San Juan Macías, fraile dominico

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Lienzo barroco del Santo distribuyendo pan entre los pobres.

Sobre San Juan Macías no se sabe mucho, pero como ya hemos escrito sobre el resto de los santos limeños: Toribio de Mogrovejo, Rosa de Lima, Martín de Porres y Francisco Solano y en tiempos hubo un ruego para que escribiéramos sobre los cinco, hoy lo hacemos sobre San Juan Macías, aunque de él sabemos relativamente poco.

La creciente devoción en Lima hacia el llamado “padre de los pobres” por sus desvelos hacia todos los indígenas de aquellas tierras y el interés suscitado por la diócesis española de Badajoz, de donde procedía, hizo que el Papa San Juan XXIII ordenara el 20 de julio de 1960 que se retomara su causa, pues en Olivenza, ciudad extremeña que con anterioridad había pertenecido a Portugal, había ocurrido un nuevo milagro por su intercesión.

El 23 de junio de 1949, en la parroquia de Santa María Magdalena, por intercesión del beato se verificó una prodigiosa multiplicación de arroz que se estaba distribuyendo entre los pobres, pues con la cantidad de la que se disponía, no había suficiente para paliar las necesidades de tantos como habían acudido al reparto. La monja que estaba repartiendo el arroz, al ver que faltaba y que no habría para todos, le rezó en voz alta y la olla que estaba casi vacía, se rebozó y siguió llena mientras se seguía repartiendo arroz entre los pobres. Recordemos que después de la guerra de 1936 a 1939, España sufrió unos años de muchísima carencia de alimentos y de otras materias básicas.

La Curia diocesana de Badajoz inició la instrucción de este caso en el año 1961, reconociéndose válido por un decreto de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos de fecha 2 de febrero de 1973 y el Papa Beato Pablo VI con fecha 4 de octubre de 1974 decretó la canonización del beato Juan Macías, ceremonia que se celebró solemnemente en la Basílica Vaticana el día 28 de septiembre del año 1975.

San Juan Macías (o Juan el Pastorcito) había nacido en el pueblo extremeño de Ribera del Fresno el día 2 de marzo del año 1645; sus padres fueron Pedro de Arcas y Juana Sánchez, pero a él se le llama Juan Macías porque a los pastorcillos se les llamaban “los Macías”. Con solo cuatro años se quedó huérfano haciéndose cargo de él un tío suyo que fue quién lo dedicó al pastoreo, trabajo que realizó hasta los ocho años de edad, momento en el que decidió marcharse de la casa de su tío.

Vista de la almohada que solía usar el Santo, expuesta en Lima (Perú).

Conoció a un comerciante con el que trabajó y, cuando tendría unos veinte años de edad, con él hizo el viaje a América, llegando a Cartagena de Indias y pasando por Pasto y Quito, finalmente se asentó en Lima, donde se quedó hasta el día de su muerte. En la capital peruana trabajó con unos ganaderos, pues ese había sido su trabajo cuando era pequeño. En Lima contactó con la Orden de Santo Domingo de Guzmán, en la que ingresaría el día 23 de enero del 1622 como hermano lego en el convento de Santa María Magdalena. Después de un año de noviciado, realizó sus votos religiosos.

En el convento se distinguió por su austeridad, vida de oración y caridad ayudando a todos los mendigos, abandonados y enfermos que se acercaban al convento, donde por obediencia, ejercía el oficio de portero. Los recibía y les daba de comer arrodillado ante ellos, mirando por humildad siempre al suelo.

Fue amigo íntimo de San Martín de Porres y a él, no solo acudían los necesitados, sino también algunos personajes nobles y hasta el propio Virrey a fin de recibir consejo del humilde fraile. Pero toda esta actividad la realizaba más por obediencia que por propia iniciativa pues era especialmente reservado y su mayor deseo era pasar desapercibido. De él se dijo que si no fuera por la obediencia, nadie le habría visto jamás el rostro. Como portero estaba expuesto a todos los que acudían al convento; a todos recibía con exquisita delicadeza, pero su más íntimo deseo, era ser ignorado y que incluso no se supiera de su existencia, pero como la obediencia era una de sus virtudes preferidas, el hacer algo que no le gustaba le suponía una alegría y una enorme paz interior.

Vista del canasto que el Santo usaba para recoger alimentos y limosnas para los pobres, expuesto en Lima (Perú).

Tuvo el don de milagros en vida y después de muerto. Se cuenta que en el año 1678 un novicio haciendo limpieza en su celda levantó un bulto de mucho peso y como padecía de una hernia inguinal, el esfuerzo que realizó le estranguló la hernia necesitando urgentemente una operación que en aquella época no se practicaba. Los médicos lo dieron por desahuciado y le administraron la Unción de los enfermos, pero el prior del convento le dio un cuadro de fray Juan, que había muerto hacía más de treinta años y todos se pusieron a rezarle para que le curara. Cansados, se quedaron dormidos y al despertarse vieron que el novicio estaba curado. Este milagro fue uno de los dos reconocidos para que fuera declarado beato. También tuvo algunos éxtasis místicos en los cuales se le aparecía la Virgen y San Juan evangelista.

Sintiéndose morir cuando tenía unos sesenta años de edad, se dedicó a contarle a los frailes todos los regalos que había recibido de Dios desde que él era niño y cómo en repetidas ocasiones San Juan le había hecho contemplar la gloria que le esperaba. A un fraile que era amigo suyo, le dijo: “Fray Juan, padre mío, allí en el cielo ¿cree su reverencia que yo lo olvidaré? Le doy mi palabra de que allí seremos mejores amigos que lo hemos sido aquí”. A otro fraile que le decía qué harían los pobres cuando él faltara, le dijo: “Con que tengan a Dios, sobra todo lo demás y de todas formas les queda el hermano Dionisio y otros buenos amigos que están también en el convento”.

Cuando se acercó la hora de su muerte, avisó a todos los frailes para despedirse de ellos diciéndoles: “Ahora sí que ha llegado mi hora; que se haga en mí la voluntad de mi Señor”; le llevaron el Viático y le administraron la Extremaunción. Murió el 16 de septiembre del año 1645 cuando los frailes cantaban la “Salve Regina”. Fue sepultado en el convento.

El arzobispo de Lima venerando las reliquias del Santo en su traslado anual del convento a la parroquia, Lima (Perú).

Fray Juan Meléndez nos dice de él que era de mediano cuerpo, tenía el rostro blanco, las facciones menudas, la frente ancha pero partida por una vena gruesa que salía desde el nacimiento de los cabellos, moderadamente calvo, de cejas pobladas, ojos alegres y nariz algo aguileña, las mejillas sonrosadas y enjutas y la barba, espesa y negra.

Treinta y seis años después de su muerte, su cadáver fue exhumado y estaba incorrupto. Actualmente, así se encuentra dentro de su urna en el altar mayor del Convento de Santo Domingo, junto con los cuerpos de Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres.

Fue beatificado el 22 de octubre del 1837 por el Papa Gregorio XVI y como dije más arriba, canonizado por el Beato Pablo VI el 28 de septiembre de 1975. Su festividad es el próximo día 16 de este mes.

Antonio Barrero

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