Leyendas Marianas (III)

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Virgen gótica, titular de la iglesia de Santa María la Real, Olite (España).

La pastorcita de Olite (leyenda navarra)
La niña, único fruto de su dichosa unión, era la alegría y la esperanza de aquel honrado y humilde matrimonio de pastores que, allá por los comienzos del siglo XIII, había levantado una pobre cabaña en las laderas de un monte cercano a la ciudad navarra de Olite. Pero un día, cuando la pequeña intentaba dar los primeros pasos, la madre hizo, con dolor, un horrible descubrimiento: la niña no podía andar. Sus piececillos eran débiles y sus piernas se torcían como ramas que no pueden resistir el peso del fruto. La madre lloró desolada y el padre la contempló con espanto. ¡Que iba a ser de ella! La llevaron a los físicos de Pamplona y Tafalla. ¡Todo inútil!

El dictamen fue unánime: la chicuela no tenia cura. ¡No andaría! La inmensa dicha de disponer de su libertad, de ir y venir acá y allá a su albedrío, de moverse, de poder trabajar y ganar el sustento, le era negada… Seria un ser inútil; una invalidad a merced de los padres, mientras vivieran, a merced de alguna persona caritativa, de algún alma buena y compasiva, cuando ellos murieran. De otro modo… ¡a pedir limosna!…

¡Cómo lloro la pobre madre, cuando el físico – un judío converso que sabia mas que Lepe – clavole en el alma el cruel puñal de este desgraciado pronostico! Y volvió a la humilde cabaña, llevando entre los brazos, estrechándola contra su pecho con tal fuerza que hacia llorar a menudo, a la pobre niña. ¡La pobre hija suya no podía conocer las alegrías mas sencillas y puras: la libertad, el trabajo, la santa complacencia de vivir, el amor, la dicha de formar un hogar y perpetuarse sobre la tierra en los hijos y en los hijos de los hijos!…

Creció Isabel, que así se llamaba la niña. Era hermosa como una bendición del cielo, rubia como las espigas en agosto, de ojos dorados que recordaban el ámbar y la miel. Y su carácter, pese a aquella deformidad física que la imposibilitaba hasta para moverse: “Señor, hasta para moverme…” – decía a veces con lágrimas silenciosas – era dulce, sumisa, callada, melancólica, de una humildad celestial, como el de las santas y las mártires. Paciente, tesonera, reconcentrando todas sus actividades y energías e incapacitada de emplearlas de otro modo, había adquirido extraordinaria habilidad manual. Cosía, bordaba primorosamente, tejía cuerdas, pleitas de esparto o paja y construía esteras, cestas de mimbre, banastas, cruces, cajas y mil objetos mas de utilidad o adorno.

Las gentes de los pueblos vecinos, los señores feudales, los artesanos y burgueses acomodados, hacían encargos a la pastorcilla Isabel; los curas y abades de colegiatas y monasterios le encargaban enormes esteras de esparto, bordados y encajes para templos, sacristías y capillas para las casas de “sus reverencias”. Al cabo de algunos años no hubo pueblecito o caserío, ciudad o aldea de los contornos en cuyos hogares no se mostrara algún primor de aguja o de pleita, de mimbre o de caña, fabricado por las manos de oro de Isabel.

Imagen de la Virgen del Cólera, patrona de Olite, Navarra.

Trabajaba siempre febrilmente. Sus ingresos habían permitido a los padres de ella construir una cabaña nueva y mejor y aumentar considerablemente las ovejas y las vacas. De esta forma había asegurado el sustento de la familia la pobre niña inválida. En la cabaña, humilde, pero limpia y amplia, reinaba holgado bienestar. Isabel la alegraba con su juventud de azucena. Olvidaba, enfrascada en el trabajo durante horas y horas, su terrible desgracia. Y los padres habían acabado también por aceptar aquella espantosa fatalidad, como se aceptan las cosas irremediables de la vida.

