San Juan Calabria, sacerdote fundador

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Tapiz de la beatificación del Santo, basado en una fotografía real suya.

San Juan Calabria nació en Verona el 8 de octubre del año 1873 y era el séptimo y último hijo de Luís y Ángela; el padre era zapatero y la madre trabajaba como sirvienta, por lo que la familia era muy pobre; a veces vivían casi en la indigencia. La extrema pobreza y la muerte de su padre lo obligaron en dos ocasiones a interrumpir su asistencia a la escuela primaria, a fin de ganarse la vida realizando los trabajos más humildes.

Pero ese niño tan pobre y tan humilde era al mismo tiempo tan fervoroso y generoso que el rector de la iglesia de San Lorenzo, don Pietro Scapini, se convenció de que en él existía una verdadera vocación al sacerdocio. Y así, él mismo lo preparó durante tres años a fin de que se examinase para ingresar en el Liceo que había junto al seminario de Verona.

Juan superó el examen y fue admitido como alumno externo, aunque el servicio militar le hizo perder otros dos años de estudio. Pero tuvo la gran suerte de encontrarse con el padre carmelita Natale de Jesús, al cual escogió como su confesor y director espiritual. El padre carmelita descubrió en el joven Juan “el preferido del Señor de manera muy predilecta para que pueda fundar un Instituto apropiado a estos tiempos actuales”. Y fue profético, porque más tarde fundaría una Congregación de sacerdotes y hermanos que tuvieran el mismo espíritu del Evangelio, que jurídicamente serían iguales y tendrían los mismos derechos y deberes, que fueran capaces de cubrir todos los cargos y responsabilidades, aun las de dirección y gobierno del Instituto. Los hermanos serían exactamente iguales a los sacerdotes.

Terminado el servicio militar, durante el cual ejerció un apostolado notable entre los soldados, regresó a sus estudios en el seminario y el 10 de agosto del año 1897 pudo vestir la sotana. En el mes de noviembre de aquel mismo año, cuando volvía a su casa, se encontró a un niño gitano acurrucado y tiritando de frío en la puerta de su casa. Lo cogió, metió dentro, dio de comer y lo acostó en su propia cama; ése sería el principio de su futura labor a favor de los niños. Durante los años de estudio de teología, ayudado por un grupo de seminaristas y de seglares, fundó la “Pía Unión para la Asistencia de los enfermos pobres” y el 11 de agosto de 1901 fue ordenado de sacerdote, siendo destinado como auxiliar de la iglesia de San Esteban y confesor en el seminario. Seis años más tarde fue nombrado vicario de la rectoría de San Benedicto al Monte, donde comenzó a acoger en su humilde casa a los primeros muchachos abandonados. Este fue el germen de la futura Congregación, llamada inicialmente “Casa de los Buenos Niños”, que fue aprobada como Congregación (Congregación de los Pobres Siervos de la Divina Providencia), por el obispo de Verona el día 11 de febrero del año 1932, obteniendo la aprobación de la Santa Sede, el 25 de abril del año 1949.

Fotografía del Santo junto al padre carmelita Natale de Jesús, su confesor y director espiritual.

El 6 de noviembre del año 1908, con la ayuda financiera de otro hombre de Dios, el abogado Francesco dei Conti Pérez, que más tarde se uniría a él como hermano, abrió la que más tarde sería considerada como la Casa Madre de la Congregación. Con el aumento de los muchachos aumentaron también los colaboradores, tanto sacerdotes como seglares, que abrieron otras casas parecidas en otros lugares de Italia. Fundó la “Cittadella Della Carità” donde acogía a los ancianos y enfermos e incluso envió en 1934 algunos misioneros a la India, fundando una casa en Vijayavada, para atender a los parias, que como todos sabemos, es la casta más baja en aquel país asiático.

Con anterioridad, en el año 1910 había nacido también la rama femenina del Instituto, “Las Hermanas”, que en el año 1952 llegaron a convertirse en Congregación, llamándose “Pobres Siervas de la Divina Providencia”, que obtuvieron la aprobación definitiva de la Santa Sede el 25 de diciembre del año 1981.

