Una cuestión polémica: los niños asesinados por los “judíos”

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fresco del Beato Anderl von Rinn en gloria.

Fresco del Beato Anderl von Rinn en gloria.

Hoy en este presente artículo, quisiera dar a conocer un fenómeno que derivó del fuerte antisemitismo en la Europa Medieval y Moderna, dando como origen a muchos cultos locales, aún hoy en día siendo venerados, a pesar de no gozar con la aprobación oficial de la Iglesia Católica: son los llamados “libelos de sangre” es decir de supuestos asesinatos rituales cometidos presuntamente por judíos, teniendo como principales víctimas a niños. Muchos de estos relatos y “confesiones” fueron obtenidos bajo tortura. Estos casos son mera calumnia propagada en una época donde la superstición y el oscurantismo predominaba las conciencias de la sociedad. Ahora explicaremos las causas de estos hechos y los presuntos “mártires” que gozaron o gozan de culto.

Un factor predominante: el antisemitismo en la Europa Cristiana
Es interesante considerar que cuando hablamos de antisemitismo nos remontemos a la época del Holocausto de Hitler en la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, por muy duro que es de aceptar, estos hechos tuvieron gran relevancia durante la Edad Media, predominada por el cristianismo en su mayoría. Si en la cultura judía, la Torá prohibía de manera determinante el asesinato, la cuestión quedaría en la “veracidad de los hechos” con la que muchas historias se narraban de estos casos. En el judaísmo, como podemos atestiguar en las Sagradas Escrituras, la sangre y otros fluidos son considerados impuros, por lo que cuando se sacrificaban a los animales, la sangre no podía ser consumida y tenía que ser extraída y enterrada. Asimismo, el sacrificio humano fue considerado como aberrante y factor de separación entre los paganos cananeos y los hebreos.

Imagen procesional de San Cristobalito de la Guardia.

Imagen procesional de San Cristobalito de la Guardia.

Durante la Edad Media, era común en las ciudades tener población judía entre la sociedad cristiana, viviendo de manera relativa entre periodos de tolerancia, así como de intransigencia. Los argumentos que se utilizaban para justificar la persecución fueron primeramente a través de numerosos escritos de algunos padres de la Iglesia, tal es el caso de Melitón obispo de Sardes, que constituyó el llamado mito del deicidio, es decir, del asesinato de Dios. Melitón expresaba: “Dios ha sido asesinado, el Rey de Israel fue muerto por una mano israelita”.

En la tradición cristiana los judíos fueron comparados con la figura de Judas, facilitando un estereotipo negativo del pueblo judío. En ciertos momentos éste fue víctima de conversiones forzadas, acusaciones calumniosas, expropiación a sus propiedades y abierta hostilidad; por ejemplo, en España, es conocido el caso de San Vicente Ferrer, con su famoso lema: “Bautismo o muerte”, así como su opinión sobre los judíos; “la señal de Caín está puesta sobre ellos y es el olor que exhalan”. Numerosos predicadores de manera frontal atacaron al judaísmo y lo persiguieron, decomisando sus escritos sagrados, e incluso incitando a revueltas abiertas en algunas ciudades, tal es el caso de Valencia en 1391 y Barcelona, así como en otras poblaciones ese mismo año.

Una mera calumnia: los libelos de sangre
Centrándonos en el tema, queda responder a una pregunta ¿qué son los llamados libelos de sangre?; son acusaciones falsas, en las que se decía que los judíos realizaban crímenes empleando sangre humana durante sus rituales religiosos. Por lo general las víctimas principales eran los niños que no habían alcanzado la pubertad.

Éstos, según los escritos y crónicas de la época, eran secuestrados o comprados en una fecha determinada; generalmente los relatos describen que esto ocurría cercana la Pascua Judía, y que eran recluidos en casas particulares, a veces en sótanos o en las sinagogas. Generalmente se hacía esto de noche cuando todos los miembros de la comunidad se reunían. Se recreaba la pasión de Cristo, sometiendo al infante a torturas y humillaciones, como pinchazos, golpes, estrangulación, etc. Finalmente se dice, eran coronados de espinas y crucificados para que la sangre brotase y esta fuese recogida en recipientes. Eran asesinadas las “víctimas” con golpes de mazo o apuñalados, siendo utilizados los cadáveres para la magia negra y otras estupideces. La sangre era utilizada para preparar el pan ácimo para el Pessah (la Pascua).

Grabado de Santo Dominguito del Val crucificado.

Grabado de Santo Dominguito del Val crucificado.

