Santa Margaret Clitherow, la Perla de York (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Grabado de la Santa con su ejecución donde aparece, curiosamente, con su nombre de soltera (Margaret Middleton). Grabado de Jan Baptiste Barbé (c.1595-1690). British Museum of London, Reino Unido.

Juicio y condena
El 14 de marzo de 1586 Margaret fue llevada ante el jurado de York, en medio de gran expectación y agitación popular, pues era una mujer muy conocida en la ciudad. Allí, se la acusó formalmente de haber “albergado a jesuitas y seminaristas, traidores a Su Majestad la Reina y a sus leyes; y de haber oído misa”. Ante la pregunta de si se consideraba culpable de semejante acusación, ella replicó: “No veo ofensa alguna por la que deba considerarme culpable”. Se le recordó que los jesuitas y los sacerdotes eran enemigos de la Reina, y que ella los había alojado. Margaret insistió: “Nunca he tratado con traidores ni con enemigos de Su Majestad. Dios no lo permita”. Y cuando le preguntaron cómo le gustaría ser juzgada, ella sorprendió a todos diciendo: “No habiendo cometido ofensa alguna, no necesito ser juzgada”. Y viendo la expectación que causaban sus palabras, añadió: “Si creéis que he cometido alguna ofensa y que debo ser juzgada, sólo Dios me juzgará, y vuestras propias conciencias”.

El asunto era grave, pues se negaba a declarar y también a ser juzgada. Eso la abocaba a una muerte peor que los que aceptaban declarar y ser juzgados. Se le advirtió el peligro que corría. Trajeron ante ella los cálices, estolas y ornamentos litúrgicos y quisieron forzarla a que admitiese que los adoraba como a una divinidad, lo que no consiguieron de ella. Luego quisieron amedrentarla diciendo que estaba avergonzando a su marido, lo que tampoco lograron. Incluso llegaron a decirle que no era por la fe, sino por lujuria, que ella recibía a sacerdotes en casa. También fue en vano, pues todos sabían lo virtuosa que era. De nuevo le recordaron que se exponía a una terrible muerte si no declaraba. Ella sonrió y dijo: “Hágase la voluntad de Dios; creo que podré sufrir cualquier muerte por esta causa tan justa”.

En ese momento empezaron a pensar que estaba loca. Su actitud tranquila y serena resultaba incongruente, pues todos sabían lo que le esperaba si persistía en no declarar: peine forte et dure (castigo duro y severo), esto es, ser aplastada hasta la muerte [1]. No les cabía en la cabeza que alguien prefiriese morir así a ser ahorcado, por lo que algunos empezaron a difundir el rumor de que estaba poseía por un diablo sonriente, mientras que otros decían que estaba llena del Espíritu Santo.
En realidad, Margaret sabía que, hiciese lo que hiciese, iba a morir. Lo único que la salvaría era abjurar de su fe católica, lo que no pensaba hacer de ninguna manera. Si declaraba, sería ahorcada, una muerte rápida y limpia comparada con el aplastamiento. Pero declarar y ser juzgada supondría ver a sus hijos ser llevados ante el tribunal y obligados a declarar en contra de ella; y además, cargaría al jurado con la responsabilidad de su muerte. Tampoco estaba dispuesta a asumir esto. Y por tanto, puesto que iba a morir, prefería morir con la conciencia tranquila de no implicar a sus hijos y al jurado; aun cuando fuese una muerte horrible, lenta y dolorosa. Tomó esta terrible decisión con una calma y una alegría increíble y la mantuvo hasta el final.

Martirio de la Santa. Grabado de Richard Verstegan para el libro "Theatrum crudelitatum" (Escenario de crueldades). Pitts Theology Library, Emory University, Atlanta (EEUU).

El juicio duró varios días. Se intentó una y otra vez que aceptase ser juzgada, pero ella siguió encomendándose a Dios y a sus conciencias. Incluso un pastor puritano, el reverendo Wiggington, la visitaba en la cárcel para hablar con ella y hasta salió en su defensa más de una vez en el tribunal. Finalmente, molestos por su terquedad, le recitaron la terrible sentencia: puesto que se negaba a declarar y a ser juzgada por el jurado, moriría aplastada. Se le describió cómo iba a ser ejecutada -entraremos en detalles más adelante- y, viendo el horror de la sentencia, ella dijo: “Si este juicio es según vuestras conciencias, ruego a Dios que sea más compasivo cuando comparezca ante Él. Doy gracias a Dios de todo corazón”. Con eso les reprendía su crueldad. Le pidieron, una vez más, que tuviese compasión de su esposo y de sus hijos, y que no perdiera la vida tan estúpidamente. Ella alzó los ojos y exclamó sin dejar de sonreír: “Gracias sean dadas a Dios, sea bienvenido todo lo que Él me envía; en verdad no merezco una muerte tan buena como ésta: merezco morir por todas las ofensas hechas a Dios, mas no por ninguna de vuestras acusaciones”. De inmediato le ataron las manos como si fuese una malhechora y la llevaron de vuelta a prisión. Ella iba regocijándose al ver que era tratada así, y se rumoreaba que estaba loca o poseída, pues entregaba su vida fácilmente y no mostraba el menor pesar por ello. Sin embargo, como ya decía, no fueron pocos los que también pensaban que el Espíritu Santo estaba con ella.

