Beato Pedro de Castelnau, ¿martirio o asesinato?

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Martirio del Beato. Miniatura francesa del siglo XIV.

Martirio del Beato. Miniatura francesa del siglo XIV.

Su fecha de nacimiento nos es desconocida, aunque sabemos que en el año 1203 era un monje converso de la abadía cisterciense de Fontfroide, cuando el Papa Inocencio III lo designó con plenos poderes para que combatiera – inútilmente – contra los cátaros, junto con su legado en el Languedoc francés, Raul Ranier. Estos poderes incluso iban en detrimento de las jurisdicciones de los obispos, algunos de los cuales se opusieron – como los de Tolosa, Béziers y Viviers – los cuales fueron suspendidos de sus funciones episcopales.

Predicaron junto con Santo Domingo de Guzmán y con el obispo Diego de Huesca, pero Pedro realizó una campaña política tan violenta contra Ramón VI, conde de Tolosa y marqués de la Provenza, que fue asesinado por un vasallo de este conde, siendo este el detonante del comienzo de la Cruzada Albigense, que, como sabemos, fue una enorme campaña militar iniciada por el Papa para perseguir y eliminar a los cátaros en Occitania.

Pero la muerte de Pedro de Castelnau, ¿fue realmente un martirio o un simple asesinato? Vamos a intentar analizar los hechos y que cada cual, saque sus conclusiones.

Mientras Santo Domingo de Guzmán rezaba y predicaba intentando convertir a los cátaros y fundaba conventos para expandir su Orden, Pedro de Castelnau, como hemos dicho antes, se dedicaba a luchar violentamente contra Ramón VI, al que incluso le tendió una trampa. En el año 1207, se fue a la Provenza e impuso sus condiciones a los vasallos del conde, prometiéndoles la paz si se alzaban en armas contra su señor, para lo cual organizó una especie de Liga para combatir la herejía. Cuando todo esto estaba tramado, invitó al conde a adherirse a esta Liga.

Era una jugada maestra ya que si el conde aceptaba, se encontraría en medio de unos vasallos fieles a Pedro que combatían contra otros vasallos que no le eran fieles y si rehusaba, parecería a ojos de todos que el conde estaba en connivencia con los cátaros. Ramón VI, aunque vacilante, rehusó y es por esto por lo que Pedro de Castelnau lo excomulgó en el año 1207, liberando asimismo a sus vasallos del juramento de fidelidad hacia el conde. La excomunión fue confirmada por el Papa Inocencio III, el cual, en una carta fechada el 20 de mayo de ese año lo amenaza incluso en estos términos: “El ilustre rey de Aragón y casi todos los grandes señores, tus vecinos, han jurado la paz para obedecer a los alegados apostólicos, y tú solamente la rechazas buscando tu lucro en la guerra, como un cuervo que se mantiene de carroña. Como no podemos dejar impune esta gran injuria hecha a la Iglesia y a Dios, haremos que te tomen los señoríos que tienes en feudo de la Iglesia, y si este castigo no hace que te arrepientas, mandaremos a todos los príncipes vecinos que te ataquen como enemigo de Jesucristo y perseguidor de la Iglesia y les daremos permiso para que el país no se vea nunca más infectado de herejía por culpa de tu gobierno”.

Los cátaros son expulsados de Carcassonne en el año 1209.

Los cátaros son expulsados de Carcassonne en el año 1209. Miniatura medieval.

El conde sabía que Inocencio III no amenazaba en vano, pero aun así, recibió a Pedro de Castelnau cuando este se presentó en Tolosa para hacerle saber las órdenes del Papa. Lo escuchó, pero se negó a cumplirlas. El Papa pasó al ataque, escribiendo el 17 de noviembre al rey de Francia: “Es necesario que los sectarios sean estrellados por la virtud de su poder y que las desdichas de la guerra los devuelvan a la verdad”. Y no contento con esto, el Papa envió una carta a todos los señores feudales franceses ofreciéndoles las tierras del conde Ramón VI y las mismas indulgencias que tenían los cruzados, si se aliaban y luchaban contra él.

El conde deseaba que le levantaran la excomunión y para ello, convocó a Pedro y al obispo de Conserans en la frontera de la Provenza a fin de intentar llegar a un acuerdo. Ante la intransigencia de Pedro de Castelnau, el conde argüía su buena fe prometiendo cumplir lo que se le pidiera, pero puesto de nuevo entre la espada y la pared, acabó negándose a obedecerle. Pedro y el obispo no le levantaron la excomunión y se fueron, no sin antes advertirle: “Sepa, conde, que a cualquier parte donde vayáis, por tierra o por mar, no os perderé de vista”.

Los legados papales – Pedro y el obispo –, al marchar y antes de atravesar el río Ródano, pasaron la noche en un hostal y allí se encontraron con unos soldados leales al conde. Cuando a la mañana siguiente se preparaba para cruzar el río, Pedro se ensalzó en una discusión con uno de los soldados, se pelearon y el soldado, blandiendo su lanza, hirió a Pedro en el pecho. Al herir al legado del Papa, el soldado huyó al galope hacia Belcaire, mientras que Pedro murió después de recibir la comunión. Era el 15 de enero de 1208.

Aunque el conde Ramón VI estaba ajeno a lo ocurrido a orillas del Ródano, las sospechas se ciñeron sobre él y todos lo creyeron culpable, aunque este crimen a quien más perjudicaba era al propio conde, ya que daba un pretexto legítimo a todo tipo de violencias contra él. El Papa fue el primero que lo culpabilizó, dando la categoría de martirio a la muerte de Pedro, sobre todo después de recibir en Roma a los obispos de Tolosa y Coserans, que echaron aún más leña al fuego.

Tumba del Beato en la antigua abadía de San Gil.

Tumba del Beato en la antigua abadía de San Gil.

Pedro de Vaux de Cernay, monje cisterciense de la abadía de Yvelines, dice en su “Historia albigensis” que “como las predicaciones se habían demostrado ineficaces y no sirvieron para nada, estos obispos fueron corriendo a suplicar al señor Papa, para que cuidara de su Iglesia, que estaba a punto de zozobrar en la provincia de Narbona”. Inocencio III, no se preocupó mucho por aclarar el asesinato de Pedro y si para él y quienes lo seguían, Pedro de Castelnau era un representante de Dios y del Papa, había que vengar su muerte de manera inmediata. Entonces se consideraba que la Iglesia Católica y el Papa tenían plena potestad sobre toda la cristiandad y que la soberanía de la Iglesia estaba aun por encima de las soberanías de los reyes y emperadores cristianos.

