San Cirilo Bertrán y compañeros mártires de Turon (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Ilustración de San Cirilo Bertrán a partir de una fotografía real.

En el artículo de ayer narramos los últimos días y el martirio de los santos mártires de Turón, Cirilo Beltrán y compañeros. Hoy queremos dar algunos datos biográficos de cada uno de ellos.

San Cirilo Bertrán (José Sánchez Tejedor)
Había nacido en Lerma (Burgos) el 20 de marzo del año 1888 en el seno de una familia humilde. En la escuela elemental conoció a un hermano de la Salle y de ahí le nació la vocación religiosa ingresando en el estudiantado de Bujedo en el año 1905. En 1909 comenzó a dar clases, siendo enviado a Deusto y posteriormente a Madrid, donde estuvo destinado en tres centros. En el año 1913 estuvo en Villagarcía de la Torre (Badajoz) y posteriormente, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) donde hizo su profesión perpetua. En todos los sitios por donde pasó destacó por su seriedad, caridad, alegría y disponibilidad.

En el año 1918 fue enviado a Cantabria, ocupando varios destinos en aquella comunidad autónoma. Fue director en distintas escuelas y comunidades durante trece años. Le gustaba la enseñanza y disfrutaba con ella aunque los trabajos de dirección los aceptó con obediencia. Desde 1930 hasta 1933 tuvo ejerciendo su apostolado en Valladolid y en este año, fue enviado como director al colegio de Turón en Asturias, donde llevaba un año cuando estalló la revolución.

Imagen de San Marciano José venerada en la iglesia de su pueblo natal, El Pedregal.

San Marciano José (Filomeno López López)
Nació en El Pedregal (Guadalajara) el 15 de noviembre del año 1900 y como un tío suyo estaba como enfermero en Bujedo, se animó a irse con él. Allí se mostró muy aplicado pero cogió una infección en los oídos por lo que quedó casi sordo y tuvo que regresar a su casa. Pero como él quería estar con los hermanos, aunque por su sordera no podía dedicarse a la enseñanza, siempre estuvo ayudando en los trabajos auxiliares de los colegios por donde pasó. Hizo los votos simples el día 3 de abril de 1918 y allí se quedó en Bujedo, dedicándose fundamentalmente a los trabajos en la huerta y ejerciendo el oficio de sacristán.

El 28 de mayo de 1928 fue enviado como cocinero a la escuela de Terán, en Cantabria y de allí paso a Asturias, Valladolid, nuevamente a Asturias, Vizcaya y finalmente, otra vez a Asturias, a Mieres. Es suyo el siguiente escrito a su familia: “Es probable que las persecuciones que nos vienen ahora estén motivadas por nuestra negligencia en el servicio de Dios. Si para satisfacer la justicia de Dios, es necesario que algunos de nosotros derramen su sangre, yo estoy dispuesto a hacerlo”.

En abril de 1934 fue trasladado a Turón. Como no daba clases debido a su sordera, pudo hacerse pasar por simple cocinero y así evitar el martirio, pero en ningún momento quiso negar su condición de religioso.

Ilustración a partir de una fotografía de San Julián Alfredo.

San Julián Alfredo (Vilfrido Fernández Zapico)
Nació en Cifuentes de Rueda (León) en el seno de una familia humilde y religiosa. Un tío suyo, que era sacerdote, lo orientó hacia los frailes capuchinos llegando a ingresar en el noviciado en Bilbao, pero al caer enfermo, tuvo que volver a su casa. Aunque lo intentó de nuevo, de nuevo tuvo que desistir. Con veintidós años de edad, se dirigió al monasterio de Bujedo donde estaban los Hermanos de la Salle y a todos conquistó por su sencillez franciscana, por la madurez de sus juicios y por su humildad. Tomó el hábito en 1926 y desde el 24 de agosto de 1929 se dedicó a la enseñanza, especialmente, a la catequesis para preparar a los niños a hacer su primera comunión. Era tan grande su amor a la Eucaristía, que siempre, antes de ir a clase, se pasaba por la capilla para solicitarle al Señor sabiduría para impartir y tacto para tratar a los niños.

Hizo sus votos perpetuos en 1932 y en el mes de septiembre del año siguiente fue destinado a Turón. Durante un año estuvo dando clases en el colegio, antes de ser detenido y martirizado.

Ilustración a partir de una fotografía de San Victoriano Pío.

San Victoriano Pío (Claudio Bernabé Cano)
Nació en San Millán de Lara (Burgos) el 7 de julio de 1905, siendo sus padres labradores. Le enseñaron el valor del trabajo, el respeto por la naturaleza y el llevarse bien con todo el mundo. Con trece años de edad, el 26 de agosto de 1918 entró en Bujedo y allí hizo el noviciado. Fue un alumno excelente pues se le daban muy bien todas las materias, por lo que después también sería un brillante profesor.

Los diez años de su actividad apostólica los pasó prácticamente en el mismo sitio: el colegio de La Salle de Palencia y allí se ganó la estima de todos por su alegría, por sus dotes musicales y artísticas y por saber tratar a todos con el máximo respeto. Atendía especialmente a los alumnos a los que les costaba más trabajo entender las materias y dirigió al grupo de niños cantores del colegio. Se encariñó con Palencia y sus gentes.

A Turón fue destinado al comenzar el curso en 1934 a fin de reemplazar a otro hermano que estaba muy asustado por el ambiente que ya allí había, así que llegó un mes antes de su martirio. En Turón se encargó de la clase de los niños mayores que eran quienes se habían quedado sin profesor.

Ilustración a partir de una fotografía de San Benjamín Julián.

