Santa Joaquina de Vedruna, fundadora

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Óleo-retrato pintado en 1903 por Francisco Morell i Cornet, a partir de una fotografía original retocada.

Óleo-retrato pintado en 1903 por Francisco Morell i Cornet, a partir de una fotografía original retocada.

Santa Joaquina de Vedruna nació en Barcelona el 16 de abril del año 1783, y el mismo día de su nacimiento fue bautizada en la iglesia parroquial de Santa Maria del Pi. Sus padres pertenecían a la aristocrática burguesía catalana: don Lorenzo de Vedruna – un alto cargo del Gobierno – y doña Teresa Vidal, quienes formaban un matrimonio de profundos sentimientos cristianos y de una integridad intachable, por lo que la niña, en aquel ambiente familiar, desde muy pequeña se sintió atraída hacia Dios, al que ofrecía hasta sus actos más insignificantes. Preguntada por su madre que cómo podía mantenerse durante tanto tiempo recogida, le contestaba que lo hacía hablando con Dios. Era extremadamente limpia y todo le recordaba a Dios: las clavijas que su madre utilizada para realizar los encajes de bolillos, le recordaban las espinas de la corona de Cristo, al que ofrecía aun los más pequeños sacrificios; los hilos que usaba para la costura, le recordaban las cuerdas con las que Jesús fue atado a la columna y las hierbas que nacían en los jardines junto a las flores, le recordaban sus propios defectos, los cuales tenía que erradicar antes aún de que surgieran. Así era la niña, extremadamente limpia, tanto por dentro como por fuera.

Con nueve años de edad hizo su primera Comunión, y con sólo doce años decidió consagrarse a Dios entrando en las Carmelitas de Barcelona, aunque las monjas no la admitieron en la clausura del convento por ser tan joven y “no tener la madurez suficiente”. Contaba apenas dieciséis años de edad cuando fue propuesta como esposa al aristócrata abogado Teodoro De Mas. También él se había sentido atraído fuertemente hacia la vida religiosa, pero se había encontrado con la negativa de sus padres, ya que al ser el primogénito, tenía que heredar la fortuna y el prestigioso nombre de la familia. Habiéndolo consultado con su confesor, quien le manifestó que ésa era la voluntad de Dios, contrajo matrimonio con Teodoro el día 24 de marzo del año 1799. La afinidad de estas dos almas gemelas hizo que su casa fuese un remanso de paz.

Ambos esposos empezaban el día dirigiéndose a la iglesia para rezar el rosario, al que con el paso del tiempo se le fueron uniendo los hijos nacidos en el matrimonio: nueve. Estos niños eran amados tiernamente por ambos padres, que se desvivían por ellos y que, pacientemente, con su propio ejemplo, iban corrigiendo sus defectos, les enseñaban la práctica de las virtudes cristianas, la caridad hacia los necesitados y el buscar su propia perfección.

Escultura de Francisco Carulla en la Sagrada Familia de Barcelona (España).

Escultura de Francisco Carulla en la Sagrada Familia de Barcelona (España).

En este tiempo, Napoleón se propuso conquistar España y, ante este atentado contra la libertad nacional, el pueblo español se levantó en armas. Teodoro De Mas, el esposo de Joaquina, era descendiente de una familia muy guerrera y valiente y, juzgando oportuno no mantenerse al margen, se unió a quienes defendían a la patria. Pero aunque la suerte le fue adversa a los españoles y favorable a los franceses, Teodoro consiguió resistir junto a un grupo de valerosos defensores en un castillo cercano a Vic, que los invasores franceses fueron incapaces de conquistar. Los acontecimientos llevaron a la familia a la ruina económica, por lo cual es posible comprender los sufrimientos de Joaquina en aquellos difíciles momentos, en los cuales veía en peligro la vida de su esposo, la de sus hijos y su propia subsistencia. Sin embargo, nunca se vino abajo, sus ánimos no desfallecieron, porque tenía la fortaleza que le daba su absoluta confianza en la Providencia Divina. Nunca se vio turbada, siempre sirvió de apoyo a quienes se acercaban a ella, jamás perdió su espíritu de oración ni se escuchó ningún lamento de sus labios.