Envió al cardenal Galon a la corte del rey francés, llevando consigo una carta dirigida tanto al rey como a todos los obispos franceses, exigiendo venganza por la muerte de Pedro: había que exterminar a los herejes y a quienes los apoyaban, empezando por el conde de Tolosa, a quién se definió como tirano y enemigo de la fe. Decía el Papa en su carta: “Otorguen una indulgencia plenaria a todos los que emprendan la revancha de la sangre de aquel justo encima de los herejes, que buscan quitarnos la vida del cuerpo al mismo tiempo que la del alma”. Y, como dije anteriormente, este asesinato puso en marcha la Cruzada Albigense contra los cátaros.

Aunque actualmente no aparece en ningún libro hagiográfico que se precie, Pedro de Castelnau fue beatificado por el Papa, quien designó su conmemoración el día 15 de enero, fecha de su muerte. En mi modesto entender y en el de muchos hagiógrafos, no estamos ante un acto martirial, sino ante un asesinato por motivos políticos, originado principalmente por la intransigencia y la vehemencia del mismo Pedro.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– VENTURA SUBIRATS, J., “Pedro el Católico y Simón de Montfort”, AEDOS, 1960.

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Heresiología (III)

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Detalle de San Ireneo en una vidriera decimonónica obra de Lucien Bégule. Iglesia del Santo en Lyon, Francia.

Detalle de San Ireneo en una vidriera decimonónica obra de Lucien Bégule. Iglesia del Santo en Lyon, Francia.

Continuaré la exposición de las herejías de la historia cristiana, ubicándonos ahora en los siglos II y III de nuestra era. Para ese entonces han muerto todos los apóstoles, el último de ellos, Juan Zebedeo, a quien la tradición atribuye una asombrosa longevidad, que se alude en el final del capítulo 21, versículos 23 y 24 del Cuarto Evangelio. A partir de ahora los Padres apostólicos y los sucesores inmediatos de éstos, los Padres eclesiásticos, tomarán la estafeta de la propagación de la doctrina ortodoxa gracias a vínculos y sucesiones cuya legalidad viene desde los apóstoles (al menos los que más destacaron: Pablo en mayor medida, Juan y Pedro). En aquel momento el cristianismo ya está muy extendido, los misioneros emplearon las rutas del comercio y los oficios de éstos para comunicar con la mayor rapidez el mensaje de salvación en Jesús y poco a poco surgieron escuelas de pensamiento, influidas por las filosofías paganas, en un intento de mostrar a las élites que el cristianismo ofrecía todas las respuestas que ni éstas ni los cultos mistéricos podrían ofrecer, pero al mismo tiempo se recrudece la hostilidad hacia los cristianos y las persecuciones están a la orden del día y se dirigen a los líderes de las comunidades, los ya llamados obispos, presbíteros y diáconos, a los laicos prominentes por su alcurnia o proselitismo. La intolerancia fluctuó entre los emperadores de turno.

Una de las figuras más prominentes del siglo II en la defensa de la ortodoxia de la fe es San Ireneo de Lyon, escritor del famoso Tratado contra las herejías, del que ya hice mención en el primer artículo, pero hubo otros, como San Ignacio de Antioquía, San Policarpo de Esmirna – maestro de Ireneo y discípulo de San Juan en su juventud – y San Clemente, obispo de Roma. Gracias a ellos se mantuvo el depósito ortodoxo de la fe en la época de las más duras persecuciones y se tienen noticias fidedignas de los testimonios de los cristianos, que dieron sus vidas con tal de no renunciar a su fe. Pero no me encargaré de la patrística en este artículo, quizás más adelante. Vamos a introducir una corriente de pensamiento que puso en peligro la estabilidad de la iglesia desde dentro y afectó a una figura muy prominente aún hoy en día.

Montanismo
Uno de los principales peligros de la emergente y cada vez más extendida iglesia cristiana fue la actitud rigorista. Es por todos conocido – según el testimonio de los Hechos de los Apóstoles – la frecuencia de los llamados Dones del Espíritu Santo: profecía, hablar otras lenguas y capacidad de entenderlas, visiones, curación de enfermedades y un largo etcétera. Los fieles de la iglesia de Corinto se vieron tentados a aceptar el testimonio de algunos profetas que hacían propaganda con sus presuntas revelaciones privadas, al margen del mensaje de salvación: en otras palabras, rechazaron al apóstol Pablo, y éste, dolido y enojado, les escribe la segunda carta donde detalla que su gloria es la cruz de Cristo más que las revelaciones extraordinarias en forma de visiones, que revela haber tenido – aunque en tercera persona, dijo haber ido al tercer cielo y haber escuchado y visto cosas inimaginables: el ojo no vio, el oído no oyó…- y deja claro lo que ya predicó en su primera carta: de todos los dones el más importante es el Amor y los espíritus de los profetas están sometidos a los profetas y no deben ser motivo de inquietud sino de paz.

Grabado barroco de Quinto Septimio Florente Tertuliano, 160-220, Padre de la Iglesia y teólogo.

Grabado barroco de Quinto Septimio Florente Tertuliano, 160-220, Padre de la Iglesia y teólogo.

Tenemos aquí un antecedente. De modo irónico y satírico, el escritor pagano Celso escribe en su Discurso verdadero contra el cristianismo y describe a predicadores itinerantes haciendo gestos y ademanes de posesos, diciendo cosas ininteligibles en momentos de exaltación “mística”. En aquél entonces, como en tiempo de los apóstoles, se cometieron abusos con los dones de lenguas y profecía que por vanidad y soberbia cometieron sujetos, oscuros unos y otros no tanto, como Montano.

Montano, natural de Frigia (actual Turquía), convertido hacía poco al cristianismo, proveniente del culto de Cibeles, del que era sacerdote, se consideraba el ministro del Espíritu Santo (o según los heresiólogos, el mismo Paráclito), del que decía recibir visiones y revelaciones. No enseñaba una verdadera gnosis; aceptaba de buen grado todo cuanto la revelación le proponía como un hecho incontrastable y no se entregaba a puras especulaciones, como era costumbre entre los gnósticos (ver artículo correspondiente). Propagó la idea de una nueva era en la Iglesia que se llamaría “Era del Espíritu”, y pronto tuvo dos seguidoras llamadas Priscila y Maximilla (que dejaron a sus maridos para unirse a Montano) y otros muchos dentro de la iglesia. Esto pronto despertó las sospechas y recelos de las comunidades.

