Santos mártires de Lyon (II)

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Los seis mártires que fueron arrojados a las fieras: de izqda. a dcha. Blandina, Póntico, Atalo, Alejandro, Maturo y Santo. Cripta de Saint-Nizier, Lyon (Francia).

Los seis mártires que fueron arrojados a las fieras: de izqda. a dcha. Blandina, Póntico, Atalo, Alejandro, Maturo y Santo. Cripta de Saint-Nizier, Lyon (Francia).

24 de junio, fiesta del Sol: en la arena
Terminados los interrogatorios y pronunciadas las sentencias, con motivo de una fiesta dedicada al Sol que tenía lugar el 24 de junio, se ofreció un espectáculo en el anfiteatro, a fin de ejecutar allí las condenas.

Del grupo de mártires, fueron precisamente los que más habían sufrido en los tormentos, es decir, Maturo, Santo, Blandina y Atalo, fueron los destinados a ser echados a las fieras, aunque previamente fueron torturados de nuevo: “(…) debieron padecer los mismos suplicios; las varas, los mordiscos de las fieras que los arrastraban por la arena y todo lo que el vulgo furioso pedía a gritos. Al fin las parrillas al rojo, sobre las cuales se asaban las carnes de los mártires, despidiendo olor intolerable, que se extendía por todo el anfiteatro. (…) A Santos no consiguieron hacerle pronunciar otra palabra que aquella que había repetido desde el principio: “Soy cristiano”. Por fin, después de tan horrible martirio, como aún respirasen, fue mandado que los degollasen. Éste fue el final, en efecto, de Maturo y de Santo.

Blandina, por contra, a pesar de haber sido también fustigada con vergas y sentada en una silla al rojo vivo, para después ser crucificada, no fue atacada por ningún animal y así, sobrevivió aquel día: “(…) fue expuesta a las fieras suspendida en un poste. Atada a él en forma de cruz, constantemente estuvo haciendo oración a Dios, con lo cual esforzaba el valor de los demás mártires, los cuales, en la persona de la hermana, veían con sus propios ojos la imagen de Aquel que murió crucificado por su salvación, y para demostrar a los que creyeran en Él que todo aquel que padeciera por la gloria de Cristo habla de ser partícipe con Dios. No atacando ninguna fiera el cuerpo de la mártir, fue depuesta del madero y encerrada en la cárcel, reservándola para un nuevo combate”.

Escena de documental: Blandina sufre el tormento de la silla de fuego

¿Y qué sucedió con Atalo? Pues en principio fue expuesto y humillado públicamente en el anfiteatro, y parecía que la gente disfrutaba viéndolo así, pues sabían que era de familia noble. Pero luego se supo que era ciudadano romano y lo sacaron de la arena: “Paseáronle por el anfiteatro, y delante de él era llevada una tabla, sobre la cual se habla escrito en latín: “Éste es Atalo, el cristiano”, lo cual fue motivo para que los espectadores se enardecieran más contra él. Cuando el legado se dio cuenta de que era ciudadano romano, mandó que fuera de nuevo conducido a la cárcel con todos los demás. Luego, consultó al César sobre lo que habla de hacerse con los encarcelados, y esperó su respuesta”.

La gran fiesta del mes de agosto
La respuesta del emperador establecía – según la praxis ya iniciada por Trajano – que si renegaban de su fe, fueran puestos en libertad, pero si no, fueran ejecutados. Como se acercaba una inminente fiesta anual en aquella región, en la que solía participar un gran gentío y se abría un gran mercado con comerciantes que venían de lejos, el gobernador pensó iniciar un nuevo proceso con mucha más pomposidad, para dar un buen espectáculo de la justicia romana. Los cristianos que tenían la ciudadanía romana fueron condenados a morir decapitados y los otros, se reservaron para un nuevo espectáculo de fieras en el anfiteatro.

Relación de varones que murieron degollados: de izqda. a dcha. Filomeno, Gémino, Octubre, Comino, Vidal, Ulpio, Primo, Silvio, Alcibíades, Macario, Epagato y Zacarías. Cripta de Saint-Nizier, Lyon (Francia).

Relación de varones que murieron degollados: de izqda. a dcha. Filomeno, Gémino, Octubre, Comino, Vidal, Ulpio, Primo, Silvio, Alcibíades, Macario, Epagato y Zacarías. Cripta de Saint-Nizier, Lyon (Francia).