Pero un día…la pastorcilla Isabel, resignada hasta entonces con su anquilosamiento y su triste destino, sintió una ráfaga de rebeldía. Llegaba la juventud, la juventud amable,adorable, fuerte, coronada de risas; la juventud que ella veía manifestarse en sus amigas, en las compañeras de la infancia, pletóricas de vida, mostrándose en colores sanos, en movimientos llenos de gracia, en agresividad jovial, en carcajadas, en bromas, en cánticos…

La tarde anterior al día memorable hubo en el pueblo de Olite un baile aldeano que convocó a todas las gentes de los alrededores. Isabel fue llevada también. Años atrás, su padre le hizo construir en Tafalla un carro diminuto del cual tiraba un asno enano. Con él, Isabel pudo salir de casa; andar por los caminos, ir a las viviendas de las personas bondadosas que le hacían encargos. Aquella tarde, Isabel, sentada en un gran sillón frailero, presenció la fiesta como había presenciado otras hasta entonces, hundida, inmóvil, entre el grupo de comadres y viejos. Miraba bailar a sus amigas de la infancia, reír con los muchachos, iniciar los primeros coqueteos de mujercitas ante cuyos ojos se abrían a las dulces y tentadoras perspectivas del mundo y de la vida… Y ella estaba allí, clavada, hundida en un sillón, imposibilitada de moverse, desgraciada, inútil.

Sentía clavarse en ella, con piedad sincera, las miradas de las viejas y, sin querer, escuchaba palabras, dichas a media voz, que le herían hasta el fondo del corazón: “¡Pobre hija!…¡Pobre muchacha….¡Tan hermosa, tan buena!” Era verdad. Se había convertido Isabel en una flor radiante de juventud. Su busto recordaba las corolas de esas flores que, al llegar las lluvias de abril, rompen las vulvas del cáliz, orgullosas de mostrar al sol sus maravillosos colores, de embalsamar al aire con sus perfumes; estallaba el pecho de nácar dentro del corpiño, y todo en ella parecía como una santa bendición del cielo. Todo… menos aquella maldita deformidad. ¡Ah, si no fuera por ella!

Virgen románica venerada en Sabaiza, Tafalla (Navarra).

¡Con que amargura lloro Isabel al encontrarse en su lecho blanquísimo! Lloraba en silencio, con una pena honda, honda, salida del mismo corazón. Y al día siguiente fue cuando por primera vez sintió rebelarse la voluntad contra el destino.
¡Madre! – dijo la dulce niña cuando se encontraron a solas en la cocina, con las primeras luces del alba. Quiero decirte algo…
¿Que es, bien mío?
Pues que iré hoy en mi carrito al santuario de las Ánimas. He soñado que la Virgen me curaba.
¿Eso soñaste, hija mía?, pregunto la madre enternecida.
Si, madre. Todos los días ocurren milagros en el país. ¿Por qué no me he de ver yo curada también? ¡La Virgen todo lo puede y si Ella quisiera…!

La pobre mujer lanzó un gran suspiro, besó a su hija y la dejó partir. ¿Para que quitar aquella esperanza a la pobrecilla? Y la buena madre, un poco esperanzada a su vez, se quedó llorando en silencio, musitando oraciones.

Llegó la pastorcilla al santuario de las Ánimas. Estaba situado en lo alto de un pequeño cerro, entre pinares. La vieja que cuidaba la ermita le abrió la puerta y se alejó. Isabel salió del carro; se arrastró sobre el pavimento hasta llegar al pie del altar de la Virgen. En la soledad del pobre templo aldeano, la fe tomaba una expresión honda, suave y esperanzadora. La virgencita, humilde y pequeña, estaba en su modestísimo nicho, sobre un altar bajito, al alcance de la mano. Dos candelabros de bronce sostenían rusticas velas de cera. Por las ventanitas del santuario se colaba un airecillo sutil. Olía a sierra, a pinar.

¡Virgen Santa, Señora mía!, dijo Isabel con fe de corazón. ¡Todos mis deseos son puros, claros, como el agua de la fuente; mis ilusiones, santas; mis esperanzas, dulces y humildes! ¡Cúrame, Madre mía; ponme buena! ¡Quiero tener salud, como todas las muchachas, mis amigas, moverme, correr, saltar, reír, como ellas! ¡No me niegues, Madre buena, lo que tienen los pájaros, los animales todos! ¡Libertad de moverse, de andar, de valerse por si mismos! ¡Tu que ves lo que sufro, Virgen mía, cúrame!

