San Juan de Dios, religioso fundador

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Detalle de la escultura del Santo en el Hospital de Sant Joan de Déu, Barcelona (España).

Nació en Montemor o Novo (Montemayor la Nueva), un pueblecito en el Alentejo portugués en el año 1495 y se llamaba Juan Ciudad Duarte. Su familia era humilde: obrera, piadosa y muy modesta, amaban en profundidad a los pobres y a los peregrinos, a los que socorrían con todo aquello que podían tener y esto, lo aprende Juan desde muy niño en el mismo seno de su familia y esto lo marcará durante toda su vida.
Con ocho años de edad y por motivos que se desconocen, desapareció de su casa y atravesando la frontera pasó a España y apareció en Oropesa (Toledo), donde fue recogido como un hijo por un tal Francisco Cid, que era granjero del Conde Francisco Álvarez de Toledo. La madre de Juan murió de dolor por la pérdida de su hijo y su padre se hizo hermano lego franciscano.

Recibió una educación muy elemental porque tuvo que ocuparse de la custodia del rebaño de quién lo había recogido, de los trabajos del campo y de la vigilancia del personal que allí trabajaba. Rechazó casarse con la hija de Fernando Cid y entró como soldado en el ejército de Carlos V, participando en la conquista de Fuenterrabía.
Su vida religiosa se relajó mucho en el ejército; pusieron bajo su custodia el botín robado a los franceses, pero se lo quitaron por lo que fue condenado a morir ahorcado, aunque se libró al ser liberado por un alto personaje y así, con veintiocho años de edad, fue expulsado del ejército.

Se fue de nuevo a Oropesa y después de nueve años, se enroló de nuevo en el ejército, tomando parte en la defensa de Viena contra los ataques del sultán turco Solimán II. El ejército era dirigido personalmente por el emperador Carlos V.
Volvió a España en el año 1533 (tenía ya treinta y ocho años) y peregrinó a Santiago de Compostela y es allí cuando se enteró de que su madre había muerto de pena hacía treinta años y que su padre había muerto santamente en un convento franciscano. Esto le afectó muchísimo y fue el inicio de su conversión.

Visitó su pueblo natal en el Alentejo portugués y después de haber trabajado como pastor en Sevilla, marchó hacia Ceuta en el año 1535; allí trabajó de peón, como bracero en la fortificación de la ciudad y en la construcción de las murallas. Mantuvo una notable caridad cristiana con sus convecinos cristianos y musulmanes y muy especialmente con un noble portugués que vivía allí exiliado y que con su familia, que era muy numerosa, vivía en extrema pobreza.
Estando en Ceuta sintió deseos de predicar a los musulmanes con la intención de sufrir el martirio, pero su confesor le hizo comprender que eso solo eran ilusiones suyas y así, después de estar tres años en Ceuta, volvió a la península y concretamente a Gibraltar donde se dedicó a trabajar en lo que encontraba.

Cabeza-retrato del Santo realizada a partir de la extracción de una mascarilla de cera (s.XVI). Atribuida a Alonso Cano.

Con el dinero ganado compró estampas, libros sagrados y profanos y comenzó a venderlos y simultáneamente comenzó su apostolado religioso por las calles de la ciudad y por los suburbios de los pueblos vecinos. Con estas ventas, se ganaba también el sustento.
Un día, se le apareció Cristo en forma de niño que caminaba descalzo. Juan lo cogió en brazos y prosiguió su camino. Se detuvieron en una fuente para beber y descansar pero el niño se transfiguró y mostrándole una granada abierta con una cruz en el centro, le dice:”Juan de Dios, Granada será tu cruz”.
Comprendiendo el aviso divino, se fue a Granada y abrió una tienda de venta de libros en la puerta Elvira; era 1538 y Juan tenía cuarenta y dos años.
Allí prosiguió con sus obras de caridad y el 20 de enero de 1539, escuchando la predicación de San Juan de Ávila que estaba en Granada, se convirtió tan profundamente y con tanto fervor que públicamente confesó sus pecados, se humilló, hizo penitencia pública y salió a la calle gritando: “Señor, ten misericordia de mí”.
La gente se alborotó y lo trataron como si fuera un loco; incluso llegaron a pegarle. Lo encerraron en el manicomio y fue tratado como un loco: “un loco por Cristo”.

