Santa Irene, la mártir

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Tapiz ortodoxo rumano de la Santa.

Hay varias Santas llamadas Irene en el calendario. Una de ellas fue la emperatriz de Constantinopla, la viuda de León VI, que colaboró con la organización del séptimo Concilio de Nicea, donde se estableció la canonicidad de la veneración de los iconos, los Santos, las reliquias y los restos de los Santos.

Otra Santa Irene fue una virgen santa que murió como mártir en una ciudad en algún lugar de los extremos del Imperio Romano, quizá incluso en Persia, a inicios de un siglo no determinado. No hay informes sobre esta santa mártir hasta el Menologio bizantino de Basilio II (s.X), que consiste en una abreviada obra sobre las vidas de los santos del año completo, cuya historia seguiremos aquí.

Santa Irene era la hija de un líder local llamado Licinio (no debe confundirse con el emperador Licinio, perseguidor que gobernó desde 308 hasta 324 junto al emperador Constantino). Debido a su belleza, el padre la encerró en una torre junto a algunos sirvientes. Fue convertida a la fe cristiana por San Timoteo, el discípulo de San Pablo, y este hecho la sitúa probablemente a finales del s. I e inicio del s.II. Irene entró en conflicto con su padre cuando destruyó sus dioses de piedra, cosa que lo hizo enfurecer y querer matarla. Ordenó a sus sirvientes que la ataran y que fuera pisoteada por caballos salvajes, pero el lugar de eso un caballo le mordió y murió. Después de la oración de Irene, él resucitó y se arrepintió. El Menologio afirma que tanto Licinio como su esposa se convirtieron junto a un gran grupo de santos (unos 3000). Tras ello, el nuevo gobernador, llamado Ampeliano, intentó convencerla de que renunciase a su fe y finalmente la decapitó. No hay más información sobre su vida o martirio en este Sinaxario.

Otra Vita, encontrada en algunos manuscritos occidentales, nos da mayor información. El Codex Ottoboniano 22 es el más extenso. Aquí descubrimos que ella vivió en una ciudad llamada Magedón, probablemente en Persia donde su padre era gobernador, y su nombre antes de la conversión era Penélope. En esta historia Ampeliano es el nombre de su tutor y maestro, quien la estuvo enseñando durante seis años, cuando ella tuvo una visión. A la torre donde estaban encerrados acudió una paloma llevando una ramita de olivo que dejó sobre la mesa; después de ello vino un águila llevando una corona de flores; y finalmente un cuervo, que dejó caer una serpiente en la mesa. Ampeliano interpretó estos símbolos así: la paloma representa la pureza ascética, y la rama de olivo es el sello del bautismo. El águila simboliza la victoria, y el cuervo que trajo la serpiente simboliza conflicto y sufrimiento.

Icono ortodoxo griego de la Santa.

Después de esto vino San Timoteo y la bautizó, y la historia prosigue como ya sabemos. Después de la conversión, su padre y su madre se convirtieron y se bautizaron a sí mismos, pero también renunciaron a su estatus social y vivieron en esa torre. En lugar de Licinio llegó un gobernador llamado Sedecio, que obligó a Irene a sacrificar a los dioses locales, y tras su negativa, fue lanzada en una cueva llena de serpientes, a las cuales sobrevivió. El Sinaxario sigue el texto anterior y hace referencia a una segunda masiva conversión tras este milagro (esta vez, sobre ocho mil personas). Irene sobrevivió a Sedecio, quien fue reemplazado por Sapor, su hijo, también perseguidor. Ella sufrió bajo su mandato, pero no dejó de predicar el Evangelio en otras ciudades: Magedón, su hogar; Calinicón, Constantina y Mesembria, que los manuscristos medievales occidentales añaden.

En cada una de estas ciudades ella sufrió torturas, pero sobrevivió milagrosamente, convirtió una y otra vez a muchas personas a la fe cristianas, al parecer con los milagros que se manifestaban en ella. En Calinicón ella sufrió a causa de un gobernador llamado Numenau. Poco después, ella fue llevada a juicio ante Sapor (esta vez, aparentemente él ya era emperador), quien ordenó que la mataran en Mesembria. En un Sinaxario rumano está escrito que fue matada por Sapor y poco después resucitó. Este extraño milagro convenció incluso al emperador que tenía que aceptar el cristianismo. Extrañamente, poco después ella se tumbó en un ataúd y antes de morir pidió a su tutor Ampeliano que la encerrara allí dentro. Tras cuatro días abrió el ataúd, pero su cuerpo ya no estaba allí. Tradicionalmente se asume que el autor de su vida fue el mismo Ampeliano.

