“Su sudor se hizo como coágulos de sangre”

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"Gethsemané", obra de Adam Abram, muestra a Jesús postrado en el Huerto de los Olivos.

“Gethsemané”, obra de Adam Abram, muestra a Jesús postrado en el Huerto de los Olivos.

“Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como coágulos de sangre que caían en tierra” (Lucas, 22, 44).

La hematidrosis es lo que le ocurrió a Jesús al inicio de su Pasión. El sudor de sangre que padeció Jesús en el Huerto de los Olivos no fue un hecho aislado, sino que fue un primer episodio que tuvo una repercusión muy grave en todos los acontecimientos ocurridos con posterioridad durante su martirio. De la hematidrosis o sudoración de sangre en realidad no se sabe mucho. Es verdad que en algunas enfermedades pueden originarse fenómenos parecidos y que a lo largo de la historia se han dado algunos casos. Aunque algunos científicos dicen que se trata de un fenómeno psicogénico, bien es cierto que actualmente se admite que es un fenómeno fisiológico, cuyo origen puede estar en graves alteraciones psíquicas.

Terminada la cena y hechas las últimas recomendaciones a sus discípulos, Jesús se fue a orar al Huerto de los Olivos, concretamente al lugar denominado Getsemaní, pasando previamente por el torrente Cedrón. Aquella noche no era como otras muchas noches en las que Jesús se había acercado a orar a ese lugar, cosa que hacía cada vez que subía a Jerusalén. Todos estaban tristes por lo que el Maestro les había comunicado que iba a suceder; todos tenían miedo, y Jesús también lo tenía. Llegados allí, les conminó a que estuviesen vigilantes y en oración, mientras que él, algo más alejado, se postraba en tierra realmente abatido. San Marcos nos lo dice textualmente: “Mi espíritu está triste, hasta el punto de morir” (Marcos, 14, 34). Jesús estaba angustiado, lleno de pavor, su naturaleza humana luchaba contra la muerte. Se sentía morir de puro sufrimiento moral.

Jesús confortado por un ángel. Óleo de Carl Heinrich Bloch.

Jesús confortado por un ángel. Óleo de Carl Heinrich Bloch.

Jesús, que siempre se mostró con un autodominio que desconcertaba a los escribas y fariseos, estaba abatido. Era un hombre que sabía lo que habría de sucederle porque también era Dios y, como hombre, estaba hundido. Sabía que sería torturado hasta la muerte, pero lo que aún era peor, que sería traicionado, negado y abandonado por sus amigos; y esta terrible agonía fue la que le produjo la hematidrosis. El futuro, para Él era presente, o sea, conocía todo lo que le iba a suceder en los próximos días y horas. Él lo aceptaba, pero su naturaleza humana se rebelaba y esa resistencia la expresó con una reacción fisiológica extraordinaria: se puso lívido, acongojado, entró en agonía y sudó sangre.

Aquellos a quienes Él quería, lo abandonaban, lo vendían, lo negaban, incluso, pedirían su muerte y Él, que lo sabía, se encontraba completamente solo, lleno de terror, sabiendo además que ni siquiera Dios podía hacer nada para impedirlo, ya que ése era su destino, para eso exactamente había venido al mundo. Estaba abandonado por los suyos y estaba abandonado por Dios. Terrible.

Todo esto lo hirió de muerte y su naturaleza humana estalló de terror, de angustia y sudó sangre. Lo narra perfectamente el evangelista Lucas que, precisamente, era médico: “Y sumido en agonía, su sudor se hizo como coágulos de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas, 22, 44). San Lucas no habla de “gotas de sangre” sino de “coágulos de sangre”, ya que en su evangelio utiliza la palabra θρόμβος, que significa coágulo, trombo, de la cual deriva la palabra trombosis.

Ante esto, ni los Santos Padres se pusieron de acuerdo: para unos era una cosa natural, para otros, sobrenatural; e incluso para algunos, una metáfora. Algunos, en Occidente, llegaron incluso a quitar este texto del evangelio, pero en Oriente siempre se mantuvo el texto íntegro. En eso precisamente se basó Arrio para negar la divinidad de Cristo, diciendo que Dios no podía caer humanamente tan bajo, ni tener esa debilidad. Quizás por esto, en algunos manuscritos se quitó la palabra θρόμβος y se cambió por “gotas de sangre”. En Concilio de Trento puso las cosas en su sitio.