Y entonces ocurrió el milagro: la imagen, de barro tosco, burdamente pintado, se animó, se transformó de pronto. El rostro de la Virgen tomó brillo y expresión de vida; sus ojos lanzaron destellos de mirada misericordiosa, al tiempo que sus labios, hechos ahora de grana, se entreabrían con dulcísima sonrisa. E Isabel oyó una voz melodiosa, como suspiro de viento en la arboleda:
¡Voy a hacerte dichosa hija mía! Ya se que tu eres buena, que tus sentimientos son nobles; tus ilusiones, puras. Conozco tus trabajos, tus esfuerzos, y como has mejorado la posición de tu familia. En esta misma ermita, y para honrarme, has dejado las obras de tus manos: esteras, flores, paños de altar, ropas bordadas… Bien, escucha: Te curarás, si y pronto; pero será por un milagro que tu misma has de hacer y adivinar. Alguien, no te digo quien es, se acercara a ti y te curara…Ten fe y paciencia. Y ahora, vete! La imagen volvió a su inmovilidad. Otra vez se había tornado barro.

Isabel cayó de bruces sobra las losas y gimió:
¡Oh, gracias, Madre mía, gracias, gracias! Y la hermosa pastorcilla, luego de llorar largo rato, de murmurar interminables palabras de gratitud, salió de la ermita y regreso a su cabaña. Iba radiante, transfigurada por la fe. ¡Ah, su alegría! ¡Y la alegría de sus padres!

Vista del retablo barroco del altar mayor, iglesia de Santa María de Tafalla, Navarra.

Convinieron en guardar el secreto, a ruegos de Isabel, hasta verificarse el milagro, del cual nadie dudaba ya en la familia. Pasó tiempo. La pastorcilla quedaba con frecuencia sumida en éxtasis. Esperaba, a cada instante, el milagro: ¡sanar, moverse, andar! Y así una semana, dos…un mes, otro…un año…Isabel, sin dudar, se consumía. Había cumplido catorce años, era como capullo primoroso recién abierto en el rosal bajo la lluvia de mayo.

Cada vez que alguien se acercaba a ella, sonreía con expresión divina, esperanzada, preguntándose interiormente. ¿Será ahora? Hasta que una mañana… Era el mes de las flores; los campos exultaban con el renacer primaveral. Un año hacia del día memorable en el cual la pastorcita, empujada por una llamarada de fe, imploró la salud ante la Virgen de la ermita de las Animas.

Aquella mañana Isabel guardaba el ganado. Desde su carrito, puesto al lado del camino en un hermoso prado, vigilaba las vacas, las ovejas, ayudada por tres grandes mastines. Ladraron los perros y en una revuelta del sendero, apareció alguien, cuya vista hizo a Isabel ruborizarse levemente y lanzar un suave suspiro de su pecho. Era Toñón quien se acercaba. El mas gallardo zagal de la comarca, el mas bueno, sencillote y callado de los muchachos de la aldea. A la vez alegre y modoso, discreto y noble. No mostraba hacia Isabel, como los otros muchachos del contorno, una humillante conmiseración indiferente. Toñón, no. Toñon la miraba con arrobo, con expresión humilde, respetuosa, admirativa.

A menudo le había dicho que era hermosa y que ninguna muchacha del contorno la aventajaba en bondad y cualidades excelentes. Ahora los dos jóvenes, hablaron largamente. Toñón se apoyó en los varales del carrito de Isabel y la charla era tan dulce que los dos muchachos se olvidaron del ganado y del mundo. De pronto Toñón, tras un largo silencio admirativo, cogió una mano de Isabelita, y mirando a la pastorcilla apasionadamente en los ojos, se llevó la mano de azucena a los labios y deposito en ella un beso. Isabel se estremeció. Todo su cuerpo se había erguido, atravesado por un fluido misterioso.