Algunos problemas con la extraña biografía:
El motivo hagiográfico de la desaparición del cuerpo ocurre a menudo con los Santos que hicieron muchos milagros. Haré constar aquí que también el cuerpo de la Santísima Virgen María había desaparecido de su ataúd cuando Santo Tomás regresó de la India y quiso verla una última vez.
Lo mismo ocurre con San Simeón de Emessa, el “loco por Cristo” (s.VII) y con San Andrés de Constantinopla, también loco por Cristo (ss.X-XI). Esta extraña desaparición del cuerpo puede ser signo de santidad, de modo que Dios los lleva también en cuerpo al Paraíso, aunque esto es sólo una conclusión personal.

Un cambio muy extraño se aprecia en la vida eslava de la Santa. Magedón se transforma en “Macedonia”, de modo que la Santa no vivió en el lejano Este, sino en la península balcánica. Así las cosas, Licinio es el mismo emperador Licinio del siglo III. Además, la ya mencionada Mesembria, ciudad en la que ella predicó, es la actual ciudad búlgara de Nessebar, a orillas del Mar Negro. El problema de su conversión por San Timoteo (mitad del siglo I) choca con el reinado de su padre a finales del siglo III. También el rey Sapor (Shappur) de Persia reinó entre 240 y 272, situando a la santa muy posteriormente a la misión de San Timoteo, discípulo de San Pablo apóstol.

Vista del altar-relicario de Santa Irene en Lecce, Italia.

Estas incompatibilidades históricas aconsejan una interpretación moderada de la vida de Santa Irene. Yo creería la primera versión corta de su vida como la más creíble, donde no se menciona ninguna visión y tampoco nada de los posteriores perseguidores de la Santa.
La tentación de decir que la historia entera es una leyenda, quizá una personificación de la Paz (en griego, Irene) es muy grande, pero yo no iría tan lejos como para pensar es todo un invento.

Santa Irene en Lecce
En la tradición occidental hay una historia más que no se relaciona con las precedentes. En ella, Irene, también hija de Licinio, es celebrada en Lecce (Italia) el 5 de mayo. Su culto tiene gran popularidad en esta ciudad.

Celebración de Santa Irene
Ya desde el s.V hubo dos iglesias dedicadas a Santa Irene en Constantinopla, una en Pera, reconstruida por el emperador Marciano aproximadamente en 450; y otra en Sykae, restaurada por Justiniano en el siglo VI, tras la rebelión Nikka. Esta última fue seguramente construida en honor a Santa Irene, pero en el sentido de Irene-Paz; del mismo modo que la catedral de Santa Sofía no fue construida en honor a una Santa con este nombre, sino en honor a la Sabiduría (Sofía) de Dios. La iglesia de Santa Irene de Sykae existe todavía.

En el primer Sinaxario bizantino mencionado, la celebración de Santa Irene se hace el 4 de mayo, aunque los manuscritos posteriores trasladaron su fiesta al día 5. En Occidente la fiesta de Santa Irene se celebra el 5 de mayo.
Santa Irene fue la santa patrona de Lecce hasta 1656, cuando fue sustituida por San Oroncio de Lecce, mártir del siglo I, por su atribución en la curación de una plaga en esta región del sur de Italia.

Vista exterior de la iglesia bizantina de Santa Irene en Estambul, Turquía.

Troparion (himno) de la Santa
Cristo nuestro Dios te ha llamado Irene, porque tú concedes la paz a aquellos que acuden a tu iglesia con himnos. Intercede por todos ante la Trinidad creadora de Luz. ¡Juntos celebramos tu memoria y exaltamos a Dios que te ha glorificado!

Mitrut Popoiu

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Santas Ágape, Quione e Irene, hermanas mártires de Tesalónica

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Santas vírgenes mártires Ágape, Quione e Irene. Icono ortodoxo griego popular.

Las mártires de las que hablaré en el artículo de hoy, día de su fiesta, presentan un gran problema y controversia de identificación. Mejor dicho, lo presenta tan sólo una de ellas, Irene, la menor de las tres hermanas; que ha experimentado un fenómeno de culto y devoción tan grande que ha llegado a desdoblarse en una mártir del mismo nombre, separada de sus hermanas, hasta tal punto de que da la impresión de tratarse de otra Santa diferente. Voy a tratar de explicar este fenómeno de la forma más sencilla posible y sin complicar lo que ya está complicado de entrada.