Esperando la muerte
Lo único que disgustó a Margaret de la sentencia que le fue leída, fue que iba a ser ejecutada desnuda en público. Molesta y avergonzada, empezó a tejer ella misma una camisa de lino con la intención de llevarla en su ejecución, de modo que nadie la viese desnuda. Incluso añadió unas cuerdas sueltas a las mangas para que las usasen para atarla. Mientras ella se dedicaba a este quehacer en su celda con toda tranquilidad, una gran actividad se desencadenó a su alrededor, tanto por parte de sus amigos como de sus enemigos.

Martirio de la Santa. Ilustración contemporánea.

Sus amigos se lanzaron con desespero a salvarla. Por ello, pensaron en dos estrategias. La primera fue apelar directamente a la reina [2]. Por desgracia, Londres quedaba muy lejos y el Consejo aceleró la ejecución de Margaret. La otra estrategia fue interponer el presunto embarazo de Margaret ante el Consejo. Al parecer, hacía un tiempo ella les había comentado que creía que estaba de nuevo embarazada. Si esto se confirmaba, en modo alguno podían ejecutarla hasta que hubiese dado a luz, pues la nueva vida era inocente. Eso les hubiese dado tiempo a apelar a la reina. Por desgracia, esto tampoco funcionó: Margaret se negó a afirmar o desmentir su embarazo, y aunque las cuatro comadronas enviadas a examinarla confirmaron que, efectivamente, parecía estar encinta, uno de los jueces, Rhodes, presionó tanto para que esto no se tuviese en cuenta que al final, el recurso fue desestimado. En resumen: muy probablemente Margaret estaba embarazada cuando la ejecutaron.

Sus enemigos tampoco la dejaban tranquila. A todas horas era visitada por pastores y ministros protestantes para que desistiese de su empeño. Le decían que no era una mártir, sino una suicida, y que su muerte era estúpida y sin sentido. No pudieron con ella, ni siquiera cuando pretendían conmoverla hablándole de su marido y sus hijos. Ella estaba luchando por ellos, de modo que esos argumentos no podían hacerle mella. Tan sólo el reverendo Wiggington mostró respeto y afecto por ella en sus conversaciones en prisión, y aunque al final tuvo que retirarse, rendido, se llevó consigo un elogio de la mártir, que insinuó que quizá ambos no estuviesen tan lejos el uno del otro en cuanto a materia de fe [3]. Muchas otras cosas se le dijeron para que se viniese abajo, algunas muy crueles: que era una madre desnaturalizada, sin amor por sus hijos; que era una mala esposa y deshonraba a su marido; que había pecado con los sacerdotes que alojaba, una y otra vez… todo fue inútil. Margaret no cedió.

Finalmente, sus amigos perdieron la esperanza de salvarla cuando John Clitherow fue súbitamente liberado y enviado fuera de la ciudad. Era obvio que lo hacían para que no estuviese presente cuando ejecutaran a su mujer. Al conocer la sentencia, él había sido presa de la desesperación. Arrancándose los cabellos, llorando y gritando, sangrando incluso por la nariz, decía: “¡Ay de mí! ¿Van a matar a mi mujer? ¡Que se lleven todo lo que es mío, si quieren, pero que se salve, porque es la mejor esposa de toda Inglaterra, y la mejor de todas las católicas!” Este elogio dice mucho de él, a pesar de que se le haya juzgado con dureza por su naturaleza de acomodaticio, y por haber permanecido protestante toda la vida, pese al ejemplo de fortaleza católica del resto de su familia.

La Santa con sus zapatos, que envió a su hija antes de morir. Ilustración contemporánea.