Las características del movimiento fueron de un rígido ascetismo, castidad entre casados, abandono y ruptura de los lazos entre esposos y un tinte escatológico influenciado por el milenarismo, doctrina que postula el reinado de Cristo en la tierra con los justos durante mil años, para algunos antes, durante o después de la primera derrota de Satanás y la resurrección de los mártires. Un mensaje así era deseable, tomando en cuenta que desde tiempos apostólicos se predicó el inminente regreso de Cristo e incluso Pablo se dejó influir, aunque al final moderó su postura, y recientemente la Iglesia vivió una serie de duras persecuciones, consecuencia del debacle del imperio romano bajo el gobierno de Marco Aurelio y los desastres naturales que se suscitaron y parecían los descritos en las escrituras. Pero su principal característica fue su rigorismo penitencial y ascético. Mientras que la práctica habitual de las iglesias respecto al ayuno era los miércoles y los viernes – en conmemoración del arresto y muerte del Señor -, los montanistas lo aplicaban con mayor grado, dos semanas. Y su actitud se volvió desafiante y suicida durante las persecuciones, pues vedaba a los integrantes y cristianos en general huir en tiempos de persecuciones, recomendaba y exigía la búsqueda y provocación del martirio; y más grave aún fue su actitud respecto a los pecadores de delitos graves: la expulsión de la iglesia sin oportunidad de penitencia.

Fresco ortodoxo griego de San Cipriano, obispo de Cartago.

Fresco ortodoxo griego de San Cipriano, obispo de Cartago.

Este rigor influyó en uno de los apologistas y teólogos más prominentes de la época: Tertuliano de Cartago. De no ser por él, el movimiento se habría extinguido con la muerte de sus cabecillas y la separación de sus integrantes, pero el eminente y controvertido Tertuliano retomó con mayor rigor la disciplina de Montano y acabó separándose sucesivamente de la iglesia cristiana oficial y la propia secta montanista. En su defensa se puede alegar que deseaba un cristianismo más disciplinado y más cohesionado en cuanto a conducta e imagen, así como en vivencia del evangelio, pero esa actitud desembocó en un fariseísmo del cual no se salvó ni con toda su ciencia, la cual puso al servicio de la doctrina disidente para darle legalidad. En sus primeros tiempos defendió la penitencia para aquellos pecadores que se mostraran claramente arrepentidos, práctica más que usual en la disciplina eclesiástica, pero conforme se fanatizó negó incluso la eficacia de la penitencia para el perdón de los pecados e impuso a sus seguidores vivir una vida intachable para no ser expulsados de la iglesia “reformada”, si bien no negó el matrimonio, pero sí condenó las segundas nupcias; defendió la obligación del ayuno que no admitían los psíquicos – nombre dado a los cristianos oficiales en tono de burla, que lo practicaban voluntaria y controladamente por los clérigos – y la no huida de la persecución y la muerte.

La consecuencia más inmediata de esta actitud fue el desdén hacia los lapsi y la absolución de los pecados, negando a los clérigos pecadores el poder de perdonar y adjudicando a los espirituales y a los confesores tal poder en extremo del martirio o muerte (véase el artículo correspondiente a San Cipriano de Cartago). Con la muerte de Tertuliano el movimiento sufrió una decadencia prolongada y en tiempos de San Agustín de Hipona, los últimos reductos en Cartago volvieron a la Iglesia oficial.

Novacianismo
Pero eso no puso fin a la controversia. El imperio bajo el dominio de Decio, en el siglo III, sufrió las primeras invasiones bárbaras de su historia en mucho tiempo y las persecuciones a los cristianos continuaron y se sucedieron, como excusa para calmar la rabia y el hambre de la población que se vio acuciada por el aumento de los impuestos, la proliferación de enfermedades altamente mortales y una crisis moral, religiosa y política sin precedentes. Y la propia Iglesia se vio sacudida por los resultados de las mismas y la lamentable defección de clérigos y laicos que ofrecieron sacrificios paganos o compraron certificados para salvarse de las penas por ser cristiano fuera de la ley. El Papa San Cornelio defendió el acceso a la penitencia y readmisión a la iglesia de aquellos cuyos pecados fueron más “leves” en comparación con aquellos que sacrificaron o compraron certificados, a los que se les impuso una penitencia a largo plazo hasta la muerte o primera persecución que ocurriera que demostrara el cambio de actitud y consolidación del compromiso y así absolverlos.

Grabado barroco de Novaciano, sacerdote y antipapa.

Grabado barroco de Novaciano, sacerdote y antipapa.

Novaciano, un clérigo de Roma, influyente por lo que se sabe y rigorista, se opuso a esta medida y junto con sus seguidores desconoció al obispo de Roma y fundó su propia Iglesia con sus propias reglas, pasando así a la lista de los antipapas. Influyeron en el movimiento paralelo que ocurrió en la iglesia de Cartago bajo la jurisdicción de San Cipriano y que puso la cuestión de los lapsi en la historia eclesiástica tal y como la conocemos hoy: el rebautismo de los caídos, ¿válido o no? ¿El bautismo otorgado por herejes dado con la fórmula trinitaria lo era o no igualmente? Tanto San Cornelio como San Cipriano, con matices, optaron por admitir a la penitencia si el arrepentimiento era sincero, si bien discreparon en cuanto al bautismo. Como podemos ver, montanismo y novacianismo, con distinción temporal y semejanza geográfica, fueron de la mano.

A causa de los problemas políticos y económicos que sufría el Imperio Romano, agregada la amenaza de guerra por parte del Imperio Persa, el apoyo oficial a las persecuciones disminuyó; pero la herejía perduró, en franca decadencia, hasta el siglo VII y personalidades como San Ambrosio de Milán, San Agustín de Hipona y San Paciano de Barcelona impugnaron esta doctrina y sus remanentes. Pero el destino suele jugar bromas, y gracias al antipapa Novaciano tenemos el tratado “Sobre la Trinidad”, el primero de los trabajos teológicos escritos en latín sobre el dogma de la Santísima Trinidad que es reconocido ortodoxo pese a su autor. Lo mismo aplica para Tertuliano incluso en sus tiempos montanistas hasta la formación de su propia secta.

Docetismo
Es muy poco lo que puede decirse de esta secta que no se haya dicho del gnosticismo, al que debe mucho de sus postulados. En resumen, esta herejía, cuyo significado del griego “dokein” es “apariencia”, negaba la humanidad de Cristo como real y postuló que su cuerpo era una apariencia engañosa de la materia – véase Gnosticismo – debido a que un ser divino no podía mancharse con ésta por ser impura. Esta herejía negaba, por ende, la Encarnación del Hijo de Dios en María y la Pasión y Redención, así como el valor de la vida y el cuerpo. Estos hombres ilustres salieron en defensa de las verdades cristianas tan elementales: San Ignacio de Antioquía, San Ireneo de Lyon y Tertuliano de Cartago. Y el antecedente antidoceta de fundamento bíblico es la primera epístola del Apóstol Pablo a los Corintios, capítulo 1 versículos 23 y 24 y capítulo 6, versículo 29, así como las dos primeras cartas del Apóstol Juan, en especial la segunda en su versículo 7. El cuerpo, bien dijo el apóstol Pablo, es templo del Espíritu Santo. El docetismo sirvió, con sus elementos gnósticos, como base para una de las herejías más perniciosas de la historia del cristianismo: el arrianismo. Dios mediante la explicaré.