Estas patrañas, realmente son asesinatos sin resolver, cuyo medio más fácil es culpabilizar a los hebreos, obteniendo “confesiones” mediante la tortura, además de propagar el fervor antisemita en la zona. Incluso sirvió de fundamento para que el infante asesinado fuese considerado mártir y en varios casos venerado públicamente.

No quiero decir que se niegue la muerte de los niños, sin embargo este medio de propaganda es de escaso valor histórico y por consiguiente, calumniador. Aquí encontramos otra de las más grandes mentiras que se pueden decir, o sea, relacionar el judaísmo y la magia negra. Como decíamos anteriormente, quien hiciese los relatos, desconocía las tradiciones judías, sobre lo que se refiere a la hechicería y la adivinación. En las Sagradas Escrituras podemos encontrar citas respecto al tema. “No practiquen el espiritismo” (Levítico 19, 31), “Cuando hayas entrado en la tierra que el Señor tu Dios te va a dar, no imites las abominaciones de aquellos pueblos. Que nadie entre los tuyos sacrifique en el fuego a su hijo o a su hija; que nadie practique la adivinación, la astrología, la hechicería o la magia; que nadie consulte a las almas o a los espíritus, ni evoque a los muertos. Quien hace estas cosas es detestable ante el Señor” (Deuteronomio, 18,9-14).

Como anteriormente decíamos estos sacrificios humanos son contrarios a la religión hebrea, y descartados actualmente, pero en la Edad Media, fueron muy comunes, llegando a la “canonización popular” de las víctimas, considerándolas mártires por odio a la fe.

Lista de los niños venerados como santos:
Iglesia Católica
San Simón de Trento
San Harold de Gloucester
San Werner de Oberwesel
San Robert de Bury

El pequeño San Hugh de Lincoln (no confundir con el famoso santo cartujo)
San William de Norwich
Beato Rudolph de Berna
Beato Anderl Oxner
(conocido como Anderl von Rinn)
Santo Dominguito de Val
San Cristobalito de la Guardia
(conocido como el Santo Niño de la Guardia)
Iglesia Ortodoxa
San Gabriel Zabludowski

Lienzo de San Werner de Oberwesel.

Lienzo de San Werner de Oberwesel.

Conclusiones
No tiene este artículo el objetivo de desacreditar el culto y la devoción a estos mártires (es cuestión personal de cada uno) sin embargo, a estas alturas, es increíble que esta misma veneración se base sin fundamento alguno en el hostigamiento y en la persecución de las minorías, con acusaciones calumniosas, además en algunos casos, relatos con similitudes, que permiten dudar de su autenticidad, siendo no comprobables y falsos los hechos narrados por distintos cronistas medievales, fruto del furor antijudío de la época. En la actualidad se sigan venerando en algunos lugares, como el caso del Niño de la Guardia, Santo Dominguito de Val, y San Gabriel (por la Iglesia Ortodoxa Polaca).

El antisemitismo es contrario a las enseñanzas del Evangelio, y como tal debe ser condenado. El respeto por los pueblos es parte fundamental de la convivencia entre culturas, que nos debe llevar al fin más importante: la paz.

René

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Webs consultadas (17/03/16):
-https://es.wikipedia.org/wiki/Antisemitismo
-https://es.wikipedia.org/wiki/Libelo_de_sangre
-https://factoriahistorica.wordpress.com/2015/01/18/libelo-de-sangre
-https://es.wikipedia.org/wiki/Vicente_Ferrer_(santo)

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Jerusalén, tres veces santa

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Panorámica de la ciudad de Jerusalén (Israel).

Panorámica de la ciudad de Jerusalén (Israel).

“Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos acordándonos de Sión. Sobre los sauces, teníamos colgadas nuestras arpas… ¿Cómo podríamos cantar un canto al Señor en tierras extrañas? Si me olvidare de ti ¡oh Jerusalén!, mi diestra sea olvidada. Mi lengua se pegue el paladar, si de ti no me acordare; si no ensalzare a Jerusalén por encima de mis alegrías”. (Salmo 136).

¡Cuántas veces hemos nombrado a esta bendita ciudad en los artículos de este blog! Ya era hora de que escribiésemos sobre ella, aunque sea este pequeño artículo. Ciudad Santa donde las haya, ciudad venerada como santa por las tres religiones monoteístas: judía, cristiana e islámica, ciudad meta de peregrinaciones a la que cualquiera de nosotros quisiera visitar al menos una vez en la vida.

