Santos Anastasio, Félix y Digna, mártires mozárabes

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Bustos policromados de los Santos Digna y Anastasio de Córdoba (s.XVII). Colección Compañía de Jesús, Provincia Colombia.

Bustos policromados de los Santos Digna y Anastasio de Córdoba (s.XVII). Colección Compañía de Jesús, Provincia Colombia.

Siguiendo nuestra serie dedicada a los mártires mozárabes -de algunos de los cuales hemos hablado ya- recordamos hoy a estos tres santos que murieron en la Córdoba de mediados del siglo IX, concretamente en el año 853.

Nuevamente, la mejor fuente a la que podemos aspirar para conocer de primera mano a estos mártires, como ya hicimos en el caso de Flora, María, Aurelio, Sabigoto, Félix, Liliosa, Jorge, Nunilo y Alodía, son los escritos de San Eulogio, que conoció personalmente a la mayoría de ellos. Seguiremos por tanto un extracto de la obra de este autor.

San Anastasio, presbítero mártir
Nos dice San Eulogio, quien narra uno por uno las vivencias de los mártires mozárabes de Córdoba que “… al día siguiente de la muerte del valeroso Fándila, sufrió martirio el sacerdote Anastasio. Éste, desde sus primeros años, estudió las artes y las letras en la basílica de San Acisclo de Córdoba, viendo en la misma hasta su plena juventud, es decir, hasta los veinticinco años, ejerciendo el ministerio de diácono. Después practicó la vida monástica de la cual se había prendado y ya hombre maduro, recibió y ejercitó el sacerdocio y la cura de almas”. Anastasio, también cordobés de nacimiento, había comenzado sus estudios en las aulas de San Acisclo, donde fue ordenado diácono; luego decidió seguirlos en Tavana, donde abrazó la vida religiosa y fue ordenado sacerdote.

Detalle de San Anastasio en la sillería del coro de la catedral de Córdoba, España.

Detalle de San Anastasio en la sillería del coro de la catedral de Córdoba, España.

Al igual que en el caso de la mayoría de mártires mozárabes, Anastasio, como sus compañeros, es decir, los otros mártires que murieron el mismo día, llegó al martirio por voluntad propia, sin haber sido llamado. “Con mucha decisión entró en el palacio del Emir y se presentó a sus ministros y,encarándose contra los enemigos de la fe, esgrimiendo argumentos irrebatibles, ellos pasáronle con la espada en el mismo acto, colgando su cadáver de una horca”.

San Félix, monje mártir
Félix, por su parte, no había nacido en Córdoba, sino en Alcalá de Guadaíra. Eulogio le dedica un breve apartado: “Ese mismo día padeció la muerte por confesar la fe, Félix, gétulo de nación , nacido en Alcalá, quien habiendo ido en cierta ocasión a Asturias, abrazó allí el cristianismo y la profesión monástica”. Al referirse a que era gétulo, Eulogio nos está diciendo que era de ascendencia bereber, ya que la Getulia era una provincia africana.

Santa Digna, virgen mártir
Y finalmente cabe destacar a la única mujer del grupo, Digna, también natural de Córdoba, una monja contemplativa en el cenobio femenino que atendían los monjes tavanenses.

Aparición de Santa Águeda a Santa Digna, obra del pintor Patania (1684). Capilla de Santa Águeda en su catedral, Catania, Italia.

Aparición de Santa Águeda a Santa Digna, obra del pintor Patania (1684). Capilla de Santa Águeda en su catedral, Catania, Italia.

Ésta se sintió impulsada al martirio a partir de una aparición de Santa Águeda, mártir de Catania en el siglo III: “A eso de las tres de la tarde de aquel mismo día, animada por una revelación del cielo, se presentó a recibir la palma del martirio una doncella, Digna en la virtud y en el nombre. Era religiosa del monasterio de la venerable Isabel. Poco antes de su martirio, en sueños vio que la acompañaba una joven, con apariencia y vestidura de ángel, con unas rosas y unos lirios en la mano. Preguntándole Digna por su nombre y la causa de su venida, ella contestó: “Soy Águeda, que en otros tiempos padecí grandes tormentos por Cristo y ahora vengo a darte parte de estas flores purpúreas. Recíbelas con gozo y pelea con valor por el Señor, pues las otras que me reservo en la mano, las voy a dar a las que después de ti saldrán de aquí”. Finalmente, ilustrada la virgen sacratísima con esta visión y obsequio, al recibir la rosa de la diestra de su interlocutora, Digna, admitida con los moradores del cielo, aún en vida, quedó arrobada contemplando a la mártir”.

Desde este momento, habiendo decidido sufrir el martirio, buscaba una excusa para poder llevarlo a cabo, habida cuenta, como decíamos, que en esta época el cristianismo no era ilegal, aunque sí estaba oprimido: “Mas esta doncella, por su profundísima humildad y rendida obediencia, se juzgaba la última de todas sus hermanas y, siendo la más sumisa, nunca permitía que la llamasen Digna, y llorando, decía: “No me llaméis Digna, sino Indigna, porque tal nombre merezco”. Y como desde el día en que tuvo la visión quedó del todo abrasada en deseos de padecer el martirio, desde entonces empezó también a indagar en el secreto de su corazón por qué medios lo lograría, creciendo siempre más su alegría cuando más y mejor se informaba, aleccionada con el martirio de los santos confesores de la fe. Digna se alegraba sobremanera porque habiéndole precedido ellos, se acercaba más segura a la corona”.

