Beata María Sagrario de San Luis Gonzaga: farmacéutica, carmelita y mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Dedicado a José María, farmacéutico de Picassent; y a todos los farmacéuticos españoles, especialmente los valencianos, que tanto están sufriendo, no sólo la crisis, sino el maltrato y la incomprensión del Gobierno actual

Lienzo de la Beata, en su atuendo de carmelita y con los instrumentos de boticaria, que está colocado junto a su sepulcro en el Carmelo de Santa Ana y San José de Madrid, España.

La mujer de la que hablaremos hoy es una de las casi 300 religiosas que fueron asesinadas durante la Guerra Civil Española (1936-1939) por el simple hecho de haber consagrado su vida a Dios, y aunque ya hemos hablado de algunas de ellas; la que hoy nos ocupa destaca por haber sido una de las primeras mujeres farmacéuticas españolas, en una época donde todavía estaba mal visto que una mujer fuera a la universidad, y mucho más que se licenciara y ocupara un puesto de trabajo. Su personalidad y vivencia son tan importantes e iluminadoras, que no me he resistido a honrarla con un artículo cuya extensión quizá exaspere a mis lectores, por lo que pido disculpas de antemano y apelo a su indulgencia y comprensión.

Infancia y juventud
Su nombre en el siglo fue Elvira Moragas y Cantarero, y nació la noche del 8 de enero de 1881, segunda hija de Ricardo Moragas Ucelay, farmacéutico de Toledo, e Isabel Cantarero Vargas. La primera hija, Sagrario, moriría con sólo 10 años de edad, y el tercer hijo, Ricardo, estuvo siempre muy unido a Elvira: “Fue para mí como una segunda madre”, dijo de ella más tarde, cuando recordaba cómo lo cuidaba cuando ambos quedaron huérfanos.
Aunque vivían en Toledo, cuando Elvira tenía cuatro años el padre fue trasladado a Madrid para ser proveedor de la Casa Real, y al año siguiente instala a su familia en la capital, abriendo su oficina de farmacia en la calle Bravo Murillo. Y allí fueron creciendo los hermanos, recibiendo Elvira el sacramento de la Confirmación con sólo 6 años.
Ya por aquel entonces la niña destacaba por un carácter fuerte y tenaz, aunque también soberbio y caprichoso. Cuando alguien la contradecía, daba puñetazos sobre la mesa gritando: “Pues ha de ser, ha de ser”, para tratar de imponer su voluntad a toda costa. Su madre trataba de corregir esta actitud suya con ejemplos de bien, para lo cual le daba a leer libros piadosos.

El primer colegio al que asistió fue el de las MM. Mercedarias -cerca de Cuatro Caminos-, y quizá por los buenos resultados estudiantiles que ya empezaban a despuntar en la que sería una alumna modelo, sus padres la premiaron con viajes a Roma y a Lourdes.
A los 13 años ya se daban todos cuenta de que era una criatura encantadora, con una inteligencia nada común. Sus padres, decididos a invertir en la formación de la muchacha, la estimularon a que estudiara el bachillerato y en 1894, junto con su hermano Ricardo, ingresaba en el Instituto de San Isidro; donde estuvieron dos cursos, trasladándose al tercero al Instituto Cardenal Cisneros. El 29 de junio de 1899, con 18 años de edad, obtuvo Elvira el título de bachiller con calificación de Sobresaliente. La revista Bellas Artes, con el lenguaje rimbombante y estereotipado propio de la época, se hacía eco de este evento afirmando: “La bella señorita Elvira Moragas y Cantarero ha obtenido en los dos ejercicios del grado de bachiller las notas de sobresaliente, habiendo alcanzado igual envidiable calificación en todas las asignaturas que forman los distintos cursos de sus estudios. Dicha señorita, hija de nuestro querido amigo D. Ricardo Moragas, conocido farmacéutico y Subdelegado de esta capital, se propone seguir la carrera de Farmacia, donde merced a su talento y aplicación merecerá idénticos triunfos. Aquí donde suele ser tan modesta la educación que se da a las mujeres, consuelan y agradan estos ejemplos”.

Fotografía de la Beata en los años de su juventud.

Con 19 años era guapa, alegre, comunicativa… una amiga dice de ella: “Era agraciada, simpática, piadosa y apreciada de todas las amigas, pero sin distinguirse por alguna característica o hecho que llamara la atención.” Esta amiga suya era una de sus más íntimas y pasaban juntas los veranos en Miraflores de la Sierra, donde iban a paseos, reuniones, a la iglesia y montaban a caballo. En una ocasión se encontraron con un toro suelto en las calles mientras iban de visita al monasterio del Paular y tuvieron que salir corriendo para esquivar al astado. Más tarde recordarían entre carcajadas cómo habían huido del animal.
En fin, baste esto para tomar nota de que era una chica guapa, inteligente y con talento; pero que tuvo una infancia y juventud de lo más normales.

