Beato Faustino Míguez, sacerdote fundador

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía y firma del Beato.

Fotografía y firma del Beato.

“Mi felicidad consiste en que los demás sean felices. Un buen corazón prefiere dar a recibir”.

Infancia
En la aldea gallega de Xamirás, provincia de Orense, nació el niño Manuel Míguez González. Era el día veinticuatro de marzo de 1831. Manuel (Faustino), fue el cuarto hijo del matrimonio que formaban Dº Benito y Dña María. Antes que a nuestro Beato tuvieron tres hijos mayores que se llamaban Carmiña, Antonio y José. Para esta numerosa familia fue una inmensa alegría recibir un nuevo hijo más. En la iglesia de San Jorge de Acebedo del Río, pueblecito cercano al suyo, fue bautizado con el nombre de Manuel. Como se acostumbraba en la época, el bautizo tuvo lugar el día después de su nacimiento.

Su infancia transcurrió tan normal como la de cualquier otro niño, le gustaba jugar con sus amigos y aprender hasta lo más mínimo de sus hermanos mayores. Sentía especial interés por los animales y la naturaleza, pasaba largo tiempo observando ambas cosas. De Dña María, su madre, le encantaba conocer todo lo que ella sabía, al cabo del día le hacía muchas preguntas porque creía que conocía todas las cosas. Tanto su madre como su padre le enseñaron a conocer y a tratar a Dios. Fueron sus primeros catequistas. Durante toda su vida, el Beato Faustino recordó como sus padres bendecían la mesa antes de comer, iban a misa juntos y daban gracias a Dios tanto en los tiempos buenos como en los malos. También tuvo un gran recuerdo de las experiencias tan agradables que sentía cuando era niño y rezaba a solas ante el sagrario.

Con diez años, ya se veían en el niño sus buenas dotes para los estudios y también sus ricas virtudes. Como ya hemos dicho, era un amante de la naturaleza y esta afición más tarde se transformó en su vocación profesional. A esta edad también se preparaba para recibir la primera comunión, llevarle flores a la Virgen de los Dolores se convirtió en una bonita costumbre para él. Llegó el día de recibir a Jesús Sacramentado y el niño Faustino, con mucha inocencia, decía: “No entiendo cómo puedes convertirte en un trocito de pan tan fino y tan redondo, pero lo que sí sé, Jesús, es que quiero ser tu amigo”.

Icono realizado con motivo de la beatificación.

Icono realizado con motivo de la beatificación.

Sus hermanos mayores, Antonio y José, tenían previsto ser sacerdotes el día de mañana, y esta idea también la compartía Faustino. Pero Dº Benito, como padre de familia, quiso asegurar su humilde patrimonio, y por eso propuso a José que se encargara de todas estas tareas agrícolas y familiares, por tanto Antonio y Faustino tenían el visto bueno para marchar al seminario.

Seminarista
Con dieciséis años marchó a Orense para formarse como sacerdote. Estos estudios los desarrolló en el Santuario de Nuestra Señora de los Milagros, que era un seminario muy afamado en toda Galicia. Aquí mantuvo muy buenas amistades con los demás seminaristas y con los sacerdotes, también con un sacerdote escolapio que a menudo pasaba por el centro. Estos sacerdotes le resolvieron muchas dudas que tenía con respecto al sacerdocio, a Jesús, a la ayuda al prójimo y otra serie de típicas dudas. Tres años después de ingresar como seminarista, tuvo claro que Dios lo llamaba a ser sacerdote y maestro, siguiendo el carisma de San José de Calasanz. “Son muchas las cosas nuevas que se me presentan, tengo miedo, pero Tú eres mi Dios, en ti confío”, solía decir. Corría el verano de 1850 y a sus diecinueve años, podríamos decir que ya seguía el carisma de este santo, enseñando y catequizando a los niños de su pueblo en sus semanas de vacaciones.