En los últimos días de su vida, Margaret sintió la debilidad del cuerpo. Todo en ella la impelía a seguir viviendo: era joven, hermosa, sana y estaba llena de vida y de alegría. Pero había tomado su decisión y sabía que debía morir. Por ello, combatió sus deseos naturales con el ayuno: su comida en prisión consistía en unas lentejas, pan de centeno y un poco de cerveza, que sólo tomaba una vez al día y en muy poca cantidad. Y cuando acudieron a decirle que en dos días iba a morir, ya no tomó absolutamente nada. Se preparó para la muerte.
Queriendo conocer todos los detalles de la ejecución, pidió que le dejaran ver el sitio donde iba a morir, pero no se lo concedieron. Entonces le entró una angustia tan grande que dijo a su compañera de celda, la señora Yoward [4] -fiel protestante que había sido seleccionada para convencerla de su “estupidez” y con la que que, sin embargo, acabó trabando amistad- que el cuerpo le temblaba con sólo pensar en morir, aunque su espíritu se alegraba. Y tras hincarse de rodillas y rezar fervientemente, la paz volvió a ella y quedó serena.
Pidió que la dejaran ver a su familia para despedirse, pero no se le concedió. Sólo le permitieron enviarles algo a modo de despedida: así que envió su tocado -especie de sombrerito con el que las mujeres casadas inglesas se recogían el pelo, y que aparece en casi todas sus representaciones- a su marido, en señal de amor y fidelidad; sus zapatos y medias a su hija Anne, para animarla a seguir sus pasos [5]; y se quedó únicamente con la camisa de lino preparada por ella, habiéndose desprendido de todo lo demás.

La noche del jueves 24 de marzo, día anterior a su muerte, Margaret sintió angustia de nuevo. Echaba de menos a su familia, incluso a sus sirvientes. Le hubiese gustado tener a alguien conocido con ella, como le dijo a la señora Yoward, “no por miedo a la muerte, que es mi consuelo, sino porque la carne es débil”. Su compañera de celda le hizo compañía un rato pero acabó durmiéndose y Margaret sufrió un auténtico Gethsemaní. Se quitó sus ropas y, vistiendo la camisa de su ejecución, se arrodilló descalza en el frío suelo y permaneció durante horas así, rezando. Luego se tumbó sobre las piedras de la chimenea de la celda, seguramente, para ir acostumbrando a su cuerpo al dolor. No llegó a dormir mucho y a las seis de la mañana estaba ya lista y vestida, esperando a sus ejecutores. Le dijo a su compañera que estaba ya tranquila, que no tenía miedo, pero le hubiese gustado tener a algún amigo rezando por ella mientras moría. Entonces la señora Yoward tuvo la idea de sobornar a los ejecutores para que le diesen muerte rápido, con tal de acortar su sufrimiento. Pero Margaret no quiso ni oír hablar de ello.

Otro grabado del martirio de la Santa. Fuente: Bettman/CORBIS.

Peine forte et dure
A las ocho vinieron a buscarla y ella les siguió, tranquila. Tan sólo llevaba un camisón, que mostraba las piernas desnudas, y se había atado la cabellera castaña con las cuerdas que ella misma había fabricado. Mucha gente se abarrotó para verla pasar, y los sheriffs, de pronto considerados con ella, la dejaron dar limosna a la gente para que rezaran por su alma, como era costumbre.
Así fue desde la prisión de Ousebridge hasta el Toll Booth, donde iba a ser ejecutada. Los cuatro verdugos que se hubieran encargado de hacerlo sentían tanto asco por aquella forma de ejecución, que habían contratado a cuatro mendigos para que lo hiciesen por ellos (!!).

Los miembros del Consejo y algunos ministros protestantes que estaban allí quisieron que rezara con ellos, a lo que ella se negó con firmeza. Luego la instaron a rezar por la reina, pero ella empezó rezando por la Iglesia Católica, por el Papa y por todos los reyes y príncipes católicos. La interrumpieron diciéndole que no pusiese a la reina con semejante compañía, pero ella siguió diciendo: “… y especialmente por Elizabeth, reina de Inglaterra, para que Dios la convierta a la fe católica, de modo que después de esta vida mortal obtenga la felicidad del cielo. Pues deseo tanto bien a su alma como a la mía propia”. Entonces quisieron que admitiera en público que moría por traidora. Fue la única vez que se permitió alzar la voz, pues protestó: “¡No, no, no! ¡Muero por mi Señor Jesucristo!”.
Entonces le mandaron que se desnudara. Ella cayó de rodillas y suplicó que le permitieran ser ejecutada vestida, pero no se lo concedieron. Se tuvo que conformar con ser desnudada por unas mujeres mientras los hombres se daban la vuelta. Ni siquiera le permitieron vestir la camisa que había preparado. Se tuvo que tumbar desnuda en el suelo y se colocó encima dicha camisa, a modo de cobertor. Le taparon la cara con un pañuelo y le pusieron bajo la espalda una piedra dura y afilada, del tamaño del puño de un hombre. Luego, le colocaron una enorme puerta encima, tapándola por completo. Tenía las manos unidas en oración, pero le obligaron a sacarlas y ataron sus manos y pies a cuatro estacas, estirándola e inmovilizándola en forma de cruz.

Otro detalle del martirio de la Santa en una vidriera de la iglesia del Sagrado Corazón de Middlesbrough, Reino Unido.

