Santa Justina, la mártir de Padua

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Detalle de la Santa en el Políptico de San Lucas (1453), obra de Andrea Mantegna. Pinacoteca de Brera, Milán (Italia).

Hoy, 7 de octubre, se celebra la festividad de una mártir famosa en la región del Véneto y bastante conocida, aunque no ha alcanzado la relevancia ni el culto de muchas otras vírgenes mártires como ella. Hablo de Justina, mártir de Padua y patrona y protectora de la región veneciana.

Paradójicamente, y como viene siendo ya costumbre, de una de las Santas más representadas en el arte del norte de Italia, se desconoce casi todo. Cuando los bolandistas publicaron su passio, dejaron escrito: “Quanto illustrior est S. Justinae virginis et martyris Paduanae, maxime per Italiam, quae Venetis paret, cultus, tanto fere incertiora sunt, quae de eius vita vulgo circumferentur”. Es decir que, para ellos, el culto de dicha Santa era muy ilustre, pero los datos sobre su vida son más bien inciertos. Y decían bien, pues aunque los primeros testimonios de su culto proceden del siglo V, sin embargo, las noticias biográficas que han llegado hasta nosotros no son anteriores al siglo XI.

Pasión de Santa Justina
Dicha passio nos cuenta que Justina era hija espiritual -o sea, discípula- de San Prosdócimo. Según tradiciones muy antiguas, cuando se hubo implantado en Roma la religión cristiana, el apóstol San Pedro envió a la Alta Italia a Prosdócimo, que fue apóstol de Venecia, predicó el Evangelio a los habitantes de Treviso y llegó a ser el primer obispo de Padua. Con frecuencia hallamos el nombre de este Santo en las tradiciones de las Iglesias de aquella región. El Martirologio Romano lo cita el 7 de noviembre y menciona la tradición de los tiempos apostólicos. Los Bolandistas, en cambio, indican que el obispo Prosdócimo murió y vivió en una época que no se puede precisar. La misma incertidumbre se cierne sobre la fecha del martirio de su discípula Justina, a la que él mismo habría bautizado.

No puede probarse, por tanto, que este acontecimiento tuviera lugar en el siglo I de nuestra era, en el año 63, en tiempos de Nerón. Podríase, sin dificultad, retrasar la existencia de la Santa a fines del siglo III y su muerte a comienzos del IV, durante el reinado de Diocleciano, lo que supondría una cronología más lógica.

Como decía, según la passio, Justina había sido bautizada por el obispo Prosdócimo, a quien seguía como discípula. Ella era nada menos que la hija del prefecto de Padua, Vitaliano, y de su esposa Prepedigna, que habían sido convertidos y bautizados también por Prosdócimo. La muchacha creció siendo espejo y ejemplo de cristianas virtudes, y cuando tenía 16 años, consagró su virginidad a Cristo.

La Santa rechaza sacrificar a Marte. Lienzo decimonónico en su altar de la catedral de Piacenza, Italia.

Por aquel entonces estalló la persecución y su padre Vitaliano ya no era prefecto de la ciudad, sino que lo era un tal Máximo -confundido casi siempre con el emperador Maximiano- que estableció su tribunal en el Campo Marcio -Campo de Marte, actual Prato della Valle– y allí se dedicaba a detener cristianos y a obligarlos a sacrificar a los dioses. Los que se negaban, eran encarcelados y cruelmente torturados: desgarrados con garfios de hierro, arrojados en calderos de aceite hirviendo, aplastados en prensas… los restos de los mismos eran arrojados a un pozo. Con semejante espectáculo, no era de extrañar que muchos cristianos huyesen de la ciudad, prefiriendo el exilio al martirio.

Pero la jovencísima Justina no hizo tal cosa, sino que, despreciando todo temor, se quedó en la ciudad para atender a la comunidad perseguida, y así, entraba en las cárceles y visitaba a los presos llevándoles comida, limosna y medicinas; los animaba y los consolaba. Naturalmente, esto llegó pronto a oídos de Máximo, quien dio orden de detenerla y traerla ante él.

Los soldados le salieron al paso cuando regresaba del campo, donde había ido a visitar a algunos cristianos refugiados. Al ver que venían hacia ella, supo que le había llegado la hora y les pidió unos instantes de oración. Ellos se lo concedieron y la observaron en silencio mientras se hincaba de rodillas sobre una dura piedra y pidió al Señor fuerzas para soportar el martirio y serle fiel hasta el final. Cuando se levantó, dice la tradición que sus rodillas dejaron doble marca en la piedra, como si se hubiese ablandado como cera bajo su peso.