Debido a que en la comunidad gallega no había noviciado de los PP. Escolapios, Faustino tuvo que marchar hasta Madrid para hacerlo. Instalado en el colegio de San Fernando (Madrid), al poco tiempo tomó el hábito y con ello cambió su nombre de pila, que era Manuel, por el de Faustino de la Encarnación (por devoción a este misterio y por nacer un día antes de celebrarse esa fiesta). Tres años más tarde, el dieciséis de enero de 1853, hizo los votos solemnes. Tan sólo tenía veintidós años y en su corta vida, todo fue un continuo sí a la voluntad de Dios.

Por el año 1855 había muchas revueltas en España que a menudo derivaban en persecuciones religiosas, cierre de seminarios y duros enfrentamientos entre partidarios del gobierno y opositores. Esta difícil etapa coincidió con el último año de la formación del joven Faustino, pero finalmente todo aconteció como estaba previsto. En los últimos meses del año 1855 fue ordenado diácono, el ocho de marzo del año siguiente, fue ordenado sacerdote por el obispo de Burgos en la madrileña iglesia de San Marcos. Tenía veinticinco años. El recuerdo que le quedó de este día fue: “Sentí una alegría inmensa cuando tomé por primera vez Tu Cuerpo, Señor, entre mis manos y lo repartí en tu nombre”.

El Beato Faustino acompañado de las primeras religiosas y demas amigos.

El Beato Faustino acompañado de las primeras religiosas y demas amigos.

Segunda etapa: Cuba y Madrid
Compagina a la perfección su tarea de sacerdote y maestro con otros estudios e investigaciones. A petición de sus superiores Escolapios, Faustino tuvo que partir hacia Cuba (todavía colonia española) para ejercer como profesor de futuros profesores en la escuela de Guanabacoa. Entre las más materias que impartía se encontraban: Historia, Geografía, Física y Química etc. También enseñaba tareas de agricultura. El cambio de clima de este país le ocasionó algunas enfermedades leves, pero esto no le supuso impedimento para seguir con su trabajo. Mientras estuvo aquí, vio cómo los nativos utilizaban las plantas para sus propias medicinas, esto le llevó a interesarse por este tema y conocer sus propiedades.

En 1860 viene de vuelta a España, es destinado como profesor en el mismo colegio donde se formó como sacerdote. Un año después, viaja hasta su tierra natal (Orense), en concreto a Celanova. Estando muy pocos años aquí, de nuevo tiene que viajar a otro destino donde se le requiere. Fue a Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) donde de nuevo tuvo que ejercer como profesor en un colegio recién fundado. No oponiéndose a la decisión de sus superiores por tantos traslados, solía decir: “Como escolapio, soy del pueblo y para el pueblo, consagrado a su enseñanza, debo amenizarla con la práctica”. Aparte de dar sus clases, pudo hacer realidad una idea que tenía desde hacía años, su propio laboratorio, donde patentó varios medicamentos, dando origen al laboratorio Míguez (en la actualidad lo dirigen sus hijas espirituales). Entre sus trabajos más conocidos destacó su estudio del agua medicinal de este pueblo gaditano.

1873 fue un año complicado en todo el país, los Escolapios y varias órdenes religiosas fueron expulsados del pueblo y por tanto, Dº Faustino tuvo que irse de nuevo a Madrid. Desde este momento, su vida fue un ir y venir a distintos colegios del país, como El Escorial, Monforte de Lemos y Sanlúcar de Barrameda nuevamente. Mientras estaba en Monforte, quiso irse a la nueva provincia de los PP. Escolapios en Argentina.

Primitiva tumba del Beato, cuando aún era Venerable.

Primitiva tumba del Beato, cuando aún era Venerable.

Fundación
En el otoño de 1879 empieza la segunda etapa en Sanlúcar de Barrameda. En este querido pueblo dedicó más tiempo a la dirección espiritual. Mientras confesaba y daba sus clases, conoció a dos jóvenes cristianas laicas y comprometidas con la situación social del momento. Estas jóvenes se llamaban Catalina García y Francisca Martínez, y junto a otras dos mujeres, recogían a las niñas pobres del pueblo para enseñarles las primeras letras. Ellas se referían cariñosamente a estas clases como “escuela de amigas”.

