La Cátedra de San Pedro

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La Cátedra de San Pedro. Conjunto escultórico de Gian Lorenzo Bernini. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia). Fotografía: J. Albertos.

La Cátedra de San Pedro. Conjunto escultórico de Gian Lorenzo Bernini. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia). Fotografía: J. Albertos.

La fiesta que celebramos hoy, es una fecha singular dentro del calendario litúrgico. No celebramos directamente una fiesta sobre algún misterio cristológico ni mariano, ni tampoco hacemos memoria de algún santo canonizado por la Iglesia. Hoy la mirada se dirige hacia un encargo, hacia el encargo que Nuestro Señor realizó a san Pedro (y sólo a él): “¡tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia! (Mt 16, 18)”. Por tanto, recordamos la autoridad de san Pedro y sus sucesores, los Papas, y su pastoreo sobre todo el Pueblo de Dios. Por tanto es un momento para acordarnos de nuestro pontífice, orar por él y su ministerio, y por toda la Iglesia que guía.

El que reciba este nombre tan peculiar de “Cátedra”, es por el gran significado que recibe el asiento sobre el que se sienta el Papa, sitio en el que preside, gobierna, administra, pastorea y enseña a toda la Iglesia universal. Nos recuerda que el asiento-ministerio del elegido como Papa es patrimonio de toda la Iglesia que debe llenar de temor y temblor a quien en éste se siente.

La tradición nos cuenta que en el retablo construido por Bernini en la basílica de san Pedro se encuentra el asiento de san Pedro, la Cátedra. Sin embargo la historia nos narra que en realidad se trata de un trono del siglo IX, regalado por el rey Carlos el Calvo al papa Juan VIII, usándose en numerosas ceremonias pontificias durante siglos. En el siglo XVII se incorporó al retablo de Bernini y allí sigue desde entonces.

Cristo entrega las llaves a San Pedro. Obra de Pietro Perugino.

Cristo entrega las llaves a San Pedro. Obra de Pietro Perugino.

La función de “Pedro”
Muchas veces se olvida que el Papa es un obispo más a la vez que diferente. Es el obispo de Roma, sede de san Pedro. Es “elegido y proclamado”, pero no “es ordenado como Papa”, no recibe ninguna ordenación sacramental como algunos creen, sino que en el cónclave es elegido por los cardenales (que aunque actualmente no es habitual, podrían elegir de obispo de Roma a alguno no presente en dicho cónclave).

El sucesor de san Pedro, se sitúa junto al resto de los obispos, el llamado “Colegio Apostólico o Episcopal”, diverso pero unido, y juntos forman los cimientos de la Iglesia: por eso, cuando la Iglesia católica afirma que la función del Obispo de Roma responde a la voluntad de Cristo, no separa esta función de la misión confiada a todos los Obispos, también ellos “vicarios y legados de Cristo”. El Obispo de Roma pertenece a su colegio y ellos son sus hermanos en el ministerio. También se debe afirmar, recíprocamente, que la colegialidad episcopal no se opone al ejercicio personal del Primado ni lo debe relativizar [1].

No puede haber Iglesia “apostólica” sin sus sucesores, los obispos, como tampoco la puede haber sin el sucesor del que Cristo eligió como primero de todos, san Pedro, piedra que sostiene toda la Iglesia. El Colegio Apostólico está incompleto sin su primado, el Papa, y no tiene autoridad si no está junto a él [2], aunque sí puede ejercer un gobierno o pastoreo en funciones, como por ejemplo, en Sede vacante (tiempo entre cónclaves). Esto también se aplica para el caso del reconocimiento en el número y la validez de los sacramentos entre algunas iglesias cristianas, como por ejemplo con los cristianos ortodoxos, cuyos sacramentos son válidos para la Iglesia católica, aunque no reconozcan el primado de Pedro y, por tanto, no estén en plena comunión. Sus sacramentos son válidos porque mantienen un vínculo apostólico (la llamada sucesión apostólica). Así un bautismo, por ejemplo, realizado por un sacerdote ortodoxo es plenamente reconocido por la Iglesia sin más problema.

Escultura de San Pedro en su cátedra y cúpula de la Basílica Vaticana. Roma, Italia.

Escultura de San Pedro en su cátedra y cúpula de la Basílica Vaticana. Roma, Italia.

La autoridad del Papa no menoscaba la autoridad de los obispos en sus respectivas diócesis, que tienen autoridad ordinaria. Cada uno de los obispos, como miembros del Colegio está obligado a velar por toda la Iglesia (sollicitudo omnium Ecclesiarum), aunque ejercen su autoridad en la porción del Pueblo de Dios que se les encomienda (diócesis normalmente). La potestad el Papa es “personal”, la del Cuerpo de los Obispos, “colegial”. El poder del Papa no es el resultado de una simple adición numérica, sino el principio de unidad y de conexión del cuerpo episcopal.