Grabado barroco de un grupo de adamitas siendo rodeados por hombres armados.

Grabado barroco de un grupo de adamitas siendo rodeados por hombres armados.

Adamismo
Una de tantas excentricidades más dignas de estudio psiquiátrico es esta herejía que decía ser posible recuperar la inocencia edénica original si las personas vivían completamente desnudas y en comunión con la naturaleza, en castidad absoluta y negando el matrimonio por ser consecuencia del pecado original. No es mucho lo que se puede decir al respecto en cuanto a doctrina. Desaparecieron en el siglo IV y reaparecieron en el siglo XIII, manteniéndose hasta el XV, debido a que las persecuciones los desintegraron. San Clemente de Alejandría, San Epifanio de Salamina y San Agustín de Hipona hablaron de esta secta y sobre sus excesos sexuales.

Modalismo
La herejía modalista fue difundida principalmente por Noeto de Esmirna, Epígono, Cleómenes, Praxeas y Sabelio (que también le da uno de sus nombres). Rechazaron éstos – aunque diferenciados por matices propios – el dogma Trinitario, por considerar que la misma ponía en peligro la unidad de Dios. En general, y para salvar tal dificultad, sostuvieron que Dios era una única Persona Divina pero que actuaba de diversos ‘modos’ o ‘funciones’ para hacerse conocer por el hombre y salvarlo. Noeto de Esmirna, quien predicó principalmente por Asia Menor, acusó a la Iglesia de ‘dietismo’; atento entendía que ella defendía la existencia de una divinidad doble, la del Padre y la del Hijo, lo que motivó que en el año 200 fuera excomulgado de la Iglesia de Esmirna. Praxeas solía ufanarse de haber confesado su fe en tiempos de persecución. En el período en que residió en Cartago tuvo en Tertuliano un implacable adversario, al punto tal que escribió contra Praxeas la notable obra ‘Adversus Praxeam’.

Esquema que sintetiza la doctrina del modalismo.

Esquema que sintetiza la doctrina del modalismo.

Como fruto de su sólida y abrumadora argumentación, impulsó a Praxeas a retractarse. Dentro de esta corriente, en el siglo III, surgieron dos nuevos líderes del modalismo: Cleómenes y Sabelio de Ptolemaida (Egipto). Sin duda alguna, sobresalió la figura de éste último, atento que fue quien renovó las ideas de sus antecesores. Influenciado por el monoteísmo riguroso propugnado por los judíos, consideraba a Dios como una sustancia individual y universal, eterna y espiritual (o mónada) que se manifestaba en tres operaciones diversas: como Padre creó el mundo, como Hijo fue su redentor y como Espíritu Santo obraba en su santificación. Sus ideas hacían emanar de la unidad silenciosa, tranquila y absoluta de Dios, el alma de Cristo, el Espíritu Santo y por último, el alma del hombre y de todo el universo. Estas doctrinas alcanzaron un nivel tan inusitado de aceptación que todo tipo de monarquianismo fue designada en adelante bajo el nombre de ‘sabelianismo’. Combatida la herejía por Tertuliano, San Eusebio de Cesarea, San Hipólito de Roma y San Hilario de Poitiers, el modalismo fue condenado por los papas San Calixto (218-222), San Dionisio (259-268) y San Félix I (269-274), para luego languidecer en el siglo V.

Una síntesis de esta herejía es que el Padre también sufrió la pasión y todo el tormento de la cruz junto con el Hijo y el Espíritu Santo. Una sola persona y naturaleza con tres modos diferentes de relacionarse. El precedente estaba servido para la controversia en los siglos venideros sobre el Dogma de la Santísima Trinidad y la Divinidad del Espíritu Santo, pero ésa es otra historia.

Alejandro

Bibliografía
– ÁLVAREZ VALDÉS, Ariel. “¿Fue San Pablo arrebatado al cielo?”. Instituto de Cultura y Fe.
– GONZÁLEZ, Justo L. “Diccionario manual teológico”. Docetismo, página 87. Novacianismo, página 202. Patripasionismo, página 213. Edición 2010. Editorial Clie. Barcelona, España.
– MORALES HERRERA, Jaime. “Patrística, una antología y estudio de los primeros escritos cristianos de los primeros siglos”. Miami, Florida. 2002.

Enlaces consultados:
http://www.cristianismo-primitivo.com
http://www.mercaba.org
http://en.wikipedia.org

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Heresiología (II)

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Icono ortodoxo que representa la parábola de Jesús sobre la oración del fariseo y la del publicano.

Icono ortodoxo que representa la parábola de Jesús sobre la oración del fariseo y la del publicano.

Judaizantes, Ebionitas y Nazarenos
En esta segunda entrega hablaré de una situación que perduró en gran parte de la historia del cristianismo primitivo y que, cómo no, se inició en su propia tierra de origen.

Introducción
Ningún historiador serio pone en duda que el cristianismo emergió y se mantuvo en sus primeros años como una rama o secta más del judaísmo, aunque debe aclararse que el mismo judaísmo vivió tres grandes separaciones, de las cuales deja constancia Flavio Josefo en su “Historia de los judíos”, escrita en Roma ya concluida la primera guerra judía contra el imperio. Fueron las siguientes:

Los fariseos, los puros –llamados en sentido despectivo- por su apego a las tradiciones y al cumplimiento estricto de la Ley oral y escrita, divididos en dos ramas internas: la Escuela de Hillel, más liberal y flexible, y la escuela de Shamaii, más rígida y conservadora, ambas contemporáneas de Jesús, aunque el mismo fariseísmo provenía desde los tiempos de los reyes asmoneos y se opusieron a la helenización del pueblo y de la religión.

Los saduceos, también conocidos como zadokitas en honor al Sumo Sacerdote Sadoq de la época del rey Salomón. Inicialmente fue una facción política, pero ganaron importancia religiosa en los tiempos de la persecución del rey seléucida Antíoco IV Epífanes, ya que protestaron contra la usurpación del cargo de Sumo Sacerdote por un favorito de este rey y que acabaron colaborando con los romanos para mantener sus privilegios. No fueron excesivamente numerosos pero sí influyentes –recordemos que Caifás fue un saduceo o compartía sus posturas, según consta en el libro de los Hechos de los Apóstoles- y su teología los enfrentó a los fariseos.