Jesús en agonía en el Huerto de los Olivos. Fotograma de la película "La Pasión" (Mel Gibson, 2004).

Jesús en agonía en el Huerto de los Olivos. Fotograma de la película “La Pasión” (Mel Gibson, 2004).

Esta hematidrosis, desencadenada porque se sentía morir a consecuencias de un sufrimiento que en aquel momento era moral, no era físico, no era un milagro. Fue un fenómeno que le ocurrió en una circunstancia extrema. La sangre de miles de vasos capilares rotos, se mezcló con el sudor y le salió por todos los poros del cuerpo y cayó al suelo. Pero al ser la sangre más densa que el sudor, la que se detuvo entre las arrugas de la piel y el vello, se coaguló; y esos coágulos formados sobre su piel también cayeron al suelo, arrastrados por el sudor; y es por eso por lo que Lucas dice: “Y su sudor se hizo como de coágulos de sangre que caían hasta la tierra”.

El evangelista no dice cuanto tiempo duró este fenómeno, pero pudo durar “una hora”: “¿No habéis podido velar una hora conmigo?” (Mateo, 25, 40), o sea, duró bastante tiempo, porque el concepto de hora que tenemos actualmente (una hora es sesenta minutos), no era el concepto que existía en la Palestina de aquel tiempo, que seguía el horario romano. Tampoco se puede saber cuánta sangre perdió, pero alguna orientación sí se puede tener. La cantidad de sangre perdida estuvo en relación con el tiempo que duró el fenómeno; y además, la perdió por todo el cuerpo, pues por todo el cuerpo sudamos, en mayor o menor medida, y para que se formen coágulos se necesita una cantidad considerable de sangre. El sufrimiento moral y el estrés que le produjo este fenómeno fue tan grave que, desde ese momento, Jesús se quedó sin fuerzas físicas y repercutió gravemente en su organismo durante todos los días y horas que le quedaron de Pasión. Jesús sufrió lo que los médicos denominan un shock hipovolémico (grave pérdida de sangre y líquido que hace que el corazón sea incapaz de bombear suficiente sangre al cuerpo), que a su vez le provocaba una sed terrible y una fiebre espantosa. Por eso, desde ese momento y durante toda la Pasión, tuvo un grave bajón de presión arterial, con la consiguiente pérdida de fuerzas, mareos y fatigas.

"Jesús en el jardín de Gethsemané", lienzo de Heinrich Hofmann (1890).

“Jesús en el jardín de Gethsemané”, lienzo de
Heinrich Hofmann (1890).

Pero este fenómeno, en el que estallaron miles de vasos capitales, dejó toda la piel de su cuerpo terriblemente dolorida, todo su cuerpo quedó en “carne viva” y por lo tanto, muy debilitada para sufrir los innumerables golpes y latigazos que aún le esperaban hasta su muerte. Humanamente, no puede explicarse cómo pudo soportar los malos tratos, la flagelación, la coronación de espinas ni el llevar el patíbulo sobre sus hombros camino del Calvario. ¡Y aún no había empezado lo que denominamos “la Pasión”!

“Yo soy un gusano, no soy un hombre; oprobio de los hombres y despreciado por el pueblo” (Salmo, 22, 7).

Antonio Barrero

Bibliografía:
– CABEZÓN MARTÍN, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid, 2003.
– HERMOSILLA MOLINA, A., “La Pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984.
– Sagrada Biblia de Jerusalén.

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La Adoración Eucarística a través de la Historia

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Salvador Eucarístico, óleo de Juan de Juanes (1545-1550). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

El concilio Vaticano II, de feliz memoria, ha dicho con acertada precisión que la Eucaristía es la fuente y la cumbre de la vida cristiana. De hecho, en toda la historia de la Iglesia, uno de los elementos que nunca se ha puesto en discusión y siempre ha estado presente en todas partes es la Celebración Eucarística. En los primeros siglos de la Iglesia dicha celebración se hacía incluso entre ambientes heréticos; es más, las disputas dogmáticas de dichas épocas se refirieron a toda una variedad de temas, pero no se tocó la Eucaristía.

