San Ildefonso, arzobispo de Toledo

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Lienzo del Santo obra del pintor manierista Domenikos Theotokopoulos, "El Greco". Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid (España).

Las principales fuentes disponibles sobre la vida de San Ildefonso de Toledo son el “Beati Ildephonsi elogium” de San Julián de Toledo, la “Vita vel gesta Sancti Ildephonsi sedis toletanae episcopi”, obra atribuida al obispo Cixila de Toledo y la “Vita Ildephonsi archiepiscopi toletani” escrita en el siglo XIII por Fray Rodrigo Manuel Cerratense.

San Ildefonso nació en Toledo, en el seno de una ilustre familia hispano-visigoda probablemente en el año 607 durante el reinado del rey Witerico, sintiendo desde pequeño una gran atracción por la vida religiosa. En la “Bibliotheca Hispana Vetus” se dice que era sobrino del obispo toledano Eugenio, que fue el que se preocupó de su educación, recibiendo una brillante formación literaria.

Siendo muy niño y contra la voluntad de sus padres, se fugó de la casa paterna, ingresando en el monasterio toledano de los Santos Cosme y Damián, monasterio que se conoce con el nombre de “Agaliense” y que estaba situado en los alrededores de la ciudad. San Ildefonso estuvo muy vinculado a este monasterio como él mismo lo cuenta al hablar del obispo San Eladio (quién le ordenó de diácono), con la pretensión de resaltar el papel privilegiado que le correspondía al mencionado monasterio.
Allí llevó una conducta ejemplar y por su virtud y dotes naturales fue elegido abad, promoviendo desde esa responsabilidad una gran fidelidad a la Regla y a la observancia de las costumbres monásticas. Con esa responsabilidad como abad asistió a los concilios VIII y IX de Toledo ya que su firma consta en las actas de dichos concilios pero, aunque sabemos que asistió al concilio X celebrado en el año 656, su firma no consta en las actas.

En el Concilio del año 656 propuso la institución de la festividad del 18 de diciembre en honor de la Santísima Virgen, siendo designada como la festividad de la espera del nacimiento de Cristo (recordad los finales de los artículos que publicamos el año pasado desde el día 17 al 24 de diciembre) “asimilándola” a aquella de la Encarnación del Hijo de Dios que se celebraba el día 25 de marzo. ¿Y por qué se hizo esto? Porque como el 25 de marzo coincidía con el período penitencial de la Cuaresma o con el de la alegría de la Resurrección, no se consideraba oportuno celebrar en ese tiempo ninguna otra festividad.

El fue el redactor del canon primero del X concilio de Toledo en el que se fija la fiesta de la Encarnación el día 25 de marzo, el de Santa Maria de la Expectación el día 18 de diciembre como dijimos antes y la Navidad, el 25 de diciembre. A él se atribuyen parte de los textos usados en las liturgias de la Expectación y de la Navidad en el rito hispano-mozárabe, tanto en el Oficio de las Horas como en la Santa Misa.
La festividad del 18 de diciembre tuvo en España una gran resonancia y se piensa con fundamento en el hecho de que si en España a Nuestra Señora se la denomina vulgarmente como la “Virgen”, es debido a que la teología mariana de San Ildefonso caló de inmediato en el pueblo hispano.

Lienzo del Santo por el pintor manierista Domenikos Theotokopoulos "El Greco". Santuario de Ntra. Sra. de la Caridad, Illescas (Toledo, España).

Con el dinero de su herencia, posiblemente en el año 650, fundó un monasterio femenino en “deibiensi villula”, monasterio que no ha sido identificado.
Los textos biográficos lo presentan como persona de grandes recursos, de carácter enérgico y de una inteligencia preclara, por lo que siendo solo un simple diácono, fue elegido arzobispo de Toledo después de la muerte del obispo San Eugenio II en el año 657. Su episcopado no fue nada fácil, pues fue obligado por el rey Recesvinto a aceptar esta responsabilidad, por lo que tuvo que soportar numerosas dificultades surgidas durante este reinado sobre todo a causa de la inmoralidad, dificultades que llegaron incluso a interrumpir la celebración de concilios entre los años 656 al 676. Su lucha contra la depravación de los nobles e incluso del mismo rey le ocasionó la enemistad real provocándole como él mismo dice en alguno de sus escritos, dificultades y angustias. En una carta que le escribe a Quirico, obispo de Barcelona, se lamenta de dichas dificultades que incluso le impidieron acabar algunos de sus escritos.