La ocasión que buscaba para acometer el martirio la encontró gracias a a Anastasio y de Félix. Cuando los rumores de la ejecución de estos dos mártires llegaron hasta ella, comprendió que su hora había llegado. Salió secretamente del monasterio y se presentó ante el juez para reprocharle abiertamente los asesinatos que acababa de cometer: “Así pues, abiertas las puertas del monasterio, con todo sigilo, cuando vio colgados a los santos mártires Anastasio y Félix, se dirigió presurosa hacia la presencia del juez para preguntarle por qué razón había matado a los predicadores de la fe: “Acaso, dijo, porque somos adoradores de Dios y veneramos a la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo y verdadero Dios y porque todo lo que se opone a esta verdad, no solo lo negamos sino que lo detestamos, maldecimos y execramos, ¿se nos da muerte por esta causa?”.

Detalle de Santa Digna en la sillería del coro de la catedral de Córdoba, España.

Detalle de Santa Digna en la sillería del coro de la catedral de Córdoba, España.

Naturalmente, este tipo de provocaciones y presentaciones improvisadas era lo único que podía molestar a las autoridades musulmanas de la Córdoba emiral, cuyas circunstancias históricas hemos explicado en otros artículos y que no repetiremos aquí. Lo que parece estar claro es que el juez de turno no tuvo demasiada paciencia con estos mártires: “Cuando acabó de pronunciar estas y otras semejantes palabras aquella boca santa e inmaculada de la virgen, el juez, sin perder un instante, la entregó a los verdugos para que la degollasen, quienes al punto segaron su delicado cuello con la espada. Rodaron aquellos miembros; los colgaron a los pies de un patíbulo y después la juntaron a los otros mártires al otro lado del río. En este orden, los tres escogidos Anastasio presbítero, Félix monje y Digna virgen, murieron el mismo día aunque a distintas horas, el 14 de junio del año 853”.

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Culto y reliquias
Las reliquias de estos mártires no se conservan, porque sus cuerpos, después de ser exhibidos colgados, fueron quemados y sus cenizas arrojadas al río Guadalquivir, con la evidente intención de que sus correligionarios no pudieran recoger los cadáveres y darles sepultura y veneración. Se les celebra el día 14 de junio, día de su martirio.

Iconografía
La representación de este trío de mártires cordobeses es muy escasa en el arte, reduciéndose al arte local cordobés y alguna otra zona hispana. Si bien es frecuente que Anastasio y Félix -que no debe ser confundido con el San Félix, marido de Santa Liliosa, también mártires mozárabes- aparezcan como sacerdote y monje mártir respectivamente, Santa Digna puede aparecer tanto como monja mártir o como virgen mártir simplemente, con atuendo de laica.

Detalle del busto de Santa Digna (s.XVII). Colección Compañía de Jesús, Provincia Colombia.

Detalle del busto de Santa Digna (s.XVII). Colección Compañía de Jesús, Provincia Colombia.

Es curiosa la escena de la aparición de Santa Águeda a Santa Digna, dándose la anécdota de que esta mártir hispana está representada nada menos que en un fresco de la catedral de la mártir siciliana en Catania, precisamente debido a su vinculación con la santa patrona catanense, de otro modo, difícilmente se la hubiera podido encontrar fuera de ámbito hispano.

Quizá por la anécdota de la mártir siciliana entregando rosas a la mártir hispana en algunos lugares de España Santa Águeda aparezca portando como atributo una rosa en lugar de sus habituales atributos -la bandeja con los senos amputados, las tenazas-, como es el caso de la imagen procesional de Villalba del Alcor.

Meldelen

Bibliografía:
– S. RUIZ, Agustín, Obras completas de San Eulogio, edición bilingüe latín-castellano, Real Academia de Córdoba, 1959.

Enlace consultado (08/08/2015):
– http://costaleroscalvariocordoba.blogspot.com.es/2012/06/los-santos-martires-de-cordoba-i.html

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Santos Aurelio, Sabigoto, Félix, Liliosa y Jorge, mártires mozárabes

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Fresco de los Santos Aurelio, Sabigoto y Jorge, obra de Cesare Arbasia. Mezquita catedral de Córdoba, España.

Fresco de los Santos Aurelio, Sabigoto y Jorge, obra de Cesare Arbasia. Mezquita catedral de Córdoba, España.

Hoy conmemoramos a un grupo de mártires cordobeses, ejecutados en tiempos de Al-Andalus, que tuvieron contacto con las Santas Flora y María, vírgenes y mártires de las cuales hemos ya escrito, y murieron al año siguiente del martirio de éstas, en 852, en tiempos del emir Abd-Al- Rahman II, cuarto omeya gobernante de Al-Andalus.

Conocemos muy bien la historia de este grupo de mártires gracias a la misma fuente por la que conocimos la de Flora y María y otros mártires mozárabes, es decir, a través de San Eulogio. Siguiéndole a él y completando con otras informaciones, iremos reconstruyendo los sucesos en torno al martirio de estos cristianos cordobeses.

Contexto histórico
Es muy importante recordar que no puede aplicarse a estos mártires el mismo contexto que los mártires de la Antigüedad. La comunidad mozárabe residente en Al-Andalus nunca dejó de sentir y de transmitir de generación en generación una conciencia de reducto cristiano frente al resto de la sociedad andalusí, mayoritariamente musulmana, además de la comunidad judía. Parte de esta conciencia fue su resistencia a la aculturación, es decir, a las presiones para que abandonaran las lenguas latinas y romance en pro del árabe, lengua oficial religiosa y administrativa.

