San Ignacio de Antioquía, obispo mártir

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Icono ortodoxo americano contemporáneo del Santo.

“¡Qué bueno y agradable es que los hermanos habiten juntos en armonía!” (Salmo 132/133, 1).

El deseo de que “todos sean uno”, según el modelo de la unidad divina, profesado por Cristo, nuestro Salvador en el Huerto de Getsemaní (Juan, 17, 21). Fue una de las principales preocupaciones de la primitiva Iglesia, pero el mantenimiento de esta unidad no era tan fácil de aplicar aun en la era apostólica, pues las diferencias culturales, sociales y aun espirituales de los cristianos recién bautizados crearon numerosos problemas y el Nuevo Testamento nos da muestras de que las decisiones de los Doce, a veces, tuvo que implantarse. El apóstol Pablo muestra también la importancia de la unidad al hablar de “un solo cuerpo y un solo Espíritu… una esperanza… un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos…” (Efesios, 4, 4-6) y, a continuación, escribe con más detalles cómo la unidad se realiza en la diversidad de los ministerios en la Iglesia.

Entre los primeros escritos cristianos están las siete cartas de San Ignacio de la “Theophore” de Antioquia, (Θεοφόρος, que significa “portador de Dios”), conocido como uno de los Padres Apostólicos, es decir, de la primera generación de cristianos. Sus escritos, en vocabulario y temática, son muy semejantes a las cartas de los apóstoles en el Nuevo Testamento. Según la tradición, Ignacio fue uno de los bebés que Jesús tomó en sus brazos cuando dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí…” (Mateo, 19, 14) y “El que no es como un niño, no entrará en el Reino de los Cielos” (Mateo, 18, 3-4). Esta tradición se basa en la doble interpretación de la palabra griega “Theophoros”, que como he dicho, significa “portador de Dios” o “uno que fue llevado por Dios”.

Teodoreto, obispo de Ciro en (Quod unicus filius sit dominus noster Jesus Christus, in Migne, PG 83, 1440) y San Juan Crisóstomo (Homilia  in St. Ignatium Martyrem  4, in Migne, PG 50, 593) dicen que Ignacio tuvo trato directo con los apóstoles y que fue nombrado obispo de Antioquia por el mismo San Pedro, idea que es confirmada en las VII Constituciones Apostólicas, 46, mientras que San Eusebio de Cesarea dice que Ignacio fue el sucesor de Evodio en la sede de antioquia (Historia Eclesiástica 3,22,1). Su episcopado en aquella ciudad del Imperio Romano de Oriente duró desde el primer año del reinado de Vespasiano hasta el décimo año de Trajano (70-107). Se cree que San Ignacio, junto con su amigo San Policarpo, obispo de Esmirna (en Asia Menor), muy probablemente fueron discípulos del apóstol San Juan (ver en la Enciclopedia Católica el artículo sobre San Ignacio).

Los Santos Juan (izqda.) e Ignacio (dcha.) Miniatura de la Leyenda Áurea (s. XIV).

Plinio el Joven (Gaius Plinius Caecilius Secundus), recuerda en una de sus cartas (Epistulae 10,96-97) la condena a muerte de Ignacio por confesar su fe cristiana. Eusebio de Cesarea en sus “Crónicas” da la fecha exacta de su muerte como AA 2124 (2124 años después de Adán), lo que equivaldría al onceavo año del reinado de Trajano, es decir, al año 108 después de Cristo. La condena a muerte no debía ejecutarse en Antioquia, pues al ser Ignacio ciudadano romano, la ley obligaba se ejecutara en Roma. Y así, emprendió un largo viaje por tierra y mar desde Antioquia a Roma acompañado por un grupo de soldados romanos. Le esperaba una cárcel llena de restricciones y a pesar de que se queja por el trato de los “diez leopardos” (escolta de soldados, Rom. 5,1), Ignacio recibe visitas, da consejos, escribe cartas a varias Iglesias, cartas que son interpretadas como “su testamento” y que son la expresión de su deseo más acariciado: mantener la unidad de la fe según el modelo apostólico (Eph. 11,2; Magn. 13,1; Tral. 7,1).

Parece ser que en Esmirna escribió cartas a las Iglesias de Éfeso, Magnesia y Tralles, así como a la comunidad de Roma, que trataba de intervenir ante las autoridades romanas para que se anulase la sentencia contra Ignacio. Les dice que respeten su deseo de morir como un mártir, que esa es la voluntad de Dios y que ese será su “verdadero nacimiento” (Rom.6, 2). En la ciudad de Troada escribe otras cartas para las Iglesias de Filadelfia y Esmirna, así como a su obispo Policarpo. En el siglo V, la colección auténtica de las siete epístolas fue ampliada con algunas otras de dudosa autenticidad.