San Benjamín Julián (Vicente Alonso Andrés)
Nació en Jaramillo de la Fuente (Burgos) el día 27 de octubre del año 1908, recibiendo de pequeño una educación sencilla y religiosa. Con solo once años de edad conoció a un hermano de La Salle que pasó por la escuela del pueblo y dijo que “quería ser como ese hermano costara lo que costara”. Pero en Bujedo no se recibían a niños tan pequeños y él con su tesón e insistencia consiguió que se hiciera una excepción. Así, el 7 de octubre de 1020 inició en Bujedo sus estudios aunque el camino no le fue fácil pues su educación elemental era muy deficiente. Se preparó, hizo el noviciado, profesó y estudió para maestro.

En el verano de 1927 fue destinado al colegio de la Inmaculada de Santiago de Compostela y allí, pronto se ganó el cariño de todos y la admiración por su manera peculiar de impartir las clases con alegría, orden y naturalidad. ¿Cómo era posible que un profesor tan bajo de estatura y tan joven pudiera tener tanto ascendiente y cautivar a todos sus alumnos? Esa era la pregunta que muchos se hacían. El director acostumbraba a responder diciendo que los niños no se fijaban tanto en la estatura ni en la edad del profesor, sino en su corazón.

En el verano de 1933 fue destinado a Turón y allí pasó un curso enseñando como siempre lo había hecho: con la misma dulzura, entrega y capacidad de hacerse comprender por los alumnos.

Ilustración a partir de una fotografía de San Augusto Andrés.

San Augusto Andrés (Román Martínez Fernández)
Había nacido en Santander el 10 de mayo de 1910, era el único hijo varón y muy pronto se quedó huérfano de padre. Desde niño frecuentó la escuela de San José que los Hermanos de la Salle tenían en la capital de Cantabria. Con once años le dijo a su madre y a sus hermanas que él quería ser hermano de La Salle y aunque la madre intentó quitarle la idea de la cabeza, al final tuvo que ceder porque el niño cayó enfermo, tuvieron que administrarle los últimos sacramentos y cuando pensaban que se moría, levantó la cabeza diciéndole a su madre: ¿Verdad, mamá, que me dejarás ir a Bujedo? La madre, no saliendo de su asombro, le contestó: “Ten por seguro que si”. La fiebre bajó y el niño se curó rápidamente y el 8 de agosto del 1922 ingresó en Bujedo. Como la madre, en su interior, seguía teniendo la esperanza de que su hijo desistiera, lo intentó por carta, pero Román tenía las cosas muy claras, aunque siempre tuvo el dolor de saber que en el fondo, su madre no quería que él fuera religioso.

En el año 1929 fue destinado al colegio de la Virgen de Lourdes de Valladolid, aunque tuvo que hacer el servicio militar en Palencia durante el curso 1932-1933; allí, en la mili, siguió ejerciendo su apostolado. En 1933 lo enviaron a Turón, donde fue un profesor modélico. El fue quién dijo a quienes iban a asesinarles: “Vamos donde ustedes quieran. Estamos dispuestos a todo”.

Detalle de San Benito de Jesús en el óleo de los mártires de Turón.

San Benito de Jesús (Héctor Valdivieso Sáez)
Aunque su familia era oriunda de La Bureba (Burgos), él nació en Buenos Aires (Argentina) el 31 de octubre del año 1910, siendo sus padres Benigno Valdivieso y Aurora Sáez. Como allí en Argentina la vida no salió como ellos esperaban, regresaron a Briviesca y allí pasó los años de su niñez. Aunque su padre intentó de nuevo probar fortuna en México, él se quedó en España con su madre y sus hermanos.

Estuvo en un colegio de las Hijas de la Caridad pero un día se enteró de la existencia del colegio de Bujedo y allí ingresó con solo doce años de edad, en el año 1931.

Le surgió la oportunidad de profundizar en sus estudios en Lembecq-lez-Hall (Bélgica) y no se lo pensó. Solicitó el permiso de sus padres “para ir a Lembecq a formarme y después poder ir a enseñar el catecismo a los niños de Brasil, a nuestra patria Argentina o a cualquier lugar al que me destinen”.

En 1925 regresó a Bujedo para hacer el noviciado y estudiar magisterio. El 24 de agosto de 1929 fue destinado al colegio de Astorga (León) y pronto consiguió el aprecio de todos: compañeros religiosos, alumnos y padres. Escribió en “La luz de Astorga” porque tenía claro que quería ser “un propagandista católico”. Fue destinado a Turón en el verano de 1933 y allí murió mártir un año más tarde.

Ilustración a partir de una fotografía de San Aniceto Adolfo.

San Aniceto Adolfo (Manuel Seco Gutiérrez)
Es el más joven de todos los mártires pues murió con solo veintidós años. Nació en Celada Marlantes (Cantabria) el día 4 de octubre de 1912 quedando huérfano de madre desde muy pequeño. Con ayuda de los abuelos, su padre sacó adelante a la familia y cómo era muy religioso, él mismo enseñó el catecismo a sus hijos. El y dos de sus hermanos, Maximino y Florencio, ingresaron en Bujedo con la intención de profesar como religioso lasalianos. Al poco de ingresar, murió su padre. El noviciado lo inició en el año 1928.

Como estudiante, destacó por su tesón y trabajo y como novicio, por su piedad. El mismo animaba y daba consejos a sus otros dos hermanos, uno de los cuales era ya docente y el más pequeño, estudiante como él. Al terminar sus estudios, el 24 de agosto de 1932, fue destinado al colegio de Nuestra Señora de Lourdes de Valladolid y allí se dedicó a dar clases a los niños más pequeños. En Valladolid estuvo un año siendo destinado posteriormente a Turón, donde llegó a principios de octubre de 1933. Allí también estuvo durante un año, impartiendo clase a los más pequeños, hasta que fue encarcelado y fusilado.

