Beato Juan Duarte Martín: el diácono mártir

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Fotografía del Beato Juan Duarte Martín

Juan Duarte Martín era un joven de 24 años, natural de Yunquera (Málaga), hijo de una familia de labradores, que el 7 de noviembre de 1936 dio su vida por la fe y por la castidad, con gran valor, después de ser torturado durante una semana. Con lo cual demostraba a sus asesinos que su amor por Cristo era más fuerte que el odio que ellos sentían. Nació el 17 de Marzo del año 1912 en Yunquera, a 65 kilómetros de Málaga, situado en un valle de la periferia oriental de la serranía de Ronda, entre la Sierra de Prieta y Sierra de las Nieves. Sus padres fueron Juan Duarte Doña y Dolores Martín de la Torre. De su matrimonio nacieron diez hijos, pero sólo sobrevivieron seis, y Juan era el cuarto de ellos.

En calle Adelante nº31, se encontraba el domicilio familiar. Hoy aquella calle se llama “calle del Seminarista Duarte” y el número es el 19. Juan recibió el bautismo el 20 de Marzo de 1912 de mano del párroco D. Francisco López Rodríguez. A los siete u ocho años hizo la Primera Comunión y poco después fue confirmado por el Obispo D. Manuel González. Desde niño, con cinco años, ya se entretenía en su casa haciendo altares y cuando le preguntaba su padre por qué hacía aquello, él decía que eso le gustaba más que estar jugando en la calle. Durante Semana Santa solía jugar con los niños a montar pequeños tronos y hacer procesiones.

Junto a ese rasgo, también desde muy niño, mostró ser muy caritativo con los pobres, pues cuando llegaba a casa alguno de ellos pidiendo una limosna, él decía a su madre que lo socorriese. Según sus hermanos parecía que la vocación era “algo innato” en él. Por esto, a sus padres no les pilló por sorpresa que Juan quisiera irse al seminario, pues lo veían como el mejor de sus hijos: formal, obediente, estudioso, sencillo, lleno de paz y “muy arrimado a la iglesia”. Cuando Juan dijo a su padre que quería ir al seminario, éste, pensando en sus escasos medios económicos, preguntó a su hijo, “¿Cómo vamos a pagar tus estudios?”, y Juan con una respuesta que dejó tranquilo al padre, dijo: “No se preocupe, el Señor le va a ayudar”. Y así fue, como con 12 años dejó Yunquera y bajó desde allí hasta Pizarra con el colchón y la maleta a lomos del mulo por veredas, hasta la estación de ferrocarril, para dirigirse a la capital e ingresar en el seminario en el curso 1925-26.

La localidad malagueña de Yunquera, donde nació y vivió el Beato sus años de infancia.

El padre de Juan era un hombre menos decidido que su mujer, pero mas tranquilo y tenaz, muy formal y profundamente religioso. Nunca faltaba a la adoración nocturna de la que era veterano.
En el seminario Juan se sintió mejor que en su casa, pues era no un colegio más sino una familia. Con un verdadero padre, el rector, y una madre como quiso el Obispo D. Manuel que fuera su director espiritual, D. José Soto Chulià. Juan quería mucho al seminario. Así lo creían sus padres y sus hermanos. Ellos lo notaban cuando llegaban las vacaciones y pasados unos días ya deseaba que se acabaran pronto para volver allí. Todos los muchos testigos que han aportado información sobre Duarte, como así se le llamaba en el seminario, coinciden en que Juan, aquel yunquerano rubio, de ojos negros, era serio, muy piadoso, aplicado al estudio, que pasaba de curso con muy buenas notas, servicial y caritativo con sus compañeros, modesto, no alardeaba de nada, mortificado, cumplidor exacto de sus deberes y muy celoso en su apostolado. Al comenzar el curso solía dejar a seminaristas del curso siguiente los libros que le habían comprado sus padres y que él ya no necesitaba. Se sentía orgulloso de ser hijo de unos modestos campesinos. Tenía una fe robusta y procuraba difundirla con sus palabras y obras. Su paisano, amigo y también mártir Miguel Díaz Jiménez, seminarista de segundo de Filosofía, de 18 años de edad, a quien él llevó al seminario, había revelado a la familia de Duarte: “Me ha dicho Juan que cuando se ordene de cura se quiere ir de misionero”.

