San Juan Evangelista y el Logos

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San Juan en Patmos, óleo de Diego de Silva y Velázquez (1618). National Gallery de Londres, Reino Unido.

San Juan en Patmos, óleo de Diego de Silva y Velázquez (1618). National Gallery de Londres, Reino Unido.

El Logos, un término lleno de misterio
Hoy, festividad del evangelista San Juan, nos vamos a adentrar en uno de los temas más profundos de la cristología del cuarto evangelio. Se trata del término griego “Logos”, un término que aparece en distintas ocasiones en los escritos de este evangelista. De hecho, el párrafo más conocido donde aparece este término es el prólogo (o capítulo primero) del evangelio joánico. Se trata de una maravillosa y madurada composición teológica en forma de himno que ha causado y causa admiración, perplejidad, confusiones, controversias y hasta herejías. Es un capítulo, cuyo comienzo leemos en la solemnísima misa del día de Navidad y en algún que otro día de este tiempo litúrgico. Otros lugares donde aparecen son la Primera Carta de Juan (1 Jn. 1, 1) y en el complejo libro del Apocalipsis (Ap. 19, 13).

Logos” es un término griego muy usado en la filosofía clásica que significa “ciencia, estudio, discurso racional” (de ahí su uso en muchas lenguas modernas como componente nominal del título de muchas disciplinas del saber, como teo-logía, antropo-logía, geo-logía, etc). Según algunos autores esta palabra se diviniza en la filosofía alejandrina, queriendo expresar algo así como “sabiduría divina”. Las controversias gnósticas de los primeros siglos del cristianismo habrían influido en que san Juan introdujera este término para la lucha contra esta herejía. Otros piensan que, aunque es un término indudablemente griego, su significado teológico en san Juan tiene más bien un origen rabínico y que se asimila al mismo Dios y su Ley (o Torá), pues todo lo que se dice del “Logos” en el primer capítulo joánico decían los rabinos de ésta: su importancia en el origen del mundo, su preexistencia, su ser en el mismo Dios… La expresión del v. 17: “Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo”, da a entender que, al menos el evangelista tuviera presente esta semejanza. No hay que olvidar que este Evangelio también tiene tintes apologéticos antijudíos (Jn. 5,10; 5,31; 7,51; 8,17; 9,1-41; 10,32-36…).

Sea como fuere, el caso es que Juan fue el evangelista que lo usó de manera intencionada en las polémicas antignósticas y antijudías, apropiándoselo y dándole un nuevo significado cristológico que influyó posteriormente de una manera decisiva. La Vulgata de San Jerónimo traduce “Logos” por “Verbum”, traducción que al español resulta “Verbo o Palabra” (esta última es la que últimamente suele usarse más).

"Dios bendiciendo el Séptimo Día", lienzo de William Blake (ca. 1805).

“Dios bendiciendo el Séptimo Día”, lienzo de William Blake (ca. 1805).

Cualquiera que se introduce en este término queda fascinado por su riqueza, complejidad teológica y profundidad espiritual. Trataré con estas breves líneas de facilitar una aproximación al misterio de rodea a este término Logos, tan inalcanzable como cercano a la vez. Tomaré para ello como fuente principal el ya mencionado himno cristológico del prólogo de Juan.

¿Qué o quién es el Logos?
Es la pregunta que uno se hace cuando se acerca a este primer capítulo de san Juan. Como todo buen prólogo, da la impresión que el evangelista redactó este capítulo tras haber ya concluido su evangelio, pues es como un resumen de todo lo que en él quiere transmitirnos. Entonces, parece ya claro que si el evangelio nos habla de Jesús, este misterioso “Logos” debe ser el mismo Salvador, aunque nos aturde la manera en que la redacción nos habla de Él, con unos conceptos casi simbólicos o abstractos para un lector moderno. Partamos ahora de que no sabemos si se refiere a Jesús o no. Vayamos descubriéndolo.

Lo primero que se nos dice del Logos es que existe desde el principio y que era Dios (Jn. 1,1). Se identifica el “Logos-Palabra” con Dios. No es una idea nueva, ya hemos dicho. La Palabra de Dios se identifica con su esencia en la tradición veterotestamentaria (Is. 55,11). Decir que la Palabra es el mismo Dios no es descabellado para quien conoce los libros sapienciales. Es un lenguaje conocido para cualquier judío de la época.

A continuación, Juan nos habla de nuevo de la divinidad del Logos, pero esta vez mencionándonos su acción: “por medio de Él se hizo todo”. Antes se nos dijo que el Logos es Dios, ahora que es ser Creador. La “Palabra” es creadora. La Palabra tiene una dimensión cósmica. ¿Y quién es Creador sino el mismo Dios? Era impensable en aquella época que Dios no fuera el Creador. También, después de hacer una alusión a Juan el Bautista, se nos dice que el Logos es “vida y luz”, dos términos que nos evocan el Génesis.

"El Anciano de los Días", lienzo de William Blake.

“El Anciano de los Días”, lienzo de William Blake.

Pero hasta el momento no se nos cuenta nada extraordinario que un judío no pudiera aceptar. No en vano, lo que venimos leyendo de este capítulo nos recuerda a lo que se decía de la Sabiduría bíblica, que unía Sabiduría con Yahvé hasta hacerlo uno. Incluso Juan era considerado un profeta más y bien puede anunciar al mismo Dios. Lo que ya nos hace el texto algo novedoso, algo eminentemente cristiano, son los versículos posteriores.

En el 13 se nos dice algo muy importante, pero que incluso con matices, puede ser aceptado también por un judío: “los que aceptan la Palabra les da Dios el poder de ser sus hijos”. No es algo absolutamente nuevo en el Antiguo Testamento. Yahvé llama hijos a sus fieles en varias ocasiones (Ex. 4, 22; Dt. 32, 6; Jer. 31, 9; Os. 11, 1). La diferencia cristiana es que somos hijos de Dios por el Hijo, gracias a Él, gracias a su venida y acción salvífica. En el Antiguo testamento, el apelativo “hijo” no es tanto una condición rotundamente filial, sino algo más creatural.

Resumiendo. Las características que Juan va asignando al Logos van poco a poco desvelándonos quién es éste: es preexistente, es Dios, es Creador. Todo ello nos dan como resultado que el Logos es identificado con Dios. Pero, de momento, ni rastro de Jesús. ¿Es Jesús este Logos? Sigamos.

El Logos encarnado
Lo sobrecogedor y ya plenamente cristiano viene a continuación. El versículo 14 es el que trajo de cabeza a los teólogos de los primeros siglos debido a la ruptura total con el pensamiento judío y helenista imperante en esa época. En él se nos dice: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada (o acampó, según traducciones) entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”. Esto es lo trascendental y que nos debe dar pavor, vértigo y asombro: Dios se encarna, Dios se hizo uno de nosotros, Dios vivió entre nosotros (la imagen de poner su morada, de acampar entre nosotros es preciosa). El hecho de que Dios se haga hombre (Lc 1, 32-35) y pase por uno de tantos (Fp. 2, 6-7) es un acontecimiento que no está presente en ninguna otra religión. Que Dios-Logos se haga cercano, accesible, uno de nosotros es de una trascendencia absoluta que conmueve las entrañas de la Creación.

