Jerusalén, tres veces santa

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Panorámica de la ciudad de Jerusalén (Israel).

Panorámica de la ciudad de Jerusalén (Israel).

“Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos acordándonos de Sión. Sobre los sauces, teníamos colgadas nuestras arpas… ¿Cómo podríamos cantar un canto al Señor en tierras extrañas? Si me olvidare de ti ¡oh Jerusalén!, mi diestra sea olvidada. Mi lengua se pegue el paladar, si de ti no me acordare; si no ensalzare a Jerusalén por encima de mis alegrías”. (Salmo 136).

¡Cuántas veces hemos nombrado a esta bendita ciudad en los artículos de este blog! Ya era hora de que escribiésemos sobre ella, aunque sea este pequeño artículo. Ciudad Santa donde las haya, ciudad venerada como santa por las tres religiones monoteístas: judía, cristiana e islámica, ciudad meta de peregrinaciones a la que cualquiera de nosotros quisiera visitar al menos una vez en la vida.

La primera referencia a Jerusalén aparece en el siglo XIX antes de Cristo, siendo nombrada en algunos textos acadios (Urusalim) y egipcios (Urushamen). En la Biblia, a Jerusalén se menciona por primera vez en el capítulo 40 del Génesis, cuando se relata la historia de Abrahán pagando diezmo a Melquisedec, rey de Salem, que lo bendice a su regreso de una campaña militar. Es convertida en la capital del reino de Israel en tiempos del rey David, construyéndose en ella – en el monte Moriá – el primer Templo dedicado a Yahvé, obra de Salomón, hijo de David. Josías, rey de Judá (837-800 a.C.) realiza las primeras reparaciones importantes en el Templo; Ezequías, rey de Judá, (715- 687 a.C.) construye un subterráneo desde la fuente de Gihón hasta la piscina de Siloé y se enfrenta exitosamente al asalto de Jerusalén por parte de Senaquerib, pero Nabucodonosor, en el año 587 a.C., destruye la ciudad y el Templo y exilia a los judíos a Babilonia. La ciudad atraviesa diversas vicisitudes durante los períodos persa, helénico, hasmoneo y romano, llegando a ser destruida por el emperador Adriano en el año 135 de nuestra era, quien levanta en su lugar una nueva ciudad a la que llamó Aelia Capitolina.

Vista general del Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén (Israel).

Vista general del Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén (Israel).

En algunos artículos de este blog ha sido mencionada en diversas circunstancias acaecidas en los períodos bizantino, musulmán, las Cruzadas e incluso en el otomano. En el siglo XX, concretamente en el 1917, es conquistada por los británicos y en el 1947, las Naciones Unidas recomiendan la partición de Palestina en dos estados: uno árabe y otro judío. El 14 de mayo de 1948 se proclama el estado de Israel y ya sabemos de sobras que ha ocurrido en esa ciudad santa durante la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI.

Pero la historia de Jerusalén es también la historia de las tres grandes religiones monoteístas. Cada sitio de esta ciudad, cada paisaje, cada piedra, cada edificio tienen una correspondencia con las fuerzas que han modelado el mapa del mundo tal como hoy lo conocemos. Es por esto, por lo que después de este escueto repaso cronológico a su historia, dediquémonos a hablar de esta ciudad, desde el punto de vista religioso, que es realmente el objetivo de este artículo. Hoy en día, en esta santa ciudad, nos podemos encontrar tanto los sombreros judíos, como los solideos cristianos o el fez musulmán.

Para el judaísmo, la Jerusalén terrenal es copia o reflejo de la Jerusalén divina. Las palabras Jerusalén y Sión tienen múltiples sentidos simbólicos, espirituales y místicos que trascienden su significado como ciudad terrena. Sión, en la literatura judía, abarca no solo a toda la ciudad de Jerusalén, sino incluso a todo el reino de Judá y así, Isaías llega a considerarla como la capital espiritual del mundo, como la ciudad mesiánica de Yahvé, por eso, en el “Tanaj”, que es la Biblia Hebrea, se la nombra cerca de setecientas veces. Ha sido siempre y aun lo es hoy, la ciudad más sagrada del mundo, el centro espiritual del pueblo de Israel. Es la ciudad del Templo de Yahvé, y aunque ese templo hoy está destruido, el muro que queda en pie (muro de las lamentaciones), es el lugar de oración por excelencia para los judíos ortodoxos. Quienes se encuentran fuera de ella deben orar hacia su dirección geográfica.