El Beato Faustino, en vista de la gran labor que hacían estas mujeres, decidió ayudarlas con todos sus medios, porque estas niñas necesitaban una verdadera formación que no las excluyera. No estaba al alcance de todos la educación y menos para las niñas. De esta forma puso en marcha una modesta escuela para niñas y también una asociación que pretendía ampliar la formación de estas futuras maestras, y hasta de las mujeres viudas. Él vio esta exclusión de la mujer y no pudo pasarlo por alto, desde entonces ya iban surgiéndole ideas para dar forma al futuro instituto. La ayuda que les prestaba era tanta, que no a todos los escolapios les sentó bien ni tampoco a la comunidad médica, que veía en él un fuerte competidor. Y es que el Beato Faustino, aparte de dedicarse a la educación y pastoral, también dedicaba su tiempo a atender enfermos pobres y curarlos con sus propias medicinas.

En el año 1884, las dos primeras mujeres (Catalina y Francisca), que querían seguir la idea de formar una comunidad de religiosas dedicadas a la enseñanza, escriben una carta al Arzobispo de Sevilla, con la ayuda y bendición del P. Faustino le hacen saber su deseo de aprobar la congregación. A esta naciente familia la llamaron Hijas de la Divina Pastora. Después de muchas conversaciones con el prelado sevillano, éste le encargó a al Beato Faustino que se encargara de este nuevo don de la Iglesia. El prelado intuyó que de aquí saldría una gran familia religiosa que llevaría a las mujeres a salir del analfabetismo y de exclusión social. Finalmente, el día dos de enero de 1885 son aprobadas las bases y Dº Faustino se hace cargo de la dirección. Una de las bases escrita por él mismo es “evitar que la inocencia del corazón se pierda entre las tinieblas de la ignorancia”. El día dos de agosto de este mismo año empieza el noviciado de las cinco primeras Hijas de la Divina Pastora, siendo su propósito ser humildes, sencillas con todos y educar con esperanza.

Urna-relicario del Beato, destapada, en Getafe, Madrid (España).

Urna-relicario del Beato, destapada, en Getafe, Madrid (España).

Última etapa en Getafe y muerte
Para el Beato Faustino Míguez transcurren unos felices años, viendo cómo está empezando a andar la obra conjunta que él fundó. Pero no todo fueron alegrías, en 1888 fue de nuevo trasladado al colegio de Getafe. Las religiosas quedan tristes, pero el Padre las anima a seguir alegres y trabajando por la formación humana y cristiana de la niñas. Como el mismo San José de Calasanz, él no puede estar a cargo de su obra fundada, pero al mismo tiempo era consciente de que era una obra de Dios y por ello proveería con abundantes gracias.

Paso a paso se van reuniendo muchas alumnas y las vocaciones de maestras-religiosas vienen en abundancia, atraídas por este nuevo carisma. En 1889 se celebran las primeras profesiones religiosas, y también se marchan algunas de las mujeres que en su día fundaron la congregación, achacando a ello su falta de vocación. Pasados muy pocos años del comienzo, se empiezan a expandir por otras localidades, como Chipiona y Getafe. Mientras tanto, el Beato Faustino se dedica por completo a la educación de los niños en Getafe, aquí permanecerá durante treinta y siete años, y a pesar que de que ya tiene a sus hijas más cerca de él, sigue dirigiéndolas y aconsejándolas atreves de cartas.

Retirado de la docencia por su avanzada edad, se dedica con más ímpetu a las tareas pastorales, sobre todo al sacramento de la penitencia. También a dirigir la expansión de sus hijas a otros países, como Chile y Argentina. Su fama de santo era tanta que no pasaba desapercibida para nadie, la ayuda que prestaba a los más necesitados era de sobra conocida. El dinero que obtenía de las patentes de sus medicamentos las destinaba a curar enfermos y a los colegios de sus hijas. Esto no debió ser bien visto por los que lo rodeaban, generando duras críticas, y aún así callaba, aceptaba y obedecía, incluso pedía a Dios que sus mismos compañeros le administraran los sacramentos si le llegaba la hora de morir.

