Cirilo de Jerusalén –aunque con él pesó más la envidia a causa de la elevación de su sede a Arzobispado honorífico con autonomía sobre el arzobispado de derecho de Cesarea- . De ningún modo los confesores de la fe que aún sobrevivían suscribieron la confesión de fe arriana.

De todos modos conviene explicar cómo es que éstos lograron posicionarse nuevamente de proscritos a contar con el beneplácito imperial. Primeramente, el emperador acató la resolución del concilio, que declaró el arrianismo anatema, y exilió a los obispos herejes. Anunció también una ley que declaraba ilegal la tenencia de libros arrianos, la cual podía ser motivo de condena capital, y ordenaba quemar los que hubiera. Ante esto algunos hoy dicen, no sabemos basándose en qué fuentes, que tras el concilio los obispos católicos salieron como fieras quemando libros y mandando a pobres arrianos al patíbulo. En más de un sitio se puede leer que decenas de miles de “buenos cristianos” (o sea, arrianos) fueron asesinados y que el “enorme” aparato de la nueva Iglesia Católica se aseguró de que la persecución fuese implacable hasta en el último rincón del imperio, destruyendo todas las biblias originales y sustituyéndolas por las nuevas redactadas por Constantino en las que se presenta a un Jesús divino.

Concilio I de Constantinopla. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

Concilio I de Constantinopla. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

La historia sin embargo contradice semejantes fantasías. El “enorme” aparato de la nueva Iglesia era aún inexistente, estaba empezando a organizarse a nivel público y no tiene nada que ver con lo que luego encontraremos la Iglesia medieval; esta Iglesia acaba de salir de las catacumbas tan solo doce años antes. Sobre la supuesta destrucción total de biblias originales, ni Diocleciano, con todo el aparato represivo del estado, había conseguido hacerlo. El mito de las nuevas biblias redactadas por Constantino se basa en que el emperador ordenó a Eusebio de Cesarea se encargara de organizar la edición de 50 biblias en edición de lujo para conmemorar los acuerdos de Nicea. Las leyes represivas anunciadas por Constantino tuvieron una laxa aplicación;  tan solo tres meses más tarde mostró indulgencia con los perdedores y suavizó sus medidas. A partir de entonces el emperador pasará por varias fases en las que se acercará más a los arrianos o de nuevo más a los ortodoxos, y con la misma mano que presionaba a unos obispos, pasaba luego presionar a los otros. Si tomamos como ejemplo a las dos grandes figuras que lideraron ambas doctrinas, Arrio y Atanasio, no tenemos más remedio que considerar que Arrio fue en general mucho más favorecido por el emperador que Atanasio, y si Arrio permaneció casi siempre en el exilio fue por la gran presión que ejercieron los obispos, no por la voluntad del emperador, que una y otra vez intentó maniobras para reincorporarlo a su puesto, lo que al final logró, pero le duró poco el gusto. Arrio murió un sábado antes de ser readmitido a la comunión eclesial, en Constantinopla, entre el alboroto festivo de sus partidarios y entre espasmos y convulsiones… la hipótesis es un asesinato por envenenamiento. Más de un partidario niceno vio en su repentina muerte el castigo de Dios. Eso fue en el 336 de nuestra era. Al año siguiente, Constantino enferma gravemente y es cuando acepta ser bautizado, y lo es por mano del obispo Eusebio de Nicomedia. Su tocayo de Cesarea escribió un panegrénico del fallecido. El imperio volvió a dividirse entre los tres hijos del fallecido. Sería Constancio II, gobernante de todo el Oriente, quien restituya a Atanasio a su sede en Alejandría, pero Eusebio de Nicomedia era ya Obispo de Constantinopla y con su influencia logró que un nuevo sínodo de Antioquía lo destituyera y con el beneplácito del sobornado Constancio II, es desterrado por segunda vez.

Monumento dedicado al Santo en Córdoba, España.

Monumento dedicado al Santo en Córdoba, España.

En Occidente, el Obispo de Roma Julio I encabezó la resistencia ortodoxa y avaló las decisiones pronicenas. Osio de Córdoba convocó el Concilio de Sárdica –actual Sofía, capital de Bulgaria- por petición del Papa Julio I y de los emperadores Constancio II y Constante, primeramente para conciliar las posturas enfrentadas, viniendo obispos y clérigos de Oriente y Occidente (en esta última parte del imperio el arrianismo no tuvo mucha aceptación entre los romanos), y también para resolver la cuestión de la deposición de Atanasio, Asclepio de Gaza y Marcelo de Ancira, ortodoxo pero su lenguaje le jugó una trampa que lo hizo sospechoso de sabelianismo y blanco de Eusebio de Cesarea. Los tres fueron absueltos ante la furia de sus opositores. Osio trató de conciliar doctrinalmente ambas posturas con un nuevo credo, del cual tenemos la versión de Teodoreto de Ciro:
1) en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo hay una sola ousia o hypostasis: se hace así una concesión a la terminología de los semiarrianos.
2) dado esto, no puede existir una persona divina sin las demás.
3) no obstante, Padre e Hijo son distintos.
4) el Logos es Unigénito, en cuanto Dios, y primogénito entre los hombres.
5) su reino es eterno porque es Dios verdadero.
6) Dios no padeció, sino el hombre revestido por Él y concebido por la Virgen María, “porque el hombre es corruptible, mientras que Dios es inmortal”.
Atanasio se opuso a este símbolo argumentando que el credo Niceno era católico y concreto, y éste muy poco. El resultado fue evidente: la condena de los arrianos.

