La espiritualidad de San Jerónimo a través de su iconografía y su vida

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Apoteosis de San Jerónimo. Francisco de Zurbarán. Sacristía del Monasterio de Guadalupe.

Apoteosis de San Jerónimo. Francisco de Zurbarán. Sacristía del Monasterio de Guadalupe.

1. Introducción
A la hora de presentar la espiritualidad de san Jerónimo he decidido hacer un recorrido biográfico e introducir algunas obras iconográficas a fin de hacer una comparativa con fuentes de la realidad biográfica de dicha espiritualidad y lo que nos ha llegado a través del arte. No en vano, suele ocurrir que la imagen que tenemos de tal o cual santo se ve muy influenciada siempre por su iconografía, hasta el punto de no reflejar habitualmente con fidelidad su realidad histórica o su espiritualidad. En san Jerónimo, como luego comentaré en cada caso, destaca esto especialmente, con sucesos legendarios o con una veracidad biográfica nula en numerosas obras artísticas.

He de decir que otras obras que también aparecen en el presente trabajo no serán comentadas, aunque he decidido que pueden expresar con veracidad el pasaje biográfico correspondiente y servir de fondo a la narración.

Aparte de esto, la razón de hacer un recorrido biográfico es que en este santo su vida va a marcarle especialmente en su espiritualidad. Sus años de juventud, sus estudios, su experiencia en el desierto, sus viajes, sus años en Roma, y, finalmente, su etapa de Palestina, fueron enriqueciendo su vivencia cristiana y espiritualidad. No se entiende san Jerónimo sin el desierto, sin Roma, sin Belén. Son ingredientes biográficos que dan cuerpo y sazonan a su pensamiento y experiencia cristiana.

2. Recorrido iconográfico-espiritual de san Jerónimo
2.1. Sus inicios

Ilustración 1. Bautismo de san Jerónimo. Valdés Leal. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Ilustración 1. Bautismo de san Jerónimo. Valdés Leal. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

San Jerónimo tuvo la suerte de nacer en una familia cristiana (hacia 347 aprox), la cual sembró en él la semilla de la fe y se empeñó desde pronto en que las ideas cristianas arraigasen firmemente. Fue enviado a estudiar gramática, retórica y filosofía a Roma y, estando allí, recibió el bautismo, costumbre normal en aquellos años en los que se esperaba a que pasasen los años de la infancia para recibir este sacramento. Aunque se desconoce la fecha exacta, podemos situar este acontecimiento sobre los años 360-365. A lo largo de sus numerosos escritos cita su bautismo en varias ocasiones, como por ejemplo en un par de cartas al papa san Dámaso. Y menciona con un gran orgullo el haber sido bautizado junto a la Cátedra de Pedro, razón que le hacía sentirse romano de adopción y con una fidelidad férrea al Papado. Esta fidelidad se verá puesta a prueba en varias ocasiones a lo largo de su vida.

Curiosamente, estos años de juventud en la capital del Imperio, al contrario de lo que solía suceder habitualmente, forja en el espíritu del joven jerónimo una piedad que favoreció su vida religiosa. Las buenas compañías que se granjeó allí (algunos amigos, como Panmaquio y Rústico, están canonizados como él), y su carácter austero y sobrio fortaleció esta fe, a pesar de convivir con los libertinos ambientes estudiantiles romanos. Él mismo cuenta algunas de sus andanzas con estos amigos, como por ejemplo ir a visitar a las tumbas de los apóstoles y mártires [1].

En el cuadro que nos ocupa (Ilustración 1), de la serie que pintó Valdés Leal al monasterio de san Jerónimo de Buenavista (Sevilla), se ve al joven santo en su bautismo. Como ministro celebrante, a la izquierda, se ve al papa, por cronología, Liberio. Sin embargo nada hace pensar, según Francisco Moreno [2], que éste administrara el bautismo al santo. Las ropas, como ocurre habitualmente, por el conocido anacronismo iconográfico, son más bien las de la corte de Felipe III, que las de la Roma del siglo IV.

Ilustración 2. San Jerónimo flagelado. Francisco de Zurbarán. Sacristía del Monasterio de Guadalupe.

Ilustración 2. San Jerónimo flagelado. Francisco de Zurbarán. Sacristía del Monasterio de Guadalupe.

2.2. Hacia el desierto
Tras acabar sus estudios, sobre los años 368-375 san Jerónimo hace un recorrido errante por diversas ciudades: Tréveris (residencia imperial entonces), Estridón (su ciudad natal) y Aquilea. En estos lugares, a modo de viaje de fin de carrera, compagina más estudio con pequeños escritos, trabajos copistas y traducciones. En Aquilea convive con un grupo de austeros clérigos cuya vida marcarán en él un antes y un después. La entrega total a Dios de éstos y su rigidez de vida conmueven al joven san Jerónimo, le llenan de fervor por el anacoretismo, tan en boga entonces, y le hacen decidirse a marchar a Oriente a vivir esa vida ascética. Camino, pues, al este, se detiene sin embargo una temporada en Antioquia de Siria. Era una ciudad muy floreciente entonces, helenista (buscaba perfeccionar su griego), y con importantes raíces cristianas, pues por allí habían pasado en sus viajes san Pablo, san Pedro y san Bernabé, y era allí donde los cristianos habían sido llamados de esta manera por primera vez.

En Antioquia le acontece el pasaje que ilustra el cuadro (Ilustración 2), aunque, por error, a veces se diga que le sucedió en el desierto. Parece ser que, hallándose enfermo san Jerónimo por, en su opinión, el exceso de lectura de obras clásicas, tuvo una visión en la que nuestro supremo Juez le hizo azotar por desatender la lectura de la Sagrada Escritura. A partir de este castigo, que a nuestro santo le pareció real, se apasionó por los libros divinos como nunca lo había hecho por los profanos [3]. Su nueva obsesión, esta vez santa, sería la Palabra de Dios. Ya nunca más se separaría de ella el resto de su vida.

