Beatas Odile Baumgarten y Marie-Anne Vaillot, mártires

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Ilustración de las Beatas Odile Baumgarten y Marie-Anne Vaillot.

Ilustración de las Beatas Odile Baumgarten y Marie-Anne Vaillot.

Entre los 99 mártires de la Revolución Francesa cuya causa encabeza el sacerdote Guillaume Repin se encuentran dos religiosas pertenecientes a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que habían estado trabajando en el hospital de San Juan de Angers (Francia) cuando dieron su vida por la fe. Son las hermanas Odile Baumgarten (o Baugard, si se pronuncia su apellido de forma afrancesada) y Marie-Anne Vaillot, que, como la Beata Marguérite Rutan, Hija de la Caridad como ellas, y tantas otras de su misma congregación, murieron mártires en estos turbulentos años. Aprovechando que hoy es la festividad de su martirio, escribiremos sobre ellas, puesto que ambas fueron, de hecho, martirizadas juntas.

Dos Hijas de la Caridad
Odile Baumgarten o Baugard nació en la ciudad de Gondrexange, en la Lorena anexionada, el 15 de noviembre de 1750. Fue la cuarta hija de un molinero, Jean-Georges Baumgarten, y de su esposa Catherine Gadel, siendo bautizada al día siguiente. Sus tres hermanos mayores murieron en la infancia y muy pronto perdió a su padre y a un hermano menor recién nacido. A los 24 años de edad, el 4 de agosto de 1775, inició el postulantado de las Hijas de la Caridad en Metz, que era la capital de Lorena, siendo su primer destino un hospital en Brest, que fue destruido por un incendio apenas siete meses después de su llegada. Así que la trasladaron al hospital de San Juan de Angers, donde se la puso a cargo de la farmacia.

Por su parte, Marie-Anne Vaillot nació en Fontainebleau en 1734-36 -hay cierto baile de fechas en cuanto a su nacimiento, no estando claro si tenía 58 o 60 años en el momento de su martirio-, hija de un cantero, Étienne Vaillot, y de su esposa Anne Moran; siendo bautizada el 13 de mayo de ese año por François Brunet, sacerdote de la Misión. A los 27 años, el 25 de septiembre de 1761, entró en las Hijas de la Caridad en París, siendo el hospital de San Juan de Angers su cuarto destino.

Estampa devocional italiana de la Beata Odile Baumgarten, perteneciente a la serie del ilustrador Alberto Boccali ("Bertino").

Estampa devocional italiana de la Beata Odile Baumgarten, perteneciente a la serie del ilustrador Alberto Boccali (“Bertino”).

Este hospital, dedicado a San Juan Evangelista, había sido construido a finales del siglo XII por Enrique II Plantagenet como reparación por el asesinato de Santo Tomás Becket. En 1639 la administración había pasado a manos de las Hijas de la Caridad, siendo el primero del que ellas se encargaron por recomendación de madame Goussault a las autoridades municipales, después de haber visto que se encontraba en condiciones lamentables.

Tiempos difíciles
Hasta 1790 la Revolución se dejó sentir poco, aunque las hermanas estaban informadas de lo que sucedía en París por las cartas que llegaban de la capital. Pero en 1791 empezaron a sentirse presionadas por el juramento de fidelidad que todos debían prestar a la constitución civil del clero. Se vieron forzadas a cerrar la capilla del hospital en abril y se les prohibió tener de confesor al párroco local, porque no había realizado el juramento. La superiora general de la orden, la hermana Antoinette Taillade, protestó por ello y las autoridades municipales les permitieron tener cualquier confesor, pero realmente, los sacerdotes que no realizaban el juramento, salvo que estuvieran enfermos o fueran sexagenarios, eran arrestados y deportados. Esto produjo unos 264 sacerdotes exiliados de Angers. Y aunque a las hermanas se les permitió tener dos sacerdotes que habían tomado el juramento, y ellas permitieron que los enfermos decidieran si querían recibir o no los sacramentos de éstos, ellas, por su parte, preferían acudir a otros dos que no hubiesen jurado la susodicha constitución civil.

