Beata Maria Ràfols Bruna: el heroísmo del silencio

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo de la Beata en la Casa Generalicia de la Congregación, Zaragoza (España).

De nuevo me arriesgo a salirme de mi habitual especialidad, las mujeres mártires, para rendirle un tributo personal a otra mujer excepcional que en cierto modo siempre estuvo presente en mis años de escolarización obligatoria, por asistir a un colegio concertado religioso: hablo de la Beata Maria Ràfols Bruna, la fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, quienes regentaban este colegio en el cual estuve desde los 5 hasta los 16 años de edad.

Fue otra gran mujer, la feminista Concepción Arenal, quien pronunció aquella gran frase que dice, “las grandes obras de caridad han tenido siempre pequeños principios, como si necesitasen en su origen el sello de la humildad y de la modestia, sin los cuales no pueden vivir”. Esta frase se aplica como un guante a la vida de Maria Ràfols, quien nació en Vilafranca del Penedès (Girona) el 5 de noviembre de 1781, en el Molí d’En Rovira, hogar sencillo y humilde, hija de dos pagesos catalanes, Cristòfol Ràfols y Margarida Bruna. Poco después de su nacimiento y bautizo, el 7 de noviembre, la familia se traslada a otro molino, el Molí de Mascaró en Bleda, donde la niña pasó su infancia. No se sabe mucho de ésta, pero es probable que transcurriese pobre y sencilla, como corresponde a una niña campesina. Muchos testimonios hablan de su candor y piedad. En 1794, cuando sólo tenía nueve años de edad, murió su padre y su madre volvió a casarse con Josep Marcer de Vilanova, por lo que la familia se trasladó a Garraf. La situación económica debió mejorar, pues hay constancia de que Maria estudió interna en un colegio de Barcelona (Col.legi de l’Ordre de Nostra Senyora). En 1804 muere su madre en Vilanova.

Maria debía tener conocimientos y formación como enfermera, pues ejercía como voluntaria en el Hospital de la Santa Creu de Barcelona –al cargo de las Hermanas Hospitalarias de San Juan de Dios- cuando la encontró el padre Juan Bonal. Este sacerdote era vicario del hospital, y estaba buscando religiosos para abastecer el Hospital de Gracia de Zaragoza, que carecía de personal adecuado para atender a los enfermos, y requerido por la Junta de Zaragoza, reunió doce hombres y doce mujeres que le ayudaran en su tarea. Ya entonces debió ver en Maria el talento y la personalidad necesarias para tal reto, pues ella, con sólo 23 años, se convirtió en la Superiora de esa recién nacida Congregación.

¿Cómo y dónde tomaron los hábitos estas doce mujeres? No se sabe. Es probable que fuese el propio Juan Bonal quien las orientara, les diera hábitos y las ordenara con los habituales votos de pobreza, obediencia y castidad. Pero estamos hablando, por primera vez, de una Congregación religiosa femenina que ejercerá el apostolado y que tendrá una actividad fuera de las paredes del convento. En este sentido, Maria Ràfols fue la pionera de este apostolado femenino, en una época en que las religiosas aún no habían dejado la clausura, y que el apostolado le estaba todavía negado a las mujeres.

El viaje de Barcelona a Zaragoza lo realizaron en carro, con todos los inconvenientes e incomodidades de la época, llegando el 28 de diciembre de 1804. Ese mismo día van a postrarse frente a la Virgen del Pilar, a la cual imploran su protección. El reto que se le presentaba a Maria era durísimo: tenía sólo 23 años y debía organizar a aquella comunidad y poner orden en el Hospital de Gracia, un “mundo de dolor” donde se amontonaban enfermos, dementes, niños abandonados y todo tipo de miserias, con una dotación instrumental lamentable y deficiente, y siendo mal recibidos por el personal del hospital, que hicieron todo cuanto pudieron por amargarles la existencia, maltratándoles continuamente. De hecho, a los 3 años, los hombres, cansados de la dura experiencia, abandonaron. Pero las religiosas no lo hicieron. Las mujeres, paradójicamente “el sexo débil”, siguieron adelante, con Maria a la cabeza.

Instrumentos usados por la Beata para intervenir quirúrgicamente. Casa Noviciado de la Congregación, Zaragoza (España).