Cuando por vacaciones llegaba a Yunquera, era muy fiel a los deberes de piedad, iba a misa y después ayudaba a su padre en las faenas del campo o se metía en su cuarto para el estudio y la oración hasta la hora de la comida. A veces, su padre, cuando él quería trabajar con sus hermanos le decía:“Tú estudia, y dedícate a la Iglesia”. Por las tardes daba clases particulares a los niños que veía en disposición para el sacerdocio, y luego los reunía a todos, y frecuentemente los llevaba a hacer la visita al Sagrario. Y después bajando por la calle Molinos de los Patos y pasando por debajo de los arcos árabes, atravesaba el puente de la Chorrera y los llevaba de paseo al campo o a la ermita de Porticate, donde se encuentra una de las raíces espirituales de Yunquera, la devoción a la pequeña y bonita imagen de la Virgen del Carmen. Con Duarte y con los otros seminaristas los niños lo pasaban tan bien, que la gente al verlos decía: “¡Que alegría meten al pueblo cuando ellos llegan!”.

Fotografía actual de Carmen Duarte, hermana menor del Beato, religiosa carmelita en Ronda (Málaga).

Su hermana Carmen, carmelita descalza en Ronda, recuerda con emoción cuando Juan representaba con los niños el martirio de San Tarsicio, los animaba a ser amigos valientes de Jesús y cantaba con ellos: ¡Gloria al mártir de la Eucaristía! A Tarsicio alabanza y loor. Por Jesús a la lid él nos guía. ¡Gloria al gran Sacramento de amor! Por Jesús a la lid él nos guía. ¡Gloria al gran Sacramento de amor!
Uno de esos niños, ahora muy mayor, recordando con cariños aquellos ratos relataba: “Juan Duarte tenía un gran don de gentes. Era el más abierto y alegre de todos los seminaristas, cantaba mucho y muy bien”. Juan era muy devoto de la Virgen María. Por ello, todas las noches después de la cena, si él estaba, se rezaba el rosario en familia. Su hermana Carmen, muy pequeña por entonces, casi siempre quería irse a dormir, pero Juan le decía: “No te vayas hasta rezar el rosario”. A lo que contestaba: “Cuando empieces me llamas”. Y la llamaba advirtiéndole: “Carmen, el rosario”. Después del rosario Juan se iba a su cuarto, el dormitorio de sus padres, que lo dejaban al hijo cuando llegaba de vacaciones y ellos se iban a dormir a la cámara de la casa con los otros hijos. Carmen contó que su hermano antes de acostarse primero se ponía de rodillas delante de la cama y se pasaba un rato en silencio con los ojos cerrados para hacer examen de su vida en ese día, como ella averiguó, cuando un día por curiosidad se acercó a él, tocó su hombro y le preguntó:“¿Qué haces Juan?”. A lo que respondió: “Pienso cómo me he portado en este día”.

En el seminario Juan estudió tres años de Latín, dos de Retórica, tres de Filosofía y cuatro de Teología. En Filosofía y Teología tuvo como profesor al Rector D. Enrique Vidaurreta, excelente maestro, que se esforzaba para estar al día, y que supo dar altura a la preparación de los seminaristas. Su familia recuerda que Juan quería ir a estudiar a Roma. Por entonces, Duarte era consciente de lo mal que se estaban poniendo las cosas. En la noche del 11 de mayo de 1931, cuando la quema de iglesias y conventos, Juan se refugió en la Parroquia de la Merced de Málaga, quizá porque allí era vicario parroquial un paisano suyo, D. José Mª Corrales Montero. Cuando prendieron fuego a esta iglesia,y empezó a arder por dentro, por fuera y por todos lados, apareció Duarte y contestó a los que le preguntaron cómo había podido escapar de las llamas: “Milagro de la Virgen”. De allí se fue andando a Yunquera y cuando su padre le salió en su busca lo halló con los pies destrozados.

Futuro monumento en honor al Beato proyectado en Arroyo Bujía, lugar del martirio.