Óleo contemporáneo de San Inocencio de la Inmaculada, mártir pasionista.

San Inocencio de la Inmaculada (Manuel Canoura Arnau)
El Padre Inocencio era un religioso pasionista de Mieres que se encontraba en Turón el día 5 de octubre de 1934. Había nacido en Santa Cecilia y San Acisclo, cerca de la costa de la provincia de Lugo. Con quince años de edad sintió el deseo de hacerse religioso pasionista ingresando en el noviciado de Peñafiel (Valladolid) y posteriormente, en Deusto (Vizcaya); el 26 de julio de 1905 realizó sus primeros votos. Se ordenó de sacerdote el 20 de septiembre de 1913 y se dedicó a la enseñanza en Daimiel (Ciudad Real), Corella (Navarra), Peñaranda de Duero (Burgos) y finalmente, en Mieres (Asturias). Siempre había estado disponible para asumir cualquier tarea que se le encomendase, bien en el terreno de la docencia como en el apostólico en general; no sabía decir que no.

Llegó a Mieres en los primeros días de septiembre de 1934 y allí atendía algunas clases de filosofía para los religiosos pasionistas que estaban en etapa de formación. Aunque le recomendaron no hacerlo, se ofreció a ir a Turón para ejercer el apostolado del confesionario y decir misa en el colegio de La Salle. Allí fue encarcelado junto con los ocho hermanos del colegio y junto con ellos, fue fusilado con solo cuarenta y siete años de edad. Ni siquiera fue perdonado en el último momento, cosa que sí hicieron con los otros tres sacerdotes de la localidad minera. Lo consideraron como a un religioso más que se dedicaba a la enseñanza.

Aunque entre los mártires de Turón no se encontraba el hermano Jaime Hilario, martirizado en Tarragona, al haberse unido su Causa a la de estos mártires en Asturias, fue beatificado y canonizado con ellos. Por eso, también de él, vamos a dar algunas pinceladas biográficas.

Cuadro contemporáneo de San Jaime Hilario.

San Jaime Hilario (Manuel Barbán y Cosán)
Nació en Enviny (Lleida) el 2 de enero de 1898, en el seno de una familia pudiente, quedando huérfano de madre siendo aun muy pequeño. Pasó dos años en el internado de los Padres Paules de Rialb (Lleida). Quiso ser sacerdote por lo que ingresó en el seminario de la Seu d’Urgell, donde estudió hasta los cursos de filosofía, pero debido a una enfermedad en los oídos, tuvo que abandonarlo y regresar a su casa.
Conoció a los Hermanos de la Salle e ingresó en Mollerusa (Lleida) el día 21 de julio de 1916 y fue novicio en Irún (Guipúzcoa) en el año 1917.

Como profesor, fue enviado de nuevo a Mollerusa y de allí al colegio de Manresa (Barcelona), regresando a Mollerusa en el mes de agosto de 1924. Posteriormente, lo destinaron al colegio de Oliana (Lleida). Tenía dotes literarias y aunque aprendió francés en Pibrac, cerca de Toulouse, siempre escribió en castellano o en catalán.
El 1934, estuvo como cocinero en Calaf (Barcelona) y precisamente allí se enteró del martirio de sus ocho compañeros en Turón. “Ocho de nuestros hermanos han sido asesinados en el cementerio de Turón, por cometer el crimen de haber enseñado a los niños el catecismo”, llegó a escribir.

El 13 de diciembre de 1934 fue destinado a Cambrill (Tarragona) y aceptó el cambio pasando a ser el hortelano del colegio. Como por sus problemas de oído había quedado medio sordo, tuvo que abandonar la enseñanza aunque nunca dejó de escribir. Fue detenido en Mollerusa el día 18 de julio de 1936 y aunque en un principio quedó bajo arresto domiciliario en casa de unos amigos, pronto fue encarcelado. Pasó un verdadero calvario hasta el día 18 de enero de 1937, cuando a las tres de la tarde, estando de pie y con las manos cruzadas sobre el pecho, fue fusilado en un lugar llamado “La Oliva”, cercano al cementerio. Le dispararon dos veces y como continuaba vivo y de pie, los asesinos huyeron porque creían ver a un espectro, pero el jefe del pelotón, se acercó a él y lo remató con un tiro en el mentón.

Estos son los diez primeros beatos mártires españoles del siglo XX que fueron canonizados por el papa San Juan Pablo II. El siguiente fue San Pedro Poveda, pero de él escribiremos otro día.
Para realizar este trabajo nos hemos basado en la documentación que nos han facilitado los religiosos de Bujedo a los cuales, quedamos muy agradecidos.

Antonio Barrero

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San Cirilo Bertrán y compañeros mártires de Turón (I)

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Vista del tapiz de la canonización de los mártires.

En la década de los años treinta del siglo XX, en Europa se originaron grandes convulsiones políticas y por razones en las que no entraremos por cuestión de espacio, aunque si destacaremos el hartazgo del pueblo al verse explotado, en Asturias (España) se desarrolló un período revolucionario en el 1934, especialmente en el valle minero de Turón. En la tarde del 5 de octubre, los sublevados, se habían apoderado de los cuarteles de la Guardia Civil y se luchaba con furia en Gijón y otros lugares de la región.

Aunque las intenciones de los revolucionarios eran conseguir mejores condiciones de trabajo y de vida para el pueblo, inevitablemente se mezclaron también cuestiones de venganza y de rencor y así, especialmente los mineros, se lanzaron pelear por sus derechos aunque sus dirigentes habían dado consignas de evitar muertes y destrozos en el patrimonio. Por desgracia, algunos no respetaron estas consignas y se hicieron algunas confiscaciones de bienes. Algunos exaltados consideraron a los religiosos y sacerdotes como si fueran enemigos del pueblo y dieron órdenes de detenerlos, aunque por suerte, muchos pudieron esconderse. Quienes no lo consiguieron o no lo intentaron siquiera, fueron encarcelados.

