Santa Luisa de Marillac, cofundadora de las Hijas de la Caridad

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Detalle del rostro de la Santa en un retrato.

Detalle del rostro de la Santa en un retrato.

Era hija natural de Luís de Marillac, señor de Ferrières-in-Brie y de Villiers-Adam, asesor del Parlamento, el cual, gracias a su belleza física, a la nobleza de su familia – su padre era Guillermo II de Marillac, muy cercano al rey Luís XIII – y a sus dotes intelectuales, había conseguido un puesto preeminente en la alta sociedad parisina. Sin embargo, su familia, debido a las irregularidades de su vida mundana, lo tenía relegado y sin asignación económica. Luís se había casado en el año 1588 con Marta de la Rosière, que murió sin darle descendencia, cuando aun Luisa no había nacido, luego la niña era hija de madre desconocida ya que su padre estaba viudo cuando ella nació el día 12 de agosto del año 1591. A fin de evitar un escándalo, la familia le asignó una pensión económica. Posteriormente, su padre se casó en segundas nupcias, el 15 de enero de 1595, con Antonieta Le Camus, tía del obispo de Belley, que era viuda y que tenía cuatro hijos de su anterior marido, el señor Thiboust. La pequeña Luisa tenía entonces cuatro años de edad, aunque no se sabe como pasó Luisa esos cuatro primeros años de su vida, antes de que entrara en la casa de su madrastra.

Cuando fue algo mayor la pusieron bajo la protección de las dominicas del Real Monasterio de Saint-Louis, en Poissy, donde hasta los trece años de edad, fue educada como una niña noble, pero carente de todo tipo de afecto familiar. Entre las religiosa estaba una prima de su padre, tía de la niña, que le enseñó a leer, escribir y pintar y que le facilitó una sólida formación humanística. Probablemente, durante ese tiempo que permaneció bajo la tutela del monasterio, Luisa conoció la espiritualidad de Santa Catalina de Siena, que se trasluce en sus posteriores escritos espirituales.

Su padre y su tía murieron en el año 1604 y como consecuencia de las limitaciones financieras en las que se encontró su familia, fue sacada del monasterio, viéndose obligada a interrumpir sus estudios y confiada por su tutor y tío Miguel, como una “señorita pobre”, a una institutriz de Paris, que era muy hábil y muy virtuosa. Hay quienes afirman que era su propia madre, que le enseñó a coser, a bordar y a pintar, junto con otras niñas que también estaban bajo su cuidado. Allí estuvo hasta el año 1613 y, aunque pudo experimentar en carne propia lo que era pasar necesidades materiales, aprendió a llevar para adelante las tareas de una casa, disfrutando a la vez de un ambiente afectivo y piadoso.

"Louise de Marillac". Firma de la Santa.

“Louise de Marillac”. Firma de la Santa.

Tenía ya unos quince años de edad y comprendiendo cuales eran sus orígenes, estuvo a punto de caer en un grave complejo de inferioridad. Como frecuentaba el convento de las capuchinas de San Honorato de Faubourg, se vio atraída hacia la vida contemplativa; quería huir del mundo y hacerse religiosa en dicho monasterio, pero en 1612, fray Honorato de Champigny, que era el provincial de los capuchinos, estimando que Luisa no tenía la suficiente salud física como para llevar la rigurosa vida de las capuchinas, la convenció diciéndole que “el Señor tenía otros designios para ella” y, pensando que una Marillac siempre sería un buen partido, la orientó hacia el matrimonio.

Su tío, Miguel de Marillac, que formó parte activa en la fundación del Carmelo reformado en Francia y que asistía regularmente el círculo de Madame Acarie, en ese ambiente, conoció a quién poco después sería el provincial de los capuchinos que aconsejó a Luisa que se casara, luego muy probablemente su tío paterno participó de manera activa en esta propuesta realizada a Luisa, influyendo también un familiar, que era obispo de Belley, bajo cuya dirección espiritual ella se puso y así, el 5 de febrero del 1613, Luisa se casó en la iglesia de San Gervasio con Antonio Le Gras, de la noble familia de los Montferrand. En octubre siguiente, dio a luz prematuramente a su hijo Miguel y aunque se consagró a su familia, en su interior seguía anhelando cumplir sus deseos de entregarse al servicio de Dios.

Pero la felicidad duró poco en la familia, pues en el año 1622, su esposo contrajo una enfermedad crónica, que lo retuvo durante mucho tiempo en la cama. Ella interpretó aquello como un castigo de Dios por no haberse dedicado completamente a Él, como le había prometido cuando era más joven y este pensamiento le hizo pasar por una gran depresión, tanto física como espiritualmente. Pero, sin embargo, el día de Pentecostés del año siguiente, mientras estaba en oración en la iglesia de San Nicolás des Camps, su mente se iluminó y sus dudas se desvanecieron en un instante. Ella escribe: “En la fiesta de Pentecostés, durante la Santa Misa, cuando yo estaba haciendo oración, mi mente se vio repentinamente liberada de toda duda; debía permanecer con mi esposo porque ya llegaría el momento en el que estaría en disposición de hacer los votos de pobreza, castidad y obediencia, viviendo en una comunidad con otras hermanas que harían lo mismo que yo”.