Dejando un gran rastro y presencia de Dios por donde pasó a lo largo de su vida; en su familia, en sus compañeros escolapios, en los científicos, en su congregación y sobre todo en los niños/as; moría santamente a los noventa y cuatro años, el día ocho de marzo de 1925, tal día como hoy. Uno de los padres escolapios pronunció en su funeral esta frase que define su vida y obra: “Cuantos tuvimos la dicha de estar a su lado algún tiempo -pues dicha muy grande es la de estar al lado de algún justo-, cuántas cosas pudimos admirar de él: el dominio soberano que tenía de sí mismo; su humildad sin límites; su caridad inagotable; sus palabras sustanciosas siempre llenas de unción; su afabilidad, aquel desvivirse por servir y agradar a todos, su bondad, en fin, que se reflejaba en todas sus acciones, y resplandecía en su rostro venerable”.

Urna-relicario del Beato tapada, en Getafe. Madrid (España).

Urna-relicario del Beato tapada, en Getafe. Madrid (España).

Beatificación
La obra del Instituto Calasancio de las Hijas de la Divina Pastora hoy en día está extendida por tres continentes: Europa, África y América de Sur, siendo este último donde más presencia tienen. El veinticinco de octubre de 1998, San Juan Pablo II lo beatificó en la plaza de S. Pedro junto a otros tres beatos. “La beatificación del Padre Faustino alegra hoy el caminar de la Iglesia, Madre y Maestra”. “¡Qué gozo para la Familia Calasancia!”, expresó el Santo Padre en la homilía. Su fiesta se celebra hoy, coincidiendo con la de San Juan de Dios. Su sepulcro se puede visitar en la capilla de la residencia que el instituto tiene en Getafe (Madrid).

David Garrido

Bibliografía:
– DAYENU, Grupo de comunicación, Faustino, maestro y amigo.

Enlaces consultados (06/03/2015):
– www.calasancias-chipiona.com
– http://divinapastoragetafe.es
– www.institutocalasancio.es

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beata Victoria Valverde González, religiosa calasancia mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía y firma de la Beata Victoria de Jesús.

Fotografía y firma de la Beata Victoria de Jesús.

El año pasado dediqué un artículo a la Beata Francisca de la Encarnación Espejo Martos, religiosa trinitaria que fue brutalmente martirizada en Martos (Jaén) durante la Guerra Civil española (1936-1939). En ese artículo me ceñí exclusivamente a ella, con la intención de dejar los detalles referentes a sus dos compañeras de martirio para otro momento. Pues bien, ha llegado el momento de dedicarle el artículo a otra de ellas, la Beata Victoria Valverde, que fue martirizada con ella, aprovechando que ha sido recientemente beatificada en Tarragona el 13 de octubre de 2013. Sin embargo, recomiendo leer el artículo mencionado para conocer mejor el contexto en el cual se desarrolla el martirio de estas religiosas, víctimas de una matanza en represalia a un bombardeo franquista sobre la ciudad de Martos en 1936.

Juventud y vida religiosa
Nuestra mártir de hoy nació el 20 de abril de 1888 en Vicálvaro (Madrid), en el barrio de La Elipa Baja, hija de los jornaleros Nicomedes Valverde y María González, que eran naturales de Losana (Soria). La bautizaron a los nueve días de nacer en la iglesia de Santa María la Antigua, siendo llamada Francisca Inés de la Antigua, en honor a la titular de la parroquia. Fue educada en el Orfanato de Alcalá de Henares, donde la internaron sus padres y que era regentado por las Hijas de la Caridad desde 1858. Allí, las niñas eran instruidas en una firme educación cristiana y formadas en las labores del hogar.

Era común que las niñas internas tuvieran como director espiritual a los Padres Escolapios. Francisca Inés comunicó a su director espiritual que quería ser religiosa. Éste la puso en contacto con la Congregación de las Hijas de la Divina Pastora, que había fundado en Sanlúcar de Barrameda, el año 1885, el Beato Faustino Miguel de la Encarnación, sacerdote escolapio. Varias jóvenes procedentes de este Orfanato entrarían en la Congregación. Se cree que Francisca Inés ingresaría en la Congregación entre los meses de marzo o abril de 1910, a juzgar por la documentación conservada. Su ingreso en el noviciado tuvo lugar el 28 de agosto del mismo año, en el Beaterio de la Divina Pastora de Sanlúcar de Barrameda, y cambia su nombre de bautismo por el de Victoria de Jesús, que será para siempre su nombre en religión.

