San Isidoro, arzobispo de Sevilla

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Óleo del Santo por Bartolomé Esteban Murillo (1655). Catedral de Sevilla (España).

Los breviarios más antiguos dicen que su familia provenía de Cartagena y que eran de “noble estirpe hispanorromana”. Su padre, que se llamaba Severiano, marchó a Sevilla en el año 554 llevándose con él a su esposa, de la que no se conoce el nombre. Es verdad que su hijo Leandro, en una carta que envía a su hermana Florentina, llama a su madre Tortora, pero muy probablemente Leandro se estaba refiriendo a una anciana sirvienta de la familia, que era como una madre para ellos, porque Tortora fue luego abadesa del monasterio donde ingresó Florentina.

A Sevilla, con sus padres se van tres hermanos: San Leandro, arzobispo de Sevilla; San Fulgencio, obispo de Écija y Santa Florentina, monja; e Isidoro, que era el menor de los cuatro, muy probablemente nació en Sevilla entre los años 560-570, ya que cuando murieron sus padres, Isidoro era sólo un niño. Leandro se constituye en cabeza de familia y de la carta que escribe a Florentina se deduce que se encargó de la educación de su hermano más pequeño, o sea, Isidoro. Bajo la dirección de Leandro, recibió una buena formación humana y literaria. Para comprender el proceso de esta educación hay que recurrir a los estudios sobre las escuelas episcopales y monásticas de la España visigoda de la segunda mitad del siglo VI, aunque faltan documentos sobre cómo él frecuentó estas escuelas: hay poca información, pero es muy posible que frecuentara una escuela monástica. En sus primeras biografías, escritas en el siglo XIII, estas lagunas históricas las rellenan contando leyendas.

En todo caso, Isidoro es el escritor más leído y admirado de toda la Alta Edad Media y es el heredero de toda una tradición literaria muy floreciente en el sur de la Península Ibérica desde la época de los romanos. Se le conoce más por sus libros que por hechos que realizó en vida. En la Europa de la época se le reconoce como maestro y en todos los monasterios se transcribieron sus obras por lo que han llegado hasta nuestros días gran cantidad de códices con ellas; muchísimas más que de ningún otro autor de la Edad Media.

Un discípulo predilecto de San Isidoro fue San Braulio obispo de Zaragoza, que era un bibliógrafo escrupuloso y apasionado admirador de su maestro. San Braulio dejó una descripción de todas las obras de San Isidoro es un escrito suyo llamado “Renotatio” o “Praenotatio”. Es casi cierto que en esta obra de San Braulio se encuentra la relación completa de los escritos de San Isidoro, anotándolos según un preciso valor cronológico. Este texto de San Braulio da una idea completa de la producción literaria de Isidoro:

El Santo escribiendo. Miniatura del Bestiario de Aberdeen, Escocia (s. XI).

Proemiorum librum unum (sobre las Sagradas Escrituras), “De ortu et obitu Patrum librum unum” (de Patrística), “Officiorum libros duos” (escritos a su hermano Fulgencio), “Synonymorum libros duos” (sobre el consuelo del alma y la esperanza), “De natura rerum ad Sisebutum regem” (de Eclesiología y filosofía), “De numeris librum unum” (de aritmética y Sagradas Escrituras), “De haeresibus” (sobre los herejes), “Sententiarum libros tres” (sobre las doctrinas morales del Papa Gregorio), “Chronicorum” (historia), “Contra indeos” (escrito a su hermana Florentina sobre la fe católica), “De viris illustribus librum unum” (habla de ciertos personajes), “Monastiae regulae librum unum” (enseñanzas morales), “De origine gothorum et regno suevorum et etiam vandalorum historiam” (libro histórico sobre los godos, los suevos y los vándalos), “Etymologiarum codices” (sus célebres Etimologías)  y otros más, ya que no quiero hacer demasiado pesada la enumeración de todas sus obras. También nos han llegado algunas cartas suyas: unas son auténticas, pero otras son “apocrifas”. Las auténticas son: cinco cartas dirigidas a San Braulio, una carta dedicada al rey Sisebuto, otra al obispo Landefredo, otra más a Masson obispo de Mérida, otra a Eladio obispo de Toledo y aun una última dedicada a un obispo llamado Eugenio, pero no el de Toledo. De los otros escritos atribuidos a él existen dudas razonables sobre su autoría.

Todos los estudiosos admiten que Isidoro fue un escritor excepcional, que nos transmitió a las demás generaciones la cultura antigua. En la Edad Media, hasta el siglo XII, se le consideraba como un nuevo Salomón, restaurador de la sabiduría humana. Actualmente el método de trabajo de San Isidoro ha sido muy discutido e incluso, algunos lo han criticado duramente. Un estudio científico cuidadoso de toda su obra tiende a revalorizarla. Fontaine, gran conocedor de los escritos de San Isidoro ya que toda su vida la dedicó a investigar su obra, recomienda estudiarla en su conjunto “porque sólo de esta forma se le puede comprender”.