De la farmacia al Carmelo
Como venía anunciando el extracto de la revista Bellas Artes, Elvira ingresó en la Universidad para seguir la misma carrera que su padre. Fue una de las primeras mujeres universitarias en España, y por la incomodidad que todavía generaba este hecho en un entorno todavía predominantemente masculino [1], su padre debía acompañarla todos los días a clase, y si él no podía, lo hacía su hermano. En la puerta la recogía el bedel y la acompañaba por los pasillos, y en clase, el profesor la tenía sentada junto a sí, apartada del resto de los alumnos. Esta actitud de segregación sexista nos parece hoy en día una aberración, pero en aquel momento ver a una mujer en las aulas era totalmente innovador y se la quería mantener “a salvo” de posibles afrentas por parte de los varones.
Pero por muy raro que les pareciese ver a una mujer universitaria, lo cierto es que Elvira lo valía. En 1899, inicia su curso preparatorio y los que la trataron recuerdan: “Por sus excelentes cualidades era muy apreciada por los catedráticos, y todos sus compañeros le profesábamos respetuoso afecto”. En 1905, con 24 años de edad, se licenciaba en Farmacia e inmediatamente se incorporó a trabajar junto a su padre, como farmacéutica adjunta. Nada menos que una de las primeras farmacéuticas españolas.

Además de su vida activa como farmacéutica, la personalidad de Elvira ocultaba una profunda espiritualidad. “Todos los que la trataban, la considerábamos santa, no hay ni qué decir”. Acompañaba a su madre a la iglesia y, en una ocasión en que estaban en unos ejercicios espirituales, el padre Garzón SJ, confesor de su madre, la vio tan absorta y profundamente recogida que le pareció excesivo y aconsejó a la madre que no la trajese más por allí, que era demasiado joven para aquellas prácticas.
Para ella la fe era considerablemente importante. Tuvo al menos dos pretendientes, lo que no extraña tratándose de una chica con tantas cualidades. El primero fue despachado pronto, porque era muy joven para ella, o eso se pensó. El segundo la acompañó con frecuencia, encandilado por su atractivo, pero Elvira acabó descubriendo que era un chico con malas conductas e ideas antirreligiosas, por lo que no dudó en romper la relación, sin dejarse acobardar por sus amenazas.

Fotografía de la farmacia de los Moragas, donde la Beata María Sagrario ejerció su oficio de boticaria.

En 1909, Ricardo Moragas muere, dejando a su familia sumida en el dolor. A continuación se dio una situación inexplicable, que sólo se entiende por el machismo de la época. Ricardo, el hijo, abandona la carrera de Ciencias Exactas que estaba estudiando, y empezó a estudiar Farmacia para ponerse al frente de la oficina de su padre. Y en lugar de hacerlo Elvira, que estaba perfectamente formada y cualificada para ello, buscan a un regente que se ocupe de la farmacia hasta que Ricardo se haya licenciado. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿No tenían allí a una farmacéutica con experiencia universitaria y laboral, para hacerse cargo perfectamente del establecimiento de su padre? ¿Por qué buscar a un regente y obligar al hermano menor a estudiar Farmacia? Se ha dicho que si ése fue el deseo de la madre para poder mantener a la hija a su lado; pero fuera lo que fuese, sólo se explica por la tendencia machista del momento, que toleraba mal que una mujer estudiase, pero que definitivamente no soportaba verla al frente de una farmacia.

La oportunidad se le presentaría dos años después, tras otro trago amargo: la muerte de la madre. Quizá entonces ya se estaba madurando la vocación religiosa de Elvira, porque durante su agonía, Isabel Cantarero confesó a su hija: “Tú, ya sé dónde vas a ir, pero me preocupa tu hermano”. Cuando el 22 de agosto ella deja este mundo, quedando sus dos hijos huérfanos, Elvira será la que se ponga al frente de la farmacia -como debería haber sido desde la muerte del padre- y confesará a su hermano su anhelo secreto: que desea consagrarse a Dios, pero que esperará a que él termine la carrera y pueda ocuparse de la farmacia.
Como farmacéutica titular, fue muy conocida en todo el barrio: empleaba toda su ciencia y toda su competencia profesional en mitigar el sufrimiento de los pacientes, para los cuales siempre tenía palabras oportunas, remedios deseados y compartía sus dolores.
Pero con eso todavía no tenía bastante, por lo que en cuanto tenía tiempo libre, frecuentaba la parroquia de San Marcos y ayudaba en la catequesis. Allí conoció al sacerdote D. Lope Ballesteros y se confía a él como director espiritual. Él tenía una hermana carmelita descalza en el convento de Santa Ana y San José de la calle Torrijos -hoy calle Conde de Peñalver-, con cuya comunidad entró en contacto.
Los domingos marchaba a los suburbios y llevaba remedios a los necesitados, desde curas hasta las propias mantas de su cama, cuando no podía comprarlas.