2.3. El Desierto
La siguiente etapa de su vida es, contra lo que suele creerse, una etapa corta, de apenas dos años (375-377), aunque ha de reconocerse que muy importante en la vida de san Jerónimo porque forja su espiritualidad, su conocido carácter duro, austeridad y vocación continua a la perfección cristiana. El lugar elegido para vivir su fervor eremítico es el desierto de Calcis, en Egipto. Allí, en compañía de otros eremitas, pasa los días entre la oración, las penitencias, el estudio y alguna carta. De hecho, según cuenta el mismo santo [4], comienza allí su aprendizaje del hebreo gracias a un compañero eremita convertido del judaísmo. No abandonará jamás este estudio que perfeccionará posteriormente en Roma y Belén.

Ilustración 3. Tentaciones de San Jerónimo. Valdés Leal. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Ilustración 3. Tentaciones de San Jerónimo. Valdés Leal. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

El fervor de juventud le hizo idealizar el desierto, pero se topa de bruces con su dureza. En la famosa carta a su discípula santa Eustoquia, recuerda las penalidades que pasó entonces. Merece la pena extraer un pequeño fragmento:

…Vivía aislado y molesto. Un tosco sayal cubría mis miembros flacos y resecos. Mi piel tosca ennegrecida parecía la de un etíope. Me pasaba el día entre lágrimas y suspiros. Cuando, contra mi voluntad, me vencía el sueño, acomodaba mis desvencijados huesos en el mismo suelo. Prefiero no hablar con detalle de la comida y de la bebida…

En esta misma carta, más adelante, nos cuenta las tentaciones que solía tener, a pesar del castigo continuo al que sometía su cuerpo: … Me figuraba muchas veces estar bailando con chicas jóvenes. Los ayunos habían deslucido mi rostro y aniquilado el vigor de mi cuerpo. Así con todo, mi voluntad estaba invadida de torpes deseos y en mi carne se encabritaba la sensualidad… En estas situaciones críticas me echaba a los pies de Jesús, los regaba con lágrimas… Recuerdo… mis incesantes golpes de pecho hasta que el Señor tenía a bien sosegar el oleaje. [5]

Precisamente este suceso es el que pinta, con buen acierto, Valdés Leal en el lienzo que se acompaña (Ilustración 3). Pertenece, como la ilustración 1, a la serie que el pintor hizo para el monasterio de San Jerónimo de Buenavista.

Ilustración 4. San Jerónimo penitente.  Pietro Torrigiano. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Ilustración 4. San Jerónimo penitente. Pietro Torrigiano. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Todos estos recuerdos y vivencias narradas por el santo son los que forjaron la extensa iconografía de este período de su vida. Sin embargo dos son los errores clásicos de estas representaciones: a) presentan a un san Jerónimo muy anciano (ilustración 4), cuando, como vemos, es una época de su vida en la que contaba unos treinta años y b) otros períodos de su vida, más extensos y también determinantes en su vida, son muchísimo menos tratados por la iconografía clásica. Por tanto, cualquiera, influido por esta iconografía, pudiera pensar que la vida de san Jerónimo estuvo anclada en el desierto, aunque no es así, al menos, físicamente. Curiosamente, las obras iconográficas provenientes de la Orden Jerónima, suelen conocer estos detalles erróneos y presentan al santo más joven en este periodo, así como aciertan al variar la temática iconográfica y no reducirla sólo al san Jerónimo penitente.

2.4. Su vida en Roma
San Jerónimo no puede más y abandona el desierto. Las penalidades y austeridades de esta vida, los problemas de convivencia y su ansia de ampliar conocimientos han podido con él. No todo ha sido malo en la experiencia eremita, la oración y las continuas penitencias le habrán hecho ganar un pedacito de cielo. También se lleva en su zurrón conocimientos bíblicos y de lenguas orientales, que de mucho le valdrán más adelante.

Viaja entonces a Antioquia y recibe allí, de manos del obispo Paulino, el presbiterado. También escucha a sabios estudiosos de la Escritura, debate con ellos sobre cuestiones trinitarias (tan en boga entonces) y escribe alguna que otra obrita (Altercatio Luciferiani et Orthodoxi). Sobre el 379 viaja a Constantinopla deseoso de más y más conocimientos. Allí, a la sombra del gran san Gregorio Nacianceno, se dedica al estudio, la traducción de obras de autores orientales y la apologética. Aunque no le fue todo lo bien que él hubiera querido en Calcis, no olvida su vocación monástica. No hemos de olvidar que, aunque vocaciones diferentes hoy en día, en aquellos años no existía clara distinción entre el eremitismo y el cenobitismo.

Ilustración 5. San Jerónimo. El Greco. Museo Metropolitano de Nueva York.

Ilustración 5. San Jerónimo. El Greco. Museo Metropolitano de Nueva York.

Cuando parecía que su vida iba a discurrir ya por el Mediterráneo Oriental, es convocado a la Cátedra de Pedro, junto al papa san Dámaso, para la preparación del Concilio de Roma del 382. Fue convocado dicho Concilio para limar asperezas entre Oriente y Occidente y para intentar cerrar las luchas intestinas en las sedes de Constantinopla, Antioquia y Jerusalén. Las brillantes intervenciones de san Jerónimo en dicho Concilio, sus conocimientos sobre la Escritura y su experiencia en “temas orientales”, hacen que el papa lo retenga junto a sí como su secretario personal.

De este cargo eclesiástico que ocupó, le viene la leyenda de que nuestro santo fue investido con los honores cardenalicios. No pudo serlo de ninguna manera, pues el Colegio Cardenalicio no comenzó su andadura hasta el s. XI. El fervor de la Orden jerónima en colmar con honores a su santo patrón (su biógrafo más famoso, fr. José de Sigüenza defiende a ultranza este cardenalato [6]) y la iconografía clásica, han promovido este error hasta el punto de añadir en muchas representaciones artísticas los ropajes cardenalicios a los instrumentos penitenciales del desierto de Calcis (antes, como sabemos, de su viaje a Roma). Vemos claros ejemplos de esta iconografía errada en las ilustraciones que nos acompañan en esta página (ilustraciones 5 y 6).

Cuentan la mayoría de los estudiosos del tema, que es aquí en Roma cuando comienza su obra magna de traducir la Sagrada Escritura al latín. Ya existían otras versiones anteriores de algunos libros, por lo que se cree que todo comenzó cuando san Dámaso le encarga revisar los textos ya existentes del Nuevo Testamento y del Salterio. Si bien ya hemos dicho que realizó traducciones durante bien pronto, ésta sería su obra cumbre, la llamada Vulgata, de la que aún bebemos y nos beneficiamos. La traducción completa no culminaría hasta los años 407 aproximadamente, ya en Belén.

