San Marcelino Champagnat, presbítero fundador

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Uno de los primeros lienzos del Santo, tomado a partir de su cadáver.

Uno de los primeros lienzos del Santo, tomado a partir de su cadáver.

Introducción
La alfabetización y la educación en la sociedad son servicios comunitarios que ayudan a lograr el progreso. A lo largo de la historia, el conocimiento y la cultura no han estado al alcance de muchos, principalmente los que tienen un ingreso económico pobre y los más pequeños, entendiendo en ellos a los niños, adolescentes y jóvenes. La Iglesia ha sido depositaria de la cultura universal y la ha guardado y trasmitido no solamente en el ámbito clerical, sino también en el medio secular. Y se ha preocupado por la formación de quienes serán los adultos del mañana, con la intención y la esperanza de que la educación dada a ellos tenga como resultado un mundo mejor.

Al grupo de Santos educadores como son San José de Calasanz, San Juan Bautista de la Salle, Santa Juana de Lestonnac, San Benildo, San Miguel Febres Cordero, San Juan Bosco, Santa María Dominica Mazzarello, Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, Santa Magdalena Sofía Barat y otros muchos más, se une la persona de San Marcelino Champagnat, que además tiene la nota de ser fundador del Instituto de los Hermanos Maristas, una obra que tiene la finalidad de educar.

Infancia
Nació el 20 de mayo de 1789, en la aldea de Rosey, municipio de Marlhes, en Francia. Fueron sus padres Juan Bautista Champagnat y María Teresa Chirat, que lo recibieron como el noveno de sus hijos. Fue bautizado al siguiente día, recibiendo en las aguas lustrales la dignidad de hijo de Dios y el nombre de Marcelino José Benito. La primera infancia de nuestro Santo coincide con el fin de la monarquía francesa y con la Revolución. Su padre es una persona abierta, acogedora, comprensivo y con iniciativa, posee buena caligrafía y sabe hablar en público, por ello tendrá diversas participaciones como juez de paz y delegado en las convenciones. Pero pese a servir a los ideales revolucionarios, encuadrado en ideas de izquierda, él se dedica a ayudar a solucionar problemas concretos de su comunidad, cuidando los intereses de sus habitantes. A la par de esto, Marcelino vive unido estrechamente a su madre, que se dedica al comercio de telas y encajes, así como a labores de agricultura y trabajos del molino. Su carácter es recio y sabe llevar en orden la economía familiar. Educó a sus hijos con esmero, acentuando valores como la piedad, el trato social y una sobriedad en sus vástagos. La espiritualidad de Marcelino será el resultado de una interjección de las nuevas ideas que profesa su padre y la profunda espiritualidad de su madre. Por estas fechas vivirá en un ambiente fraterno y unido en su familia.

Lienzo de la canonización del Santo.

Lienzo de la canonización del Santo.

Inquietudes educativas
Cuando tuvo la edad propia para ir a la escuela, sus padres lo mandaron a Marlhes para que aprendiera a leer y escribir. El maestro que lo educaría se llamaba Bartolomé Moine. El primer día de clase tuvo un episodio que marcará sus ideales educativos. Como era un niño muy tímido, no acudió inmediatamente al llamado del docente para que leyera en público, adelantándose por esto otro niño en su lugar sin ser llamado. Apenas llegó con el profesor, fue recibido con una tremenda bofetada y enviado al fondo del salón. Marcelino se rebela interiormente y decide no estudiar, porque no le parece justa la violencia y los castigos. Pese a la insistencia de su familia, el primer día de escuela es el último. Entonces aprende la vida en la escuela de su padre, que con su ejemplo lo motiva y que lo asocia a sus labores en la granja; su temperamento dinámico lo hace entregarse con amor al trabajo manual, el pequeño tiene una iniciativa y un sentido práctico, un carácter bueno y mucha fortaleza física. Al mismo tiempo crece en virtud y piedad gracias a la labor educativa de su madre y de su tía. Con once años cumplidos recibe la Primera Comunión y el Sacramento de la Confirmación.