Vista de mortero y recipientes de botica procedentes de la farmacia Moragas, y que fueron empleados por la Beata en el desempeño de su oficio.

Al morir D. Lope, Elvira tuvo de confesor espiritual a San José María Rubio y Peralta SJ, llamado “el apóstol de Madrid”, quien en el confesionario le dijo claramente: “Dios la quiere para sí”. Elvira ya estaba determinada a ingresar en religión, pero entretanto su hermano terminaba la carrera, ella fue preparándose para la vida consagrada: pasaba largas horas de oración y practicaba duras penitencias. Mientras preparaba para su hermano las mejores comidas, ella se reservaba comidas muy frugales y a menudo se privaba del postre. Finalmente, Ricardo se licenció como farmacéutico y Elvira se vio libre para consagrarse a Dios. “Lloramos mucho los dos”, recuerda él, porque eso significaba la separación de aquellos dos hermanos tan unidos.

Pero cuando Elvira se presentó en el mencionado convento de Santa Ana y San José de la calle Torrijos, a pesar de que la comunidad ya la conocía por sus habituales visitas, al verla pálida y desmejorada, no la admitieron, porque no querían ninguna monja con mala salud. Le aconsejaron que repusiera fuerzas si quería ser carmelita, cosa que intenta de nuevo el día 21 de junio. Y entonces fue aceptada, por lo que ingresa en el Carmelo en este día de 1915, año en que se celebra el IV Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Ávila, reformadora del Carmelo.
Su nombre en religión será María Sagrario de San Luis Gonzaga. María Sagrario, en honor a la patrona de Toledo, su ciudad natal -la Virgen del Sagrario- y por su hermana mayor, fallecida a tan corta edad. De San Luis Gonzaga, por el día en que ingresa y también por agradecimiento a doña Luisa, hermana de su primer confesor, que también la había ayudado mucho en su vocación.

Estampa devocional española de la Beata revestida del hábito de carmelita.

De novicia a priora
María Sagrario, la carmelita, fue tan impecable en sus obligaciones como lo había sido Elvira, la farmacéutica. A la esmerada cultura que poseía se añadían sus valores morales, inculcados desde la infancia; y vivió la escasez material de la vida religiosa con tanta naturalidad como había vivido la abundancia de laica. Todo en el convento le gustaba: la oración, el silencio, la austeridad penitencial, el rezo en el coro, la alegría… de ella decía su maestra, la madre Juliana de San Juan de la Cruz: “Tenía un carácter fuerte y enérgico, capaz de llevar a término los más grandes ideales de santidad”. El 21 de diciembre de ese mismo año -1915- vestía el hábito de novicia, y quienes convivieron con ella nos la describen: “Se distinguió sobretodo en el espíritu de sacrificio y mortificación. Era humilde, fervorosa, sencilla y de mucha caridad, de suerte que su Maestra podía probarla en cualquier virtud, segura de que siempre sus obras se correspondían a sus grandes deseos de santidad”. “Para sus connovicias era un continuo estímulo. Con frecuencia las desafiaba a hacer actos de amor durante el día, y en la recreación de la noche cada cual daba cuenta de su trabajo espiritual. Su alma se sentía, ya desde entonces, inundada de esa presencia de Dios en fe sencilla y amorosa de la que tanto habla Nuestro Padre San Juan de la Cruz. Ésta había de ser para ella la atmósfera donde desarrollaría toda la vida de su alma, hasta que, purificada divinamente, volara a a su Dios con el último y más sublime sacrificio, semejante al de su Esposo Divino: el martirio”.

Hizo su profesión simple el 24 de diciembre de 1916; y la solemne, el día 6 de enero de 1920. Fue una religiosa con una fe humilde, entregada: “Ya no quiero nada más, decía, sino que se cumpla la voluntad de Dios”. Gozaba ayudando a todas sus hermanas, sobretodo en los trabajos más humildes, y si resultaban ser muy duros y costosos, alegaba su mucha fuerza -era una mujer físicamente corpulenta- para poder realizarlos sin problemas. También insistía en ayudar en la cocina, y una vez, queriendo impedírselo, le cerraron la puerta en las narices, pero ella entró colándose por la ventana (!!!). Una hermana joven, no queriendo que ella la ayudase a pelar patatas, recibió esta respuesta suya: “Hermana, si yo gozo mucho pelando patatas… pienso que la patata que tengo en la mano, es una criatura de Dios, y me entretengo alabándole porque la hizo tan perfecta”. En otra ocasión le dijo a una religiosa que padecía una fuerte jaqueca: “No se preocupe, ya no le dolerá más porque voy a pedir a Dios que se lo quite y me lo dé a mí”. Y así sucedió: al rato, la hermana aquejada estaba curada y la que sufría jaqueca era María Sagrario.