La primera referencia a Jerusalén aparece en el siglo XIX antes de Cristo, siendo nombrada en algunos textos acadios (Urusalim) y egipcios (Urushamen). En la Biblia, a Jerusalén se menciona por primera vez en el capítulo 40 del Génesis, cuando se relata la historia de Abrahán pagando diezmo a Melquisedec, rey de Salem, que lo bendice a su regreso de una campaña militar. Es convertida en la capital del reino de Israel en tiempos del rey David, construyéndose en ella – en el monte Moriá – el primer Templo dedicado a Yahvé, obra de Salomón, hijo de David. Josías, rey de Judá (837-800 a.C.) realiza las primeras reparaciones importantes en el Templo; Ezequías, rey de Judá, (715- 687 a.C.) construye un subterráneo desde la fuente de Gihón hasta la piscina de Siloé y se enfrenta exitosamente al asalto de Jerusalén por parte de Senaquerib, pero Nabucodonosor, en el año 587 a.C., destruye la ciudad y el Templo y exilia a los judíos a Babilonia. La ciudad atraviesa diversas vicisitudes durante los períodos persa, helénico, hasmoneo y romano, llegando a ser destruida por el emperador Adriano en el año 135 de nuestra era, quien levanta en su lugar una nueva ciudad a la que llamó Aelia Capitolina.

Vista general del Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén (Israel).

Vista general del Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén (Israel).

En algunos artículos de este blog ha sido mencionada en diversas circunstancias acaecidas en los períodos bizantino, musulmán, las Cruzadas e incluso en el otomano. En el siglo XX, concretamente en el 1917, es conquistada por los británicos y en el 1947, las Naciones Unidas recomiendan la partición de Palestina en dos estados: uno árabe y otro judío. El 14 de mayo de 1948 se proclama el estado de Israel y ya sabemos de sobras que ha ocurrido en esa ciudad santa durante la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI.

Pero la historia de Jerusalén es también la historia de las tres grandes religiones monoteístas. Cada sitio de esta ciudad, cada paisaje, cada piedra, cada edificio tienen una correspondencia con las fuerzas que han modelado el mapa del mundo tal como hoy lo conocemos. Es por esto, por lo que después de este escueto repaso cronológico a su historia, dediquémonos a hablar de esta ciudad, desde el punto de vista religioso, que es realmente el objetivo de este artículo. Hoy en día, en esta santa ciudad, nos podemos encontrar tanto los sombreros judíos, como los solideos cristianos o el fez musulmán.

Para el judaísmo, la Jerusalén terrenal es copia o reflejo de la Jerusalén divina. Las palabras Jerusalén y Sión tienen múltiples sentidos simbólicos, espirituales y místicos que trascienden su significado como ciudad terrena. Sión, en la literatura judía, abarca no solo a toda la ciudad de Jerusalén, sino incluso a todo el reino de Judá y así, Isaías llega a considerarla como la capital espiritual del mundo, como la ciudad mesiánica de Yahvé, por eso, en el “Tanaj”, que es la Biblia Hebrea, se la nombra cerca de setecientas veces. Ha sido siempre y aun lo es hoy, la ciudad más sagrada del mundo, el centro espiritual del pueblo de Israel. Es la ciudad del Templo de Yahvé, y aunque ese templo hoy está destruido, el muro que queda en pie (muro de las lamentaciones), es el lugar de oración por excelencia para los judíos ortodoxos. Quienes se encuentran fuera de ella deben orar hacia su dirección geográfica.

Otra vista del Muro de las Lamentaciones en Jerusalén (Israel). Destaca la separación entre hombres y mujeres para la oración.

Otra vista del Muro de las Lamentaciones en Jerusalén (Israel). Destaca la separación entre hombres y mujeres para la oración.

En ella se celebraba y celebra la Fiesta de los Tabernáculos, fiesta que conmemora las vicisitudes del pueblo judío durante su marcha de cuarenta años a través del desierto. “A los quince días del mes séptimo será la fiesta solemne de los tabernáculos a Yahvé por siete días” (Levítico, 23, 34). En el “Talmud”, que es una obra que recoge principalmente las discusiones rabínicas sobre las leyes judías, las tradiciones, las costumbres, las historias y leyendas, se desarrolla profundamente la conexión del judaísmo con la ciudad de Jerusalén.