Fotografía de la Beata (izqda.) acompañada de la Superiora General y otra religiosa.

Fotografía de la Beata (izqda.) acompañada de la Superiora General y otra religiosa.

La sólida formación religiosa que había recibido en el Orfanato le sería de gran ayuda durante el noviciado, pues así lo muestra el primer informe escrito de la Superiora General, la Madre Julia Requena, acerca de ella: “Sor Victoria: Novicia, Corista. Esta novicia trae mucho adelantado en la vida espiritual. Conoce la Vida Religiosa y la practica siendo muy humilde y muy exacta en el cumplimiento de sus obligaciones. En la clase se conduce bien siendo por lo tanto su conducta en general buena. De salud bien”. Emitió sus votos temporales el 16 de septiembre de 1911, con 23 años de edad, permaneciendo en Sanlúcar de Barrameda hasta trasladarse a Monóvar. En 1915 llega a Monforte de Lemos, en Lugo, donde emitió sus votos perpetuos.

Llegó a la comunidad de Martos, en Jaén, en el año 1917, recién fundado un colegio en dicha localidad. Fue superiora de esta casa hasta 1922, año en el que nombraron superiora de Sanlúcar de Barrameda, volviendo a Martos también como superiora en 1931. En todos los colegios se dedicó a impartir clases de bordado y labores, así como de pintura, pues tenía aptitudes para ambas tareas. Siempre se consagró a su deber religioso con gran felicidad y entusiasmo: a pesar de que en las fotografías la vemos como una mujer más bien seria, conservamos el testimonio de una religiosa que vivió con ella en Sanlúcar de Barrameda: “Mi familia, que iba a visitarme a Sanlúcar de Barrameda, quedó admirada de la grandeza de esta mujer. Mi madre me dijo en una ocasión: “Hija mía, te voy a dar un consejo, fíjate en la cara de la M. Superiora y encontrarás tú también la felicidad de tu vida religiosa”. Se la veía siempre feliz”. Su consagración a Dios era motivo de su alegría constante, como ella mismo escribió a la Superiora General: “En medio de todo estoy contentísima y sólo pido al Señor me dé fuerza y mucho amor al sufrimiento”. En la profesión de votos perpetuos dejó claro su apego al Instituto Calasancio, su “amada Congregación; por ella estoy dispuesta a todo”. Y realmente lo estuvo, hasta el martirio.

Sin embargo, con el tiempo contrajo tuberculosis, enfermando gravemente y teniendo que retirarse de las clases por temor a contagiar a las niñas, por lo que se limitó a desempeñar tareas domésticas para la comunidad, sin que ello minara su entusiasmo. Así nos la describen: “Era bajita de estatura, diminuta, no muy robusta; de salud delicada, había tenido una afección pulmonar, pero nunca la oí quejarse. Sin embargo, expuso siempre su vida. Llegó a consultar con el médico si su estado de salud podría ser motivo de contagio para las religiosas y niñas del colegio. Se retiró a Getafe-Madrid para tener una cura de reposo.”

Fotografía de la Beata en la gruta del colegio de la Divina Pastora, Martos (Jaén).

Fotografía de la Beata en la gruta del colegio de la Divina Pastora, Martos (Jaén).

Expulsión y refugio
Al estallar la guerra, la comunidad de religiosas calasancias se vio obligada a suspender las clases en el colegio. Se avecinaban momentos difíciles. Uno de los testigos nos dejó esta observación: “Tenía una apariencia de persona débil y, sin embargo, era muy valiente”. Esta valentía quedó demostrada el 18 de julio de 1936, cuando tras la destrucción de la parroquia local de Martos -la iglesia de Nuestra Señora de la Villa- la iglesia de San Francisco, en el Colegio de la Divina Pastora donde estaban las religiosas calasancias, tuvo lugar un violento registro. “En la Misa del día 18 de julio, la última que se tuvo en la Capilla del Colegio, entraron los milicianos gritando “que se acabe la Misa”. Sentimos un tropel muy grande, entraron muchos hombres. M. Victoria que era a Superiora se levantó y los detuvo en la misma puerta de la Capilla: por favor, esperen que se termine la Misa. Seguían gritando: “que se acabe la Misa”. Los sostuvo hasta que se terminó la Misa y se consumieron todas las Hostias, para evitar su profanación”. A partir de este momento se sucedieron los registros, saqueos y quemas de iglesias en represalia al bombardeo del bando franquista, como ya hemos relatado en el artículo dedicado a la Beata Francisca de la Encarnación.