Agotado por los sufrimientos que le había ocasionado la guerra, su esposo murió el 6 de marzo de 1816, cuando Joaquina contaba sólo con treinta y tres años de edad. En esos días, un gran Crucifijo que Joaquina tenía colgado en una de las paredes de su casa, exactamente enfrente de donde ella se acostaba, le habló diciéndole: “Ahora que has perdido a tu querido esposo, te elijo a ti como mi esposa”, pero la joven viuda tuvo que trasladarse por unos meses a Barcelona, a fin de defender los intereses de sus hijos, que se veían amenazados por algunos parientes. Cuando arregló estos asuntos, volvió a Vic, adonde había estado junto a su esposo, y allí se ocupó de la educación de sus hijos, de practicar obras de caridad y misericordia con todos sus vecinos, y de su propia santificación personal. Tres de sus hijos murieron muy jóvenes, cuatro abrazaron el estado religioso y dos se casaron, llevando una vida conyugal ejemplar.

Al sentirse más liberada de las tareas familiares, ella pensó que había llegado la hora de realizar aquello que creía era la voluntad de Dios: entrar en una Orden religiosa de vida austera, pero Dios dispuso otra cosa. A través de un fraile capuchino de Vic, llamado Fray Esteban de Olot, comprendió que Dios no la quería dentro del claustro de un convento, sino que quería que fundase una Congregación religiosa que se dedicase a la educación de las niñas y al cuidado de los enfermos. Ella lo aceptó, y el 6 de enero del 1826 hizo la profesión religiosa como Carmelita de la Caridad en la capilla del episcopado de Vic, de las manos del propio obispo – Pablo de Jesús Corcuera -, quien también se había empeñado en dicha obra y que era quien le dio la inspiración carmelita y escogió el nombre para la Congregación: Hermanas Carmelitas de la Caridad.

El 26 de febrero, muy de mañana, ella y nueve jóvenes aspirantes fueron a la iglesia de los capuchinos, escucharon Misa y realizaron el Vía Crucis; posteriormente se marcharon al “Manso Escorial” – el lugar donde había estado su esposo – donde iniciaron una nueva vida comunitaria en un ambiente de paz y fervor. No faltaron ni las dificultades ni las privaciones, pero todas las hermanas se amparaban en ella para soportar aquellos contratiempos. Ella era una verdadera madre, que se dedicaba a la formación espiritual de sus nuevas hijas y que se encargaba de transmitir este espíritu a su nueva Congregación, lo cual llegó a ser un factor fundamental en el método educativo de las Carmelitas de la Caridad.

Urna de la Santa conservada en Vic (España).

Urna de la Santa conservada en Vic (España).

Ante tantos contratiempos y pruebas, ella animaba a sus hijas, diciéndoles que “la Congregación no es obra mía, sino obra de Dios”, y esto se hizo realidad porque, aún viviendo ella, la Congregación se extendió por toda Cataluña y parte del resto de España. En septiembre de 1849 sufrió un primer ataque de apoplejía, al que siguieron algunos otros. El 28 de agosto de 1854, un último ataque la postró en cama, viéndose también afectada por una epidemia de cólera que diezmaba toda aquella región. Rodeada de sus hijas, murió serenamente, con setenta y un años de edad. Fue beatificada por el venerable Papa Pío XII el 19 de marzo de 1940, y canonizada por San Juan XXIII, el 12 de abril del 1958. Su fiesta se celebra el día de hoy.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– DE PAMPLONA, Ignacio, “Vida y obra de la insigne educadora Santa Joaquina de Vedruna de Mas”, Manresa, 1946.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VI”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

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