Es curioso que los demás evangelios partan de la existencia terrena de Jesús para luego concluir, por sus hechos, milagros y resurrección que ese hombre llamado Jesús es el mismo Dios. En Marcos, por ejemplo no se habla de la divinidad de Jesús hasta el final del evangelio, con su propia confesión y la del centurión (Mc. 14,62; 15,39). Aquí no, aquí Juan, impaciente, nos lanza la bomba desde el comienzo: “el Logos es Dios” (Jn. 1,1), es preexistente, anterior a todo. “El Prólogo de Juan nos sitúa ante el hecho de que el Logos existe realmente desde siempre y que, desde siempre, él mismo es Dios. Así pues, no ha habido nunca en Dios un tiempo en el que no existiera el Logos. El Verbo ya existía antes de la creación” [1]. Luego el testimonio del mismo Jesús va confirmando esta preexistencia. El mismo Jesús diría de sí mismo: “Antes de que Abrahán naciera, yo soy” (Jn. 8,58). En la oración final dirigida al Padre en la Última Cena, Jesús habla con rotundidad de la gloria que Él tenía junto al Padre antes “que el mundo fuese” (Jn. 17,5.24). También recordamos el “¡Señor mío y Dios mío!” en la conmovedora confesión de Tomás (Jn. 20, 28). Ahora, por tanto, sí. Ya sabemos quién es el Logos. Ahora podemos unir Logos con Jesús. ¡El Logos es Jesús! ¡El Logos se ha hecho carne! [2]

Cristo del mosaico bizantino de la Deesis. Iglesia de Santa Sofía, Estambul, Turquía.

Cristo del mosaico bizantino de la Deesis. Iglesia de Santa Sofía, Estambul, Turquía.

Sería muy interesante, después de leer este versículo 14, enlazarlo con el comienzo de la primera carta de Juan pues nos da la razón de esta noticia tan impactante: “lo que existía desde el principio, lo que hemos visto y oído… os lo anunciamos… “ (1 Jn. 1,1 ss). El Logos por tanto es algo que se ve y se toca, no algo abstracto-racional, sino algo que les llegó a los testigos por los sentidos. Era algo, como luego veremos, que no podía ser aceptado por muchos. Surgirían las llamadas herejías cristológicas que hicieron muchísimo daño a la Iglesia y que sólo se superaron después de los cinco primeros concilios aproximadamente: de Nicea (325), Constantinopla I (381), Éfeso (431), Calcedonia (451) y Constantinopla II (553). Sería muy largo ahora, y no es objeto del presente artículo, el explicar cada una de las herejías que surgieron en torno al “Logos”, sus refutaciones, los escritos de los Padres y las definiciones dogmáticas de cada concilio. Baste decir que versaron sobre la naturaleza humana y/o divina de Jesús, sobre su relación de igualdad o subordinación con el Padre y sobre el encaje trinitario del propio “Logos”. Ahora vemos claro la doctrina católica, pero hay que pensar que la teología de entonces estaba en pañales y que fue normal que surgieran discrepancias en temas tan nucleares.

El Logos revelado
El himno cristológico del Logos termina con una afirmación que merece la pena no desdeñar: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (v.18). En efecto, hasta la llegada de Jesús Dios era el inaccesible, el lejano, el que raramente se daba a conocer. Ahora con Jesús, todo cambia. Dios se hace accesible al hombre, Jesús lo da en bandeja a todos los que lo deseen. “Lo que había sido revelado ya anteriormente, pero que en cierto sentido se hallaba cubierto por un velo, ahora, a la luz de los hechos de Jesús, y especialmente y especialmente en virtud de los acontecimientos pascuales, adquiere transparencia, se hace claro y comprensible” [3].

Cubierta de una carta pastoral.

Cubierta de una carta pastoral.

Conviene aquí traer a colación un bello párrafo de la Constitución Dogmática Dei Verbum, del Vaticano II, que me permito transcribir íntegro dada la claridad con que nos explica esto que venimos diciendo: “Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, “últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo”. Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, “hombre enviado, a los hombres”, “habla palabras de Dios” y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna. La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13) [4].

Es decir, Jesucristo es el Logos, la Palabra definitiva del Padre, lo que Él quiere revelarnos, decirnos, por puro amor, para nuestra salvación. El Logos no se encarnó para darse una vuelta por el mundo de los hombres a ver qué tal iban las cosas. Se encarnó por nuestra salvación. Ese Logos, esa Palabra definitiva, ese Jesús, es transmisión directa del Padre, Verbo de vida y luz. Y es su última Palabra antes de la parusía. Eso es lo que realmente celebramos en estos días navideños y no asuntos de pastores, abetos, comilonas y regalos. Ahora nos toca a nosotros acoger esa salvación que se nos ofrece. Y si no lo hacemos, entonces, ¿para qué Jesús ha nacido, predicado, padecido tormentos y muerto en la Cruz?

David Jiménez


[1] Benedicto XVI. Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 6
[2] Benedicto XVI. Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 7
[3] San Juan Pablo II. Catequesis 3/6/1987, 2
[4] Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática Dei Verbum, 4.

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La teología de San Juan Evangelista

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Icono ortodoxo ruso del Santo, obra de Simon Ushakov (1673).

A fin de ser capaz de escribir un artículo sobre la teología de Juan el Evangelista, debería haber leído al menos una pequeña parte de la inmensa literatura teológica escrita acerca de este hombre maravilloso, tradicionalmente conocido como el discípulo amado, el teólogo del amor o más popularmente, San Juan el Teólogo. Antes de seguir, debo confesar que no he leído mucho acerca de este santo apóstol, salvo el Cuarto Evangelio, las tres Epístolas y el Apocalipsis así como algunas introducciones a los libros bíblicos, algunos comentarios generales al Nuevo Testamento, algunos artículos enciclopédicos y otros cuantos artículos sobre el tema. Debo añadir también que he leído la vida de San Juan Evangelista, tal y como aparece en las colecciones de las vidas de los santos según la tradición ortodoxa. Todo esto significa que este artículo no puede pretender ser más que un simple ensayo.

Debo decir algo especial al mencionar su nombre: en la Iglesia Oriental no hay tantos santos que lleven el título de “el Teólogo”. De hecho, sólo hay tres ejemplos: este Juan, tradicionalmente el autor de los libros bíblicos citados, San Gregorio Nacianceno (329-390), arzobispo emérito de Constantinopla durante el segundo Concilio Ecuménico (381) y autor de la conocida obra “Cinco discursos teológicos” contra los arrianos y San Simeón “El Nuevo Teólogo” (949-1022), un monje del famoso monasterio Stoudion en Constantinopla. Hay que señalar que el primero, San Juan apóstol, fue inicialmente nominado como “Nuevo Teólogo” sólo en son de burla por su estilo de escritura y por su misticismo, cosas que no estaban muy bien vistas en su época.