La Celebración Eucarística, dada su centralidad en el espectro del camino cristiano, implica diversos aspectos y dimensiones que deben ser tenidos en cuenta a la hora de hacer una exposición histórica y doctrinal. En este artículo, de modo brevísimo, contemplaremos el recorrido histórico de la adoración del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo que son ofrecidos en la Eucaristía.

Es preciso decir que tal culto y adoración a las especies eucarísticas no existían en la época apostólica y patrística. En cambio, jamás se cuestionó la presencia real de Jesucristo en el pan y en el vino que se ofrecían en la Santa Oblación. A propósito de esto, los testimonios más antiguos nos vienen de los escritos de San Justino y de las cartas de San Ignacio de Antioquía. Ambos Padres son suficientemente claros acerca de la singular naturaleza que adquieren las ofrendas después de la acción de gracias recitada por el obispo en la celebración comunitaria. Sin embargo, no existe vestigio de algún culto existente específicamente a las especies; dicha devoción estaba dirigida, más bien, a la propia Eucaristía. Recordemos, por ejemplo, las actas de aquellos mártires africanos que fueron ajusticiados por las autoridades romanas por haber sido hallados celebrando la Eucaristía en una casa: una de las mártires responde al juez que “sin la Eucaristía no pueden vivir”, mientras que otra afirma que “porque soy cristiana, voy a la Eucaristía”; casi que una nota distintiva del cristiano es participar en este Santo Memorial del Misterio de Cristo.

Un testimonio de particular importancia para lo que nos compete proviene de la Traditio apostolica atribuida al presbítero romano y antipapa Hipólito. En ella se ofrece la posibilidad a los cristianos que toman parte en los Santos Misterios de llevar a sus casas y conservar un poco del pan eucarístico, con tal que no sea usado a la manera del pan común ni se deje a merced de los ratones, sino que se reserve en un lugar digno de la casa. Aunque aún no se nos dice nada de un culto particular al pan consagrado, la posibilidad de llevarlo a casa sí que debió propiciar alguna primitiva forma de devoción particular, aunque la misma Traditio advierte que esta posibilidad de llevar el Cuerpo de Cristo a las casas tenía la finalidad de poder consumir un poco de él cada vez que el cristiano sintiera necesidad.

Virgen Eucarística, óleo de Jean-Auguste Dominique Ingres. Museo de Orsay, París (Francia).

Ya en la edad de oro de la patrística, es decir, entre finales del siglo III e inicios del V, las definiciones sobre la presencia real de Jesucristo en las especies eucarísticas son aún más claras. Sobre el culto público a éstas, aún sigue siendo incipiente. Al parecer, la posibilidad de llevarlas a casa ya no existía, dado que las Constituciones Apostólicas, que datan de estas épocas, nos hablan que lo que no se consumió de las mismas en la Eucaristía era llevado a un sitio aparte del aula de oración del templo, adonde los laicos no tenían acceso. Algunos estudiosos piensan que podía tratarse de alguna capilla diferenciada, al estilo de nuestras actuales “capillas del sagrario”, que vemos en catedrales y en algunas iglesias parroquiales de vieja o reciente construcción; otros, en cambio, sostienen que, simplemente, se trataba de algún sitio equivalente a nuestra “sacristía”, en donde se preparaban los ministros del altar y adonde no se admitían a los laicos. El hecho de ser reservado en un sitio diferenciado del templo es ya un signo de la reverencia tributada a las especies, pero el hecho de que no pudiesen acceder los laicos a la reserva nos indica que aún no existía un culto público devocional dirigido al Cuerpo y la Sangre de Cristo.

A partir de finales del siglo V, empieza observarse un desplazamiento de la reserva eucarística desde aquella “capilla diferenciada” al presbiterio mismo. Algunas de las basílicas romanas de la época que aún se nos conserva presentan una pequeña puertecita en uno de los costados del arco de triunfo que separa el presbiterio del cuerpo del templo: he ahí el inicio de los sagrarios. En otros lugares, en cambio, se empieza a colgar sobre el altar, ya desde el techo del templo, ya desde el ciborio que en algunas ocasiones lo cubría, una paloma de oro o plata en cuyo pecho se guardaban las especies eucarísticas. Este desplazamiento puede deberse a un aumento en la toma de conciencia de la debida reverencia al Cuerpo de Cristo tras el Sacrificio Eucarístico, o también a una cuestión más práctica de facilitar a los ministros sagrados el tomar el pan eucarístico para usar, si fuera necesario, en la celebración misma o salir de allí a llevar la comunión a los enfermos.