En las vacaciones se le veía por las calles del pueblo como si nada ocurriera. Cuando su padre le dijo: “Mira, hijo, vamos a esperar a que las cosas se pongan mas normales”. Él no se dejó intimidar y se fue al seminario. Una de las expresiones más frecuentes de Duarte era: “El Señor triunfará”. Este convencimiento lo compartía con su párroco D. José Lanzas, un excelente sacerdote, natural de Antequera y el primer asesinado en Yunquera. Juan Duarte fue ordenado de Subdiácono en Granada el 1 de julio de 1935, y de diácono en la Catedral de Málaga, por el Obispo D.Balbino Santos Olivera el 6 de marzo de 1936. La familia gozó mucho ver a Juan con sotana y manteo, casi cura. Su madre se asomaba para verle trasponer por calle Calvario y se sentía halagada cuando una vecina le decía: “Dolores, ¿qué tiene Juan que tanto gusta?” En efecto, Juan era un muchacho atrayente pero muy austero. Sus hermanas, particularmente Dolores lo adoraba. Ella se encargaba de su ropa. No quería colonias. Decía que bastaba con lavarse y estar limpio. Carmen envidiaba un lunar que tenía en su cara y le decía que por qué Dios no se lo había dado a ella y no a él que no lo necesitaba. Juan se reía y exclamaba: “¡Qué tonta eres, Carmen!”

Un día iba por la calle una mujer blasfemando y Juan al oír tales blasfemias no pudo aguantarse dentro de la casa y salió a la puerta con una valentía que dejó sorprendida  a toda su familia. Le dijeron: “No salgas. Mira como están las cosas”. Y él contestó: “Salgo, pase lo que pase, y a ésa la callo yo”. Y prueba de su fina fidelidad en su actitud y ocurrencia cuando en una de las visitas que hacia diariamente al Santísimo encontró a unas mujeres del pueblo arreglando el altar para la fiesta de la Virgen, y como entre ellas conversaban con voz muy alta, Juan no dijo nada, pero escribió en un papel, y antes de marcharse lo dejó en un banco. Las señoras picadas por la curiosidad leyeron lo que decía: “¡Mi casa es casa de oración!”. Con el cariz que iban tomando las cosas era previsible que en el contexto local de Yunquera, fuertemente politizado y lleno de odio hacia la religión, un joven como Duarte y sus compañeros de seminario eran una presa apetitosa para el desquite y para el sacrificio.  Por esto de poco servía esconderse. Juan nunca se expuso temerariamente ni quiso adelantar su hora, pero tampoco tomaba demasiadas precauciones. Cuando se escondía, lo hacía por su madre.

Terminado el curso 1935-1936 los seminaristas regresaban a a sus pueblos a pasar las vacaciones como siempre habían hecho, pero ese verano de 1936 viendo como estaban las cosas, el 16 de julio Juan se encontró en calle Santa María con el seminarista, después sacerdote, D.Francisco Espinosa Gil, que al decirle a donde iba, él le manifestó que no sabía si ir o no a Yunquera, pues ya habían destrozado la iglesia, a lo que D.Francisco le respondió: “Es muy difícil aconsejar nada en esas circunstancias”. El día 18 fue el primer registro de la casa de los Duarte por los rojos. Durante esos días a Juan Duarte se le veía por la calle con sotana, y según contó una paisana suya, Luisa García, cuando en un primer momento quitaron las imágenes de la iglesia, y un familiar de Luisa se llevó la imagen de la Inmaculada a su casa, Duarte iba a esa casa a rezar con la gente a la Virgen María. Cuando su madre un día le manifestó su miedo de que incendiaran la iglesia, él la tranquilizó con estas palabras: “Aunque el templo fuera destruido póngase de rodillas y mire hacia el cielo, el templo que nunca podrá ser destruido”.