Es común en estos tres teólogos de la Iglesia, su conexión especial con la Persona y la actividad de Nuestro Señor Jesucristo. San Juan escribió excepcionalmente acerca del Dios del amor, que se ha encarnado y vino al mundo con el fin de salvar a sus queridos seres humanos de la muerte y de la corrupción. Gregorio llegó a Constantinopla como el obispo más simbólico de la comunidad de Nicea, que convocaba a todos a una sola reunión como grupo en la capilla de la Anástasis, incluidos todos los demás cristianos de la ciudad (arrianos) que negaban a Jesucristo como Dios, Consustancial con el Padre. Dice la tradición que Gregorio habló de Jesucristo de tal manera, que al final de su apostolado (¡que duró alrededor de unos tres años!), no permaneció en la comunidad de Constantinopla ni un solo arriano, ya que aceptaron la verdad de la fe ortodoxa, que prevaleció después del Segundo Concilio Ecuménico. San Simeón escribió algunos tratados sobre la luz divina y, en contra de la tendencia racionalista de su época, promovió un Jesús de los corazones, en vez de hablar de manera filosófica acerca de la “Divina Palabra de la Vida”.

Juan reclinando su cabeza en el pecho de Jesús. Icono ortodoxo griego.

Pero sigamos centrados en Juan, “uno de los discípulos, al cual Jesús amaba” (Juan 13,23). Hoy en día también hay muchas dudas sobre el hecho de que este discípulo sea la misma persona a quién se pueda atribuir la autoría del Evangelio que tradicionalmente ha llevado su nombre. Es un hecho real el que los manuscritos griegos originales atestiguan el evangelio como “según Juan”, pero no dicen nada acerca de su cualidad (discípulo, apóstol, presbítero, etc. Esto ha hecho que algunos exégetas modernos duden de que este sea el apóstol Juan, hijo de Zebedeo. El número de los argumentos de esta duda crece cada año, pero no tengo la intención de hacer que este sea el tema de mi trabajo, pues sobre esto ya se publicó un artículo en este mismo blog el día 10 de junio de este mismo año.

Las dudas son aún mayores en lo que se refiere a las Epístolas, pero su paternidad sobre el Apocalipsis está casi generalmente negada en las Iglesias occidentales, sobre todo en los círculos escolásticos. En esta situación, es difícil quedarse con algo del único discípulo que asistió a la crucifixión de su Maestro (Juan 19,26: él es una vez más nominado como “el discípulo a quien amaba”) y probablemente el único que asistió a su entierro. También uno de los primeros que, junto con Pedro, vieron la tumba vacía (Juan 20, 2: aquí él es “el otro discípulo, a quien Jesús amaba”, Juan 20,8). Pero yo no comparto esta opinión, debido a algunas razones que pueden parecer subjetivas.

El Evangelio
El autor del Cuarto Evangelio, escribió un prólogo muy conocido, que comienza con las palabras: “En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Todas las cosas fueron hechas por él y sin él nada fue hecho”, un paralelo increíble con el libro del Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra…”(Génesis 1,1). Hecha la materia, el autor del Evangelio vuelve a reescribir el Génesis o, mejor dicho, completa el texto en la forma en la que los rabinos judíos solían escribir los comentarios conocidos como Midrashim y Targumim. El Cuarto Evangelio tiene la intención de decir, desde el principio, que Jesucristo no sólo es el Mesías esperado, sino la Palabra de Dios, Consustancial con Dios y a-temporal, a-espacial como Su Padre, el Todopoderoso. La Palabra de Dios es Aquel en quien estaba la “vida”, y esta vida es “la luz de los hombres” (1, 4), que “brilla en las tinieblas”, imposible de ser ahogada en la oscuridad (1,5) y que “es la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo”(1,9).

Vista del papiro Bodmer 66 (ca. 200 d.C) hallado en Egipto, escrito en griego, contiene el Evangelio de San Juan. Museo Cologny de Ginebra, Suiza.

Esta compleja descripción del Logos Divino, más allá de todo lo creado, pero no extraño a ellos, nos revela a un profundo teólogo que conocía a fondo lo que significaba para él y para toda la humanidad el conocimiento de Dios, el conocimiento más allá de la razón. Me pregunto quién podría entender perfectamente la profundidad de Dios -que él mismo se revela al mundo como una luz en el interior de cada ser humano- si no es “el discípulo a quien Jesús amaba”, con quien Jesús podría haber compartido una enseñanza tan misteriosa de un Dios loco que decidió morir por los seres humanos.

Aunque probablemente, al menos al principio, no eran tantos, el autor del Evangelio es uno de los que le recibieron, como la Palabra divina “que a todos los que la recibieron les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre: los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino nacidos de Dios”(Juan 1,12-13).

Para el “hipotético Juan Evangelista” -que podría haber sido al menos el autor de este tratado teológico fantástico, que es también conocido como “el Prólogo de Juan”-, a los que creen en la misión de la Palabra divina, que “fue hecha carne y habitó entre nosotros […] lleno de gracia y de verdad”(Juan 1,14), ¿Dios puede habitar en medio de sus criaturas, si no es por amor? Estos creyentes locos en el Dios crucificado no nacieron como algo natural, sino como seres sobrenaturales, destinados a convertirse en hijos de Dios.

El Dios de Juan el Evangelista, que ofrece su carne para ser comida y su sangre para ser bebida, de hecho debía estar loco, porque le dice a un auditorio conservador que “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”(Juan 6,53), y lo hace, hablando del futuro Sacramento de la Sagrada Eucaristía, una posibilidad milagrosa de compartir, tanto entonces como ahora, la divinidad de una manera tan profunda.

Jesús resucita a la hija de Jairo. Juan, que aparece como un joven imberbe en el marco de la puerta, fue de los pocos testigos del milagro. Lienzo de Vasiliy Polenov (1871).

El Dios de Juan el Evangelista llora cuando sus seres queridos se están muriendo, incluso aun conociendo el hecho de que la resurrección vendrá pronto. Él sabe lo que significa oír hablar de un amigo (Lázaro) que murió (Juan, 11, 35: “Y Jesús lloró”), imagen que es maravillosamente completada con la actitud de Jesús ante la muerte de un hijo (Lucas 7,11-17) o una hija (Mateo 9, 18-26; Marcos y Lucas 5, 21-43 y 8, 40-56).

El Jesús de Juan el evangelista es el que acepta – por amor – el profundo arrepentimiento de la mujer pecadora que ungió los pies del Maestro (Juan 12,3), sin siquiera saber (ella) que ella estaba profetizando la muerte súbita del Divino Logos.

Juan menciona, no sólo una sino muchas veces, que Jesús es la encarnación del Amor divino. Después de la Resurrección, Jesús pregunta tres veces a su discípulo Pedro si lo ama, y Pedro le responde positivamente. Después de haber sido instado a seguir a su maestro, Pedro “girando alrededor, ve al discípulo a quien amaba Jesús, el que también se apoyó en su pecho en la cena…” y le preguntó si a él le pasaría lo que a éste y Jesús le dio una respuesta clara: “Si quiero que él se quede hasta que yo venga, ¿a ti, qué? Sígueme.” (Juan 21, 20-22). Al final, el autor del Evangelio se revela de forma muy misteriosa como el discípulo: “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.” (Juan, 21,24).