Cualquier chispa bastaba para hacer estallar el polvorín de esta difícil convivencia cultural y religiosa, y esa chispa fue la ejecución de San Perfecto, sacerdote cordobés que fue decapitado en 850 por declarar que Mahoma era un falso profeta. Aunque habían existido precedentes, esto generó una reacción en cadena que llevó a 48 cristianos cordobeses a desafiar deliberadamente las leyes contra la blasfemia, la apostasía y el proselitismo cristiano, siendo conscientes, en todo momento, que tal actitud les reportaría la muerte, y deseándolo. Poco antes de la fecha que nos ocupa, el mismo año de su muerte -852- el emir Abd-Al-Rahman II logró que un concilio de obispos mozárabes prohibiera estas actitudes, pero como no se condenó específicamente la actitud de los mártires, hubo todavía algunos martirios más hasta el fin de la resistencia, en 859.

Estampa devocional italiana de Santa Natalia (Sabigoto), perteneciente a la serie del ilustrador Alberto Boccali ("Bertino").

Estampa devocional italiana de Santa Natalia (Sabigoto), perteneciente a la serie del ilustrador Alberto Boccali (“Bertino”).

Dos matrimonios mozárabes
Entre ellos contamos a Aurelio, hijo de un musulmán cordobés y de una cristiana, que le instruyó en su religión. Al quedar huérfano, fue acogido por una tía cristiana hasta que tuvo edad de casarse. Entretanto, según nos dice San Eulogio, estudió literatura árabe forzado por sus parientes y asimiló la cultura en la que había nacido y crecido, manteniéndose cristiano en la intimidad.

Tomó por esposa a una cristiana llamada Sabigoto, un nombre visigodo que ciertamente se nos antojará raro a los oídos, pero que era una manifestación de su fe cristiana. En realidad su nombre de nacimiento había sido Natalia, nombre latino asociado al paganismo, por ser hija de musulmanes y musulmana también, hasta que su madre, enviudando de su primer marido, se casó en segundas nupcias con un cristiano. Instruida por su padrastro, abrazó la fe cristiana y se hizo bautizar, momento en que había cambiado de nombre. “A esta Sabigoto, nos cuenta San Eulogio, aceptándola por esposa el piadoso joven Aurelio, una vez firmados los esponsales y cruzados entre ambos los regalos de boda según la ley, recibieron el sacramento ante el sacerdote conforme la prescripción de la Iglesia y, convenidos, vivieron algún tiempo ocultamente como cristianos, sin atreverse a revelar en público su fe, un poco por respeto humano, sin dejar por eso de ser fervorosos.” Aquel matrimonio tuvo dos hijas, a las que naturalmente educaron como cristianas pese a que en su calidad de ricos, estaban emparentados con gente importante de la ciudad, de cultura y fe árabe.

Por su parte, Liliosa, también cristiana, era la esposa de Félix, amigo cristiano de Aurelio, que por miedo al tormento y a la muerte, había renunciado a su fe ante el juez. Avergonzado por ello, no asistía a las asambleas y había ocultado su apostasía a los demás. “Casó este con una hija de padres cristianos llamada Liliosa, pero que en público simulaba practicar la ley musulmana. Tan íntimamente convivían y se amaban y se compenetraban estos matrimonios, que unos mismos eran sus afectos y sus sentimientos, tanto en las prosperidades como en las adversidades”.

Como vemos, se trataba de una pareja de matrimonios cristianos que vivían su fe de forma discreta e incluso oculta, lo cual era lo más viable en una sociedad multicultural como la andalusí que, si bien era tolerante con los dimníes (judíos y cristianos) estaba lejos de ser un oasis de paz e igualdad entre todas las confesiones, como ya hemos avanzado.

Relieve de los Santos Flora, Pelayo y Sabigoto en Córdoba.

Relieve de los Santos Flora, Pelayo y Sabigoto en Córdoba.

Una paz inestable
Entonces empezó a haber los conflictos de religión ya mencionados en la ciudad emirada, por lo que cambió la situación de los dos matrimonios. Aurelio fue testigo, cierto día cuando iba al mercado de cómo humillaban a un cristiano llamado Juan, llevándolo por las calles mientras era insultado y golpeado con cuerdas: Azotado sin compasión, iba montado en el lomo de un jumento, de espaldas, encorvado sobre el aparejo de la bestia bajo el peso insoportable de las cadenas que colgaban de sus pies; le precedían pregoneros de burla y le paseaban por toda la ciudad, escarneciéndole toda la chusma entre gritos e injurias. Decían las gentes que no castigaban a aquel reo como merecía su crimen, pues quien con tan grande irreverencia había blasfemado de su Profeta, convenía que muriese con la muerte más afrentosa. Tal espectáculo conmovió al futuro atleta hasta desear ardientemente el martirio (…)”, cuenta San Eulogio.