Adoración del Corpus Christi. Óleo de Jerónimo Jacinto Espinosa, Museo del Patriarca, Valencia (España).

Ya bien entrada la Edad Media, y sobre todo durante el “renacimiento carolingio”, la reflexión teológica, que en aquellas épocas estaba orientada por las grandes abadías que vivían según la regla de San Benito, se dirigió de lleno a dilucidar el problema de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas. Aunque en la edad de los Padres de la Iglesia no existía ninguna duda al respecto, es preciso comprender que las herejías cristológicas que motivaron las grandes definiciones dogmáticas de los siglos IV y V perduraron mucho más en el ambiente de Occidente que de Oriente, debido sobre todo a las invasiones bárbaras que erosionaron el Imperio romano de Occidente. En la Edad Media aún existían no solo grupos de base sino teólogos que sostenían tales posturas, por lo que, inevitablemente, se puso en cuestión este dato que hasta entonces había sido recibido tranquilamente de los Padres.

Sobre el desarrollo de las controversias eucarísticas existe bastante documentación. Bástenos aquí subrayar algunas de las consecuencias en la piedad popular. Lo primero que diremos es que los cristianos ya no comulgaban: la época propició un “santo terror” a recibir el sacramento indignamente, por lo que se conformaban con mirarlo de lejos. La actual exclamación que decimos antes de la comunión en el rito romano: Señor, yo no soy digno… viene de estas épocas en las que la gente realmente se sentía indigna de recibir la comunión. La gente, que ya bien lejos estaba de la liturgia debido a la barrera del idioma, ahora entraba a los templos con el solo fin de “mirar el cuerpo” y así, se estaba de templo de templo a veces, buscando tan solo mirar al Santísimo; es esta la razón del levantamiento del Cuerpo de Cristo después de las palabras de la consagración, que buscaba, precisamente, satisfacer la devoción de las masas. Poco a poco, también los presbíteros empezaron a alzar el cáliz, para lo cual inicialmente había que pagar un estipendio, razón por la cual dicha elevación solo era vista en las capillas de los castillos feudales; pasando el tiempo, la elevación del cáliz se hizo costumbre general, sin que se pagara nada. También de estas épocas datan los más relevantes “milagros eucarísticos”, que fueron usados como argumento por los teólogos que defendían la presencia real de Cristo en el pan y el vino. Las primeras procesiones con el copón, y también la primera fiesta local de “Corpus Christi” son de este período.

Milagro eucarístico de Lanciano, Italia.

Todo esto sería recibido, asumido y aumentado por la edad moderna. El movimiento espiritual conocido como devotio moderna favoreció bastante la oración personal ante el Santísimo. Sumemos a esto que la Reforma protestante negaba la presencia de Cristo en el pan una vez acabada la Eucaristía, lo que motivó las definiciones dogmáticas del concilio de Trento respecto a la transubstanciación y a la permanencia de la presencia de Cristo en las ofrendas eucarísticas. Esto exacerbó el culto público al Santísimo: majestuosos expositorios se construyeron, hermosísimas custodias se moldearon, las procesiones se hicieron más frecuentes y concurridas cada vez, lo mismo que más elaboradas. También se hace popular la “exposición del Santísimo Sacramento” y muchas oraciones y novenas en su honor se componen. También surge la costumbre de celebrar la Misa solemne ante el Santísimo expuesto, sobre todo con ocasión de las “cuarenta horas” en las que se exponía en ocasiones especiales. También ocurre un nuevo traslado de la reserva eucarística, esta vez sobre el altar mismo, ocupando el centro de orientación del templo y desplazando al altar de esta función.