He escrito someramente sobre la obra de San Isidoro, ya que de su actividad pastoral se conoce más bien poco a pesar de que en sus obras habla de los deberes de un obispo. En el tercer libro de “Las Sentencias”, afirma que “el programa de un obispo comienza con la abnegación de sí mismo y con la humildad y continúa con llevar una vida íntegra, de verdad cristiana, de buen ejemplo. Un obispo tiene que tener con su rebaño la misma solicitud que tiene el Buen Pastor con el suyo, cuidando una a una sus ovejas, la misma solicitud que debe tener un médico con sus pacientes”.

El Santo como maestro de sabios. Miniatura de un manuscrito del s. XI.

Como metropolita de la región bética, pues era arzobispo de Sevilla, preside el II Concilio provincial de Sevilla y el IV Concilio nacional de Toledo. En el primero, en el 619, fueron resueltos algunos problemas relativos a las circunscripciones eclesiásticas. Este fue un tema que se trató por primera vez en un concilio hispano. También se trató sobre la disciplina de los sacramentos. En este Concilio de Sevilla se consiguió convertir y hacerlo abjurar de su herejía a un obispo sin diócesis, de origen sirio, que negaba que en Cristo había dos naturalezas: la Divina y la Humana.

El IV Concilio de Toledo, que también fue presidido por San Isidoro, se reunió en el 633, en tiempos del rey Sisenando. Isidoro le dio a las Actas de este concilio la impronta de su espiritualidad y de su ciencia. Ante todo se aceptó el Símbolo de la Fe, el Credo, en el cual Isidoro concretó su teología trinitaria y cristológica. Para la Iglesia Visigoda fue muy importante el Canon II en el que declara la unidad litúrgica en todo el reino visigodo de Sisenando (el Rito Mozárabe). En el Canon III se fijan las normas para la convocatoria de otros concilios nacionales. En el Canon IV se establece el protocolo en un pequeño opúsculo titulado: “Ordo de celebrando concilio”. Este Canon es atribuido a él y en el se encuentra la oración “Adsumus”, que desde entonces tiene un puesto de honor en la liturgia de los sínodos y en los libros pontificales, incluso en el rito romano. Todas las Sesiones y Congregaciones del Concilio Vaticano II se iniciaron con esa oración.

¿Cómo murió San Isidoro? Nos lo relata un discípulo suyo, el diácono sevillano Redento, que estuvo presente en la muerte del santo. Es un texto precioso del que nadie pone en duda su autenticidad. Murió con unos ochenta años de edad y, según San Ildefonso de Toledo, siendo obispo cerca de cuarenta años. Redento dice: “Habiendo tenido el presentimiento de que se acercaba la hora de su muerte, se preparó realizando obras de caridad, distribuyendo entre los pobres todos sus bienes y haciendo penitencia pública. Acompañado del clero, del pueblo y de sus obispos auxiliares, hizo que lo llevaran al alba del 31 de marzo del año 636, que era día de Pascua, a la Iglesia de San Vicente mártir en Sevilla y en medio del coro recibió la absolución in extremis según el rito visigodo (mozárabe). Uno de los obispos lo revistió con un cilicio, otro le cubrió la cabeza con cenizas y en medio del llanto del pueblo, especialmente del inmenso gentío de pobres que le rodeaban, comenzó a declarar pública y humildemente sus culpas llorando al mismo tiempo. Recibida la absolución comulgó con las dos Especies Sacramentales y dio el beso de la paz a todos los presentes. Después fue llevado de nuevo a su habitación donde murió cuatro días después, el 4 de abril del año 636”.

Antigua urna para las reliquias del Santo. Colegiata de San Isidoro, León (España).

No se sabe absolutamente nada acerca de donde estuvo su primitiva sepultura. En el siglo XIII se creía que había sido enterrado en lo que hoy es Santiponce (en Itálica) a unos nueve kilómetros de Sevilla, en una iglesia fundada por él. A esa iglesia acudían los sevillanos el día de Pascua a rezar en lo que se creía que era su sepulcro, que ya en el siglo XIII estaba vacío. Existe otra tradición más antigua, del siglo VIII, que afirma que sus restos estaban junto a los de sus hermanos Leandro y Florentina. Fue más famoso por su ciencia que por su santidad. Fue extraordinario, sin nadie que le hiciese sombra durante muchos siglos.

