Santa Margarita de Cortona

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La Santa penitente. Óleo de Antonio Bresciani.

Santa Margarita de Cortona nació en Laviano, al lado del lago Trasimeno en el año 1247 siendo sus padres unos labradores. En sus primeros años de edad fue una niña muy feliz a la que su madre le enseñó una sencilla oración que repetiría miles de veces a lo largo de su vida: “Señor, te ruego por la salvación de todos aquellos por los que tú quieres que yo te ruegue”.
Su padre, Tancredo de Bartolomei, quedó viudo cuando Margarita tenía tan sólo ocho años de edad y se casó en segundas nupcias con una mujer que no se portó con Margarita como una madre, sino que le hizo la vida muy difícil y fue una auténtica madrastra hostil y envidiosa, que incluso llegó a maltratarla por mucho que la niña solicitaba su afecto. Ya ella no era feliz en su casa y como era muy hermosa y alegre, buscaba de manera decente la felicidad fuera del hogar paterno.

Con dieciocho años de edad, seducida por un joven noble de nombre Arsenio, que aunque parece que estaba casado prometió convertirla en su esposa, abandonó la casa de su padre y se marchó con él al castillo de Montepulciano. Con Arsenio vivió nueve años y de él tuvo un hijo. A veces cayó en actitudes vanidosas pero nunca inmorales, salvo el vivir con un hombre sin estar casada. Disponía de dinero y lujo, pero su corazón era generoso y noble con los pobres y con los afligidos aunque, externamente, ella se sentía amargada y deseaba retirarse a vivir a otro lugar, más en soledad y llevando una vida más sencilla. Hay quienes afirman que con su generosidad lo que pretendía era acallar su conciencia, pero fuera así o no, lo cierto es que era generosa y se le conocía como la “dama de Montepulciano”.

Tenía amigas, pero algunas la consideraban como una vanidosa y se cuenta que un día, hablando con ellas y saliendo este tema en la conversación, ella profetizó: “Llegará un momento en el que me llamarán santa, porque seré una santa y me visitarán multitud de peregrinos”. Es realmente extraño que ella misma profetizara su conversión. (“Leyenda en torno a la vida y milagros de Santa Margarita de Cortona”, de Giunta Bevignati, traducida por Ludovico de Pelago y publicada en Cortona en el año 1959).

La Santa encuentra el cadáver de su amante. Óleo de Marco Benefial (s.XVII). Iglesia de Santa Maria dell'Aracoeli, Roma (Italia).

Y esta conversión le llegó a Margarita de manera inesperada. Un día del año 1273, su amante, acompañado de su perro, había salido a visitar unas posesiones y fue apuñalado por unos bandidos en el bosque de Petrignano; el perro volvió a su casa y con aullidos lastimeros y tirando insistentemente de su ropa le hizo comprender que algo doloroso había sucedido. Salió de casa y siguió al perro descubriendo ella misma en el bosque el cuerpo ensangrentado de Arsenio, tapado con ramas secas a los pies de un roble. Lloró amargamente su muerte pues sufrió un fuerte shock al descubrir el cadáver, pero la gracia divina operó en ella de manera definitiva para que tuviese en adelante un cambio tan radical. Ella llega a decir que en Montepulciano perdió su dignidad y la paz, pero nunca perdió la fe.

Abandonó el castillo de Montepulciano sin llevarse absolutamente nada y regresó a casa de su padre con su hijo que tendría entre seis y ocho años de edad. Esperaba ser acogida pero fue rechazada por su padre instigado por la madrastra, por lo que dudando entre si volver o no a Montepulciano, decidió irse con su hijo a Cortona, viviendo en la calle, desesperada y sin dinero. Ella misma lo dice: “Si su padre terrenal la abandona, no será abandonada por el Padre de los cielos”.

En Cortona, ayudada por la condesa Moscari que se hizo cargo de la educación del niño, entró en contacto con el padre franciscano Giunta Bevignati, que se convirtió en su confesor y que como hemos dicho antes escribió su primera biografía. Allí, después de tres años de espera, en los que fue puesta a prueba por los franciscanos y en el mes de junio de 1277, con treinta años de edad, fue admitida en la Tercera Orden fundada por San Francisco de Asís, ayudando a la educación de su hijo que posteriormente sería fraile franciscano y dedicándose a la realización de obras de caridad, a la oración y a la penitencia.

Éxtasis de la Santa. Óleo de Giovanni Lanfranco (s.XVII).

Especialmente se dedicó al cuidado de los enfermos y a la asistencia de las mujeres embarazadas, muchas de las cuales le ofrecían ser la madrina de su hijo recién nacido. De ahí, que actualmente, sea patrona de las mujeres que están a punto de dar a luz y por eso es especialmente invocada por las parturientas que se sienten seguras bajo su protección, pues ella, además de ser madre, dio especialmente su amor a aquellas que estaban próximas a serlo.