Ni siquiera entonces la dejaron tranquila. Quisieron de nuevo que pidiese perdón a la reina y que rezase por ella. Margaret se negó: no había hecho nada para ofender a la reina y ya había rezado. Entonces, los cuatro mendigos empezaron a amontonar pesos encima de la puerta que la cubría, unos 700 u 800 kilos de peso. Ella, al sentir que la aplastaban, gritó: “¡Jesús, Jesús, ten misericordia de mí!” Luego ya no la oyeron más, aparte del espantoso crujido de los pesos, que hundieron la caja torácica, partiendo las costillas; en fin, que la trituraron viva. Tardó quince minutos en morir.
Todos permanecieron a su alrededor en silencio, observando el charco de sangre que se extendía bajo el cuerpo aplastado de Margaret. La dejaron allí desde las nueve de la mañana, momento de la ejecución, hasta las tres del mediodía. Era el 25 de marzo de 1586 y tenía 33 años de edad.

Corona de martirio
El cuerpo de la mártir fue enterrado de noche, en un muladar inmundo, esperando que nadie lo recuperase. Pero a las seis semanas, un grupo de católicos lo localizó. Era ya mayo y aprovecharon una noche tormentosa para desenterrarla sin peligro. Para su sorpresa, hallaron el cuerpo de Margaret totalmente incorrupto, aunque horriblemente destrozado por el aplastamiento. Entonces, uno de ellos se ofreció a llevarlo, y tras seis días en que el cuerpo siguió fresco y flexible, lo enterró dignamente en un lugar secreto, desconocido hasta hoy.
Sin embargo, con los traslados una mano se desprendió y fue separada del cuerpo. Esta mano es todavía conservada hoy en el Bar Convent de York, donde se aprecia su incorrupción. La gestualidad de los dedos de Margaret, contraídos y crispados, nos da fe del terrible dolor y angustia que debió sentir al morir.

Margaret Clitherow, llamada “la Perla de York”, fue canonizada por el papa Beato Pablo VI en 1970, formando parte del grupo de los 40 Mártires de Inglaterra y Gales, que son, como ella, católicos martirizados por causa de la Reforma protestante. Actualmente, estos mártires son conmemorados el 25 de octubre, pero antes de que se trasladase su conmemoración conjunta este día, a la entonces Beata Margaret Clitherow se la celebraba el 26 de marzo.

Detalle de la mano incorrupta de la Santa que se venera en el Bar Convent de York, Reino Unido.

“Me acusáis falsamente… ni muero en vano ni me procuro yo misma la muerte de buen grado, pues no soy culpable de los crímenes de los que me acusáis, y aun condenada a muerte, no puedo sino alegrarme, porque mi lucha es la causa de Dios… en cuanto a mi marido, sabed que le he amado en este mundo después de Dios, y que he cuidado de mis hijos como una madre debe hacer: creo haber cumplido mi deber de educarlos en el temor de Dios, de modo que ahora quedo liberada de ellos. Y por ello, antes prefiero tomar lo que Dios me envíe que renunciar a una pizca de mi fe. La muerte es terrible, y la carne es débil, pero espero, con la ayuda de Dios, derramar mi sangre por esta fe con tanta buena disposición como puse mis pechos en las bocas de mis hijos, así como tampoco deseo que se aplace más mi muerte… doy testimonio de que muero por la fe católica, la misma en la que fui bautizada”.

Meldelen

Bibliografía:

– MONRO, Margaret T; St. Margaret Clitherow (c.1553.1586), the Pearl of York. Wife, mother, martyr for the Catholic Faith under Queen Elizabeth I, Ed. Tan Books and Publishers Inc, Illinois, 2003.


[1] Esta forma de ejecución era específica para aquellos que se negaban a declarar y ser juzgados. En principio era un método de tormento, el prisionero podía estar varios días sufriendo aplastamiento mientras era alimentado con pan rancio y agua pútrida. En cierto momento, dejó de ser una forma de tortura para convertirse en pena capital.
[2] Aun cuando Elizabeth I fuese protestante, no era descabellado recurrir a ella. Ejecutar mujeres era algo todavía extremadamente impopular. Tenían la esperanza de mover el corazón de la reina a compasión; y en efecto, aunque no llegaron a tiempo para Margaret Clitherow, los años venideros demostrarían que la monarca inglesa perdonó la vida a varias mujeres católicas acusadas, conmutando las penas de muerte por prisión.
[3] Se comprenderá que este elogio, venido de una católica hacia un protestante en tiempos de la Reforma, es totalmente insólito. Si además tenemos en cuenta que dicha católica es una mártir de la fe, el elogio se vuelve todavía más extraordinario.
[4] El testimonio de la señora Yoward, su compañera de celda en los últimos días, fue inestimable para completar el vacío que consecuentemente deja el padre Mush en su relato, pues estaba ausente cuando todo esto ocurrió.
[5] Verdaderamente, Anne Clitherow fue una digna hija de su madre. No sólo se resistió a todas las presiones y maltratos a que la sometieron para que abjurase de la fe católica, sino que sufrió con fortaleza la prisión y el abandono siendo todavía niña, hasta que pudo escapar a los Países Bajos, donde profesó como religiosa.