Probó a levantarse y lo hizo con facilidad; miró a sus pies: ¡ya no eran los muñones torcidos de siempre! Se alargaban con graciosa forma normal sobre la estera del carrillo; movía las piernas con agilidad y soltura. Al fin, saltó del carro y corrió alocada y como enloquecida por el prado, moteado de flores silvestres, gritando:
¡Milagro, milagro! ¡Estoy curada, estoy curada!…¡Gracias, gracias, Virgen de las Animas!
El prodigio voló por toda la comarca en alas de la fama. Unos meses después, cuando se celebraba alegremente la vendimia en los campos, se casaron Toñón e Isabelita. Y Toñón le decía en voz queda a la linda muchacha: ¡La Virgen hizo el milagro! Y mi amor fue el que supo descifrar el misterio de tu encantamiento… Y todavía hoy, en la hermosa catedral de Tafalla, puede verse el sepulcro de Toñón y su esposa, la dulcísima Isabel.

Abel

Bibliografía:
“Leyendas Marianas”, de Fray Antonio Corredor ofm. Editorial-Apostolado Mariano

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Leyendas Marianas (II)

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"Virgen Orante", Giovanni Battista Salvi "Il Sassoferrato" (1609-1685). Lienzo de 46x35 cm. Sacristía mayor de la catedral de Pamplona (España)

“Virgen Orante”, Giovanni Battista Salvi “Il Sassoferrato” (1609-1685). Lienzo de 46×35 cm. Sacristía mayor de la catedral de Pamplona (España)

Engaño al demonio
Un militar muy poderoso y rico, a fuerza de imprudentes prodigialidades cayó en la indigencia, el que antes había derramado a manos llenas grandes cantidades de dinero, vióse sumido en la miseria. Este hombre, que estaba casado con una mujer muy poderosa y devota de Santa María, al acercarse una de aquellas festividades en que solía hacer espléndidas limosnas y abundantes donativos, y considerar que su presente situación no le permitía mostrarse generoso y dadivoso como en ocasiones anteriores, lleno de confusión y vergüenza decidió retirarse a un desierto y permanecer en él hasta que pasara la fiesta, lamentando sus antiguas prodigalidades y su actual penuria; de ese modo evitaría que sus convecinos conociesen la angustiosa situación en que se encontraba.

Tal como lo pensó lo hizo, y cuando estaba en su retiro rumiando sus penas, presentóse inesperadamente ante él un sujeto de aspecto imponentemente fiero, montado sobre un caballo, que más que caballo parecía una bestia feroz. El recién llegado, viendo al militar en aquella situación de abatimiento y tristeza, le preguntó: “¿A qué se debe, buen hombre, esa pena que se refleja en tu semblante?”. El militar contó al desconocido visitante punto por punto todas sus desgracias, y cuando dio por terminado el relato de sus desventuras, el recién llegado le dijo: “¡No te preocupes! Yo puedo hacer que inmediatamente recuperes tu anterior posición, e incluso que tengas más riquezas que antes, y lo haré si cumples por tu parte una condición muy fácil: la de seguir de buen grado y al pie de la letra las indicaciones que te hiciere”. “Te prometo de buen grado y fielmente haré cuanto me digas, si como afirmas de ese modo podré recuperar las riquezas que perdí”.

El visitante, que era el príncipe de las tinieblas, dijo al militar: “Vuelve a tu casa, busca en determinado lugar, en él encontraras un cuantoso tesoro de oro, plata y piedras preciosas; todo eso será tuyo, pero para que puedas disfrutar de tan copiosos bienes, es menester que tal día -y le señalo una fecha- lleves a tu mujer a mi presencia”. El militar acepto la proposición, regresó a su casa, buscó en el sitio que el forastero le había indicado,y en efecto, descubrió un tesoro, se apoderó de él, compró palacios, readquirió las fincas y propiedades que anteriormente había empeñado, se hizo de nuevo con multitud de siervos y esclavos, y comenzó a mostrarse tan dadivoso como lo era antes de que se arruinara.