Aun en contra de las consignas dadas por los dirigentes de la revolución asturiana, los exaltados asesinaron a treinta y tres religiosos y sacerdotes sin ni siquiera someterlos a un juicio en el que pudieran demostrar su inocencia y el no haber estado metidos en cuestiones políticas y entre estos están incluidos ocho hermanos de la Salle que eran profesores de la escuela de Turón y el sacerdote pasionista Inocencio de la Inmaculada, que era el confesor del colegio. Ese mismo día 5, el primero en caer asesinado fue un estudiante pasionista que huía asustado del convento y que fue fusilado a quemarropa.

Los Hermanos de las Escuelas Cristianas tenían un colegio en Turón y se dedicaban simplemente a la enseñanza de los niños. La mañana de aquel día 5 de octubre, el Padre Inocencio celebraba misa en el colegio, pero cuando estaba en el momento del ofertorio se escucharon gritos fuera y empezaron a golpear la puerta. Intuyendo el peligro, entre los hermanos y el padre consumieron todas las formas consagradas que estaban en el sagrario y el hermano Marciano bajó a abrir la puerta. Se encontró con un numeroso grupo de personas que lo amenazaban con fusiles. Irrumpieron en el colegio con el argumento de que iban a confiscar las armas que allí se guardaban; lo registraron todo pero, lógicamente, no encontraron nada.

Colegio de los Lasalianos en Turón, Asturias (España).

Los hermanos, que en un principio se habían refugiado en las habitaciones de la planta superior, fueron desalojando sus habitaciones, saliendo al encuentro de los asaltantes. Lo arrasaron todo y detuvieron a los hermanos y al padre Inocencio a los que se llevaron a una casa que utilizaron como prisión y que estaba como a un kilómetro del colegio. Eran las siete de la mañana y ya los hermanos y el padre estaban detenidos.

Como el padre Inocencio llevaba puesta la sotana le ordenaron que se la quitara. El hermano Cirilo solicitó que les trajeran alguna ropa del colegio, pero por contestación recibió la orden de no comunicarse entre ellos ni con el resto de las personas que allí estaban detenidas. Ese fue el peor día para los hermanos y el padre porque no salían de su asombro y desconcierto ya que ellos solo se habían dedicado a la enseñanza.

Los familiares del resto de prisioneros les acercaron comida y ropa, pero de los hermanos nadie se acordó y pasaron todo el día sin comer, aunque a partir del día siguiente, la madre de un niño del colegio, se encargó de llevarles algo para comer.

El día 6, el médico de Turón tuvo que inyectar un calmante al hermano Marciano, que tenía problemas en la columna vertebral y sufría de terribles dolores debido a las circunstancias en las que se encontraban en la prisión y aunque solicitaron que le trajesen un colchón del colegio, se lo negaron. Como ese día comieron y estuvieron algo más relajados, por la noche pudieron dormir a ratos. Ellos seguían sin comprender como siendo simples educadores, estaban encarcelados y corrían el riesgo de ser fusilados, pero se reconfortaban mutuamente ya que estaban convencidos que de ocurrir, sería verdaderamente un martirio.

Lienzo contemporáneo de los mártires de Turón, Asturias (España).

El día siguiente, domingo día 7, no tuvieron la posibilidad de asistir a misa y por la mañana se sorprendieron al escuchar el ruido que hacían los motores de algunos aviones que sobrevolaban la zona, pero se tranquilizaban al escucharles a algunos de los carceleros que la revolución había triunfado y que llegaría la calma. Pero por la tarde, se presentaron algunos miembros del comité revolucionario y pareció que se interesaban por ellos, pues uno de sus miembros se identificó como antiguo alumno del colegio, hablando bien de los profesores que entonces le habían educado. Se interesó especialmente por saber qué era el hermano Marciano, si religioso o simple empleado y como éste era sordo y no se enteraba, el hermano Cirilo fue quién respondió. Desde entonces, por el tono de voz que empezaron a utilizar y porque les requisaron todos los objetos que llevaban, los hermanos comprendieron que el peligro de muerte era cierto y que tenían que prepararse.

El Padre Inocencio se confesó con el párroco, que también estaba preso, y posteriormente, entre ambos confesaron a todos los hermanos y a algunos otros prisioneros. Entretanto, los miembros del comité revolucionario de Turón discutían sobre la conveniencia o no de fusilar a los religiosos a fin de que sirviera de escarmiento y aunque la deliberación fue larga e incluso violenta porque algunos miembros se oponían, finalmente se impuso el criterio de los más vengativos y menos inteligentes, encabezado por un tal Silverio Castañón. Decidieron fusilarlos al día siguiente por la mañana, pero como en Oviedo había muerto un militante de Turón y tuvieron que sepultarlo aquel día, la presencia de sus familiares impidió que prepararan la fosa donde serían enterrados los hermanos por lo que decidieron fusilarlos por la noche.

Ese día, los médicos de Turón y numerosas madres de los alumnos del colegio, conocedoras de la decisión del comité, intentaron hacerles entrar en razón y consiguieron que muchos revolucionarios locales se negaran a ejecutarlos, pero el tal Castañón, reclutó a personal de Mieres y de Santillano y formó un piquete de fusilamiento y así, de noche como he indicado antes, excavaron una zanja en el cementerio y pasada la media noche se dio la orden de ejecutarlos.

Panteón donde estuvieron los mártires antes de su beatificación. Monasterio de Bujedo, Burgos (España).