Llevada ante Máximo, éste hizo un gran despliegue de promesas y amenazas para que aceptase sacrificar a los dioses. Incluso llegó a prometerle que él mismo la tomaría por esposa, si cumplía tan sólo con hacer una pequeña ofrenda al dios Marte. Justina rechazó todo esto, porque era cristiana y porque su virginidad estaba ofrecida sólo a Cristo. Por lo que Máximo la sentenció a morir atravesada por una espada.

Detalle del martirio de la Santa, obra de Paolo Cagliari “Il Veronese”. Basílica de Santa Justina, Padua (Italia).

Al oír la sentencia, la joven se hincó de rodillas y clamó al Señor, dándole gracias por hacerla digna del martirio. Mientras aún estaba así el verdugo le hundió la espada en un costado, y permaneció una hora así (!!!), atravesada por la hoja, de rodillas, con las manos extendidas y los ojos fijos en el cielo, mientras se desangraba. Finalmente exclamó: “Señor Jesucristo, recibe mi alma en tu descanso, porque te he elegido, te he anhelado y te he deseado, que sólo he amado a mi Señor Jesucristo, salvador del mundo y nadie más fuera de ti, y quiero encontrarme sólo contigo y con nadie más”, y, haciendo la señal de la cruz, expiró y se desplomó en el suelo.

El cuerpo de la doncella fue recogido al día siguiente por unos cristianos, ungido solemnemente y enterrado al este de la ciudad -fuera del pomerium, junto al teatro romano-. Según versiones, se dice esto o que San Prosdócimo mandó enterrarla en unas catacumbas o en un lugar que hasta entonces había sido de culto mariano, y donde empezó a rendírsele culto a la mártir. Hasta aquí el relato de la passio.

Culto y datos documentales
Sobre las ruinas de un templo de Diana sito en Padua, el patricio Opilio, prefecto del pretorio en 453, edificó un oratorio en honor a Santa Justina. Esto viene atestiguado por una inscripción colocada en este santuario primitivo, que data de finales del siglo V e inicios del VI: “Opilio vir clarissimus et illustris, praefectus praetorio adque patricius, hanc basilicam vel oratorium in honore sanctae Iustinae martyris a fundamentis coeptam Deo iuvante perfecit”. En este mismo período, el nombre de la mártir fue introducido en el canon de la misa de rito ambrosiano. Pero volvamos al oratorio: en él colocaron sus reliquias, fue destruido en 601 por Agilulfo, rey de los lombardos, aunque más tarde volvió a ser reedificado.

La imagen de Santa Justina se encuentra en uno de los medallones del mosaico del arco del ábside de la basílica eufrasiana de Parenzo, que es de la primera mitad del siglo VI y entre las vírgenes de la basílica de San Apolinar Nuevo de Rávena, que es de la segunda mitad de ese mismo siglo. Todo esto viene a confirmar que su culto es muy antiguo y que por tanto, es una mártir real, reunida iconográficamente con otras de cuya existencia tampoco se duda: Sabina, Victoria, Anatolia, Eulalia, Inés, Águeda

Sarcófago de la Santa, obra de Gregorio di Allegretto (1450-1476) al que, sin embargo, no se trasladó el cuerpo de la mártir. Basílica de la Santa, Padua (Italia).

Venancio Fortunato también recuerda a Santa Justina en sus obras: “Si Patavina tibi pateat via, pergis ad urbem; huc sacra Iustinae, rogo, lambe sepulcra beatae” (De vita Sancti Martini, I, IV); “Iustina Patavi, Euphemiam huc Calchedon offert” (Carmina, VIII, v. 169). En su cuarto poema, Fortunato coloca a Santa Justina entre las vírgenes más ilustres, cuya santidad y cuyos triunfos adornaron y glorificaron la Iglesia de Dios. “Fue – dice el mencionado autor- la gloria de Padua, como Santa Eufemia lo fue de Calcedonia, y Santa Eulalia, de Mérida”.

Su culto está atestiguado en Rímini por una inscripción del siglo VI y en la ciudad de Como, el obispo Agripino le dedicó un oratorio en el año 617 como lo recuerda la inscripción dedicatoria: “Agripinus, famulus Christi, Comensis Civitatis episcopus hoc Oratorium sanctae Iustinae martyris anno X ordinationis suae a fondamentis fabricavit et sepulturas ibi ordenabit et in omni explebit, ad gloriam dicabit”.