Dentro de la ciudad, el lugar más sagrado para los judíos es el “Muro de las Lamentaciones”, que es el único resto que queda del templo judío construido por Herodes sobre las ruinas del Templo de Salomón. El Templo fue construido en el lugar en el que, según la tradición judía, Abrahán fue a sacrificar a su hijo: “Y Dios le dijo: Toma a tu único hijo, al que tanto amas, a Isaac y ve a la tierra de Moriá y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te indicaré”. (Génesis, 22, 2). Los judíos afirman que la “tierra de Moriá” es Jerusalén y que el monte donde tendría que haber sido sacrificado Isaac, es el “Monte del Templo”. Este “Monte del Templo”, hoy ocupado por la comunidad islámica, sería para los judíos el lugar más sagrado, ya que en él estuvo el “Sancta Sanctorum”, donde se custodiaban las Tablas de la Ley.

Como he dicho, el “Muro de las Lamentaciones” es el último vestigio que recuerda la antigua gloria de Israel y constituye el símbolo de la fe de los judíos en la redención de su pueblo. Es, por tanto, el lugar más venerado por todos los judíos del mundo. Este monumento y todo lo que él significa, está tan presente en sus vidas que hasta hoy en día, en las bodas judías, el novio rompe con el pie una copa de vidrio después de la bendición final del rabino, en recuerdo de la destrucción del Templo.

Fotografía de un rabino, orando con el Muro de las Lamentaciones a su espalda. Jerusalén (Israel).

Fotografía de un rabino, orando con el Muro de las Lamentaciones a su espalda. Jerusalén (Israel).

Pero como ya hemos dicho, no siempre tuvieron acceso a la ciudad aquellos que, teniendo ascendencia judía, además profesaban el judaísmo como religión. Cuando en el siglo IV, durante el gobierno de Constantino el Grande, hijo de Santa Elena, la ciudad recuperó su esplendor, el emperador no dejaba entrar en ella a los judíos. El mismísimo San Jerónimo, en el siglo V, lo relata con júbilo: “Hasta el día de hoy no les está permitido residir en la ciudad a los infieles judíos. Ellos sólo pueden ir allí a llorar y, hasta no tienen el derecho de llorar por la destrucción de su país, si no pagan por ello. Están obligados a pagar por sus lágrimas y ni siquiera se les permite llorar gratuitamente…”. Hoy se nos cae la cara de vergüenza si un dirigente, de cualquiera de las tres religiones monoteístas, dice o actúa así.

Podríamos escribir mucho más acerca de lo que Jerusalén significa para el judaísmo, pero espero que este tema salga en los comentarios y yo lo dejo aquí, para no alargar en demasía el artículo.

Para el cristianismo, Jerusalén es la ciudad de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Salvador, encontrándose en ella el templo más sagrado de toda la cristiandad, el Santo Sepulcro. La aparición en escena de Jesús de Nazareth es en tiempos del procurador Poncio Pilato, en un momento en el que la inestabilidad y la agitación política de la ciudad estaban en su punto culminante. El nombre de este procurador romano hubiese quedado en el olvido, si no fuera porque ordenó crucificar al Maestro.

Jesús se acercó a la ciudad para celebrar la Pascua. Al llegar al Templo con sus discípulos, volcó las mesas de los mercaderes que allí se encontraban cambiando monedas a los peregrinos de otras tierras, a fin de que estos pudieran comprar animales para el sacrificio. Asimismo, puso en cuestión la interpretación que hacían de la ley sagrada, tanto los fariseos como los saduceos. En una comida ritual llamada “séder”, durante la cual se cuenta la historia del éxodo de Israel de Egipto y se toman ciertos alimentos que simbolizan los dramáticos acontecimientos de esta liberación, celebrada por Jesús en lo que hoy conocemos como “el Cenáculo”, el Maestro come con sus discípulos, les da sus últimos consejos, les lava los pies e instituye los sacramentos de la Eucaristía y el Orden Sagrado. Posteriormente se retira al Monte de los Olivos a orar y allí es apresado por los enviados del Sumo Sacerdote.

Vista de la edícula en el interior de la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén (Israel), iluminada para la noche de Pascua.

Vista de la edícula en el interior de la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén (Israel), iluminada para la noche de Pascua.

No voy a recordar los episodios de la Pasión y Muerte del Redentor, pero en esa ciudad ocurrieron, siendo sepultado en una tumba hecha en la roca y resucitando al tercer día de entre los muertos. Este es el hecho culminante de nuestra fe y por eso allí, en el lugar del martirio y de la Resurrección fue construida la Basílica del Santo Sepulcro (o de la Resurrección), meta de peregrinación de toda la cristiandad. Por todos estos acontecimientos, Jerusalén es para nosotros una ciudad santa.