El actor búlgaro Christo Jivkov y la actriz rumana Maia Morgenstern interpretan los papeles de Juan y María en la película “La Pasión” (2004) de Mel Gibson.

Las Epístolas
Las tres epístolas de Juan están escritas en la misma forma que el Evangelio y con el mismo tema, es decir, presentar a Jesucristo como Dios y el Amor encarnado en el mundo, el que permanece entre nosotros, si respetamos el mandamiento de amarnos los unos a los otros. El prólogo de la primera epístola nos asombra por su similitud con la del Evangelio: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos, de la Palabra de vida, porque la vida fue manifestada, y la hemos visto…”(1 Juan 1,1-2). La misma oposición entre la luz y la oscuridad como en el Evangelio se presenta aquí aún más fuerte: “Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna” y “si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado “(versículos 5 y 7). La importancia de la comunión eucarística aparece aquí como en el Evangelio.

Una vez más, el Evangelio muestra que el mundo no le conoció (Juan 1,10) y la misma idea se sigue en la Primera Epístola (1 Juan 3,1). Hay algunas otras ideas similares, como lo opuesto a Dios, como los hijos del diablo y los seguidores del anticristo (Evangelio 8, 37-45: Primera Epístola 2, 16-18; Segunda Epístola 1,7, Tercera Epístola 1, 11), la importancia del amor entre los hermanos (Evangelio y Primera Epístola 3,14), después, el mandamiento del amor (Evangelio 13, 34-35 y 15, 12-13; Primera Epístola 3, 16,23; Segunda Epístola 1,6); el deseo de permanecer en el Señor, como el único camino en el que el Señor permanece en nosotros (Evangelio 15,4; Primera Epístola 3,24). Conocemos a Dios como Amor y Luz, que murió por nosotros y que permanece en nosotros (Evangelio 15,7; Primera Epístola 4,10) y Juan nos dice que nadie ha visto a Dios (Evangelio 1, 18; Primera Epístola 4,12). Resumiendo: mensajes muy parecidos.

El Santo desterrado en la isla de Patmos, recibiendo la revelación del Apocalipsis mientras su ayudante Procopio lo redacta. Icono bizantino, museo de Novgorod (Rusia).

El Apocalipsis
En lo que se refiere al Apocalipsis, el fin del libro es claramente diferente al del Evangelio y las Epístolas. La diferencia de estilo, de ideas e incluso de léxicos es bastante normal. Un libro profético utilizaría imágenes y situaciones de una manera bastante nueva, así que si tratamos de hacer un paralelismo con el Evangelio, entonces veremos más diferencias que similitudes. Una de las importantes “señales” de que el Juan del Apocalipsis puede ser otro Juan, es el hecho de que él no se llama a sí mismo como “apóstol”, “discípulo” o “evangelista”, sino “Yo, Juan, vuestro hermano, y compañero en la tribulación….” (Ap. 1, 9). En contraste con esto, me gustaría dar fe del – ideacional, que no léxico – paralelismo entre el prólogo de la Primera Epístola, antes citada, y el del Apocalipsis: “… [Juan], quien confesó la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto“(Ap. 1, 2). El Hijo del Hombre, la alusión al libro profético de Daniel, está siempre rodeado de una luz, casi imperceptible tanto en el Apocalipsis (1, 14 y 16), como en el Evangelio, y más aún, en la Primera Epístola. Todo el libro del Apocalipsis se presenta como una batalla entre los seres (no tantos) que confiesan al Señor y luchan a su lado contra las fuerzas del mal, el anticristo, la bestia/dragón y el mismo diablo, cosa que también es muy familiar en el Evangelio, pero especialmente en las Epístolas.

Un moderno especialista alemán, en sus notas de Estudios del Nuevo Testamento en el “Einleitung in das Neue Testament” (5 ª ed., Vandehoek, Göttingen, 2005, 617 pp), dice que el autor del Apocalipsis tiene dos fuentes principales, a saber: los libros del Antiguo Testamento (especialmente los Profetas y los Salmos) y la liturgia, ya que este Juan hace muchas alusiones a domingos, altar, los rituales, la Eucaristía, textos compuestos en los himnos antifónicos, doxologías, trisagios “Axios”-aclamaciones y oraciones de agradecimiento. Pero aún más importante que las fuentes utilizadas por el autor, es el hecho de que todo trata acerca del Reino de Dios que está a punto de llegar, un concepto que también está presente en el Evangelio de Juan: dos veces en relación con la misión de Juan el Bautista (3, 3; 3,5) y una vez en relación a la Pasión de Jesús (18,36).

“La apertura del quinto sello” (1608-1614), lienzo de Domenikos Theotokopoulos “El Greco”. Metropolitan Museum of Art, Nueva York (EEUU).

La imagen tantas veces invocada del Cordero en el Apocalipsis está presente en la confesión del mismísimo Bautista acerca de Jesús (1,36), con la mención especial de que el Evangelio utiliza para este cuadro la palabra “amnos”, sinónimo de “arneion”, tal como aparece en el Apocalipsis y que se utiliza también como un signo de la paternidad diferente de las dos obras. De todos modos el Cordero, como algo que se ofrece por el bien del mundo, es una imagen común del Evangelio y del libro profético. La idea del amor fraternal, omnipresente en el Evangelio y en las Epístolas, marca un paralelismo con la idea de la comunión fraterna en la Iglesia, en el Apocalipsis (2, 20; 7, 3; 19, 2.5; 22, 3).

Una cosa más que me gustaría tener en cuenta sobre el Apocalipsis: Si el Evangelio está destinado a marcar un paralelismo con el Génesis, el Apocalipsis termina de la misma manera, la presentación de la Nueva Jerusalén como el nuevo paraíso del Señor, de la que no pueden faltar los elementos especiales: el río maravilloso (Ap. 22, 1. cf Gn. 2,10), los árboles (entre ellos, el Árbol de la Vida, Ap. 21,23 y 22,2, cf Gn. 2,9), las piedras preciosas (Ap. 21,13.19. – 21 cf. Gn. 2,11), los hombres como reyes (Ap. 21, 24 cf. Gn. 2,8.19), la presencia de Dios (Ap. 21,24, cf. Gn. 3,8), los querubines (Ap. 21, 12 cf. Gn. 3,.24), la paz y la inocencia (Ap. 21,1-6, cf. Gn. 2, 13), etc.

Teología del Amor divino
Las ideas teológicas del libro del Apocalipsis necesitarían otro artículo. Yo diría, como dicen los comentaristas occidentales modernos, que hay tantas diferencias entre este libro y el Evangelio, como similitudes. Depende de qué posición tomaría cualquiera de nosotros. Yo prefiero la posición tradicional, según la cual, los dos libros son de Juan. Me gustaría ver positivamente las diferencias entre ellos, que son gratuitas y causadas por una intención suya diferente y por el tipo de comunicación. Sin pretender decir que estoy en lo cierto, yo diría que lo mejor que estos libros hacen es dar una imagen original de Juan el Apóstol, un hombre muy interesado en lo que significa el amor divino, ¿cómo podemos nosotros, los mortales, acceder al amor divino y a la luz que, normalmente, se encuentra más allá de nuestro poder de conocimiento? Un apóstol interesado en cómo el mundo fue creado y cómo iba a terminar, que tenía una imagen redonda del Cosmos siendo restaurado al final en una forma aún más gloriosa de como lo fue creado en el principio. Un apóstol interesado sobre cómo fue posible que el Verbo divino se hizo hombre, sufrió y murió por nosotros, pero que también resucitó y reina en su reino, esperando a que lo siguiéramos.