Su apostolado fue enorme: en sus casas de acogida asistía a los niños, a los ancianos, a los enfermos, a los jóvenes que aunque querían no tenían posibilidad de estudiar y a todos los atendía e instruía en sus casas de formación; y a los que cuando llegaban a tener la suficiente formación, tenían vocación religiosa, les ayudaba para que pudieran estudiar teología, les daba absoluta libertad para que escogieran diócesis, Orden religiosa, etc. y se dedicaran posteriormente a ejercer el ministerio donde lo estimaran conveniente. Intentaba no influenciar en absoluto en la vocación de cada uno.

El Santo, protector de los niños. Lienzo de Giuseppe Borrello, 1999. Museo de Don Calabria, Verona (Italia).

Atendía a los presos en las cárceles, a quienes disentían sobre la actuación de la Iglesia y los confortaba desde las primeras horas de la mañana hasta bien entrada la noche y con ellos mantenía una especial correspondencia cuando estaban enfermos o sufrían por algún motivo.

Tuvo el presentimiento de que era el tiempo en el que el laicado estaba suficientemente maduro dentro de la Iglesia y cooperó sin descanso para formar entre ellos a buenos cristianos, a infatigables evangelizadores y para lograr ese objetivo instituyó en el año 1944 la “Familia de los Hermanos Externos”, que eran sencillos seglares que en el seno de sus familias o en sus lugares de trabajo, fuera cual fuera su profesión, procuraban vivir el espíritu de su Congregación.

Para promover una nueva reforma evangelizadora en la Iglesia hizo que se publicaran libros famosos en una serie que denominó “Hora decisiva”, escribiendo él mismo artículos en revistas que estaban destinadas al clero. El alma de toda su obra y su verdadera grandeza fue su empeño diario por conocer siempre cual era la voluntad de Dios y su amor apasionado a esta voluntad, el “perderse en ella a cualquier precio” como solía decir. En su diario escribía todos los días: “O santo o muerto”; no concebía la vida de otra manera: o se era santo o no valía la pena vivir. Llevó a la práctica los consejos evangélicos al pie de la letra y en eso era muy radical: “Todas las palabras de los evangelios son consagratorias”, decía.

Fue un ferviente defensor del ecumenismo; sus relaciones con los protestantes y ortodoxos fueron excelentes, llegando incluso a mantener una intensa correspondencia epistolar con algún cristiano de otra iglesia. Se dio el curioso hecho de que, cuando estaba iniciado el proceso de beatificación, el pastor luterano Sune Wiman de Eskilstuna (Suiza), con quien San Juan Calabria había mantenido una importante relación por carta, escribió directamente al Papa Beato Pablo VI solicitándole su canonización. Asimismo, su relación con los judíos fue también excelente.

Murió el día 4 de diciembre del año 1954 con ochenta y un años de edad. Dos días antes había ofrecido su vida por el Papa Pío XII que estaba agonizando y así, mientras él moría en Verona, el Papa se recuperó y llegó a vivir cuatro años más. Posteriormente lo llamaría “campeón de caridad evangélica”. El beato cardenal Alfredo Ildefonso Schuster mandó esculpir sobre su tumba el siguiente epitafio: “Resplandeció como un faro luminoso en la Iglesia de Dios”.

Lienzo contemporáneo del Santo en su atuendo de sacerdote, reproducción de una fotografía original suya.

Sus dos Congregaciones (Pobres Siervos y Pobres Siervas de la Divina Providencia), se extendieron rápidamente sobre todo en Italia y los países sudamericanos. A sus dos Congregaciones les confió la misma misión que él había puesto en práctica durante su vida: “Mostrad al mundo que la Divina Providencia existe, que Dios no es extranjero sino Padre y piensa en nosotros, siempre que nosotros pensemos en Él y le correspondamos buscando en primer lugar el Santo Reino de Dios y su justicia”.

Su Causa de canonización se abrió en la diócesis de Verona en el año 1981. Fue declarado Venerable el 16 de junio de 1986, beatificado por el papa San Juan Pablo II el 17 de abril de 1988 y canonizado el 18 de abril del 1999 por parte del mismo Papa. Su fiesta se celebra mañana.

Antonio Barrero

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