Ignacio llegó a Roma cuando finalizaban los ciento ventitrés días de celebraciones en honor de Trajano por su victoria en Dacia y según la tradición, murió en el anfiteatro romano un 20 de diciembre devorado por las fieras “para ser trigo de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en pan puro de Cristo ” (Rom.4,1-2). Un escrito del siglo V denominado “Martyrium Ignatii”, nos relata en enfrentamiento entre el obispo Ignacio de Antioquia y en emperador Trajano, el acta del martirio y algunos detalles del largo viaje desde Antioquia hasta Roma. El Sinaxario de la Iglesia Copto-Ortodoxa de Alejandría, dice que fue arrojado a las fieras que lo despedazaron y que solo los huesos más grandes fueron encontrados por los cristianos, recuperándolos como sagradas reliquias. Después del martirio de San Ignacio en el Anfiteatro Flavio, sus restos regresaron a Antioquia, honrados por sus compatriotas y sepultados por primera vez en las puertas de la ciudad. Posteriormente, el emperador Teodosio II lo trasladó a la Tychaeum (templo de Tyche), que se convirtió en una iglesia dedicada al santo. En el año 637, las reliquias fueron trasladadas a la iglesia de San Clemente en Roma.

Martirio del Santo. Icono ortodoxo griego (s. XIV). Monasterio Vatopedi, Monte Athos (Grecia).

La obra de San Ignacio.

La importancia de sus cartas está en que en ellas se utiliza por primera vez un nuevo y familiar concepto teológico: “cristiandad” (χριστιανισμός, Mag 10.1 y 3;..Philad 6.1, Rom 3,2-3), e “iglesia universal” (καθολική εκκλησία, Smyrn. 8.2), así como que Ignacio define con toda claridad su fe en la Santísima Trinidad y en Jesucristo como verdadero Dios y verdadero Hombre.

El enfrentamiento con los herejes:

Las jóvenes comunidades cristianas tenían en los primeros dos siglos algunos predicadores itinerantes llamados “didaskaloi”. Estos predicaban el Evangelio sobre la base de los carismas que habían recibido del Espíritu Santo; pero dice Ignacio que, aparte de estos verdaderos predicadores de la fe aparecieron también “falsos maestros” que enseñaban otras doctrinas “mezclando a Cristo con sus propios pensamientos” (Tral. 6.2). A menudo, el obispo de Antioquía hace referencias a un grupo llamado “judaizantes”, que pretendían volver a imponer la Ley de Moisés, el día del Sabbath y otras prescripciones contrarias a la doctrina cristiana (Magn. 8.1, 9.1; Philad. 6.1). Escribiendo contra ellos dice que “hablar de Cristo y vivir como judíos es una tontería, porque el cristianismo no cree en el judaísmo, pero el judaísmo cree en el cristianismo, en los que han compartido toda lengua que cree en Dios” (Magn. 10.3).

Otros oponentes del santo mártir fueron los “docetas” (del griego  δοκέω que significa “parecer”). Eran miembros de un grupo con tendencias dualistas, que afirmaban que la virginidad de María, el nacimiento corporal de Cristo y sus sufrimientos y muerte en la cruz eran solo aparentes (Eph. 19.1; Smyrn. 2.1). Para ellos, la Resurrección no podía ser real, por lo que San Ignacio hizo hincapié en la importancia de la fe en la Resurrección, que es la “esperanza cristiana” (Magn. 11.1). Los que niegan la resurrección que él llamó “los transportistas del cuerpo o cadáver” (Smyrn. 5.2), porque no creen en la resurrección del cuerpo, son hombres que están como muertos, sin esperanza en el más allá. Igualmente, a los “docetas” que negaban o ignoraban la importancia de la Eucaristía, los llamó “resistencia contra el don de Dios” (Smyrn. 7.1).

La Santísima Trinidad

Tras afirmar que hay un solo Dios (Magn. 8.2), San Ignacio hace repetidas referencias a la Trinidad: los fieles creyentes tienen que fortalecer su “fe y amor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo” (Magn. 13.1), respetarse entre ellos y respetar al líder de la comunidad según el modelo trinitario: “Obedecer a obispo, como Jesucristo en la carne obedeció al Padre y los apóstoles obedecieron a Cristo, al Padre y al Espíritu Santo, del mismo modo que es clara la unidad del cuerpo y del alma” (Magn. 13.2). Para él, la Iglesia es un reflejo de la unidad trinitaria: El Padre está dando a su Hijo y el Hijo, a su vez, comparte el amor del Padre con todo el mundo, ofreciéndose a sí mismo en el sacrificio eucarístico.