No satisfechos con esto el emperador y sus allegados, empeñáronse en vencer la firmeza de Osio, de quien decían, según refiere San Atanasio: «Su autoridad sola puede levantar el mundo contra nosotros: es el Príncipe de los Concilios; cuanto él dice se oye y acata en todas partes: él redactó la profesión de Fe en el Sínodo Niceno: él llama herejes a los Arrianos». A las porfiadas súplicas y a las amenazas de Constancio, respondió el gran Prelado en aquella su admirable carta, la más digna, valiente y severa que un sacerdote ha dirigido a un monarca. «Yo fui confesor de la fe (le decía) cuando la persecución de tu abuelo Maximiano. Si tú la reiteras, dispuesto estoy a padecerlo todo, antes que a derramar sangre inocente ni ser traidor a la verdad. Mal haces en escribir tales cosas y en amenazarme… Acuérdate que eres mortal, teme el día del juicio, consérvate puro para aquel día, no te mezcles en cosas eclesiásticas ni aspires a enseñarnos, puesto que debes recibir lecciones de nosotros. Dios te confió el imperio, a nosotros las cosas de la Iglesia. El que usurpa tu potestad, contradice a la ordenación divina: no te hagas reo de un crimen mayor usurpando los tesoros del templo. Escrito está: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Ni a nosotros es lícito tener potestad en la tierra, ni tú, emperador, la tienes en lo sagrado. Te escribo esto por celo de tu salvación. Ni pienso con los Arrianos ni les ayudo, sino que anatematizo de todo corazón su herejía, ni puedo suscribir la condenación de Atanasio, a quien nosotros y la Iglesia romana y un Concilio han declarado inocente». Constancio obliga a comparecer a Osio, ya centenario, ante un concilio arriano donde se le presionó física y moralmente, negándose rotundamente a firmar la condenación de Atanasio, aunque cedió a comulgar con los obispos arrianos Valente y Ursacio, al final se arrepintió. Osio es desterrado a Sirmio, en Panonia (Serbia), y muere, con 101 años, confesando otra vez la fe verdadera, lejos de su tierra y de su diócesis en 357, tras ser cruelmente azotado por los esbirros del emperador.

Fresco ortodoxo griego de San Gregorio Nacianceno.

Fresco ortodoxo griego de San Gregorio Nacianceno.

Paralelamente, Constancio II depuso a Liberio y nombró a Félix como Obispo de Roma –antipapa-, pero el pueblo se opuso férreamente y lo rechazó. Constancio intentó un compromiso permitiendo al papa Liberio regresar a Roma para gobernar la Iglesia junto con Félix. Ni el papa ni el pueblo aceptaron ese arreglo y finalmente el emperador no tuvo más remedio que ceder ante la Iglesia cristiana y el papa Liberio recuperó su sede y la Iglesia, con él, la ortodoxia.

En el 361, muerto Constancio II, sube al trono Juliano el Apóstata, que de nuevo restaurará el paganismo y volverá a perseguir a la Iglesia, no mediante matanzas (aunque muertes sí hubo), pero sí oprimiendo a los cristianos y privándoles de muchos derechos civiles. Sin embargo, a pesar de todos sus intentos, la Iglesia resistió y no logró que la gente volviera al paganismo. No sería hasta el 380 cuando el nuevo emperador, Teodosio el Grande, declare al cristianismo, esta vez sí, religión oficial –y única- del Imperio. Aquí es cuando lamentablemente la jerarquía eclesiástica empieza realmente a adquirir poder secular.

Atanasio, el gran paladín de la fe reafirmada en Nicea, murió en su sede en el año 373, en paz y con la conciencia segura en la verdad que defendió a costa de su seguridad y su propia vida; sin ver los resultados de sus fatigas. En el año 373 de la era común, el Primer Concilio de Constantinopla (Segundo Ecuménico), bajo la presidencia de San Gregorio Nacianceno, revalúa el Credo Niceno, lo confirma y agregó la cláusula sobre la Divinidad del Espíritu Santo que reza así: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y vivificante, que procede del Padre a través del Hijo…” Si Dios me da su gracia, más adelante hablaré de la cláusula Filioque.

Después del concilio de Constantinopla en el 381 el Arrianismo no continuó siendo la principal amenaza para la iglesia Católica. No obstante, a través de los años, incluyendo el presente, ha habido aquellos que han expuesto las enseñanzas de Arrio.

Conclusiones
A modo de apología, Osio de Córdoba sufrió, tras su muerte, de un libelo injusto donde se dice, sin fundamento alguno, que suscribió una fe arriana y murió en esta herejía intentando convertir a sus antiguos correligionarios en Córdoba. Un hombre tan ilustrado como el obispo Isidoro de Sevilla no se cuidó al citar sus fuentes y aún hoy esta injusta mancha permanece y no se le rinde culto en la iglesia occidental, pero sí en la oriental ortodoxa y en la católica oriental.

El arrianismo en el Imperio romano fue finalmente derrotado ese día en Constantinopla, pero la influencia de la herejía llegó más allá de las fronteras de éste, pues los godos que tomaron algún tiempo después la península ibérica habían sido evangelizados por misioneros arrianos. Sin embargo, también se convertirían al catolicismo con la conversión del rey Recaredo I. Entonces decayó hasta languidecer, ya sin apoyo político ni eclesiástico de ningún tipo.

"Conversión de Recaredo", lienzo de Muñoz Degrain. Palacio del Senado, Madrid (España).

“Conversión de Recaredo”, lienzo de Muñoz Degrain. Palacio del Senado, Madrid (España).

No se puede negar que la aproximación del poder a la Iglesia, favoreciéndola, no tuviese efectos negativos, y que la posterior oficialización de esta a finales de los siglos IV y V no tuviera efectos aún más devastadores, ya que cuando a un ser humano se le da poder y riquezas la tentación de la corrupción acecha, y algunos –bastantes- caen. Lo que hemos intentado demostrar es que esa no es la situación de los asistentes al concilio y menos aún de los cristianos de base.

La mentalidad romana fue penetrando cada vez más el carácter de la cristiandad se exigió la más completa uniformidad en las cuestiones más secundarias, como la fijación de la fecha de la Pascua y otras trivialidades parecidas que ya habían agitado vanamente los espíritus a finales del siglo III. Estas tendencias a la uniformidad fueron consideradas por los emperadores como un medio sumamente útil del que servirse para lograr la más completa unificación del Imperio. Mas, como hemos dicho, la influencia fue recíproca. Además, cuatro siglos de predicación del Evangelio, pese a todas las imperfecciones de los cristianos, habían dejado una huella cuyas influencias se notaban cada vez más en la vida social. La doctrina del hombre creado a imagen de Dios impuso restricciones a la costumbre de marcar a los esclavos en la cara y aún inició la serie de medidas que, finalmente, darían fin a la esclavitud misma. Comenzaron las medidas tendentes a la protección de los niños abandonados por sus padres y la salvaguardia de la santidad del matrimonio. Pese a la infiltración del espíritu y las maneras paganas en la Iglesia, y pese a la propia decadencia espiritual de ésta, el poder del Evangelio hizo su impacto en el Imperio y aún más allá de sus fronteras. Pero, es en estas épocas cuando resulta más difícil el trazar la línea que distingue lo que es meramente institución eclesiástica y la que es la verdadera Ecclesia. De esta manera, las discusiones doctrinales o disciplinarias de la Iglesia se convirtieron en problema de Estado.