Al acercarse el día convenido con el visitante para que su esposa compareciera ante él, díjole a su mujer: “Tengo que hacer un largo viaje; sube a caballo y acompáñame”. La esposa no se atrevió a negarse; mas como todo aquello resultaba muy extraño, temiendo que se tratara de algo inconveniente, temblando de miedo se encomendó devotamente a Santa María y accedió a acompañar a su marido. Cuando ya habían caminado durante bastante tiempo y se hallaban muy lejos de la población en que vivían, acertaron a pasar por delante de una iglesia. La mujer dijo a su marido que quería entrar un momento en aquel templo para rezar, y obtenida la licencia del esposo, apeóse del caballo y entró en el sagrado recinto; pero no entró el marido, que prefirió quedarse fuera, aguardando.

La esposa se encomendó fervorosamente a Nuestra Señora, y mientras oraba, repentinamente quedóse dormida. En cuanto la mujer se durmió, la Virgen descendió del altar, adoptó la forma, modales, aspecto y ropas que la esposa del militar tenía, y dejando a ésta sumida en profundo sueño, salió del templo a la calle, subió al caballo y dijo: “Ya podemos continuar la marcha”. El militar, creyendo que era realmente su esposa la mujer que se había acomodado en la caballería, subió también a su caballo y reanudó el viaje.

Poco antes de que llegaran al punto en que deberían entrevistarse con el desconocido protector, éste, que había salido a su encuentro, al divisarlos desde lejos se paró en seco, y sin atreverse a dar un paso mas en dirección hacia ellos, comenzó a temblar de miedo, a agitarse desesperadamente y a decir a voces: “¡Traidor! ¡Embustero! ¡Eres el más desleal de los hombres! ¿Por qué me has engañado? ¿Es ése el modo de corresponder a los beneficios que te he hecho? Te puse como condición que tal día como hoy deberías venir a verme acompañado de tu esposa, y tú, en lugar de traer contigo a tu mujer, has traído a la Madre de Dios. Lo convenido entre nosotros fue que la trajeras a ella, no a María. Has desbaratado mis planes. Lo que yo pretendía era vengarme de esa mujer tuya de la que estoy muy quejoso por muy poderosos motivos, y ahora resulta que tú, traidor, faltando a tu palabra, en vez de traerla a ella me has traído a esta otra para que me atormente y me hunda en el infierno”.

El militar, al oír estas diatribas, quedó tan admirado y estupefacto que no fue capaz de pronunciar ni una sola palabra. No contestó nada al demonio, pero sí contestó María, quien dirigiéndose al Maligno le dijo: “¡Espíritu inmundo! ¿Como te atreves a urdir esta trampa y a tender semejante red para hacer caer en sus mallas a mi devota? Esto no quedará impune. Ahora mismo descenderás a lo más profundo de las tinieblas infernales: pero antes escucha lo que te digo: no se te vuelva a ocurrir, de aquí en adelante, poner trampas ni asechanzas ni molestar a las personas que me profesen devoción”. Apenas María dijo esto, el diablo, aullando de dolor, desapareció.

Entonces el militar se arrojó de su caballo y se postró en tierra a los pies de Nuestra Señora, la cual, tras reprenderle severamente por lo que había hecho, le ordenó que fuese inmediatamente a recoger a su esposa, indicándole que la hallaría dormida en la iglesia que había entrado a orar, y que en cuanto llegase a su casa se deshiciese de las riquezas que el demonio le había proporcionado.

Tornó el marido al templo en que su esposa había entrado, hallóla en él dormida, como la Virgen le había dicho, la despertó, le refirió cuanto le había ocurrido; luego juntos regresaron a casa y nada más llegar a ella se desprendió de toda la hacienda que el diablo le había procurado, dedicándose en adelante, en unión de su mujer, a honrar a Nuestra Señora, que correspondió a la devoción que el militar comenzó a profesarle haciéndole nuevamente rico en bienes de fortuna adquiridos legítimamente.

El Monje Pecador

En cierta comunidad había un religioso muy lúbrico pero tiernamente devoto de Santa María. Este monje, cuando quería satisfacer su concupiscencia, solía salir ocultamente del monasterio por la iglesia, mientras los demás dormían. Una noche, al pasar por el templo y por delante del altar de la Virgen para acudir a una cita pecaminosa, hizo a la imagen de la Señora, como siempre, un reverente saludo; salió al exterior, avanzó por el campo, llegó a la orilla de un río y trato de cruzarlo, mas con tan mala fortuna que cayó y se ahogó.