Hablamos de tres hermanas cristianas llamadas Ágape, Quione e Irene, que padecieron el martirio en el año 304, en tiempos de Diocleciano. Las Actas auténticas de estas mártires se conservan (gracias a Dios) procediendo de un misal griego de la abadía de Grottaferrata que actualmente se conserva en el Vaticano (Ms. Vaticano 1660), estudiado y publicado por Pio Franchi de’Cavalieri. De este texto hay una traducción latina hecha por el cardenal Sirleto (s.XVI) y publicada por el cardenal Baronio. La autenticidad de esta traducción ha sido reconocida por Ruinart, Tillemont, Allan, Knopf y Krüger que las reproducirían junto con el original griego.

Según estas Actas griegas, estas tres mártires, probablemente hermanas, eran hijas de un padre pagano y huyeron de casa para refugiarse en el monte al anunciarse la persecución, con tal de salvar determinados documentos, probablemente relacionados con la fe cristiana. Los ocultaron allí y al regresar a Tesalónica, fueron detenidas y llevadas ante el gobernador Dulcicio, acusadas de haberse negado a comer alimentos ofrecidos a los dioses.[1] El texto describe con fidelidad el interrogatorio, pero no lo reproduciré aquí por no alargar innecesariamente el artículo. Baste decir que Dulcicio quiso obligarlas a apostatar y ellas se negaron diciendo: “Creemos en el Dios vivo y no vamos a traicionar nuestras conciencias”, “No podemos hacernos esclavas de Satanás”. Con lo cual, no pudiendo sacar nada de ellas, mandó quemar vivas a Ágape y a Quione, y tras reservar a Irene durante un tiempo para tratar de vencerla, la mandó quemar viva también, aunque otras versiones dicen que se escapó y que la abatieron de un flechazo.

Sin embargo, el lío empieza porque existe una passio latina absolutamente fantasiosa, hecha sobre la base de una simple coincidencia con la passio de Santa Anastasia de Sirmio; que puede leerse en el Acta Sanctorum. Esta passio consta de tres procesos que fueron asociados y confundidos por un hagiógrafo anónimo muy posterior. Este se contradice en más de una ocasión y lo hace negligentemente cuando relata los procesos: ignora cualquier noticia anterior o posterior a los interrogatorios de las mártires añadiendo algunos detalles particularmente increíbles. Las contradicciones más evidentes es la ignorancia del nombre mismo del emperador bajo el cual padecieron el martirio así como el lugar donde fueron capturadas. Las nombra con el genérico de “mujeres” sin especificar si eran vírgenes. En realidad sólo se puede decir que si las tres vivían con su padre era porque no estaban casadas.

La fe de Ágape, Quione e Irene. Lienzo contemporáneo de la artista rusa Ekaterina Prokopieva basada en la passio latina.

¿Qué dice esta passio? Que las tres hermanas acompañaron en la prisión a Santa Anastasia, de la que ya hemos hablado anteriormente; que la ayudaron a rescatar el cuerpo del mártir Crisógono, y que fueron martirizadas antes que ella; pero ella recuperó sus restos y les dio digna sepultura. Lo dicho; es fantasiosa y además no existe ninguna conexión ni asociación entre ellas y la mártir de Sirmio.

En cuanto a la ubicación temporal del martirio, tenemos el tradicional baile de fechas: según las Actas griegas, las tres fueron martirizadas juntas el día 1 de abril (pero… ¿no dicen estas mismas Actas que Irene vivió un tiempo más antes de ser martirizada?); según un martirologio siríaco del año 411, lo fueron el día 2 del mes de Nisan (alrededor del 2 de abril). El Martirologio Jeronimiano las menciona los días 1 y 5 de abril y el Martirologio Romano, el día 3 de abril.
Los sinaxarios griegos las conmemoran el 16 de abril y el 22 de diciembre. La Iglesia georgiana la menciona el 5 de abril y el Calendario palestino-georgiano del Sinaítico 34 (del siglo X), el día 1 de abril. En fin, cogeos la fecha que más os guste. Yo he elegido la del 22 de diciembre, o sea, hoy.