El arrianismo fue un fenómeno bastante complejo que aún hoy suscita muchas pasiones y su influencia sigue vigente en las enseñanzas de las sectas –me niego rotundamente a llamarlas iglesias- de los Testigos de Jehová y la IJSUD (Mormones); así como en cierta literatura moderna donde un hilo de la trama es la descendencia y supervivencia de la línea de sangre de Jesús y las maquinaciones de la iglesia para desacreditar la persona de María Magdalena y elevar al rango de dios a aquél. Todos saben a qué libro, película y autor moderno me refiero: Dan Brown y El Código Da Vinci.

Basta decir que un libro tan polémico y controvertido como el Libro de Urantia asegura en su penúltimo capítulo: “Fue un griego de Egipto (Alejandría) quien con tanta valentía se puso de pie en Nicea y desafió a esta asamblea con tal intrepidez que ésta no se atrevió a enturbiar el concepto de la naturaleza de Jesús en tal forma que habría podido poner en peligro la verdad real de su autootorgamiento, la cual podría así haber desaparecido del mundo. El nombre de este griego era Atanasio, y si no hubiese sido por la elocuencia y la lógica de este creyente, habrían triunfado las persuasiones de Arrio”.

Si bien el arrianismo decayó definitivamente en el s. VII, no sin antes producir una variante a la que se la llamó semi-arrianismo, muchas de sus teorías –principalmente las cristológicas y trinitarias- renacieron con la Reforma Protestante (s. XVI) bajo las ideas de Miguel Servet y por los antitrinitarios liderados por Fauso Socino, entre otros. Contemporáneamente, fueron recogidas por numerosas sectas como es caso de los tristemente célebres Testigos de Jehová.

En conclusión, el Arrianismo es una herejía que atenta contra la verdad revelada en las Sagradas Escrituras de la Encarnación, Dios se hizo hombre para llevar a los hombres a Dios y viceversa. Y este autor declara, por la gracia del Espíritu Santo, que Cristo Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre. ¡Amén! Nadie puede llamar Padre a Dios ni reconocer a Jesús como Dios y Salvador si no es por el poder del Espíritu Santo. Y quien lo niegue es anatema.

Alejandro

Bibliografía:
– L. GONZÁLEZ, JUSTO. Diccionario manual teológico. Atanasio de Alejandría en artículos “Arrianismo” págs. 42, 44 y 45; “Hipóstasis” págs. 142 y 143; Homoiusion, págs. 145 y 146. Homousion, pág. 147.
– MENENDEZ PELAYO, Marcelino. Historia de los heterodoxos españoles. Capítulo 5: Osio en sus relaciones con el Arrianismo, Potamio y Florencio. Tomo 1: 65-77. Librería católica San José. Madrid, España.

Enlaces consultados:
http://apologia21.wordpress.com/2012/12/26/despues-del-concilio-de-nicea-2/
http://cristiania.net/LECTURAS/ARCADIO%20SIERRA/Los_Concilios_Ecumenicos/Concilio3.pdf
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/el-concilio-de-nicea
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/el-emperador-constantino
http://www.librodeurantia.org/lu/doc195.html
http://www.filosofia.org/aut/mmp/hhe1065.htm
http://spanishnewtestament.com/diccionario/AtanasioAle.html
http://usuarios.advance.com.ar/pfernando/DocsIglAnt/Arrio_Cronologia.html

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Heresiología (V): El Arrianismo

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Estatua en bronce del emperador Constantino. Cd. de York, Gran Bretaña.

Estatua en bronce del emperador Constantino. Cd. de York, Gran Bretaña.

Desarrollo
Es el año 320 de nuestra era. La ciudad, Alejandría, capital de la provincia de Egipto y una de las urbes más prósperas de todo el imperio romano que Constantino ha reunificado en torno suyo y que gobierna desde Nicomedia, en la actual Turquía. El cristianismo goza de tolerancia oficial y su número de adeptos aumenta día a día. Pero pronto ocurriría un cisma tal no visto desde hacía tiempo. Lo que no lograron las persecuciones de los emperadores paganos (dividirla) lo lograría un hasta entonces oscuro personaje: Arrio, presbítero.

De origen libio o beréber, había estudiado teología y las Sagradas Escrituras en la escuela de Antioquía bajo la tutela de Luciano, discípulo a su vez de Pablo de Samosata (adopcionista y subordinacionista), era poseedor de un talento retórico y discursivo tal que al pueblo alejandrino le encantaba escucharlo predicar porque por su medio entendía la liturgia y la Palabra. Posiblemente en el año 318, Arrio tuvo un enfrentamiento con su obispo, Alejandro, un hombre culto y venerable, egresado de la escuela de Alejandría (que defendía una enseñanza alegórica de la Escritura a diferencia de la antioquena), sobre el modo de entenderse la divinidad de Cristo, objetando al mismo tiempo su eternidad e igualdad con el Padre.

Arrio admitía sin paliativos que el Salvador es divino, pero no por naturaleza, sino por adopción, creado, no engendrado, y por lo tanto, diferente a Dios, y éste, siguiendo la línea arriana, no siempre fue Padre. Al ser creado, por lo tanto, existe a partir del tiempo, y por lo tanto es criatura, la primera de todas, existente antes de la creación y de la encarnación, pero criatura siempre, aunque por ella se hizo todo. Arrio temía que el monoteísmo cristiano se confundiera con politeísmo al explicar la Trinidad como una triada de dioses al modo griego o romano (Zeus, Hera y Atenea), así que explicaba que antes del tiempo hubo un único Dios, increado y poseedor absoluto de todas las cualidades, que se reveló a los profetas del Antiguo Testamento, que creó de una sustancia (hipóstasis) al Logos que sería denominado Hijo, y siguiendo con este hilo, el Espíritu Santo sería una segunda sustancia o criatura del Hijo y sometida a Él. Cuando el Hijo se encarnó en María, de esta tomó cuerpo, pero no tenía alma sino que el Logos, por ser espíritu, la sustituyó. Como vemos, es muy parecida su enseñanza a la herejía doceta, salvando la distancia de la apariencia corporal, y quizás, asumió una postura gnóstica sobre la divinidad al suprimirle su alma y dándole sólo forma corporal; padeciendo bajo este aspecto la pasión y muerte y fue por Dios Padre que al resucitar fue elevado a la categoría de Hijo suyo.