Si echamos un vistazo a los documentos eclesiales veremos que la figura del sucesor de san Pedro, como las de cualquier obispo, tiene unas funciones de enseñar, regir y santificar (triple munera) que tienen, por su papel de primado, unos matices que hay que nombrar:

1. Primado. El que san Pedro fuera constituido como el primero entre los apóstoles y que sus sucesores, los Papas, conserven esta función, es motivo de separación entre los cristianos. Ortodoxos y anglicanos, por citar un par de ejemplos, discrepan frontalmente con dicha doctrina eclesial católica. Es un punto doctrinal que tiene incluso definición dogmática promulgada en el Concilio Vaticano I [3]:
a. Por lo tanto, si alguien dijere que el bienaventurado Apóstol Pedro no fue constituido por Cristo el Señor como príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante; o que era éste sólo un primado de honor y no uno de verdadera y propia jurisdicción que recibió directa e inmediatamente de nuestro Señor Jesucristo mismo: sea anatema. (Capítulo 1)
b. Por lo tanto, si alguno dijere que no es por institución del mismo Cristo el Señor, es decir por derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en su primado sobre toda la Iglesia, o que el Romano Pontífice no es el sucesor del bienaventurado Pedro en este misma primado: sea anatema.(Capítulo 2)

La imagen de San Pedro engalanada. Basílica Vaticana, Roma, Italia.

La imagen de San Pedro engalanada. Basílica Vaticana, Roma, Italia.

Pero aunque este lenguaje de siglos pasados es algo duro, es verdad de fe esta doctrina, con lo cual interpela al creyente, católico o no. Ha de entenderse el primado como roca de unidad, como veremos a continuación, y no como piedra de discusión. Conocedora de esta dificultad, y para disipar las reservas de los no católicos hacia el primado, el santo Papa Juan Pablo II escribió en la encíclica sobre ecumenismo Ut unum sint (1995): Estoy convencido de tener al respecto [la comunión plena de los cristianos] una responsabilidad particular, sobre todo al constatar la aspiración ecuménica de la mayor parte de las Comunidades cristianas y al escuchar la petición que se me dirige de encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva. Durante un milenio los cristianos estuvieron unidos por la comunión fraterna de fe y vida sacramental, siendo la Sede Romana, con el consentimiento común, la que moderaba cuando surgían disensiones entre ellas en materia de fe o de disciplina [4].

2. Es vínculo de unidad, de caridad y de paz. Cada obispo es principio y fundamento visible de unidad en el rebaño a él encomendado (iglesia particular) [5]. El Papa es también fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de todos los fieles [6]. Así, el vínculo de toda la Iglesia pasa por unirse al Pastor máximo del rebaño del Pueblo de Dios. Si un clérigo, religioso, fiel o grupo de fieles, va por libre, no está en comunión plena con la Iglesia universal. La unidad se encuentra en el seguimiento del sucesor de san Pedro, elegido Pastor y Piedra de la Iglesia por el mismo Cristo. Esta función es muy importante en determinados lugares, como por ejemplo en la comunista China, donde existen obispos fieles a la sede petrina y otros pertenecientes a la llamada Iglesia popular china, dependiente del gobierno. Cada eucaristía tiene valor si está unida a la sede de Pedro: toda válida celebración de la Eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de las Iglesias que no están en plena comunión con la Sede Apostólica [7].

Medalla de Pablo II (1470), reverso mostrando la Tribuna Petri.

Medalla de Pablo II (1470), reverso mostrando la Tribuna Petri.

3. Cabeza de la jerarquía y de la Iglesia. Como el principal entre los sucesores de los apóstoles, ejerce el papel de Cabeza de la Iglesia peregrinante. Es el vicario de Cristo en la tierra. La diversidad de funciones y ministerios del Cuerpo de la Iglesia se reúnen bajo su única autoridad, que es propia (no deriva de nadie), suprema (no hay otra por encima de él, aunque es subordinado a la Palabra de Dios y la fe católica), plena (total, sin restricciones jurisdiccionales), inmediata (si lo desea no necesita intermediarios) y universal (en toda la Iglesia, sobre pastores y fieles) [8].

4. Pastor de la Iglesia. No sólo ejerce una función de autoridad, sino también la del cuidado de la grey de Cristo a él encomendada: “apacienta mis corderos” (Jn 21, 16). Esta tarea debe ser el principal desvelo del que se sienta en la cátedra de Pedro, pues ni una sola de las ovejas debe perderse: “¡Ay del pastor inútil que abandona las ovejas! ¡Espada sobre su brazo y sobre su ojo derecho; que su brazo se seque del todo, y del todo se oscurezca su ojo!” (Zac 11, 17). Apacentar el rebaño es proporcionarle un alimento sólido de vida espiritual, y en este alimento está la comunicación de la doctrina revelada para robustecer la fe [9].