Entonces, Aurelio volvió a casa y contó a su esposa lo que había presenciado y le propuso “(…) ante todo, observando la continencia y la caridad más perfectas, entreguémonos a la oración para ir más fácilmente a la práctica de la santidad. Sea ahora mi hermana la que fue mi esposa, conviértase el lecho conyugal en afecto fraterno, crezcan las obras de nuestras almas, engendremos los frutos del espíritu y renunciando al cieno de la unión corporal, se esfuerce el alma sobre todo, en producir hijos de salud perdurable, sin entregarnos a los deleites de la carne. Así, de algún modo, con la meditación de estos trabajos, podremos merecer dignamente el premio del martirio”. Sabigoto aceptó esta propuesta de renunciar a la satisfacción sexual conyugal y en prepararse física y mentalmente para el martirio. Y así, según Eulogio, “(…) Se acuestan en cama distinta pero rezan juntos. Sus camas lucen ropas de diversos colores para así ocultar en público, su vida; más en sus habitaciones interiores, extienden sobre el desnudo ladrillo sus lechos y los cubren sólo con el cilicio, durmiendo separados. Ayunaban muchas veces, oraban sin cesar y durante la noche meditaban los salmos, que sabían de memoria; vencían el sueño con el trabajo de manos, evitando así los lazos y asechanzas del demonio; curaban a los enfermos y repartían limosnas entre los más necesitados.”

Y además, visitaban a los prisioneros cristianos en las cárceles, donde conocieron a San Eulogio, autor de su vida, que se dedicaba a este menester: “Aurelio visitaba a los hombres y Sabigoto visitaba a las mujeres. (…) Allí le conocí yo; allí trabé amistad con él y allí me preguntó con instancia lo que debía hacer con sus bienes y de dos hijas que les había dado el cielo.” Eulogio les aconsejó, sin reparos, el renunciar a sus bienes y a sus hijas porque no debían tener ningún obstáculo para salvar sus almas, pero para evitar que los primeros fueran incautados por el fisco y las segundas, convertidas al Islam, aconsejó vender los primeros y repartir el precio obtenido, y entregar a sus dos hijas, aún niñas -una tenía cinco y otra ocho años-, al monasterio de Tábanos, donde serían mantenidas en la fe cristiana.

Grabado español coloreado de Santa Natalia (Sabigoto) de Córdoba.

Grabado español coloreado de Santa Natalia (Sabigoto) de Córdoba.

Fue precisamente en la prisión donde conocieron a las mártires Flora y María, quienes, como ya vimos, habían sido condenadas a muerte por sacrílegas. Sin embargo, las dos mujeres, luego de haber flaqueado inicialmente y haber sido fortalecidas y consoladas por Eulogio, tenían el semblante tan alegre y decidido que parecían estar a punto de recibir un premio. Ellos quedaron profundamente impresionados por ello. Tras el martirio de Flora y de María, Sabigoto las vio en un sueño en la gloria divina y éstas le aseguraron que obtendrían el mismo premio si persistían en la fe, por lo que tras esto, definitivamente se desprendieron de todo y entregaron a sus hijas al monasterio: “Una parte del precio de sus haciendas lo separaron para sus hijas y, todo lo demás, lo destinaron a socorrer a los menesterosos. Dedicáronse a visitar los monasterios de varones y mujeres, en especial el cenobio Tabanense, porque la observancia y regularidad de sus moradores eran conocidísimas en todo Occidente”.

A su propuesta se unió Jorge, un monje de origen sirio, nacido en Belén, que había sido enviado a África por limosna, el cual era diácono y erudito por su conocimiento del latín, del griego y del árabe; y que había llegado a Al-Andalus para evangelizar aquellas tierras. También Félix y Liliosa quisieron unirse al martirio: “Allí, con ellos, hablé al venerable Félix y a su muy santa consorte Liliosa. Ellos también habían vendido sus bienes y hecho donación de su importe a los santos lugares y a los pobres, estando preparados para soportar toda clase de tormentos por amor de Jesucristo”.

Detención
Naturalmente, y a diferencia de lo que ocurría en la Antigüedad romana, estamos en una época donde la religión cristiana no era perseguida, sino tolerada, legal, aunque la convivencia fuese, desde luego, inestable y convulsa. Esto hacía que, como ya adelantamos, cualquier chispa hiciese saltar por los aires la frágil paz, por lo que nuestros mártires de hoy -hay que decirlo- hubieron de buscar por ellos mismos el martirio provocando a las autoridades, como queda atestiguado por Eulogio.

“Empezamos a preguntarnos mutuamente cómo llegaríamos a la tan codiciada corona del martirio y, como por inspiración divina, determinamos que nuestras hermanas fuesen a la iglesia con la cara descubierta, lo cual diera ocasión a que las apresaran, como en efecto, así sucedió, pues al volver ellas el templo, se presentó un oficial que había presenciado el acto religioso de las mujeres y que preguntó a sus maridos qué significaba aquel acudir de las mujeres a los santuarios de los cristianos. Ellos les respondieron que era costumbre de los fieles visitar las iglesias y venerar devotamente las casas de los mártires, pues como cristianos que somos, llevamos en alto con mucha honra, el estandarte de la fe. Sin pérdida de tiempo, el delator corrió ante el juez contándole falsamente quienes éramos y qué hacíamos (…)” Recordemos que, hasta ese momento, nuestros protagonistas de hoy habían fingido exteriormente ser musulmanes y seguir estos ritos, por lo que la presencia de Sabigoto y Liliosa en los templos cristianos a cara descubierta -y no con velo, propio de las mujeres musulmanas- debió chocar considerablemente a quien les había conocido hasta ese momento.

Altar de los Santos Flora, Pelayo y Sabigoto en Córdoba, España.

Altar de los Santos Flora, Pelayo y Sabigoto en Córdoba, España.