Prácticamente este panorama perduró hasta el siglo XX. Este siglo ve surgir los “congresos eucarísticos” que promueven el mejor conocimiento y adoración de Cristo presente en el pan consagrado. Pero el movimiento litúrgico, también desarrollándose en este tiempo, considera que dicha “devoción” bien podría situarse mejor y mejorarse. Aunque tenía un desarrollo ritual bastante definido, la exposición del Santísimo aún no figuraba en el Ritual romano, es decir, aún no era objeto de discernimiento y de regulación unificada (existían diversas instrucciones y respuestas dispersas de la Sagrado Congregación de Ritos); además, la “Misa ante el Santísimo” se consideraba un abuso que atentaba contra la real naturaleza de la Eucaristía: es un sacrificio ofrecido al Padre, y no al Hijo (quien es la ofrenda misma), como se da a entender al celebrar la Misa delante del ostensorio.

Con la llegada de la reforma litúrgica de 1969, empiezan a tener eco los reclamos del movimiento litúrgico. Se prohíbe la “Misa ante el Santísimo”, y se publica el Ritual para el culto eucarístico extra missan que regula lo relacionado con las exposiciones y procesiones con el Santísimo y los congresos eucarísticos. También se promueve el traslado de la reserva a “capillas del Santísimo”, distintas del aula de la iglesia y del presbiterio, en donde los fieles puedan tributar su devoción al Amor de los amores.

Misa de Bolsena. Fresco de Raffaello Sanzio, estancias de Heliodoro, Museos Vaticanos, Roma (Italia).

Hoy, Jueves Santo en la cena del Señor, en casi toda la Iglesia de rito romano se realiza una reserva solemne del pan consagrado para la comunión del Viernes Santo. Es una ocasión muy oportuna para adorar la presencia del Señor en las especies eucarísticas, además de examinar que tan de calidad es la propia participación en el acto de culto más grande que tenemos, que es la Eucaristía.

Dairon

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¿La Última Cena se celebró el Jueves Santo?

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"La Última Cena", óleo del pintor surrealista Salvador Dalí (1955). Galería Nacional de Arte de Washington (EEUU).

Publicamos hoy un artículo sobre cuando se celebró la Ultima Cena, basándonos en un trabajo del padre franciscano Ariel Álvarez Valdés publicado hace unos años en la revista Tierra Santa. Este religioso, una auténtica autoridad en interpretaciones bíblicas tiene numerosas publicaciones y artículos. Voy a coger sus argumentos y, a mi manera, los voy a exponer porque me parecen de lo más razonable. Pretendo, cómo él, contribuir a despejar mitos, porque lo importante no es el día, sino lo que allí ocurrió: la institución de los Sacramentos de la Eucaristía y el Orden Sagrado y el discurso-testamento de Nuestro Señor. Y fuera el jueves o fuera otro día, eso no debiera afectar para nada a nuestra manera de celebrar la Semana Santa, que es una celebración litúrgica y no una celebración meramente cronológica.

Decimos que la Última Cena se celebró la tarde-noche del Jueves Santo y esto lo decimos y celebramos por tradición, pero es bueno hablar de algunas cosas. Digamos en primer lugar que para  los judíos el día comienza alrededor de la cinco de la tarde del día anterior; por ejemplo, el Sabbat empieza la tarde del viernes, mientras que para nosotros el día empieza a las cero horas. San Juan (19, 31) dice que ese año la Pascua cayó en sábado, luego el cordero pascual debía comerse la tarde-noche del viernes, pero como Cristo el viernes a esa hora ya había muerto, la adelantó un día. Y es por eso por lo que el evangelista dice expresamente: “antes de la fiesta de Pascua”, lo que interpretamos como el jueves.

Los otros tres evangelistas, como hace Juan, mantienen que la muerte de Cristo fue el viernes por la tarde, pero sin embargo afirman que cuando cenó ya era la fiesta de Pascua: “se juntaron para comer el primer día de los ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual” (Mateo, 26, 17 y Marcos 14, 12) y Lucas lo aclara más: “en la fiesta de los ázimos, llamada Pascua” y todos sabemos que los ázimos era el primero de los siete días que duraba la fiesta. O sea, según esto, Jesús cenó el primer día de la fiesta de la Pascua, luego murió al día siguiente, en plena festividad pascual.