Ante esta situación, la madre Victoria reunió a la comunidad y les dijo: “La que tenga miedo, debe marcharse. Yo no pienso abandonar la casa, si no me obligan”. Permitió a las religiosas abandonar el centro y marchar a refugiarse en casas de familias cercanas a la comunidad. Ella permaneció en el colegio con otras dos compañeras, hasta que fueron desalojadas por los milicianos el día 20 de julio. “Era una mujer heroica, dice un testimonio, la prueba está en que no quiso salir del convento hasta que no salió la última religiosa”. Decidió alojarse en Martos, en la casa Ana Fernández, viuda de Espejo, donde permaneció dos meses, ocupándose de la situación de cada una de sus religiosas, y luego, para no ser molestia para su anfitriona, se trasladó un mes a casa de la señora Camacho, volviendo después con la señora Fernández. Los milicianos la obligaron a informar constantemente del lugar donde se albergaba cada una de las monjas, primero; cada quince días, después, cada ocho, y finalmente lo tuvo que hacer a diario.

En este estado de cosas, y temiendo que la buscaran para encarcelarla o matarla, muchas familias allegadas de Martos le pidieron que abandonara la población. Ella respondió rotundamente: “Mientras haya una religiosa yo no me marcho de Martos (…) Yo soy la superiora y respondo por todas”. Así lo informan varios testimonios, como el de M. Salesa Baña: “Pudo haber salvado su vida escapando, pues se le ofrecieron varias oportunidades. No lo hizo, consciente de que si ella huía otra religiosa sería sacrificada”. Por ello, todo el tiempo que pasó refugiada, vivió con la certeza de que iban a matarla. María de la Cabeza, hija de la dueña de la casa donde estaba refugiada, dijo: “Tenía una habitación que daba a la calle, allí pasaba la mayor parte del tiempo.. rezaba mucho, se le veía serena, silenciosa, no quería dar mal ejemplo a los demás; delgada, menudita, de aspecto delicado, no se quejaba nunca, aunque la veíamos preocupada y a veces temerosa; su constante preocupación eran las religiosas de su comunidad, que nada les pasara, que le hicieran todo a ella (…) subía todos los días a presentarse en el Ayuntamiento. Nunca tuvo intención de huir del peligro y escapar de la situación”.

Fotografía de la Beata (dcha.) junto a otra religiosa y una antigua alumna.

Fotografía de la Beata (dcha.) junto a otra religiosa y una antigua alumna.

Detención y encarcelamiento
El 11 de enero de 1937, por la mañana, llegó Dolores Camacho y le informó de que el comité había acordado detener a todas las religiosas para matarlas, pero que iban a empezar por las superioras de cada comunidad. A partir de ese momento, la angustia y la zozobra ya no abandonaron a la madre Victoria. Al día siguiente dijo a su anfitriona: “Hoy tengo un presentimiento malo, no sé por qué me figuro que de hoy no pasa, que ya me apresan, y no quiero quedarme sin despedirme de mis hermanas (…) quiero ver a mis hijas por última vez”. Pudo ir a despedirse de algunas, pero no encontró valor para despedirse de todas, y regresó a la casa antes de una hora, diciendo: “No me siento con valor para despedirme de ellas, ¡las quiero tanto! (…) Que sea lo que Dios quiera”.