Muchas son las vicisitudes por las que ha pasado el cristianismo en esta ciudad y en estas tierras a lo largo de los XX siglos de existencia de nuestra religión, pero este tema ya lo hemos tocado con anterioridad. En esto no voy a insistir, pero no me resisto a copiar parte del texto de una carta que escribieron Santa Paula de Roma y su hija Santa Eustoquio a Santa Marcela en el año 386 refiriéndose a Jerusalén y al resto de Tierra Santa: “Allí está la Santa Iglesia, los triunfos de los apóstoles y de los mártires, allí está el auténtico credo de Cristo, la fe predicada por el apóstol y despreciada por los gentiles, allí el nombre de cristiano es exaltado todos los días, pero la vida mundana, la autoridad y la vida de una gran ciudad, reuniones y saludos, alabanzas y acusaciones, oír a unos hablar de otros, incluso mirar a pesar de uno mismo a una congregación tan grande de gente, es ajeno al ideal de contemplación de los monjes y a un sereno recogimiento; porque si vemos a quienes nos visitan, perderemos nuestra paz, pero si no los vemos, se nos acusará de soberbia. A veces, a fin de devolver las visitas, nos dirigimos a las puertas de casas espléndidas y entre las burlas de los siervos, entramos por sus portales dorados. Pero en esta aldea de Cristo, todo es rústico y, salvo por los salmos, hay silencio. Dondequiera que vayas, el campesino canta un aleluya mientras arrastra el arado; el sudoroso segador alegra su corazón con los salmos y el viñatero, entona algunos de los cantos de David mientras poda las viñas con su hoz. Estas son las baladas de esta ciudad y de este país, son cantos de amor, como se los llama habitualmente”.

Aunque no siempre fue así, hoy coexisten pacíficamente en la ciudad y en sus templos, todas las confesiones cristianas, aunque las comunidades más numerosas son la católica, la bizantina y la armenia. En Jerusalén existen tres Patriarcados: uno latino, otro bizantino y un tercero armenio y diócesis ortodoxas copta, etiópica y sirio-antioquena.

Vista de la entrada a la mezquita de la Roca en Jerusalén (Israel).

Vista de la entrada a la Cúpula de la Roca en Jerusalén (Israel).

Para el Islam, Jerusalén es la tercera ciudad santa, después de La Meca y Medina. En la Meca nació Mahoma; a Medina, en el año 622, marchó el profeta huyendo de sus propios compañeros de tribu y, aunque en Jerusalén probablemente nunca estuvo en persona, si lo estuvo en una visión en la cual el caballo sobre el que cabalgaba descendió sobre la roca que había en el Monte Moriá, donde antiguamente se encontraba el Tempo de Yahvé, y desde allí, ascendió al séptimo cielo. En ese lugar, actualmente se encuentra la “Cúpula de la Roca” y la mezquita de Al-Aqsa.

Los musulmanes tomaron Jerusalén en el año 638 y parece ser que entonces los vencedores invitaron al califa Omar al-Hataab, que estaba acampado en una concentración militar más importante sobre el Jordán, a ocupar oficialmente la ciudad. Tan pronto como se tomó la ciudad, los musulmanes se apoderaron del área del Templo para fines administrativos y religiosos. El aspecto clave de este lugar radica en que era y es, un enorme espacio desde el que se dominaba toda la ciudad. Así comenzó la islamización ideológica y arquitectónica de aquel lugar, pues en realidad, los musulmanes le dieron nuevo sentido a unos espacios sagrados que estaban cargados de numerosos significados.

Los musulmanes comenzaron a sentirse emocionalmente ligados a Jerusalén, como resultado de una antigua interpretación de la Sura XVII del Corán: “Loado sea quien hizo viajar a su siervo por la noche desde la Mezquita Sagrada hasta la Mezquita más remota, cuyo entorno hemos bendecido para hacerle ver parte de nuestras aleyas. Cierto, Él es el Oyente, el Clarividente”. En esta Sura se describe la ascensión de Mahoma al séptimo cielo, al que fue conducido por un arcángel, y donde recibió su iluminación al contemplar el Rostro de Dios. Es probable que la primera referencia a la “mezquita más remota” haga alusión a la proximidad de Dios y a que el profeta cayó en trances mientras oraba en La Meca. Pero poco tiempo después, probablemente a finales del siglo VII, se interpretó que hacía referencia no a la Jerusalén celestial, sino al emplazamiento del Templo, al cual Mahoma creía que había sido conducido por su caballo místico llamado al-Buraq y ascendió hasta Dios por una escalera que había en la roca sagrada.

Detalle de la mezquita de la Roca en la panorámica de Jerusalén (Israel).