He titulado el artículo poniendo como lema “el heroísmo del silencio”, porque de Maria no se conocen grandes frases. Según las crónicas, todo lo hizo “con mucha prudencia y discreción”, sabiendo que se arriesgaba y que no era apreciada en su entorno. Todo debió hacerlo bien, pues al poco tiempo, el número de religiosas aumentaba. Ella misma, con algunas Hermanas, se presenta al examen de flebotomía, organizado por la Junta, para demostrar su valía en la práctica de la sangría, intervención habitual en la medicina de entonces. Algo impensable para la mujer de aquellos tiempos, a la que no se le permitía intervenir directamente sobre el enfermo.

El estallido de la Guerra del Francés –o Guerra de la Independencia- supondrá un terrible golpe para la ciudad de Zaragoza, que como sabemos padeció un terrible sitio (1808-1809). Es aquí donde la madre Ràfols dará muestra de su heroísmo, donde llevará a cabo sus grandes acciones, siempre en silencio, siempre sin que se le conozcan grandes discursos. En el primer sitio, las tropas francesas bombardean la ciudad, y el Hospital de Gracia es destruido e incendiado. Hubo de organizar el traslado de los enfermos y heridos a un recinto más pequeño, con todo el caos y la aglomeración que ello hubo de suponer. Entre balas, cañones y ruinas, expuso una y otra vez su vida para salvar a los enfermos y a los heridos, acompañada de unas pocas Hermanas, pidiendo limosna y alimento, con gran dificultad para mantener el hospital. Llegó a privarse del propio alimento para dárselo a sus pacientes, pero no alcanzaba para todos (había más de 6.000 ingresados en el hospital).

La Beata, acompañada de dos hermanas, se presenta ante el mariscal Lannes.

El segundo sitio de Zaragoza fue aún peor, y llegando a una situación desesperada, Maria tomó una resolución admirable: se trasladó al campamento del enemigo para pedir ayuda. Los franceses, al mando del mariscal Lannes, estaban acampados en el actual barrio de Torrero. Aunque ella y las religiosas que la acompañaron sufrieron en un primer momento las burlas e insultos de los soldados, finalmente lograron ser atendidas por el general, hombre de reconocido mal carácter e impiedad, que sin embargo quedó conmovido por la escena. Así la describe José María de Javierre:

“[…] Eligió a dos Hermanas acompañantes, sujetaron a un palo el trapo blanco señal de paz, se echaron a la calle tomando el camino de las puertas de Santa Engracia derechamente hacia las posiciones francesas, sin preocuparse de bombas ni disparos… Quisiera yo haber contemplado la cara de los tiradores sitiados cuando las vieron pasar sin detenerse; y la cara de los soldados franceses cuando las vieron llegar: tres monjas con su hábito negro enarbolando una bandera blanca. Jamás en las batallas europeas presenciaron tal espectáculo […]”.

El mariscal no sólo les dio alimentos y medicinas para las víctimas del sitio, sino que además les proporcionó un salvoconducto para que regresaran cuantas veces lo necesitaran a pedir más recursos. Y así fue: Maria regresó una y otra vez a llevarse medicinas, vendas, y los restos de comida que no querían los franceses, para repartirlos en su hospital. Incluso llegó a interceder por algunos prisioneros y lograr su liberación.

El "Cantarico" milagroso de la Beata. Casa Noviciado de la Congregación, Zaragoza (España).

En este contexto de guerra, se cuenta un milagro de la Beata, el llamado prodigio del “Cantarico”. Habiéndose quedado los pacientes del hospital sin agua, Maria no dudó en ir a la capilla y coger un cántaro de barro donde se guardaba el agua bendita y dar de beber a todo el que lo necesitó. Cuando fue a devolver el cántaro a la capilla y lo dejó en su sitio, comprobó, maravillada, que volvía a estar lleno de agua, tal cual lo había cogido.

No le faltaron más dificultades. La Junta del hospital, de nuevo nombramiento por parte del gobierno francés, interfirió notablemente en la vida de la naciente Congregación. El padre Juan Bonal fue alejado, y se impusieron las normas redactadas por el obispo Miguel Suárez de Santander, más afín a los franceses, lo que obligó a Maria a dimitir como “presidenta”. Pero en 1824 una nueva norma fue redactada, la asociación pasó a ser formalmente una Congregación Religiosa y Maria volvió a ocupar el cargo de Superiora, hasta su renuncia en 1829.