Pero el lío todavía se iba a enmarañar más, porque en el siglo X, una monja llamada Rosvita tuvo la ocurrencia de escribir una comedia titulada Dulcitius basándose en la legendaria passio latina. Esta obra, no carente de cierta polémica, fue escrita con la intención de atacar las mundanas costumbres de las mujeres del teatro pagano y exaltar la virtud de la castidad. Así, convierte al gobernador Dulcicio en un borracho pendenciero que, aprovechando el viaje de Aquileya a Macedonia que ya conocemos por la passio de Santa Anastasia, intentó entrar en la celda de las tres hermanas para violarlas, pero estaba tan borracho que por error se metió en la cocina y empezó a besar y a abrazar las ollas y cacerolas, creyendo que eran las Santas, hasta que se quemó la cara y de destrozó las ropas (!!!!!!). A continuación el relato se solidariza con las tres vírgenes y narra con gozo su cruel final y la conservación de su virginidad. En fin, un delirio absoluto de una religiosa con mucha imaginación.

Portada de la comedia "Dulcitius" de la religiosa Rosvita, donde aparecen las tres mártires en la hoguera.

En fin, hasta aquí lo que se ha dicho de las tres hermanas mártires como grupo en sí. Pero ¡atención!, que todavía no hemos terminado de rizar el rizo. Existe un gran culto a la menor de las tres hermanas, Irene, especialmente en el mundo oriental ortodoxo. Aquí, la figura de esta hermana menor se ha separado de sus hermanas y ha adquirido tal protagonismo por sí sola, que incluso se ha desdoblado en lo que parece una mártir aparte; y así, nuestros hermanos ortodoxos veneran por un lado a Santa Irene, hermana de Ágape y Quione; y por el otro a Santa Irene la Gran Mártir de Tesalónica, creyendo que son dos Santas distintas cuando, en realidad, se trata de la misma.

La tradición ortodoxa ha elaborado una leyenda totalmente distinta para esta “otra” Irene: según ésta, se llamaba Penélope, vivió en el siglo IV y era hija del sátrapa Licinio, gobernador de Magedon, defensor de los antiguos cultos persas. De niña fue criada por una niñera de nombre Karia, pero a los seis-ocho años, la encerró en una torre [2] y la puso bajo la tutela de un anciano maestro llamado Apeliano, que era cristiano en secreto. Naturalmente, al llegar a la adolescencia se pensó en casarla, pero Apeliano andaba buscando la manera de convencerla de mantener la virginidad. Así que un día que Penélope tuvo una curiosa visión (por una ventana de la torre entró una paloma llevando una rama de olivo en el pico que le dejó encima de la mesa; a continuación entró un águila llevando una corona de flores, que también le dejó; y finalmente entró un cuervo que le dejó una serpiente), Apeliano muy hábilmente lo interpretó diciéndole las tres aves representaban sus virtudes y su destino: la conservación de la virginidad, la conversión y bautismo a la fe de Cristo, y finalmente, su persecución y martirio. Penélope, convencida, se bautizó y adoptó el nombre de Irene.

Con el tiempo, Licinio descubrió que su hija había roto todos los ídolos paganos que antes adornaban su torre.[3] Furioso, montó en cólera y mandó que la ataran desnuda a la cola de dos caballos y la arrastraran así por toda la ciudad. No se cumplió este cruel suplicio porque uno de los caballos se encabritó y coceó a Licinio, dejándolo malherido, e Irene corrió a socorrerlo y tocándolo, lo curó milagrosamente. El padre se ablandó entonces y la dejó marchar, convertiéndose él y su esposa al cristianismo mientras Irene, acompañada de Apeliano, salía a predicar por los caminos de Persia.

Pero volvería a ser perseguida en dos ocasiones por los dos siguientes gobernadores, Sedeciano y su hijo Sapor. El primero mandó tirarla dentro de un pozo lleno de serpientes y escorpiones, trocearla con una sierra y atarla a una rueda bajo una cascada para atormentarla con el peso del agua. A todo ello sobrevivió con ayuda divina (¡!!!!). A la muerte de Sedeciano, su hijo Sapor mandó volverla a apresar –pues ella seguía predicando el Evangelio junto con Apeliano- y nuevamente la torturaron: le desgarraron la carne con uñas y garfios de hierro, la ensillaron como si fuese una mula y, cargada con sacos de arena, le hicieron correr dando vueltas a la ciudad mientras la espoleaban con vergajos (¡!!!!!). Pero tuvo que ser finalmente liberada porque la gente se indignó contra el trato que le estaban dando (¿y quién no?) y Sapor quería evitar una sedición en la ciudad.

Icono ortodoxo americano de la Santa. Iglesia Ortodoxa de la Santa Dormición, Cumberland (Estados Unidos).