"La Última Cena", (ca.1560) óleo del pintor renacentista Vicente Juan Masip (dicho Juan de Juanes). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

¿Cómo puede existir esta contradicción entre los evangelios? ¿Fue el viernes o fue el jueves? Este tema ha sido discutido por muchos estudiosos durante mucho tiempo, sin ponerse nunca de acuerdo aunque manteniendo la tradición de conmemorarla el Jueves Santo. Pero cuando en el año 1947 aparecieron los llamados manuscritos de Qumrán  empezaron a aclararse algunas cosas. Todos sabemos que son unos manuscritos del siglo I pertenecientes a la secta judía de los esenios; estos manuscritos revelaron que en los tiempos en que vivió nuestro Señor estaban en vigor dos calendarios distintos: uno solar de 364 días que distribuía los meses de tal forma que las fiestas caían en miércoles, por lo que la fiesta de los Tabernáculos y la Pascua caían en miércoles y este calendario empezaba el año en miércoles porque según el Génesis, “Dios creó el mundo el cuarto día”, o sea, el miércoles (Génesis, 1, 14-19) y a partir de entonces empieza el tiempo. Como comprenderemos es una interpretación muy peculiar pero así pensaban en aquellos tiempos.

Como se puede constatar por numerosas citas del Antiguo Testamento, este calendario solar fue muy utilizado por los judíos. Pero unos doscientos años antes de Cristo, los sacerdotes empezaron a cambiarlo por otro calendario que llamaban “lunisolar”, o sea, que se basaba en una combinación entre el ciclo solar y el ciclo lunar y así el año tenía un día más, como ocurre hoy: 365 días tiene el año. Y este nuevo calendario supuso que la fiesta de la Pascua no tenía por qué caer siempre en miércoles; podía caer en cualquier día de la semana.

Durante muchos años, los dos calendarios convivieron juntos y es por eso por lo que se explica que en tiempos de Cristo, unos usaban un calendario y otros usaban el otro, por lo que de ahí viene la divergencia entre los evangelios. El pueblo llano celebraba siempre la Pascua en miércoles, o sea, empezaba la tarde-noche del martes, mientras que las clases altas y la casta sacerdotal al usar el otro calendario, para ellos la Pascua podía caer en cualquier día de la semana. Y en el artículo en el que hablaremos sobre la edad de Cristo, diremos que ese año la Pascua cayó en sábado.

¿Pero cuando la celebró Cristo? Si usó el calendario popular, se acaban los problemas contradictorios que aparecen entre los evangelistas, o sea, la celebró la tarde-noche del martes como dicen los evangelios sinópticos: “el mismo día de Pascua”. Pero San Juan, refiriéndose al otro calendario, dice que cenó “antes de la Pascua”. Los cuatro evangelistas llevan razón. Sabemos seguro que Cristo murió el viernes a las tres de la tarde y eso lo dicen los cuatro evangelistas y si admitimos que la Cena fue el martes, no solo no se contradice con los evangelios sino que damos tiempo más que suficiente como para que pudieran ocurrir todos los hechos que narra la Pasión y que difícilmente se pueden encajar entre la tarde-noche del jueves y la media tarde del viernes, o sea, en algo menos de veinte horas.

La Última Cena. Icono copto contemporáneo.

Oración en el huerto, interrogatorio en la casa de Anás, interrogatorio en casa de Caifás, la reunión del Sanedrín (que sólo en su convocatoria llevaría tiempo pues tenía más de setenta miembros), la búsqueda de los testigos falsos que no debió ser fácil porque los mismos evangelistas dicen que entre ellos no se ponían de acuerdo, los maltratos,  la segunda reunión del Sanedrín, la condena a muerte por blasfemo, el proceso civil ante Pilatos que debió durar tiempo porque los romanos eran más escrupulosos y metódicos en sus cosas que los judíos, la reunión previa entre los sacerdotes y Pilatos, el interrogatorio a Jesús y las contradicciones entre Pilatos que no veía motivos para la condena y los sacerdotes que querían condenarle, el quererse quitar de en medio el problema por parte de Pilatos enviándolo a Herodes, el interrogatorio de Herodes que debió durar tiempo porque los evangelistas dicen que le hizo muchas preguntas, la devolución a Pilatos, la nueva reunión de éste con los sacerdotes, el nuevo interrogatorio a Jesús, el someter a votación popular a quién debía liberar (Jesús o Barrabás), la esposa que le insiste a Pilatos, la nueva consulta al gentío, la flagelación y coronación de espinas que pudieron durar horas, la sentencia y finalmente la penosísima y lentísima caminata hacia el lugar de la crucifixión. ¿Todo esto en menos de veinte horas? Es materialmente imposible, máxime con los medios existentes en la época.