Otro hecho lamentable sucede cuando asistía a la catequesis. El sacerdote que la daba, cansado de la disipación de un compañero, lo regaña y le pone un apodo. El niño se pone quieto, pero al concluir la sesión, sus compañeros se burlan de él hasta el cansancio, logrando así que sea más hosco, huraño y violento. Años después, el Santo advertirá: “Ahí tienen el fracaso de la educación, un niño expuesto, por su mal carácter, a convertirse en un suplicio y tal vez en el azote de su familia y del vecindario. Todo por una impaciencia que hubiera sido fácil contener”. Con la Revolución Francesa, en el año de 1792 se suprimieron las congregaciones religiosas, incluidas las dedicadas a la educación. La instrucción pública es nula y hay una ignorancia que adquiere tonos dramáticos. A estas carencias dará respuesta San Marcelino, contribuyendo de manera notable en la formación de la juventud.

Vocación
La escasez de sacerdotes en Francia también es grande. Un día, un sacerdote que reclutaba candidatos al seminario, aconsejado por alguien, va a la casa de Juan Bautista Champagnat. El hombre no sale de su asombro por la causa de la visita. Están en eso cuando llegan sus hijos Juan Pedro y Marcelino. Cuando el padre le pregunta a sus muchachos que si quieren estudiar en el seminario, el primero responde con un no firme y rotundo. El segundo balbucea algo ininteligible. Entonces el sacerdote lo examina más de carca y le encanta su modestia, ingenuidad y su carácter abierto. Marcelino decidió probar la invitación. Su vida toma otro rumbo, los proyectos comerciales y económicos familiares se van a pique. Tiene que aprender latín, además de leer y escribir francés, pues su lengua materna es franco-provenzal, sus padres están consientes de estas dificultades y tratan de disuadirlo pero es inútil, él quiere ser sacerdote.

Lienzo de la beatificación del Santo.

Lienzo de la beatificación del Santo.

Inesperadamente, cuando Marcelino tiene 15 años, su padre muere. Esto influye en su ánimo y la tarea de recuperar el tiempo perdido en la escuela es trabajo de titanes. Acude entonces a la escuela de su cuñado Benito Arnaud, pero pese al esfuerzo de ambos, el resultado es desolador. A pesar de las dificultades, él se aferra a su vocación y reza con devoción a San Juan Francisco de Regis y peregrina con su madre al santuario mariano de Loves para implorar a Dios, por intercesión de Nuestra Señora, que pueda ser sacerdote: “Quiero ir al seminario, saldré airoso en mi empeño, puesto que Dios me llama”.

Sacerdocio
Sus estudios sacerdotales tuvieron que enfrentar dificultades antes de ser consagrado presbítero. Marcelino ingresa en el Seminario Menor de Verrieres y tiene que pasar por una maduración espiritual y humana. Por no tener una buena conducta, fue invitado a dejar el seminario y volver a su casa. Gracias al apoyo de su madre, logra superar esto, pero desafortunadamente ella muere cuando él tiene 20 años. Además, su nivel académico es bajo y tiene que mejorar sus estudios. Con empeño, logra superar estas dificultades y entonces lucha por obtener la ciencia y la piedad. Su conducta y aprovechamiento evolucionan satisfactoriamente, y pronto se le dan cargos de responsabilidad en el seminario. Por entonces tiene la costumbre de quitar horas al sueño para estudiar. Tiene como compañeros en el seminario a dos hombres que pasarán a la Historia: Juan Claudio Colín, fundador y superior General de la Sociedad de María, y Juan Bautista Vianney, mejor conocido como el Santo Cura de Ars. En esta época se esfuerza por llevar una vida espiritual más intensa y profunda, prometiendo a Dios “instruir a todos los que ignoren tus divinos preceptos y enseñar el catecismo sin distinción a niños pobres o ricos”.

Cuando tiene 24 años, ingresa en el seminario mayor, dirigido por los sulpicianos. El escudo de armas de esta institución tiene el monograma mariano, que años después tomaran también como distintivo la Sociedad de María y los Hermanos Maristas. Aquí conoce a Juan Claudio Courveille, que desea fundar la Sociedad de María. Este seminarista recluta a otros en este proyecto, en que incluye a Marcelino, que tiene ciertas esperanzas en el proyecto, que cuenta con padres y hermanos legos, hermanas y tercera orden. Pero Marcelino tiene la inquietud de fundar una congregación de enseñanza. La necesidad educativa por entonces es urgente, y el recuerdo de cómo él batalló para alfabetizarse subyace en su decisión. “Necesitamos Hermanos”, es su declaración. Deciden entonces aceptar su propuesta delegando en él la responsabilidad, ya que la idea es suya. Claudio María Brochard, uno de los vicarios generales, ve en esta propuesta una amenaza para un proyecto personal que tiene él de fundar otra congregación. Finalmente el 22 de julio de 1816, Marcelino es ordenado sacerdote, junto con muchos compañeros del seminario y del proyecto fundacional. Luego, doce neopresbíteros fueron al santuario mariano de Fourvière, para implorar a la Madre de Dios su protección. Allí, Juan Claudio Courveille lee un texto de consagración, que es el primer acto oficial, aunque de carácter privado, de la Sociedad de María.