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Santa Margaret Clitherow, la Perla de York (I)

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Grabado de la Santa. La cita latina corresponde el Oficio Menor de la Beata Virgen María.

En 1586, en tiempos de la reina Elizabeth I (1558-1603) una mujer inglesa llamada Margaret Clitherow, esposa de un carnicero de York, fue ejecutada de un modo cruel e inhumano a causa de su fe. La razón principal: había alojado sacerdotes católicos en su hogar, donde se celebraba con frecuencia la Santa Misa, en una época en que esto iba contra la ley. En resumen, una mártir católica en un reino protestante.

Contexto histórico y fuentes
La fuente por las que conocemos la vida de esta mártir se remiten prácticamente a su confesor y director espiritual, el padre John Mush, quien nos dejó el relato escrito de su vida y martirio. Sin embargo, cabe considerar que en el momento del arresto, juicio y ejecución de Margaret él no estuvo presente, pues tuvo que huir y esconderse para salvar la vida. Aún así, los detalles que conciernen a estos momentos cruciales los obtuvo preguntando a testigos visuales de los hechos, y tuvo la sensatez de reproducirlos sin adornarlos ni modificarlos. Por tanto, este texto, titulado en inglés original A True Report of the Life and Martyrdom of Mrs. Margaret Clitherow (“Informe verídico de la vida y martirio de la señora Margaret Clitherow”) tiene gran validez y autenticidad para conocer con detalle los pormenores de la vida y martirio de la Santa. Hay una copia, la más difundida, que se extrajo del original, escrito tan sólo unos tres meses después del martirio. Otra copia se haya actualmente depositada en el Bar Convent de York, y es en la que nos basaremos, aunque no difieren sustancialmente una de otra.

Hay datos de la vida de Margaret que no están claros. Lo que sí se sabe con certeza es que contrajo matrimonio el 1 de julio de 1571 y murió el 25 de marzo de 1586, fiesta de la Anunciación según el Old Style y Viernes Santo según el New Style [1]. Para el padre Mush fue más que significativo que el martirio de la Santa coincidiese con la conmemoración de la Encarnación y la Pasión de Cristo, y así lo hace notar en sus escritos. Sin embargo, no es del todo exacto cuando dice que Margaret tenía “unos 30 años de edad”, pues no hubiese sido usual que contrajese matrimonio con sólo 15 años. Parece más sensato establecer que tendría unos 18, por lo que habría nacido en torno a 1553 (ca.) durante el reinado de María Tudor, tendría unos 5 años cuando la reina Elizabeth ascendió al trono; y por tanto, unos treinta y tres años de edad en el momento del martirio.

Para entender el contexto histórico en el que esta mujer entregó su vida por su fe; cabe decir que en el momento en que Elizabeth es coronada, Inglaterra aún era católica y muchos querían serlo todavía, pero no estaban muy dispuestos a sacrificarse tanto por la fe. Así, la Reforma avanzó de la mano de lord William Cecil, primer ministro de la reina; y aunque ésta fue lenta, también fue segura, de modo que pronto muchos se dieron cuenta de que si querían conservarse católicos, deberían luchar y sufrir por ello. Es así como aparece el fenómeno de los recusants, es decir, los católicos ingleses que se negaban a asistir al servicio litúrgico protestante. Penas muy severas fueron impuestas contra ellos, incluyendo la prisión y la muerte. Margaret fue una de ellos.

Vidriera de la Santa en una iglesia de Ely (Gran Bretaña) donde aparece representada con sus tres hijos.

Ama de casa, esposa y madre
Pero hablemos ya de ella. Se cree que nació, como decía, en 1533, y fue hija de Thomas y Jane Middleton, ciudadanos de York, y hermana de Thomas, Robert y Alice. Fue criada y educada en la fe protestante; y si bien no tuvo ocasión de aprender a leer ni escribir, fue ampliamente formada en las labores del hogar, ámbito entonces mucho más valorado que ahora, pues incluía una docena de tareas: horneamiento de pan, elaboración de cerveza, supervisión de tejedores, sastres y todo el que acudiera a trabajar a su casa, dirección del negocio de su marido en su ausencia… en todo esto, ella destacó. Trabajaba duro y exigía lo mismo a quienes la rodeaban.
En 1564 su padre fue nombrado sheriff -gobernador civil- de York y alcanzó una gran posición, pero en 1567 falleció, cuando Margaret tenía catorce años. Entonces, a los cuatro meses, Jane Middleton volvió a casarse con un hombre llamado Henry Maye, quien con el respaldo de una esposa tan influyente, llegó a alcalde de la ciudad. Intuimos que, contrariamente a lo que pudiese pensarse, Margaret sintió gran afecto por su padastro, pues a uno de sus hijos le puso su nombre: Henry.