Durante los interrogatorios, un tal Alejandro, que era un médico de origen frigio, pero que hacía años que vivía en las Galias, animaba con gestos y señales a los cristianos a que permaneciesen fieles a su fe. Este comportamiento fue visto por el populacho y Alejandro fue arrestado y expuesto a las fieras, después de haber sido cruelmente atormentado: “Como contestase que era cristiano, irritado el juez le condenó a las fieras. Al día siguiente fue echado a ellas junto con Atalo, porque el legado no quiso oponerse a las reclamaciones del pueblo. Ambos, después de pasar por todos los tormentos inventados por el odio contra los cristianos, después de un magnífico combate, fueron degollados. Alejandro, en todo el tiempo que duró el martirio no pronunció una palabra ni exhaló un gemido, sino que estuvo abstraído en Dios. Atalo por su parte, al ser tostado en una parrilla, como exhalase muy mal olor su cuerpo, habló de esta manera al pueblo: “Esto que estáis haciendo, esto es comerse a los hombres; nosotros ni nos comemos a los hombres, ni hacemos mal ninguno”. Y como los gentiles le preguntasen por el nombre de Dios, contestó: “Dios no tiene un nombre como nosotros los mortales”. Dos puntos interesantes, o quizá, tres: el primero, Atalo, que primero había sido librado de las fieras por ser ciudadano romano, inexplicablemente es arrojado a las mismas. Segundo, como éste, desde la parrilla, increpa a sus verdugos acusándolos de lo que los cristianos eran acusados: canibalismo. Y tercero, la creencia judeocristiana del anonimato de Dios, en contraposición con el panteón pagano, plagado de dioses con sus respectivos nombres.

El último día de los espectáculos se presenció el martirio de Blandina, la esclava irreductible que había llegado hasta el final pese a todos los tormentos descargados sobre su frágil cuerpo -y no por mujer, pues siendo mujer había sido más fuerte que muchos hombres juntos, sino porque se nos dice que era de aspecto frágil-; y de Póntico, un muchacho de quince años. En días anteriores habían sido sacados de la cárcel para que presenciaran las torturas de los demás y así tuvieran una primicia de lo que les esperaba. Aún así, no lograron doblegarlos llegado el momento de su sufrimiento: “Experimentaron en ellos toda clase de torturas y vejaciones para conseguir hacerlos jurar por los dioses, pero todo inútil. Todos los espectadores se daban cuenta de que las exhortaciones de la hermana eran las que sostenían al joven, que finalmente después de sufrir con gran ánimo los tormentos expiró. Ya sólo quedaba Blandina, que como una madre había animado a sus hijos al combate, y había hecho que todos la precedieran vencedores delante del rey, siguiéndoles a todos ella por el sangriento sendero que habían trazado, gozosa de su próximo triunfo, como quien ha sido convidado a un banquete nupcial, no como un condenado a las bestias. Después de tolerar los azotes, después de ser arrastrada por las fieras, después de las parrillas ardientes, fue envuelta en una red y expuesta a un toro bravo, el cual la lanzó repetidas veces por los aires pero ella no sintió nada: tan abstraída estaba en la esperanza de los bienes futuros y en su íntima unión con Cristo. Al fin la degollaron. Los mismos gentiles llegaron a confesar que nunca entre ellos se había visto a una mujer padecer tantos tormentos”.

Relación de mujeres que murieron degolladas: de izqda. a dcha. Materna, Helpes, Pompeya, Julia, Emilia, Cuarta, Rogata, Potamia, Biblis, Albina, Grata y Ródana. Cripta de Saint-Nizier, Lyon (Francia).

Relación de mujeres que murieron degolladas: de izqda. a dcha. Materna, Helpes, Pompeya, Julia, Emilia, Cuarta, Rogata, Potamia, Biblis, Albina, Grata y Ródana. Cripta de Saint-Nizier, Lyon (Francia).