Junto a Diabella, que era la señora que la había hospedado, en el año 1278 fundó en Cortona el hospital llamado “Casa Santa Maria de la Misericordia”, hospital que aun hoy existe y que lleva su nombre. A esta obra se asociaron algunas mujeres que empezaron a llamarse “las pobrecillas”, agrupación que fue aprobada por el obispo de Arezzo que les permitió tener la Regla de la Tercera Orden Franciscana, pudiendo llevar el velo de monja aunque considerando como convento el propio hospital.

Llevaba una vida austera, de penitencia, pero se vio favorecida por algunos favores celestiales como éxtasis, revelaciones, visiones místicas, etc. y solía pasar noches enteras en oración meditando especialmente sobre la Pasión de Cristo, que era su tema preferido. Ella misma revela lo que Cristo le dijo: “He dispuesto que seas como una red para los pecadores. Quiero que el ejemplo de tu conversión predique la esperanza a los pecadores desesperados. Quiero que los siglos venideros se convenzan de que siempre estoy dispuesto a abrir los brazos de mi misericordia al hijo pródigo que sinceramente vuelva a mí”.

Su penitencia fue extremadamente dura, dormía sobre esteras tejidas con ramas de árboles o simplemente sobre un trozo de madera e incluso directamente en el suelo. Se flagelaba asidua y brutalmente, ayunaba hasta prácticamente no tomar ningún alimento, a lo máximo solo una frugal comida al día.
A finales del año 1288 se fue a vivir a una celda junto a la iglesia de San Francisco en Cortona, celda que había sido construida por Fray Elías, que era uno de los compañeros de San Francisco, estando aun más cerca de su director espiritual, el franciscano Giunta Bevignati de Cortona, que fue quien escuchó todas sus confidencias, las cuales transcribió después de su muerte y que fue su director espiritual hasta el año 1290.

La Santa, acompañada de su hijo, es consolada por un ángel tras haber ahuyentado al diablo. Óleo de Gaspare Traversi, 1758.

Junto con Fray Giunta, estaba Fray Juan de Castiglione Fiorentino, que era un inquisidor que más tarde se convirtió en el padre guardián del convento de Arezzo. Fue entonces cuando Margarita se trasladó a una nueva celda o casucha junto a la llamada “Rocca della Città” junto a la iglesia de San Basilio que estaba casi destruida y que ella reconstruyó en el año 1291 y en dicha casucha permaneció hasta su muerte, salvo un breve intervalo de tiempo en el cual retornó a la celda primitiva junto a la iglesia de San Francisco. Allí y durante siete años, su director espiritual fue el sacerdote Ser Badia que fue el rector de la iglesia de San Basilio que ella reconstruyó. Este sacerdote siguió recogiendo las confidencias de Margarita, pasándolas después a Fray Giunta, quien las incorporó a su obra ya citada: “Leyenda en torno a la vida y milagros de Santa Margarita de Cortona”.

Como se dice en esta obra, “Margarita fue elegida por el Señor como predicadora de la paz” porque se dedicó enteramente, no sólo a sus penitencias y obras sociales, sino a predicar la paz entre los habitantes de Cortona, los cuales estaban divididos en dos facciones: los partidarios de los Guelfi y los de los Ghibelinos. Finalmente la paz llegó entre ambas facciones, en gran parte, gracias a la mediación y predicación de Margarita.

Pero la actividad que más le salía del corazón era la de considerarse como mensajera de los deseos de Cristo hacia las personas que recurrían a ella, porque muchísimas veces, por revelación divina, adivinaba aquello que acongojaba a quién a ella se acercaba para solicitarle consuelo. Fueron muchos los cortoneses que experimentaron esa actividad espiritual de Margarita, de forma que en la práctica, ella se convertía casi en su director espiritual, especialmente de una mujer llamada Margarita de Siena, que también era terciaria franciscana y que se convirtió en una seguidora fiel de nuestra santa.

Santa Margarita de Cortona es considerada como una precursora de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y como una impulsora del canto del Oficio de Laudes, canto que floreció en la Edad Media y que era una de las horas canónicas más querida de su padre espiritual San Francisco de Asís. Y propagó de tal manera el canto de esta hora canónica entre las personas cercanas a ella que constituyó “La Confraternidad de las Laudes de San Francisco”, institución que tuvo su sede en la cripta excavada en el año 1289 bajo la iglesia de San Francisco de la ciudad de Cortona y que fue muy activa hasta el año 1537, año en el que oficialmente se disolvió.

Vista del cuerpo incorrupto de la Santa. Basílica de la Santa en Cortona, Italia.