Los esenios, un grupo del cual se ha dicho mucho últimamente. Posiblemente fueron la primera influencia de Juan el Bautista debido a las similitudes entre su teología de la parusía y los ritos de ablución catártica o purificación. Se enfrentaron a los primeros por su materialismo y apego a la letra y no al espíritu de la Ley y denostaron el culto en el templo, aunque compartieron similitudes teológicas con los fariseos sobre la venida del Mesías, la inmortalidad del alma y la resurrección de los muertos, que los saduceos rechazaban en base a su apoyo en el Pentateuco escrito, sin interpretaciones ni profetas. Desaparecieron al finalizar el siglo I.

Las imprecaciones que Jesús hace en el Templo tras la curación del ciego de nacimiento van dirigidas a los dos primeros grupos, siendo los fariseos de Shamaii, junto con los saduceos y los escribas, los hipócritas, sepulcros blanqueados, etc. Éstos fueron los que, junto con los romanos, conspiraron para eliminar a Jesús por su influencia sobre el pueblo y el peligro de rebelión, que era lo único que importaba a los segundos y no las cuestiones religiosas. Y más adelante fueron los que trataron de detener la predicación de los apóstoles –en este caso, de Pedro y Juan; de los otros no se habla- e incluso llegaron a azotarlos y amenazarlos de muerte, pero la oportuna intervención del Rabino Gamaliel, maestro de Saulo-Pablo de Tarso, los salvó y puso en advertencia a sus colegas de no obstaculizar la obra de Dios.

Vista de un rollo con la Torá judía.

Vista de un rollo con la Torá judía.

Desarrollo
La pronta introducción de los paganos –griegos en su mayoría, por cultura, idioma o procedencia- comenzó a crear problemas entre los judíos conversos que aún consideraban sagradas las normas dictadas por Moisés. Recordemos que los apóstoles y los creyentes iban a orar al Templo de Jerusalén según consta en el final del Evangelio de Marcos y en los Hechos de los Apóstoles, y posteriormente se reunían en casas particulares (probablemente en la misma casa donde celebraron la Última Cena) para realizar la fracción del pan en recuerdo del Señor. La historia de Esteban es un perfecto ejemplo del choque entre comunidades y el entendimiento de estas del mensaje de salvación no sólo para los judíos, sino también para los paganos, y su desenlace trágico comprueba que el conflicto se solucionó más de una vez de modo poco edificante y sí muy vergonzoso para ambas comunidades.

Indirectamente, la muerte de Esteban aceleró la apertura del mensaje de salvación a los países de habla griega, pues éstos (los helenistas), tras su muerte, huyeron de Judea hacia Siria y en la capital, Antioquía, establecieron la primera comunidad fuera de Israel con judíos y llegaron incluso más lejos, estableciendo comunidades en Fenicia (actual Líbano) y Chipre; predicando inicialmente a los judíos y posteriormente a los paganos, siendo éstos los que entraron en mayor número a la iglesia. Ya por entonces se les llamó cristianos.

En este momento de la historia entró quien difundiría el mensaje por todo el mundo antiguo: Saulo. De Damasco (tras muchos peligros y peripecias) volvió a Jerusalén y pasó varios días con Pedro, siendo general el asombro de la comunidad. Pronto le asignaron sus primeras misiones y como él mismo relata en su carta a los Gálatas, Pedro, Santiago el hermano del Señor (líder de la comunidad de Jerusalén y alrededores) y Juan de Zebedeo, aprobaron su espíritu y le dieron libertad de acción. Previamente tenemos constancia del viaje de Pedro a Cesarea Marítima y su encuentro con el centurión Cornelio, hombre piadoso –quizá prosélito del judaísmo- y la conversión de éste y su familia al cristianismo. Ya por aquél entonces, los integrantes del consejo de la iglesia de Jerusalén cuestionan el actuar de Pedro y éste se defiende conciliadoramente y defiende el ingreso de los paganos a la par de los judíos, existiendo calma y asombro, por un tiempo.

La predicación de Pablo y Bernabé comenzó a rendir sus frutos; pronto se dirigieron a los paganos cuando sus connacionales comenzaron a rechazar e injuriar su predicación y exponerlos constantemente a peligros mortales. No obstante algunas sinagogas les permitían la entrada todos los sábados para predicar y comprobar mediante las escrituras que Jesús era el Mesías esperado para Israel. Tras Jerusalén, la segunda iglesia más importante fue Antioquía de Siria, ciudad más pagana que judía, pero de los judíos en su mayoría se eligieron a los ancianos para liderar a las comunidades. Teológicamente, por la influencia del helenismo filosófico, las prácticas judías fueron dejándose de lado, lo que sin duda llamó la atención de algunos integrantes de la iglesia jerosolimitana –fariseos convertidos- que comenzaron a predicar que, primeramente, debían circuncidarse los paganos y respetar al pie de la letra la Ley de Moisés, aspecto en lo que algunos no estaban de acuerdo, entre ellos Pablo –ya apóstol con todo derecho-, Bernabé, Pedro y seguramente los demás apóstoles, y Santiago el hermano del Señor.

Disputa de San Pedro y San Pablo en Antioquía, tras finalizar el concilio de Jerusalén. Óleo de  Rembradnt.

Disputa de San Pedro y San Pablo en Antioquía, tras finalizar el concilio de Jerusalén. Óleo de Rembradnt.

El “concilio” de Jerusalén. La Iglesia, ¿será judía?
A raíz de la controversia de los fariseos conversos –los primeros judaizantes, aunque no se les nombra de tal manera-, fue preciso tomar medidas para evitar confusiones y cismas. Los apóstoles –no se menciona quiénes ni cuántos, salvo Pedro y Juan, aunque este dato lo dice Pablo en su Carta a los Gálatas en el capítulo 2-, Santiago el hermano del Señor y los ancianos de ambas comunidades, se reunieron en Jerusalén para discutir y llegar a un acuerdo.

Los Hechos de los Apóstoles resumen que la discusión se resolvió a favor de no imponer un yugo imposible de llevar, “incluso para nuestros padres y nosotros mismos”, a los paganos conversos a Cristo, y sólo se impusieron como normas morales el abstenerse de comer sangre, la carne no desangrada, las relaciones sexuales prohibidas y la no asistencia a los banquetes en templos paganos, desautorizando a los perturbadores del orden evangélico. Cualquiera con un poco de conocimientos básicos del judaísmo se dará cuenta de que estas normas son las leyes de la santidad o pureza ritual, punto medular del judaísmo contra las cuales Jesús mismo luchó y combatió contra la hipocresía de los fariseos y saduceos. Para evitar rupturas, en este mismo concilio se permitió que Pablo, Silas y Bernabé predicaran a los paganos, mientras que Pedro y los demás predicarían a los judíos. Como veremos a continuación, el problema no finalizó con el “concilio”.