En agosto de 1792 se les exigió un nuevo juramento por ley, en nombre de la Libertad y la Igualdad, si se quería mantener un empleo por parte del Estado. La negativa suponía la pérdida del salario y, después de abril de 1793, la deportación a la colonia penal de la Guayana Francesa, en Sudamérica. En octubre de ese mismo año el juramento se hizo obligatorio para todas las órdenes religiosas femeninas. Al ser un tanto vago en términos, el juramento fue aceptado sin ser comprendido apenas. Con todo, la superiora, Antoinette Deleau, aconsejó a su comunidad ser prudentes, no enzarzarse en discusiones ni juicios de valor, no criticar otras religiones u opiniones.

Esta buena voluntad por parte de las religiosas fue en vano, ya que igualmente se vieron involucradas en la campaña anticlerical revolucionaria. El 9 de abril de 1792 la madre superiora comunicó que las Hijas de la Caridad, como las demás comunidades religiosas, habían sido legalmente suprimidas aunque no específicamente mencionadas. Les recomendó no abandonar a los pobres y seguir trabajando por ellos y por lo que hiciese falta siempre que no fuese en contra de la religión, la Iglesia o la conciencia de cada una. Pronto, se vio obligada por ley a dirigirse a sus hijas como “señoras”, ya nunca más como “hermanas”. Y pronto, se suprimieron también los hábitos religiosos, aunque ellas no lo abandonaron.

Monumento dedicado a las Beatas en Angers, Francia.

Monumento dedicado a las Beatas en Angers, Francia.

El comienzo del pulso
Durante la primera mitad de 1793 hubo revueltas contra las autoridades civiles por sus actividades antirreligiosas en Bretaña, Poitou y Anjou, pero en julio ya habían sido aplastadas. Después de esto, aumentó la represión. Ya en febrero, algunos ciudadanos de Angers habían pedido que las “aristócratas” que trabajaban en el hospital de San Juan debían ser llevadas ante el tribunal, acusándolas de tratar con dejadez y crueldad a los enfermos. En septiembre, ya pacificado el entorno, surgió de nuevo el tema a raíz de los roces a consecuencia de los problemas con el juramento de Libertad e Igualdad y el abandono del hábito religioso. El 2 de septiembre una guardia militar acordonó el hospital para evitar que las hermanas escapasen, y a las ocho los administradores civiles se reunieron con la superiora y otras tres hermanas.

Cuando se les planteó la problemática del juramento y el hábito religioso, ellas respondieron que no eran siervas civiles del Estado ni maestras -funcionarias públicas-, y que, por tanto, no estaban ligadas por ley a hacer ese juramento. Tampoco se habían desprendido del hábito porque las hacía más fácilmente reconocibles para los pacientes, y que era muy económico, pues duraba unos doce o quince años, cosa que no ocurría con la ropa de laico. Cambiar el vestuario de las treinta y nueve hermanas del hospital hubiese sido, pues, un gasto considerable.

La respuesta de las autoridades fue abrir un registro para que todas las mujeres que quisieran dedicarse al “cuidado de la humanidad” en el hospital, se apuntaran para prestar servicio y así poder echar a las Hijas de la Caridad. Pero sabían que esto iba a ser complicado, así que las presionaron de nuevo para que se quitaran el hábito, y las animaron a apuntarse en ese registro, animándolas a pensar sólo en “el amor al país, a la humanidad, la sumisión a las leyes y el deseo de cooperar en el fortalecimiento de la República”. Las autoridades centrales en París presionaban a su vez, por lo que el 9 de noviembre, se las presionó de nuevo localmente en ese sentido. Era un todo un pulso para ver quién cedía antes.

En ese mismo mes se confiscaron los vasos sagrados de la capilla, y el 15 de diciembre se hizo un inventario de los bienes de las hermanas, incluida la biblioteca, que tenía 130 libros encuadernados en piel, entre ellas, un comentario a las Sagradas Escrituras en 25 volúmenes. Las hermanas acabaron cediendo en lo de quitarse el hábito y sólo en eso, como ya habían anunciado.