Deseoso de consagrarse a ayudar a los muchísimos pobres y abandonados que vagabundeaban por Granada, después de hacer peregrinación al Santuario de Guadalupe, se dedicó a recoger a los pobres especialmente por las noches, llevándolos al atrio del palacio de un noble. Posteriormente, alquiló una casa en la calle Lucena y con la ayuda económica y enseres domésticos que le regalaban algunas personas generosas de Granada, ese mismo año fundó un hospital, que pronto quedó pequeño y que en el año 1547 transfirió a un local más grande en la cuesta de los Gomelos, perfeccionando la organización del hospital y la asistencia y cura a los enfermos.

Vista del canasto con que el Santo recogía las limosnas para el hospital. Basílica de San Juan de Dios, Granada (España). Fotografía: Ana Mª Ribes.

En todo este tiempo, San Juan de Ávila se convierte en su director espiritual y es el que le recomienda que dejase de hacer tantas mortificaciones y que peregrinase al Santuario de Guadalupe antes de dedicarse a recoger a los enfermos.
En el hospital fundado por Juan empezó a gestionarse la fundación de la nueva Orden Hospitalaria. Recogía los enfermos por las calles, los cuidaba, los lavaba, daba de comer y beber, los curaba, les procuraba medicamentos, o sea, los atendía en el cuerpo y en el alma. Cuidaba con especial esmero a los enfermos más sucios y de aspectos más repugnantes. Decía que en ellos veía a Jesucristo.

A sugerencias del obispo Ramírez de Fuenleal que era el presidente de la Real Cancillería de Granada, Juan cambió su nombre de Juan Ciudad por Juan de Dios y vistió un hábito que aunque no era propiamente un hábito religioso o sea, de ninguna orden conocida, lo distinguía como persona consagrada al servicio de Dios y del prójimo.
En 1546 acoge a sus dos primeros discípulos a los que había convertidos él mismo y muy pronto se le unen otros tres.
En 1548 fundó también un hospital en Toledo para acoger a los pobres y acudió a Valladolid para pedir dinero al rey Felipe II, que era regente, así como a los nobles de la Corte, dinero y subvenciones para pagar las grandes deudas contraídas por el hospital de Granada.

Un día, recogió por la calle a un enfermo moribundo y lo llevó en brazos al hospital. Al lavarle los pies vio que los tenía taladrados como un crucifijo. Levantó los ojos para mirarlo y advirtió que era Cristo. “Juan, todo lo que haces por mis pobres lo recibo yo como si me lo hicieras a mí; sus llagas son las mías y lavas mis pies siempre que lavas los suyos”.

En su vida se cuenta un hecho prodigioso, heroico, milagroso, que demuestra una vez más el amor y la entrega de Juan de Dios a los enfermos. El Hospital Real se incendió y no había forma de dominar las llamas y apagar el incendio. Juan entró varias veces entre las llamas y él solo, con un esfuerzo sobrehumano, sacó y salvó a todos los enfermos, arrojó las camas por las ventanas, los colchones y todo cuanto pudo salvar de las llamas y salió ileso, sin la más leve quemadura. Era el 3 de julio de 1549 y tenía cincuenta y cinco años de edad.

Vista de la celda donde murió el Santo, en Granada (España).

Otro día, el río Genil bajaba muy crecido como consecuencia de las lluvias arrastrando grandes cantidades de troncos y palos. Como en Granada hay muchísimo frío en invierno, Juan necesitaba la leña para encender hogueras que caldeasen las salas y calentasen a enfermos y ancianos. Se fue al río a sacar los troncos, pero un compañero que le estaba ayudando cayó al agua y fue arrastrado por el río. Juan saltó inmediatamente al agua para salvarle pero como las aguas bajaban muy frías a causa del deshielo de Sierra Nevada, esto le hizo muchísimo daño en su enfermedad (padecía artritis) por lo que empezó a sufrir espantosos dolores.

Después de tantos años de trabajo, ayunos, trasnochar por las calles recogiendo a los enfermos, etc., su salud se vino abajo, se debilitó y aunque él hacía todo lo posible para disimular los dolores, finalmente no pudo más. La artritis le tenía las piernas retorcidas y el andar era muy doloroso.
Una señora granadina consiguió que el obispo la autorizara para llevárselo a su casa y cuidarlo. Juan se fue al sagrario, rezó durante varias horas, se despidió de los enfermos y confió la dirección del hospital a Antonio Martín, que era religioso e íntimo colaborador suyo. Al llegar a la casa de la señora rechazó ser tratado con comodidad y lujo, aunque era demasiado tarde; estaba gravemente enfermo.

En la medianoche del día 8 de marzo del año 1550, noche del viernes al sábado, moría arrodillado apretando un crucifijo contra su pecho, después de haber recibido los sacramentos y la visita del arzobispo de Granada. Murió diciendo: “In manus tuas, Iesu, commendo spiritum meum” (Jesús, en tus manos encomiendo mi espíritu).