“Presentada, pues, la acusación al juez y enterado éste de que Aurelio era el autor del hecho, resentido en su interior, mandó compareciesen cuanto antes los acusados en su presencia. Los soldados, acordonaron en seguida la vivienda del venerable Aurelio, donde estaban reunidos todos los mártires (…) Inmediatamente, maridos y esposas, como invitados a un festín nupcial, se ponen en camino. Van alegres, saltando de contento; hubiérase creído que esperaban en el tribunal del juez, recompensas en vez de tormentos. Viendo San Jorge que los soldados no le apresaban, les interpeló de este modo: “(…) ¿Por qué obligáis a la fuerza a adorar a un falso profeta, a quienes la santa fe cristiana reclama como suyos? ¿Para qué os empeñáis en arrastrar con vosotros, a la perdición, a los predestinados a la vida, siendo vosotros enemigos de Dios? ¿Es que no podéis entrar en los infiernos sin llevarnos por compañeros? ¿Acaso no os van a atormentar los fuegos eternales, sin que nosotros estemos en ellos? ¡Idos vosotros, marchad en buena hora, hijos de perdición, allá donde gocéis con vuestro capitán Mahoma, las delicias del tártaro! (…)”. Naturalmente, al provocar Jorge a los soldados, “apenas hubo pronunciado estas palabras, las manos de los verdugos se lanzaron sobre el monje para castigar su insolencia. Derribándole al suelo, le surcaron el cuerpo con muchos garfios, dándole patadas y puñetazos. Como Santa Sabigoto, creyéndole ya muerto, dijese: “Arriba, hermano, vámonos”, el monje habló así: “Todo esto, hermana, contribuye a acrecentar los méritos y a hacer más preciosa la corona”. Los musulmanes lo levantaron del suelo medio muerto y le arrastraron, juntamente con los otros mártires, hasta el estrado del juez”.

Y así lograron los cinco ser apresados y comparecer ante el juez, ellas por revelarse como cristianas, Aurelio, como instigador, y Jorge por haberse referido a Mahoma como un falso profeta.

Juicio
Sigue refiriendo Eulogio que en principio, el juez les trató de forma amable, preguntándoles por qué habían abandonado la fe musulmana y renunciaban de aquella manera a la vida ventajosa y cómoda que habían adquirido. Pero ellos respondieron: “(…) Todo culto o religión que no reconoce la divinidad de Jesucristo, que no profesa la esencia de Dios trino, que rechaza el bautismo, que desprecia a los adoradores de Jesucristo y deroga el sacerdocio, le consideramos falso y reprobable”, por lo cual el juez los mandó a la cárcel, cargados de cadenas, tras avisarles de que les daba cinco días para reflexionar, en los cuales reuniría al consejo para decidir sobre su suerte. Narra en este punto Eulogio diversos prodigios que supuestamente habrían acontecido en la prisión, como la visita de ángeles, la revelación de la dicha que iban a ver en el Paraíso, y que se les soltaran milagrosamente las cadenas, quedando libres ante el estupor de los guardias, que no se atrevieron a volver encadenarlos.

Cinco días después, ante los nuevos jueces, daba la impresión que tenían más empeño ellos en morir que los jueces a condenarles: “En el momento de sacarlos a presencia del juez, la venerable Sabigoto empezó a preparar con santos consejos a su marido, exhortándole, instruyéndole y confortándole. Fueron introducidos en el palacio, los carearon con los oficiales mayores, se les ofrecieron riquezas y les prometieron honores de todo lo cual gozarían si renegaban a su fe. Persistiendo ellos, inmóviles, confesando la fe, los magistrados les entregaron a los verdugos para que los rematasen.”

Altar con las reliquias de los santos mártires de Córdoba, España.

Altar con las reliquias de los santos mártires de Córdoba, España.

Siendo ya sentenciados a muerte los dos matrimonios, sin embargo, el tribunal aún quiso dejar libre a Jorge, pero éste redobló sus descalificativos contra el Islam, para asegurarse de que no le respetaran la vida: “Determinaron soltar a San Jorge porque los oficiales y magnates del palacio no le habían oído proferir injuria alguna contra el profeta. Más este ilustre maestro de santidad, tan pronto como se percató de que le dejaban libre y que no moriría con un solo golpe de cimitarra, exclamó juntamente con sus compañeros: “(…) ¿Por qué pensáis que abrigo en mi pecho buenos sentimientos acerca del seducido por el demonio, vuestro falso profeta? Para que lo sepáis bien, os digo claramente de aquel ángel que, transformándose en espíritu de luz, se apareció a vuestro legislador: le tengo yo por un demonio y a vuestro profeta como el hombre más abyecto, pues fue él, crédulo ministro del Anticristo y laberinto de todos los vicios; el cual, no solo se lanzó a si mismo al piélago infernal, sino que a vosotros, seguidores de sus vanas doctrinas, os ha entregado a las llamas eternas”. Naturalmente, esto provocó la irritación de los magistrados que habían determinado soltarlo, por ello, finalmente se resolvió que fuera degollado, por maldecir al Profeta y declarar abyecta su religión.

Martirio y sepultura
Así pues, los cinco cristianos fueron decapitados, según dice Eulogio: “(…) mataron primero a San Félix, después a San Jorge, luego a Santa Liliosa y, los últimos, a los atletas Aurelio y Sabigoto, el 27 de julio de la era 890”, lo que equivale al año 852, como decíamos, en tiempos de Abd-al-Rahman II, el cual moriría el 22 de septiembre de ese mismo año.