5. Custodio de la doctrina y la Tradición eclesial. También san Pedro recibió el encargo de velar por las enseñanzas y la Tradición eclesial: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 19). Pero el Papa no puede ejercer esta función como dueño, sino como guardián, custodio de lo recibido por Cristo. No puede, por tanto, cambiar nada a su arbitrio: No decide según su arbitrio, sino que es portavoz de la voluntad del Señor, que habla al hombre en la Escritura vivida e interpretada por la Tradición; en otras palabras, la episkopé del Primado tiene los límites que proceden de la ley divina y de la inviolable constitución divina de la Iglesia contenida en la Revelación. El Sucesor de Pedro es la roca que, contra la arbitrariedad y el conformismo, garantiza una rigurosa fidelidad a la Palabra de Dios: de ahí se sigue también el carácter martirológico de su Primado que implica el testimonio personal de la obediencia de la cruz [10].

Espíritu Santo en la vidriera superior de la  Cátedra. Basílica Vaticana, Roma, Italia.

Espíritu Santo en la vidriera superior de la Cátedra. Basílica Vaticana, Roma, Italia.

El gobierno de la Iglesia
El gobierno que el Papa ejerce en toda la Iglesia está supeditado a su función de vínculo de la unidad y de Pastor Supremo. En otras palabras, sus actos de gobierno no lo son al modo absolutista, sino que son actos de servicio a la Iglesia. Es por ello que el Papa es el servus servorum Dei (siervo de los siervos de Dios): Su potestad debe ser siempre para realizar actos de gobierno encaminados al bien de la Iglesia: promulgar leyes, nombrar obispos y superiores, establecer diócesis o removerlas, crear estructuras pastorales, etc. Dichas tareas se ejercerán de distintos modos según las circunstancias y tiempos. Un ejemplo claro de ello son las diferencias canónicas (leyes) que suelen existir entre la Iglesia católica latina y las católicas orientales, que son fruto de las diferencias históricas entre dichos ámbitos católicos.

El oficio magisterial
El sucesor de san Pedro tiene como ministerio fundamental enseñar la verdad revelada, exponerla a todos los hombres, custodiar la doctrina y corregir los posibles errores: El sucesor de Pedro cumple esta misión doctrinal mediante una serie continuada de intervenciones, orales y escritas, que constituyen el ejercicio ordinario del magisterio como enseñanza de las verdades que es preciso creer y traducir a la vida (fidem et mores). Los actos que expresan ese magisterio pueden ser más o menos frecuentes y tomar formas diversas, según las necesidades de los tiempos, las exigencias de las situaciones concretas, las posibilidades y los medios de que se dispone, las metodologías y las técnicas de la comunicación; pero, al derivar de una intención explícita o implícita de pronunciarse en materia de fe y costumbres, se remiten al mandato recibido por Pedro y se revisten de la autoridad que Cristo le confirió. El ejercicio de ese magisterio puede realizarse también de modo extraordinario, cuando el sucesor de Pedro -solo o con el concilio de los obispos, en calidad de sucesores de los Apóstoles- se pronuncia ex cathedra sobre un punto determinado de la doctrina o la moral cristiana [11].

Óleo del Santo por Pedro Pablo Rubens (s.XVII).

Óleo del Santo por Pedro Pablo Rubens (s.XVII).

El magisterio ordinario suele ejercerlo el Papa mediante palabras, escritos e iniciativas autorizadas e institucionales de orden científico y pastoral. Si hablamos ya del modo extraordinario nos referimos a lo que suele denominarse magisterio “ex cathedra”. Este magisterio se reserva para las definiciones dogmáticas de primer nivel. Se refiere a verdades que pertenecen al depósito de la fe y son de obligada creencia para todos los fieles, como por ejemplo la definición del dogma de la Inmaculada Concepción de María (Pío IX, 1854) o el de la Asunción (Pío XII, 1950). Como dichos dogmas son de una grandeza e importancia extraordinarias la Tradición ha reconocido que el sucesor de Pedro goza en dichas definiciones, solo o con el Colegio Episcopal reunidos en concilio, de un carisma especial, de una asistencia del Espíritu Santo que suele denominarse Infalibilidad: El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando, cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia [12].

Este modo extraordinario no quiere decir que el Papa no goce de la asistencia del Espíritu Santo en su magisterio ordinario. También en dicha enseñanza el Papa es maestro de la verdad aunque no llegue a proclamar una definición infalible y definitiva. A dicho magisterio ordinario los fieles deben adherirse con espíritu de obediencia religiosa que, aunque distinto del asentimiento de la fe, es una prolongación de él.

David Jiménez

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[1] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. El primado del sucesor de Pedro, 5 (31-10-1998).
[2] CIC 336
[3] Pastor aeternus 1 y 2
[4] Ut unum sint, 95
[5] LG 22
[6] LG 23
[7] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. El primado del sucesor de Pedro, 11 (31-10-1998).
[8] CIC 331
[9] JUAN PABLO II. Catequesis sobre la misión doctrinal del sucesor de Pedro (10-3-1993)
[10] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE. El primado del sucesor de Pedro, 7 (31-10-1998).
[11] JUAN PABLO II. Catequesis sobre la misión doctrinal del sucesor de Pedro (10-3-1993)
[12] Pastor aeternus 4.

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