A pesar de que San Juan de Dios no crease una particular y nueva espiritualidad ni escribiese mucho sobre este tema, pues solo se conservan de él seis cartas, sin embargo, de su vida emanaba unas características muy especiales: era fuerte y alegre, contemplativo y trabajador al mismo tiempo, misericordioso y apóstol, lleno de amor a Dios y al prójimo y con la habilidad de saber transmitir todo esto a sus compañeros.

El Santo socorrido por un ángel mientras recoge enfermos. Lienzo de Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682). Hospital de la Caridad, Sevilla (España).

El Papa Pío XI en el IV Centenario de la fundación de la Orden Hospitalaria decía de él:”Con el perspicaz ojo de su fe penetró en el fondo del misterio que se esconde en los enfermos, en los débiles, en los afligidos y consolándolos de día y de noche con su presencia, sus palabras y con medicinas, estaba convencido de prestar estos piadosos menesteres a los miembros dolientes del mismísimo Redentor”.

Juan no pensaba formar con sus compañeros de apostolado un instituto religioso y no escribió ninguna Regla; se contentaba con guiarlos de palabra y sobre todo con el ejemplo. Después de su muerte se multiplicaron sus seguidores, se fundaron nuevos hospitales en otras ciudades españolas y extranjeros y los “hermanos hospitalarios” (sus seguidores) fueron aprobados en un primer momento como Congregación sujeta a los obispos diocesanos. Así lo dispuso San Pío V en la Bula “Licet ex debito” del 1 de enero de 1571 y después como Orden propia, por Sixto V el día 1 de octubre de 1586.

Juan tenía una máxima, un dicho: “Vale más un alma que todos los tesoros del mundo” y como actuaba así, muchas de sus iniciativas lo colocan entre los precursores de la asistencia social y de los progresos hospitalarios.
Aunque el campo específico de su caridad era curar a los enfermos, sin embargo, esta actividad se extendía a todos: pobres, niños, abandonados, muchachas y viudas expuestas a peligros, jóvenes privados de medios para estudiar, parados, gentes que no tenían techo donde cobijarse, mujeres de vida licenciosa… a todos los necesitados.

Introdujo tratamientos higiénico-sanitarios en los hospitales: separaba a los enfermos según su enfermedad y en cada cama sólo metía a un enfermo. Daba un tratamiento especial a los enfermos mentales. Lombroso escribe de él: “en cuanto al tratamiento de los enfermos, Juan fue un reformador y el creador del hospital moderno”.
Pazzini dice:”En la historia de la medicina, o mejor dicho, en la de la asistencia hospitalaria, merece un puesto que no puede ser borrado por el tiempo que ha transcurrido desde entonces”.

La organización hospitalaria y los sistemas asistenciales introducidos por San Juan de Dios fueron escritos treinta y cuatro años después de su muerte en la “Regla y Constituciones para el Hospital de San Juan de Dios de Granada”, redactadas en el año 1584 y que fueron la base de la actual Constitución de la Orden Hospitalaria. Hoy, esta Orden está presente en todos los continentes y rige más de ochocientos hospitales en todo el mundo.

Urna que guarda los restos del Santo. Basílica de San Juan de Dios, Granada (España).

El proceso informativo para su beatificación se inició en el año 1622 y fueron examinados cuatrocientos sesenta testimonios. Fue declarado beato por el Papa Urbano III el día 21 de septiembre del año 1630 y canonizado por Alejandro VIII el día 16 de octubre de 1690. Su fiesta se fijo el día 8 de marzo, fecha de su muerte.
Junto con San Camilo de Lelis ha sido proclamado patrono de los hospitales y de los enfermos.
León XIII, el 22 de junio de 1886 incluyó su nombre en las letanías de los agonizantes; Pío XI lo declaró patrono de los enfermeros y enfermeras católicos y de sus asociaciones. El Papa Pío XII lo declaró co-patrono de Granada en el año 1940 y este mismo Papa, en 1953 lo proclamó patrono de los bomberos españoles.

Se ha construido una capilla en la habitación donde murió. Sus reliquias están en Granada en una basílica dedicada a él junto al primer hospital que fundó y que lleva también su nombre. La urna de plata que contiene sus restos fue construida por el orfebre Miguel Guzmán. El Papa Benedicto XV en el año 1916 declaró a esta basílica como una Basílica Menor.
Lo han representado Zurbarán, Ribera, Maratta, Giordano y muchos otros pintores y lo han esculpido Alonso Cano, Mora, Risueño, Zoppo di Gangi y otros.

Antonio Barrero

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