En el capítulo 2, versículos 11- 21 de la carta de Pablo a los Gálatas –ubiquémonos en el tiempo, estamos más o menos en el año 56 d.C. – Pablo relata lo inmediatamente sucedido tras el concilio en el año 49 d.C., que no resolvió del todo la controversia judaizante. Por aquél entonces Pedro llegó a Antioquía y Pablo le enfrentó por su doble comportamiento, primeramente al ir libremente con los paganos sin importarle su condición de judío, y cómo tras las murmuraciones de los allegados de Santiago, dio marcha atrás y se apartó de los paganos, actitud que contagió incluso a Bernabé el apóstol. Con toda justicia Pablo le reprende, aunque no menciona cómo se resolvió el problema “entre ambos”, en realidad entre comunidades, que persistió durante el primer siglo de la era actual.

Las cartas dirigidas a los gálatas, a los romanos, a los corintios y a los tesalonicenses reflejan claramente que el problema judaizante era general. Cada ciudad importante del imperio romano tenía una colonia judía y la prioridad de los misioneros era dirigirse a estas para hacerles partícipes de la venida del Mesías, de Jesús, el que predicaron los profetas y que llevó al cumplimiento toda la Ley sin derogarla, pero los intransigentes no los escucharon o si se hicieron bautizar, impusieron también las leyes de pureza propias del judaísmo más estricto y para evitarse problemas, se dirigieron a los paganos o prosélitos, con apenas derechos de admisión en la sinagoga, que mostraron mayor apertura al mensaje de salvación.

La cercana conclusión del libro de los Hechos revela que la presencia de Pablo en Jerusalén desató la alarma. La iglesia de esta ciudad era dirigida por Santiago y sus ancianos, sin duda fariseos y saduceos y gente común venida del judaísmo tradicional que aún respetaban el sábado, el ayuno ritual, las oraciones en el templo y quisieron conocer la congruencia de Pablo con sus tradiciones –que él mismo recalca en la mayoría de sus epístolas, pero ante Cristo las considera nada, niñerías sin autoridad ante la madre (metáfora de la comparación entre Agar y Sara)- y le hacen acudir al Templo para purificarse él y sus compañeros –griegos- y así acallar los rumores de su apostasía. Pero esto tuvo un efecto contrario y entonces los judíos lo acusaron de profanar el templo introduciendo paganos –no circuncidados – delito tal, que se castigaba con la muerte (lapidación). Pero la rápida intervención de los guardias romanos impidió el linchamiento y aceleró los acontecimientos narrados por Lucas en su libro, describiendo finalmente el encuentro de Pablo con los judíos de Roma y su disposición a escucharlos con calma –sus dirigentes no recibieron ningún informe de Jerusalén sobre Pablo- y tras una breve mención de su relativa libertad termina. No así la controversia, que quedó reflejada en todas las cartas paulinas y en la epístola de Santiago, al final conciliador entre ambas tendencias.

Fotografía del Muro de las Lamentaciones en Jerusalén (Israel), con rabinos ortodoxos rezando.

Fotografía del Muro de las Lamentaciones en Jerusalén (Israel), con rabinos ortodoxos rezando.

El artículo se ha vuelto muy largo y si sigo, no acabo. En otro momento retomaré el tema. Por ahora basta explicar la herejía del ebionismo. De la palabra hebrea-aramea ebionim cuyo significado es “pobre”, no se aplicaron a sí mismos este nombre, sino que les fue impuesto despectivamente por Epifanio de Salamis, Ireneo de Lyon y Orígenes de Alejandría. Su doctrina aceptaba la humanidad de Jesús y su papel mesiánico, pero negaban su divinidad y aceptaba la Ley de Moisés como todavía válida y obligatoria, rechazando a Pablo de Tarso. Vivieron al margen de los cristianos “helénicos” y se aislaron tras la destrucción de Jerusalén. Según Jerónimo de Estridón usaban una versión del evangelio de Mateo en hebreo, y sólo éste, asemejándose al gnosticismo.

En cambio, los nazarenos fueron cristianos ortodoxos, herederos de la iglesia de Jerusalén, que si bien respetaban y cumplían las normas mosaicas, creían en la divinidad de Cristo y en el evangelio. Estos descendientes, por circunstancias políticas y el aislamiento geográfico, no participaron de las controversias cristológicas posteriores y se fusionaron con los cristianos griegos durante el dominio bizantino en el siglo V.

Para concluir, se denominan judaizantes a todos aquellos individuos sobre los que se sospechaba que en secreto practicaban los ritos de la religión de Moisés tras el bautismo –muchas veces bajo coacción, como por ejemplo tras la reconquista española-. Para cerrar el tema, tomo la opinión del abogado y filósofo peruano David Efraín Misari Torpoco que dice que, por algunas de sus prácticas, los adventistas del séptimo día son judaizantes. Del lado ortodoxo, la iglesia copta etíope es heredera del judaísmo.

Alejandro

Bibliografía:
– ÁLVAREZ VALDÉS, Ariel, “¿Cómo murió San Pablo?”, El blog de Xavier Pikaza, Periodista Digital.
– Biblia Latinoamericana.
– FLAVIO JOSEFO, “Antigüedades de los judíos. La guerra de los judíos”. Libro 18, capítulo 1, página 12.

Enlaces consultados:
– Blogs sobre Cristianismo primitivo e Historia eclesiástica. Ebionitas y Nazarenos.
http://historiaeclesiastica.blogspot.mx/2006/11/1202-los-ebionitas.html
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-ii/la-iglesia-judia

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Heresiología (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Simón el Mago tratando de comprar el don del Espíritu Santo. Óleo de Avanzino Nucci, 1620.

Simón el Mago tratando de comprar el don del Espíritu Santo. Óleo de Avanzino Nucci, 1620.

Aunque he participado activamente en el blog como comentarista, hoy me estreno como colaborador iniciando una serie de artículos sobre las herejías surgidas en la historia del cristianismo, y lo haré siguiendo un orden cronológico. A veces el artículo podrá referirse a una o más herejías al considerarse remanentes o influidas por una secta más relevante. Procuraré incluir a los Santos que las combatieron y sus consecuencias.
La primera herejía, al menos de la que se tienen mayores referencias, es el Gnosticismo. Veamos en qué consiste.