Se sabe que en el año 1063 sus reliquias estaban en León y es a partir de entonces cuando se escriben numerosos panegíricos sobre su santidad y sobre sus milagros. Pero, ¿cómo explicar esta falta de culto durante varios siglos? Es conocido sobradamente que en la liturgia mozárabe se silenciaba, se daba poca importancia a los santos confesores en contraste con lo que se hacía con los santos mártires y esta puede ser sencillamente la explicación.

Sin embargo en los calendarios y martirologios de los siglos IX al XI ya se celebraba su memoria el día 4 de abril. Usuardo lo introdujo en su Martirologio y su nombre también se encuentra en las letanías del Psalterio de Carlomagno, que es del siglo IX. Aparece también en el Sacramentario de Senlis del siglo IX, en las letanías de Freising y Munstereifel, del siglo X, etc. Y en el norte España, antes del traslado de las reliquias a León ya había algunos monasterios dedicados a él. Sin embargo, en el Martirologio Romano no se incluyó su nombre hasta el siglo XVI. El 25 de abril de 1722, el Papa Inocencio XIII lo declaró Doctor de la Iglesia, aunque este título ya se lo había dado el VIII Concilio de Toledo, diecisiete años después de su muerte.

Actual urna con las reliquias del Santo. Colegiata de San Isidoro, León (España).

Como he dicho antes, a finales de 1063 sus restos fueron trasladados desde Sevilla hasta León, que era la capital más importante del norte de España. El relato del traslado de las reliquias ha llegado hasta nosotros en dos versiones distintas: un relato largo dividido en nueve lecciones (que se recitaban en el Oficio Divino del 22 de diciembre, fecha del traslado) y un relato más corto. En ellos se dice que el rey Fernando I y su mujer Sancha deseaban ampliar la iglesia leonesa de San Juan Bautista y dedicarla a mausoleo real. En el verano de 1063, las tropas del rey Fernando I llegaron hasta los dominios del Reino de Taifas de Sevilla.  Almotadid, para evitar la invasión de las tropas de Fernando le regaló las reliquias de Santa Justa. El rey de León envió como embajador a Sevilla a San Alvito (obispo de León) y a San Ordoño (obispo de Astorga). Durante la noche, San Isidoro se les apareció a ambos y les dijo que era voluntad de Dios que en vez de llevarse a León el cuerpo de Santa Justa, se llevasen el suyo y les comunicó cómo identificar su sepulcro.

El 21 de diciembre del 1063 a la nueva Basílica se le dio el nombre de San Isidoro y se hizo el traslado de los restos, que están ahora en una urna de plata en el altar mayor de la Colegiata. Con anterioridad, fueron puestos en otra urna, también de plata, que es uno de los mejores ejemplos del arte románico español. En ese templo, está el panteón real decorado con frescos del siglo XII. En ese siglo, un tal Lucas de Tuy, escribió su vida y la historia del traslado de las reliquias. Esta es una obra en la que se mezcla lo histórico con tradiciones y leyendas, a veces fantasiosas. Hoy son refutadas muchas de las noticias contadas en estos relatos.

Vista de la urna del Santo en el altar mayor de la Colegiata. San Isidoro de León (España).

Durante el Medievo fue venerado en León como un taumaturgo: se cuentan numerosos milagros atribuidos a su intercesión y su sepulcro fue meta de muchas peregrinaciones, junto con Compostela. También era considerado como un héroe que había protegido a las tropas del rey de León en la guerra contra los musulmanes. Por ejemplo, se cuenta que San Isidoro anunció al rey Alfonso VI la conquista de la ciudad de Toledo y que ayudó a Alfonso VII en la conquista de Baeza. Ayudó también a Fernando II a conquistar Ciudad Rodrigo, en Salamanca, a Alfonso IX a conquistar Mérida y a San Fernando III a conquistar Sevilla. Hay una tradición en León que dice que su cuerpo no pudo salir de la Colegiata porque cuando se quiso hacer en el año 1158, “tomó represalias” contra los leoneses. ¡Se encontraría allí muy a gusto!

En León, como el día 4 de abril casi siempre cae dentro de la Cuaresma, se celebra su fiesta el segundo domingo después de Pascua. Sobre su sepulcro está permanentemente expuesto el Santísimo Sacramento, el templo no se cierra nunca, ni de día ni de noche y es frecuentado a todas horas para hacer adoración al Santísimo.

Hemos usado como bibliografía el “Index scriptorum latinorum Medii Aevi hispanorum”, de M.C. Díaz y Díaz, editado en Madrid en 1959; “Bibliografía de San Isidoro”, de J. Madoz editado en  León en 1960; la “Colección de estudios sobre San Isidoro de Sevilla publicados con ocasión del XIV Centenario de su nacimiento”, obra de C. Díaz, así como las Obras del santo.

Antonio Barrero

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