Estampa devocional española de la Beata con vista del convento donde se santificó y una frase-testimonio de una religiosa que la conoció.

Cierto día, una de las religiosas perdió el juicio y era necesario velarla día y noche. Allí estaba María Sagrario a su cabecera. Cuando lograron convencerla de que se fuera a descansar, en lugar de ir a su cama fue a la cabecera de otra hermana que estaba asustada y no podía dormirse.
Era tan humilde que nunca trataba de imponer su criterio, cuando había algún conflicto, antes cedía o guardaba silencio. Una vez que una hermana le reprochaba su conducta y ella le miraba sin decir nada, otra religiosa que contemplaba la escena la interpeló: “¿No oye lo que está diciendo?¿Por qué no da una explicación?” A lo que María Sagrario simplemente dijo: “Si tiene toda la razón, si está diciendo la verdad…”
Pero, si era así de exquisita con sus propias hermanas, no escatimaba su amor con los de fuera. Y así, ayudaba económicamente a una viuda laica. Cuando le dijeron las otras que no hiciese tal cosa, porque no era del convento, ella respondió: “Hay que hacer el bien sin mirar a quién”.
Una vez, lavando la ropa de otra hermana enferma, se hirió en un dedo y la herida se le infectó. Al tener que evitar la gangrena, las curas eran dolorosísimas y las soportaba abrazada a un Crucifijo, temblando de dolor pero sin exhalar una queja. Al final perdió ese dedo. Y ya siendo priora, mandaba preparar comida para los pobres que acudían al torno del convento día y noche y les daba una cena extraordinaria por Nochebuena.

En enero de 1927 murió la priora, madre Teresa del Corazón de Jesús, que era hermana de su primer confesor y de doña Luisa. Las elecciones se realizaron el 18 de abril y salió elegida priora María Sagrario, la menor de las capitulares. A pesar de que hubiese preferido mil veces pasar desapercibida, se entregó a su tarea con total competencia.
Realizó enseguida algunas obras y reparaciones que necesitaba el convento, trataba a todas las religiosas por igual y era muy amiga de dar la acción de gracias por todo lo que hacía -su rezo favorito era el Te Deum– y de pasar noches frente al Sagrario, cuando toda la comunidad dormía. Cuando alguna religiosa, queriendo buscar su consejo, se lamentaba de no tener virtudes, ella sonreía y decía: “Vamos a meternos en el Corazón de Jesús”.
No por haber profesado como carmelita se olvidaba de su formación de farmacéutica, y por eso, dice una hermana: “Con su carrera de Farmacia, era de grandísima utilidad a la Comunidad, evitándole gastos no pequeños en medicinas y alivios que ella misma sabía muy bien preparar”. Todas coincidieron posteriormente en que administraba tan bien los bienes de la comunidad, que nunca les faltó nada.

Tres años duró su priorato, tras el cual fue elegida priora su maestra, Juliana de San Juan de la Cruz, y ella, que sabía bien de sus cualidades, le encomendó ser la maestra de novicias. Una de sus cuatro alumnas recuerda: “Nunca la vimos triste, aunque le aquejase alguna molestia; al contrario, su espíritu alegre y animoso nos contagiaba. Le gustaba que cantásemos coplillas en recreación, ayudando ella a componerlas, en especial una que ensalzaba el martirio”. Muchas veces comentaba sus deseos de ser mártir, lo cual resultaría profético.
Era muy abnegada en el sufrimiento, aunque estuviese mal, siempre decía que estaba bien: si apenas se tenía en pie por el mareo, simplemente decía: “¡Nada, nada, un poco de bilis!”; si le tocaba leer una lección en el coro, lo hacía hasta con 39ºC de fiebre… y siempre alegre. A una hermana que salía del noviciado le decía: “Tenga siempre fija la mirada en nuestro amantísimo Jesús, preguntándole en lo íntimo de su corazón lo que quiere, y no se lo niegue jamás, aunque tenga que hacer mucha violencia a su natural…” Con razón decían sus novicias que ella vivía en carne propia lo que enseñaba.

Tapiz de la beatificación de la Beata, revestida con su hábito carmelita y a sus pies los instrumentos de botica.