Vinieron otros registros, en el penúltimo, cuando llegaron los milicianos de la F.A.I. para detenerlo sólo se encontraban Juan y su madre, pues su padre y hermanos estaban en el campo y sus hermanas también se encontraban fuera. Cuando llamaron a la puerta Juan se encontraba rezando el Breviario. Entonces su madre que se asomo por una ventana vio la calle llena de milicianos y le dijo a Juan que se escondiera. Juan se oculto en una pequeña pocilga que había en el corral de la casa, se metió por un boquete, que se tapaba con un bidón y la madre abrió la puerta. Como Juan se había dejado el Breviario los milicianos le dijeron a su madre que buscaban al propietario del libro. Como no encontraron a Juan se llevaron el Breviario, pero pasados unos minutos volvieron furiosos, pues una vecina llamada D.P.R dijo al comité que blanqueando la fachada había visto a Juan desde el ventanuco de su cámara asomándose al terrado. En ese momento Juan se encontraba en camisa, y como era Noviembre y hacia frió, una tía suya que llegaba en el momento de su detención les dijo a los milicianos.“¿Pero como os lo vais a llevar así? Esperad que yo le traiga una chaqueta”. A esto ellos respondieron: “¿Para que una chaqueta con lo poco que va a durar?” Cuando se llevaron a Juan Duarte su madre se fue detrás de el como una loca y a los que le decían que también a ella la podían matar, respondía: “Ya no me importa la vida”.

En esa misma mañana del 7 de noviembre también detuvieron a los seminaristas José Merino Toledo, de un curso superior a Juan y dos años mayor que el y a Miguel Diaz Jimenez, de 18 años. A Juan Duarte junto con estos dos seminaristas se los llevaron al anochecer en un camión hacia El Burgo. José Merino fue martirizado esa noche junto con Miguel Diaz Jimenez, su cuñado y otro hombre por un tipo llamado “El Bartolito” la noche del 8 de noviembre, entre el Burgo y Ardales, cerca del pantano viejo. Le fueron cortadas las manos y los genitales, por negarse a blasfemar y ser seminarista. A Miguel Diaz trataron de obligarle a que blasfemara, como no lo conseguían, le obligaron a ir descalzo por encima de ascuas de espinos. Después lo ataron a un olivo mientras cenaban un chivo, acabada la cena uno de ellos se levanto y con la bayoneta en la punta de su fusil trato nuevamente de que blasfemara, como no logro su propósito lo atravesó dejándolo clavado en el olivo. Mientras tuvo aliento no paro de repetir: “¡Viva Cristo Rey! Yo os perdono como Cristo perdono a sus enemigos”. Juan Duarte presencio la muerte de sus amigos y compañeros.

Tras deliberar si lo llevaban a Málaga o a la población de Alora, optaron por este pueblo. En Alora entro a pie por la Fuente Arriba, lo llevaron a la posada de Frasquita Dueña y de allí paso a “la Garipola” un lugar de arresto que tenia la policía municipal. Allí los milicianos insistieron que blasfemara y como solo respondía “Viva Cristo Rey” le golpearon brutalmente. Así lo atestiguo la vecina Mariquita Merida que escuchaba los golpes tras su persiana. Esta mujer le introdujo una camiseta limpia con una caña a través de la casa colindante. Otra vecina, Pepa Moreno, lavo la camiseta de Duarte, toda ensangrentada y rota por los latigazos y culatazos. Pasando los días y viendo que con las palizas no lograban hacerlo blasfemar, recurrieron a torturas mas refinadas, como la de introducirle cañas por debajo de las uñas, punzarle el cuerpo y la de producirle descargas eléctricas en los órganos genitales, mediante un cable conectado a la batería de un coche durante dos horas diarias. Pero este suplicio, que a veces le hacia hasta dar saltos, no solo le movía a confesar su fe con mas fuerza, sino que en un momento, con la misma serenidad y valentía del diácono San Lorenzo, fue capaz de avisar a sus verdugos que no sentía nada porque el cable se había desconectado.

Sepulcro del Beato en la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación de Yunquera, Málaga (España).