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Los cuerpos de los cinco ajusticiados permanecieron insepultos durante tres días. Luego fueron robados, recogidos y depositados en diferentes lugares: “San Jorge y San Aurelio se conservan en el cenobio de Peñamelaria; el de San Félix en el de San Cristóbal sito al otro lado del Guadalquivir. Los restos de Santa Sabigoto, están reunidos en la basílica de los Tres Santos (Fausto, Jenaro y Marcial). En la iglesia de San Ginés descansa Santa Liliosa y las cabezas de San Jorge y Santa Sabigoto están en otra parte”.

Urna que contiene las reliquias de los mártires cordobeses. Iglesia de San Pedro, Córdoba (España).

Urna que contiene las reliquias de los mártires cordobeses. Iglesia de San Pedro, Córdoba (España).

Conclusión
Realmente poco es lo que se puede añadir a lo narrado por San Eulogio, que constituye la fuente principal para conocer a los mártires mozárabes que fueron coetáneos suyos. Es muy importante remitirse a sus obras para ampliar la información sobre ellos, que esta servidora, forzosamente, ha tenido que recortar en demasía para no alargar más el ya prolongado artículo.

Las matizaciones hechas por San Eulogio sobre la ubicación de las reliquias de los mártires deben ser actualizadas según su estado hoy en día: en verdad, del grupo de mártires que hemos tratado hoy, sólo se conservan las reliquias de Santa Sabigoto (Natalia), que están en la urna de reliquias en la iglesia de San Pedro de Córdoba, junto a muchos otros mártires cordobeses (caso de Flora y María), pero no su esposo San Aurelio ni sus compañeros de martirio Félix, Liliosa y Jorge, cuyas reliquias se han perdido.

Meldelen

Bibliografía:
– S. RUIZ, Agustín, Obras completas de San Eulogio, edición bilingüe latín-castellano, Real Academia de Córdoba, 1959.

Enlace consultado (23/07/2014):
– www.santiebeati.it/dettaglio/64550

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Santos mártires de Córdoba

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Urna que contiene las reliquias de los mártires cordobeses.

Introducción
En el curso de la celebración del Jueves Santo (5 de abril del 2012), el obispo de Locri-Gerace, Mons. Giuseppe Fiorini Morosini, invitó a los fieles y sacerdotes a refexionar sobre la extraordinaria relación sobre la fe eucarística y la identidad cristiana. El punto de partida fue la llamada a Moisés, quién recibió de Dios la obligación de celebrar el rito de la Pascua, repitiendo el ceremonial de la noche del Éxodo cuando así le habló a su pueblo: “Y lo contarás en aquel día a tu hijo diciendo: se hace esto con motivo de lo que Yaveh hizo conmigo cuando me sacó de Egipto. Será como una señal sobre tu mano y como un memorial delante de tus ojos, a fin de que la ley de Yaveh esté en tu boca, ya que con mano fuerte, te sacó Yaveh de Egipto (Exodo, 13, 8-9). En este rito los hebreos encontraban su identidad nacional, siendo “un pueblo elegido y salvado por Dios, al cual ellos habían jurado lealtad, prometiendo guardar su pacto”.

A la luz de esta tradicional experiencia hebrea, Mons. Morosini evidenciaba que también Pablo reitera el mismo concepto cuando, al concluir el relato de la institución de la Eucaristía (1Cor. 11, 23-25), escribe: “Cada vez que comais de este pan y bebais de este cáliz, anunciaréis la muerte del Señor hasta que venga (1Cor. 11, 26). Como los hebreos en la Pascua, también los cristianos encontramos en la Eucaristía nuestra identidad de comunidad redimida que, a lo largo de los siglos, debe tener vivo el mandamiento del Señor y la nueva alianza (Hebreos, 12, 24), firmada por Él en la cruz. En la Eucaristía el creyente encuentra las instrucciones para este estilo particular de afrontar la vida, que debe ser la de los discípulos de Jesús.

El problema de la identidad cristiana es un elemento importante que la Iglesia ha afrontado a través de los siglos, aun a costa del martirio. Los santos mártires de Córdoba son el fruto de la fidelidad de muchas mujeres y hombres que rechazaron renegar de su pertenencia a Cristo.
Bajo el nombre de Santos mártires de Córdoba indicamos a aquellos cristianos mozárabes (que rechazaban la asimilación cultural con los musulmanes) y que fueron condenados a muerte por las autoridades islámicas por haber criticado públicamente el Corán o abjurado del Islam habiendo tomado la identidad cristiana.

La relación que sigue comprende a todos los antiguos mártires denominados “de Córdoba”, casi todos incluidos en el Martirologio Romano, pero excluyendo a los nuevos mártires cordobeses del siglo XX.

Grabado barroco de San Abundio en un estudio sobre su culto en Hornachuelos, España.

Los Santos Mártires de Córdoba
San Abundio de Córdoba (11 de julio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Abundio sacerdote, que durante la persecución de los Moros, interrogado por el juez, sostuvo con audaz respuesta los razonamientos de la fe y, suscitada de inmediato su indignación, fue condenado a muerte y posteriormente expuesto a las mordeduras de los perros y las fieras para que fuera devorado.

Santos Adolfo y Juan de Córdoba (27 de septiembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Adolfo y Juan hermanos, quienes durante la persecución de los Moros, en tiempos del emir Abd ar-Rahman II, fueron coronados con el martirio por Cristo.