Relieve neoclásico en la iglesia de San Carlo al Corso, Milán (Italia).

Relieve neoclásico en la iglesia de San Carlo al Corso, Milán (Italia).

A principios de 1625, Luisa conoció al padre Vicente de Paul, que había organizado a las Damas de la Caridad, que predicaba unas misiones en algunas parroquias cercanas a la familia Gondi y que, con la ayuda de unos sacerdotes, había creado la Congregación de la Misión (los Padres Paules o Lazaristas). Atacado por la tuberculosis, su esposo falleció el 21 de diciembre de ese mismo año, dejando a Luisa y a su hijo en una precaria situación económica. Ella, sin embargo, se sintió liberada porque finalmente podría cumplir el que consideraba como objetivo de su vida, llegando a escribir cuales serían sus normas de actuación en el mundo.

San Vicente de Paul se convirtió en su director espiritual y poco a poco, mediante cartas y reuniones personales, le ayudó a encauzar su piedad personal y su solicitud materna hacia los demás. El 5 de febrero de 1630, después de haber visitado Asnières, quiso celebrar su aniversario de bodas asistiendo a Misa. Al recibir la comunión, sintió la experiencia de sus desposorios místicos con Cristo tal y cual ella misma nos lo relata: “Sentí que Nuestro Señor me hacía pensar que le recibiera como el esposo de mi alma”. No tuvo que pasar mucho tiempo para que ella compartiera con los demás aquella experiencia y así, catorce días más tarde, San Vicente que regresaba de una misión en Suresnes, le envió a Margarita Nassau, una pastorcita de aquella aldea a fin de que la enseñase a leer para que posteriormente se dedicara a educar a la juventud de su zona y a servir a los pobres. En 1632, durante la realización de un retiro espiritual, comprendió que definitivamente había llegado el momento de lanzarse al mundo para ayudar a los pobres y, sintiéndose preparada para realizar esta labor, se lo hizo saber a San Vicente.

El 24 de febrero de 1633, mientras curaba a los enfermos de peste, Margarita Nassau murió dejando detrás a otros paisanos que continuaron con su trabajo. En aquellos tiempos, la asistencia caritativa a los pobres estaba completamente desorganizada y las Damas de la Caridad, que muchos años antes había fundado San Vicente, aunque les proporcionaban cuidados y recursos económicos, estos eran totalmente insuficientes. Luisa comprendió que había que poner un cierto orden porque las Damas de la Caridad, aunque tenían dinero para ayudar, no disponían de tiempo o no estaban capacitadas para vivir una vida de entrega total a los pobres y así, el 29 de noviembre, de acuerdo con San Vicente, Luisa reunió bajo un mismo techo, en su casa, a las cuatro jóvenes que tenían más energías o estaban mejor capacitadas, a fin de prepararlas para que se ocuparan de los pobres y enfermos, llevando al mismo tiempo una profunda vida espiritual. Así se iniciaba la Compañía de las Hijas de la Caridad, cuyo lema sería: “Amar a los pobres y honrarlos como honrarían al propio Cristo”.

La Santa, con las Hijas de la Caridad, atendiendo a los pobres. Detalle de un lienzo decimonónico.

La Santa, con las Hijas de la Caridad, atendiendo a los pobres. Detalle de un lienzo decimonónico.

Luisa y las cuatro primeras hermanas hicieron voto de ofrecerse completamente al servicio de Cristo en las personas de los pobres. Colaborando estrechamente, Santa Luisa y San Vicente, con esta nueva fundación intentaron responder a las llamadas de los pobres de su época, ofreciendo educación a los niños abandonados, socorriendo en los campos de batalla a las víctimas de la Guerra de los Treinta Años, atendiendo a los enfermos tanto en sus domicilios como en los hospitales, sirviendo a los discapacitados mentales, educando a las niñas, participando en la creación del hospicio del Santo Nombre de Jesús y del hospital general de Paris.

Pero aunque muy brevemente acabo de describir algunas de las muchas actividades que llevaron a cabo, no todos fueron facilidades. Desde 1644 al 1649 hubo grandes disturbios en Francia que provocaron violencia, carencia de alimentos, enfermedades y todo tipo de calamidades que, inevitablemente, siempre recaían sobre los más pobres, por lo que Luisa y Vicente se vieron forzados a enviar a sus hijas a todos los frentes: iban de aldea en aldea socorriendo y animando a la gente y eso ya de por si era no solo una novedad, sino que ocasionaba múltiples molestias ya que hasta entonces, las religiosas siempre habían permanecido dentro de los monasterios. Las Hijas de la Caridad tenían como monasterio las casas de los enfermos, su capilla era la iglesia parroquial, su claustro eran las calles de las ciudades y pueblos y por clausura, la obediencia a sus superiores.