Silverio Castañón le preguntó a los hermanos: “¿Saben ustedes adonde van?” Y el hermano Augusto Andrés le respondió: “Adonde ustedes quieran; ya nada nos importa porque estamos preparados para todo”. “Pues ustedes van a morir” recibieron por réplica. Llevaron a los hermanos y al padre Inocencio al cementerio sin que ninguno de ellos opusiera resistencia alguna. El mismo Castañón diría más tarde: “Los hermanos y el padre oyeron tranquilamente su sentencia. Fueron con paso firme y sereno hasta el cementerio sin pronunciar ninguna queja y yo, que soy un hombre duro, me emocioné por su actitud. Sabiendo donde iban, fueron como ovejas al matadero”. Abierta la puerta del cementerio, el enterrador se quedó fuera y los hermanos y el padre fueron obligados a entrar; lo hicieron rezando y consolándose unos a otros y viendo desde allí el colegio iluminado donde habían estado educando a tantos niños del lugar.

Les ordenaron pararse al pie de la zanja excavada y allí mismo, a quemarropa, fueron fusilados. Castañón les dio el tiro de gracia y al hermano Cirilo, aun vivo, lo remataron con una maza. Los asesinos salieron por la puerta trasera del cementerio a fin de que el enterrador, que se había quedado en la puerta, no los reconociera y así evitarse posibles denuncias por tan bárbaro acto criminal. Fueron criminales y además, fueron cobardes.
Era la madrugada del 8 al 9 de octubre de 1934. Aquella revolución asturiana del año 1934 sólo duraría tres semanas.

Los cuerpos de los hermanos mártires de Turón fueron exhumados y llevados al cementerio de Bujedo (Burgos) el día 26 de febrero de 1935. El del Padre Inocencio quedó en el cementerio y se perdió durante los bombardeos de 1936. El 9 de octubre de 1944, en la diócesis de Oviedo se inició la Causa de beatificación cuyos trámites concluyeron a nivel diocesano el 22 de junio de 1945; la documentación fue enviada a Roma. El decreto por el que se reconocía el martirio fue firmado en el año 1988 y la beatificación se realizó en Roma el 29 de abril del año 1990. Junto a ellos, fue también beatificado el hermano Jaime Hilario, lasaliano martirizado en Tarragona y cuya Causa se había unido a la de estos mártires de Turón.

Tumba actual, bajo el altar mayor, de los mártires de Turón. Monasterio de Bujedo, Burgos (España).

El mismo día de la beatificación, en la ciudad nicaragüense de León, la joven de veintidós años de edad Rafaela Bravo Jirón, afectada de un cáncer de útero, quedó instantáneamente curada. Previamente, ella y su esposo habían realizado dos novenas a los nuevos beatos solicitándoles la curación. Los médicos atestiguaron la curación milagrosa de quién estaba a punto de morir y esta se tramitó a Roma. Aceptado el milagro, los beatos mártires de Turón y el hermano Jaime Hilario, fueron canonizados por el papa San Juan Pablo II el 21 de noviembre de 1999. Su festividad la celebramos hoy, día 9 de octubre.

Como comentamos en nuestro artículo del pasado 8 de enero, estos santos mártires y San Pedro Poveda, son los únicos mártires de los años treinta del siglo pasado en España que ya están canonizados.
En el artículo de mañana, daremos algunas referencias biográficas de cada uno de ellos.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Miguel Febres Cordero, hermano de las Escuelas Cristianas

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Retrato-estampa del Santo.

Francisco Febres Cordero nació el día 7 de noviembre de 1854 en la ciudad de Cuenca (Ecuador), siendo sus padres Francisco Febres Cordero, de Guayaquil y Ana Muñoz Cárdenas, de Cuenca. Entre sus antepasados paternos estaba el general León Febres Cordero que fue un héroe de la independencia de Guayaquil.

Tenía nueve años cuando los Hermanos de las Escuelas Cristianas, llamados por el presidente García Moreno se establecieron en su ciudad natal, fundando una escuela. Francisco había recibido una educación cristiana en el seno de su familia y fue uno de los primeros alumnos inscritos en la escuela, destacando por su aplicación en los estudios, su conocimiento del catecismo, su piedad y su exquisita cortesía con todos, por lo que muy pronto se granjeó la estima y el cariño de los maestros y de sus compañeros de colegio.

Él comprendió muy pronto que su destino no estaba en el mundo y se empeñó en seguir su propia vocación. El ejemplo de los hermanos educadores hizo que se sintiera atraído por la Congregación Lasaliana y teniendo unos catorce años de edad, después de haber madurado su decisión y siguiendo el consejo de quienes lo conocían y querían, decidió hacerse hermano de la Salle. Aquella decisión no gustó a sus padres que pensaban ingresarlo en el seminario para que estudiara y se ordenara de sacerdote con la intención de luego irse a vivir con él, pero Francisco no se desalentó y aunque estuvo en el seminario tres meses, tuvieron que enviarlo a casa de sus padres porque aquello no era lo suyo y enfermó.

El se confiaba a la Santísima Virgen y le pedía fuerzas para conseguir su propósito; y aprovechando que el padre tuvo que marchar a Lima consiguió la autorización de su madre para que ingresara en el noviciado de los Hermanos de la Salle, vistiendo el hábito el día 24 de marzo del año 1868 que era la víspera de la fiesta de la Anunciación; en ese acto cambió su nombre de Francisco por el de Miguel. Pero no serían fáciles las cosas para él porque su padre, aunque había aceptado la decisión de su esposa, no le escribió a su hijo ni una sola vez durante cinco años.

Mural del Santo con sus alumnos y la Santísima Virgen, obra de Mario Caffaro Rore (1984).