El apóstol ha observado este modo de espera como activo: Dios comparte con nosotros a sí mismo, en su propia carne y sangre, a fin de que para nosotros sea accesible la fuente del agua viva. El mismo Dios nos ama y espera de nosotros el mismo amor, que no sólo debe dirigirse a él, sino a todos los seres vivientes. Por eso, este hombre no puede ser otro que el apóstol del amor: Juan, el hijo del Trueno.

Mitrut Popoiu

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¿Quién es el autor del Cuarto Evangelio?

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Representación zoomórfica del evangelista San Juan. Mosaico en la iglesia de los Santos Manuel y Benito, Madrid (España).

Más o menos, así se titulaba un artículo que leí hace unos seis años y que había sido escrito por el franciscano argentino Ariel Álvarez. Tomé algunas notas que guardé y ahora, voy a intentar transmitir las ideas y argumentos que él daba en su trabajo aunque escrito a mi manera.

El Cuarto Evangelio siempre ha sido atribuido al apóstol San Juan aunque cada vez son más los estudiosos bíblicos que ponen en duda esta autoría y lo hacen con argumentos muy sólidos, el primero de los cuales aparece en el propio Evangelio, cuando al final del mismo, después de decir quién fue el que les contó lo que en el Evangelio se dice, aparece la coletilla de: “Y nosotros sabemos que lo que Él dice, es cierto” (Juan, 21, 14), o sea, está dando a entender que los redactores del mismo son más de uno.

Los evangelistas Mateo y Marcos son los que nos aportan más información sobre el apóstol Juan, diciéndonos que era galileo, hermano de Santiago e hijo de Zebedeo, que los tres se dedicaban a la pesca con redes, que incluso eran propietarios de una barca en la que trabajaban con otros marineros y que cuando sus hijos siguieron a Jesús, también lo hizo su madre. Perteneció al grupo de los discípulos más íntimos y asistió a milagros tan importantes como la transfiguración en el Monte Tabor, la resurrección de la hija de Jairo, la agonía de Jesús en el Monte de Olivos antes de ser prendido y a su muerte en la cruz. A partir de ahí, poco se sabe de él salvo que “Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan” (Hechos, 8, 14). Y ahí se acaba todo; luego será la tradición quién nos diga que se fue a Éfeso, que allí vivió con la Virgen, que escribió su Evangelio y el Apocalipsis y que siendo anciano, murió.

Pero dejando al evangelista aparte y centrándonos en el Evangelio, ¿por qué hay dudas de que San Juan fuera el autor? Si se estudia a fondo este Evangelio se encuentran en él muchas discrepancias y parece que se escribió en varias etapas e incluso que en su escritura intervinieron varios autores. El primer autor e inspirador de las siguientes aportaciones, no era un galileo, por lo cual no podía ser uno de los doce apóstoles, y la tesis de que no era galileo se soporta en el hecho de que este Evangelio no cuenta casi nada de las actuaciones de Cristo en Galilea. Prácticamente, sitúa casi siempre a Jesús en Jerusalén y solo en el capítulo 6 habla de la multiplicación de los panes ocurrida en Galilea. Pero si leemos el Evangelio, este episodio está mal situado, dando la impresión de que quién lo estaba escribiendo no sabía dónde poner exactamente este episodio. Luego se puede deducir que el autor del Evangelio era de Jerusalén y si era de Jerusalén, no podía ser uno de los Doce, sino que debió pertenecer al grupo más numeroso de discípulos que también seguían al Maestro.

Jesús y la hija de Jairo. Lienzo de George Percy Jacom-Hood, 1885.

Además, debió tener cierta relación con el Templo porque la mayor parte de los episodios de este Evangelio ocurren en el Templo o en sus alrededores. Y al contrario de los otros tres evangelistas, habla expresamente de las fiestas que los judíos celebraban entonces: la fiesta de las Tiendas, la fiesta de la Dedicación, la Pascua e incluso indirectamente habla de la fiesta de Pentecostés, del Año Nuevo y del Kippur, mientras que los demás, solo hablan de la Pascua.

Pero aun hay otra diferencia más: hay otra cierta contradicción entre este y los otros evangelios, pues mientras que los otros tres evangelistas dicen que los primeros apóstoles eran pescadores que fueron llamados por Jesús mientras estaban pescando, este dice que los primeros apóstoles eran discípulos del Bautista cuando Jesús los llamó. ¿Habla este evangelista de su propia experiencia y de las cosas que más conoce, que no siempre coincide con lo escrito por los otros tres?

Existen estudiosos que se atreven a decir que este evangelista fue el fundador de una pequeña comunidad cristiana en Jerusalén independiente de la comunidad llamemos oficial que tenía a Pedro como su líder. Y se atreven a más porque hay quienes afirman que entre ambas comunidades había un cierto enfrentamiento. ¿Y en qué se basan? En que en este evangelio prácticamente no se comenta ni los sermones, ni las parábolas ni los milagros de los que se hablan en los otros tres, lo que da a entender que no debería ser muy estrecha la relación entre ambas comunidades pues pudieran desconocer dichos episodios al no intercambiarse información entre ellas. Y es así, cuando el líder de esta comunidad de Jerusalén escribió la primera redacción de esta Evangelio, que desde luego, era mucho más corto que el actual. Eso ocurriría alrededor del año 60.

"Ecce Agnus Dei", Jesús aparece ante la multitud. Óleo de Alexander Andrejewitsch Iwanow.

Pero como diez años más tarde los romanos destruyeron Jerusalén, esta comunidad tuvo que emigrar e instalarse en otro territorio donde empezaron su propia evangelización y al incorporarse mediante ésta nuevos miembros al grupo, miembros que no procedían de Jerusalén sino de otras tierras, el redactor del Evangelio se vio obligado a añadir más información y así, podríamos decir que aparece la segunda redacción de este Evangelio. Pero decir esto puede resultar gratuito si no hay base en la que apoyarse y esta base la hay porque si se lee concienzudamente el texto se encuentran algunas afirmaciones que con posterioridad parecen modificarse y existen numerosos ejemplos aunque yo, a bote pronto, me acuerdo solo de dos: “En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán” (Juan, 5, 24-25). Y: “Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día” (Juan, 6, 40). En el primer texto dice que la vida eterna ya está aquí mientras que en el segundo texto dice que vendrá en el futuro.

“En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan, 5, 24) y poco más adelante, dice: “y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio” (Juan, 5, 29). En el primer texto se está diciendo que para tener vida eterna basta solo con creer en Jesús, mientras que más adelante dice que hay que hacer el bien. O sea, se ve claramente que existe una porción de texto en esta segunda redacción que no existía en la primera.