Los demonios al instante se apoderaron de su alma, pero inmediatamente se presentaron ante ellos unos ángeles reclamándola. “Vosotros -dijeron los diablos a los ángeles- no tenéis nada que hacer aquí; el alma de este monje nos pertenece; es nuestra, y jamás nos desprenderemos de ella”.

En esto se presentó Santa María e increpó a los demonios por haberse atrevido a sostener que el alma del religioso ahogado les pertenecía. “Pues claro que nos pertenece y es nuestra” -contestaron los demonios a la Virgen, y añadieron- este monje ha muerto en pleno ejercicio de una obra mala, puesto que se dirigía a perpetar y consumar un pecado de lujuria”. La Virgen replicó: “Lo que decís no es cierto. Yo sé muy bien que siempre que este religioso salía del monasterio pasaba ante mí  y me saludaba, y al regresar a él hacía lo mismo. De todos modos, si no estáis conformes con mi reclamación y pensáis que trato de abusar de mi poder, sometamos el fallo de este caso al juicio del Rey Supremo”. El Sumo Juez, a cuyo tribunal fue llevado el asunto, decidió que el monje tornara a la vida para que pudiera hacer penitencia por sus pecados.

El religioso pecador fallecido era el sacristán de la comunidad, y por consiguiente el encargado de tañer la campana para llamar a coro a los monjes de la casa. Éstos, aquella noche, al advertir que llegaba y hasta muy pasada la hora de tocar a maitines el sacristán se retrasaba en hacer sonar la campana, pensando que se hubiera quedado dormido, fueron a su celda a despertarle, y como no lo hallaron en ella, buscáronle primeramente por el monasterio y por los alrededores del mismo,y después por el campo, y al cabo de mucho buscarlo encontráronlo muerto y flotando sobre las aguas del río.

Rescataron su cadáver, lo llevaron al monasterio, y cuando todos intrigados, preguntábanse entre sí cómo pudo ocurrir tal accidente en semejantes horas y en tan extraño sitio, el difunto repentinamente resucitó y contó a los monjes, sin omitir detalle alguno, todo lo que le había sucedido. El susodicho religioso que milagrosamente resucitó, vivió en adelante muy santamente y algunos años después, piadosa y definitivamente, entregó su alma a Dios.

Bibliografía:

– DE LA VORÁGINE, Santiago, “La Leyenda Dorada”, tomo II. Ed. Alianza Forma, año 2001 (décima reimpresión).

Abel

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Leyendas Marianas (I)

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Visión del monje: la Virgen ampara la Orden del Císter bajo su manto. Abadía de San Isidro de Dueñas, Venta de Baños (Palencia, España).

Iniciamos una serie de artículos destinados a divulgar brevemente algunas leyendas y tradiciones locales relacionadas con la Santísima Virgen María. Es una sección abierta donde animamos a los lectores que quieran a compartir algunos de estos episodios marianos que todos los pueblos cristianos tienen.

I.- La Virgen María y la Orden Cisterciense

(Leyenda renana del monje Cesáreo de Heisterbach)

En un convento de cistercienses vivía un monje, devotísimo de Nuestra Señora. Su pensamiento y su corazón estaban puestos siempre en Ella. Con suma diligencia le servía en todo aquello que, a su parecer, era del agrado de la Virgen. En atención a sus méritos, Dios le otorgó la gracia de ser transportado al cielo algunos años antes de su muerte. Inundado de gozo, saboreaba las delicias de los bienaventurados, que superaban con mucho todo lo que en la tierra podemos decir o pensar. Contemplaba, absorto, la multitud inmensa de los Santos, la diversidad de su gloria dentro de la común felicidad de todos. De repente, un pensamiento le turbó.