La ferocidad del populacho y el odio del magistrado no se aplacaron con la muerte de estos mártires. Los restos de los muertos fueron sacados del anfiteatro y dejados insepultos para que fueran comidos por las fieras salvajes, los que habían muerto en la cárcel fueron arrojados a los perros, mientras que los soldados vigilaban impidiendo que nadie pudiese acercarse a ellos. Finalmente, pasados seis días, los restos fueron recogidos, quemados y las cenizas, lanzadas al Ródano. Así, incluso eran compadecidos por los paganos: “Algunos otros, un poco más humanos, y que aparentaban tenernos compasión, también nos escarnecían diciendo: “¿Dónde está su Dios? ¿Y qué les ha aprovechado su religión por la cual han dado sus vidas?”. Ésta era la actitud de los gentiles para con nosotros. (…) Con esto creían hacerse superiores a Dios y privar a los mártires de la resurrección. “De este modo, decían ellos, no les quedará ninguna esperanza de resucitar, confiados en la cual han introducido esta nueva religión, y sufren alegres los más atroces tormentos, despreciando la misma muerte. Ahora veremos si resucitan y si su Dios les puede auxiliar y librarlos de nuestras manos”.

El texto concluye hablando de aquellos que, habiendo pasado por los suplicios pero no habiendo muerto por la fe, aun teniendo el cuerpo lleno de heridas y cicatrices, no permitían que les llamaran mártires, sino simplemente confesores, porque mártires sólo eran los que habían muerto. También menciona someramente a Alcibíades, cristiano muy mortificado que, habituado a una estricta dieta de pan y agua y queriendo reproducir en la cárcel, tras la primera salida a la arena, este régimen, fue aconsejado por Atalo de que no lo hiciese, pues era motivo de escándalo para los demás -acaso porque estando en pleno martirio, debía fortificarse-, y de inmediato aceptó tomar todos los alimentos.

¿Y los demás?
Es imposible precisar cuantos mártires cayeron en este evento. En el relato de Eusebio sólo se mencionan diez nombres propios -los diez que hemos resaltado en este artículo en negrita, a saber: Blandina, Potino, Atalo, Maturo, Santo, Biblis, Póntico, Alcibíades, Alejandro y Vecio Epagato-, pero el mismo escritor afirma, al final de su relato, que era imposible precisar el número de víctimas, sus nombres y cómo murió cada uno de ellos. Así pues, a raíz de fuentes, la mayor parte de los mártires de Lyon y de Vienne permanecen anónimos.

Blandina destrozada por los toros en la arena. Grabado de Jan Van Luyken.

Blandina destrozada por los toros en la arena. Grabado de Jan Van Luyken.

Sin embargo, el Martirologio Jeronimiano da una lista de cuarenta y ocho nombres, pero se sabe que esta lista no es exacta. Aún así, siendo conscientes de ello, reproducimos a continuación esta lista, presente en los mosaicos de las iglesias lionesas de San Martín y de San Nizier: Blandina, Potino, Zacarías, (Vecio) Epagato, Macario, Alcibíades, Silvio, Primo, Ulpio, Vidal, Comino, Octubre, Filomeno, Gémino, Julia, Albina, Grata, Rogata, Emilia, Potamia, Pompeya, Ródana, Biblis, Cuarta, Materna, Helpes, Santo, Maturo, Atalo, Alejandro, Póntico, Arisceo, Cornelio, Josino, Tito, Julio, Zótico, Apolonio, Geminiano, Julia, Ausonia, Emilia, Jamnica, Pompeya, Domna, Justa, Trófima y Antonia. En total, 48 nombres: 22 mujeres, entre las cuales, dos llamadas Julia, dos llamadas Emilia -una de las cuales aparece representada como una niña de corta edad- y dos llamadas Pompeya; y 26 varones. Pero insisto: esta lista no es exacta, no sabemos exactamente cuántos murieron, cuáles eran, y cómo cada uno, a pesar de que han sido divididos por género de muerte tal cual vemos en las imágenes. Sólo por citar algunos errores de la lista: Zacarías y Vecio Epagato son el mismo, ya que es llamado en el documento de las dos maneras; el primero es el Santo al cual era comparado -San Zacarías, padre de San Juan Bautista-, y el segundo es su nombre real. Otro error: ¿Epagato fue mártir? Así lo insinúa la carta, sin embargo, el mismo texto habla de él en presente, como si hubiese sobrevivido, y no se hace referencia a su martirio en concreto. Tan sólo los nombres remarcados en negrita son indudables, pero el resto, siendo perfectamente creíbles, nos muestra un variado mosaico de nombres latinos y griegos, lo que prueba el variado origen de los mártires, o que muchos de ellos, quizás, como Blandina, eran esclavos -era habitual cambiar los nombres a los esclavos al gusto de los amos, y muchos portaban nombres griegos-. Lo que está claro es que los ejecutados a espada gozaban de la ciudadanía romana y se ahorraron las bestias, salvo Atalo, que fue ilegalmente supliciado por el odio que le tenía la multitud.