Pero llegó el momento en el que el líder de esta comunidad murió y eso influyó enormemente en todos, pues fallecía el único de ellos que había conocido personalmente al Maestro y se encontraron nuevos textos sobre Jesús y su obra, escritos también por él, pero que por diversas razones no fueron incluidos en la segunda redacción del Evangelio. ¿Y qué fue lo que pudo pasar? Que algún colaborador suyo los incluyó en el texto ya escrito.

"Christus", óleo de Nikolai Andrejewitsch Koschelew (1840-1918).

Alguien pensará que esto es querer rizar el rizo, pero ¿qué explicación podemos si no encontrar en el hecho de que hay textos que se interrumpen bruscamente y tienen añadidos posteriores que, digamos, “no vienen a cuento”? Veamos un ejemplo: En el capítulo 14 del Evangelio en el que se narra el discurso de despedida de Jesús a sus discípulos, se termina diciendo: “Levantaos, vámonos de aquí”. Siendo consecuente con esto, debieron levantarse y marcharse del Cenáculo, pero si seguimos leyendo el Evangelio, el capítulo 15 empieza diciendo Jesús: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador” y comienza un nuevo discurso, el discurso de la vid. Y un capítulo después, en el 16, hace un discurso sobre el Espíritu Santo y aún en el 17, otro discurso sobre la unidad entre sus discípulos y al terminar este capítulo 17, dice: “Dicho esto, pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos”.

Si Jesús había terminado su discurso al final del capítulo 14 y dice: “Vámonos”, ¿a qué vienen los tres capítulos (15, 16 y 17) con otros nuevos discursos y finalmente es cuando se van? Está meridianamente claro que estos tres capítulos son un añadido posterior por parte de otra persona, aunque fueron redactados por el mismo que hizo el Evangelio pero que no los incluyó en lo que podríamos llamar “la segunda edición”. Esta sería la tercera redacción, que además se reafirma con aparentes nuevas contradicciones, porque mientras que en el capítulo 14 dice Jesús: “Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros si me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis” (Juan, 14, 19), dos capítulos después, en el 16, dice: ”Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver” (Juan, 16, 16). ¿En qué quedamos, lo verán o no lo verán? (!!)

Y hay, digamos, más incongruencias entre estos capítulos; vamos a ver otras: “Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros” (Juan, 16, 26) y “Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos” (Juan, 17, 9). ¿Ruega o no ruega por sus discípulos?
Se pueden poner varios ejemplos más de contradicciones dentro de estos capítulos que demuestran que los tres, fueron un añadido posterior realizado por otra persona: “El Padre es igual que yo” (Juan, 5, 18) y “El Padre es más grande que yo” (Juan 14, 28) ¿Es igual o es mayor? Los exegetas se debatirán los sesos para encontrar explicaciones y dirán que es igual en cuanto Dios y es menor en cuanto hombre, pero siendo esto cierto, no dejan de ser explicaciones sobre un texto del que estamos diciendo que se confeccionó por etapas.

La Última Cena. Óleo de Pascal Adolphe Dagnan-Bouveret (1852-1929).

“Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido” (Juan, 5, 31) y “aunque yo dé testimonio de mí mismo, mi testimonio vale porque sé de dónde vengo y adonde voy” (Juan, 8, 14) ¿En qué quedamos? ¿Es válido o no lo es? Porque las dos cosas, al mismo tiempo, no pueden ser. No sigo por este camino pero puedo afirmar que si leemos a fondo el Evangelio hay muchas otras contradicciones que demuestran que fue escrito por etapas y por parte de más de un escritor.

En la última Cena, Jesús reprocha a sus discípulos diciéndoles: “Me voy y ninguno de vosotros me pregunta, ¿adónde vas?” (Juan, 16, 5). ¿Cómo puede decirles eso si ya antes Pedro y Tomás se lo habían preguntado? “Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?” (Juan 13, 36) y “Le dice Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Juan, 14, 5). ¿Vemos cómo existen contradicciones que demuestran esto que estamos argumentando? Digo que hay muchos más ejemplos, pero tampoco se trata de cansar haciendo un artículo excesivamente largo.

Este redactor, colaborador del líder muerto que había conocido a Jesús y que procedente de Jerusalén había redactado las dos primeras versiones del Evangelio, como acto de veneración a su maestro y como esta comunidad, como dije al principio, tenía enfrentamientos con la comunidad dirigida por Pedro, se inventó la figura del “Discípulo amado” incluyéndola en el Evangelio junto a la figura de Pedro. Posiblemente, esto lo hizo con la intención de demostrar que su líder era superior a Pedro y por eso siempre aparecen juntos, pero recalcando que la actuación del “Discípulo amado” era mejor que la de Pedro. Algunos ejemplos: en la Última Cena el “Discípulo amado” reclina la cabeza sobre el pecho de Jesús. Durante la Pasión recalca que el “Discípulo amado” estaba dando la cara mientras Pedro huía. En la mañana de Pascua el “Discípulo amado” cree mientras Pedro se queda atónito. Después de haber resucitado, Jesús le dice al “Discípulo amado” que vivirá mucho tiempo mientras Pedro queda desconcertado, etc. O sea, rivalidad entre comunidades y alguien que quiere que su líder rivalice con el “jefe” oficial de la Iglesia, que es Pedro.

Jesús entrega las llaves a San Pedro. Óleo del pintor neoclásico Jean Auguste Dominique Ingres (1820). Museé Ingres, Montauban (Francia).

Pero finalmente, como esto no tenía sentido y lo lógico era buscar la reconciliación, alrededor del año 100 hubo un acercamiento, pero para que la reconciliación fuera completa, aunque Pedro había ya muerto, se tenía que reconocer su primacía. ¿Y cómo hacerlo? Añadiendo un capítulo más al Evangelio, el capítulo 21. ¿Y por qué digo que el artículo 21 es un añadido? Porque el artículo 20 termina así: “Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Juan, 20, 31).

Y es en este artículo 21 donde se reconoce la supremacía de Pedro: Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.» uelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.» e dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.» Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme” (Juan, 21, 15-19). Y esta es la cuarta y última redacción de este Evangelio y es entonces cuando las dos comunidades rivales, se unieron bajo el primado de Pedro.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Juan el Teólogo, apóstol y evangelista

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Detalle del Santo en un tríptico de Paolo Veneziano (s.XIV).

Era natural de Galilea, como los otros apóstoles a excepción de Judas Iscariote; probablemente vivía en la ribera del lago Tiberíades y era hijo de Zebedeo y María Salomé y hermano de Santiago el Mayor. El padre tenía una pequeña industria de pesca con jornaleros a su cargo (Mc. 1, 20) y la madre era una de las mujeres que siguieron a Jesús durante su predicación y que estuvo en la hora crucial del Calvario. No había frecuentado la escuela rabínica, por lo que era considerado iletrado, pueblerino sin cultura (Hechos, 4, 3), pero sin embargo tenía contactos con las altas esferas sacerdotales (Io. 18, 15-16).