Fue sobre las ocho de la tarde cuando fueron a buscarla. Se oyó un gran estruendo y llamaron a la puerta violentamente. Victoria dio un salto, aterrada, y dijo: “Ellos son, ¡ya lo veréis!”. Y lo eran, ya que al abrir la puerta, oyó que la requerían: “¿Es aquí donde vive la superiora de San Francisco?”, pues era conocida como tal. Se echó a temblar al oírse mencionar, pero haciendo un gran esfuerzo, se sobrepuso al pánico y sin hacerse esperar, salió y dijo: “Yo soy”. Le dijeron que por orden del alcalde, debía acudir al Ayuntamiento. Pidió unos instantes para subir a recoger su chal y, en su habitación, cayó de rodillas y rezó el acto de contrición con gran fervor. Se colocó su crucifijo de religiosa sobre el pecho y saliendo, le dijo a doña Ana: “Muchas gracias, yo creo que no nos vemos más, hasta el cielo”. Cuando le preguntaron por las otras religiosas, para ir también a por ellas, respondió con gran entereza: “Mis hijas no han hecho nada, yo soy la responsable de todas y la que debe sufrir lo que a ellas les quieran hacer. Lo que tengan que hacer a mis religiosas me lo hacen a mí. A ellas perdónenlas”. Luego salió caminando, tranquila, escoltada por dos milicianos.

Fotografía de la Beata con otra religiosa y un alumno de educación infantil.

Fotografía de la Beata con otra religiosa y un alumno de educación infantil.

Allí fue encarcelada junto a otras religiosas, las dos trinitarias y la abadesa de las clarisas, que compartirían sus horas de espera hasta el momento del martirio. Ya hemos narrado anteriormente cómo fue esta terrible y angustiosa espera en el artículo de la Beata Encarnación. Pero a Victoria pareció abandonarle el valor que había mostrado hasta ese momento, porque rompió a llorar y estuvo así mucho tiempo. Como sus compañeras de celda quisieran consolarla, ella aclaró: “Yo no lloro por estar aquí, ni por la muerte; lloro porque no sé qué nos espera en manos de ellos; la muerte no la siento, sino cualquier atropello que quieran cometer en nuestras personas”. Así, como tantas otras mártires, manifestaba su terror, no al martirio, sino a ser violada. Terror que por desgracia muchas tuvieron que afrontar.

Ya hemos dicho quiénes compartieron prisión con la madre Victoria: la Beata Francisca de la Encarnación, sor Isabel Aranda, clarisa, y otra religiosa trinitaria, sor Teresa, que como sabemos fue salvada en el último momento. Por testimonio de esta trinitaria que salvó su vida, sabemos cómo fueron las horas de prisión: “(…) al rato de estar ahí, trajeron a aquel desmantelado lugar a la Rvda. M. Victoria de Jesús, Superiora de las Hijas de la Divina Pastora. Al verla me alegré de conocerla. Nos alegramos como los mártires de las catacumbas y hablamos de nuestra futura suerte (…) pero aquella reunión de cuatro personas (…) fue reducida a tres, pues servidora fue salvada por un individuo del Frente Popular (…)”

Martirio
En la noche del 12 al 13 salieron las tres religiosas custodiadas por milicianos hasta la cárcel de la iglesia de San Miguel donde se le unieron los cincuenta varones -sacerdotes y otras personas- que hemos mencionado en el otro artículo, y fueron todos obligadas a subir a un camión. Por el testimonio de José Valdivia, testigo del martirio, sabemos que las tres religiosas estaban llorando, especialmente cuando oyeron a dos milicianos -un tal Lujano y un compañero- hablar entre ellos, como si sus víctimas no pudieran oírles: “¿Tenemos suficiente munición?” Y el otro, tocándose la cartuchera, respondió: “¿Para éstos y para las monjitas? Por supuesto”.

Ya hemos contado cómo, llegando al término de las Casillas de Martos, a 14 km de la población, se fusiló a todos los varones contra las tapias del cementerio, obligando a presenciar la masacre a las horrorizadas religiosas. Era una noche de luna clara y todo se veía perfectamente. Luego se apoderaron de las tres monjas y las llevaron hasta la puerta del cementerio. En ese momento percibieron que, en efecto, las iban a violar antes de ejecutarlas, y ninguna de las tres quiso consentirlo: se agarraron a las rejas de la entrada, resistiéndose a pasar, y aún siendo cinco hombres, se las vieron y desearon contra ellas tres. Ya hemos narrado cómo fue brutalmente martirizada la Beata Encarnación, destrozada a golpes de culata mientras se resistía contra su agresor. Sor Isabel Aranda también padeció un horroroso martirio, luchando también por defenderse de la violación; pero dejaremos los espantosos detalles de su tormento y muerte para otro artículo. En cuanto a nuestra protagonista, la madre Victoria, se agarró fuertemente a las rejas y no podían arrancarla de allí, como sí lograron hacerlo con las otras. Parecía de pronto dotada con una fuerza sobrehumana, ella que era tan menuda y débil físicamente. De pronto, una voz exclamó: “Hacedlo ya, que os lo van a poner difícil”, y una descarga la acribilló en el acto. Tenía 48 años de edad.