Estampa devocional francesa de las dos Beatas.

Estampa devocional francesa de las dos Beatas.

El 29 de diciembre de 1793 la Convención dictó una nueva ley obligando a todas las religiosas a jurar por la Libertad y la Igualdad en diez días. La que se negara, iba a ser privada de salario, arrojada de su residencia y “considerada sospechosa y tratada en consecuencia”. El 5 de enero de 1794 se hizo saber a las hermanas de Angers que rechazar el juramento se consideraría “desobediencia formal a la ley y supondría el advenimiento de penas muy severas”. Los oficiales no paraban de visitar el hospital para presionar a las religiosas en pequeños grupos, de suerte que tres de ellas juraron el 19 de enero, y se sabe que muchas otras habrían jurado también de no ser por la “perfidia y sugestión, así como las malvadas resoluciones, de la susodicha Antoinette, de Marie-Anne y Odile”. Y aquí aparecen nuestras mártires ya como protagonistas y no sólo como integrantes de un gran grupo.

Prisión
Las autoridades recomendaron que estas tres mujeres, que habían fortalecido el resto de hermanas a no tomar el juramento, fueran retiradas inmediatamente del hospital. Antoinette Taillade, como ya hemos dicho, era la superiora; y ella, junto con Marie-Anne y Odile, fueron apartadas de las otras treinta y seis hermanas del hospital. La primera, naturalmente, por ser la superiora, pero las otras dos porque eran consideradas unas fuertes opositoras a las ideas revolucionarias, y se creía que tenían influencia sobre varias hermanas del hospital para hacerlas resistir a las intenciones de las autoridades civiles: “Es urgente excluir a estas tres personas tan peligrosas para el susodicho hospital como para sus compañeras. Que las dichas Antoinette, Marie-Anne y Odile sean arrestadas inmediatamente en la Casa de detención del Calvario”.

Las tres fueron inmediatamente arrestadas, pero no estuvieron mucho tiempo en prisión por la saturación de personas que habían sido arrestadas. Casi todas las casas religiosas de Angers eran ahora prisiones. Las tres Hijas de la Caridad se quedaron en el convento del Calvario hasta el 21 de enero. En esa fecha, Marie-Anne y Odile fueron separadas de Antoinette y trasladadas al convento del Buen Pastor. Según un informe de la época, las autoridades esperaban que se pudiera convencer a Antoinette de que convenciera al resto de la comunidad para que prestara juramento. No se quiso en ningún momento, en opinión del padre Gruget, que fue testigo y en cuyo diario nos basamos, poner en riesgo la vida de la superiora, pues pensaba que quizá las autoridades temían que si la madre Antoinette era ejecutada, las tres hermanas que habían jurado podían retractarse de lo hecho. Sin embargo, las intenciones para con Marie-Anne y Odile sí eran bien distintas. Ellas iban a ser convertidas en un ejemplo de lo que ocurría cuando rehusabas tomar el juramento revolucionario, tanto para asustar a la superiora, como para atemorizar al resto de las compañeras.

Detalle de las dos Beatas en una vidriera decimonónica francesa.

Detalle de las dos Beatas en una vidriera decimonónica francesa.

El 28 de enero de 1794, Marie-Anne y Odile fueron interrogadas en el convento del Buen Pastor. La transcripción del interrogatorio dedica nueve líneas a Marie-Anne y nueve a “Audile Bangard”, tal cual escribieron su nombre. “Marie-Anne Vaillot, de sesenta años de edad, natural de Fontenebleau, Hija de la Caridad del Hospital de San Juan de Angers, donde residía y donde fue arrestada el domingo hace ocho días por unos ciudadanos, ha dicho que el motivo de su arresto fue el no haber prestado el juramento y no querer prestarlo. No teme nada de lo que puedan hacerle, en sus respuestas se reconoce fácilmente que es una fanática y rebelde a las leyes de su país, no ha oído nunca la Misa de un sacerdote juramentado”.