De “la Garipola” lo sacaban con frecuencia montado en un burro y lo paseaban por el pueblo entre burlas e insultos, cantándole letrillas ofensivas al clero y a la Iglesia, haciendo el mismo recorrido que en Semana Santa. Mucha gente tenia que ocultarse a llorar a escondidas por ver lo que le estaban haciendo a Juan. Como no lograban que blasfemara mientras lo paseaban y solo gritaba “Viva el corazón de Jesús” o “Viva Cristo Rey” le golpeaban en el estomago o le daban bofetadas.Una mujer contó que su suegro impresionado por lo visto llego diciendo “Niña,vengo malo de ver lo que le van haciendo a ese muchacho seminarista de Yunquera, se parece al Señor”. Efectivamente,en aquel momento Duarte, con el rostro destrozado y los ojos reventados e hinchados por los puñetazos recibidos en días anteriores, recordaba a Jesús después de los azotes y de la coronación de espinas, cuando avanzaba por la calle de la amargura. Una vecina, Pepa Blanco “La chivana”, al verlo pasar se puso a gritar: “¡Ay, si es el Señor, si es Jesucristo! ¿Qué le vais haciendo, canallas?”. De “la Garipola” lo llevaron a la cárcel que había en la Plaza Baja. Allí hubo también personas misericordiosas que acudían para llevarle algo de comer. Le Frasquito el gitano le llevo una taza de caldo que el rehuso, mas como ella le suplico que la tomara por Dios, Juan le contesto: “Por Dios sí me la tomo”. Anica Hidalgo, mujer muy caritativa de la zona con los pobres le llevaba café, y el portero de la cárcel conocido como Pedro el de “miracielo”, sintiendo lastima del muchacho y como este no quería tomar nada, le solía llevar a escondidas una botella de leche caliente debajo de su blusa.

“El Chato”, uno de los milicianos mas sanguinarios de la zona, recurrió a su amante una joven de 16 años conocida como “la Nona”, de nombre I.C.R. metiéndola en la celda del “curita” (como ella llamaba a Duarte) con el fin de que pecara de pureza. No consiguió absolutamente nada,a pesar de los métodos que debió emplear para ello. La furia que sintió “el Chato” fue tal que se dirigió a un barbero junto con su amante “la Nona” y le pidió la navaja de afeitar, volvieron a la cárcel y ayudo a que la Nona cortara de un tajo los órganos genitales del seminarista. Realizada esta salvaje acción, cuando Juan Duarte recuperó el conocimiento, sólo preguntaba a los demás presos que estaban en la misma celda: “Pero ¿qué me han hecho, qué me han hecho?”. La Nona los puso en un plato y los paseo por todo el pueblo, a los que miraban les decía: “Son los huevos del curita, para ser cura no los va a necesitar”. Después se los entrego al Chato que los recogió con un pañuelo se fue a la posada y le pidió a Frasquita Dueña que se los guisara. Luego el Chato arrojaron a los perros, mas como estos no hicieron caso, Frasquita los recogió, los guardo en una caja de metal y los enterró en una cuadra, bajo una pila de estiércol. Como es natural, tras esa horrible mutilación, con la perdida de sangre que trajo consigo, dejo a Juan muy débil en su cuerpo y casi aletargado, pero con mas fuerza y prontitud en su espíritu.

Pasadas las horas y viendo que todo hasta el momento había resultado inútil, el Chato y sus compañeros del comité bajaron a Juan al Arroyo Bujia, a 1 kilómetro de Alora para matarlo. Se sabe con certeza que fue abierto en canal con un machete, le rociaron de gasolina y prendido fuego, por ultimo lo acribillaron a tiros. Se sabe que en medio de las llamas dijo “Ya lo estoy viendo“,a lo que un miliciano respondió: “¿Qué es lo que estás viendo?” por lo que contó el miliciano en la posada. Estuvo varios días insepulto hasta que un buen hombre con ayuda de un vecino lo enterró a muy poca profundidad junto a un olivo.

Con la entrada de los nacionales la familia de Duarte fue a recuperar el cuerpo. Sus restos fueron trasladados de Alora a Yunquera el día 3 de Mayo de 1937. Tras finalizar su proceso de beatificacion fueron trasladados desde el cementerio municipal hasta la iglesia parroquial de Yunquera para ser depositados en el crucero delante del altar del templo el día 17 de noviembre de 1985. El 28 de octubre del año 2007 seria beatificado en Roma, dentro del grupo de los 498 martires, su hermana Carmen Duarte asistió al triunfo de la fe de su querido hermano, Juan Duarte Martin.

Bibliografía:
“La Fuerza de la Fe. Vida y Martirio de Juan Duarte Martin” del Padre Pedro Sanchez Trujillo. 2ª edicion, la primera imprimida en 2003 (sin editorial)

Abel

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