Gnosticismo
En el libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 8, versículos 9 al 24, leemos la historia de un hombre llamado Simón, que mediante ilusiones tenía hechizados a los samaritanos y gracias a esto ganó renombre. Un tiempo después llegó Felipe –se desconoce si el apóstol o el evangelista, que parece ser el mismo que recibió a Pablo cuando iba camino a Jerusalén– y predicó el evangelio de la salvación en Jesús, y relata que muchos creyeron y se bautizaron, incluyendo este oscuro personaje. Posteriormente llegaron los apóstoles Pedro y Juan para imponer las manos y otorgarles el Espíritu Santo. Simón, al ver esto, trató de sobornarlos para que él también tuviera esta misma potestad y se ganó la maldición del apóstol Pedro y lo último que refiere el capítulo es el miedo de Simón a las consecuencias de su acto y la maldición.

Hasta aquí la pista histórica. Posteriormente surgió una leyenda donde Simón el Mago, lejos de arrepentirse, se convirtió en un detractor del incipiente cristianismo y fundó su propia secta donde él y su amante, una ex prostituta fenicia, serían la encarnación de la divinidad creadora y su primer pensamiento, y de éste surgieron los ángeles y éstos, por envidia, tras descender a los planos más inferiores de la creación, la encerraron en un cuerpo de mujer y la condenaron a sufrir humillaciones en constantes reencarnaciones hasta que, según nos informa San Justino Mártir, nació como Elena y Simón el Mago la rescató de un burdel. Y ya fundada su secta prometió a sus adeptos la disolución del mundo material y la elevación a las regiones superiores a quienes creyesen en él y en su amante. Concluyo esta introducción con el segundo encontronazo entre este personaje y los apóstoles Pedro y Pablo en Roma ante Nerón (supongo que previo a la primera persecución), y cómo éstos lo vencieron y humillaron ante el pueblo que lo lapidó por mago y hechicero (En Roma se castigaban los sortilegios y hechicerías por Ley senatorial con el destierro o la muerte).

Medallón con la figura antropofórmica de Abraxas, una figura considerada divina por los gnósticos, unión de lo bueno y lo malo. La inscripción se lee A Abraxas Sabaoth (el Todopoderoso).

Medallón con la figura antropofórmica de Abraxas, una figura considerada divina por los gnósticos, unión de lo bueno y lo malo. La inscripción se lee A Abraxas Sabaoth (el Todopoderoso).

La Gnosis
Es un vocablo griego que significa “conocimiento” (Γνωσις). En realidad, ha de hablarse de un gnosticismo pre y uno “cristiano”. El Gnosticismo tiene sus orígenes en la Grecia continental y en el mundo helenístico, gracias a las religiones y cultos mistéricos de Orfeo, Dionisos e Isis, así como las filosofías neoplatónicas y las filosofías de la India que exportaron las conquistas de Alejandro Magno. Con la aparición y difusión del cristianismo y su mensaje de salvación por la fe, los gnósticos paganos creyeron encontrar similitudes entre sus revelaciones particulares y el Evangelio, realizando una especie de sincretismo cultural y religioso. Unos ejemplos:

El punto de partida del gnosticismo es el problema del mal que resuelve mediante la aceptación de un dualismo radical entre Dios y la materia. Dios, que es el ser esencialmente espiritual, capaz de desenvolverse y desarrollarse, engendró los seres espirituales y eternos como él (eones). La primera pareja de eones (sicigia), macho y hembra, procedieron directamente de Dios; las demás proceden la una de la otra por sucesiva evolución. Sucedió que, en el proceso evolutivo, los eones, conforme se iban alejando de Dios, se hacían cada vez más imperfectos, un eón prevaricó y fue excluido del pleroma, o sea, de la sociedad de todos los eones. Se sobreentienden las similitudes entre este postulado y el relato de la creación del Génesis.

La caída del hombre. A consecuencia de la influencia del zoroastrismo y la mal comprensión de la filosofía platónica sobre las ideas, se asoció la materia con lo degradante y más vil y el espíritu con lo sublime y excelso. El verdadero creador de este mundo sería un ser inferior al Dios trascedente, y por envidia a este ser, el Demiurgo –así llamado por los gnósticos- encerró a los espíritus en cuerpos y con el paso del tiempo olvidaron su verdadero origen y se sumieron en la oscuridad. Por ello muchas sectas gnósticas no aceptaban la Encarnación del Verbo Divino porque consideraban incongruente que un espíritu puro se contaminara con la materia, y desarrollaron la doctrina de la mera apariencia física de Cristo en este mundo, y con ésta que nunca sufrió la Pasión ni la crucifixión y mucho menos sintió dolor ni necesidad. Otras corrientes gnósticas consideraron a Jesús como un maestro pleno de sabiduría, pero no Dios. Lo que la mayoría de las corrientes de esta herejía tuvieron en común fue considerar a Yahvé como el dios creador de este mundo –el Demiurgo- y a Dios Padre el Dios desconocido, el verdadero, éste todo amor y bondad, y el otro resentido, cruel y egoísta.

Fragmento del Evangelio de María Magdalena encontrado en Oxyrhynchus, Egipto; 1860.

Fragmento del Evangelio de María Magdalena encontrado en Oxyrhynchus, Egipto; 1860.

Aunque no directamente, los apóstoles Pablo y Juan hablan del gnosticismo en sus cartas a los Tesalonicenses, a los Corintios y en el Apocalipsis; en su referencia a los que se dejaron seducir por una mujer llamada Jezabel y sus misterios, así como en la referencia a los nicolaítas, pero sobre esta secta se desconoce mucho, quizás criticaban que participaran de los banquetes a las deidades paganas y vivieran al margen de la autoridad apostólica. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es el carácter iniciático de estos cultos y el gnosticismo estuvo muy influido por éstos desde sus orígenes. Se consideraron a sí mismos como un grupo selecto de fieles, iniciados y elevados en autoridad, por encima de los creyentes de la masa, ignorantes de la “sabiduría secreta” que Jesús dejó a sus apóstoles y discípulos cercanos, antes de su muerte y tras su resurrección.