Margarita pasó sus últimos años de vida junto a la “Rocca” de Cortona, dedicada sobre todo a la contemplación, a la más rigurosa soledad, sufriendo interna y externamente, con el cuerpo consumido por los ayunos pero con una alegría que se reflejaba en su rostro. A finales de 1296 cae gravemente enferma y el día 3 de enero de 1297 se le revela su próxima muerte: “Enjuga tus lágrimas, Margarita, porque al amanecer del día 22 de febrero, volarás a la mansión de los escogidos donde la divina misericordia te reserva un puesto de honor”. Y en efecto al alba del día 22 de febrero, estando asistida por el padre Giunta Bevignati, murió Santa Margarita de Cortona. Tenía cincuenta años de edad.

El cuerpo de la Santa, cubierto con vestidos de púrpura, fue sepultado en un sepulcro nuevo en la iglesia de San Basilio, iglesia que se puso bajo la custodia de los padres franciscanos en el año 1392. En vida era considerada una santa, por lo que desde el primer momento, junto a su tumba se multiplicaron los milagros y su culto espontáneo y popular no solo se extendió por Cortona sino por toda la región de Umbría. El Consejo de la ciudad decidió edificar un tempo en su honor adosado a la iglesia de San Basilio y finalmente, en el área ocupada por ambas iglesias, se construyó la iglesia actual que fue elevada a la dignidad de Basílica en el año 1927. En el altar mayor de esta nueva iglesia, desde 1877 reposa el cuerpo incorrupto de la santa. Dicho cuerpo fue reconocido canónicamente el día 19 de diciembre del año 1634.

En el año 1515, no estando aún canonizada, el Papa León X se postró en oración ante su sepulcro y permitió la celebración de su festividad en Cortona y en su diócesis y el Papa Urbano VIII en el año 1623 extendió este privilegio a toda la Familia Franciscana.
Clemente XI la inscribió como beata en el Martirologio Romano con un decreto fechado el día 13 de julio de 1715 y finalmente, el día 17 de mayo del año 1728, el Papa Benedicto XIII la canonizó. En la Bula de canonización hizo un paralelismo entre Santa María Magdalena y Santa Margarita de Cortona ya que ambas fueron perdonadas por el mucho amor que demostraron tener.

Detalle del cuerpo incorrupto de la Santa. Basílica de la Santa en Cortona, Italia.

Es verdad que Santa Margarita de Cortona ha sido llamada la “nueva Magdalena” o la “Magdalena seráfica”, pero esa aseveración no es totalmente acertada. Aunque en los artículos publicados en este blog sobre Santa María Magdalena defendíamos que ella no era una “pecadora pública” (me entendéis, ¿verdad?) pues de ello nada dicen los evangelios, sin embargo en determinados ámbitos eclesiales por tal se la tiene. Sin embargo, Santa Margarita de Cortona no era una pecadora pública; sólo convivía ilegítimamente con un hombre.
En lo que sí se parecen es en su prodigiosa conversión y en su rigurosa vida penitente, lo que les hace merecedora de que el mismo Cristo las constituya en “espejo y madre de los pecadores” tal como lo dice la “Leyenda” escrita por Fray Giunta.

Para los franciscanos, Santa Margarita de Cortona es la “tercera luz”. Al igual que San Francisco es la “primera luz” para todos los frailes menores y Santa Clara es la “segunda luz” para todas las clarisas, Santa Margarita es la “tercera luz” para la Tercera Orden Franciscana. Ella es franciscana no tanto por su profesión como religiosa de la Tercera Orden sino por su espíritu. Ella refleja el franciscanismo de una manera muy particular, con características muy específicas: rígida pobreza, profundísima humildad y una piedad cristocéntrica. Sobre esta última característica es conocida su profundo culto a la Pasión de Cristo. Todos los días recorría mentalmente los pasos de la Pasión de Cristo, lo que hoy conocemos como el “Vía Crucis”. Su más profundo deseo era poder morir participando del sufrimiento de Cristo.

Como he indicado anteriormente, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es otra de sus características. Ella aspiraba a poder entrar dentro de dicho Corazón y así, poder vivir más entrañablemente unida a Cristo y a su Pasión. Así se lo pidió ella misma a Cristo: “Señor mío Jesucristo, que yo esté en tu corazón, en la llaga de tu costado, en las grietas originadas por los clavos, en la corona de espinas, en la hiel y en el vinagre y en las vendas que pusieron sobre tus venerables ojos”. Ella llevaba fijamente en su pecho el Dulce Nombre de Jesús, sobre el que escribimos el día 3 de enero y al pronunciarlo, lloraba profundamente.
Destaquemos también que fue tan notable y conocido su amor por la Sagrada Eucaristía, que en el año 1288 le fue concedido el privilegio de poder comulgar diariamente, algo que desde luego no se hacía ni en los conventos ni en los monasterios.

Antonio Barrero

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