Era discípulo del Bautista y su primer encuentro con Jesús fue en el momento en el que acercándose el Señor al Bautista, éste le dijo: “He aquí el Cordero de Dios” (Io.1, 35-39). La impresión que le causó debió ser tan fuerte, que el mismo evangelista recuerda hasta la hora: “cerca de la hora décima”, o sea, sobre las cuatro de la tarde, según el cómputo horario de los judíos. Junto con Andrés, siguió al Maestro y estuvo con Él todo el día. Tuvo un puesto especial en el Colegio Apostólico, pues siempre se le nombra entre los cuatro primeros. Tenía una especial intimidad con Pedro (quizás fuesen paisanos), pero especialmente, tuvo una intimidad especial con Jesús, tanto, que él mismo se hace llamar: “el discípulo predilecto”.

Junto con Pedro y Santiago acompañó a Jesús en los momentos más solemnes: resurrección de la hija de Jairo, Transfiguración y Agonía de Getsemaní. Con Pedro fue enviado a preparar la cena pascual (Lc. 22, 8 ), teniendo un puesto de honor en dicha Cena, llegando incluso a recostar su cabeza en el pecho del Maestro. Cuando Jesús fue capturado en el Huerto de los Olivos, salió huyendo como todos los demás apóstoles, pero siguió con Pedro a Jesús durante su proceso, siendo el único discípulo que estuvo al pie de la cruz, junto a María y las piadosas mujeres. La misma intimidad que tuvo con Jesús, debió tenerla con María, su madre, pues en la cruz, Jesús los confió el uno a la otra.

Después de la Resurrección, junto con Pedro, recibió de María Magdalena el primer anuncio de que el sepulcro estaba vacío y con Pedro, fueron corriendo al sepulcro, llegando él primero porque era más joven, viendo los paños mortuorios tirados en el suelo. Por respeto a Pedro no entró solo; entraron juntos. Se le iluminó la mente al ver el sepulcro vacío y los sudarios en el suelo, él que había asistido al amortajamiento y sepelio de Cristo, y creyó (Io. 20, 6-9), siendo este quizás el primer acto de fe de todos los apóstoles. De Pedro, dice San Lucas, “que volviéndose sobre sus pasos quedó maravillado del hecho(Lc. 24, 12), pero no dice expresamente que creyera. Juan, si lo dice de sí mismo en su Evangelio. Su fe quedó corroborada con la noticia de la aparición de Jesús a Pedro (Lc. 24, 34) y a los discípulos de Emaús. Más tarde, estando todos juntos y con las puertas cerradas por temor a los judíos, se les apareció Jesús a todos ellos (Io. 20, 19-23). También estuvo presente en la siguiente aparición ocho días más tarde. En aquella ocasión, pudo ver y adorar las llagas producidas en la Pasión.

Escultura del Santo. Alessandro Algardi (s.XVII)

Durante los cuarenta días que transcurrieron hasta la Ascensión pudo gozar de Jesús Resucitado y recibir sus instrucciones. Junto con los otros discípulos recibió la misión apostólica: “Id por todo el mundo y predicad a toda criatura”. Estuvo presente en el momento de la Ascensión y en Pentecostés, recibiendo el Espíritu Santo.

Después de Pentecostés está particularmente asociado a Pedro y así se puede leer en numerosas citas de los Hechos de los Apóstoles. Posteriormente marchó definitivamente de Jerusalén, pues cuando San Pablo al concluir su tercer viaje apostólico en el año 57 llegó a Jerusalén, solo se encontró con Santiago Alfeo. Según una antigua tradición, Juan anunció el evangelio en el Asia Menor, donde estaba la iglesia de Efeso y otras comunidades cristianas. Así lo afirman San Ireneo, San Clemente Alejandrino, Polícrates obispo de Éfeso y otros y así también se ha confirmado en recientes excavaciones arqueológicas.

Dice San Ireneo que sufrió martirio alrededor del año 95 en tiempos de Domiciano, siendo arrojado a un tonel de aceite hirviendo, del que salió ileso. Tertuliano y San Jerónimo también lo afirman. Sufrió martirio, pero no murió mártir. Posteriormente fue exiliado a Patmos, que está en las islas de las Espóradas, a unos setenta kilómetros de Efeso y cuando murió el emperador Domiciano, gobernando el emperador Nerva, volvió a Efeso donde murió en tiempos del emperador Trajano, quizás en el año 104, casi centenario.

Fue el más joven de todos los apóstoles, siendo además, virgen durante toda su vida. Fue el que tuvo una vida más larga, tanto, que por su longevidad se corrió la voz entre los discípulos de que él no había muerto, interpretando erróneamente la palabra de Jesús Resucitado a Pedro en el lago Tiberíades refiriéndose a Juan: “Si yo quiero que este se quede hasta que Yo venga, ¿a ti qué? Tu sígueme”. El mismo San Juan dice que entre los hermanos se corrió la voz de que aquel discípulo (él mismo) no moriría, pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: “Si Yo quiero que él se queda hasta que Yo venga, ¿a ti qué?” (Io.21, 22) Repito: fue el más joven y el más longevo.

De su juventud se extrae el ardor con el que siguió a Jesús y de su longevidad, la sagacidad de su meditación doctrinal y apostólica. Con su larga vida pudo controlar y garantizar la primitiva vida del cristianismo e iluminarla con la plenitud de la Revelación (libro del Apocalipsis), que fue madurando en su interior hasta el día de su muerte. Fue impetuoso en su juventud, tanto, como para ser llamado al igual que su hermano: “hijo del trueno”, en arameo, “boanerghes”. Así lo manifiesta (Mc. 3, 17) refiriéndose a los dos hermanos.

"San Juan Evangelista". Óleo de Francesco Furini, siglo XVII.

Cuando estuvo con Jesús tuvo impulsos de querer, digamos, “estar enchufado”. Recordemos cómo cuando utilizando a su madre Salomé quieren tener un lugar de preferencia en el reino de Jesús (Mt. 20, 21 y Mc. 10, 37), pudiendo esto interpretarse como un acto de ambición, pero cuando el mismo Jesús en ese momento les dijo: “No sabéis lo que pedís, ¿podréis beber el cáliz que Yo he de beber? Ambos dijeron: podemos, respondiéndoles Jesús: ciertamente beberéis mi cáliz”. O sea, que en ese mismo momento ellos aceptan el cáliz de la pasión, lo que también nos demuestra un gran impulso de generosidad y de amor a Jesús.

El se nomina a sí mismo hasta cuatro veces en su primer libro inspirado, el Apocalipsis (que él mismo escribió) y fue un grandísimo teólogo (así lo llaman los griegos y así hemos querido llamarlo en el enunciado de este artículo) como lo demuestra en su Evangelio y en sus tres Epístolas. En sus escritos resalta la Divinidad de Jesús, subraya también su humanidad porque nos cuenta algunas particularidades de Jesús que los otros evangelistas omiten: cuando echa a los mercaderes del templo en su primer viaje a Jerusalén, cuando se sienta cansado junto a la fuente en Samaría, cuando escupió en tierra e hizo con su saliva lodo para untar los ojos del ciego, cuando lloró por Lázaro muerto, cuando sintió sed en la cruz y algún otro detalle más.

Es el evangelista de la caridad, del amor, de la verdad y de la luz. En su primera carta afirma que “Dios es la luz” y “Dios es amor”. Estas dos afirmaciones son la síntesis de la suprema manifestación del amor: la Cruz y la Eucaristía. Dice que Jesús es la máxima manifestación del Amor de Dios, no concibiendo el amor sin la verdad. Es realmente el evangelista teólogo y por eso sus escritos son los escritos de la luz, del amor y de la verdad, como dijimos antes.