En 1571, el mismo año en que Roma excomulgaba oficialmente a la reina Elizabeth, Margaret contrajo matrimonio. Tenía aproximadamente 18 años de edad, como ya hemos dicho. De su aspecto físico, sólo sabemos que era bonita, con una espesa melena de color castaño y la piel clara. Sabemos más de su personalidad: su vivacidad y gracejo, que ella usaba para ocultar las profundidades de su personalidad. Su rica dote y sus vastas habilidades como ama de casa la hacían un partido muy atractivo, y así, Jane Maye casó a su hija con John Clitherow, un rico carnicero viudo de York.
Es importante que hablemos un poco del esposo para comprender a la esposa. Él era protestante, de hecho, el único de sus tres hermanos que lo era. Pero como protestante, era bastante acomodaticio: asistía con regularidad al oficio protestante y así se mostraba de puertas para afuera, mientras que en su interior, seguía sintiendo simpatía por la fe católica. Esto es, para los católicos era un “cismático”, para los protestantes, un “papista”. No acababa de estar ni con unos ni con otros, aunque siempre se declaró protestante y murió como tal. Su esposa, sin embargo, se convirtió al catolicismo y defendió esta conversión hasta la muerte. No se sabe muy bien cómo se originó esta conversión; quizá fue influencia de sus cuñados, que sí eran católicos; quizá, el pertenecer a una generación que no recordaba una Inglaterra católica; quizá, en fin, el consuelo y esplendor que proporcionaba el culto católico. Lo importante es que para ella esa conversión lo fue todo y antepuso a ella todo: su marido, sus hijos, su propia vida.

Tuvo tres hijos: Henry, que tenía catorce años en el momento del martirio de su madre; Anne, que tenía doce, y William, que tenía nueve o diez. Probablemente estaba embarazada del cuarto hijo cuando la ejecutaron, pero eso lo trataremos más adelante. Los educó muy estrictamente en el sacrificio personal, pero con gran afecto, lo que se deduce por la gran fortaleza y ánimo que estos niños demostrarían tras la muerte de su madre: ninguno de ellos logró ser convertido a la fe protestante pese a las presiones y maltratos que les inflingieron. Los dos varones llegaron a sacerdotes y Anne profesó como religiosa. Eso dice todo de la influencia de la mártir sobre sus hijos. “Todas sus acciones, nos cuenta John Mush, las templaba con su tranquilidad interior, y con una alegría discreta y honesta, y conteniendo su leve sonrisa: de lengua ágil, pero de palabras modestas, corteses y lentas; rápida en el despacho de sus asuntos pero complaciente cuando se trataba de servir a Dios, procurando esto para los demás… así pues, en todas sus acciones ella servía a Dios con alegría y contento, sin preocuparse ni agobiarse”. Recordemos que Mush era su confesor y por tanto, la conocía personalmente.

Pintura contemporánea de la Santa. Iglesia de los Mártires Ingleses en York, Gran Bretaña.

En lo que se refiere a las tareas del hogar, también era muy estricta, especialmente con los sirvientes, pero ella daba ejemplo trabajando tan duro como ellos y por tanto, se encontraba en posición de exigirles lo mismo. En una ocasión, Mush la reprendió por ser tan severa con los criados que desatendían sus tareas, pues temía que, si los tenía descontentos, la delataran como católica a las autoridades. A esto Margaret replicó: “Dios no permita que, a causa de mi libertad cristiana de servirle, desatienda yo mis deberes para con mis criados, o deje de corregirles como merecen. Dios disponga todo como le plazca: yo no seré culpada por sus faltas, ni temeré peligro alguno por esta buena causa”. Esta frase, aparte de su valentía, nos demuestra otro rasgo muy característico de su personalidad: su terror de permitir o fomentar el pecado en los demás.

Personalidad y espiritualidad
Aunque algo estricta y quizá, imprudente en algunos aspectos -no ocultaba a sus hijos la presencia de sacerdotes y ornamentos litúrgicos, así como la celebración de la Misa, en su casa-; tenía la mente clara, el corazón cálido y una fuerte voluntad. Su escuela de santidad fue la prisión, donde estuvo muchas veces a causa de su constante negativa a asistir al oficio protestante. Era una época de celdas sucias, malolientes, infestadas de parásitos; donde se sufría hacinamiento y hambre, y por si fuera poco, cada prisionero debía pagar su manutención, pues el que no lo hacía moría de inanición. En este tipo de ambiente Margaret estuvo prisionera no pocas veces, una de ellas embarazada, pero para ella estas estancias eran una prueba de perfeccionamiento. En prisión ella aprendió a leer en inglés y el Oficio de Nuestra Señora en latín, pues tenía la secreta esperanza de, cuando sus hijos ya fuesen mayores y su esposo ya no la necesitara, poder entrar en un convento.