Ellas mismas atravesaron momentos de crisis internas, pues algunas hermanas, al comprobar que se les exigía demasiado, abandonaron la Compañía o se relajaron en la vida de oración, por lo cual, algunos de los proyectos fracasaron. A ello se juntaba la preocupación por su hijo, cuyo futuro era incierto, ya que aunque había ingresado en un seminario, al poco tiempo se salió del mismo. Ella pensaba que había fracasado en su educación y volvió a sentir un profundo sentimiento de culpabilidad, pero con la ayuda de San Vicente y con el casamiento de su hijo el 18 de enero de 1650 y el nacimiento de su nieta Luisa Renata, volvió a ella la calma.

Vidriera de la Santa, sosteniendo un bebé abandonado. Catedral de Lima, Perú.

Vidriera de la Santa, sosteniendo un bebé abandonado. Catedral de Lima, Perú.

Al conocerse la labor que realizaban en Paris, fueron invitadas para que se hicieran cargo de la organización del hospital de Angers. Luisa fue con tres hermanas a aquella ciudad y negoció con las autoridades civiles y médicas locales las condiciones de trabajo y de colaboración mutua a fin de hacer más eficaz dicha gestión. Aunque padeciendo muchas dificultades, debido a la eficacia de su labor asistencial, muy poco tiempo después, las Hijas de la Caridad estaban presentes en más de treinta localidades francesas e incluso desde el 1652, en Polonia.

Aunque Santa Luisa y San Vicente tenían diferentes personalidades, durante treinta y cinco años estuvieron trabajando juntos, apreciándose mutuamente y pasando por algunos momentos de tensión entre ambos, pero poco a poco naciendo entre ellos una profunda amistad, respetando cada uno el carácter del otro y poniendo todas sus energías al servicio de la obra en la que estaban empeñados. Como consecuencia del duro trabajo, su salud se fue debilitando y rodeada de sus hermanas y de su familia, con sesenta y nueve años de edad, murió el 15 de marzo del año 1660, seis meses antes de la muerte de San Vicente. Ya el mismo San Vicente, en el año 1647, o sea, trece años antes de su muerte, había dicho de ella: “Yo, desde hace diez años la considero como naturalmente muerta, porque al verla podría decirse que acaba de salir de la tumba, ya que su cuerpo es muy débil y su rostro muy pálido, pero su voluntad es muy fuerte”. Su última recomendación a sus religiosas fue: “Prestad mucho cuidado al servicio de los pobres”. Fue sepultada en la iglesia de San Lorenzo en Paris, aunque actualmente sus reliquias se veneran al lado izquierdo del altar mayor en la capilla de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad en París.

Los componentes fundamentales de la espiritualidad de Santa Luisa de Marillac fueron las mismas que animaron la vida de San Vicente de Paul. Había leído y asimilado la obra maestra del cardenal francés Pedro Bérulle, que llevando una vida muy ascética se había consagrado a la conversión de los protestantes. Esta obra a la que he hecho referencia es: “Discours de l’etat et des grandeurs de Jesús”. Entre sus libros más queridos sobre lectura espiritual estaba también la “Introducción a la vida devota de San Francisco”. Con su vida y sus actividades fue realmente un apóstol junto a San Vicente. En su vida espiritual se pueden considerar como cuatro etapas:

– En Pentecostés del 1623, el Señor la libera del complejo juvenil que tenía debido a su origen. Le hace comprender que debe atender a su marido en la enfermedad y que eso le servirá como un precioso ejercicio de caridad; ya vendrá el momento en el que se podrá dedicar en exclusiva al servicio de los pobres.
– En el año 1629, San Vicente la introdujo con decisión en el apostolado de la caridad y en esta actividad, Luisa se encuentra a sí misma y encuentra la paz.
– En el año 1634 pronuncia sus votos temporales y un año más tarde, los votos perpetuos, lo que hacen que ya sea plenamente una religiosa que da dado definitivamente su adiós al mundo. Las preocupaciones por su hijo que tanto la habían turbado, quedan definitivamente resueltas.
– Finalmente, después de 1643, mientras sus obras y las de sus hijas prosperaban y atraían cada vez más la atención de los parisinos, su alma se va despojando de lo que es su vida humana y terrena, uniéndose místicamente a Dios.

Vista de la urna con la figura de cera que guarda sus reliquias. Casa Madre de las Hijas de la Caridad, París (Francia).

Vista de la urna con la figura de cera que guarda sus reliquias. Casa Madre de las Hijas de la Caridad, París (Francia).

Aunque se atribuye a San Vicente de Paul la frase de que: “Ninguna Hija de la Caridad será jamás canonizada”, dando a entender que la santidad tenía que ser más una vivencia interior que no tenía por qué traslucirse externamente, la realidad fue que en el año 1886 se inició el proceso diocesano para la beatificación de Luisa. Treinta y cuatro años más tarde, Luisa fue beatificada por el Papa Benedicto XV, el día 9 de mayo del año 1920 y canonizada por el Papa Pío XI, el 11 de marzo del 1934.

El Papa San Juan XXIII, el 10 de febrero del año 1960, la declaró patrona de todas las obras y de los asistentes sociales. Su festividad se celebra en el día de hoy, 15 de marzo.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es