Santa Marcela, la mártir de Quíos

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Icono ortodoxo griego de la Santa.

Pregunta: Ana María, me ha “tocado” la reseña de Santa Marcela, mártir de Quíos, la desconocía por completo. Si pudieras contarme algo más de ella, te lo agradecería. España.

Respuesta: Será un placer hablar un poco de ella, puesto que es una mártir muy poco conocida y ni siquiera viene reseñada en los principales martirologios y sinaxarios, ni tan sólo los Bolandistas hacen mención de ella. Esto se debe a que su culto no traspasa las fronteras de la isla griega de Quíos, donde nació y murió, pero en ésta su culto es muy destacado y actualmente ha llegado a ser un poco más conocida por la difusión de su vida por las comunidades ortodoxas en la red.

La vida de Santa Marcela la conocemos a través de un relato piadoso que, sin embargo, no arroja luz sobre la época en que pudo haber vivido. Existen dos teorías, la primera la ubica en la Antigüedad, en torno al siglo IV o V de nuestra era, aludiendo al ateísmo del padre y al hecho de que el nombre de Marcela, que alude al dios Marte, es latino y no griego. La otra teoría, y también la más probable, la ubica en torno al siglo XV de nuestra era, entre otras cosas, por la presencia de detalles referentes a un culto ortodoxo ya plenamente desarrollado en el relato, y por la obviedad de que no existen, antes de este siglo, ningún tipo de referencias o alusiones a esta Santa en ninguna parte.

Situamos por tanto, a Marcela, en el siglo XV y en la isla de Quíos, concretamente, en un pueblo costero llamado Volissos. Sus padres se hallaban entre los más ricos de la zona y practicaban la fe cristiana ortodoxa, especialmente la madre, que era muy devota de la Virgen María.  Cuando sus padres contrajeron matrimonio, la esposa oró ante un icono de María para suplicarle que les diera un hijo, y al poco tiempo nació Marcela, lo que fue motivo de alegría para ambos. Aunque la madre, como decíamos, era muy devota y cumplía con los ritos y la asistencia a la iglesia, inculcando estas prácticas a la niña, el padre era bastante cínico respecto a las cuestiones de la fe. Tuvo que ser la madre quien instruyó a la niña, le inculcó un tierno amor a la Virgen y un deseo de imitarla en su pureza.

A los doce años, Marcela perdió a su madre, que fue muy llorada en el pueblo, pues se había distinguido por sus obras de caridad. Marcela, tras ser enviada temporalmente junto a su tía, fue devuelta a su padre, iniciándose una etapa muy difícil para la niña. El padre jamás quería rezar con ella y la puso al frente de la casa, encargándole todas las gestiones. Ella se ocupó eficientemente de todas las tareas domésticas y también de trabajar en las propiedades de la finca, pero cuando se recogía a rezar frente a los iconos su padre la reñía y quería impedírselo. Así, en un tira y afloja, estuvo hasta cumplir los dieciséis años, cuando reprochó a su padre que hubiese dejado de asistir a la iglesia y de rezar. Él se burló de ella y le dijo que la fe era cosa de mujeres estúpidas, y que no volviese a molestarle con semejantes estupideces. Ella, compungida, se resignó a esta realidad.

Icono ortodoxo griego de la Santa.

A los veinte años, Marcela se había convertido en una espléndida mujer, agraciada en forma y en belleza. Recordando siempre las enseñanzas de su madre, se mostraba respetuosa, piadosa, y guardaba intacta su virginidad. Evitaba la compañía de muchachas menos reservadas que ella y de chicos que podían causarle problemas y comprometerla. Resuelta a convertirse en una digna esposa de Cristo, ayunaba, oraba y asistía a los pobres. Su eterna sonrisa y su bondad cautivaban a los aldeanos, quienes se decían que era una digna hija de su madre. Su triste estado de huérfana ya no la apesadumbraba y se sentía feliz sirviendo a Dios y al prójimo, pero su felicidad iba a durar muy poco.

Su padre, amargado por la soledad, empezó a comportarse todavía peor con ella. Le gritaba constantemente y le prohibía salir a pasear al jardín o hablar con los vecinos. La molestaba constantemente y le impedía hacer sus obras de caridad. Este comportamiento lo fue alternando con otro totalmente distinto, dirigiéndole dulces palabras, queriendo tenerla siempre cerca, acariciándole el cabello y mirándole a los ojos. Aunque al principio Marcela no se podía explicar su incoherente comportamiento, pronto cayó en la cuenta de que su propio padre se sentía atraído por ella y que los sentimientos que le demostraba no eran los de un padre cariñoso, sino los de un marido celoso. Cuando las insinuaciones pasaron a ser propuestas abiertas que hubiesen desembocado en un incesto entre padre e hija, Marcela, horrorizada, le evitaba a todas horas. Los vecinos, sospechando que algo feo se estaba gestando en aquella casa, les retiraron el saludo.

Algo debió ocurrir para que un día, sin más, Marcela huyera precipitadamente del hogar. Es probable que el desalmado padre intentase violarla. El caso es que ella, que sólo había soñado en emular a la Virgen en pureza y en belleza, al verse requerida sexualmente por su propio padre, no dudó en abandonar la casa, sin tener adónde ir, ni a quién pedir ayuda.