Otra vista del Muro de las Lamentaciones en Jerusalén (Israel). Destaca la separación entre hombres y mujeres para la oración.

Otra vista del Muro de las Lamentaciones en Jerusalén (Israel). Destaca la separación entre hombres y mujeres para la oración.

En ella se celebraba y celebra la Fiesta de los Tabernáculos, fiesta que conmemora las vicisitudes del pueblo judío durante su marcha de cuarenta años a través del desierto. “A los quince días del mes séptimo será la fiesta solemne de los tabernáculos a Yahvé por siete días” (Levítico, 23, 34). En el “Talmud”, que es una obra que recoge principalmente las discusiones rabínicas sobre las leyes judías, las tradiciones, las costumbres, las historias y leyendas, se desarrolla profundamente la conexión del judaísmo con la ciudad de Jerusalén.

Dentro de la ciudad, el lugar más sagrado para los judíos es el “Muro de las Lamentaciones”, que es el único resto que queda del templo judío construido por Herodes sobre las ruinas del Templo de Salomón. El Templo fue construido en el lugar en el que, según la tradición judía, Abrahán fue a sacrificar a su hijo: “Y Dios le dijo: Toma a tu único hijo, al que tanto amas, a Isaac y ve a la tierra de Moriá y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te indicaré”. (Génesis, 22, 2). Los judíos afirman que la “tierra de Moriá” es Jerusalén y que el monte donde tendría que haber sido sacrificado Isaac, es el “Monte del Templo”. Este “Monte del Templo”, hoy ocupado por la comunidad islámica, sería para los judíos el lugar más sagrado, ya que en él estuvo el “Sancta Sanctorum”, donde se custodiaban las Tablas de la Ley.

Como he dicho, el “Muro de las Lamentaciones” es el último vestigio que recuerda la antigua gloria de Israel y constituye el símbolo de la fe de los judíos en la redención de su pueblo. Es, por tanto, el lugar más venerado por todos los judíos del mundo. Este monumento y todo lo que él significa, está tan presente en sus vidas que hasta hoy en día, en las bodas judías, el novio rompe con el pie una copa de vidrio después de la bendición final del rabino, en recuerdo de la destrucción del Templo.

Fotografía de un rabino, orando con el Muro de las Lamentaciones a su espalda. Jerusalén (Israel).

Fotografía de un rabino, orando con el Muro de las Lamentaciones a su espalda. Jerusalén (Israel).

Pero como ya hemos dicho, no siempre tuvieron acceso a la ciudad aquellos que, teniendo ascendencia judía, además profesaban el judaísmo como religión. Cuando en el siglo IV, durante el gobierno de Constantino el Grande, hijo de Santa Elena, la ciudad recuperó su esplendor, el emperador no dejaba entrar en ella a los judíos. El mismísimo San Jerónimo, en el siglo V, lo relata con júbilo: “Hasta el día de hoy no les está permitido residir en la ciudad a los infieles judíos. Ellos sólo pueden ir allí a llorar y, hasta no tienen el derecho de llorar por la destrucción de su país, si no pagan por ello. Están obligados a pagar por sus lágrimas y ni siquiera se les permite llorar gratuitamente…”. Hoy se nos cae la cara de vergüenza si un dirigente, de cualquiera de las tres religiones monoteístas, dice o actúa así.

Podríamos escribir mucho más acerca de lo que Jerusalén significa para el judaísmo, pero espero que este tema salga en los comentarios y yo lo dejo aquí, para no alargar en demasía el artículo.

Para el cristianismo, Jerusalén es la ciudad de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Salvador, encontrándose en ella el templo más sagrado de toda la cristiandad, el Santo Sepulcro. La aparición en escena de Jesús de Nazareth es en tiempos del procurador Poncio Pilato, en un momento en el que la inestabilidad y la agitación política de la ciudad estaban en su punto culminante. El nombre de este procurador romano hubiese quedado en el olvido, si no fuera porque ordenó crucificar al Maestro.