El Santo, educador de la juventud. Detalle de un lienzo contemporáneo.

El Santo, educador de la juventud. Detalle de un lienzo contemporáneo.

Su primer destino fue de coadjutor en La Valla. Allí constató la pobre educación que tenían los niños y adolescentes, así como la pobreza en que vivan las personas del lugar. Esto le apresuró a tomar la decisión de fundar a los Hermanos Maristas. Su primer día en el lugar se encuentra con la triste sorpresa de que la parroquia del lugar está abandonada. Entonces se decide a llevar un programa de vida personal que incluye la oración, el estudio y la vida pastoral. Muestra un trato afectuoso para todos, dedica tiempo a la catequesis y prefiere el estímulo que el castigo como método pedagógico. Convive con sus feligreses, a los que dedica las homilías y con quienes aprovecha la confesión para ganarse su confianza. Sus privilegiados son los enfermos y los pobres. El 18 de octubre de ese año un suceso sirve para inquietar más sus deseos fundacionales: asiste a un moribundo de 18 años llamado Juan Bautista Montegne, que no conoce nada de religión y muere a las pocas horas. No puede quedarse cruzado de brazos. Entonces comunica su proyecto a un joven con quien contrajo amistad, llamado Juan María Granjon. Él será el primer hermano Marista. A este proyecto se unirá cinco días después otro joven que le confió sus proyectos vocacionales: Juan Bautista Audras, a quien le propone que viva en comunidad con Granjon.

Fundador
No llega ni a seis meses en el lugar y cuenta con apenas 27 años, pero Marcelino echa adelante su trabajo. Compra una casa, donde viven Juan María Granjon de 23 años y Juan Bautista Audras, de 14. Les enseña a leer y escribir y les da un programa de vida basado en oración, trabajo y estudio. Poco después se suman más jóvenes al proyecto. Luego de prepararlos adecuadamente, funda una escuela en Marlhes, donde, a pesar de la juventud del primer director, los resultados se van haciendo notar. Su proyecto tiene como fin compartir la vida con los jóvenes, amarlos y conducirlos a Jesús bajo la protección maternal de María. Las fundaciones se van sucediendo de manera paulatina y constante.

Detalle de otro lienzo contemporáneo del Santo, educador de los jóvenes.

Detalle de otro lienzo contemporáneo del Santo, educador de los jóvenes.

Pero Marcelino tiene opositores a su proyecto que no ven con buenos ojos sus deseos y sus resultados. Entonces se orquesta una campaña en su contra, integrada entre otras por Brochard, que intenta plegarlo a su proyecto. Acude con las autoridades eclesiásticas para ponerse a disposición de ellas y renuncia al proyecto si es necesario. Este acto de valentía deshace las reservas que había en sus superiores. Luego, un cambio en la Curia, donde se sustituye a Brochard, da aliento a su fundación y recibe autorización para comprar una casa, recibiendo la ayuda económica de parte de Courveille para este fin. Así se construye la Casa del Hermitage, dedicada a Nuestra Señora. Los aldeanos se sorprenden al ver el tesón del sacerdote, que se arremanga la sotana para construir y cargar piedras. Les gusta oír los cantos que entonan los integrantes de la comunidad, que colaboran en la construcción y que escuchan cuando pasan por el camino.