Detalle del Santo en el Menologio Griego (s. XIII). Chipre.

Cristología

San Ignacio tiene una “cristología teológica” que hace hincapié en contra de los judaizantes, indicando claramente la divinidad del Mesías encarnado (Smyrn. 1.1, Eph. 1.1, 15.1, 19.3, Rom. 3.3, 6.3 , Magn. 6.1, 7.2; Polic. 3.2, 8.3), pero también tiene una “cristología antropológica” en contra de los “docetas”, afirmando la realidad de la vida terrenal de Jesucristo (Smyrn. 3 1, 4.2, 5.2, Eph. 7.2, 18.2, 20.2, cf Magn. 11, Tral. 7.1).

San Ignacio relata en sus escritos los principales acontecimientos de la vida de Cristo y lo hace con el fin de poner de relieve la realidad de la Encarnación, en una forma que se asemeja sorprendentemente al credo de Nicea: “Permaneced sordos cuando alguien niegue que Cristo es de la familia de David, que nació verdaderamente de María, que comió y bebió, que realmente fue perseguido en tiempos de Poncio Pilato, que fue crucificado y resucitó verdaderamente de entre los muertos y que a su semejanza, el Padre nos resucitará a nosotros en Cristo Jesús, a los que creemos en Él, pues sin Él no hay verdadera vida” (Tral. 9.1 – 2).

Varios académicos (John Nelly y Th. Camelot) han intentado a partir de tan solemnes pasajes, reconstruir el llamado “credo bautismal ignaciano”. Así, expresiones como “testigos de la fe” (πίστιν ἐπαγγελλόμενος) o “los que profesan su pertenencia a Cristo” (οἱ ἐπαγγελλόμενοι Χριστοῦ εἶναι), son expresiones que se encuentran en Efesios 14, 2, y que son también consideradas como referencias a ese credo.

La Eucaristía

La unidad con Dios se logra a través de la participación en el sacrificio eucarístico. Para los cristianos es “la medicina de la inmortalidad y el antídoto contra la muerte” (φάρμακον ἀθανασίας, ἀντίδοτος τοῦ μὴ ἀποθανεῖν, Eph. 20.2). La celebración de la Eucaristía tiene que ser tan profunda como sea posible, uniéndose los participantes, nos protege contra cualquier tipo de error, de todo desastre, de los poderes hostiles: “Hay que esforzarse para obtener más a menudo la Eucaristía de Dios y de su gloria. Los poderes de Satanás serán destruidos en cuanto nos reunamos con más frecuencia ya que unidos en la fe se disipa la destrucción” (Eph. 13:1). La Eucaristía es el “pan de Dios” (Rom.7,3), “la carne del Hijo encarnado” que sufrió por nuestros pecados y fue elevado al Padre (Smyrn. 7.1) y a través “del cáliz con la Sangre de Jesús” (Philad. 4.1), se renueva la fe (Tral. 7.2).

Basílica de San Clemente, Roma (Italia). Bajo el altar está el sepulcro del Santo.


Los obispos, sacerdotes y diáconos

Debido a que los “docetas” despreciaban a los ministros de la Iglesia,  San Ignacio los apoyó y demostró que la jerarquía de la Iglesia era más importante que las funciones carismáticas. San Ignacio llega a decir que la Eucaristía solo es válida cuando se hace por el propio obispo y por aquel a quién el obispo se lo permite (Smyrn. 8,1). Reafirma la importancia de la comunión entre los creyentes y su jerarquía, que es quién supervisa a la comunidad y la reafirma en la fe. Ignacio habla en muchas ocasiones sobre la importancia de un solo obispo en una comunidad, algo que es relativamente nuevo entre los escritos del siglo II y que le da al obispo una autoridad casi monárquica. Pero el modelo de la monarquía episcopal no está tomado de este mundo; tiene su prototipo en la monarquía del Padre en la Trinidad, lo que significa que la autoridad del obispo le viene del cielo.

La razón por la cual el obispo de Antioquia hace hincapié en la enseñanza conocida como el “monoepiscopado” o el “episcopado monárquico”, es que el obispo designa, de acuerdo con el significado griego (ἐπισκόπος), el que supervisa, el que garantiza la autenticidad de la fe cristiana sobre otras religiones. En sus cartas pone como modelo de obispo al Padre del cielo. Ignacio los asocia con el “obispo invisible”, que es Cristo (Magn. 3.1). Y junto con el obispo hay otros miembros de la comunidad que son los sacerdotes (πρεσβυτέροι o ancianos), asociados con los doce apóstoles y los diáconos (διακόνοι), a quienes se les dio el ministerio de Cristo (Magn. 6.1). En otras palabras, toda la Iglesia es una comunidad unificada que tiene como modelo eterno al reino de los cielos girando alrededor del amor del Padre.