Tres años después, la hermana Juliana es reelegida como priora, y esta vez María Sagrario es destinada al torno. Es allí donde le empiezan a llegar rumores alarmantes de la cada vez más preocupante situación del país. Una guerra se acercaba.
En esta época, con motivo de la fiesta de Santa Juliana de Nicomedia, virgen y mártir patrona de la priora, las hermanas realizaron una representación teatral de la vida y martirio de la Santa. Después recordarían cómo María Sagrario en particular había vivido las escenas de pasión de la Santa y con qué énfasis las había seguido. Una futura mártir honraba a una antigua mártir.

El 1 de julio de 1936, María Sagrario vuelve a ser elegida priora. Ella acepta humildemente este nuevo compromiso y de desvive por cumplirlo: “Yo lo único que quiero es tener contentas a todas, decía, que todas estén contentas”. Pero se le acababa ya el tiempo: la guerra y la muerte iban a llamar ya a las puertas del convento.

Tiempo de guerra
El 18 de julio de 1936 fueron apedreadas las ventanas de la iglesia y el convento; gesto con el que las hermanas tomaron conciencia de que se había acabado su tranquilidad. Por la tarde, después de vísperas, María Sagrario las reunió y les dijo: “Está todo muy mal. Se han levantado los militares. Si fracasan… no sé qué será de nosotras. Yo les suplico y aconsejo que la que desee irse con su familia lo diga con toda libertad. Está todo muy mal”. Pero, como vieron que ella no estaba dispuesta a abandonar el convento, ninguna quiso irse.
Los días 18 y 19 los pasaron relativamente en calma, aunque sufriendo interiormente, velando continuamente ante el Santísimo. Los seglares acudían constantemente y les rogaban que salieran, que se pusieran a salvo. Al final, tres grupos de nueve religiosas abandonaron el convento, quedando otras nueve religiosas, y la priora.

El día 20, mientras celebraban la fiesta del profeta Elías, acribillaron el convento con balas de fusil. A las cinco de la tarde una turba furiosa pretendió prender fuego al convento con las religiosas dentro, pero ante las protestas de los vecinos que temían perder sus casas, optaron por asaltarlo, destruyendo la puerta y el torno, y entrando en la clausura.
La priora y las hermanas estaban rezando maitines en el coro, y al tener noticia de la hermana cocinera lo que estaba pasando, marcharon de la ermita al huerto, mientras otras subían a la buhardilla para consumir las Sagradas Especies y que no fuesen profanadas. El claustro se llenó de gente, unos con palos, otros con fusiles, rompieron cristales, pisotearon cuadros y estrellaron imágenes contra el suelo, profiriendo blasfemias; y las mujeres les ayudaron a vaciar el convento y a acumular los objetos de culto en la calle, donde hicieron una gran hoguera con ellos.

Fotografía real de la Beata el día de su profesión de carmelita. Esta foto ha servido de guía para la mayoría de sus estampas.

María Sagrario se presentó valientemente ante los invasores y sólo cuando se aseguró de que no iban a hacerle daño a sus hermanas, las llamó y las preparó para salir. Unas, protegidas por personas de mejores sentimientos, pudieron vestirse de seglar para salir. Otras lo hicieron con el hábito y en la calle recibieron todo tipo de insultos. Cuando las hicieron ponerse en fila junto a una pared, María Sagrario se temió lo peor y dijo: “Prepárense, que nos van a matar” y gritó: “¡Viva Cristo Rey!” Pero a continuación llegó un taxi y se les ordenó subir. Ella, preocupada por si las cosas se complicaban, pidió que las matasen allí, pero no le hicieron caso.
Al registrar el convento, la patrulla encontró las reliquias de las Venerables Beatriz de Jesús y Juana Evangelista. Al romper los ataúdes y encontrarse con los dos cadáveres, les pareció criminal tenerlas sin enterrar y así justificaron la detención de las religiosas.
Cuando el coche arrancó, las religiosas, gozosas de verse perseguidas por causa del Señor, entonaron con todo fervor el Te Deum, la Salve y algunos salmos en voz alta, sin temer las miradas de desprecio y burla de sus guardias. Así las llevaron hasta la Dirección de Seguridad y las dejaron debajo de una escalera, sin dar cuenta y aviso a nadie.

María Sagrario parecía tranquila y serena, pero de vez en cuando decía: “Lo que yo siento es que por mí… si yo las hubiera obligado a salir del convento… yo tengo la culpa de todo…” Una de las hermanas cortó sus lamentos diciendo rotundamente: “No, nuestra Madre; no tiene la culpa, la tenemos nosotras, que nos hemos querido quedar en nuestro convento, siguiendo nuestra vocación hasta el último momento: hasta que nos han echado”. “Bueno…”, suspiró María Sagrario, agradecida y aliviada, y no volvió a lamentarse.