Detalle de la Cúpula de la Roca en la panorámica de Jerusalén (Israel).

Estos relatos primitivos fueron ampliados y embellecidos aún más por las tradiciones posteriores, pero el Islam sigue fiel a la creencia de que un profeta sólo puede ser consagrado en Jerusalén, y que su propio profeta, Mahoma, tuvo allí su suprema iluminación.

No es el objetivo de este artículo el relatar la historia musulmana en Jerusalén ni el esplendor adquirido en los siglos posteriores, aunque solo mencionaremos que entre los años 687 al 691 fue construida la “Cúpula de la Roca”, por parte del califa Abd al-Malik, en el centro del Monte del Templo, donde según los musulmanes, Mahoma ascendió a los cielos. Después de trece siglos desde su construcción, este “Domo” o “Cúpula” sigue siendo uno de los tesoros arquitectónicos más preciosos y duraderos del mundo. Aunque en sí no es una mezquita, es un lugar de culto, cercano al cual está la mezquita de Al-Aqsa, construida por la dinastía de los Omeyas, finalizando su construcción en el año 710. Estos dos edificios son los más sagrados e importantes de la Explanada de las Mezquitas, siendo en la actualidad lugares de culto del Islam. Todos los viernes del año, los creyentes presentes en Jerusalén realizan sus oraciones en esta explanada, que tan cercana está del Muro de las Lamentaciones, que más de un altercado entre musulmanes y judíos se siguen aún produciendo.

Antonio Barrero

Bibliografía:
“Biblia de Jerusalén”, 1967, Bilbao, Imprenta Elespuru Hermanos, S.A.
“El Corán”, 1963, Barcelona, Editorial Planeta
– OBERLÄNDER, Beatriz: “Jerusalén”, 1985, Madrid, Ediciones Orbis, S.A.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

El Sabbat

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Shabbat Shalom", saludo ritual judío el día de Sabbat. La fotografía corresponde a un atardecer de viernes en Eliat (Israel), cuando empieza el día santo.

Qué significado tenía y tiene el Sabbat para los judíos
“Después de ser creados los cielos y la tierra y todos los que la habitan y habiendo terminado el día sexto toda la obra que había hecho, Dios descansó el séptimo día y bendijo el día séptimo y lo santificó porque Dios descansó de cuanto había hecho y creado”. (Génesis, 2, 1-3). Estas palabras del libro sagrado son el origen del descanso semanal del pueblo de Israel, descanso impuesto en el Decálogo dado por Dios a Moisés en el Monte Sinaí: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo” (Éxodo, 20, 8 ) y que es recordado en algunos otros pasajes del Antiguo Testamento: “Los hijos de Israel guardarán reposo el sábado y lo celebrarán por siempre como pacto perpetuo”. (Éxodo, 31, 16).

Las tres religiones monoteístas han impuesto al menos un día de descanso semanal. Los judíos continúan haciéndolo el sábado, los musulmanes, el viernes y los cristianos, en conmemoración de la Resurrección de nuestro Salvador, descansamos los domingos. Ese día semanal de reposo es necesario para todo ser humano, no solo por el descanso físico que el mismo supone, sino porque también sirve de asueto para despejar la mente, para las relaciones sociales, para el merecido disfrute. Pero ese día es también un día de oración, de encuentro con la familia, de sentarse todos juntos alrededor de la mesa para compartir las vivencias semanales; es el día utilizado para muchísimas otras actividades incompatibles con los días laborables.

Pero volvamos al Sabbat. Hay que decir que el origen del descanso semanal proviene de Mesopotamia y que el precepto sabático como tal es obra de Moisés, que es a quien se le atribuye la escritura de los cinco libros del Pentateuco. El descanso sabático se cumplía principalmente en los pueblos sedentarios cuya actividad principal era la agricultura por lo que no era lógico que este precepto estuviese establecido en las tribus nómadas que estaban en continuo movimiento pastoreando sus rebaños. Con toda probabilidad los hebreos empiezan a cumplirlo con normalidad cuando se establecen definitivamente en Palestina.

Velas que el padre de familia enciende para el Sabbat.

El Sabbat empieza a la caída del sol el viernes por la tarde y comienza a nivel doméstico con el encendido de dos velas por parte de la madre de la familia que, de esta manera, da la bienvenida a ese día de paz. En este día santo, está prohibido todo tipo de trabajo y aunque en el Decálogo dado por Dios a Moisés en el Sinaí no se especifican cuáles son, existen otros textos que los mencionan: recoger el maná (Éxodo, 16, 22-23), comerciar, llevar pesos encima, encender el fuego, recoger leña, etc.