Lápida de los mártires de Martos. Destaca el nombre de la Beata. Iglesia de Nuestra Señora de la Villa, Martos (Jaén).

Lápida de los mártires de Martos. Destaca el nombre de la Beata. Iglesia de Nuestra Señora de la Villa, Martos (Jaén).

“Una vez muertas, las dejaron tiradas en el suelo en el mismo sitio, hasta la mañana siguiente, pero como el estado en que quedaron horrorizaba a todo el que pasaba, tuvieron que retirarlas”, narra José Valdivia, “El alcalde de Martos envió a darles sepultura en el cementerio de Casillas y allí permanecieron hasta que terminó la guerra”. En julio de 1939 se recuperaron los tres cadáveres -hemos narrado también cómo fue la exhumación de la Beata Encarnación- pero ninguna religiosa calasancia pudo estar presente en la recuperación del cuerpo de su superiora, que fue identificado por algunos testigos. Primero los cuerpos fueron trasladados al cementerio de Martos y luego a la reconstruida iglesia de Nuestra Señora de la Villa, donde siguen actualmente todas las víctimas de la matanza, conmemoradas en una lápida funeraria.

Beatificación
Desde el primer momento, todos los testigos a los que se interrogó respecto a la muerte de la madre Victoria no vacilaron en afirmar que la habían matado por ser religiosa, por su fe cristiana y su consagración a Dios. Además, otros valores se unían a la muerte in odium fidei: la certeza de que se había ofrecido y había dado la vida por sus religiosas, ninguna de las cuales sufrió martirio después de ella; su defensa hasta el último momento de su voto de virginidad, pues fue fusilada mientras se resistía a un intento de violación; y sobretodo su fortaleza desde el momento en que los milicianos asaltaron el colegio hasta el instante de su muerte, a pesar del miedo que sentía. Otra motivación no ha podido ser encontrada para la causa de su muerte: ni política, ni social, ni personal: “Era una persona desconocida por sus asesinos, sencilla, amable, delicada y sin estridencias (…) era una mujer débil, enferma, miedosa ante el peligro, a la que Dios infunde valor en medio de la gravedad de los acontecimientos (…) vence la fragilidad y el temor, y toma sobre sí la defensa de sus religiosas”.

Por todas estas virtudes, no se dudó de sus virtudes heroicas y del valor de su martirio -virtudes que son plenamente compartidas por sus otras dos compañeras de martirio-, y por ello, como hemos dicho al principio, Victoria Valverde González ha sido finalmente beatificada el pasado 13 de octubre de 2013 en Tarragona.

Meldelen

Bibliografía:
– CALDERÓN RODRÍGUEZ, Sacramento, “La fuerza de la debilidad: Vida y Martirio de la M. Victoria Valverde González, Hija de la Divina Pastora”.
– CALDERÓN RODRÍGUEZ, Sacramento, “M. Victoria Valverde del Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora. Testigo de la fe hasta la muerte (1888-1937)”.
– CALDERÓN RODRÍGUEZ, Sacramento, “Madre Victoria Valverde: no hay mayor amor que dar la vida. Recopilación de escritos sobre la Religiosa Calasancia”. Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora.
“M. Victoria Valverde. Beatificación 13 de octubre de 2013, Tarragona. Testigo de la fe desde el carisma calasancio (1888-1937)”. Religiosas Calasancias Hijas de la Divina Pastora. Madrid 2013.
– RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ, Gregorio, “El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas durante la Guerra Civil Española (1936-1939)”. Ed. Edibesa, Madrid 2006.

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