Terminada su formación religiosa, inició su apostolado educativo en su ciudad natal, Cuenca, aunque con posterioridad, en el año 1869 fue enviado a Quito. Allí se empeñó en ser útil a sus alumnos enseñándoles lengua y literatura española y como no existían o eran pocos los libros que necesitaba para sus enseñanzas, él mismo se decidió a componerlos y fueron tan apropiados que el propio gobierno ecuatoriano decidió adoptarlos para las escuelas de todo el país. Por su palabra, por su sabiduría y por su forma de vida fue admirado por toda la ciudad: era un magnífico maestro. Además de componer sus libros de texto, escribió varios libros piadosos y un catecismo para la infancia que fue notable en su tiempo: la catequesis era el campo preferido de su actividad apostólica. Todo esto hizo que se le abrieran las puertas de la Academia de la lengua en Ecuador.

También se dedicó a perfeccionar sus conocimientos en lenguas extranjeras, de tal manera que en pocos años fue capaz de dominar el inglés y el francés, mientras que sus conocimientos del castellano hizo que se le concediera el honor de formar parte de la Academia española de la lengua. El gobierno francés le concedió el reconocimiento oficial de la Academia francesa y la Academia de la lengua en Venezuela lo nominó asimismo como uno de sus miembros.

Tantas ocupaciones (profesor, inspector y posteriormente director en Quito), no le impedían ocuparse de su obra preferida: preparar a los niños para la Primera Comunión, privilegio que obtuvo para hacerlo casi en exclusiva. Esta actividad la realizó hasta el año 1907, que fue cuando viajó a Europa. Era tal el fervor que ponía en esta actividad que a veces llegó hasta la ingenuidad. El acostumbraba a decir: “Si no os hacéis como parvulitos, no entraréis en el reino de los cielos”. De esta actividad derivó su gran devoción hacia el Niño Jesús. Entre los niños que él ayudó a preparar para recibir a Cristo en la Eucaristía, figura el que posteriormente sería el primer cardenal ecuatoriano, Carlos Maria de la Torre, arzobispo de Quito. Destacó también por su espíritu de pobreza, de obediencia y de caridad.

Vértebra del Santo venerada en Matamoros, Ecuador.

En el año 1904, como consecuencia de la promulgación de algunas leyes contra los religiosos, algunos hermanos franceses tuvieron que salir del país para desarrollar su misión en España o en diversos países de Hispanoamérica y como el hermano Miguel dominaba ambas lenguas, sus superiores decidieron en el año 1907 enviarlo a Europa a fin de que pudiese dedicarse a preparar algunos textos para que los hermanos aprendieran de forma acelerada el castellano; y es por eso por lo que después de estar unos meses en Paris, es trasladado a Lembecq-lez-Hal, en Bélgica, donde estaba la Casa Generalicia del Instituto. Pero el clima de Bélgica no le sentó bien a su endeble salud por lo que fue trasladado a Premiá del Mar, en Barcelona, en cuya casa estuvo enseñando durante algunos meses hasta el día de su muerte, el 9 de febrero del año 1910. La causa de su muerte fue una pulmonía que contrajo a finales del mes de enero y de la que, por su débil estado de salud, no pudo recuperarse.

Aunque murió en España, la noticia de su muerte se corrió rápidamente y en su país, Ecuador, se decretó duelo nacional. La fama de santidad de la que ya gozaba en vida, se incrementó aun más después de su muerte y no tardaron en aparecer numerosos milagros obtenidos mediante su intercesión, por lo cual los ecuatorianos desearon tener sus restos mortales, que fueron llevados a su patria en el año 1936 mientras España estaba inmersa en una guerra civil. Allí fueron recibidos de manera triunfal y puestos en una capilla mortuoria en la Magdalena, que es un suburbio de Quito, capilla que desde entonces es meta de continuas peregrinaciones.

En el año 1923 se inició en Quito y en Cuenca el proceso informativo previo a la beatificación. El Papa Pío XI firmó el decreto de introducción de la Causa el 13 de noviembre de 1935. La curación milagrosa de la religiosa Clementina Flores Cordero fue el milagro que propició su beatificación por parte del Papa Beato Pablo VI el día 30 de octubre del año 1977. Ese mismo día y junto a él fue beatificado el también lasaliano belga, Hermano Muciano Maria.

Urna con los restos del Santo, venerados en su capilla de La Magdalena, Ecuador.

Curiosamente, el día de su beatificación se realizó el milagro que lo llevó a la canonización: la señora Beatriz Gómez de Núñez que padecía una miastenia grave, se sintió milagrosamente curada mientras asistía en Roma a la beatificación del hermano Miguel, a quién se había encomendado tanto ella como su familia. Esta curación fue reconocida como milagrosa y originó que el Consistorio del 25 de junio de 1984 diera el visto bueno a la canonización, que se realizó el día 21 de octubre de ese mismo año por parte del papa San Juan Pablo II.
En el año 1954, centenario de su nacimiento, el gobierno ecuatoriano erigió un majestuoso monumento en su honor en una de las principales plazas de la ciudad de Quito.

Antonio Barrero

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San Juan Bautista de la Salle, sacerdote fundador

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Lienzo del Santo inspirado en el grabado de Scotin, siglo XVIII.

Nació en Reims, el 30 de abril del año 1651 siendo el hijo primogénito de Luis de la Salle y Nicolle Moët de Brouillet. Estos formaban una familia muy piadosa, dentro de la cual nacieron diez hijos, de los cuales tres fueron sacerdotes y una religiosa. Su padre esperaba que él escogiera la carrera de abogado continuando así la tradición familiar, pero él tenía muy claro que quería ser sacerdote y es por eso por lo que recibió la tonsura eclesiástica con sólo once años de edad y el 9 de enero de 1667, con quince años, era canónigo de la catedral de Reims. El 10 de julio del año 1669 obtuvo el grado de Maestro en Artes. Estudió en la facultad de teología de Reims, en el seminario de San Sulpicio y asistía a clases en la Universidad de la Sorbona, mostrándose siempre cumplidor de las normas y teniendo un trato fácil y amable con todos.