En un primer momento la chica huyó a la montaña y hasta allí la siguió el padre, gritando que si no volvía la haría pedazos. Pero pronto la perdió entre los árboles. Marcela pasó la noche en el monte, escondida y rezando, hasta que la encontró una pastorcilla de nombre Marouso, quien le dio de comer y la ocultó en la cabaña que usaba para vigilar el ganado.

Días después, notando la ausencia de Marcela, los vecinos, preocupados, requerían al padre de la chica, quien respondía con sarcasmo que la loca de su hija se había ido para convertirse en Santa. Furioso de lo que él entendió como un desafío, se armó con un cuchillo, un arco y unas flechas, y salió de nuevo al monte, dispuesto a cazar a su hija como se caza a un animal. Al principio se topó con Marouso, quien, voluntariosa, trató de despistarlo y entretenerlo para dar a Marcela la ocasión de huir; pero sus buenas intenciones fueron inútiles.

Icono ortodoxo griego que representa el martirio de la Santa.

El padre alcanzó a la hija, quien se hallaba oculta entre unos arbustos, y como no alcanzaba a capturarla, les prendió fuego para hacerla huir. En cuanto la vio salir le disparó una flecha y la hirió en el muslo, pero ella, tras levantarse, volvió a salir corriendo como pudo, decidida a no dejarse capturar por él. A partir de aquel momento, aquel hombre inhumano sólo tuvo que seguir el rastro de sangre de su hija hasta la costa, para poder alcanzarla.

El martirio de Marcela se consumó sobre unas rocas frente al mar. Ella, viéndose atrapada, juntó las manos en oración para pedir el auxilio de la Virgen y, según dice la leyenda, las rocas se abrieron y la tragaron hasta la cintura, quedándose pillada e inmóvil entre ellas. Llegó el padre y, tirándole del cabello, de los brazos, del cuello, trataba de sacarla para llevársela, pero no podía moverla. Viendo que no había manera de sacarla de allí, e ignorando el llanto y los gritos de su hija, que le suplicaba se apiadase de ella, sacó el cuchillo y, desgarrándole el vestido, le cortó un pecho y después el otro; arrojándolos sobre las rocas. No contento con ello, la decapitó con el mismo cuchillo, y asiendo la cabeza cortada por los cabellos, la tiró rodando sobre las rocas, hasta el mar. Rocas y agua quedaron tintas en la sangre de Marcela.

La tradición dice que la cabeza de la mártir fue flotando hasta la playa de Komi, pero que durante muchos años nadie pudo encontrarla. Fue un barco italiano el que, atraído por una brillante luz que provenía de esta zona, vieron la cabeza incorrupta flotar suavemente sobre las olas, rodeada de velas flotantes encendidas. La tomaron con toda reverencia y la devolvieron a Volissos.

Otra tradición dice que una fuente de agua saltó de las rocas en el momento en que se consumaba el martirio, mezclándose con la sangre derramada. Desde entonces, se repite un fenómeno curioso cada año, en el cual las aguas de esa zona quedan tintas de rojo. Aunque tiene explicación científica –se debe a unas arenas rojizas del fondo que se remueven por las corrientes- los fieles lo llaman “la sangre de Santa Marcela”. También se ha constatado que esta agua hierve y se calienta cada año por la fiesta de la Santa –el 22 de julio- durante el servicio de la Paráclisis, y se dice que no ocurre si no está presente un sacerdote que pueda bendecir el fenómeno.

Sepulcro de la Santa en el lugar de su martirio. Costa de Volissos, Quíos (Grecia).

Dicho esto, me da la impresión de que este artículo es más el relato de un bonito cuento que un estudio sobre una santa mártir, pero, por raro que parezca, no es que se sepa mucho más de ella. En la iconografía, como podemos ver, aparece con los típicos atributos de mártir ortodoxo (la cruz, el pergamino con la Sagrada Escritura) y la roca de la que brota su sangre, también en el momento en que, atrapada en la roca, es masacrada por su padre.

Pienso personalmente que la mártir es real y que existió, pues sus reliquias se veneran de hecho en la isla y se siguen haciendo ritos en el lugar de su martirio, pero es probable que la historia del padre y el intento de incesto esté aureolada de leyenda, o como mucho, algunos detalles estén exagerados. En todo caso, el autor que narra la historia de la Santa le dio un bellísimo tono poético y vale la pena conocerla, al menos, para tomar conciencia de que no todos los Santos con culto tienen que estar reseñados por las aparentemente exhaustivas recopilaciones a las que solemos acudir.

“Apolytikon” de Santa Marcela:
Rosa de piedad, hija de Quíos, te honramos con cánticos.
Santa Marcela, que fuiste decapitada por tu padre: danos fuerza y sálvanos del peligro, a nosotros que lloramos contigo.
Gloria a Él que te dio fuerza, Gloria a Él que te coronó.
Gloria a Él que, a través de ti, obra maravillas en los enfermos, sanándolos.

Meldelen

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