San José Oriol, sacerdote de Barcelona

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Escultura del Santo, obra de Ramon Amadeu (s.XVIII). Capilla del Santo en la iglesia de Santa Maria del Pi, Barcelona (España).

Escultura del Santo, obra de Ramon Amadeu (s.XVIII). Capilla del Santo en la iglesia de Santa Maria del Pi, Barcelona (España).

Este artículo está hecho pensando en nuestro querido compañero Harold, que me consta que es un gran admirador de este santo.

San José Oriol nació en la antigua calle barcelonesa de Cuc, el 23 de noviembre del año 1650, siendo el menor de ocho hermanos, cuyos padres eran Juan Oriol i Vaquero y Gertrudis Bogunyà i Martí, siendo bautizado el mismo día de su nacimiento en Sant Pere de les Puel.les. Confiado de pequeño a la Comunidad de Santa Maria del Mar, fue monaguillo, distinguiéndose por su profunda piedad, por lo cual tanto sus superiores como sus compañeros lo conocían por el apelativo de “el santet”.

En el año 1664 se inscribió en la Universidad de Barcelona y allí se doctoró en Sagrada Teología el día 1 de agosto del 1674; siendo un joven estudiante ya recibió de Dios el carisma de hacer milagros, hecho que se manifestó un día en el que puso sus manos sobre unos carbones ardientes, sin quemarse. Puso “las manos en el fuego” para demostrar la falsedad de la injusta sospecha del marido de su antigua nodriza, Catalina Bruguera, que manifestaba haberlos encontrado juntos mientras se calentaba en la cocina.

Fue ordenado de sacerdote el día 30 de mayo del año 1676 y cantó su primera Misa en la iglesia parroquial de Canet de Mar –en la diócesis de Girona– el día 29 de junio de ese mismo año. Durante toda su vida, se confesó diariamente antes de celebrar la Santa Misa, la cual celebraba con auténtica devoción. A su vuelta a Barcelona, fue preceptor en casa de Tomás Gasneri, mariscal de campo del regente del Consejo Supremo de Aragón, cargo que ocupó durante diez años, ejerciendo al mismo tiempo su ministerio sacerdotal en la iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, donde se formaban grandes colas de penitentes que acudían a su confesionario para escuchar unas palabras de consuelo y de serenidad de aquel sencillo y simple sacerdote, que aun siendo humilde hasta el extremo, estaba preparadísimo como doctor en teología que, incluso dominaba la lengua hebrea y era asiduo lector de las obras de San Juan de la Cruz. Aunque inteligentísimo, no era un predicador elocuente, pero el ejemplo de su vida atraía a todos.

Imagen del Santo venerada en su capilla de la catedral de Barcelona, España.

Imagen del Santo venerada en su capilla de la catedral de Barcelona, España.

Perdió a su madre a principios del año 1686 y emprendió una peregrinación a pie hasta Roma, donde permaneció un año frecuentando diariamente el Oratorio de San Felipe. En Roma hizo amistad con los cardenales Leonardo Colloredo y Pedro Mateo Petrucci, que le consiguieron del Papa Inocencio XI el beneficio residencial del título de San Clemente y San Lorenzo, fundado en la capilla de San Leonardo en la iglesia de Santa Maria del Pi en Barcelona. Estuvo de beneficiado más de cuarenta años, santificándose en su asiento en el coro asistiendo puntualmente al canto de las horas canónicas y a las misas conventuales. El rezo de las horas canónicas no era para él una cuestión de rutina diaria, sino una verdadera oración comunitaria. Como beneficiado, tuvo que desempeñar diversas tareas que aunque para él no eran agradables, las cumplía obedientemente: llevar las cuentas y repartir los ingresos entre los beneficiados, anotar la asistencia al coro y otras por el estilo.

Pero allí, atendió siempre con vivísimo celo sus deberes sacerdotales, preocupándose particularmente del cuidado de los soldados y de la gente del mar, catequizando a los niños y dedicándose a la dirección espiritual de cuantos a él acudían. Al mismo tiempo, intensificaba la austeridad de su vida, no durmiendo más de tres horas al día y sentado en una silla, comiendo solamente pan y agua, viviendo en una sencilla buhardilla y utilizando continuamente el cilicio, mortificaciones, que hicieron que sus conciudadanos vieran en él a un santo al que llamaban cariñosamente “el doctor pan y agua”. Cuando recibía algún dinero, inmediatamente lo entregaba a los pobres, contándose de él que llegó a decir que “prefería que lo encontrasen muerto en una casa de mala vida, antes que con una moneda en el bolsillo”.

Deseoso de conseguir el martirio, en el mes de abril del año 1698, quiso ir nuevamente a Roma para recibir del Papa su autorización para marchar a las misiones, pero al llegar a Marsella, cayó gravemente enfermo y él vio en esto un signo sobrenatural mediante el cual, Dios le manifestaba que quería que permaneciera en Barcelona ejerciendo allí su apostolado entre los enfermos y los necesitados. Así, los enfermos se convirtieron en sus hijos predilectos y casi diariamente, en su iglesia parroquial de Santa Maria del Pi, mediante sus oraciones y bendiciones se produjeron prodigiosas curaciones, que lo hicieron aun mucho más popular y famoso.

Vista del sepulcro del Santo en un extremo de su capilla en la iglesia de Santa Maria del Pi, Barcelona (España).

Vista del sepulcro del Santo en un extremo de su capilla en la iglesia de Santa Maria del Pi, Barcelona (España).

Este sencillo y ejemplar sacerdote diocesano, murió el 23 de marzo de 1702 en la calle de la Daguería, pero con su muerte no finalizó su virtud taumatúrgica, porque siempre siguieron verificándose nuevos milagros junto a su tumba en la mencionada iglesia de Santa Maria del Pi. Fue beatificado por el Papa Pío VII el día 5 de septiembre del año 1806 y canonizado el 20 de mayo del año 1909 por el Papa San Pío X, el cual fijó su festividad el día 23 de marzo, fecha de su muerte.

Durante la guerra civil española del año 1936 fue destruida la urna que contenía las reliquias del santo y si actualmente se pueden venerar algunas de sus reliquias tanto en la catedral como en alguna otra iglesia de Barcelona, se debe a la generosidad del venerable Papa Pío XII, que en el año 1941, devolvió a la ciudad de Barcelona unas reliquias que el cardenal Salvatore Casañas había regalado a San Pío X en el año 1908.

Antonio Barrero

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