“Audile Bangard, de cuarenta y tres años de edad, natural de Gondesconge en Lorena, Hija de la Caridad del Hospital de San Juan de Angers, donde residía y donde fue arrestada el domingo hace ocho días por unos ciudadanos, ha dicho que el motivo de su arresto fue el no haber prestado el juramento, no quiere prestarlo, no teme nada de lo que puedan hacerle, en sus respuestas se reconoce fácilmente que es una fanática rebelde a las leyes de su país”.

En el margen de la página del informe se ve la letra F, de “fusillade”, en francés, un indicativo de cómo debía ser ejecutada: por fusilamiento, como los pobres, ya que la guillotina, menos dolorosa, era para gente más adinerada. Casi exactamente las mismas palabras, y desde luego la misma F, fueron el obsequio para Odile.

Vía Crucis de las dos religiosas
El pelotón de fusilamiento operaba en el claustro de un antiguo priorato, a dos kilómetros de Angers, hoy conocido como Campo de los Mártires, donde se ejecutó a personas el 12, 15, 18, 20, 21 y 22 de enero de 1794. Los condenados eran atados en parejas a una cuerda central y se les hacía marchar desde las prisiones hasta el lugar. Los que no podían andar eran llevados en carro. Comenzaba un largo y horroroso via crucis para los prisioneros.

Ilustración de las dos Beatas, atadas juntas. Odile reclinada en Marie-Anne.

Ilustración de las dos Beatas, atadas juntas. Odile reclinada en Marie-Anne.

A Marie-Anne y a Odile se las ejecutó el 1 de febrero, aunque hubo ejecuciones posteriores el 10 de febrero y el 6 de abril, hasta completar más de dos mil personas ejecutadas en Angers. Mientras eran llevadas al lugar del fusilamiento, atadas la una a la otra a la cuerda central, y según cuenta el padre Gruget en su diario, Odile se sintió conmocionada al ver la fila de 398 desdichados condenados -mujeres en su mayoría- que, como ellas, iban a la muerte. Sin poder retroceder, palideció y se tambaleó. Marie-Anne, conmovida, la abrazó contra su pecho y le dijo: “No, querida hermana, no te debilites; la gracia te será dada de lo alto en abundancia, y te sostendrá. Esta corona que tanto hemos deseado, que tanto hemos ambicionado, está cerca de nosotras; unos pocos instantes, y la tendremos”. “La dulce hermana Odile Baugard, cuenta el manuscrito del Hospital, otra fuente fundamental del momento, parecía un poco preocupada al ver los preparativos; tenía miedo de carecer de coraje; pero, al salir de la cárcel, apoyándose en el brazo de la hermana Marie-Anne, porque ambas estaban atadas a la misma cuerda, ella encontró, en la fuerza de esta noble amiga, una fortaleza que hizo desaparecer en ella todo el miedo”.

Otra de las anécdotas que se cuentan es que una mujer piadosa, compadecida, les trajo un par de velos para que se cubrieran el rostro, porque sólo les habían permitido ponerse el tocado sobre la cabeza y entendía que ellas, siendo religiosas, debían estar sufriendo de verse expuestas así a las miradas del populacho. Cuando insistió en que tomara los velos que les ofrecía, Marie-Anne los rechazó diciendo: “No, no vamos a esconder nuestras caras, ¿es que es una vergüenza morir por Jesucristo? Más bien al contrario, todo el pueblo debe vernos y aprender de nosotras cómo se muere por la fe”. Así lo cuenta el padre Gruget; el manuscrito del Hospital, en cambio, indica: “Ellas no quisieron que ni capuchas ni mantos les taparan la cara, sino que llevaron simples tocados y así fueron con la cabeza alta hacia el suplicio, recitando los salmos de la Iglesia, desde la calle de San Nicolás hasta el Campo de los Mártires…”

Cuando la cola de prisioneros se sacudía, la hermana Marie-Anne, tan ardiente como compasiva con los sufrimientos del prójimo, consolaba a los condenados que le quedaban más cerca y que la podían oír, no sólo recomendándoles resignación sino tratando de contagiarles su entusiasmo de mártir: “Sólo un esfuerzo más, les decía, y la victoria será nuestra”. Estas palabras eran de una gran fortaleza para ellos y para su compañera Odile, tan víctima como todos de las penurias de la marcha y la dura prisión. “Una y otra se miraban, dice el manuscrito, con pío y tierno afecto, y de los labios de ambas se pudo oír aquel día varias veces la frase: “Nos está destinada una corona, no la perdamos hoy”.