Pero aun así, fue un excelente escritor. Estas son algunas de sus obras: “De viris illustribus”, “Liber prosopopeiae imbecillitatis propriae”, “Libellus de virginitate sanctae Mariae contra tres infideles”, “Opusculum de proprietate personarum Patris et Filii et Spiritus Sancti”, “Opusculum annotationis in sacris”, “Liber unus de cognitione baptismi” y algunos otros que no mencionaremos para no alargar el artículo. No olvidemos las numerosas cartas escritas a otras personas, los sermones, los himnos litúrgicos e incluso los numerosos textos de Misas en el rito mozárabe. De todos modos, las obras de San Ildefonso son fáciles de encontrar y vale la pena leer al menos algunos de estos textos.

El “Libellus de virginitate sanctae Mariae contra tres infideles” le ha dado una cierta fama de mariólogo. Es posiblemente su obra principal, exquisita, por la que Lope de Vega le llamó el “capellán de la Virgen”. Expresiones como: “No quiero que alegues que la pureza de nuestra Virgen ha sido corrompida en el parto, no quiero que rompas su virginidad por la salida del que nace, no quiero que a la Virgen la prives del título de madre, no quiero que a la madre la prives de la plenitud de la gloria virginal” nos indica de manera fehaciente cual era la doctrina que San Ildefonso defendía con respecto a Nuestra Señora.
Ya San Jerónimo había escrito contra estos tres herejes que negaban la virginidad de María y que Cristo es Dios y el hecho de que San Ildefonso escriba sobre el mismo tema dos siglos más tarde, hace pensar que esas posiciones heréticas aun tenían cierta influencia. También San Isidoro de Sevilla usa un estilo apasionado cuando habla también sobre estos temas.

Existen otros textos que nos indica que San Ildefonso no era solo un profundo devoto de la Virgen sino también un defensor del uso de los sacramentos, cosa no muy difundida en su época. El era partidario de la comunión diaria: “Pedimos en esta oración del padrenuestro que este pan, el mismo Cristo, se nos dé cada día” y de la validez del sacramento del bautismo aunque el ministro fuese un hereje aunque aclarando que en la fórmula sacramental no podía excluirse el nombre de ninguna de las tres Divinas Personas.

Imposición de la casulla al Santo. Grupo escultórico de Diego de Siloé. Catedral de Toledo, España.

Como refiere uno de sus primeros biógrafos, en uno de los últimos años de su vida, en la vigilia de la fiesta del 18 de diciembre de la que antes hemos hablado, o sea, la noche del día 17, mientras San Ildefonso, el clero y el pueblo iban en procesión hacia la catedral para realizar el canto de los Maitines, al llegar al templo, se lo encontraron iluminado por una luz celestial. Todos se llenaron de un santo temor (hoy lo diríamos de otra manera más vulgar), pero Ildefonso, adelantándose, vio a la Madre de Dios que estaba sentada sobre su cátedra episcopal y que estaba rodeada de ángeles y de vírgenes. Le hizo señas para que se acercara y le habló dulcemente y en agradecimiento le impuso una casulla para que la usara al día siguiente, que era su festividad.
La narración de este hecho milagroso entró a formar parte de algunas obras medievales, por lo que desde entonces, el nombre de San Ildefonso está indisolublemente unido a la Santísima Virgen. ¿Quién no ha visto alguna vez en su vida una foto de una pintura de este milagro?

De él se comenta también otro hecho milagroso relacionado con Santa Leocadia. La santa se le apareció a Ildefonso indicándole el lugar donde estaba sepultada y dejándole como recuerdo un trozo de su velo. San Ildefonso murió el día 23 de enero del año 667 y fue sepultado en la basílica de Santa Leocadia donde permaneció durante un siglo. En la segunda mitad del siglo VIII, a causa de la invasión y persecución de Abd-er-Rahman I, sus restos fueron trasladados a Zamora donde permanecen en la iglesia de San Pedro junto con los restos del obispo zamorano San Atilano.
Su fiesta la conmemoramos el día 23 de enero. Así consta en el Martirologio Romano.

Procesión de la urna de las reliquias del Santo en Illescas el año 2010.

Iconográficamente ha sido muy representado especialmente en España y en las tierras de Flandes. Una de las imágenes más elocuente y que representa con mayor evidencia el carácter del santo fue pintada por el Greco en Toledo en el siglo XVI. Lo pinta de pie, revestido con los ornamentos episcopales, con mitra y un libro en sus manos.
En la Sala Capitular de la Catedral de Toledo se encuentran unos frescos de Juan de Borgogna (siglo XVI) en los que aparece la investidura del santo por parte de la Virgen.
En la catedral de Zamora se encuentra un cuadro de Fernando Gallego (siglo XV) en el que también está representado el acto de la investidura y el episodio del velo de Santa Leocadia. Podríamos añadir otras representaciones iconográficas que se encuentran en Madrid, Sevilla, Roma, Bruselas, Viena y otras ciudades, pero como este no es mi tema, aquí nos quedamos.

Antonio Barrero

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