Sin el obispo o sin los sacerdotes no se pueden realizar los servicios de la Iglesia: el Bautismo, la Eucaristía y el Ágape (Smirn. 8.1 to 2), o el Matrimonio (cf Polic. 5.2.). El obispo también tiene funciones prácticas, que “vigila cuando duerme”, que aclara los malos entendidos, que está “uerte como el yunque” contra las falsas enseñanzas, que se encarga de las viudas y del orden a la hora de realizar los servicios santos, que asesora a los miembros de la comunidad cuando tiene problemas difíciles (Polic. 1-5).

Martirio del Santo. Icono ortodoxo contemporáneo.


La unidad de la Iglesia

El sustantivo “unidad” (ἕνωσις) y el verbo “unir” (ἐνώo) aparecen venticinco veces en las cartas de San Ignacio, así como se refiere en treinta ocasiones al número “uno” (ἔνα, εἶς), lo que demuestra la especial preocupación del santo por mantener la auténtica fe y la unidad de la Iglesia en todo el mundo. San Ignacio de Antioquía construye sus ideas sobre la unidad de la iglesia en:

1. Presenta a la comunidad lo que es el Reino de Dios, que significa profunda armonía y hace un paralelismo entre el Reino de los cielos y la Iglesia. A fin de mantener esta unidad, recomienda la participación conjunta en el altar eucarístico, a través del cual se realiza la unión con Dios a través de Cristo. Y dice que la asamblea cristiana es “como un altar” en torno a Jesucristo (Magn. 7,2).
2. Con el fin de verificar la autenticidad de la ofrenda litúrgica, San Ignacio sostiene que la autoridad de la jerarquía está realizada a imagen de la autoridad celestial.
3. Pero para San Ignacio, la unidad de la iglesia no significa un autoritarismo administrativo, sino que tiene implicaciones cristológicas: la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, el Hijo encarnado de Dios y eso significa que el deseo de esta unidad supone el reconocimiento de la unidad divina.

La Iglesia es una comunidad claramente definida, que consiste en la unión entre los ministros y los creyentes. San Ignacio no quiere crear una línea de demarcación entre estas dos categorías, que metafóricamente se asemeja con la guitarra y el coro, cantando “en la armonía de la comprensión” de Dios a través de Cristo, que es la música (Efesios, 4,1). En el final de su última carta (a Policarpo), San Ignacio ve la Iglesia como un cuerpo en el que están todos juntos: “trabajando el uno con el otro, luchando juntos, corriendo juntos, sufriendo juntos, soñando y despertándose como siervos de Dios” (Polic. 6,1).

La festividad de San Ignacio en la Iglesia

La Iglesia Ortodoxa de Oriente y la Iglesia Copta de Alejandría lo celebran el día 20 de diciembre. Su fiesta, es la última gran fiesta antes de la Navidad, o sea, que en Oriente, el día 20 de diciembre se ve como “la última parada antes del encuentro con Cristo Niño”. También se dice que es “la fiesta de proa de la Natividad de Nuestro Señor”. En Oriente también se celebra el día 29 de enero como el día del traslado de sus reliquias a Roma. La Iglesia Católica y la Iglesia Siria celebraban su fiesta el día 17 de octubre, pero con la reforma del Calendario Romano del año 1962, esta festividad se trasladó a hoy, día 1 de febrero.

Vista del presbiterio de la Basílica de San Clemente, Roma (Italia=

Tropario ortodoxo (himno) que se canta en el servicio litúrgico del 20 de diciembre

“Al compartir la actividad apostólica, se convirtió en un sucesor de su sede. A través de la práctica de la virtud encontró el camino a la contemplación divina; inspiró la unidad de Dios mediante la enseñanza de la palabra de la verdad, sin error y defendió la fe hasta el derramamiento de su sangre. Hieromártir Ignacio, ruega a Cristo que salve nuestras almas”.

Reliquias de San Ignacio

Las reliquias de San Ignacio están en la Iglesia de San Clemente, en Roma, desde el día 1 de febrero del año 637. También hay parte en la Basílica de San Pedro en el Vaticano. En la catedral de Galati (Rumania) hay una pequeña porción en un relicario:

http://www.edj.ro/index.php/decembrie-2010/2333-sfantul-ignatie-teoforul-prznuit-in-arhiepiscopia-dunrii-de-jos

En el monasterio Grigoriou del Monte Athos se conserva un antebrazo: http://www.trilulilu.ro/Dositeea/32a806e583b829

Mitrut

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