Aquí, Marcelino padecerá las intrigas y entrometimientos de Courveille, que se siente superior de los Hermanos, pero sus políticas encuentran resistencia. Consigue someter a votación la elección del Superior, pero sale electo Champagnat. Él mismo procura una segunda elección, para aquietar el ambiente, pero resulta electo nuevamente Marcelino. Tanta fue la tensión que sufrió Champagnat, que su salud se resintió, al grado de llegar al trance de muerte. El gobierno del instituto lo tomó entonces Courveille y cunde el desaliento. Su forma de autoridad es forzada y con medidas drásticas, contrario al estilo de rectitud y bondad de San Marcelino. Pero, poco a poco, el Santo recupera la salud y Courveille baja el tono de sus escarceos, hasta terminar abandonando el Hermitage y tomar la decisión de ingresar en la Trapa de Aiguebelle.

Dos puntos considera San Marcelino Champagnat en la fundación de su obra: los Hermanos serán todos iguales, sin distinción de clases, por ellol no habrá sacerdotes entre ellos. Además, para fundar una obral donde quiera que sea, deberá contar con el visto bueno tanto de la autoridad eclesiástica como de la autoridad civil. La mayoría de los fundadores proceden de familias conservadoras. San Marcelino Champagnat, en cambio, de una familia que vivió a pulso la revolución y el cambio, por eso su forma de pensar era muy adelantada.

Estampa devocional del Santo.

Estampa devocional del Santo.

Educador
El estilo formador de Champagnat también es revolucionario. Frente a la seriedad, virtud tomada por otras congregaciones educadoras, Marcelino propone la sencillez y la bondad, la autenticidad y la apertura. Insiste en el espíritu de familia, en la benevolencia, en más actos que palabras. Impulsa el trato bondadoso con los alumnos, no es una negación de la pedagogía, sino de sus métodos. Decía: “No puedo ver a un niño sin que me salta el deseo de enseñarle el catecismo y decirle cuánto lo ama Jesucristo”. “Si tan sólo se tratara de enseñar la ciencia profana a los niños, no hacían falta los hermanos, bastarían los maestros para esa labor. Si quisiéramos darles solamente instrucción religiosa, nos limitaríamos a ser simples catequistas. Pero nuestra labor es superior, queremos educarlos, enseñarlos a cumplir, hacerlos buenos cristianos. No podemos lograrlo sin ser pedagogos, sin vivir con los niños, sin que ellos estén mucho tiempo con nosotros”. Su aportación pedagógica y educativa se cifra en una visión religiosa de la vida, en la capacidad práctica para enfrentar las dificultades, en la manera de prevenir las contrariedades y tener una preferencia por los pobres y abandonados.

Devoción mariana
San Marcelino tiene un gran amor por la Reina del Cielo. A Ella la llama “la Buena Madre” y quiere que todos, como él, la amen. Un consejo muy interesante que da es éste: “Llámala Santísima Virgen María, aunque tardes más en decirlo”.

Muerte
Hubiera querido enviar a sus Hermanos a Oceanía, pero tenía la urgencia de estar en París para lograr la oficialización de su Instituto. Entonces llega el momento de plantearse su relevo como superior, porque siente que sus fuerzas no son las mismas. Un cáncer le está mermando la vida, aun así, tiene tiempo para dedicarse a los niños y ejercer su ministerio sacerdotal, al grado que muchos que lo ven dicen “este sacerdote es un santo“. El 6 de junio de 1840, sábado anterior a Pentecostés, luego de una hora de agonía, mientras la comunidad entona la Salve, Marcelino entrega su alma a Dios. Tenía 51 años.

Culto
Fue beatificado el 29 de mayo de 1955 por el Papa Pío XII y canonizado por San Juan Pablo II el 18 de abril de 1999. Hoy, su carisma está presente en casi 75 países.

Altar y urna con las reliquias del Santo en la capilla de El Hermitage (Francia).

Altar y urna con las reliquias del Santo en la capilla de El Hermitage (Francia).

Oración
Padre Santo, que por medio de tu Hijo Unigénito, has revelado el mandamiento de la nueva ley y nos has dado a San Marcelino como ejemplo admirable del modo de vivirlo, concédenos, te rogamos, que también nosotros, siguiendo sus enseñanzas, amemos a nuestros hermanos de corazón y nos conduzcamos en el mundo al conocimiento de la verdad de Cristo, que vive y reina…

Humberto

Bibliografía
– MARTÍNEZ PUCHE, José A., Nuevo Año Cristiano: Junio, Editorial EDIBESA, Madrid 2002, pp. 160-175.

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