Ilustración 6. San Jerónimo traduce las Sagradas Escrituras. Stefano Maria Legnani.

Ilustración 6. San Jerónimo traduce las Sagradas Escrituras. Stefano Maria Legnani.

En estos años es cuando san Jerónimo conoce y tutela a un grupo de matronas romanas que habían renunciado a los placeres y comodidades de su holgada posición social para dedicarse a la oración y a la ascesis cristiana. Destacan aquí santa Marcela, cuyo palacio se convierte en lugar de estudio bíblico-ascético, santa Asela, santa Paula, su hija Eustoquia y otras. Seguramente fue huésped de alguna de ellas en el tiempo que permaneció en Roma (todo parece indicar que de santa Paula). Puede decirse sin recatos que san Jerónimo se convierte en “forjador de santas”, guiándolas, en sus ratos libres, en la vida monástica, el amor y el estudio de la Sagrada Escritura. Aquí y allí, en los escritos de san Jerónimo, habla de este grupo de santas matronas, de sus biografías, de sus virtudes. En las cartas dirigidas a ellas las aconseja, las instruye y las tutela como padre espiritual y amigo. Nace en este grupo una profunda amistad que perdurará toda la vida, en especial entre nuestro santo y santa Paula y su hija Eustoquia.

Con la muerte de su amigo y valedor, el papa san Dámaso, en el 384, san Jerónimo ya no se siente cómodo en Roma. Enemigos, que también los tuvo allí, no dejan de acosarle y lanzar insidias sobre la amistad de san Jerónimo y sus discípulas. Tampoco ha olvidado los deseos de realizar su ideal monástico en Oriente. Parte, entonces, con gran dolor de su corazón, de la Ciudad Eterna en el verano del 385.

2.5. Belén, meta de su vida
Libre de las ataduras de Roma, san Jerónimo emprende camino hacia Oriente en compañía de un grupo de clérigos. A mitad de camino se reúne con santa Paula y su hija santa Eustoquia que salen poco después que él. Todos ellos tienen en su mente vivir su ideal monástico en Belén, junto al pesebre de Jesús. Lo más probable es que este viaje fuese costeado por la matrona romana, así como gran parte de las fundaciones que en Belén realizarían. El viaje es largo y penoso, pero de una profundidad espiritual intensa, pues san Jerónimo lo cuenta con bastante detalle aquí y allí en sus obras. El itinerario, en especial visitar los Lugares Santos, debió causarles honda conmoción al grupo de viajeros. También se desplazan unas semanas a Egipto, a Alejandría, donde se dedican al estudio, y visitan algunas de las numerosas comunidades monásticas que salpicaban los desiertos de esta región, a fin de recopilar información y reglas de vida monásticas.

Ilustración 10. San Jerónimo y San Agustín. Sánchez Coello. Monasterio del Escorial.

Ilustración 10. San Jerónimo y San Agustín. Sánchez Coello. Monasterio del Escorial.

Vueltos a Belén, logran fundar, tras tres años de penalidades, una comunidad masculina, en las afueras de Belén, otra femenina, junto a la basílica de la Natividad, y una hospedería de peregrinos, en la calle principal [7]. Conseguido esto, el viejo sueño monástico de san Jerónimo se ve cumplido. Ya puede dedicarse plenamente al estudio, a la oración, a las penitencias y a atender a los viajeros y cuantos acudan a él. Esta vocación de acogida ha sido muy olvidada por sus biógrafos, pero siempre la Orden jerónima la ha vivido con naturalidad, hasta el punto que nunca se entendió un monasterio jerónimo sin su hospedería. De esta época son sus mejores escritos, sus mejores cartas, sus mejores traducciones. No en vano perfeccionó mucho sus conocimientos en la lengua hebrea gracias a las clases nocturnas que tomó de un rabino (por miedo a los de su raza). De esta época también es su correspondencia con san Agustín, todo un monumento al debate epistolar (ilustración 10).

Nos resume F. Moreno las tareas de san Jerónimo en Belén: La mayor parte de su quehacer diario será meditar, estudiar y escribir o dictar… cartas de cultura o espiritualidad, vibrantes y documentados tratados apologéticos, algo de historia eclesiástica, unos cuantos trabajos de temas monásticos y, mucho más meritorio que nada, traducciones y comentarios de la Biblia [8].

También la leyenda y la iconografía clásica (a partir del s. XIV) sitúan en estos años de Belén la figura del león, el cual cuida, custodia y ayuda a los monjes en sus tareas diarias. Sobra decir que esto no tiene base real, aunque el fervor de algunos biógrafos del san Jerónimo como Fr. José de Sigüenza [9], Mabilonio y Juan de Andrés defienden su veracidad histórica. Lo que sí podemos decir es que el conocido carácter áspero del santo, su vigor y su fortaleza en la defensa de la doctrina pueden tener como icono la figura de un fiero león (ilustración 11).

Ilustración 11. San Jerónimo y el león en el monasterio. Carpaccio, Vittore. Scuola di San Giorgio degli Schiavoni, Venecia.

Ilustración 11. San Jerónimo y el león en el monasterio. Carpaccio, Vittore. Scuola di San Giorgio degli Schiavoni, Venecia.

En cuanto a su vida monástica, ¿fue san Jerónimo un legislador monástico? Pues podemos decir que no, que no escribió ninguna regla ni tratado alguno, aunque sus conocimientos sobre el monacato son extensísimos. En sus escritos, sobre todo en sus cartas, de manera muy diseminada, podemos hallar numerosa doctrina monástica en forma de consejos, dirección a aspirantes a monjes, breves biografías de padres del desierto (Pablo, Malco e Hilarión) e invitaciones a seguir el camino del desierto. Destaca entre sus cartas la 22, cuyo final es todo un resumen de la vida de las comunidades del desierto. También algunas de sus traducciones son de temas monásticos: regla de san Pacomio y escritos del desierto de Egipto. Y no hay que olvidar sus escritos apologéticos sobre la castidad y el ascetismo. Podemos, por tanto, decir que san Jerónimo es todo un experto en monacato, por lo que podemos intuir que toda esta sabiduría fue implementada en sus monasterios de Belén. Extrayendo de estos escritos podemos decir que su espiritualidad monástica se resume en estos puntos:

1. San Jerónimo tiene especial predilección por el tema de la milicia espiritual. El monje es un soldado y la vida monástica no es refugio de cobardes, sino un campo de batalla para los valientes, los esforzados [10]. Es un soldado de Cristo que lo imita, se deja llevar y capitanear por Él.

