San José de Copertino, fraile franciscano

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Levitación del Santo frente a la Basílica de Loreto. Lienzo de Ludovico Mazzanti (1686-1775). Santuario del Santo en Copertino, Italia.

José Maria Desa, nació el día 17 de junio del 1603 en Copertino (Lecce), en la región italiana de Puglia, siendo el último hijo de Félix Desa y de Francisquina Panaca. Al ser bautizado se le impuso el nombre de José y en la Confirmación, se le agregó el de Maria. Como sus padres estaban embargados porque no podían pagar a sus acreedores, tuvieron que huir de quienes iban a ejecutar la sentencia y refugiarse en un establo y precisamente allí, nació el niño. Al poco tiempo de nacer, murió su padre y fue criado por su madre prácticamente en la indigencia, muy pobre y severamente, porque la propia madre lo consideraba como una carga. Su madre tenía un carácter muy fuerte y no le consentía ninguna travesura propia de un niño de su edad, llegando incluso a castigarle obligándole a dormir en la calle.

Estuvo en la escuela muy poco tiempo porque una grave enfermedad lo dejó inmovilizado durante cinco años. Se curó milagrosamente gracias a la Santísima Virgen y como se consideró que ya no tenía edad para frecuentar la escuela y además era muy torpe pues no sabía ni leer, fue puesto a trabajar como aprendiz en una zapatería, aunque cobrando una miseria con la excusa de que era un mal aprendiz. Pero aunque se veía en el a un joven distraído, sin embargo en su interior iba madurando la idea de abrazar la vida religiosa. Era muy piadoso y caritativo y se llevaba muchas horas en la iglesia del pueblo olvidándose incluso de ir a comer a casa y así, con diecisiete años quiso ingresar en los Frailes Menores Conventuales, que, aunque lo admitieron temporalmente como hermano lego debido a su escasa formación, al ver que solo se preocupaba de la oración y los actos de penitencia descuidando las tareas que se le encargaban, decidieron echarlo del convento.

Él, sin embargo, se preparaba para seguir el camino de San Francisco y lo intentó nuevamente con los Frailes Menores Reformados y posteriormente, con los Frailes Menores Capuchinos, donde finalmente pudo vestir el hábito como novicio lego el día 15 de agosto de 1620, asumiendo el nombre de Fray Esteban de Copertino. Pero no pudo terminar el año de noviciado porque en el mes de marzo del año siguiente, debido también a su torpeza y a que era muy distraído, fue expulsado del convento de Martina Franca, teniendo que regresar a su casa, humillado y fracasado, donde no fue bien recibido por su propia madre y donde lo esperaban los acreedores de su padre con la intención de encarcelarlo.

Vista del hábito del Santo, conservado en Osimo (Italia).

Un hermano de su madre, el padre Juan Donato Caputo, que era fraile franciscano conventual, compadecido de su sobrino y con la ayuda del sacristán del convento de Grottella, consiguió que fuera admitido como terciario y sirviente en el convento. Aquellos frailes se dieron cuenta de lo que se escondía en el interior de José, que era humilde y amable con todos, que aun con deficiencias, realizaba diligentemente todos los trabajos que le encomendaban y que se distinguía por su vida de mortificación y penitencia. Así que por decisión unánime de todos ellos, decidieron admitirlo como corista a mediados del año 1625, profesando un año más tarde y realizando, a trancas y barrancas debido a su déficit intelectual, los estudios de filosofía y teología, de algunos de cuyos exámenes se vio dispensado, pues los frailes reconocían que lo que se faltaba de sabiduría humana lo suplía con sus virtudes. El obispo de Nardò le confirió las órdenes menores y el subdiaconado.