Al quedarse huérfano de ambos padres, en el año 1672, tuvo que abandonar el seminario y hacerse cargo de sus hermanos aunque fue ayudado por su primo, el Beato Nicolás Roland, que era canónigo en Reims y nueve años mayor que él. La ayuda de su primo fue determinante en su formación, no solo por su determinación de hacerse sacerdote y por la ayuda que le prestó cuidando de sus hermanos, sino que también lo inició en el apostolado dentro de la enseñanza. Aunque se ordenó de subdiácono en Reims, fue en París donde recibió el diaconado el 21 de marzo de 1676. Terminados sus estudios fue ordenado de presbítero en Reims el día 9 de abril de 1678 y se doctoró en teología, también en Reims en el año 1680. Su primo que había fundado el Instituto de las Hermanas del Niño Jesús, el 23 de abril de 1678, cuatro días antes de morir, lo designó ejecutor testamentario del Instituto y de las escuelas por él fundadas. “Tu celo la hará prosperar y completarás el trabajo que yo he iniciado”, de dijo su primo; sin embargo, el arzobispo de Reims propuso que se hiciese cargo de esta responsabilidad otro clérigo amigo de nuestro santo.

En este tiempo se encontró con Adrian Nyel, que era un seglar muy comprometido con las escuelas populares. Había venido de Rouen (donde se dedicaba a enseñar y catequizar a los niños) por recomendación de la señora Maillefer, que era pariente de Juan Bautista, con la intención de fundar una escuela para niños pobres. Juan Bautista aceptó colaborar con él en este proyecto y aunque se encontraron con algunos impedimentos legales, lo consiguieron: alquilaron una casa, fundaron la escuela gratuita, fijaron su reglamento y empezaron a admitir a niños pobres.

Conjunto escultórico del Santo ubicado en la Rambla de Almería (España), conmemoración del centenario de la llegada de los Hermanos a la ciudad.

Es verdad que en ese momento no nació la vocación definitiva de Juan Bautista ya que compaginaba la colaboración en la escuela con su labor pastoral como sacerdote, pero el contacto con los maestros, a los que visitaba diariamente y que eran voluntarios, pero que no siempre estaban suficientemente preparados; y con los alumnos, que eran de todas las edades y condiciones morales y físicas y que estaban mezclados hizo que descubriera las deficiencias estructurales y funcionales de este proyecto y reaccionó: instruyó y animó a los maestros, los formó moralmente y les hizo ver el profundo sentido de su misión a pesar de los contratiempos que surgían. Y así, poco a poco, fue madurando en él la idea de crear una Congregación adaptada a la escuela popular, donde la vocación fuera la que moviera al que se dedicara a esta tarea, donde se compaginara la propia enseñanza con la evangelización.

Esta experiencia le demuestra que no es posible formar a los maestros solo en las materias a enseñar, sino que ellos mismos tienen que desear vivir esa forma de vida y así les hace comprender que es bueno vivir en comunidad y los acoge en su propia casa. Los maestros se llamarán “Hermanos de las Escuelas Cristianas” y prometerán hacerse cargo de todo el mundo en esas escuelas gratuitas para niños pobres. Decía Monseñor Guibert que: “Sin duda fue el amor el que le llevó a dedicarse a los jóvenes maestros, que estaban como ovejas abandonadas y sin pastor, asumiendo él la responsabilidad de unirlos”. La primera escuela fue abierta en 1679 y la comunidad de maestros la iniciaba en 1682. En julio del año siguiente renunció a la canonjía para dedicarse plenamente a la formación de los maestros obteniendo para ello el consejo y el permiso de su director espiritual, el abad Callou.

Conjunto escultórico del Santo en la galería de los Fundadores. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Debido a las penurias económicas del momento, en el año 1683 renunció a todos sus bienes pero no a favor de las escuelas sino a favor de los pobres de la ciudad y así, entre lágrimas de alegría come de rodillas medio pan que él mismo recibía como limosna al igual que lo hacían “sus hermanos” teniendo la certeza de haber fundado un nuevo Instituto, el de los “Hermanos de las Escuelas Cristianas” y dedicándose a abrir escuelas y hogares de educación para todos los niños y jóvenes que vivían en la calle.

La primera escuela de formación de profesores la fundó en Reims en el año 1684; tres años más tarde creó lo que sería el primer noviciado y en 1688 abrió las primeras escuelas en París. Intentó que el hermano Henri l’Heureux estudiase para ordenarse de sacerdote y dirigiera el nuevo Instituto, pero la muerte de este hermano antes de su ordenación le hizo comprender que posiblemente Dios no quería que en su Instituto hubiera sacerdotes sino solo hermanos laicos. Esto era una novedad entre las congregaciones religiosas, pero él estaba convencido de que ningún hermano podría distraerse de sus obligaciones como maestro, dedicándose a otras tareas como las propiamente sacerdotales y así, determinó que ningún hermano podría tener ninguna responsabilidad sacerdotal. Además, hizo algo nuevo que nadie había hecho antes: las clases se impartirían colectivamente y las lecturas se harían en francés y no en latín a fin de que todo el mundo entendiera lo que se pretendía enseñarle. Esto supuso toda una innovación en el modelo pedagógico de enseñanza en Francia.