Detalle de un icono ortodoxo que representa el Concilio de Nicea.

Detalle de un icono ortodoxo que representa el Concilio de Nicea.

Un breve paréntesis, tanto Arrio como los demás protagonistas presenciaron los martirios cruentos de la última persecución y es probable que confesara la fe, pero al caer en desgracia muchos detalles de su vida permanecen en la oscuridad hasta hoy en día.

El primero en oponerse a Arrio fue su obispo, Alejandro, que respondía que la posición de Arrio negaba la divinidad del Verbo, y por tanto de Jesucristo.  Además, puesto que la iglesia desde los inicios había adorado a Jesucristo, si aceptáramos la propuesta arriana tendríamos, o bien que dejar de adorar a Jesucristo, o bien que adorar a una criatura. Ambas alternativas eran inaceptables, y por tanto Arrio debía estar equivocado.

El origen de la controversia entre los dos hombres es desconocida, pero la mayoría la colocan alrededor del año 318. En ese tiempo, Alejandro, tanto en la iglesia como en las reuniones presbiteriales, había censurado y refutado la enseñanza de Arrio como una falsa doctrina. Alejandro dio más o menos el primer impulso a la controversia por medio de insistir sobre la naturaleza eterna del Hijo. Luego, Arrio abiertamente lo retaría.

En los siguientes dos o tres años que siguieron, Alejandro convocó a un sínodo de obispos en Alejandría e inmediatamente excomulgaron a Arrio y a sus seguidores. No obstante, Arrio no aceptó este veredicto, sino que apeló a su vez a las masas y a varios obispos prominentes que habían sido sus condiscípulos en Antioquia, uno de los más influyentes era Eusebio de Nicodemia, obispo de Berito –actual Beirut, Líbano- que le dio asilo. Este personaje estaba lejanamente emparentado con Constantino y su dinastía, por lo que pronto accedió a la diócesis de la residencia imperial, más prestigiosa que la perdida ciudad fenicia, y desde esa posición favoreció a Arrio y a los disidentes. Pronto hubo protestas populares en Alejandría, donde las gentes marchaban por las calles cantando los refranes teológicos de Arrio, siendo el más popular: “Hubo cuando no lo hubo”. Además, los obispos a quienes Arrio había escrito, respondieron declarando que Arrio tenía razón, y que era Alejandro quien estaba enseñando doctrinas falsas. Luego, el debate local en Alejandría amenazaba volverse un cisma general que podría llegar a dividir a toda la iglesia oriental.

Alejandro escribió una epístola católica –ya en el sentido eclesial que hoy entendemos- donde advierte a sus colegas que el obispo está extendiendo la herejía arriana y quien se alíe con él está fuera de la comunión, pero Arrio, respaldado por Eusebio de Nicomedia, escribió una carta donde alega maltratos e injusticias. Y la redacción de cartas y apologías continuó. De lado de los ortodoxos, Alejandro escribió al obispo de Bizancio y a los obispos orientales del peligro de la herejía que Pablo de Samosata y Luciano de Antioquía prepararon y que Arrio propagaba. Cabe mencionarse que el redactor de esas misivas no era otro que un joven diácono de corta estatura pero de grandes virtudes que llegaría mucho más lejos y a quien el destino le depararía muchos sufrimientos por causa de la justicia: Atanasio de Alejandría.

Icono ortodoxo que representa a San Atanasio de Alejandría.

Icono ortodoxo que representa a San Atanasio de Alejandría.

Cabe aclarar que Arrio no inventó la herejía que lleva su nombre, sino que esta tenía precedentes más antiguos como ya mencioné. También es necesario aclarar, en honor a la verdad, que Arrio estaba lejos de sentirse indignado por no haber sido elegido obispo de Alejandría y como muestra de recelo inventó la doctrina que hoy leemos. Arrio reconocía la autoridad de los obispos, pero ante todo defendió sus opiniones basándose en las Escrituras. Es más, el apodo “arrianos” nunca lo quiso para sus seguidores, sino que se consideraban cristianos plenos y así se presentaban.

Ya hemos visto que la controversia alejandrina superó los límites de su urbe y abarcó todo el Oriente del imperio y los rumores de herejía llegaron a Occidente, donde el Obispo de Roma, Silvestre I, residía como el primero entre los iguales y permaneció si no a la saga, como una figura secundaria pero no al margen de los acontecimientos. De todos modos, el Occidente no se cimbró en aquél tiempo con la controversia como sucedió en Oriente.

Y se armó la de Dios es Padre… y Cristo
Ya es el año 320 o 322 de nuestra era y entra en escena Atanasio de Alejandría, diácono y secretario de su Obispo Alejandro, con su tratado “Contra los paganos y sobre la Encarnación del Verbo”, tratando la refutación del helenismo, la Trascendencia del único Dios verdadero, el carácter redentor de la Encarnación y en su punto central, la muerte y la resurrección de Jesús. Brillante escritor que expone teológicamente y defiende la fe contra las herejías apoyándose en el estudio de las Escrituras y en la Tradición: la fe en la Santísima Trinidad.

Otro personaje que también combatió a la herejía fue nada más y nada menos que San Antonio Abad, hombre muy respetado por su virtud y vida. Dejó su retiro en el desierto del Mar Rojo para recorrer los caminos y llegar a Alejandría para culminar su predicación contra el arrianismo. Conoció a San Atanasio y entre ambos surgió una gran amistad.

Icono del II Concilio de Nicea. siglo XVII, monasterio Novodévichy, Moscú (Rusia).

Icono del II Concilio de Nicea. siglo XVII, monasterio Novodévichy, Moscú (Rusia).