Jesús se acercó a la ciudad para celebrar la Pascua. Al llegar al Templo con sus discípulos, volcó las mesas de los mercaderes que allí se encontraban cambiando monedas a los peregrinos de otras tierras, a fin de que estos pudieran comprar animales para el sacrificio. Asimismo, puso en cuestión la interpretación que hacían de la ley sagrada, tanto los fariseos como los saduceos. En una comida ritual llamada “séder”, durante la cual se cuenta la historia del éxodo de Israel de Egipto y se toman ciertos alimentos que simbolizan los dramáticos acontecimientos de esta liberación, celebrada por Jesús en lo que hoy conocemos como “el Cenáculo”, el Maestro come con sus discípulos, les da sus últimos consejos, les lava los pies e instituye los sacramentos de la Eucaristía y el Orden Sagrado. Posteriormente se retira al Monte de los Olivos a orar y allí es apresado por los enviados del Sumo Sacerdote.

Vista de la edícula en el interior de la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén (Israel), iluminada para la noche de Pascua.

Vista de la edícula en el interior de la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén (Israel), iluminada para la noche de Pascua.

No voy a recordar los episodios de la Pasión y Muerte del Redentor, pero en esa ciudad ocurrieron, siendo sepultado en una tumba hecha en la roca y resucitando al tercer día de entre los muertos. Este es el hecho culminante de nuestra fe y por eso allí, en el lugar del martirio y de la Resurrección fue construida la Basílica del Santo Sepulcro (o de la Resurrección), meta de peregrinación de toda la cristiandad. Por todos estos acontecimientos, Jerusalén es para nosotros una ciudad santa.

Muchas son las vicisitudes por las que ha pasado el cristianismo en esta ciudad y en estas tierras a lo largo de los XX siglos de existencia de nuestra religión, pero este tema ya lo hemos tocado con anterioridad. En esto no voy a insistir, pero no me resisto a copiar parte del texto de una carta que escribieron Santa Paula de Roma y su hija Santa Eustoquio a Santa Marcela en el año 386 refiriéndose a Jerusalén y al resto de Tierra Santa: “Allí está la Santa Iglesia, los triunfos de los apóstoles y de los mártires, allí está el auténtico credo de Cristo, la fe predicada por el apóstol y despreciada por los gentiles, allí el nombre de cristiano es exaltado todos los días, pero la vida mundana, la autoridad y la vida de una gran ciudad, reuniones y saludos, alabanzas y acusaciones, oír a unos hablar de otros, incluso mirar a pesar de uno mismo a una congregación tan grande de gente, es ajeno al ideal de contemplación de los monjes y a un sereno recogimiento; porque si vemos a quienes nos visitan, perderemos nuestra paz, pero si no los vemos, se nos acusará de soberbia. A veces, a fin de devolver las visitas, nos dirigimos a las puertas de casas espléndidas y entre las burlas de los siervos, entramos por sus portales dorados. Pero en esta aldea de Cristo, todo es rústico y, salvo por los salmos, hay silencio. Dondequiera que vayas, el campesino canta un aleluya mientras arrastra el arado; el sudoroso segador alegra su corazón con los salmos y el viñatero, entona algunos de los cantos de David mientras poda las viñas con su hoz. Estas son las baladas de esta ciudad y de este país, son cantos de amor, como se los llama habitualmente”.

Aunque no siempre fue así, hoy coexisten pacíficamente en la ciudad y en sus templos, todas las confesiones cristianas, aunque las comunidades más numerosas son la católica, la bizantina y la armenia. En Jerusalén existen tres Patriarcados: uno latino, otro bizantino y un tercero armenio y diócesis ortodoxas copta, etiópica y sirio-antioquena.

Vista de la entrada a la mezquita de la Roca en Jerusalén (Israel).

Vista de la entrada a la Cúpula de la Roca en Jerusalén (Israel).