La Mishná (que es un conjunto de leyes judías que consolida la tradición oral y que fue escrita por el Rabí Yehudá Hanasí a finales del siglo II) enumera como trabajos prohibidos: sembrar, arar, recoger los frutos del campo, trillar, moler, hilar, tejer, preparar las pieles, escribir, golpear con herramientas… y así hasta treinta y nueve actividades concretas. En tiempos de Cristo se llegó a regular hasta los más mínimos detalles y así estaba prohibido viajar e incluso andar más de un kilómetro, que es el equivalente a dos mil codos.

La Mishná (que hemos mencionado antes) llegó a prohibir las cosas más peregrinas: salir con sandalias cuyas suelas estuvieran sujetas con clavos, salir con sortijas, collares o brazaletes, ya que esto suponía llevar peso encima, pero como quién hizo la ley hizo la trampa, se permitía por ejemplo, llevar un objeto sobre el dorso de la mano ya que esa no era la forma ordinaria de coger un peso.

Vista del interior de la sinagoga de Budapest (Hungría).

Sin embargo, en sábado sí están permitidos los trabajos de culto en las sinagogas, aquellos trabajos que puedan evitar graves incidentes o accidentes, dar de beber a los animales, etc. Y según se sea más o menos fundamentalista en materia religiosa, hay quienes permiten realizar obras de caridad, como por ejemplo visitar a los enfermos y a los encarcelados, aunque hay también quienes dicen que tampoco esos trabajos pueden realizarse.

Fueron los fariseos quienes llevaron la ley del reposo sabático hasta el extremismo y eso lo podemos comprobar leyendo más de un pasaje evangélico. Recordemos por ejemplo: “Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado, decía a la gente: Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado” (Lucas, 13, 14) o “Un sábado, Jesús atravesaba unos sembrados y sus discípulos cortaban espigas, las desgranaban en las manos y se comían el grano. Algunos fariseos les dijeron: “¿Por qué hacen lo que no está permitido hacer en día sábado?”. Jesús les respondió: “¿Vosotros no habéis leído lo que hizo David y con él sus hombres, un día que tuvieron hambre? Pues entró en la Casa de Dios, tomó los panes de la ofrenda, los comió y les dio también a sus hombres a pesar de que sólo estaba permitido a los sacerdotes comer de ese pan.” Y Jesús añadió: “El Hijo del Hombre es Señor y tiene autoridad sobre el sábado.” (Lucas, 6, 1-5)

Pero a lo largo de la historia del pueblo de Israel, el rigor con el cual se cumplía con el Sabbat no siempre fue el mismo; a veces se relajaba y así por ejemplo, Nehemías, que vivió durante la dominación persa de Judea y al que se le atribuye el libro sagrado que lleva su nombre, tomó medidas drásticas contra quienes violaban el Sabbat prensando uvas, comerciando y cargando fardos dentro del casco urbano de Jerusalén. “En aquellos días vi en Judá a algunos que pisaban en lagares en el día del descanso y que acarreaban haces y cargaban asnos con vino, uvas, higos y toda suerte de carga las cuales traían a Jerusalén en el día del descanso; y los amonesté acerca del día en el que vendían estas provisiones…” (Nehemías, 13, 15-22).

Vista del interior de la sinagoga de El Cairo (Egipto).

Y a veces, el rigor fue aun mayor. Según nos cuentan el Primer Libro de los Macabeos, un grupo de hombres, mujeres y niños que estaban refugiados en el desierto, se dejaron matar por los soldados sirios antes que violar el día del Sabbat ofreciendo resistencia armada. “Muchos corrieron tras ellos y los alcanzaron. Los cercaron y se prepararon para atacarles el día del Sabbat. Les dijeron: “Basta ya, salid, obedeced la orden del rey y salvareis vuestras vidas”. Ellos les contestaron: “No saldremos ni obedeceremos la orden del rey de profanar el día del Sabbat”. Asaltados al instante, no replicaron ni arrojando piedras ni atrincherando sus cuevas. Dijeron: “Muramos todos en nuestra rectitud. El cielo y la tierra nos son testigos de que nos matáis injustamente”. Les atacaron pues en sábado y murieron ellos, sus mujeres, hijos y ganados: unas mil personas”. (Primer Libro de los Macabeos, 2, 32-38).