Como la Dirección de Seguridad estaba abarrotada con el trajín de milicias armadas y familiares que entraban y salían, se habían olvidado completamente de las religiosas, que aguardaban pacientemente bajo aquella escalera. Hasta que un empleado se dio cuenta de que estaban allí y, tras informarse de su situación, dio cuenta a un jefe suyo, quien proporcionó coches para que ellas pudiesen trasladarse a sus domicilios. Allí se separaron todas entre abrazos y despedidas. María Sagrario fue a refugiarse con la hermana Teresa María en casa de los padres de ésta, Luis Ruiz y María Aizpiri, en la calle Santa Catalina, nº3, cercana a la carrera de San Jerónimo, donde tenían una tienda de antigüedades. Se refugiaron también allí la madre Juliana y la hermana Teresa del Niño Jesús.
Su hermano Ricardo la visitó al día siguiente; y lo siguió haciendo muchos otros días, y le pedía que se fuera con él a Pinto, donde tenía a los suyos. Pero ella se negaba, diciendo: “Tengo que velar por todas mis hermanas”. Y en efecto, se encargaba de velar porque todas estuviesen bien, enviando ayuda económica a las más pobres. No permitía que ninguna la visitara por el peligro que eso suponía, y les escribía cartas dándoles aliento y animándolas a perseverar hasta que la tormenta pasase.
Así estuvieron las cuatro monjas viviendo allí durante ocho días, hasta que empezaron los registros domiciliarios, momento en que la madre Juliana y la hermana Teresa del Niño Jesús se fueron a la casa de Joaquín Estrada.

Icono de la Beata imitando el estilo ortodoxo, con sus habituales atributos de carmelita y farmacéutica.

Entretanto, la familia de los demandaderos -criados- del convento, viendo que no era seguro seguir viviendo frente a él, se trasladaron a una casa de la calle Lista, donde recibieron una visita de la hermana Teresa María y su hermana Blanca. Venían a pedirle a Zoilo Ruiz, el demandadero, el dinero que la madre María Sagrario le había entregado al dejar el convento; pues ella lo requería para poder asistir a las religiosas refugiadas. Él les entregó entre 7000 y 8000 pesetas; que la madre usó para asistir a sus hijas.
Este tal Zoilo Ruiz de los Paños era hermano del Beato Pedro Ruiz de los Paños, superior de los Operarios Diocesanos, que fue fusilado junto con otros nueve sacerdotes en Toledo el 23 de julio de 1936 y beatificado por el papa San Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995. Pues bien, la hija de Zoilo, María, visitaba a las religiosas escondidas con frecuencia, actuando de enlace entre la priora y las demás monjas. La última vez que visitó a María Sagrario fue el 13 de agosto.

En casa de los padres de otra de las monjas que habían estado en la Dirección General de Seguridad, llamada María de Jesús, se habían refugiado ésta y dos compañeras más. Dicha casa, sita en la calle Marqués de Riscal, era propiedad de su padre, Leoncio González de Gregorio Arribas, parientes del duque de Medina Sidonia. Una de las criadas de la casa los denunció a la checa vecina, calle Marqués de Riscal nº 1, tristemente famosa, establecida por unas milicias del Círculo Socialista del Sur, convertidas más tarde en la Primera Compañía de Enlace de la Inspección General de Milicias Populares. Su jefe nominal, Alberto Vázquez, era militante de la Izquierda Republicana, y se atribuyó a sí mismo el grado de capitán.
A causa de la denuncia de la criada, se practicó un registro y se llevaron detenidas a las tres monjas y a un hermano de María de Jesús, llamado Pedro. Cachearon a la hermana Beatriz y le encontraron un papel con el número y las señas de la casa donde se refugiaba María Sagrario. Ya tenían todo lo que les interesaba.

De la checa al cielo
El día 14 de agosto, hacia las cuatro de la tarde, María Sagrario estaba rezando el oficio de la Asunción de la Virgen con la compañera refugiada, pero se vieron interrumpidas por unos milicianos que llegaron preguntando por ellas. Cuando se dio cuenta de que preguntaban por ella, se entregó identificándose. La separaron de la otra y se la llevaron a un cuarto aparte, pero, al dejarse la puerta entreabierta, los demás inquilinos pudieron escuchar el interrogatorio: querían saber dónde guardaba la madre “los tesoros del convento”. Parece ser que querían echar mano al capital del monasterio, además de cálices, alhajas, cruces y demás objetos suntuarios de culto. María Sagrario, firme y serena, respondía con tranquilidad y sin aturdirse; de suerte que no pudieron sacarle nada.
Viendo la situación, Blanca, una de las hijas de la casa, llamó a la policía; pero cuando ésta llegó, los milicianos los trataron mal y se hicieron cargo de la situación, llevándose detenidas a las dos religiosas. Entonces José María Ruiz Aizpiri, hijo también de la casa, les preguntó a dónde las llevaban, y ellos respondieron que a la Dirección General de Seguridad. Era mentira. Las llevaron a la checa cercana de esa misma calle.