Para ese momento, Constantino acababa de consolidarse como único emperador y no hacía mucho que tuvo que “mediar” –imponer- su poder para contrarrestar a los cismáticos donatistas de Cartago en unión con los obispos de Occidente, entre ellos Melquíades obispo de Roma. Ahora se enteraba de este nuevo problema y a él le preocupaba más la cohesión de su imperio que las disputas doctrinales, pero sabía muy bien que éstas podían destruir la unidad imperial, y aconsejado por Osio, envió a éste para mediar entre los contendientes, pero el obispo cordobés vio que el problema ya era demasiado grande –y demasiado tarde- para resolverse con negociaciones particulares y la medida era demasiado lenta. Constantino se dejó aconsejar nuevamente por Osio, y tomó una decisión que cambiaría el curso de la historia de la iglesia: convocar una reunión de las partes en conflicto en un lugar cercano a su residencia para mantenerse al tanto y en control de la misma. Tenemos aquí a los verdaderos artífices del Primer Concilio Ecuménico –General- de Nicea. Una ironía del destino: un emperador pagano convocando una reunión de líderes cristianos.

La reacción de los obispos de ambos bandos fue grande. No hacía muchos años que la iglesia había salido de las catacumbas y sufrido una de sus más sangrientas persecuciones y muchos de los clérigos implicados mostraban aún secuelas físicas y psicológicas de las torturas sufridas por confesar la fe en Cristo, ¡Y un emperador pagano los convocaba a una reunión! Un concilio no era algo nuevo, los obispos de las diversas regiones los habían convocado a modo de sínodos regionales cuyas conclusiones aceptaban los comulgantes en señal de hermandad, pero nunca a gran escala. El emperador dio todas las garantías para que los obispos –se convocó a 1800 entre orientales y occidentales- asistieran a Nicea y en una sala del palacio se llevarían a cabo las sesiones. Como se sabe por Eusebio de Cesarea, el número de obispos asistentes fue de 300, pero cada uno llevó máximo dos presbíteros y tres diáconos, así que en total harían aproximadamente 1500 congregados (el número es especulativo, se menciona genéricamente “una muchedumbre”). No eran miembros de una élite, sino pastores que vivían de sol a sol con sus feligreses, muchos de ellos casados y con hijos, o viudos y célibes o solteros, y no todos se conocían entre sí. Los confesores de la fe jugaron un papel crucial en las deliberaciones.

Desgraciadamente, las actas originales del Concilio no se han conservado, lo cual tampoco es de extrañar en medio del turbulento mundo de la época. Sin embargo sí tenemos noticias del Concilio transmitidas a través de varios personajes que asistieron al mismo o que conocieron las actas originales: Eusebio de Cesarea, Atanasio de Alejandría, Sócrates, Sozomenes, Teodoreto, Rufino y una historia del Concilio de Nicea escrita en el siglo V por Gelasio de Cícico. Esto nos permite reconstruir razonablemente bien lo que fue el Concilio.

Pintura historicista del Santo, obra de Ángel María de Barela. Sala Capitular del Ayuntamiento de Córdoba, España.

Pintura historicista de San Osio de Córdoba, obra de Ángel María de Barela. Sala Capitular del Ayuntamiento de Córdoba, España.

Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea se encuentran también entre los asistentes más conocidos, el primero, arriano, y luego amigos del emperador; Leoncio de Cesarea (que había sido eremita), Spyridion de Trimitous (que incluso de obispo seguía llevando vida de pastor de ovejas), Atanasio de Alejandría (que destacará especialmente en este Concilio), y Alejandro de Constantinopla (que también asistió en calidad de presbítero acompañando a su anciano obispo). Los únicos obispos occidentales que acudieron fueron Osio de Córdoba, que presidió el concilio, Ceciliano de Cartago (ratificado en su cargo por Melquiades, obispo de Roma, contra los donatistas), Marcos de Calabria, Nicasio de Dijon (de la Galia), Dono de Estridón, y los dos delegados de Silvestre de Roma, Víctor y Vicente, presbíteros. De fuera del imperio vinieron el obispo Juan de Persia e India, el godo Teófilo (de los germanos) y Estratófilo de Georgia. Veintidós de los obispos vinieron junto con Arrio como defensores de la causa arriana.

Contrario a lo que algunos cuadros y libros muestran, el Papa Silvestre no presidió, ni convocó ni asistió al Concilio, al no estar su firma entre los que aceptaron el credo niceno.

En este ambiente de euforia, los obispos se dedicaron a discutir las muchas cuestiones legislativas que era necesario resolver una vez terminada la persecución.  La asamblea aprobó una serie de reglas para la readmisión de los caídos, acerca del modo en que los presbíteros y obispos debían ser elegidos y ordenados, y sobre el orden de precedencia entre las diversas sedes (la Tetrarquía de Obispos: Roma, Antioquía, Alejandría y Jerusalén). En lo referente al asunto central, el 20 de mayo del 325 de la era cristiana, con Constantino como convocante y Osio de Córdoba como presidente del Concilio, dieron inicio las sesiones. Hubo largas discusiones entre los bandos arrianos, ortodoxos, monarquianistas y conciliadores. Las discusiones eran seguidas con mucha dificultad por la minoría de obispos que no hablaban griego como lengua materna porque estaban llenas de conceptos filosóficos muy sutiles y era necesario explicarlos. En esto estaban las cosas cuando Eusebio de Nicomedia, el jefe del partido arriano, pidió la palabra para exponer su doctrina. Al parecer, Eusebio estaba tan convencido de la verdad de lo que decía, que se sentía seguro de que tan pronto como los obispos escucharan una exposición clara de sus doctrinas las aceptarían como correctas, y en esto terminaría la cuestión.  Pero cuando los obispos oyeron la exposición de las doctrinas arrianas su reacción fue muy distinta de lo que Eusebio esperaba. La doctrina según la cual el Hijo o Verbo no era sino una criatura -por muy exaltada que fuese esa criatura- les pareció atentar contra el corazón mismo de su fe.  A los gritos de “¡blasfemia!”, “¡mentira!” y “¡herejía!”, Eusebio tuvo que callar, y se nos cuenta que algunos de los presentes le arrancaron su discurso, lo hicieron pedazos y lo pisotearon. Se cuenta una anécdota que no se sabe en qué momento ocurrió: Arrio tomó la palabra para defender sus opiniones ante una abrumadora oposición que lo miraba con desprecio, y en el momento que dijo “Debió existir un tiempo en que el Hijo no existía y Dios no era Padre”, uno de los obispos se adelantó y le dio una bofetada para callarlo. No era otro que Nicolás de Myra o de Bari, pero en las antiguas listas no se le menciona.