Éste es el papel que Maria desempeñó en la guerra, un ejemplo de amor, caridad y entrega al prójimo, por encima de su propia vida. Sin embargo, ese heroísmo humilde y silencioso no le sería reconocido en vida. No sería hasta mucho después de su muerte, durante el primer centenario de los Sitios de Zaragoza (1908) cuando se le reconocería su impresionante labor, siendo proclamada Heroína de los Sitios de Zaragoza. Título, que, por cierto, ostenta otra mujer, la catalana Agustina Zaragoza i Domènech, dicha “Agustina de Aragón”, que se hizo famosa por manejar ella sola un cañón contra las tropas francesas. Dicen que las comparaciones son odiosas, pero mientras Agustina se hizo heroína mediante un acto de violencia, Maria lo hizo con un acto de entrega y amor. En todo caso, además de la reflexión que suscita semejante comparación, las dos dan buen ejemplo de lo ridículo que ha resultado siempre calificar a las mujeres como “sexo débil”. Tanto una como la otra dan muestra, en su campo, de las cimas a las que puede llegar el valor y la fortaleza de un ser humano. Por supuesto, tampoco cabe olvidar que el padre Bonal, actualmente en proceso de beatificación, también fue honrado como Héroe de los Sitios de Zaragoza.

Pero volvamos a Maria. Acabada la guerra, en 1815, se retira a descansar durante dos escasos meses a Vilafranca, su pueblo natal. Desde 1813 hasta 1834, se pone al frente de la Inclusa, departamento de huérfanos del hospital, donde ya permanecerá casi toda su vida. Los niños huérfanos, los abandonados, serán su nuevo campo de actuación. Vigilaba los niños que vivían fuera, en condiciones lamentables, se ocupaba de los niños de la calle, rescataba los recién nacidos abandonados, los ilegítimos, los hijos de madres solteras; protegiéndolos, defendiéndolos, dándolos en adopción o incluso acogiéndolos ella misma cuando veía que no estaban recibiendo el trato adecuado.

La Beata en prisión. Ilustración para un libro infantil sobre su vida.

Pero en 1834 se vio golpeada por el contexto de las guerras carlistas. Aquella que había servido al prójimo y a la ciudad de Zaragoza, de pronto se vio metida en una conspiración y fue acusada de alta traición. ¿Cómo es posible? Todo fue calumnia y conspiración contra ella. La presencia de una plancha de plomo, que ella usaba para bordar flores en la ropa, sirvió para acusarla. Dos personas, bajo falso testimonio, declararon que el sacerdote del hospital, el capellán Nerín, usaba esa plancha para fabricar cartuchos y balas, y que era la madre Ràfols quien se la había dado. Acusada de conspirar contra la reina, Maria fue encarcelada y pasó dos meses una prisión de la Inquisición, para monjas dominicas, donde se encerraba por motivos políticos. A pesar de sufrir con resignación la cárcel, y que fue declarada inocente tras comprobarse que todo era un montaje, incomprensiblemente fue condenada al exilio:

[…] habiéndose visto por la Real Sala del Crimen la causa en que se inculpó a la Madre Ràfols, aunque no se le ha hallado complicidad alguna, se la destierra al pueblo de su naturaleza […]

Aceptando sin protestas la injusta condena, Maria tan sólo solicitó que la trasladaran a una casa que su Congregación tenía en Huesca, petición que le fue concedida. En el exilio pasó seis años. La situación económica del hospital de Huesca era también lamentable, y apenas había recursos para subsistir. En este clima depauperado, la salud de Maria se fue deteriorando lentamente. En 1841, temiendo hallarse próxima a morir, pide regresar de nuevo a Zaragoza, y esto le es nuevamente concedido. No por caridad ni compasión, desde luego, sino por un motivo estrictamente político: el cambio de gobierno ocurrido con el exilio de la regente María Cristina y la nueva regencia del general Espartero. En Zaragoza, retorna a la Inclusa y se entrega de nuevo a los niños huérfanos y abandonados, pero la enfermedad va agravándose y al fin muere el 30 de agosto de 1853, rodeada de sus Hijas. Le quedaba poco para cumplir 72 años de edad y llevaba 49 como Hermana de la Caridad. Su muerte fue como su vida, llena de serenidad, paz, cariño y agradecimiento a todos los que la habían rodeado. No llegó a ver aprobada la Congregación que ella misma había fundado, pero sus cimientos eran sólidos. En 1858, con la autorización y ayuda de la reina Isabel II, se extiende hasta estar presente, en la actualidad, en todos los continentes.