Figurita en barro de la Beata realizada por el escultor Narci C. Ramos. Fuente: www.semanasantacadizenminiatura.blogspot.com.es

Cuando María Sagrario y Teresa María llegaron allí, se encontraron a las otras tres hermanas previamente detenidas desde ese mismo día por la mañana -Beatriz, Natividad y María de Jesús-, pero pronto separaron a María Sagrario para interrogarla aparte. Allí una miliciana la cacheó y le encontró 7000 pesetas, que fueron requisadas. También echó mano de un importante documento que la madre llevaba en una bolsita oculta en su ropa interior, pero entonces María Sagrario se resistió y, metiéndoselo en la boca, lo masticó y lo tragó, causando la furia de la miliciana. Al parecer, este documento era un resguardo de un depósito en la caja de un banco, donde estaban depositados los valores de la comunidad carmelita. Estaba claro que estaba decidida a no permitir que se robasen los bienes de la comunidad.

A continuación, fue llevada a otra habitación. Según declararon las hermanas que la veían pasar, cuando la llevaban de una habitación a otra para tomarle declaración, estaba como recogida y abstraída, con el rosario en la mano y mucha paz en el rostro. La hermana Natividad pudo ver cómo en la otra habitación era interrogada por tres individuos, ya entrada la noche, queriendo obligarla a que escribiera en un papel, a lo que ella se resistía a pesar de las muchas presiones. Al fin, se puso de rodillas y después de unos instantes de oración, se levantó decidida y se puso a escribir un momento. No se sabe qué escribió, quizá “Viva Cristo Rey” o alguna confesión de fe, pero por lo visto no era lo que sus carceleros esperaban, que se marcharon entre insultos y blasfemias, dejándola allí encerrada.
No sabemos si el capitán Alberto Vázquez la interrogó personalmente, pero el caso es que se la condenó a muerte, y en torno a las 23-23:30 horas salió de la checa conducida por él y por varios milicianos, lo que se deduce de la ausencia de los mismos.

Fotografía del cadáver de la Beata en el depósito. Fuente: www.mariasagrario.com.

En la madrugada del día 15 de agosto, en torno a las doce y la una, fue fusilada nuestra mártir en la pradera de San Isidro junto con el padre y el hermano de sor María de Jesús. Cuando a las dos de la madrugada llegaron de vuelta a la checa, los que la habían asesinado les dijeron a las religiosas que todavía estaban allí: “La Madre ya está camino de Burgos. Se la ha mandado con sus familiares”. A pesar de la ultrajante mentira, ellas no mordieron el anzuelo: supieron enseguida que la habían fusilado. Una miliciana, dándose cuenta de esto, optó por ser cruel con ellas, y fingiendo compasión, gimoteó: “¡Pobrecitas! Ya no tienen Madre…”

El cadáver de María Sagrario apareció en el depósito ese mismo día, con número 87-25. el Dr. Enrique Moreno Zancudo lo examinó, identificándola por su escapulario del Carmen, y fotografió, documentando su expresión de sosiego. A pesar de que anotó en su ficha que tendría unos 35 años de edad, en realidad, ella tenía 55 en el momento de su muerte. Fue enterrada tres días después, el 18 de agosto, en una fosa común del cementerio de la Almudena, junto con otros 20 asesinados.
Ricardo Moragas, entretanto, había estado haciendo gestiones para tratar de salvar la vida de su hermana, y por medio de unas amistades comunistas llegó a conseguir nada menos que una orden de liberación firmada por el mismísimo Manuel Azaña, presidente de la República (!!). Sin embargo, era tarde: María Sagrario ya había sido fusilada. La orden no llegó a más que para liberar a sor Teresa María, que pudo volver a casa.
Al tener noticia de la muerte de su hermana, Ricardo Moragas intentó indagar sobre el asunto. Pero uno que estaba en la checa le advirtió: “No haga nada, puesto que nada conseguirá, y puede perjudicar a las religiosas que aún quedan y a usted mismo”.