Como parece evidente en la misma narración, no todos los mártires murieron el mismo día, es más, para los que llegaron hasta el final su sufrimiento se alargó meses, como sabemos, pero se conmemoran colectivamente desde finales del siglo V, fijándose su fecha el día 3 de junio, fecha que aparece en los Martirologios Jeronimiano y Romano.

Ruinas del anfiteatro de las tres Galias, en Lyon (Francia). Lugar del martirio de Blandina, Atalo, Póntico, Alejandro, Maturo y Santo. El poste de madera ha sido colocado en la actualidad como memoria a su sacrificio.

Ruinas del anfiteatro de las tres Galias, en Lyon (Francia). Lugar del martirio de Blandina, Atalo, Póntico, Alejandro, Maturo y Santo. El poste de madera ha sido colocado en la actualidad como memoria a su sacrificio.

Controversias sobre la datación y ubicación del martirio
Hay que añadir que recientemente han aparecido algunas dudas acerca del año exacto del martirio y sobre el lugar de la masacre. La primera cuestión es suscitada por Nautin en su obra “Cartas y escritos cristianos de los siglos II y III”, publicada en París en 1961. Esta duda no es de gran importancia y los argumentos que aduce para corregir la fecha tradicional del año 177 no parecen muy interesantes, ya que él argumenta que el martirio pudo ocurrir entre el 174-175.

La segunda cuestión es ampliamente discutida por Colin en su obra “El imperio de los Antoninos y los mártires galos del año 177”, publicada en Bonn en el año 1964 y un añadido “más revolucionario”, no tanto en sí mismo, sino por las consecuencias que trae también consigo en otros campos de las ciencias eclesiásticas. Según Colin, los mártires del año 177 no murieron en las Galias, sino en el Asia Menor, exactamente en Sebastopol-Heracleópolis, en el Ponto. Dice que Eusebio copió mal el nombre de la ciudad, identificándola con Vienne de las Galias (Iulia Vienna), habiendo también transcrito Lyon en vez de Neoclaudiópolis, engañado por los idénticos nombres latinos de dichas ciudades. De este modo, él deduce que Eusebio tradujo un texto latino. Dice asimismo que estos mártires son los famosos “Cuarenta mártires de Sebaste”, cuyo cenotafio estaba en Sarein, cerca de Zela (la actual Kyrklar) a 25 kilómetros al norte de Sebastopol.

Esta obra de Colin es juzgada por los bolandistas como “un long et laborieux plaidoyer en faveur d’une cause indéfendable”, vamos, que es criticada duramente y probablemente seguirá siendo criticada. No hay motivos para dudar que se trata de unos mártires del 177 (o fecha cercana), martirizados en las cercanías de Vienne y de Lyon, conforme marca esta antiquísima tradición.

Relicario de los mártires de Lyon y Vienne, en Lyon (Francia).

Relicario de los mártires de Lyon y Vienne, en Lyon (Francia).

Terminamos ya, pidiendo disculpas a los lectores por tan prolongado artículo, pero ciertamente si hay mártires que merezcan tanta atención, son éstos, por su absoluta historicidad y por el testimonio de primera mano que nos ofrece el relato de martirio de estos hombres y mujeres que dieron su vida por la fe. Un pasado del que bien orgullosa puede estar no sólo la Iglesia gala, sino toda la cristiandad.

Meldelen

Bibliografía:
“Actas selectas de los mártires”, Ed. Apostolado Mariano, Sevilla 1991, pp. 31.41.
– VVAA, Bibliotheca sanctorum, Ed. Città Nuova, Roma 1984.

Enlaces consultados (03/05/2014):
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-ii/los-martires-de-lyon

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Santos mártires de Lyon (I)

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Mosaico con los nombres de los 47 mártires de Lyon y Vienne. Cripta de la iglesia de San Martín de Ainay, Lyon (Francia).

Mosaico con los nombres de los 47 mártires de Lyon y Vienne. Cripta de la iglesia de San Martín de Ainay, Lyon (Francia).