Concilio de Nicea. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

Concilio de Nicea. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

El resultado de todo esto fue que la actitud de la asamblea cambió.  Mientras antes la mayoría quería tratar el caso con la mayor suavidad posible, y quizá evitar condenar a persona alguna, ahora la mayoría estaba convencida de que era necesario condenar las doctrinas expuestas por Eusebio de Nicomedia.

Al principio se intentó lograr ese propósito mediante el uso exclusivo de citas bíblicas (Una de las citas bíblicas más decisivas fue las del Evangelio de Juan, 10:30 (“El Padre y yo somos una sola cosa”) o Juan 17:21 (“Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti,”) y Juan 1:1-3 (“Al principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios”)… Pero pronto resultó claro que los arrianos podían interpretar cualquier cita de un modo que les resultaba favorable -o al menos aceptable. Atanasio, con el permiso de su obispo, tomó la palabra y se dirigió a Arrio y sus aliados con estas cuestiones fundamentales: “Si el Verbo fue creado, ¿cómo es que Dios que lo ha creado no podía crear el mundo?” y “Si el mundo no ha sido creado por el Verbo, ¿por qué no podía haber sido creado por Dios?” Fue tal su elocuencia y serenidad que los herejes le temieron más que a ninguno.

Por estas razones, la asamblea decidió componer un Credo que expresara la fe de la Iglesia en lo referente a las cuestiones que se debatían. Entonces Constantino inaugura oficialmente el Concilio, da un elocuente discurso haciendo ver a los obispos que es mucho lo que estaba en juego y no podían entretenerse en reproches personales o visiones locales. Ahora que no eran comunidades perseguidas y semiaisladas tenían que formar un bloque común y homogéneo, aparcar sus diferencias y procurar limpiar la doctrina original de todos los elementos que se hubieran adherido.

Pero después de su discurso Constantino tuvo que escuchar a los obispos relatarle todos los acuerdos doctrinales que ya se habían alcanzado. Su margen de maniobra, pues, era escaso, pero a Constantino no le interesaba -ni en realidad estaba formado lo suficiente como para entender- las discusiones doctrinales, sólo estaba realmente interesado en que se pusieran de acuerdo. Lo cierto es que, por el análisis de las cartas escritas por Constantino, se evidencia una gran carencia de formación teológica, y los estudiosos descartan la posibilidad de que él pudiese haber influido en la doctrina de la Iglesia debido justamente a este desconocimiento en teología, y menos aún, como le atribuye únicamente su entusiasmado Eusebio, haber discurrido él solito el término clave “homoousios” (consustancial) que recabó el consenso de casi todos, como veremos más adelante.

Quizá al emperador le pareció buena idea el término, y así lo expresó, pero no resulta creíble pensar que él fuera quien lo ideó, dada las complicaciones teológicas que supuso aceptarlo. Este término ya se había usado en ocasiones anteriores al discutir sobre la naturaleza de Jesús, pero suscitaba no pocos recelos; el auténtico mérito no fue el uso del término sino justificar lo apropiado de su uso para definir la doctrina cristológica. El acuerdo sobre el término zanjó la postura oficial frente al arrianismo: Jesús era consustancial al Padre (“de la misma naturaleza que el Padre” según nuestra actual traducción).

La palabra Homousios (consustancial), empleada la primera vez por el Niceno, no es más que una paráfrasis del Verbum erat apud Deum et Deus erat Verbum. El Cristianismo no ha variado ni variará nunca de doctrina. Que Osio redactó esta admirable fórmula, modelo de precisión de estilo y de vigor teológico lo afirma expresamente San Atanasio (Ep. Ad Solitarios): «Hic formulam fidei in Nicaena Synodo concepit». La suscribieron 318 Obispos, absteniéndose de hacerlo cinco arrianos tan sólo. En algunos Cánones disciplinarios del Concilio Niceno, especialmente en el III y en el XVIII, parece notarse la influencia del Concilio Iliberitano, y por ende la de Osio.

Icono ortodoxo griego de los padres del Séptimo Concilio Ecuménico.

Icono ortodoxo griego de los padres del Séptimo Concilio Ecuménico.

El Credo Niceno
“Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un solo Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. Y en el Espíritu Santo.
A quienes digan, pues, que hubo cuando el Hijo de Dios no existía, y que antes de ser engendrado no existía, y que fue hecho de las cosas que no son, o que fue formado de otra substancia o esencia, o que es una criatura, o que es mutable o variable, a éstos anatematiza la iglesia católica.”

En otras palabras, se reafirmó que Cristo no es un segundo Dios o un semi-Dios, sino que es Dios como el Padre lo es, y sólo Dios es el único mediador a través del Logos (o Verbo), el Hijo de Dios que es Dios, como el Padre es Dios. En consecuencia, sólo Dios puede realizar la divinización a través de la Encarnación y de la Redención. En todo caso, los obispos se consideraron satisfechos con este credo, y procedieron a firmarlo (comenzando por Osio y a continuación los legados del Obispo de Roma), dando así a entender que era una expresión genuina de su fe.  Sólo unos pocos -entre ellos Eusebio de Nicomedia y Arrio- se negaron a firmarlo.  Estos fueron condenados por la asamblea, y depuestos. Pero a esta sentencia Constantino añadió la suya, ordenando que los obispos depuestos abandonaran sus ciudades. Esta sentencia de exilio añadida a la de herejía tuvo funestas consecuencias, pues estableció el precedente según el cual el Estado intervendría para asegurar la ortodoxia de la Iglesia o de sus miembros.

El Credo Niceno tuvo modificaciones, pero en la tercera parte contaré su conformación actual que todos aprendimos en el catecismo y recitamos hoy en día reconociendo la doctrina fundamental de nuestra fe, así como las consecuencias inmediatas y a largo plazo de esta reunión histórica.