Todavía le quedaba mucho por pasar a esta apóstol mártir de tenía fama de ser fuerte como varón y de no temer al tormento ni a la muerte. Estando predicando en la ciudad de Calípolis, su gobernador, Numeriano, mandó detenerla y meterla dentro de un buey de bronce ardiendo al rojo vivo, pero sobrevivió y tuvo que soltarla (¡!!). Y en Constantina la pusieron sobre una parrilla ardiendo con idénticos resultados. Finalmente lograron matarla en Tracia, pero ella resucitó (toma ya!!!) y escapó con Apeliano a Éfeso, donde por fin, mandó cavar su tumba y allí se tendió, muriendo en el año 315 y siendo sepultada por su fiel mentor. Sin embargo, cuando sus discípulos quisieron desenterrarla para venerar sus reliquias, el cuerpo había desaparecido (sí que era escurridiza, la chica). En fin, que para disparates estamos servidos y, con todo mi respeto a mis hermanos ortodoxos que con tanto amor la veneran, esta leyenda no hay por dónde cogerla. Mientras que en ella vemos que resucitó y al final murió de muerte natural y aún se escabulló de su propia tumba, el Menologio del emperador Basilio II afirma que fue decapitada por un tal Saproniano, pretor de Merembria; mientras que en Occidente se narra que fue quemada viva en Tesalónica (como la Irene, hermana de Ágape y Quione que en realidad es).

Y aún existe otro grupo de mártires formado por los santos Ireneo, Peregrino e Irene, mártires de Tesalónica y que Baronio introdujo en el Martirologio Romano el día 5 de mayo: “En Tesalónica, Ireneo, Peregrino e Irene martirizados en la hoguera”. Este es un grupo ficticio que también aparece en el Martirologio Jeronimiano el mismo día y del cual lo copió Baronio. Peregrino no es otro que el obispo de Auxerre, que en realidad se conmemora el 16 de mayo. En cuando a Ireneo se trata sin duda de una mala traducción de Irene, que es en realidad la mártir venerada con Agape y Quione y que la leyenda hace hija del rey Licinio de Mageda, que los griegos casualmente también la veneran el 5 de mayo como al grupo ficticio formado por los tres mencionados arriba.

En resumen: Santa Irene de Tesalónica, la Gran Mártir venerada por nuestros hermanos ortodoxos, no es otra que Irene, la hermana menor de las también mártires Ágape y Quione; que ha sufrido un desdoblamiento legendario debido al inmenso culto que se le tributa en Oriente. Si bien no existen dudas para admitir la autenticidad de las tres hermanas y de sus actas griegas, bien contrastadas; no cabe prestarle la menor atención a los desdoblamientos posteriores y menos a la comedia de Rosvita, salvo para pasar un buen rato.

Presunto cráneo de la Santa venerado en la Iglesia Ortodoxa de San Basilio, Missouri (EEUU). Donación de las Hermanas de San José a la Iglesia Ortodoxa.

Con todo, no es justo echar únicamente las culpas a nuestros hermanos ortodoxos, pues Santa Irene, por sí sola, goza de gran culto y veneración en el sur de Italia, especialmente en Lecce; y no está nunca muy claro si se está venerando a la menor de las hermanas o a la “otra” Irene.

En cuanto a las reliquias; el mismo “cachondeo”: existen fragmentos del cráneo de Santa Irene en Jerusalén, monasterio de Kato Xenia en Kalavrita (Grecia), Missouri (EEUU), Monte Athos (Grecia) y Patras, también en Grecia, pero si los juntamos, nos sale más de una cabeza. Por no hablar de las reliquias veneradas en la zona de Lecce, Italia. La polémica está servida.

Meldelen


[1] En la cultura griega, al igual que la romana, era costumbre consumir parte de los alimentos ofrecidos a la divinidad en sacrificio (frutos, carne…). La negativa a consumirlos era un desprecio al rito y a la divinidad misma y delataba a creyentes de otros cultos, especialmente a judíos y cristianos.
[2] Nótese una vez más, el detalle del encierro de la torre, que se repite en las passio de Santa Bárbara y Santa Cristina de Bolsena.
[3] Nuevamente, el mismo detalle copiado de las passio de Santa Bárbara y Santa Cristina.

O Rex Géntium,
Et desiderátus eárum,
Lapisque anguláris qui facis útraque unum:
Veni
Et salva hóminem,
Quem de limo formásti.
Oh Rey de las naciones,
Y esperado por los pueblos,
Piedra angular que haces de los dos pueblos uno solo,
Ven
Y salva al hombre,
Que hiciste del barro de la tierra.

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