Introducción: un documento plenamente histórico
A menudo, en este blog, nos surgen cuestiones y dudas en los debates acerca de si conceder o no mucha credibilidad a los contenidos de las passio de los mártires de la Antigüedad, dudas que nace de la razón de ser de este blog, es decir, ofrecer a todos unos contenidos críticos sobre hagiografía que permitan separar realidad de ficción. Muchas veces se ha mencionado ya que de la mayor parte de los mártires de la Antigüedad no sabemos ni sabremos nunca gran cosa, y que eso no implica necesariamente que no hayan existido. Pero también hemos dicho que existen documentos y actas totalmente fiables acerca de las circunstancias del martirio de algunos cristianos. De algunos casos fuera de toda duda ya hemos hablado aquí: nos referimos al martirio de los Santos Perpetua, Felicidad y compañeros mártires de Cartago, de Santa Crispina de Thebessa, de San Policarpo de Esmirna, de los Santos Fructuoso, Augurio y Eulogio en Tarragona, de los mártires escilitanos, por citar sólo algunos. Hoy presentamos a otro grupo de mártires de indudable existencia histórica, cuyos detalles martiriales también son de absoluta fiabiliad, por habernos llegado en un documento contemporáneo.

Así pues, una carta de los cristianos de Vienne y de Lyon (entonces Lugdunum) a las iglesias de Asia nos permite saber lo que fue de un grupo de cristianos que, en tiempos de Marco Aurelio -concretamente en el año 177- fueron objeto de una redada de las autoridades. Se les acusaba de incesto y canibalismo, y la suposición de que celebraban monstruosas orgías secretas provocó un gran alboroto. Entre este grupo de mártires brilla con luz propia la esclava Blandina (“afectuosa”, en latín), apresada junto a su señora; pero en este artículo hablaremos del grupo, pues la carta centra su atención en diversos nombres propios.

Esta carta, como decía, es de un inestimable valor histórico, ya que, si bien impregnada de la retórica y lirismo del cristianismo, constituye uno de los pocos documentos realmente verídicos que hallamos en nuestra compilación. Podemos por asegurar la vera existencia de la mártir Blandina, de todos sus compañeros, y de todos los detalles de su proceso y muerte. Inevitablemente, éste será un artículo largo; pues el martirio duró, para los que llegaron hasta el final, hasta casi seis meses, entre interrogatorios, cárceles y torturas; lo que desmonta también esos “procesos relámpago” que a menudo vemos en las passio fantasiosas.

Detalle de algunas mujeres del grupo: de izda. a dcha. Julia, Domna, Jamnica, Materna, Ausonia, Justa, Emilia, Antonia, Trófima y Pompeya. Cripta de San Potino, iglesia de Saint-Nizier, Lyon (Francia).

Detalle de algunas mujeres del grupo: de izda. a dcha. Julia, Domna, Jamnica, Materna, Ausonia, Justa, Emilia, Antonia, Trófima y Pompeya. Cripta de San Potino, iglesia de Saint-Nizier, Lyon (Francia).

Así pues, como “mártires de Lyon” se designa a un grupo de cristianos asesinados en el año 177 en las Galias, pero a los que en justicia deberíamos llamarlos “mártires de Vienne y Lyon”, ya que en realidad pertenecen a ambas ciudades, además de que Vienne es la primera ciudad nombrada en el primer documento que nos habla de ellos. El relato de su martirio probablemente fue redactado por San Ireneo de Lyon. Con palabras muy simples y espontáneas nos refleja un estupendo cuadro vivo y conmovedor de lo que era la primitiva iglesia gala, la cual estaba llena de fieles entusiasmados con el ideal del martirio, que aceptaban de buen grado. Nos lo presenta con entusiasmo y orgullo, pero también con modestia y humildad. Con una fe que hace soportar los sufrimientos físicos, pero también con una gran solicitud y apoyo hacia los compañeros más débiles y, sobre todo, con una simplicidad heroica que nos conmueve profundamente.

El texto completo del relato estaba contenido en una carta que las Iglesias de las Galias enviaron poco después de dicho acontecimiento, a sus hermanos de Asia Menor y de Frigia. Eusebio de Cesarea la incluyó en su “Relación de mártires”, pero esta obra se perdió. Sin embargo, poseemos algunas piezas que el mismo Eusebio se preocupó de incluir en su “Historia Eclesiástica” y que nos ha servido para hacer esta no tan breve síntesis.