Como era muy dispuesto y trabajador pero torpe en los estudios, antes de conferirle el diaconado y cuando se acercaban los exámenes finales para ser admitido al sacerdocio, el obispo quiso examinarlo personalmente. Él por mucho que estudiaba las Sagradas Escrituras sólo era capaz de explicar las palabras de Santa Isabel “bendito es el fruto de tu vientre”. Temblando se encomendó a la Virgen que se veneraba en el convento y al empezar el examen, el examinante dijo: “Abramos los evangelios y la primera frase que salga es la que tienes que explicar”. Abierto el evangelio al azar, salió el texto de Lucas, 1, 39-45, texto que era él único que fray José sabía explicar y lo hizo de manera tan perfecta, que el obispo suspendió el examen diciendo que no era necesario seguir, confiriéndole el diaconado. Algo parecido ocurrió en los exámenes previos a su ordenación como presbítero, lo que aconteció el día 18 de marzo de 1628 en Poggiardo (Lecce). Como reconocía que había sido ordenado sacerdote gracias a la intercesión de la Santísima Virgen, en el convento de Grottella, ante su imagen, celebró su primera misa.

Poco después de ser ordenado de sacerdote y siendo su obligación el realizar los trabajos rutinarios del convento, comenzó a tener una serie ininterrumpida de éxtasis. El 4 de octubre de 1630, festividad de San Francisco de Asís, fue sorprendido por primera vez estando en éxtasis, levitando sobre el suelo. Diariamente entraba en éxtasis y cuando se encontraba en este estado, no se inmutaba aun cuando le golpearan, pincharan e incluso intentaran quemarlo con velas encendidas. No estaba en este mundo y solo reaccionaba cuando escuchaba la voz del padre guardián que le ordenaba realizar algún trabajo o ministerio. Él siempre le respondía: “Perdóneme, padre, pero es que estaba mareado”.

Vista del interior de la celda del Santo en el convento de Osimo, Italia. Detalle de la tabla que usaba como lecho.

Entretanto, cada vez hacía más intensas sus mortificaciones y sus rigurosos ayunos. Este espíritu de sacrificio, sus fenómenos de levitación y algún que otro milagro hizo que acudieran a él mucha gente de la región buscando al fraile de Copertino, cuya fama de santidad se extendió por las regiones vecinas; pero al mismo tiempo empezaron las habladurías y calumnias que llegaron incluso hasta las autoridades eclesiásticas, por lo que fue delatado ante el tribunal de la Inquisición de Nápoles. El 21 de octubre de 1638 tuvo que abandonar su convento para viajar a Nápoles y presentarse ante el tribunal inquisitorial. Durante más de dos semanas lo sometieron a severos interrogatorios sobre su vida conventual, sus milagros y levitaciones.

El 28 de noviembre y delante de sus jueces, entró en éxtasis, levitando en la capilla del monasterio femenino de San Gregorio Armeno. Entonces, los jueces le ordenaron leer un breviario con lecciones de Santa Catalina de Siena que contenían un error histórico; él, sin embargo, hizo por tres veces una lectura correcta del texto por lo que los jueces dictaminaron que no encontraban nada censurable en la conducta y doctrina del sencillo fraile, enviando las actas del juicio a Roma.

Como su fama de santidad seguía creciendo, el ministro general de los Frailes Conventuales decidió llevarlo a Roma, donde lo recibió con recelo y lo alojó en una apartada y estrecha celda del convento. Pero el Santo Oficio, revisando las actas del tribunal de Nápoles quiso que fray José se presentara delante del mismísimo Papa Urbano VIII y cuando estaba delante de él en una audiencia privada, nuevamente cayó en levitación, suspendido en el aire ante el asombro del Papa; así estuvo hasta que su superior le ordenó que descendiera. Al terminar la audiencia, el Papa dijo: “Si este fraile muriese ahora, yo mismo testificaría a su favor en su proceso”. Fue absuelto de los cargos de los que se le acusaba: falsa santidad y abusar de la credulidad del pueblo, aunque prohibiéndole regresar al convento de Grottella y obligándole a residir en un lugar, “remoto y separado del pueblo” donde pudiera ser fácilmente vigilado por el tribunal.