Comenzó a mirar inquieto a una y otra parte, y no veía a ningún religioso de su Orden entre los innumerables moradores de aquel lugar de felicidad incomparable. Lleno de ansiedad, cruzó su mirada con la dulce mirada de María. La Virgen leyó en aquellos ojos turbados toda la angustia que oprimía su corazón. Se acercó al piadoso monje, y éste le preguntó nervioso:

-¿Por que razón, celestial señora, no veo entre los bienaventurados a ningún representante de la Orden de los Cistercienses? ¿Acaso no son tus siervos? ¿No se esfuerzan en servirte haciendo cada día lo que a ti te agrada? ¿Por qué, entonces, son excluidos de tu compañía en la gloria? ¿Es que ninguno de ellos ha merecido todavía este premio?

Los interrogantes se agolpaban en la mente y en los labios del monje, que se hallaba totalmente desconcertado. La Virgen, conmovida por la turbación de aquel devoto suyo, le respondió:

-No te inquietes, hijo. Los monjes cistercienses son tan queridos para mí por la devoción que me profesan y el amor con que me sirven, que quiero tenerlos siempre muy cerca de mi corazón y no separarme nunca de ellos; por eso los llevo a mi lado, amparados en mi manto.

Y alzando sus manos desplegó la regia capa con que envolvía su cuerpo y allí apareció una multitud de cistercienses: sacerdotes, hermanos conversos y monjas, dando muestras de un gozo, una alegría y una satisfacción desusada en nuestra tierra. Con esta inesperada visión, el monje se alegró sobremanera y, como por encanto, se disiparon todas sus angustias y temores.

En aquel instante su alma volvió al cuerpo y se despertó de aquel prolongado letargo, en que anticipadamente se le había permitido contemplar la gloria del cielo. Lo primero que hizo, al recomenzar su vida ordinaria, fue narrar punto por punto a su padre abad todo lo que había visto y oído mas allá de las fronteras de la muerte. El abad, a su vez, contó lo sucedido en la reunión capitular que tuvo poco después con los restantes abades de la Orden. Todoa se alegraron mucho al escuchar las palabras de la Virgen y tener noticias de la suerte que aguardaba a los cistercienses al término de esta vida. Y a todos ellos les animó a esmerarse más cada día en el servicio a la Virgen y a enardecerse otro tanto en el amor a la celestial Señora.

II.- El Ángelus

(Leyenda bretona)

Cuando la campana mayor de San Gervasio anunció el Ángelus a los habitantes de Auray, como de costumbre todos se descubrieron y doblaron la rodilla para rezar la oración bendita.

-¿Y por qué hoy el sacristán ha tocado la campana gruesa?- pregunto Ivonita a su anciano abuelo.

-Te lo voy a contar, respondió este.

Era Thurias un pobre hombre, que desde mucho tiempo tenia su corazón consumido por la tristeza. Los azules habían matado a sus dos hijos en una casita de la calle de Faves, y de pena, sus cabellos se volvieron blancos en la misma noche de su desgracia. ¡Oh, sí, verdaderamente era muy desgraciado Thurias! Tan desgraciado, que el diablo, un viernes, le hizo ir a Gumenen para ahorcarse. Cuando ya tenía la cuerda al cuello y el pobre Thurias iba a apretar el nudo, sonó el Angelus en la parroquia de San Gervasio.

-Al oír la campana saludaré primero a Nuestra Señora -dijo Thurias-y luego me ahorcaré.

Y arrodillado, santiguóse muy devotamente y rezó la oración de Ángelus. Ningún día de su vida había faltado a esta devoción. Era de Auray.

Es de creer que la Virgen misma a cada Ave María aflojaría la cuerda, porque cuando Thurias, al fin, quiso ahorcarse, caída de su cuello, estaba en tierra. Thurias lloró mucho tiempo, y su alma quedó salva, porque la Virgen le había protegido.

Al morir, quiso Thurias que, los viernes, la campana gruesa de Auray tocase el Ángelus, y en este día, el diablo, mientras dura el tiempo de oración, se ve precisado a ponerse de rodillas en el camino de Gumenen, y no puede tentar en el alma de ninguno de aquellos que oyen el Ángelus el viernes.