Ha de hablarse de esto para entender la evolución del cristianismo tal y como lo conocemos hoy en día. Los gnósticos trataron temas que serían motivo de controversia desde el siglo IV D.C. hasta el VII y VIII con las definiciones conciliares sobre la humanidad y divinidad de Jesús, la Trinidad, la Encarnación y cuáles evangelios son canónicos o no. Dentro de las corrientes más radicales de esta vertiente, hubo algunas que predicaban el castigo al cuerpo con penitencias, abstinencia de ciertos alimentos y el vino, se opusieron al matrimonio y a las relaciones sexuales (de ahí una influencia al ascetismo cristiano ortodoxo). Otros consideraron que el autoconocimiento del alma era lo único importante y lo que hiciera el cuerpo no, por lo que cayeron en verdaderas aberraciones e indiferencia a toda autoridad, como fue el caso de Cerinto, un heresiarca que predicó un gnosticismo milenarista y condescendiente con el desenfreno sexual, al que combatió San Juan el Apóstol desde Éfeso con la redacción de su Evangelio y las tres cartas que se le atribuyen.

Los gnósticos entendían la salvación como un camino del descubrimiento de la luz o chispa que la verdadera divinidad dejó en ellos, y no en el sacrificio redentor de Cristo en la cruz, al considerar que Dios no puede mancharse con la materia y por lo tanto, fue otro el crucificado o una ilusión.

Hablar de cada corriente derivada de esta primera herejía haría un sinfín de artículos. Voy a resumir las más conocidas, a sus líderes y a los Santos que las combatieron.

Una página del Códice Tchacos del Evangelio de Judas Iscariote, encontrado en 1970 y datado de mediados del siglo IV DC. El original, de la época de Ireneo de Lyon, está perdido.

Una página del Códice Tchacos del Evangelio de Judas Iscariote, encontrado en 1970 y datado de mediados del siglo IV DC. El original, de la época de Ireneo de Lyon, está perdido.

1. Ofitas, cainitas y sethianos. Los ofitas creían que el dios creador trató de impedir a Adán y Eva y a sus descendientes acceder al árbol del conocimiento y por eso los amenazó con la muerte. La serpiente, que les da el nombre, sería un enviado del dios verdadero y por lo tanto, un héroe. La secta llegó a adorar serpientes en sus cultos, que Ireneo de Lyon, Orígenes de Alejandría e Hipólito de Roma consideraron sacrílegos.

Los cainitas adoraron a Caín, el asesino de Abel, y a todos los caídos en desgracia en la Biblia. Gracias a ellos nos llegó el Evangelio de Judas que el furibundo Ireneo de Lyon condena como ficción no recomendable en su Tratado contra las herejías.

Los últimos, los sethianos, adoraban al tercer hijo de Adán y Eva (Seth) y postularon una creencia en la reencarnación de su alma en todos los justos hasta Jesucristo. Quizás no se distinguieron de los ofitas y fueron los opuestos a los cainitas.

2. Carpocracianos es el nombre dado a los seguidores de un movimiento gnóstico del siglo II de nuestra era, que profesaban las creencias de Carpócrates de Alejandría, a quien Ireneo de Lyon y Clemente de Alejandría condenaron por su libertinaje y cultos orgiásticos, con la excusa de liberar a los espíritus puros encerrados en la materia.

3. Dositeos. Llevaron al extremo las prácticas ascéticas. Condenaron las segundas nupcias y su respeto por el sábado llegó a extremos de no hacer absolutamente nada (¿?) ese día. Fueron una secta de origen samaritano, negaron la resurrección corporal futura y el juicio final.

4. Marcionismo. Considerada una secta aparte por diferentes heresiólogos, tiene muchas influencias del gnosticismo. Su fundador, Marción de Sínope, era un acaudalado naviero cuyo padre, obispo de la cuidad de Sínope en Asia Menor (actual Turquía), lo excomulgó (razones y rumores hay, entre éstas, que trató de comprar un puesto eclesiástico o haber violado a una virgen consagrada, pero en realidad se desconoce el por qué) y entonces viajó a Roma con toda su fortuna y buenas intenciones de ser readmitido en la Iglesia. Al principio lo logró, y trató nuevamente de adquirir un puesto eclesiástico e incluso el obispado de Roma, pero fue nuevamente excomulgado y expulsado de la ciudad. Previamente, gracias a su esmerada y culta educación, estudió los Evangelios, el Tanáj hebreo y las epístolas paulinas, así como los textos gnósticos y llegó a mismas conclusiones que éstos en cuanto a la oposición entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, la ley de Moisés y la Ley de Cristo; rechazando tajantemente al primero y excluyó también del segundo todos los evangelios y textos que no cuadraran con sus teorías, resultando en el primer canon de libros del Nuevo Testamento que incluía únicamente el Evangelio según San Lucas –resumido y sin capítulos que lo desacreditaran- y varias cartas del apóstol San Pablo –salvo las pastorales y Hebreos-.

Detalle del rostro de San Ireneo, obispo de Lyon y padre apostólico posterior a San Policarpo, en un grabado. Autor del libro “Tratado contra las herejías”.

Detalle del rostro de San Ireneo, obispo de Lyon y padre apostólico posterior a San Policarpo, en un grabado. Autor del libro “Tratado contra las herejías”.

Gracias a Marción, irónicamente, la Iglesia emergente se dio cuenta de la necesidad de organizar los textos y decretar los ortodoxos según la predicación apostólica y rechazar y condenar a los disidentes; lo que se logró a medias, porque hoy en día tenemos al alcance la biblioteca de Nag Hamadi, descubierta en 1945 en el desierto egipcio; para mejor comprensión de las doctrinas disidentes de la ortodoxa y la evolución del cristianismo histórico.
La secta de Marción duró hasta el siglo X y según Tertuliano de Cartago, Marción murió reconciliado con la Iglesia e intentó frenar sus propias herejías, pero la muerte se lo impidió. Famosas son sus “Antítesis”, hoy perdidas, pero que consistían en la oposición de textos del Antiguo Testamento ante el Evangelio.

Otras corrientes dentro del Gnosticismo hay, pero no varían mucho en cuanto a ideología. Basta con éstas. Sólo a modo de conclusión, el Gnosticismo histórico, del pasado, no guarda ningún parecido con los llamados movimientos gnósticos del siglo XX ni anteriores, más impregnados de esoterismo cultista y “nueva era” que al movimiento de autodescubrimiento cristiano.

Quien lo desee, puede consultar en este enlace el Tratado contra las Herejías de Ireneo de Lyon.

Alejandro

Bibliografía:
– BERGIER, N. S., Diccionario de Teología, 1846.
– Evangelio de Judas Iscariote.
– Revista National Geographic en Español. Volumen 18. Publicación mensual. Mayo 2006. México. Reportaje número 2, páginas 36 a la 52.

Sitios web (11/05/2013):
http://www.filosofia.org/zgo/hf2/hf21112.htm
http://www.historialago.com/xto_04110_herejias_yo_01.htm
http://mercaba.org/Herejia
http://es.wikipedia.org

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