Vidriera completa. La Beata Marie-Anne exhorta a la Beata Odile diciéndole que una corona les espera en el cielo.

Vidriera completa. La Beata Marie-Anne exhorta a la Beata Odile diciéndole que una corona les espera en el cielo.

En cierto momento, Odile, que como hemos dicho era la más delicada de las dos, no pudo resistir la pesadez de la marcha y, soltando un grito, se desplomó en el suelo, parando el transitar de prisioneros y alarmando a la fila entera. Se acercaron los guardias y querían agarrarla y tirarla brutalmente encima de un carro como a los otros que no podían caminar, pero Marie-Anne lo impidió interponiendo su cuerpo entre el de su compañera y el de los guardias; luego, con ternura, la levantó, la abrazó y, dedicándole palabras tiernas y caricias, la sostuvo y así Odile pudo seguir la marcha con su cabeza apoyada en el hombro de Marie-Anne. “Ella (Marie-Anne) le decía (a Odile) que (Odile) sería la primera en morir y que lo haría en el acto”, contaron los testigos; lo cual no deja de ser impactante, porque así sucedió. La enérgica monja acababa de profetizar los detalles de su martirio, o acaso lo había decidido así, que su débil compañera debía morir primero, rápido y con el menor dolor posible, reservándose a sí misma un peor martirio por compasión.

Pero los padecimientos iban a seguir y la prueba es que durante su momentáneo desmayo, a Odile se le había caído el rosario, que había logrado esconder entre sus ropas, pero que tenía prohibido conservar. Al agacharse a recogerlo, uno de los soldados, furioso al descubrir el objeto, le arreó tal culatazo en la mano que se la fracturó, causándole una gran hemorragia. Aún hoy, las Hijas de la Caridad veneran una gruesa piedra hallada en el lugar sobre la cual creen que la mano de la Beata Odile fue aplastada por la culata del fusil, tal cual si fuera una preciosa reliquia.

Las dos hermanas habían rezado durante todo el trayecto, tanto salmos como otros cánticos de la Iglesia, pero al llegar a Haie-aux-Bon-Hommes, donde iban a ser fusiladas, Marie-Anne, siempre llevando la voz cantante, empezó a recitar las Letanías de Nuestra Señora, que fueron inmediatamente seguidas por el resto de prisioneros con la invocación: “Virgen, en ti pongo mi confianza”. Iban acompañados de una banda militar y algunos de los más ardientes revolucionarios habían acudido para ver el espectáculo, refiriéndose a este tipo de escenas como “los días más felices de sus vidas”. Sin embargo, al ver la piadosa escena de las personas entonando las letanías a una, uno de estos revolucionarios no pudo evitar exclamar: “¡Duele ver morir a mujeres como éstas!”

Martirio de las Beatas.

Martirio de las Beatas.

La última oportunidad
Llegados al lugar de la ejecución, las víctimas fueron colocadas en fila ante el pelotón de fusilamiento. Sólo se daba una única descarga con los fusiles, y aquellos que no morían tras la primera ráfaga eran rematados con la espada o con la bayoneta.

A medida que los prisioneros iban entrando, siendo fusilados y cayendo en las fosas excavadas delante, otros que no las habían visto antes se dieron cuenta de las dos Hijas de la Caridad que estaban entre ellos. Se quedaron estupefactos: “¡Son hermanas!”, dijeron, “¡Hermanas del hospital! ¿Ellas también? ¡No es posible! ¡No deberían morir como nosotros!”. Y volviéndose hacia los verdugos, gritaban: “¡Piedad para las hermanas! ¡Piedad para las hermanas!”, haciendo que éstos se miraran entre ellos, sorprendidos. El oficial Ménard, que estaba a cargo del pelotón de fusilamiento, se dirigió hacia ellas y les dijo: “Aún es hora de escapar a la muerte. Vosotras habéis prestado servicio a la humanidad, pero por causa de un miserable juramento, ¿perderéis la vida y echaréis a perder tantas buenas obras en un solo día? No será así. Volved a casa y seguid prestando servicio. Si os repugna y os contraría, no hagáis el juramento, que yo me voy a encargar de decir que lo habéis hecho y os doy mi palabra de que no os harán nada, ni a vosotras ni a vuestras compañeras de prisión”.