Santos Amador, Pedro y Luís de Córdoba (30 de abril)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Amador sacerdote, Pedro monje y Luís, quienes durante la persecución de los Moros, fueron asesinados cruelmente por no haber dejado de predicar abiertamente el Evangelio de Cristo.

San Argimiro, monje de Córdoba (28 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Argimiro mártir que, siendo monje de edad avanzada, durante la persecución de los Moros, bajo el reinado de Mohamed II, recibió del juez la orden de renegar de Cristo y manteniéndose firme en la confesión de su fe, fue puesto sobre un caballete y atravesado con la espada.

Santa Áurea, virgen de Córdoba (19 de julio)
Marirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, Santa Áurea, virgen hermana de los santos mártires Adolfo y Juan, que durante la persecución de los Moros, conducida delante del juez, sintió miedo pero pensándolo súbitamente, superó al enemigo en un nuevo combate con el derramamiento de su sangre.

Santa Benilde de Córdoba (15 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la region andaluza de España, santa Benilde mártir, muerta en edad muy avanzada durante la persecución de los Moros.

Santa Columba, virgen de Córdoba (17 de septiembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, Santa Columba virgen mártir, que durante la persecución de los Moros profesó espontáneamente su fe delante del juez y del consejo ciudadano, siendo rápidamente decapitada con la espada a las puertas del palacio.

Lienzo de San Fándila, sacerdote mártir de Córdoba.

Beato Comendador de Córdoba, mercedario (3 de septiembre)
El beato Comendador, mercedario y caballero seglar, llamado el cordobés porque allí realizó su actividad apostólica de redención; permaneciendo en el anonimato en España, como un nuevo San Sebastián profesó su fe católica durante la persecución de los Moros. La Orden de la Merced lo recuerda el 3 de septiembre.

San Fándila, sacerdote de Córdoba (13 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Fándila sacerdote y monje que, durante la persecución de los Moros, bajo el reinado de Mohamed II, fue decapitado por su fe en Cristo.

Santas Flora y María, vírgenes de Córdoba (24 de noviembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, las Santas Flora y María, vírgenes mártires, que durante la persecución de los Moros fueron encerradas en la cárcel junto con San Eulogio y posteriormente, traspasadas con la espada.

San Isaac monje de Córdoba (3 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Isaac monje mártir, que durante la dominación de los Moros, no por un impulso humano sino por inspiración divina, dejó el monasterio de Tábanos y se presentó ante el juez para discutir con él acerca de la verdadera religión, siendo castigado con la muerte.

Santa Laura virgen de Córdoba (19 de octubre)
Abadesa del monasterio de Santa María de Cuteclara, cerca de Córdoba, en España. Se dice que durante la ocupación musulmana se negó a adjurar de su fe cristiana y conducida delante de un juez islámico, fue procesada y condenada a muerte en una caldera de brea hirviente. Después de tres horas de atroces dolores, entregó su alma a Dios. Era el año 864.

Santa Leocricia virgen de Córdoba (15 de marzo)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, Santa Leocricia virgen mártir, que habiendo nacido en el seno de una familia musulmana, conoció la fe de Cristo y arrestada en su casa junto con San Eulogio, fue decapitada cuatro días después del martirio de este, pasando así a la gloria eterna.

San Pablo diácono de Córdoba (20 de julio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Pablo diácono mártir, que instruido por el ejemplo y la palabra de San Sisenando, no tuvo temor para declarar delante de los príncipes y las autoridades musulmanas la vanidad de sus cultos, siendo asesinado por confesar a Cristo como verdadero Dios.

Imagen barroca del niño San Pelayo venerada en Ermua, España.

San Pelayo de Córdoba (26 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Pelayo mártir, que a la edad de trece años, por haber confesado su fe en Cristo y su castidad en contra de las lisonjas lascivas del emir Abdel ar-Rahman III, por orden de este fue despedazado con tenazas de hierro, consiguiendo así su glorioso martirio.

San Perfecto sacerdote de Córdoba (18 de abril)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Perfecto sacerdote mártir, que por haber arremetido contra la doctrina musulmana y profesado con firmeza su fe cristiana, fue encarcelado por los Moros y posteriormente, atravesado con la espada.

Santa Pomposa virgen de Córdoba (19 de septiembre).
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, Santa Pomposa virgen mártir, que durante la persecución de los Moros, huyó en secreto desde el monasterio de Peñamelara después de conocer el martirio de Santa Columba y llegando a Córdoba, profesó su fe en Cristo delante del juez, siendo decapitada inmediatamente con la espada delante de las puertas del palacio. Así obtuvo la palma del martirio.

Santos Rodrigo sacerdote y Salomón, hermanos de Córdoba (13 de marzo)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, la pasión de los santos Rodrigo sacerdote y Salomón, mártires: el primero, negándose a creer que Mahoma fuera un verdadero profeta enviado por el Omnipotente, fue encarcelado y allí se encontró con Salomón, que anteriormente había profesado la religión musulmana durante un tiempo y juntos, llevaron gloriosamente su propia prueba mediante la decapitación.

Santos Rogelio y Servideo de Córdoba (16 de septiembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Rogelio, monje anciano y Servideo (Abdallah), joven que, venidos de Oriente, condenados a muerte por haber predicado con valentía a Cristo ante los sarracenos, les fueron amputadas las manos y los pies y finalmente, murieron decapitados.

San Sandalio de Córdoba (3 de septiembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en España, San Sandalio mártir.