Este artículo no pretende, en modo alguno, reproducir la totalidad de la carta. Tampoco es posible que sirva de sustitución a la misma: todo cristiano o lector interesado en la primitiva cristiandad debería leerla, por lo tanto, dejo aquí un enlace al texto original, cuya lectura encarecidamente recomiendo, y poco a poco iremos desgranando los detalles del mismo, haciendo hincapié en sus protagonistas y en los sufrimientos que padecieron por la fe.

La esclava Blandina interrogada. Detalle del altar de la Santa en su parroquia de Lyon, Francia.

La esclava Blandina interrogada. Detalle del altar de la Santa en su parroquia de Lyon, Francia.

Finales de marzo, año 177: arresto y primeros interrogatorios
Como sucedía a menudo en el siglo II, los cristianos de las Galias fueron, de manera improvisada, sometidos al odio y a la persecución de los paganos. Se les impedía utilizar los baños, el foro y otros lugares públicos: todo lo que una enfurecida multitud podría hacerle a sus enemigos, como ultrajes, vejaciones, insultos, palizas, lanzamiento de piedras, robos, etc. Así lo testimonia el texto: “(…) llegó a tal extremo que ni en las casas ni en los baños, ni aun en el foro, se toleraba nuestra presencia; en ningún lugar nos podíamos presentar”.

Muchos fueron arrestados y llevados al foro para ser interrogados por el tribuno de turno y por los magistrados. Uno tras otro confesaban ser cristianos y como quien podía juzgarles estaba ausente, fueron encerrados en prisión. “Los que habían sido arrestados fueron conducidos al foro por el tribuno y los duunviros de la ciudad, e interrogados ante el pueblo. Todos confesaron su fe y fueron encarcelados hasta el regreso del legado imperial.” Al llegar el juez fue instruido el proceso y comenzaron los interrogatorios. Un joven llamado Vecio Epagato, asqueado por aquel grotesco proceso, pidió ser aceptado para defender a aquellos acusados. Entonces se formó un gran tumulto entre el gentío y Vecio fue también arrestado, y como también se declaró como cristiano, fue agregado a los prisioneros: “(…) impaciente de hacerse de algún modo útil, no pudo sufrir tan manifiesta iniquidad, y lleno del celo de Dios pidió para si la defensa de los acusados, comprometiéndose a probar que no merecían la acusación de ateísmo e impiedad. Los que rodeaban el tribunal exclamaron a voces contra él. El legado rehusó su demanda, por más justificada que fuera, y le preguntó simplemente si era cristiano: “Sí”, respondió él con voz clara y resuelta; y fue agregado al número de mártires”.

El miedo y la fiereza de los tormentos hizo que diez cristianos débiles renegaran de la fe, pero fueron reemplazados por otros, entre los cuales se encontraban algunos personajes de cierta importancia que habían ayudado en ambas iglesias (Vienne y Lyon) a difundir el Evangelio. Junto con los cristianos, fueron arrestados también algunos esclavos paganos, los cuales, instigados por los soldados y espantados por los tormentos con los que les amenazaban, declararon falsamente contra sus amos, calumniándolos como asistentes a comidas opulentas y lujuriosas, a relaciones incestuosas y a otras vilezas. Estas declaraciones suscitaron una nueva y más violenta ola de furor contra los cristianos, que fueron sometidos a todo tipo de torturas, con la vana esperanza de obtener de ellos alguna confirmación de aquellas atrocidades, las cuales pudieran justificar el tratamiento que pensaban darles.

Santa Blandina. Vidriera decimonónica en la cripta de la iglesia de San Martín de Ainay, Lyon (Francia).

Santa Blandina. Vidriera decimonónica en la cripta de la iglesia de San Martín de Ainay, Lyon (Francia).