Sepulcro de la Beata. Casa noviciado de la Congregación, Zaragoza (España).

Tras su muerte, empieza a crecer la fama de su santidad. En 1908, como decía, se la proclama Heroína de los Sitios de Zaragoza. El cuerpo es trasladado, en 1925, a la capilla de lo que hoy es el noviciado de la Congregación en Zaragoza, donde actualmente reposa. Un año más tarde, se lanza adelante su proceso de beatificación, que en 1944 paraliza el papa Pío XII, debido a la presencia de un texto incómodo, “Las Profecías de la Madre Ràfols”, que hacen referencia a unos sucesos ocurridos 50 años después de su muerte y que ella habría anunciado en vida. Esto generó un aura de mística y superstición que molestó considerablemente al papado y al Vaticano, de ahí que se paralizara el proceso y se recomendara silencio. Sin embargo, se demostró que los escritos atribuidos a la Madre eran totalmente falsos, y en 1980, el arzobispo de Zaragoza, Elías Yanes, secundado por la mayoría de obispos españoles, pidieron al papa San Juan Pablo II la revocación de la suspensión del proceso, cosa que él hizo. Catorce años después, el 16 de octubre de 1994, este mismo Papa beatificaba a Maria Ràfols, diciendo que ella era el verdadero símbolo de que  “la caridad no muere, no pasa jamás, la gran lección de una caridad sin fronteras, vivida en la entrega de cada día”.

La historia de Maria Ràfols es la de una mujer que hizo grandes cosas desde el silencio y la humildad, toda caridad y pobreza, tanto material como espiritual. La sociedad de su época se lo pagó con el desprecio, la cárcel y el destierro. Hubo que esperar a su muerte para que comenzara a despegar el reconocimiento de su aporte. Su Congregación, actualmente expandida por todo el mundo, se dedica a la educación, al apostolado y a la sanidad, campos en los que ella misma destacó. Una cristiana auténtica y sublime, pero también una mujer fuerte, valiente y emprendedora, de comportamiento ejemplar con los heridos de la guerra, los enfermos del hospital y los niños de la Inclusa. Desde el silencio y la humildad, sólo mediante sus obras, reivindicó por primera vez en España un papel que la sociedad y la Iglesia le había negado hasta ese momento a la mujer: el apostolado de la acción y la atención sanitaria. Una auténtica heroína en el silencio.

Meldelen

Bibliografía:
– ÁLVAREZ, María Teresa; Ellas mismas: mujeres que han hecho historia contra viento y marea. Capítulo dedicado a Maria Ràfols: el silencio de la humildad (págs. 207-215). Ed. La Esfera de los Libros, Madrid 2003.
– Martín Descalzo, José Luis, El verdadero rostro de Maria Ràfols, Hermanas de la Caridad, Zaragoza, 1993, pág. 191.

Enlaces Web (Consultados a 22/02/2011):
– Bicentenario de los Sitios de Zaragoza: http://www.fundacion2008.com/web/indexphp
– Hermanas de la Caridad de Santa Ana: http://www.chcsa.org/index.asp
– Daniel Sancho París, Historiador: http://danielsanchoparis.blogspot.com/2009/03/esbos-biografic-de-maria-rafols.html

Oración para pedir la canonización de la Beata Maria Ràfols:

Te damos gracias, Señor,
porque enriqueciste a la
Beata María Ràfols
con tus dones y virtudes
y la llamaste a ejercer la caridad,
principalmente
con los más pobres y necesitados.
Concédenos, por su intercesión
y para su enaltecimiento,
la gracia que ahora te pedimos (...)
Asístenos con tu Espíritu
para que podamos
aceptar en fe tu voluntad,
comprender el dolor del hermano,
imitar a tu Sierva en la caridad
y lograr con “hechos de vida”
un mundo más humano,
más de Cristo. Amén.

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