San Secundino de Córdoba (20 de abril)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Secundino mártir.

San Sisenando diácono de Córdoba (16 de julio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Sisenando diácono mártir, matado por los Moros por su fe en Cristo.

Detalle del rostro de San Teodomiro en una escultura venerada en Carmona, España.

San Teodomiro monje de Córdoba (25 de julio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Teodomiro monje de Carmona y mártir aun siendo joven, durante la persecución de los Moros.

San Witesindo de Córdoba (15 de mayo)
Martirologio Romano: Junto a Córdoba, en la Andalucía española, conmemoración de San Witesindo martir, que por temor a los Moros abandonó la fe cristiana, pero rechazando posteriormente el prácticar públicamente el culto musulmán, fue muerto por odio a la fe de Cristo.

San Zoilo de Córdoba (27 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Zoilo mártir.

Santos Pedro, Walabonso, Sabiniano, Wistremundo, Abencio y Jeremías, monjes de Córdoba (7 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Pedro sacerdote, Walabonso diácono, Sabiniano, Wistremundo, Abencio y Jeremías monjes, que durante la persecución de los Moros murieron sacrificados por Cristo.

Santos Acisclo y Victoria de Córdoba (17 de noviembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, región andaluza de España, los santos mártires Acisclo y Victoria.

Santos Anastasio, Félix y Digna de Córdoba (14 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, región andaluza de España, los santos mártires Anastasio sacerdote, Félix monje y Digna virgen que murieron los tres juntos en el mismo día: Anastasio habiendo confesado su fe cristiana delante de los jueces moros, fue rápidamente atravesado por la espada y junto con él, también Félix, de origen gétulo que había profesado la fe en Asturias y llevaba vida monástica; Digna, que era muy joven, al ver el martirio de sus dos compañeros, expresó con valentía su desaprobación ante el juez, siendo inmediatamente decapitada.

Beato Nicolás Alberga de Córdoba, sacerdote franciscano (10 de julio)
Martirologio Romano: En Damasco (Siria), la pasión de los beatos mártires Manuel Ruiz sacerdote y siete compañeros de la Orden de los Frailes Menores y tres hermanos fieles de la Iglesia Maronita, que engañados por un traidor, fueron entregados a los enemigos, siendo sometidos a diversas torturas por la fe concluyendo su martirio con una muerte gloriosa.

Santos Cristóbal y Leovigildo monjes de Córdoba (20 de agosto)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Leovigildo y Cristóbal monjes, que durante la persecución de los moros, profesaron espontáneamente la fe en Cristo delante del juez y fueron martirizados.

Lienzo barroco de San Rodrigo, sacerdote mártir de Córdoba, obra de Bartolomé Esteban Murillo.

Santos Elías sacerdote, Pablo e Isidoro monjes de Córdoba (17 de abril)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Elías, anciano sacerdote, Pablo e Isidoro, jóvenes monjes matados durante la persecución de los Moros por haber profesado la fe cristiana.

Santos Emila diácono y Jeremías de Córdoba (15 de septiembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Emila diácono y Jeremías, quienes durante la persecución de los Moros, después de haber estado durante mucho tiempo pudriéndose en la cárcel, concluyeron con la decapitación su martirio por Cristo.

San Eulogio sacerdote de Córdoba (11 de marzo)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Eulogio sacerdote y mártir, decapitado con la espada por haber proclamado abiertamente su fe en Cristo.

Santos Fausto, Jenaro y Marcial de Córdoba (13 de octubre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos Fausto, Jenaro y Marcial mártires, que adornaron la ciudad con sus tres coronas.

Santos Gumersindo sacerdote y Servideo monje de Córdoba (13 de enero)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Gumersindo sacerdote y Servideo monje, que habiendo profesado la fe delante de los jefes y jueces de los Moros, murieron por Cristo.

Santos Natalia (Sabigoto) y Aurelio, esposos y otros de Córdoba (27 de julio).
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Jorge diácono y monje sirio, Aurelio y Sabigoto (Natalia), esposos y Félix y Liliosa, igualmente esposos, que durante la persecución de los Moros, movidos por el deseo de dar testimonio de Cristo, fueron encarcelados, no censando jamás de alabar a Dios y muriendo finalmente decapitados.

San Sancho de Córdoba (5 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, el bienaventurado Sancho mártir, que siendo adolescente, fue conducido como prisionero desde la ciudad de Albi e instruido en la corte del emir y durante la persecución de los Moros, no dudó en sufrir el martirio por su fe en Cristo.

Imagen procesional de San Rogelio, monje mártir de Córdoba, venerada en Illora, España.

Conclusión
Concluyo este elenco o relación con un pensamiento del Beato Gregorio Escobar Garcia, joven sacerdote de veinticuatro años, mártir español del siglo XX: “Siempre me han conmovido profundamente las historias de los mártires que siempre han caracterizado a la Iglesia y que al leerlas, he tenido siempre un inconfesable deseo de poder encontrar su misma suerte. Este sería el mejor sacerdocio al cual podemos aspirar los cristianos: ofrecer cada uno el propio cuerpo y la propia sangre en holocausto por la fe. ¡Qué felicidad sería morir como los mártires!”.

El testimonio de los mártires siempre nos ayudan a mantener nuestra identidad cristiana, sin fundamentalismos y sin compromisos con el secularismo contemporáneo.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia de los Santos) – Voll. 1-12 e I-II apendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiográfico: 1977 – 2012
* Sitio web de zenit.org

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