Los primeros nombres propios
Los verdugos se ensañaron especialmente contra el diácono de Vienne llamado Santo, contra Maturo, Atalo, que procedía de Pérgamo, y contra Blandina, la esclava de apariencia débil, pero de gran fortaleza, que se ha convertido en protagonista y representante del grupo: “(…) Blandina, en la cual demostró Cristo que lo que a los ojos de los hombres es vil, ignominioso y despreciable, es para Dios de gran estima, en razón del amor demostrado a Él y de la fortaleza en confesarle; porque Dios aprecia las cosas como en sí son, no las apariencias. Todos temíamos, y en particular la que habla sido su señora (también se encontraba entre los mártires), que aquel cuerpo tan diminuto y débil no podría confesar la fe hasta el fin; pero fue tal la fortaleza de Blandina, que los verdugos que se relevaban unos a otros desde la mañana hasta la noche, después de aplicarle todos los tormentos, tuvieron que desistir, rendidos de fatiga. Agotados todos sus recursos, se confesaron vencidos, admirándose de que aun quedase con vida después de tener todo el cuerpo desgarrado y deshecho por los tormentos, llegando a confesar que una sola de las torturas hubiera bastado para causarle la muerte, cuanto más todas ellas. A pesar de todo, ella, como un fuerte atleta, renovaba sus fuerzas confesando la fe. Y pronunciando estas palabras: “Soy cristiana” y “Nosotros no hacemos maldad alguna”, parecía descansar y cobrar nuevos ánimos, olvidándose del dolor presente”. Ésta era Blandina, una esclava, es decir, un poco de nada, de menos que nada, sin derechos, sin personalidad legal ni jurídica, sin humanidad incluso, según la mentalidad de la época, un objeto, una herramienta, una propiedad con la que se podía hacer lo que se quisiese. Ella, que no era nadie, en el martirio y en la confesión de su fe se convirtió en todo, en alguien inolvidable, y lo hizo sin grandes discursos ni las palabrerías que nos tienen acostumbrados las passio más famosas. Sólo decía que era cristiana y que ellos no hacían nada malo, negando las acusaciones. No necesitaba decir nada más.

Pero no es la única, ya que el diácono Santo mostró tambien una gran fortaleza en los tormentos: “(…) estuvo tan constante y firme que no dijo su nombre ni el de su nación, ni el de su ciudad, ni aun si era siervo o libre, sino que a todas las preguntas respondía en latín: “Soy cristiano”. Esto era para él su nombre, su patria y su raza, y los gentiles no pudieron hacerle pronunciar otras palabras. Por todo lo cual se encendió contra él de un modo especial la ira y furor del presidente y de los verdugos; hasta tal punto, que no quedándoles ya más lugar en que atormentarle, le aplicaron láminas de bronce ardiendo sobre las partes más sensibles del cuerpo. Mientras sus miembros se abrasaban, él permanecía firme e inconmovible en su confesión, porque estaba bañado y fortificado por las aguas de vida que manan del cuerpo de Cristo. El cuerpo mismo del mártir atestiguaba claramente lo que había sufrido, porque todo él era una llaga, contraído y retorcido, de tal forma que ni la figura de hombre conservaba”.

También menciona el texto a otra mujer, llamada Biblis (conocida también como Biblíde o Biblíada), que en un primer momento había renegado de Cristo por miedo a las torturas. Sin embargo, esto no la libró del tormento, pues fue torturada para que aceptara denunciar a sus hermanos y diera confirmación a las acusaciones de crímenes de canibalismo e incesto que se vertían sobre ellos. Ella se negó a tal calumnia, pero, en medio del dolor que sufría, vino su conversión: “(…) recapacitando y como despertando de un profundo sueño, los tormentos que tenía presentes la hicieron pensar en los del infierno. Y dijo a sus verdugos: “¿Cómo creéis vosotros que unos hombres a quienes está prohibido comer carne de animales han de comerse a los niños?” Desde aquel momento se confesó cristiana y fue contada entre el número de los mártires”.

Relación de varones que murieron en la cárcel: de izqda. a dcha. Geminiano, Apolonio, Zótico, Julio, Tito, Zósimo,  Cornelio, Aristeo y Potino. Cripta de Saint-Nizier, Lyon (Francia).

Relación de varones que murieron en la cárcel: de izqda. a dcha. Geminiano, Apolonio, Zótico, Julio, Tito, Zósimo, Cornelio, Aristeo y Potino. Cripta de Saint-Nizier, Lyon (Francia).

De abril a junio: confesores y apóstatas
Como tantos cristianos se habían mostrado fuertes ante las torturas, los perseguidores optaron por vencerlos mediante un tormento más lento: la degradación en el ambiente asfixiante e insalubre de la cárcel: “Se los encerró en oscurísimos y muy incómodos calabozos, con los pies metidos en cepos y estirados hasta la quinta clavija, además de todos los inventos de nuevos suplicios que los crueles carceleros, inspirados por el demonio, imaginaron para dar tormento a sus víctimas. A tal extremo llegaron que muchos perecieron asfixiados en las cárceles Dios, que en todas las cosas muestra su gloria, les habla reservado tal género de muerte. Otros que hablan sido tan atrozmente martirizados que ni imaginarse podía, quedaron con vida, aunque se les hubieran aplicado todos los remedios, continuaron en la cárcel, destituidos de auxilio humano, pero confortados por el Señor, firmes espiritual y corporalmente, los cuales enardecían y consolaban a los demás. Otros que hablan sido apresados posteriormente y que no estaban tan acostumbrados a los tormentos, no pudiendo soportar los padecimientos de la cárcel, expiraron en ella”. Es decir, que muchos murieron “suffocati in carcere”, asfixiados en la cárcel, fallecidos a consecuencia de sus heridas, dejados sin comida ni medicinas.