La oferta no era cosa de risa y realmente el oficial estaba arriesgando su carrera y su vida con tal de salvar a las dos religiosas. Pero ellas ni querían tener la vida de nadie sobre su conciencia, ni ocultarse tras una mentira por salvar la vida. La misma Marie-Anne, en su nombre y en nombre de su compañera, respondió: “Gracias, señor, por vuestra oferta generosa; pero nuestra conciencia nos ha impedido hacer ese juramento, y tampoco queremos que se crea que lo hemos hecho”. Y así, demostraron tener una delicadeza de conciencia admirable, similar a la de los mártires de la Antigüedad que no aceptaron el libellum, el documento que estipulaba que habían sacrificado a los dioses paganos aunque no necesariamente lo hubiesen hecho.

Martirio
Había llegado el momento del martirio, y colocadas una junto a la otra, todavía atadas, en la fila de víctimas dispuestas para el fusilamiento, las dos hermanas, como todos los demás, recibieron la descarga de los fusiles. Tal y como Marie-Anne le había augurado, Odile tuvo la suerte de morir en el acto, acribillada inmediatamente por muchas balas. Se tambaleó y se hubiera desplomado en el suelo de no ser porque Marie-Anne, que sólo tenía un brazo roto por la descarga, la sostuvo contra su pecho, mientras seguía mirando al cielo, sin dejar de rezar: “¡Perdónales, Señor, le oyeron exclamar, porque no saben lo que hacen!”, y a pesar de tener el brazo destrozado, no soltó el cadáver de su compañera.

La Beata Marie-Anne sostiene el cadáver de la Beata Odile. Ilustración contemporánea.

La Beata Marie-Anne sostiene el cadáver de la Beata Odile. Ilustración contemporánea.

No se sabe exactamente cómo pudo Marie-Anne consumar su martirio, pero a tenor de lo dicho, es muy probable que uno de los soldados la rematara a golpe de sable, de bayoneta o incluso a culatazo limpio. Se sabe que muchas víctimas murieron con el cráneo aplastado a culatazos y que otras, no rematadas adecuadamente, llegaron a ser enterradas todavía vivas en las fosas comunes. Había predicho que Odile moriría primero y rápido, a ella le tocó una muerte más lenta y atroz. Dios haya querido no fuese la peor de las opciones posibles para los que no murieron fusilados.

Era el 1 de febrero de 1794. Odile tenía 44 años de edad y Marie-Anne tenía 58 o 60, en función de qué año de nacimiento estipulado para ella tomemos como válido.

Beatificación:
Como sabemos, el 19 de febrero de 1984, el papa San Juan Pablo II beatificó a 99 mártires de Angers y, entre ellos, a nuestras dos protagonistas de hoy. En su homilía, el Papa se vio obligado a hablar en términos muy generales debido a la gran cantidad de nuevos Beatos, pero llegó a mencionar a algunos por su nombre. Entre ellos, quiso recordar las palabras de consuelo que, en su hora solemne, Marie-Anne dirigió a Odile: “Tendremos la felicidad de ver a Dios y poseerle por toda la eternidad… y seremos de Él sin miedo y sin ser jamás separadas de Él”.

Meldelen

Enlaces consultados (30/01/2015):
– http://famvin.org/wiki/Odile_Baumgarten_and_Marie-Anne_Vaillot
– http://shenandoahdavis.canalblog.com/archives/2014/11/23/31011974.html
– http://somos.vicencianos.org/blog/beatas-maria-ana-vaillot-y-odilia-baumgarten

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