Sin faltar al respeto, podríamos decir que hoy en día, al Sanedrín lo hubieran convocado por teléfono o por e-mail, en poco tiempo, pero en aquella época tuvieron que buscarlos uno a uno, cosa que llevaría muchas horas porque he dicho que eran más de setenta. Por esto existen muchos estudiosos del tema bíblico que hacen esta propuesta de acontecimientos:
– El martes por la tarde-noche es la Cena, la oración en el huerto de los olivos, el prendimiento y llevado ante el Sumo Sacerdote.
– El miércoles por la mañana es la primera sesión del Sanedrín con la presencia de los testigos falsos, sesión que debió durar todo el día por lo que Jesús pasaría la noche en la cárcel de los judíos.
– El jueves por la mañana es la segunda convocatoria del Sanedrín, la condena religiosa, la presentación ante Pilatos, el envío a Herodes, los interrogatorios de ambos, etc. y esa noche Jesús la pasaría en la cárcel de los romanos.
– El viernes por la mañana Pilatos interroga a Jesús por segunda vez, lo flagelan y lo coronan de espinas, lo sentencia a muerte por crucifixión y lo crucifican a medio día, muriendo a las tres horas aproximadamente.

La Última Cena. Fotograma de la película "La Pasión" (2004) dirigida por Mel Gibson.

Todo lo anterior parece mucho más razonable, pero además es que había un precepto judío que impedía que a un reo se le juzgara de noche, luego si el Sanedrín se reunió de noche para condenar, la reunión era ilegal. Además ¿todo lo tendrían preparado: sanedritas, testigos falsos, etc. sin tener la seguridad de si apresarían o no a Jesús? Si la Cena fue el martes, las dos reuniones del Sanedrín serían legales porque se hubieran hecho de día, no de noche: una el miércoles y otra el jueves.

Además, la misma legislación judía impedía que un reo fuera condenado a muerte en la víspera del Sabbat o en la víspera de un día de fiesta, lo que quiere decir que si el Sanedrín hubiese condenado a Jesús el viernes, la condena también sería ilegal. Luego la condena del Sanedrín debió ser el jueves, para cumplir la Ley, lo que además encaja con lo que estamos proponiendo.

Y un tercer precepto judío impedía que se condenara a muerte a ningún reo antes de cumplirse las veinticuatro horas desde su arresto, lo que impidió que Jesús fuese condenado por los judíos el viernes si fue apresado la noche del jueves y si oficialmente a Jesús lo condenaron los judíos por violar la Ley no parece probable que fueran ellos a violarla durante la celebración del juicio religioso.

Existen otros detalles que inciden en lo que estamos defendiendo y es que mientras los evangelios dicen con detalle lo que hizo Jesús hasta el martes, no dicen nada de lo que hizo el miércoles ni el jueves: guardan silencio (!!). Recordemos también que los primeros cristianos ayunaban los miércoles y los viernes y ¿por qué? Existe una tradición que dice que porque la madrugada del miércoles fue el prendimiento y la tarde del viernes fue la muerte.

Además existe un documento del siglo II llamado “Didascalia de los apóstoles” que dice textualmente: “Después de haber comido la Pascua el martes por la tarde, nosotros fuimos al monte de los olivos y por la noche, apresaron al Señor” y Victorino de Pettau, obispo de Estiria a principios del siglo IV dice: “Cristo fue apresado el cuarto día y por su cautividad ayunamos el miércoles. Por su pasión y muerte ayunamos el viernes” y Epifanio de Salamina, obispo del siglo V, dice: “Cuando comenzaba el miércoles (o sea el martes por la noche) el Señor fue apresado y el viernes crucificado”.

Esta hipótesis parece la más probable y desde luego, yo me inclino por ella. La Última Cena debió celebrarse el martes por la tarde y el prendimiento la noche del martes al miércoles. La discusión está servida. Gracias de nuevo al padre Ariel que es quién ha estudiado todo esto más a fondo.

Antonio Barrero

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