Para el Islam, Jerusalén es la tercera ciudad santa, después de La Meca y Medina. En la Meca nació Mahoma; a Medina, en el año 622, marchó el profeta huyendo de sus propios compañeros de tribu y, aunque en Jerusalén probablemente nunca estuvo en persona, si lo estuvo en una visión en la cual el caballo sobre el que cabalgaba descendió sobre la roca que había en el Monte Moriá, donde antiguamente se encontraba el Tempo de Yahvé, y desde allí, ascendió al séptimo cielo. En ese lugar, actualmente se encuentra la “Cúpula de la Roca” y la mezquita de Al-Aqsa.

Los musulmanes tomaron Jerusalén en el año 638 y parece ser que entonces los vencedores invitaron al califa Omar al-Hataab, que estaba acampado en una concentración militar más importante sobre el Jordán, a ocupar oficialmente la ciudad. Tan pronto como se tomó la ciudad, los musulmanes se apoderaron del área del Templo para fines administrativos y religiosos. El aspecto clave de este lugar radica en que era y es, un enorme espacio desde el que se dominaba toda la ciudad. Así comenzó la islamización ideológica y arquitectónica de aquel lugar, pues en realidad, los musulmanes le dieron nuevo sentido a unos espacios sagrados que estaban cargados de numerosos significados.

Los musulmanes comenzaron a sentirse emocionalmente ligados a Jerusalén, como resultado de una antigua interpretación de la Sura XVII del Corán: “Loado sea quien hizo viajar a su siervo por la noche desde la Mezquita Sagrada hasta la Mezquita más remota, cuyo entorno hemos bendecido para hacerle ver parte de nuestras aleyas. Cierto, Él es el Oyente, el Clarividente”. En esta Sura se describe la ascensión de Mahoma al séptimo cielo, al que fue conducido por un arcángel, y donde recibió su iluminación al contemplar el Rostro de Dios. Es probable que la primera referencia a la “mezquita más remota” haga alusión a la proximidad de Dios y a que el profeta cayó en trances mientras oraba en La Meca. Pero poco tiempo después, probablemente a finales del siglo VII, se interpretó que hacía referencia no a la Jerusalén celestial, sino al emplazamiento del Templo, al cual Mahoma creía que había sido conducido por su caballo místico llamado al-Buraq y ascendió hasta Dios por una escalera que había en la roca sagrada.

Detalle de la mezquita de la Roca en la panorámica de Jerusalén (Israel).

Detalle de la Cúpula de la Roca en la panorámica de Jerusalén (Israel).

Estos relatos primitivos fueron ampliados y embellecidos aún más por las tradiciones posteriores, pero el Islam sigue fiel a la creencia de que un profeta sólo puede ser consagrado en Jerusalén, y que su propio profeta, Mahoma, tuvo allí su suprema iluminación.

No es el objetivo de este artículo el relatar la historia musulmana en Jerusalén ni el esplendor adquirido en los siglos posteriores, aunque solo mencionaremos que entre los años 687 al 691 fue construida la “Cúpula de la Roca”, por parte del califa Abd al-Malik, en el centro del Monte del Templo, donde según los musulmanes, Mahoma ascendió a los cielos. Después de trece siglos desde su construcción, este “Domo” o “Cúpula” sigue siendo uno de los tesoros arquitectónicos más preciosos y duraderos del mundo. Aunque en sí no es una mezquita, es un lugar de culto, cercano al cual está la mezquita de Al-Aqsa, construida por la dinastía de los Omeyas, finalizando su construcción en el año 710. Estos dos edificios son los más sagrados e importantes de la Explanada de las Mezquitas, siendo en la actualidad lugares de culto del Islam. Todos los viernes del año, los creyentes presentes en Jerusalén realizan sus oraciones en esta explanada, que tan cercana está del Muro de las Lamentaciones, que más de un altercado entre musulmanes y judíos se siguen aún produciendo.

Antonio Barrero

Bibliografía:
“Biblia de Jerusalén”, 1967, Bilbao, Imprenta Elespuru Hermanos, S.A.
“El Corán”, 1963, Barcelona, Editorial Planeta
– OBERLÄNDER, Beatriz: “Jerusalén”, 1985, Madrid, Ediciones Orbis, S.A.

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