En el año 1639 fue destinado al Sacro Convento de Asís donde permaneció catorce años, durante los cuales, con menor frecuencia y entre momentos de aridez espiritual, siguió con sus levitaciones y éxtasis, lo que hizo que a él acudieran de nuevo multitud de personas de toda clase social: pobres y ricos, eclesiásticos y laicos, que llegaban hasta él solicitándole ayuda y consejo espiritual. Además de esos momentos de aridez espiritual y tentaciones, en aquella especie de destierro, también sufrió humillaciones y enfermedades, aunque gozó de la sincera y gozosa amistad del benedictino Arcangelo Rosmi y de don Bernardino Bennaducci, los cuales, después de muerto el santo, dieron a conocer detalles preciosos sobre su vida.

Relicario con el corazón del Santo, conservado en la capilla del establo donde nació. Copertino (Italia).

Entre las personas de relieve que acudieron a él cuando estaba en Asís, destacan tres personajes: el príncipe Juan Casimiro Waza que tuvo que renunciar a su deseo de hacerse jesuita pues en 1648 se convirtió en el rey de Polonia; el duque de Braunschweig-Lüneburg, Juan Federico de Sajonia, que gracia a sus conversaciones con fray José, en el mes de febrero del año 1651 abjuró del luteranismo y se convirtió al catolicismo ingresando en la Orden y a la Sierva de Dios Sor María, infanta de Saboya que permaneció unida a él hasta su muerte en el año 1656.

Después de estar este tiempo en el Sacro Convento de Asís, de manera imprevista, cuando fue elegido Papa Inocencio X, el 19 de julio de 1653, el Santo Oficio ordenó que lo trasladaran al convento capuchino de Pietrarubbia (Macerata), donde tenían que custodiarlo como si fuera un prisionero, que no podía salir de su celda salvo para celebrar misa y donde no podía hablar con nadie, salvo con los frailes del convento y ni podía escribir ni recibir carta alguna. Pero como continuaron sus fenómenos místicos, enseguida se enteró el pueblo acudiendo la gente desde Cesena, Montefeltro y otras muchas localidades, por lo que en septiembre de ese mismo año, fue trasladado en secreto al convento de Fossombrone, que era una pequeña ermita junto al río Metauro. Allí se le impusieron las mismas severas restricciones que en el convento de Pietrarubbia, aunque aquí se vio rodeado del cariño de los pocos frailes del eremitorio, que gozaban con sus éxtasis y con su alegre serenidad.

Con el cambio de pontífice, finalmente, el 12 de junio de 1656, Alejandro VII decretaba que volviese a vivir con sus hermanos conventuales, siendo destinado al convento franciscano de Osimo (Ancona), en la región de Las Marcas, adonde llegó el día 9 de julio. En el permaneció el resto de su vida, conviviendo con los frailes del convento, pero disfrutando de un pequeño oratorio personal para que celebrase diariamente su larga Misa con sus fervores habituales. Cayó enfermo en el mes de agosto de 1663 y como también gozó del don de profecías, predijo la fecha de su muerte. Se preparó concienzudamente, le administraron los santos sacramentos y al oír la campanilla que anunciaba el Viático, arrodillado pero levitando por encima del suelo dijo: “Véase cuanto antes mi alma libre de la prisión de mi cuerpo y se una a ti, mi Señor”. Murió santamente al amanecer del día 18 de septiembre rezando el himno mariano “Ave maris stella”. Durante muchos años permaneció en su celda un suave perfume, al estilo de los santos miroblitas de Oriente.

Vista de la urna que contiene el cuerpo del Santo. Capilla de la Inmaculada, convento franciscano de Osimo, Italia.

Sobre su tumba, en la capilla de la Inmaculada Concepción (en la cual él profetizó siete años antes que allí sería sepultado), se produjeron numerosos milagros, convirtiéndose en meta de peregrinaciones. Fue beatificado por el Papa Benedicto XIV el 24 de febrero de 1753 y canonizado por Clemente XIII el día 16 de julio del año 1767.
Debido a sus éxtasis y levitaciones, popularmente se le conoce como “el santo volador” y se ha convertido en una de las figuras más interesantes de la mística cristiana, siendo patrono de los astronautas y de los estudiantes, especialmente de los que tienen que presentarse a un examen. Su festividad se celebra hoy, día 18 de septiembre.

Antonio Barrero

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