Alejandro

Bibliografía:
– GONZÁLEZ, Justo L. “Diccionario manual teológico”. Arrianismo, páginas 43 a la 45. Edición 2010. Editorial Clie. Barcelona, España.
– MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino. Historia de los heterodoxos españoles. Libro primero, capítulo quinto: Osio en sus relaciones con el arrianismo, Potamio y Florencio. Librería católica de San José. Madrid, España, 1880.

Enlaces consultados (19/08/2013):
http://apologia21.wordpress.com/2012/12/21/el-concilio-de-nicea/
http://www.bible.ca/spanish/trinidad-posiciones-historicas-deidad-cristo-arrianismo-2.htm
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/el-concilio-de-nicea
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/los-arrianos
http://www.filosofia.org/aut/mmp/hhe1065.htm
http://mercaba.org/TESORO/atanasio01.htm
http://usuarios.advance.com.ar/pfernando/DocsIglAnt/Arrio_Cronologia.html

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Heresiología (IV)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La visión de Constantino como aparece pintada por Rafael, 1524. Estancia de Rafael en el Palacio Apostólico del Vaticano, Roma (Italia).

La visión de Constantino como aparece pintada por Rafael, 1524. Estancia de Rafael en el Palacio Apostólico del Vaticano, Roma (Italia).

Prolegómenos
Estamos en el siglo IV de nuestra era. Ha acabado una de las más largas y sangrientas persecuciones que sufrió la Iglesia en su historia primitiva: la decretada del año 303 al 310 por Diocleciano bajo la instigación de Maximiano y Galerio, aunque éste último decretó en el 311 un Edicto de Tolerancia en la ciudad de Nicomedia, residencial imperial (actual Izmit, en Turquía), donde reconocía su existencia y permitía el culto siempre que los cristianos oraran por la prosperidad del Imperio y la salud de sus gobernantes. Galerio, cabe mencionar, enfermó de cáncer y esperaba con este acto congraciarse con el Dios cristiano, pero moriría a los cinco días de su emisión. Sin embargo, la paz a la iglesia y su reconocimiento formal y oficial no llegaría sino hasta dos años después, de la mano de uno de los emperadores más famosos y controvertidos de la historia: Constantino el Grande. Basta resumir que tras su victoria en la batalla del Puente Milvio, atribuida a una supuesta visión o sueño de la cruz o del monograma de Cristo, según dicen Eusebio de Cesarea y Lactancio, asumió que le debía su triunfo al Dios cristiano y por esta razón, además de la evidente, creciente y consolidada presencia de cristianos en todas las ciudades del imperio, decretó a favor de éstos en el año 313 de nuestra era, en la ciudad imperial de Milán, el Edicto que lleva su nombre y que sentó las bases para el ejercicio público y no punible del cristianismo para todos los ciudadanos, así como una tolerancia legal y sanción para quienes se atrevieran a hacer renegar a algún prosélito; devolviendo también propiedades a la iglesia que desde ese momento creció como nunca en toda su historia reciente y se preparaba para transformarse en la institución que hoy aún existe, pero todavía no en iglesia estatal.

La denominada Pax Constantiniana trajo al imperio nuevamente la unidad y seguridad del gobierno en manos de una sola persona –para lograrlo, Constantino se deshizo de Licinio, su colega oriental que, pese al edicto de Milán, persiguió a los cristianos (aunque por razones más políticas y en rivalidad con el creciente apoyo público a Constantino)- y tomó las riendas del poder en lo que hoy llamaríamos una monarquía absoluta. Cabe bien aclarar que, pese a atribuir su victoria al dios cristiano, Constantino siguió siendo Pontífice Máximo del clero romano pagano y militante del culto al Sol Invicto durante gran parte de su vida, bautizándose en su lecho de muerte; pero no adelantaré más acontecimientos. Vamos por partes.

Eusebio de Cesarea, según un grabado de André de Thevet (siglo XVI).

Eusebio de Cesarea, según un grabado de André de Thevet (siglo XVI).

Otra consecuencia de esta nueva situación para la iglesia, que ya estaba organizada en el sacerdocio piramidal descendente de obispos, presbíteros y diáconos (y diaconisas, pero en menor número), fue el hecho de llevar los debates doctrinales a la esfera pública. Conviene también aclarar, y lo hago sin afán de ofender a los defensores de la primacía romana sobre la iglesia desde sus orígenes, que los obispos de las diferentes regiones –no se les llamó diócesis antes de finales de los siglos IV y principios del V- eran independientes aunque reconocían y buscaban la comunión con sus pares de otras zonas del imperio e incluso fuera de él. Roma no fue el primer estado cristiano, sino Armenia bajo los esfuerzos de Gregorio el Iluminador, y posiblemente también Etiopía, reconociendo al obispo de Roma un primado de honor en el poder moral por ser la ciudad sede de Pedro y Pablo –también lo era Antioquía de Siria y no hubo disputas al respecto- y un poder mediador en caso de conflictos entre comunidades. Basta con esto. Más adelante se entenderá el por qué de esta observación.

Constantino era un hombre de leyes, de dar órdenes y ser obedecido, y también tenía talento para escoger a sus colaboradores en la corte. Su inclinación –sentimental y curiosa durante gran parte de su vida- por el cristianismo le motivó a llamar a un hombre virtuoso y no exento de polémica y marcado con un deshonroso e injusto libelo: Osio, obispo de Córdoba (España), confesor de la fe en dos ocasiones y autor intelectual del Edicto de Milán. Lo volveremos a ver más adelante.

En aquel momento histórico existían dos escuelas cristianas de gran fama que sobrevivieron a las persecuciones y fueron rivales en el pleno teológico: la Escuela de Antioquía en Siria y la Escuela de Alejandría de Egipto, esta última quizás más destacada por algunos de sus más ilustres maestros: Orígenes y Clemente de Alejandría, pero la primera no se quedaba atrás en ilustres educadores, aunque éstos pasaron a la historia como herejes: Pablo de Samosata y Luciano de Antioquía, que también tendrían influencia en la herejía de la que hoy les hablaré y que puso en serio peligro a la cristiandad y que, todavía hoy en día, tiene influencia en ciertas iglesias: el arrianismo.

Orígenes, grabado de André de Thvet (siglo XVI).

Orígenes, grabado de André de Thvet (siglo XVI).