Terminada la guerra en 1939, las religiosas carmelitas del Convento de Santa Ana y San José de la calle Peñalver restablecieron la comunidad y arreglaron el convento, pidiendo también las debidas licencias para trasladar de vuelta los restos de la mártir. El 17 de noviembre de 1942, una hermana política de María Sagrario, junto con otras personas que la habían conocido, reconocieron el cadáver y les fue concedida la autorización para el traslado del cuerpo, metido en una caja de zinc, desde el cementerio de la Almudena hasta el convento. El cadáver fue expuesto en el coro y después de velarle todo el día, la enterraron en el cementerio del convento.
El 20 de abril de 1959 la comunidad se trasladó a la calle General Alcaraz, nº 58, y con ellas trajeron los restos de la Madre. Están en una caja y colocados en el osario, al lado izquierdo, cubiertos con una piedra.

Fotografía de la ceremonia de beatificación de la mártir, el 10 de mayo de 1998.

Glorificación de la mártir
Parece ser que en algún momento se dudó de la naturaleza del martirio de la Beata. Este argumento expondría que si la mataron, era porque no quería dar a sus captores los bienes del convento, luego su fusilamiento no sería auténtico martirio. Sin embargo, cabe considerar que el interrogatorio y ejecución de la Beata fueron muy rápidos, en apenas unas horas. Si sus captores hubiesen estado extremadamente interesados en las riquezas de la comunidad, se hubieran tomado su tiempo para forzarla a declarar cuántos, cuáles y a nombre de quién estaban esos bienes; recurriendo a la tortura sin la menor vacilación o chantajeándola con dañar a otras hermanas. Sin embargo, el interrogatorio duró poco, no se obstinaron con ella cuando vieron que se negaba a colaborar, y la mandaron inmediatamente a la muerte; sólo a ella, mientras que a las demás hermanas no se las interrogó al respecto. Estaba claro: la madre María Sagrario había sido ejecutada in odium fidei, y además confesando a Cristo Rey. Era una auténtica mártir.

El día 22 de octubre de 1962 se abrió el Proceso informativo de beatificación y declaración de martirio, en una ceremonia a la que asistió el obispo auxiliar de Madrid, representaciones de la Orden carmelitana y de la Farmacia española, pues se trataba de la primera farmacéutica que iba a subir a los altares.
El proceso duró dos años y cuatro meses, en el que declararon su hermano, Ricardo Moragas, amigos íntimos, compañeros de estudio y profesión de María Sagrario, así como las religiosas que la habían conocido en el convento. Se clausuró el 15 de febrero de 1965, ante una representación de los Colegios Oficiales de Farmacéuticos de toda España, testimoniando su admiración y respeto por su compañera de profesión.

Vista del sepulcro de la Beata. Carmelo de Santa Ana y San José, Madrid (España). Fotografía cortesía de las hermanas carmelitas.

El Proceso fue llevado a Roma en julio de 1965. La Sagrada Congregación para las Causas de los Santos dio validez jurídica el 14 de dicembre de 1984; y, finalmente, el 10 de mayo de 1998, el papa Juan Pablo II beatificaba solemnemente en la plaza de San Pedro de Roma a María Sagrario de San Luis Gonzaga, Elvira Moragas y Cantarero: farmacéutica, carmelita y mártir de Cristo.

Mártir de Cristo, hija del Carmelo; tú que fuiste farmacéutica y hasta el fin de tus días velaste por la seguridad y el bienestar de los tuyos, ruega por los farmacéuticos españoles.

Meldelen

Bibliografía:
Beata María Sagrario de San Luis Gonzaga (Elvira Moragas y Cantarero): farmacéutica y carmelita descalza (1881-1936). Librito editado por las Carmelitas Descalzas del Monasterio de Santa Ana y San José de Madrid.
Beata María Sagrario (Elvira Moragas): Doble Jubilar. XIII Aniversario de la Beatificación 10 mayo 1998-2011. Folleto editado por las Carmelitas Descalzas del Monasterio de Santa Ana y San José de Madrid.
Madre María Sagrario: farmacéutica, carmelita, mártir (1881-1936). Folleto editado por las Carmelitas Descalzas del Monasterio de Santa Ana y San José de Madrid.
– RODRÍGUEZ, José Vicente: “De la Farmacia al Carmelo. De la Checa al Cielo”. Ed. Espiritualidad, Madrid 1998.
– RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, Gregorio, “El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas en la Guerra Civil Española”, Ed. Edibesa, Madrid 2006.

Enlace web:
– http://www.mariasagrario.com/ (1/08/2012)


[1] Curiosamente, esta tendencia se ha invertido completamente en la actualidad, donde la matriculación femenina es considerablemente superior a la masculina no sólo en la Licenciatura de Farmacia (70% a fecha de 2011), sino en la inmensa mayoría de las carreras universitarias en España.

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