En casa, su vida personal no era menos estricta. Se las arreglaba para que sus constantes tareas domésticas no interfirieran en su vida espiritual. Le gustaba empezar el día oyendo misa. Si esto no era posible porque su casa estaba vigilada [2] y, en consecuencia, el sacerdote no podía acudir, se levantaba temprano para permanecer una o dos horas en oración. Al haber aprendido a leer en prisión, tenía consigo una copia en inglés del Nuevo Testamento -conseguido por contrabando desde Reims (Francia)- así como la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis.
Observaba estrictamente todos los ayunos prescritos por la Iglesia, tenía una rigurosa obediencia con su director espiritual, y los viernes se disciplinaba. Para ella, el sufrimiento por Cristo era un privilegio, de ahí que tomara sus estancias en prisión como un regalo divino, así como consideraría posteriormente su juicio y su terrible martirio.

La Santa junto al Beato John Henry Newmann. Vidriera en la iglesia "recusant" de Harvingotn Hall, Reino Unido.

Además, era una gran peregrina. La Reforma había cerrado y desmantelado los tradicionales santuarios de Inglaterra, pero sin saberlo, el Gobierno estaba propiciando que empezaran a ser venerados los lugares de ejecución de los mártires. A las afueras de York estaban las horcas de Knavesmire, donde los cadáveres de los recusants ajusticiados colgaban de la soga durante días. Para Margaret, aquel lugar era tierra sagrada, por lo que ella acudía, acompañada de algunos amigos, por la noche y descalza, a rezar junto al patíbulo. Y se quedaba tan absorta en oración contemplando aquel lugar de muerte que tenía que ser apartada a rastras cuando empezaba a clarear el día y había peligro de ser descubiertos.

Pero su pasión definitiva era la Santa Misa. Como hemos dicho, albergaba a sacerdotes en su casa y tenía una cámara destinada a la celebración de la Eucaristía, donde también se guardaban los ornamentos litúrgicos necesarios. “Su mayor deseo, nos dice Mush, era poder arrodillarse donde siempre pudiese contemplar el Santísimo Sacramento, y a menudo escogía para ella el lugar junto a la puerta, detrás de todo, en el asiento más incómodo y apartado”. Le gustaba comulgar dos veces por semana, lo que era mucho para la época, y al hacerlo lloraba tiernamente; y tras ello permanecía media hora absorta, tras lo cual, el resto del día lo pasaba alegre y serena.

Era muy querida por sus vecinos, tanto, que hasta los que eran protestantes no querían denunciarla pese a que sabían lo que hacía. Pero también había quien la criticaba y ella, curiosamente, prefería la compañía de éstos antes que de los que siempre hablaban maravillas de ella.
Su marido le tenía mucho cariño y ella a él, tanto, que para ella siempre fue muy doloroso afrontar su único fracaso en la vida: fue totalmente incapaz de convertirlo a la fe católica. John Clitherow era buena persona y un buen esposo también; no hacía como otros maridos protestantes, que racaneaban el dinero que daban a sus esposas católicas, e incluso las denunciaban ante las autoridades. Tenía respeto por ella y aunque la sabía católica, parece que no sabía, o no quería saber, lo que ocurría bajo su techo. Sin embargo, una vez que estaba con unos amigos protestantes se le ocurrió hacer una insinuación obscena sobre mujeres católicas que escondían a curas en su casa; y Margaret, creyendo que se refería a ella, rompió a llorar desconsoladamente. Y es que no faltaban rumores desagradables sobre lo que hacía aquella mujer joven y hermosa con los sacerdotes que refugiaba en su hogar. Su marido, sin embargo, se arrepintió enseguida y quiso consolarla diciendo que nunca se le habría ocurrido referirse a ella; y sus vecinos y amigos protestantes, que la sabían virtuosa y casta, le aseguraron lo mismo. Pero ella siguió llorando durante mucho tiempo, pues lo que lloraba era su único desconsuelo: el tener que afrontar la cruda realidad de que, pese a su esforzado ejemplo, era incapaz de convertir a su marido; y de que, pese al testimonio brillante de tantos mártires ingleses, Inglaterra era y sería protestante por siempre.

La Santa con sus hijos Henry y Anne en el cuarto donde se celebraba la misa. Detalle de una vidriera en la iglesia de Haxby, York (Gran Bretaña).

Arresto
En aquel tiempo, el Consejo del Norte vigilaba estrechamente a Margaret. Era éste un cuerpo especial destinado a hacer cumplir la política real en el norte del país. Por lo tanto, llegada la Reforma, sería la mano ejecutora destinada a hacer cumplir la ley o castigar su no observancia con total ausencia de misericordia o escrúpulos. Tenían espíritu de perseguidores: su presidente, el conde de Huntingdon, era uno de los hombres más odiados del norte; así como otros miembros que Mush recuerda: Meares, Cheek, y sobretodo, Hurleston.
Éste último tenía especial interés en Margaret. Él la llamaba “la única mujer de las regiones del norte”, refiriéndose que no sólo era la principal resistente a la ley de la Reforma, sino que además su ejemplo animaba a otras mujeres a desobedecer también. Durante años la estuvo vigilando, atento a cualquier evidencia de su traición, pero Margaret fue tan hábil manejando sus asuntos que lo único que pudieron probar contra ella fue su persistente negativa de asistir a la iglesia protestante, por lo que la multaban y encarcelaban continuamente, para luego soltarla. Es decir, que de antemano el Consejo ya tenía decidido que esta mujer debía morir: sólo esperaban el momento oportuno, hallar la prueba que la inculpase definitivamente.