Introducción
“En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. El Verbo estaba ante Dios en el principio. Por Él se hizo todo y nada llegó a ser sin Él… Y el Verbo se hizo carne y puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su Gloria: la Gloria que recibe del Padre el Hijo único, en él era todo don amoroso y verdad… Nadie ha visto a Dios jamás, pero Dios-Hijo único nos lo dio a conocer; él está en el seno del Padre y nos lo dio a conocer”. Palabra del Señor. Evangelio de Juan, capítulo 1, versículos del 1 al 4, 14 y 18.

Ya el propio apóstol Juan o quien escribió esta introducción en el cuarto evangelio sabía por revelación y fe que Dios Hijo es Dios desde siempre. El propio Jesús, a lo largo de los evangelios, dice claramente que es Hijo de Dios, y el motivo de su condena es proclamarse ante un atónito y escandalizado Sanedrín, Hijo de Dios con el emblemático “Yo soy” (siglas en hebreo de Iahvé) y también a los largo de los evangelios, los hechos de los Apóstoles y las cartas paulinas, queda claro también su origen humano, “¿No es este el hijo del carpintero (José)? ¿No se llama su madre María y sus hermanos… no están todas sus hermanas con nosotros?” (Mateo 13, versículos 55 y 56), que nació “de una mujer, bajo la ley, para liberarnos de la ley” como bien dice Pablo en su carta a los Gálatas en el capítulo 4 versículo 4. Fue bautizado por Juan el Precursor y una voz “de lo alto” se escuchó llamándolo Mi Hijo amado; crucificado por orden de Poncio Pilatos, muerto y sepultado. Resucitó a los tres días como declaran todas las escrituras y subió al cielo… Con todas estas evidencias bíblicas, hubo quienes se resistieron a creer que Dios pudo encarnarse y volverse humano, materia, y mucho más, creer que el ser era con Dios incluso antes de la creación y fuera igual a Dios.

Bien mencioné un artículo antes que el docetismo predicaba la mera apariencia del cuerpo del Señor en vida debido a que un ser superior no podía contaminarse con la materia, creada por un dios inferior (identificado con Iahvé según Marción, o el Demiurgo platónico según algunos gnósticos), por lo tanto su nacimiento, pasión y muerte fueron mera apariencia, debido a que el Cristo divino que poseyó a Jesús el día de su bautismo era eterno y no podía sufrir. Los ebionitas creyeron en su nacimiento humano y lo consideraban Mesías (humano y político), más no Dios ni salvador universal. Y desde la introducción de la filosofía pagana en el cristianismo que ayudó en más de una ocasión al desarrollo de la Apologética y la Teología con personajes como Justino, Tertuliano de Cartago y Clemente Alejandrino, surgió la necesidad de explicar con términos lógicos y racionales principios espirituales e históricos. Recordemos que el Imperio Romano estuvo culturado por Grecia, y era de conocimiento común que varios héroes o semidioses míticos fueron divinizados tras su muerte –generalmente de forma violenta- y ascendidos al Olimpo con Zeus, hechos hijos adoptivos suyos mediante la apoteosis (véase el caso de Heracles).

Icono ortodoxo griego de San Clemente de Alejandría.

Icono ortodoxo griego de San Clemente de Alejandría.

Los extremos gnósticos y adopcionistas (así fueron llamados los postulados y quienes decían que Jesús fue tomado por Dios (como lo fueron los profetas del Antiguo Testamento) y hecho Hijo suyo, fueron pronto rechazados por la iglesia ortodoxa original; sin embargo, existían posturas y opiniones diversas para todos los oyentes. Gracias a Tertuliano de Cartago tenemos el antecedente de las dos naturalezas en una única persona: la Divina y la Humana, que también hemos oído como sustancia u oficio/propiedad que da el carácter o estatus al individuo, y la persona es quien tiene tal propiedad u oficio. Recordemos que Tertuliano era ciudadano romano y abogado, por lo tanto, empleó terminología legal para hacer su teología, y sus términos fueron empleados o la iglesia naciente se alineó con estos al ser bíblicamente análogos.

El adopcionismo que predicaba Pablo de Samosata, obispo de Antioquía y ministro de la reina Zenobia de Palmira, hombre más mundano que espiritual y, sin embargo, una de las figuras más prominentes de la escuela teológica rival de la de Alejandría, buscaba salvaguardar la integridad de la humanidad de Cristo que la escuela teológica de Alejandría disminuía al ensalzar demasiado su divinidad, ¿cómo? Distinguiéndola y aislándola en dos naturalezas, hasta aquí punto de vista ortodoxo, pero en acciones y por momentos, diferentes, punto disidente; es el punto de partida, junto con el subordinacionismo [1], que entiende al Logos como una clase o tipo de divinidad sometida al Padre (una interpretación literal de las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan según cuenta el capítulo 14 versículo 28 “… el Padre es mayor que yo” (Juan 14:28), la famosa sentencia “pero de aquél día y hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni aún el Hijo, sólo el Padre” como aparece en Marcos 13 versículo 32 y Mateo 24 versículo 36; y la doctrina paulina contenida en la primera carta a los corintios en el capítulo 15 versículos 24 al 28), los prolegómenos del arrianismo que cimbró todo el siglo IV de nuestra era de formas muy virulentas, como mencioné renglones arriba al llevarse a cabo los debates eclesiásticos a una esfera pública y, por lo tanto, al interés del Estado.

En la siguiente entrega hablaré de Arrio, su doctrina, el desarrollo y el concilio de Nicea.

Alejandro

Bibliografía
– L. GONZÁLEZ, J., “Diccionario manual teológico”. Adopcionismo, página 10. Subordinacionismo, página 271, Edición 2010. Editorial Clie. Barcelona, España.
– Biblia Latinoamericana.

Enlaces consultados:
http://www.laguia2000.com/edad-antigua/roma/edicto-de-milan
http://mercaba.org/Herejia/subordinacionismo.htm
https://es.wikipedia.org/wiki/Constantino_I_(emperador)


[1] Sin embargo, en los primeros siglos, el subordinacionismo tuvo un tinte ortodoxo al reconocerse que Cristo, en su humanidad, es inferior y está sometido a Dios Padre como todos los seres humanos, y en su divinidad al haber sido engendrado por el Padre. Así profesaron autores reconocidos por las iglesias como Justino mártir, Tertuliano de Cartago, Ireneo de Lyon y Eusebio de Cesarea.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es