Aunque teniendo que sobreponerse a numerosos obstáculos que pusieron a prueba a Juan Bautista, el nuevo Instituto creció rápidamente. Desde el punto de vista legal tuvo una gran batalla con los llamados “maestros calígrafos” y con los “maestros de las pequeñas escuelas de pago”, los cuales se aferraban a los privilegios de sus respectivas corporaciones y le crearon más de un problema judicial, negándosele a veces la justicia en los tribunales civiles. Pero él tenía ya las ideas muy claras y su único objetivo era cumplir la voluntad de Dios acogiendo a los niños de familias pobres dándoles una educación totalmente gratuita.

Cerámica votiva del Santo, obra de Antonio Martínez Adorna (1959), en Cádiz (España).

A nivel eclesiástico también tuvo algunos contratiempos de naturaleza jurídico-canónica; se trataba de armonizar la vida autónoma de una comunidad religiosa con los intereses de algunos sacerdotes, que veían en las escuelas lasalianas un instrumento de educación e instrucción religiosa que ellos estaban obligados a dar a los hijos de los fieles y que en la práctica, no daban. Sagazmente Juan Bautista trataba de solucionar estas relaciones entre su comunidad de laicos que consagraban su vida a Dios a favor de la educación de los niños más pobres, con los intereses de algunos sacerdotes que veían en ello un menoscabo a su autoridad. Era una nueva forma de vida religiosa masculina y esto le provocó algunos importantes encontronazos con algún que otro eclesiástico; él mismo se vio depuesto de su cargo por el cardenal Noailles que lo sustituyó durante algún tiempo por otro sacerdote; su labor no era comprendida por parte de las autoridades religiosas. Pero él jamás se desanimó aunque en más de una ocasión parecía que su trabajo había fracasado.

Las reformas educativas que él introdujo demostraban que sabía lo que tenía entre manos. Los cursos de estudio para las escuelas primarias gratuitas, las escuelas técnicas y los colegios ponían en evidencia su amplísima cultura y cómo conocía perfectamente los problemas educativos de la época. Se adaptaba a las necesidades de cada sitio y daba satisfacción a las demandas educativas de cada localidad. Fue el creador de un sistema de pedagogía psicológica que fue casi literalmente copiado por otros educadores posteriores a él. En sus escuelas, él estableció diecinueve normas prácticas a fin de enseñar con una cierta metodología.

Aunque la escuela primaria fue el principal trabajo de Juan Bautista, organizó en su tiempo la instrucción pública y se dio cuenta de cuales serían los principales problemas y métodos educativos que estaban por llegar, porque al inició del siglo XVIII existía un cierto cansancio sobre la anterior forma de educar, la instrucción llegaba más al pueblo y llegaba con nuevas ideas, aparecían nuevos problemas de índole social y los métodos hasta entonces tradicionales necesitaban un cambio. Había cambiado la política, estaba cambiando la sociedad, había aspiraciones de más libertad en los campos del pensamiento y de la investigación y él, que se dio cuenta de todo esto, creó en el año 1705 el internado de Saint Yon donde inició los nuevos métodos de lo que es la enseñanza secundaria. Su internado se convirtió en un modelo tanto dentro como fuera de Francia. Poco después creó una escuela técnica para las prácticas de los estudiantes y un jardín para prácticas de botánica.

El Santo en su lecho de muerte. Lienzo decimonónico.

Tanto fue el prestigio que fue adquiriendo que con frecuencia recibía peticiones de sacerdotes para que sus hermanos dirigieran sus escuelas; el sin embargo había impuesto que en cada escuela tenía que haber al menos dos hermanos y si no se daban estas circunstancias, rechazaba las peticiones que recibía. Esto le llevó a abrir un seminario para maestros en el cual les enseñaba los principios y las prácticas de sus nuevos métodos de enseñanza.

Cuando el 8 de septiembre del año 1713 el Papa Clemente XI promulgó la bula “Unigenitus Dei Filius”, condenando las posiciones jansenistas de Pasquier Quesnel; Juan Bautista, que estaba de retiro en Parmenie, reunió a los hermanos en Grenoble para explicarles el significado de la bula y no satisfecho con esto publicó varios artículos defendiendo la doctrina de la Iglesia contra el jansenismo. Y para que nadie tuviera dudas de quién era y como pensaba, todos los artículos los firmaba como “sacerdote romano”.

El quería ir a Roma para pedirle al Papa que apoyara y bendijera a su Instituto, pero como no le fue posible hacerlo, envió al hermano Gabriel Drolin. Los últimos años de su vida los pasó en Saint-Yon y allí revisó la regla de su Instituto antes de entregársela al hermano Barthélemy, que fue el primer superior general. En el año 1719, durante la Semana Santa, se sintió mal y el Jueves Santo reunió a los hermanos a fin de darles sus últimos consejos. Sus últimas palabras fueron: “Adoro en todo la voluntad de Dios para conmigo”, muriendo la mañana del Viernes Santo, que era el día 7 de abril. Seis años después de su muerte, el Papa Benedicto XIII aprobaba las reglas del Instituto, el día 26 de febrero de 1725 con la bula “In apostolicae dignitatis solio”.

Firma y urna con las reliquias del Santo, veneradas en Roma (Italia).

Entre sus escritos caben destacar “Conduite des écoles”, publicado en el año 1717; “Les Règles de la bienséance et de la civilité chrétiennes”, en 1695; “Recueil de différents petits traités à Pusage des Frères des Ecoles chrétiennes”, en el año 1711; “Meditations pour tous les dimanches de Panée, avec les Evangiles de tous les dimanches”, en 1710 y algunas otras obras.
Fue beatificado por el Papa León XIII el 19 de febrero de 1888 y canonizado por el mismo Papa el día 24 de mayo del 1900. Se le considera el santo patrono de los enseñantes y su fiesta se celebra el día 15 de mayo.

Antonio Barrero

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