Y ésta llegó cuando Margaret cometió la imprudencia de enviar a su hijo mayor, Henry, a estudiar al extranjero. Esto era ilegal, arriesgado y ella lo sabía, pero no quería para nada que su hijo se educase con protestantes, de buen grado se arriesgó a ponerlo en manos católicas. Cuando el Consejo reclamó la presencia de su esposo para justificar este acto, ella supo que aquello era el principio del fin.
Mientras su marido comparecía ante el Consejo, los sheriffs de York acudieron a registrar la casa. Margaret aún se las ingenió para hacer salir rápidamente al sacerdote y al tutor católico que hospedaba en su hogar antes de que llegara la policía; de modo que se encontraron tan sólo a un puñado de niños, sirvientes y ella misma. Pero no contaba con que uno de los niños, que era nuevo, fuera amenazado y presionado hasta que, asustado, cedió y delató a Margaret. Él mismo enseñó a la policía dónde se escondían los ornamentos litúrgicos, los panes eucarísticos y dónde se celebraba misa. Ahí estaba la prueba que tanto había ansiado encontrar el Concilio.
De inmediato se procedió a su arresto y el de los sirvientes, que fueron encarcelados por separado. Anne y William fueron entregados a familias protestantes: Margaret jamás volvería a ver a sus hijos.

A pesar de todo, cuando compareció ante el Consejo, dejó a todo el mundo atónito, pues se presentó sonriente, alegre y encantadora. Esto molestó a los miembros del mismo, que tras retenerla hasta las siete, la envió a prisión. Más tarde, su marido fue enviado también, pero no les permitieron reunirse. Tras dos días de confinamiento, llegó a su celda una amiga suya, la católica Anne Tesh, acusada de oír misa en casa de Margaret. Encontró a ésta tan alegre como siempre, y pese a las incomodidades de la celda, estaban tan contentas que al rato Margaret decía, riendo: “Hermana, estamos tan bien aquí las dos juntas que temo, a menos que nos separen, perder el mérito de nuestro encarcelamiento”. Poco después se le permitió tener una breve conversación con su marido, supervisada por el carcelero, y después de esto ya nunca volvieron a verse.

Estatua de bronce de la Santa. Santuario de Bar Convent en York, Gran Bretaña.

El Consejo, entretanto, preparaba su perdición. Buscando mayores testimonios que los del chico extranjero, dio inicio a una auténtica guerra de nervios, buscando rumores acerca de la culpabilidad de Margaret. Así, difundieron que ella había sido arrestada por alojar sacerdotes en su hogar, uno de los cuales estaba prisionero desde antes que ella fuese arrestada (!!) y el otro, el padre Mush, estaba desaparecido. Cuando estos rumores llegaron a Margaret y además se le dijo que ello se penaba con la horca, ella rió y dijo: “¡Ojalá tuviese algo mejor con qué recompensar tan buenas noticias! Toma, coge este higo, ya que no tengo nada mejor que daros”. Contrariamente a lo que esperaban, ella no se acobardó, sino que se llenó de alegría ante la perspectiva de sufrir el martirio. Por eso, poco antes de ser llevada a los tribunales, viendo que mucha gente la estaba observando a través de los barrotes de la celda, comentó a su compañera Anne: “Antes de irme, creo que haré felices a mis hermanos y hermanas del otro lado” y girándose hacia ellos, imitó la figura de la horca con sus dedos y se rió.
Todo esto apunta que ella estaba convencida de que iba a ser ahorcada, y se veía ya mártir en su venerado patíbulo de Knavesmire. Sin embargo, le esperaba una muerte mucho peor que ésta, y ella misma se la propició. Pues cuando fue llevada a los tribunales, hizo algo totalmente inesperado, que desconcertó al Consejo y causó escándalo en toda York: se negó a declarar.

Mañana seguiremos hablando de esta impresionante mujer, de su juicio, condena y martirio.

Meldelen


[1] En 1582 el papa Gregorio XIII reformó el calendario, pero dado que Inglaterra era protestante, no asumió dicha reforma hasta 1754, por lo que los historiadores ingleses se ven obligados a datar este período con los dos métodos diferentes de computación, que ellos llaman Old y New Style.
[2] En tiempos de Elizabeth I, se desarrolló una potente red de espionaje que fomentó la delación y denuncias de los recusants.

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