2. La soledad es esencial para un monje. En su carta a Heliodoro le reprocha: Traduce la palabra monachus: ese es tu nombre. ¿Qué haces entre la muchedumbre, tú que eres un solitario? Y, en la misma carta, hablando del desierto: ¡Oh desierto adornado con las flores de Cristo! ¡Oh soledad donde tienen su origen las piedras de las que habla el Apocalipsis, con las que se construye la ciudad del gran Rey! ¡Oh tierra yerma donde se goza de la familiaridad de Dios! [11]

3. Ama profundamente el desprendimiento y la pobreza. De esta manera hace elogio de la conversión y la pobreza de santa Blesila: Antes, nuestra viuda gastaba mucho tiempo en engalanarse, mirarse en el espejo y cuidar su espléndida cabellara rubia a manos de jovencitas esclavas… Ahora se conforma con ir cubierta con un velo, vestir túnica parda, llevar un ceñidor de lana y calzar zapatos de material tosco. Antes, le parecía duro echarse en colchones de pluma… Ahora duerme en el suelo… [12]

4. Un punto sobre el que san Jerónimo evoluciona claramente es sobre la vida en comunidad. Si su ideal monástico pasó en su juventud, como hemos visto, por el eremitismo estricto, en la edad madura se decanta por las ventajas de la vida cenobítica, pues no en vano, a partir de su llegada a Belén no abandonará ya más esta forma de vida.

5. Si el monacato occidental tomaría de san Benito su ora et labora, aquí san Jerónimo incluye al binomio la lectura. Orar, leer y trabajar será las tareas principales del monje. Pero entre ellas pondera las dos primeras, que es lo propio del monje. Se lo presenta así a la virgen Eustoquia en la carta dirigida a ella: Sea tu custodia lo secreto de tu aposento y allí dentro recréese contigo tu Esposo. Cuando oras, hablas a tu Esposo; cuando lees, Él te habla a ti [13]. Los textos sobre la importancia que da a la lectura asidua de la Sagrada Escritura son abundantísimos. Pondré aquí sólo una frase muy conocida de una carta a un clérigo, Nepociano: … Lee con frecuencia la Sagrada Escritura. Mejor dicho, ten siempre en tus manos las lecturas santas… [14]

6. A pesar de lo que la iconografía nos presenta, no es san Jerónimo amante de la penitencia excesiva sino que la sobriedad es su meta: … Su comida sean hortalizas y harinas y rara vez algunos pececillos. Coma de manera que siempre se quede con hambre y que después de las comidas esté en condiciones normales para leer, orar y salmodiar. Me desagradan sobre todo en las personas de pocos años, los ayunos prolongados y excesivos durante semanas y semanas sin probar el aceite y la fruta. La experiencia me ha enseñado que cuando el asno va extenuado busca el pesebre de la cuadra… [15]

¿Y todos estos consejos para qué? ¿Para qué malgastar tiempo en oración, trabajo, lectura, ascesis… Dejemos responder al propio san Jerónimo que nos da una lección magistral de vida teologal en la antes mencionada carta a santa Eustoquia: … Todo esto que aquí he reunido parece duro al que no ama a Cristo… Pero nada arredra al que lo ama. Amemos también nosotros a Cristo y todo lo difícil se nos hará fácil. Tendremos por breve todo lo que es largo, y, heridos por su dardo, diremos a cada momento: ¡Ay de mí, que se ha prolongado mi peregrinación! [16]

Ilustración 12. Última comunión de san Jerónimo.  Domeniccino. Museos Vaticanos.

Ilustración 12. Última comunión de san Jerónimo. Domeniccino. Museos Vaticanos.

2.5. Una vida que da fruto
Ya nunca dejaría más Belén nuestro santo. Sus últimos años serán muy fructíferos en la producción epistolar, de traducción y comentarista. De ellos tenemos sus mejores, sensibles y más cuidadas obras. De su muerte, precedida por las de santa Paula y su hija, tenemos pocos datos fiables, aunque sí una historia novelada por fr. José de Sigüenza [17] y una imaginativa y rica iconografía (ilustración 13). Su muerte es fechada por la mayoría de los estudiosos el 30 de septiembre del 420. Sus restos, fueron depositados, como él quería, en la cueva de Belén. Siglos más tarde serían trasladados a Roma, a la basílica de Santa María la Mayor [18], donde están actualmente.

Las vicisitudes de la historia hicieron que los monasterios fundados por san Jerónimo desaparecieran probablemente antes del s. VII, siglo en que Palestina fue invadida por los eslavos, los ávaros, los persas, y finalmente los musulmanes. Toda Tierra Santa fue arrasada y los cristianos martirizados, y difícilmente sobrevivirían estos cenobios en esas condiciones. Pero, de aquel martirio y su fruto nos habla el ya mencionado fr. José de Sigüenza: … bebió la tierra la sangre de aquellos gloriosos monjes y ermitaños, primero de san Jerónimo, y después mártires de Jesucristo, y como río caudaloso, que se esconde, por lo secreto de sus entrañas largo espacio, y torna después con nueva claridad y frescura a aparecer a nuestros ojos: así tornó al mundo cerca de los años 1350 esta sagrada religión [19].

Se refiere aquí a la aparición de grupos de ermitaños que, bebiendo de la espiritualidad jerominiana, intentan imitar al santo de Belén buscando a Cristo en la soledad y el silencio. De estos primeros monjes ermitaños surgiría algunos años después la Orden monástica de san Jerónimo (masculina y femenina) y, derivadas de ésta, un par de congregaciones femeninas de vida activa: Jerónimas de la Adoración y Jerónimas de Puebla. Su historia ha alternado épocas de gloria y otras de penalidades, pero todos ellos no han perdido de su punto de mira a la figura de su santo patrón y su rica espiritualidad.