Entre los que murieron en prisión, pero ya habían sido previamente maltratados, estaba el obispo Potino, de la iglesia de Lyon, que ya sobrepàsaba los noventa años de edad y que, pese a su ancianidad, dio un brillante testimonio y sufrió un gran maltrato: “Preguntado por el presidente cuál era el Dios de los cristianos, respondió: “Si eres digno le conocerás”. Luego, sin respeto alguno, fue arrastrado y cubierto de heridas, porque los que estaban cercanos a él le dieron de patadas y puñetazos, sin el menor respeto a sus canas. Los que estaban más lejos le arrojaron cuanto les vino a las manos: todos ellos se hubieran creído reos de un gran crimen si no le hubieran atormentado cuando pudieron. Así creían vengar la injuria de sus dioses. En aquel estado fue llevado a la cárcel, donde expiró a los dos días”. Muchos otros murieron en prisión por abandono, asfixia o heridas.

Relación de mujeres que murieron en la cárcel: de izqda. a dcha. Antonia, Trófima, Domna, Justa, Pompeya, Jamnica, Ausonia, Emilia y Julia. Cripta de Saint-Nizier, Lyon (Francia)

Relación de mujeres que murieron en la cárcel: de izqda. a dcha. Antonia, Trófima, Domna, Justa, Pompeya, Jamnica, Ausonia, Emilia y Julia. Cripta de Saint-Nizier, Lyon (Francia).

Hace hincapié el texto en un detalle muy interesante; y es que los que habían renegado de Cristo no se vieron libres del tormento y la penuria, como hemos visto en el caso de Biblis. Sin embargo, estando mezclados confesores y apóstatas, la actitud de unos y de otros era bien distinta: “Todos aquellos hermanos que habían sido apresados cuando la primera orden de detención y que habían renegado la fe, fueron encarcelados lo mismo que los que la habían confesado, y sufrían las mismas penalidades que los mártires. Nada les valió su apostasía. Aquellos que se confesaron cristianos fueron encarcelados como tales, y no se les imputó otro crimen. En cambio, a los otros se le encarcelaba como a homicidas y hombres criminales, y sufrían doble tormento que los demás. Porque a los verdaderos mártires les consolaba y daba ánimo el gozo del martirio, la esperanza de la gloria y el amor a Jesucristo y del Espíritu del Padre. Por el contrario, a los renegados les remordía su conciencia, tanto que con sólo mirarlos a la cara se les conocía y se les distinguía de los demás. Los verdaderos mártires andaban alegres, reflejándose en sus caras una cierta majestad y nobleza, de modo que las cadenas para ellos eran un adorno, que aumentaba su hermosura, como la de una desposada vestida de su traje de boda. A los apóstatas se les veía con la cabeza baja, sucios, mal vestidos, cubiertos de ignominia hasta para los mismos gentiles, que despreciaba su cobardía y los trataban como a asesinos confesos por su propio testimonio. Habían perdido el glorioso y salutífero nombre de cristianos. Todo esto era un gran estímulo para los confesores de la fe que lo veían”. Sigue diciendo el texto que muchos apóstatas se convirtieron ante el ejemplo que daban sus hermanos en la fe.

Para evitar cansar a los lectores, sabiendo que es un texto muy denso y que es preciso leerlo bien para captar todos sus detalles y tomar conciencia de todos sus protagonistas, detenemos aquí la narración y mañana seguiremos hablando de los momentos culminantes del martirio de esta comunidad valiente y entregada de las Galias.

Meldelen

Bibliografía:
“Actas selectas de los mártires”, Ed. Apostolado Mariano, Sevilla 1991, pp. 31.41.
– VVAA, Bibliotheca sanctorum, Ed. Città Nuova, Roma 1984.

Enlaces consultados (03/05/2014):
– http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-ii/los-martires-de-lyon

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