La completa plenitud de la espiritualidad y personalidad de San Juan es un reflejo de su contacto largo e íntimo con Jesús y, después de la Ascensión, de su larga meditación del mensaje de Cristo, con la asistencia y la luz infalible del Espíritu Santo que había recibido en Pentecostés. Aquella especial sintonía que tuvo con Jesús, también la tuvo con su Madre, con quién vivió hasta la muerte de María, aunque es el único evangelista que no nombra a María por su nombre; la llama, la Madre de Jesús. La presenta como corredentora en la narración del milagro de las bodas de Caná y la presenta como la Madre universal de todas las gracias narrando la proclamación de esta maternidad cuando Jesús se la entrega como su madre, en la Cruz. María está con Jesús desde el principio (bodas de Caná) hasta el final (muerte en la Cruz).

Celebración de la Misa en el sepulcro del Santo. Éfeso (Turquía).

San Juan escribió varios libros inspirados. El Apocalipsis (que es el único libro profético del Nuevo Testamento), el Evangelio y tres Epístolas. El Apocalipsis (o Libro de la Revelación) es el libro que cierra el catálogo de los libros inspirados admitidos por la Iglesia en los concilios de Trento y Vaticano I. El cuarto Evangelio es esencialmente doctrinal y amplifica y desarrolla la síntesis sublime redentora de su prólogo: Ἐν ἀρχ ῇ ἦν ὁ Λόγος, καὶ ὁ Λόγος ἦν πρὸς τὸν Θεόν, καὶ Θεὸς ἦν ὁ Λόγος. (En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios). También escribe tres Epístolas, probablemente escritas después de escribir el evangelio y que son una profunda expresión de la alta experiencia religiosa de San Juan y de los datos fundamentales del dogma, de la moral y de la mística cristiana.

Como hemos escrito antes, los apócrifos dicen que a la muerte de la Virgen, que había vivido con él en Efeso, Juan predicó el evangelio en Judea y en el Asia Menor. Que durante la persecución de Domiciano fue arrestado, llevado a Roma y martirizado, que no murió en el martirio, que fue exiliado a Patmos y que a la muerte del emperador retornó a Efeso, donde murió. Su prestigio fue enorme en Oriente: Efeso (donde murió) y Patmos (donde sufrió el exilio y probablemente escribió el Apocalipsis). Estos fueron los principales lugares de culto. En Efeso, se ha descubierto una magnífica basílica del siglo V edificada sobre el sepulcro del apóstol. El Patmos, San Cristódulo fundó un monasterio en su honor y allí se encuentra una gruta, donde según la tradición, se dice que escribió el Apocalipsis.

En Occidente el culto a San Juan se desarrolló primeramente en Roma, donde en la Puerta Latina habría sufrido el martirio inmerso en un tonel de aceite hirviendo. En el lugar del suplicio fue erigido un oratorio bajo el título de “San Giovanni in oleo”. Se dice que fue un templo dedicado a la diosa Diana que se reconvirtió en iglesia cristiana. Posteriormente, el templo fue reconstruido en el año 772 en tiempos del Papa Adriano I. Pero la iglesia principal construida en Roma en su honor es la Basílica Mayor de San Juan al Laterano (Letrán), que tiene como reliquia una taza en la que según la tradición, al santo le habrían echado veneno para matarlo, pero que él lo evitó haciendo la señal de la cruz. En Bologna, Pistoia, Forcivita, Parma, Ravenna y otras muchas localidades italianas existen templos dedicados a él desde la Baja Edad Media. En Francia, España, Alemania, Holanda, Inglaterra y demás países europeos siempre ha recibido una particular y especial veneración.

Vista del sepulcro del Santo en Éfeso (Turquía).

En Occidente a San Juan Evangelista se le conmemora tal día como hoy, 27 de diciembre, aunque también el día 6 de mayo. Ya lo menciona San Gregorio de Nissa en Cesarea de Capadocia cuando hace el elogio fúnebre sobre San Basilio en el año 379, afirmando que entre la Navidad y la Circuncisión, se festejaban a los santos Esteban, Pedro, Santiago, Juan y Pablo. Al final del siglo IV, un martirologio griego fijaba el 27 de diciembre como la fiesta de los hermanos Santiago y Juan. En Palestina en el siglo VI, Juan y Santiago eran recordados el día 29 de diciembre. En el Martirologio Siríaco y en el Calendario de Cartago, el día 27 y los armenios lo celebran el día 28.

Con posterioridad, la festividad de los apóstoles Pedro y Pablo pasó a junio, Santiago a julio, quedando solo entre la Navidad y la Circuncisión las fiestas de San Esteban, San Juan y los Inocentes de Belén. La fiesta del día 6 de mayo es recordada pro primera vez en el año 780 y se debió a la dedicación de la Iglesia de San Juan ante Portam Latinam, en Roma. Los griegos lo mencionan también el día 8 de mayo en conmemoración de un polvo misterioso o maná que decían salía de su tumba. Antes de la última reforma de la liturgia, al final de la Misa, se leía el prólogo del Evangelio de San Juan. Esta costumbre databa del siglo XIII y San Pío V lo hizo obligatorio en el año 1570.

Por ser el autor de cinco libros inspirados, es el patrón de los teólogos y de los escritores. También están bajo su patrocinio los aparejadores, los fabricantes de velas, los que por andar con fuego pueden sufrir quemaduras, los propietarios de molinos de aceite, los impresores, los libreros, los copistas de manuscritos, los encuadernadores, los papeleros y otros muchos oficios. Su símbolo es el águila y un tintero. Como en la Cruz, Cristo le confió a su Madre, se le dio el título de “Virginis custos” (custodio de la Virgen) y por extensión, “Virginum custos” (protector de las vírgenes y de las viudas).

Vista general del sepulcro del Santo en Éfeso (Turquía).

A causa de la leyenda de la copa envenenada, se le consideró santo patrono contra los envenenamientos y se llamaba “vino de San Juan” a un sacramental que protegía contra los venenos y, en general, contra las intoxicaciones alimenticias y este es el motivo por el cual en las vitrinas de algunas farmacias aparece su imagen ocupando el lugar de Esculapio, dios de la medicina. Iconográficamente lo han representado todos los artistas en todos los tiempos: junto con los apóstoles en la Última Cena y con María a los pies de la cruz. Otros lo han pintado, conjuntamente, con los otros tres evangelistas y aún a la entrada del sepulcro en el Día de Pascua. También con el resto de los apóstoles en Pentecostés o en la Asunción de la Virgen al cielo.

Los restos de San Juan no se conservan ni se sabe cuando se perdieron. Es el único apóstol del que no se conserva sus restos. En la Antigüedad circuló una leyenda según la cual también subió a los cielos al igual que la Virgen. Según los apócrifos, un ángel lo llevó al cielo y sus discípulos jamás encontraron su cuerpo en la tumba. Pero ya digo: esto es sólo una leyenda, no es historia, no es verdad.

Antonio Barrero

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