David Jiménez


[1] S. Jerónimo. Comentario al profeta Ezequiel.
[2] F. Moreno. San Jerónimo. La Espiritualidad del desierto, pág. 28
[3] San Jerónimo. Carta a Eustoquia (22, 30)
[4] San Jerónimo. Carta a Rústico (125, 12)
[5] San Jerónimo. Carta a Eustoquia, (22, 7)
[6] Fr. José de Sigüenza. Vida de San Jerónimo Doctor Máximo de la Iglesia.
[7] San Jerónimo. Carta 108.
[8] F. Moreno. San Jerónimo. La Espiritualidad del desierto, pág. 83
[9] Fr. José de Sigüenza. Vida de San Jerónimo Doctor Máximo de la Iglesia, pág. 474 y ss
[10] Fr. Ignacio de Madrid, OSH. Orando en el monte con Cristo. San Jerónimo y la Orden Jerónima, pág. 5
[11] San Jerónimo. Carta 14
[12] San Jerónimo. Carta 38, 4
[13] San Jerónimo. Carta a Eustoquia, (22)
[14] San Jerónimo. Carta 52
[15] San Jerónimo. Carta 107
[16] San Jerónimo. Carta a Eustoquia, (22)
[17] Fr. José de Sigüenza. Vida de san Jerónimo Doctor Máximo de la Iglesia, pág. 571
[18] Benedicto XV. Encíclica Spiritus Paraclitus
[19] Fr. José de Sigüenza. Historia de la Orden de san Jerónimo, pág 5.

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Los escritos de San Jerónimo

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El Santo en su estudio. Fresco de Domenico Ghirlandaio (1480). Iglesia de Ognissanti, Florencia (Italia).

Cuando el año pasado, tal día como hoy, escribimos sobre la vida de San Jerónimo, dijimos expresamente que muchas cosas se nos quedaban en el tintero porque si no, el artículo sería larguísimo. Uno de los temas sobre los que no profundizamos fueron sus escritos que le hicieron merecer la distinción de Doctor y Padre de la iglesia Occidental. Esto es lo que nos proponemos hacer hoy aun a sabiendas de que nos quedarán muchísimas lagunas.

La obra principal de San Jerónimo fue la revisión y traducción de la Biblia al latín, la llamada “Vulgata” denominación que se le ha dado a dicha traducción. Como ya indicábamos en el artículo del año pasado, la hizo por encargo del Papa San Dámaso I dos años antes de su muerte y aunque San Jerónimo dominaba el latín clásico, hizo la traducción en el latín vulgar con la intención de que fuera mejor comprendida por el pueblo llano. Con anterioridad la Biblia utilizada era la llamada “Vetus Latina”, que no fue una traducción hecha por una sola persona y que ni siquiera se editó de manera uniforme. La calidad y el estilo de la traducción variaba mucho de un libro a otro, proviniendo casi todas las traducciones del Antiguo Testamento de la llamada “Septuaginta Griega”.

En el año 391 inició la traducción del Antiguo Testamento, pero utilizando un texto hebreo, por lo que le hicieron numerosos reproches por no darle el suficiente valor a la “Septuaginta Griega” que había sido realizada utilizando un texto hebreo mucho más antiguo. Sus trabajos de traducción fueron desiguales, a veces, demasiado rápidos y otras, recopilando todas las interpretaciones que se habían hecho con anterioridad. Uno de sus mejores trabajos fue “Quaestiones hebraicae in Genesim”. Intentó evitar el excesivo uso de las alegorías, pero no lo consiguió y él mismo llegó a arrepentirse de algunas de sus explicaciones alegóricas; solo había que recurrir al significado alegórico cuando era imposible descubrir el sentido literal de un texto.
Sus mejores traducciones fueron las de los libros de Amós, Isaías y Jeremías y las más deficientes, las traducciones de los libros de Zacarías, Oseas y Joel. Sin embargo, su traducción del Nuevo Testamento no fue excesivamente afortunada, salvo el “Comentario a la Epístola de los Gálatas”.

De él hay que decir que escogió cuidadosamente sus fuentes de información, que conocía a la perfección las Sagradas Escrituras, las principales lenguas que se hablaban en su época y la geografía de Palestina: es uno de los exegetas bíblicos de más prestigio. No rechazó ni aceptó que los libros deutero-canónicos formaran parte de las Escrituras y de hecho, usó en algunas ocasiones algunos textos de ellos. Con respecto a si en la Biblia podían existir errores, se mantuvo en la doctrina tradicional, insistiendo más en lo que era responsabilidad del escritor del libro sagrado, a los cuales, en alguno de los casos, llegó incluso a criticar. Siempre mantuvo que el primer texto de cada libro bíblico, el original, era el único inspirado, por lo que había que tener sumo cuidado en que el copista no alterara el texto original.

El Santo en su estudio. Tabla de Antonello da Messina (1475). National Gallery de Londres, Reino Unido.

Admitió que al revisar la Biblia para traducirla había encontrado numerosos problemas cuando los escritores del Nuevo Testamento hacían referencias a textos del Antiguo Testamento, ya que las referencias a veces no eran literales sino acordes con el espíritu del texto; como he dicho, él mantenía que la inspiración divina estaba en el texto original y aunque sostenía que en la Biblia no existía error material debido a la ignorancia o el descuido del escritor sagrado, sin embargo la realidad era que este escritor se había adaptado a la opinión que era mayoritariamente aceptada por la gente de su tiempo.

Pero San Jerónimo realizó otros muchos trabajos de redacción y traducción de obras anteriores. Tradujo y amplió entre los años 325 al 378 el “Chronicon Eusebii Caesariensis”, que sirvió como modelo a cronistas posteriores de la Edad Media. La “Vita Malachi, monachi captivi” es una obra suya en la que hace un elogio de la castidad mediante la narración de una serie de hechos legendarios, de dudosa historicidad, la “Vita Sancti Hilarionis, a la que sin fundamento alguno se la ha tachado de plagio y posiblemente, también escribió la “Vita Sancti Pauli, eremitae”.