En el Libro de los Números se llega a más, pues se establece la pena de muerte para quienes violen el sábado: “Estando los hijos de Israel en el desierto, hallaron a un hombre que recogía leña en el día del reposo. Y los que le hallaron recogiendo leña, lo llevaron ante Moisés y Aarón y ante toda la congregación; y lo metieron en la cárcel porque no estaba claro qué hacer con él. Y Yahvé dijo a Moisés: irremisiblemente muera aquel hombre; apedréelo toda la congregación fuera del campamento. Entonces lo sacaron fuera del campamento y lo apedrearon y murió, como Yahvé ordenó a Moisés” (Números, 15, 32-36). Para mí personalmente, esto ya es el colmo, pero que yo sepa, sólo se conoce ese caso. Sin embargo, el profeta Ezequiel consideraba que uno de los principales crímenes que llevaron a Israel a la ruina era la violación del Sabbat.

Mesa dispuesta para el Sabbat. Óleo contemporáneo.

Pero santificar el sábado no consistía ni consiste exclusivamente en no trabajar, sino que ese día es día de culto a Dios en la sinagoga y es un día de fiesta y de alegría. El sábado no se ayuna y mientras que en el resto de los días de la semana la familia se reúne dos veces para comer, en el Sabbat se hacen tres comidas familiares. En la mesa se ponen los mejores menajes que tienen en la casa (vajilla, cubertería…), se pone una copa de plata llena de vino dulce y dos panes cubiertos con un paño bordado. Los dos panes simbolizan la doble porción de maná que recogían los israelitas cuando andaban por el desierto: “El día sexto recogieron doble cantidad de comida, dos gomeres para cada uno; y todos los responsables de la congregación vinieron y se lo hicieron saber a Moisés. Y él les dijo: Esto es lo que ha dicho Yahvé: Mañana es día de reposo, el descanso consagrado a Yahvé. Lo que tengáis que cocer, cocedlo hoy y lo que tengáis que cocinar, cocinadlo y todo lo que os sobre, guardadlo para mañana” (Éxodo, 16, 22-23).

Cuando se vuelve a casa después de haber participado en los servicios religiosos en la sinagoga, se reúne toda la familia para cantar himnos y en especial, un canto de elogio a la mujer: “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su valor sobrepasa largamente a las piedras preciosas. En ella está confiado el corazón de su esposo y no le faltarán ganancias. Ella le da el bien y no el mal durante todos los días de su vida. Ella busca lana y lino y con voluntad, los trabaja con sus manos. Ella es como la nave del mercader, que trae su pan desde lejos. Aun de noche se levanta para dar de comer a su familia y darles su ración a sus criados. Considera la heredad y la compra, planta con sus manos las viñas, ciñe de fuerza sus lomos y esfuerza sus brazos. Tiene cuidado de sus negocios y su lámpara no se apaga durante la noche. Aplica su mano al huso y sus manos a la rueca. Alarga su mano al pobre y extiende sus manos al menesteroso. No le teme a la nieve porque toda su familia está vestida de doble ropaje. Ella hace tapices y su vestido es de lino fino y púrpura. Su marido es conocido cuando se sienta en la puerta con los ancianos. Hace telas y las vende y da cintas al mercader. La fuerza y el honor son sus vestiduras y se ríe de lo que ha de venir. Abre su boca con sabiduría y en su lengua está la ley de la clemencia. Conoce los caminos de su casa y no se come el pan de balde. Sus hijos al levantarse, la llaman bendita y también la alaba su esposo. Aunque muchas mujeres han hecho el bien, tú las sobrepasas a todas. Engañosa es la gracia y vana es la hermosura. La mujer que teme a Yahvé, será alabada. Dadle del fruto de sus manos y alábenla en las puertas por sus acciones”. (Proverbios, 31, 10-31).

Celebración del Sabbat en familia. Óleo contemporáneo.

Se recita la bendición sobre el vino permaneciendo el pan cubierto y eso se hace así para no causar ofensa alguna al ser el vino santificado el primero. Mientras esto se hace, las luces están apagadas. La última comida, la del crepúsculo, se realiza después de hacer la Havdalah, que es una ceremonia doméstica que simboliza el final del Sabbat y que anuncia la llegada de una nueva semana.

Esta costumbre o precepto judío de guardar el Sabbat era conocida sobradamente por nuestro Señor, que afirmó en más de una ocasión que había que cumplirla, pero siempre dándole más importancia al espíritu que a la letra. No despreciaba el Sabbat, pero criticaba el exceso de rigor de los fariseos. Llegó a decir: “El sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado; por lo tanto, el Hijo del Hombre está por encima del sábado” (Marcos, 2, 27-28).

Antonio Barrero

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