III.- Caridad recompensada

Cuenta Mons. Dorousseau, obispo de Tournai, en Bélgica, que un compañero suyo de la infancia, en Hall, donde existe un santuario de la Santísima Virgen, siendo niño aún, se cayó a un río. La niñera perdióle pronto de vista. Pero un hombre que pasaba por allí, viendo al pequeño en el agua, se arrojó al río y lo salvó. El niño, incapaz de dar el nombre de sus padres, indicó a medias palabras la dirección de la casa en que vivía, y pudo ser entregado a su madre.

Ofrecieron dinero al generoso salvador, pero éste lo rehusó. Le pidieron que al menos recibiese, como recuerdo, la medalla que el niño tenía al cuello y dijese todos los días: “Nuestra Señora de Hall, ruega por nosotros”. El hombre, haciendo un gesto de desprecio, añadió:

-No tengo fe en estas cosas.

Iba ya a retirarse, cuando la madre del niño insistió:

-No puede usted marcharse sin llevar un regalo del pequeño. Tome, tome esta medalla.

-En fin -repuso-; este niño me interesa, ya que le he dado de nuevo la vida. Esto no me va a hacer ningún mal; así, ¿qué tengo que decir?

-¡Nuestra Señora de Hall, ruega por nosotros!

-¡Está bien, aceptado!

Y se retiró sin que nadie volviera a saber de él. El niño se llamaba Hubert. Más tarde, entró en la Orden de los Premonstratenses e hizo sus estudios teológicos. Al acercarse su ordenación sacerdotal, sintió vehementes deseos de hacerse misionero. Esta idea era una verdadera obsesión. Pero la Orden Premonstratense no tenía en aquel tiempo misiones en parte alguna. Los superiores juzgaron sus deseos una mera tentación. Recibió la ordenación sacerdotal.

En una ocasión, ya sacerdote, cayó gravemente enfermo de cierta molestia misteriosa, que los médicos no acertaban a diagnosticar. Uno de ellos aventuró cierto día su parecer:

-Tal vez un clima muy caliente podrá salvar al enfermo.

Los superiores quedaron perplejos, sin saber a dónde enviar al paciente. Providencialmente recibió el padre superior por aquellos días una carta. Venia de la colonia de Cabo, en el África del Sur, y decía entre otras cosas:

-¿No podría usted enviarnos alguno de sus padres? Estoy solo, en un gran hospital.

El doliente mejoró de forma que pudo emprender el viaje y partió; le guiaba la providencia, la economía milagrosa de la gracia de la Santísima Virgen. En el hospital de la misión mejoró aún con mayor rapidez.

Un día la enfermera envió a llamarle con toda urgencia.

-Padre, un viajero ha sido recogido en el camino, va a morir. Habla una lengua desconocida. Parece que blasfema…

El padre Hubert corrió a la cabecera del enfermo. Sin embargo, su presencia irritó más al doliente. Todos los recursos que quiso poner en práctica resultaron estériles. Para no ocasionar mayores blasfemias, el padre Hubert iba a retirarse con el corazón angustiado. Al dirigir su última mirada al moribundo, vio que una cosa relucía en su pecho. Volvió sobre sus pasos y le dijo al enfermo:

-Amigo mío: tenéis una medalla de María, señal de que la amáis. Estáis salvado…

El enfermo, algo más tranquilo, dijo:

-Esta medalla tiene una historia. Es el recuerdo de un niño a quien salvé yo en un río. Por causa de esta medalla, todos los días digo estas palabras:“Nuestra Señora de Hall, ruega por nosotros”. Pero ¿por que lloráis?

-Aquel niño soy yo -repuso el sacerdote- Mi madre me contó cien veces esa historia y la Santísima Virgen me ha traído al África, misionero de una sola alma, para salvar a mi salvador…

El holandés también comenzó a llorar, la gracia se había apoderado de su alma, y, arrepentido, recibió el perdón sacramental. El padre Hubert, completamente restablecido, regresó a Bélgica, dos veces salvado en el cuerpo por aquel cuya alma había salvado prodigiosamente la Santísima Virgen.

Fuente: CORREDOR, Fray Antonio, “Leyendas Marianas”, Ed. Apostolado Mariano.

Abel

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