Una de sus principales obras literarias es “De viris illustribus”, escrita con la intención de demostrar que en el seno de la Iglesia habían existido grandes eruditos; es verdad que a veces se apropió de comentarios que no eran suyos, sino de Eusebio, comentarios que incluso llegó a distorsionar dada la rapidez con la cual escribía, pero sin embargo hay que decir que sus relaciones con exegetas y apologistas contemporáneos suyos fueron de verdadero interés. Esas son las que podríamos llamar sus principales obras históricas.

San Jerónimo también escribió unas cien homilías, generalmente dirigidas a sus monjes y en ellas no solo les demuestra sus conocimientos bíblicos y les da consejos moralizantes, sino que al mismo tiempo hace referencias a los sucesos que ocurrían en su época, simpatizando siempre con los más pobres y llegando incluso a mostrarse hostil con los ricos. Asimismo, escribió más de cien cartas dirigidas a amigos y a personas con las que mantenía discrepancias, cartas de gran estilo literario, escritas con sumo cuidado y en las que él mismo se corrige cuando considera que lo escrito no era lo más adecuado. Estas cartas fueron muy valoradas durante el Renacimiento, no solo por su valor literario sino también por su valor histórico, ya que narra sucesos acaecidos durante algo más de cincuenta años. En estas cartas, San Jerónimo nos muestra a las claras cómo era su carácter: extremista, a veces voluble, sensible, unas veces refinado y otras, satírico, aunque siempre sincero.

El Santo en su estudio. Tabla de Filippino Lippi (1493). Museo de Arte de El Paso, Texas (EEUU).

Como teólogo no llegó a la altura de San Agustín pues digamos que no tenía criterios propios sino que simplemente interpretaba la doctrina oficial de la Iglesia. Escribió contra los luciferianos, que se consideraba una secta cismática fundada por San Lucifer, obispo de Cerdeña. Este obispo defendía que se fuera clemente con los obispos que aunque se habían adherido a las tesis de Arrio, profesaban el Credo del concilio de Nicea; tuvieron adeptos incluso en Roma y contra ellos escribió su célebre “Diálogo” con mucho sarcasmo y no muy acertado por su parte en lo referente a la doctrina del sacramento de la Confirmación.

Contra Elvidio, que como dijimos en el anterior artículo era colaborador del Papa San Dámaso, pero que estaba en contra del monacato manifestando que el matrimonio no era inferior al celibato desde el punto de vista religioso y que, demás, mantenía que la Virgen Maria había tenido otros hijos con San José, escribió su obra “Adversus Helvidium”. Este segundo tema lo trató también unos diez años más tarde en su obra “Adversus Iovinianum”. San Jerónimo, aunque reconocía la legitimidad del matrimonio, llegó a utilizar algunas expresiones despectivas contra el mismo, considerándolo inferior al celibato.

Sabemos que hoy en día, determinadas Iglesias de Occidente afirman que solo la fe nos salva, por lo que es inútil el realizar buenas obras. San Jerónimo no llegó a tanto pero puso tan fácil el camino de la salvación mediante la fe que incluso llegó a despreciar la vida que llevaban los ascetas.

En el artículo del año pasado hablamos también de sus relaciones con el monje asceta Rufino el cual tenía sus diferencias con San Agustín sobre la doctrina de la gracia; en su obra “Apologetici adversus Rufinum” trata sobre las controversias con Orígenes, a quién llegó a acusar de hereje, viéndose envuelto en uno de los episodios más violentos de esa lucha que duró hasta el Concilio Segundo de Constantinopla convocado en el año 553 y en el cual se condenaron los errores de Orígenes. Principalmente se discutía si ciertas teorías defendidas por Orígenes y sus seguidores podían ser aceptadas y aquí se topó con que en algunos problemas doctrinales chocaba con lo defendido por San Agustín y su antiguo amigo Rufino, lo cual para él fue realmente doloroso.

Icono ortodoxo inglés del Santo. Parroquia de Oystermoth, Swansea (Reino Unido).

Como las obras de Orígenes eran la colección exegética más completa y la más accesible a los estudiosos, San Jerónimo las usó al igual que hicieron otros muchos autores de la época, pero una cosa era lo escrito por Orígenes y otra era lo defendido por algunos de sus seguidores. San Jerónimo tenía la costumbre de copiar las interpretaciones de exegetas anteriores sin hacer previamente un examen crítico sobre las mismas y eso le llevó a transcribir textos erróneos aunque bien es verdad que nunca aceptó en su totalidad ni el pensamiento ni la metodología seguida por los seguidores de Orígenes. Pero su amigo Rufino si que era un seguidor nato de Orígenes y de ahí surgieron los problemas con él. Dado el temperamento de San Jerónimo – del que hablamos extensamente el año pasado – y creyendo que siempre estaba en posesión de la verdad, lo llevó a chocar frontalmente contra su antiguo amigo al que siempre había tratado de manera muy dulce.

También escribió contra las tesis de Joviniano y de Vigilancio y contra los seguidores del pelagianismo. Elvidio, Joviniano y Vigilancio se habían erigidos en portavoces de quienes rechazaban algunas costumbres eclesiásticas, como la veneración a los santos y sus reliquias, aunque no tenían diferencias doctrinales contra la ortodoxia eclesial y ahí se encontraron con la actitud frontal de San Jerónimo.
Contra la doctrina sobre la gracia defendida por el monje Pelagio, escribió sus “Diálogos contra los pelagianos”. Otros escritos suyos son “De situ et nominibus locorum hebraicorum”, que es una traducción del libro “Onomasticon” de Eusebio.

Podríamos extendernos mucho más, pero el artículo se haría pesado. Escribió numerosas cartas, comentarios a la Biblia que son tenidos como fuente de conocimiento tanto histórico como arqueológico, sobre el “Cantar de los cantares”, tradujo los escritos de San Pacomio, tradujo el importante tratado “De Spiritu Sancto” de Dídimo el Ciego, etc. Aquí lo dejo.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Jerónimo, doctor de la Iglesia

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo del Santo por Michelangelo Merisi "Il Caravaggio" (1605). Galería Borghese, Roma (Italia).

He cometido la torpeza de escribir sobre San Jerónimo un solo artículo, por lo que inevitablemente, este quedará bastante incompleto auque me ha costado mucho tiempo el poder sintetizar las cuatro ideas que expongo ya que es inmensa la documentación que hay sobre este Santo Padre de la Iglesia. Si Dios nos da salud, el próximo año lo completaremos, dedicándole dos o tres artículos más en estos días cercanos a su festividad: sobre sus escritos, sus célebres polémicas, la traducción de la “Vulgata”, etc.