En contraste con estos datos que son seguros, las fuentes literarias que se conservan en varios códices a partir del siglo XII, códices que están esparcidos por numerosas bibliotecas tanto italianas como extranjeras, son “sublestae fidei et subditicia” (poco fiables), contando las tradiciones que sobre nuestra Santa existían en aquella época. En dichas fuentes nos hemos basado para sintetizar el relato de la passio. Es decir: que mientras las pruebas documentales y cultuales que acabamos de especificar son veraces y están debidamente estudiadas, la passio no ofrece certeza histórica, simplemente es una síntesis de leyendas y tradiciones que adolecen de ciertos clichés: juventud, virginidad, belleza, nobleza

Vista del altar mayor de la Basílica de Santa Justina de Padua (Italia), bajo el cual está el sepulcro de la mártir.

Sepulcro y reliquias
La basílica construida por Opilio sobre el sepulcro de la santa se conservó hasta el año 1117, cuando un terremoto la destruyó completamente. Los monjes benedictinos que habitaban en la iglesia y que estaban allí desde finales del siglo VIII la reconstruyeron, pero con menor esplendor que tenía la primera: fue consagrada el 24 de abril de 1180, por Ulrico, patriarca de Aquilea; este monumento recibió el doble título de Santa María y Santa Justina. Pero la Congregación Benedictina de Santa Justina, fundada por el Beato Ludovico Barbo en el año 1418, construyó en honor de la mártir un templo más digno, que se inició en el 1521 y terminó en el 1587. Bajo el altar mayor de esta iglesia, en el año 1627, fue colocado el cuerpo de la Santa, dentro de una doble caja de plomo y de madera de ciprés, cubierta con un velo de oro. También existe allí el llamado Pozo de los Mártires, donde están sepultados otros mártires de la persecución.

La difusión de la Congregación Benedictina de Santa Justina, que eligió a la mártir como su patrona junto con San Benito, contribuyó grandemente a propagar su culto tanto en Italia como en el resto de Europa.
Venecia la eligió como patrona especial de todos sus territorios después de la batalla de Lepanto, el día de la Santa del año 1571; desde entonces, en reconocimiento a la Santa, se comenzó a acuñar moneda conocida como “la Justina”, que continuó hasta que desapareció la República Veneciana; la inscripción rezaba Memor ero tui Justina Virgo: “Ilustre virgen Justina, no te olvidaré jamás”. Ya en esta moneda aparecía con su iconografía más frecuente: una doncella con la espada clavada en el pecho, portando una palma y un libro.

Actualmente, después de un período de decadencia causado especialmente por la desaparición del monasterio en el 1810 y por la clausura de la iglesia por parte de Napoleón, el culto a la Santa está renaciendo lentamente pero con un nuevo vigor, favorecido también por la reapertura del monasterio en el año 1919.

Icono de la Santa realizado al estilo ortodoxo, año 1997. Iglesia de San Lucas de Padua, Italia.

Iconografía y desdoblamiento
Como decía, Santa Justina siempre aparece como una doncella noble con la espada -o puñal- clavada en el pecho -a veces sobre un seno, a veces en el costado- siendo éste su principal atributo, que acompaña de un libro y la palma de martirio. Esporádicamente puede aparecer junto a un unicornio, símbolo medieval de la virginidad.

Existe otra Santa de nombre Justina -que como ya se habrá notado, es diminutivo de Justa- muy venerada por los ortodoxos, que la hacen oriunda de Antioquía y compañera de martirio de San Cipriano el Mago, pero sabemos que ambos santos son desdoblamientos legendarios de la mártir homónima de Padua y del mártir homónimo de Cartago, por lo que no cabe extenderse más en ello. También existe otra Santa Justina conmemorada con las mártires sardas Justa y Henedina, a quienes le dedicamos un artículo hace dos años; así como una mártir alemana venerada en Mainz. Las demás, salvo algunas excepciones concretas, son todas mártires de las catacumbas. Ninguna es tan célebre y conocida como nuestra Santa de hoy, y las obras de arte que se dedican a representarla son tan extensas e importantes que nunca acabaríamos de reseñarlas. En el Véneto es muy frecuente verla y el célebre pintor Paolo Cagliari Il Veronese representó muchas versiones de su martirio, incidiendo en el momento de su larga agonía de rodillas.

En resumen, santa real e histórica, con culto y reliquias documentados desde antiguo; muy célebre en el norte de Italia y muy dignificada en el arte, pero de la que sabemos más bien poco y la passio es muy tardía para tomarla al pie de la letra.

Meldelen

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