San Jerónimo es el más célebre biblista de la Iglesia latina. Desde el punto de vista etimológico, su nombre significa “el que tiene un nombre sagrado”, de “hieros” (sagrado) y “nomos” (nombre). Nació en Stridone (Dalmacia) entre los años 340-345. Era hijo de padres cristianos de buena posición social. Como era costumbre en la época, recibió el bautismo años más tarde, probablemente en el año 366; su nombre: Sofronio Eusebio Jerónimo de Stridone.

Estudió en Milán y fue a Roma a fin de completar sus estudios de retórica, griego, latín y hebreo. Donato el gramático lo introdujo en el conocimiento de los clásicos latinos, lo convirtió en un gran latinista; pasaba horas y horas leyendo a los escritores clásicos latinos y a los griegos, sintiéndose especialmente atraído por la filosofía de Platón y de Cicerón; aunque pensaba que la Biblia era como una serie de leyendas escritas, también las estudió a fondo. De su estancia en Roma tenemos datos verificados: visitaba las catacumbas y las iglesias dedicadas a los mártires, pero también frecuentaba ambientes frívolos y pecaminosos: una de cal y otra de arena.

Sepulcro del Santo en su gruta de Belén (Palestina).

Cuando dejó Roma, se fue a las Galias parándose en Tréveris en el año 365. Posteriormente estuvo algunos años en Aquileya teniendo allí contacto con la vida ascética llevada en los monasterios. Tenía un carácter fuerte, casi irascible aunque sin comprometerse entonces en polémicas (lo dice en el Epistolario), pero al mismo tiempo era muy amable con sus amigos. En sus relaciones con algunos familiares se mostraba muy duro pero en las relaciones con Rufino, Bonoso y Cromacio, monjes ascetas, prevalecía su parte amable.
Abandonó las tierras de Aquileya probablemente en el año 374 y marchó a Oriente, parando en Antioquía donde con toda probabilidad, durante la Cuaresma y encontrándose con muchísima fiebre tuvo el famosamente llamado sueño ciceroniano, sueño que le cuenta él en una de sus cartas a Eustoquio: “Fui llevado ante el juez (Cristo) que me interrogó declarándome yo cristiano, pero el juez me dijo que yo mentía, que era ciceroniano. Entonces hice el propósito de que si llegaba a mis manos algún libro mundano, no lo leería a fin de no renegar de ti”. En este momento despertó del sueño y envuelto en lágrimas y terriblemente cansado, decidió desde entonces leer los libros sagrados con el mismo interés con que había leído antes los libros paganos.

Habiendo sido golpeado por varias desgracias que ocurrieron a sus amigos, en el año 375, Jerónimo se retiró al desierto con el fin de satisfacer su deseo de llevar una vida de asceta. Llevó una vida dura, muy dura, cayendo varias veces enfermo. En su carta a Eustoquio, él cuenta los ayunos y penitencias que allí practicaba: “En el desierto salvaje y árido, quemado por el despiadado y abrasador sol, mis alucinaciones hacían que me pareciera que estaba en medio de las fiestas mundanas de Roma. En aquel destierro al que yo me condené voluntariamente por el temor que le tenía al infierno, acompañado de escorpiones y animales salvajes, pensaba que estaba entre las bailarinas de Roma; eran alucinaciones. Estaba pálido de tanto ayuno, pero los malos deseos me atormentaban durante todo el día y toda la noche. Comía miserablemente y cualquier cosa cocinada me habría parecido un manjar exquisito. Tenía el cuerpo frío por aguantar tanto el hambre y la sed, mi carne estaba seca y la piel la tenía pegada a los huesos. Pasaba las noches orando y haciendo penitencia, muchas veces desde el anochecer hasta el amanecer, pero aun así, las pasiones seguían atacándome incesantemente. Como me sentía impotente ante tan grandes enemigos, me arrodillaba llorando ante Jesús crucificado, bañaba sus sagrados pies con mis lágrimas y le suplicaba que tuviese compasión de mí y así, ayudado por la misericordia del Señor pude vencer estos espantosos ataques. Si a mí, que estaba totalmente dedicado a la oración y a la penitencia me sucedía esto, ¿qué no le sucederá a los que viven dedicados a darle a la carne todos los placeres que esta le pide?”.

Sarcófago del Santo en la Basílica de Santa María la Mayor, Roma (Italia).

Debido a algunas disputas teológicas internas con los otros eremitas, dejó la comunidad monástica y marchó a Antioquía donde fue alumno de Apolinar de Laodicea. En Antioquia escribió diecisiete cartas e inició una actividad literaria que no abandonaría jamás. Compuso una interpretación alegórica del profeta Abdías, escribió la vida de San Pablo eremita, el “Altercatio Luciferiani et Orthodoxi” y otros.

Con casi cuarenta años fue ordenado sacerdote y a la muerte del Papa Liberio estuvo a punto de ser designado su sucesor, pero como pudo, se escapó y marchó a Constantinopla manteniendo contacto con San Gregorio Nacianceno; allí en Constantinopla estuvo tres años actuando como traductor, conoció y tradujo los escritos de Orígenes, las “Crónicas” de Eusebio y siguió profundizando en el estudio de las Sagradas Escrituras.

Regresó a Roma en el año 382 acompañado de los obispos Epifanio de Salamina y Paulino de Antioquia, asistiendo y actuando como secretario del Papa San Dámaso I en el concilio romano de aquel año, especialmente en las discusiones con los apolinaristas. Allí, durante tres años fundó y dirigió un círculo ascético en el Aventino y es allí donde conoció a las Santas Marcela, Paula y su hija Eustoquio, de las que hablaremos más adelante. Polemizó con Elvidio, que era colaborador del Papa Dámaso pero que estaba en contra del monacato y que negaba la virginidad perpetua de María.

San Jerónimo entrega la Biblia a San Dámaso. Miniatura de la Biblia de Hainaut, Francia (s.XV).

Como Jerónimo hablaba varias lenguas se le encargó la traducción de la Biblia al latín. Las traducciones existentes en su tiempo tenían imperfecciones del lenguaje y algunas traducciones no muy exactas. El cogió los testos originales griegos y hebreos y los tradujo al latín en la que hoy conocemos como la “Traducción Vulgata”. En Roma se comportó como un buen pastor cuidando de sus fieles, pero la dureza con la que corregía los defectos de las clases dominantes, le ocasionaron envidias y rencores por lo que habiendo conocido a Santa Paula que le fue de mucha ayuda en la traducción de la Biblia, ya que ella conocía perfectamente el griego y el hebreo, y siguiendo con su intención de vivir una vida ascética, en el año 385, marchó con un grupo de matronas romanas que habían vendido sus bienes (Marcela, Paula, Julia y Eustoquio) a Chipre, Antioquia y posteriormente a Palestina, estableciéndose en Belén, donde construyeron con el dinero de ellas, cuatro conventos; tres para mujeres y uno para hombres, del cual él mismo se hizo cargo.

Durante treinta y cinco años vivió retirado en una gruta junto a la Cueva de la Natividad. Su vida pierde parte de su interés porque se convierte en la vida de un asceta retirado en un monasterio, pero sin embargo, participó activamente en la vida intelectual de su tiempo, manteniendo siempre el contacto con Roma y otras ciudades. Siguió ejerciendo una intensa actividad literaria, siendo reconocido como uno de los teólogos más insignes de todos los tiempos. Escribió numerosas cartas, comentarios a la Biblia que son tenidos como fuente de conocimiento tanto histórico como arqueológico, sobre el “Cantar de los cantares”, tradujo los escritos de San Pacomio, tradujo el importante tratado “De Spiritu Sancto” de Dídimo el Ciego, etc. Sobre los escritos de San Jerónimo prometemos escribir también otro artículo más adelante.

Estuvo involucrado en las controversias entre Rufino y San Agustín sobre la doctrina de la gracia; escribió contra las tesis de Joviniano y de Vigilancio y contra los seguidores del pelagianismo. Se mostró como un polemista satírico, a veces excediéndose en sus ataques, defendiendo sus posiciones sin tomar realmente en serio los argumentos de sus oponentes; finalmente, se arrepentía por lo que consideraba falta de caridad hacia los herejes.

Mandíbula del Santo venerada en Florencia, Italia.

Entre los años 393-397 sostuvo una vigorosa polémica, en la que no siempre tuvo la razón, con el propio patriarca de Jerusalén, contra el cual escribió un libro muy violento. Esta polémica tuvo momentos muy dramáticos como cuando el obispo prohibió que los monjes entrasen en la iglesia de la Natividad. La polémica duró hasta casi la muerte del santo y solo el tremendo miedo a caer en la herejía puede explicar esta desconcertante controversia que llevó a adoptar actitudes hoy censurables. En parte, contribuyeron a esto la interferencia de personas extrañas, como San Epifanio, el obispo Teófilo de Alejandría y algunos amigos romanos, que no siempre fueron prudentes ni leales con él y con sus métodos.

La polémica incluso le llevó a decir palabras muy duras contra Orígenes acusándole de hereje. El propio San Agustín manifestó un severo juicio contra este proceder de Jerónimo. Incluso polemizó con su antiguo amigo Rufino por algunas diferencias acerca de la concepción del ascetismo. Este tema de las polémicas de San Jerónimo dan para dedicarle un artículo aparte y eso es lo que haremos en otra ocasión.
Durante toda su vida fue muy duro con los demás al corregir sus errores, lo que le ocasionó numerosos enemigos. Se cuenta una anécdota: Un día, el Papa Sixto V, al ver un cuadro de San Jerónimo en el que este estaba golpeándose con una piedra, dijo: “Menos mal que te golpeaste duramente y te arrepentiste, porque si no hubiera sido por esos golpes y por ese arrepentimiento, la Iglesia nunca te habría declarado santo, pues eras durísimo a la hora de corregir a los demás”.

Murió en Belén el día 30 de septiembre del año 420 con unos ochenta años de edad, cansado, casi sin voz y sin vista. Aunque su cuerpo fue sepultado en la gruta de Belén, posteriormente fue trasladado a Roma encontrándose en un sarcófago de pórfido en el altar mayor de la Basílica de Santa María la Mayor.

Nadie puso nunca en duda la santidad de Jerónimo; es verdad que no fue un místico ni siquiera un asceta en el sentido teológico del término. Nunca pensó en componer una determinada teoría mística ni siquiera de presentar una exposición orgánica y completa de la ascesis cristiana; sin embargo, muchos miles de personas, contemporáneas de él o no, han sacado de sus escritos numerosos consejos ascéticos. No se encuentra ningún autor tan exigente sobre la cuestión de la virginidad, de la práctica del ayuno, de la penitencia e incluso del estudio de la Biblia.

Óleo del Santo en contemplación por Bartolomé Esteban Murillo.

Mostró también una gran devoción hacía María y hacia todo lo relacionado con la Natividad: el pesebre, los niños, las cosas pequeñas que mostraban la sabiduría infinita de Dios. Aunque algunos lo han calumniado, no se puede poner en duda su riguroso ascetismo de monje estudioso e indefenso, aunque con reaño para polemizar. Fue el padre espiritual de la comunidad de mujeres residentes en Belén, mostrando siempre una especial ternura hacia ellas, participando en sus alegrías y en sus angustias, siempre como un padre solícito.

A San Jerónimo se le suele representar con un sombrero y ropa de cardenal, con un león a sus pies y con una cruz, una calavera y una piedra dándose golpes en el pecho. A veces, también con la Biblia. Se le representa con un león porque cuenta la leyenda que una tarde, estando San Jerónimo sentado con unos monjes y escuchando una lectura en el monasterio, apareció un león cojeando. Al verlo, todos los monjes se dieron a la fuga pero Jerónimo le salió al encuentro. El león tenía atravesada una pata con una enorme espina. San Jerónimo llamó a los monjes y juntos, le limpiaron y curaron la herida; el león se recuperó y se quedó con la comunidad como si fuera un animal de compañía, familiarizando con un burro que había en el monasterio y juntos, ayudando a los monjes. Esta leyenda se ha atribuido por error a San Jerónimo cuando realmente se refería a San Gerásimo.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es