Beatas mártires carmelitas de Guadalajara

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estampa devocional española de las tres Beatas.

Si el otro día rememorábamos a las primeras víctimas de la Guerra Civil, hoy rememoramos a las primeras en ser beatificadas. Las Beatas mártires carmelitas de Guadalajara (España) fueron tres religiosas de la Orden carmelitana cuyo martirio causó gran impacto en su momento, y el pasado 29 de marzo se cumplieron los 25 años de su beatificación. Pero, para mejor guiarnos a través de este terrible relato, primero hablaré de cada una de las tres mártires y posteriormente los hechos que las condujeron a la corona del martirio.

Beata María del Pilar de San Francisco de Borja
En el siglo se llamó Jacoba Martínez García y nació en Tarazona (Zaragoza) el 30 de diciembre de 1877, a las once y media de la mañana, hija de Gabino y Rosa; los cuales tuvieron once hijos, uno de ellos sacerdote (Julián) y otra, Severiana, también monja carmelita en Guadalajara (como María Araceli del Santísimo Sacramento), ocho morirían a edad muy temprana.

Jacoba aprendió a rezar casi antes que a andar y a hablar; y esta precocidad en el ámbito de lo religioso se mantendrá a lo largo de su vida: el 1 de agosto de 1879, con tan sólo dos años de edad, recibe el sacramento de la Confirmación. Sin embargo, su niñez y juventud fueron bastante normales, pues era amistosa, de carácter abierto y alegre y con gusto por las fiestas. Su madre a menudo le preguntaba si le gustaría ser carmelita, como era el caso de su hermana Severiana, y ella se negaba diciendo que ése no era su camino. Pero el día en que vio profesar a su hermana en el Carmelo de Guadalajara, quedó impresionada por lo que vio y pidió a Dios que le diera la vocación. Luego, ya sintiéndola, lo comunicó a su madre y a su hermano; y en 1898 ingresaba como aspirante en el mismo Carmelo. Profesaría con el nombre de María del Pilar de San Francisco de Borja y viviría 38 años allí, hasta el momento de su martirio.

Su vocación fue absoluta y sólo pensaba en dedicarse enteramente al Señor y a sus hermanas, por lo que todo se empeñaba en hacerlo bien. Era una perfecta bordadora y muy hábil en general con las manos, por lo que lo mismo confeccionaba alpargatas para sus compañeras, como cultivaba plantas en la huerta. En cualquier tarea resultaba buena e útil y le encantaba el trabajo, teniendo presente lo que recordaba San Pablo y recogía también la Regla del Carmelo: “Quien no trabaje, que tampoco coma”. Y pese a que todo lo sabía hacer y lo hacía bien, era tan humilde que siempre preguntaba cómo hacer las cosas, con toda sencillez. Aquí destacaba su proverbial obediencia y todas las hermanas que declararon en su proceso de beatificación reiteraron que era muy obediente. Tomaba de ejemplo a San José, tan humilde y trabajador como ella, imitando en esta devoción a Santa Teresa de Jesús.

Estampa con reliquia de las tres Beatas y tres fotografías reales, correspondientes a su momento de profesión en el Carmelo de Guadalajara.

Entre sus muchas virtudes, destacaban también el amor al recogimiento y a la soledad de su celda; para estar más dispuesta a orar con Dios. Su principal devoción era la Eucaristía, llamando a Jesús Sacramentado “El Vivo”, a quien le ofrecía todas sus acciones. También a la Virgen María, diciendo “lo espero todo de Jesús por María”.

Cuando se abatieron días difíciles para el país y se vislumbraba la guerra, cierto día confesó a la priora: “Madre, yo me ofrezco como víctima por Vuestra Reverencia y por toda la comunidad”. Sus palabras resultarían proféticas.

Beata Teresa del Niño Jesús y de San Juan de la Cruz
En el siglo se llamó Eusebia García y García y nació en Mochales (Guadalajara) el 5 de marzo de 1909, siendo la más joven de la tres Beatas; hija de Juan y Eulalia, la segunda de ocho hermanos. Sus mismos hermanos dijeron posteriormente de la espiritualidad cristiana que se vivía en aquel hogar: “En nuestra casa se respiraba un ambiente profundamente cristiano (…) mi madre comulgaba diariamente (…) rezábamos diariamente el rosario en familia. Desde niños nos enseñaban nuestros padres a asistir a todos los actos de la iglesia e íbamos todos juntos…” Por lo que parece normal que en esta familia surgieran vocaciones como la de un hermano sacerdote, otro jesuita y la tercera, nuestra Beata carmelita.

En Sigüenza, 20 de junio de 1916, con sólo siete años de edad y en vísperas del Corpus, Eusebia recibía el sacramento de la Confirmación y, al año siguiente, en 7 de junio, el de la Comunión. En 1918 ingresó como interna en el colegio de las religiosas Ursulinas de Sigüenza, donde recibió una esmerada educación. Aunque era traviesa y juguetona, su gran virtud se revela a los doce años, cuando realiza voluntariamente el voto de castidad y esclavitud mariana. Tanto maestras como compañeras se daban cuenta de sus cualidades, dejando en ellas huellas de alegría, caridad y piedad, de las que luego darían cuenta en su proceso de beatificación.

Fue al leer Historia de un alma, la obra autobiográfica de Santa Teresa de Lisieux; y al asistir en 1922 unos sermones sobre Santa Teresa de Ávila con ocasión del III centenario de su canonización; cuando se maduró definitivamente su vocación religiosa. Varios religiosos le hablaron elogiosamente de sus propias órdenes, queriendo destinarla a sus Casas de formación, pero ella ya hacía tiempo que tenía decidido dónde quería profesar y así lo dijo: “Seré carmelita como Santa Teresa y Santa Teresita, y en el Carmelo de San José de Guadalajara”.

Estampa devocional española con ilustración de las tres Beatas.

No faltaba la influencia de su tío, el sacerdote don Florentino, canónigo, profesor y mártir como ella en 1936. Él estuvo inmediatamente de acuerdo con su vocación y la veía madura para ella, pero no sus padres; que la veían demasiado joven y además la querían para que cuidara de sus hermanos más pequeños. Fue necesario que don Florentino insistiera e intercediera ante sus padres para que por fin, el 2 de mayo de 1925 -¡con sólo 16 años de edad!- Eusebia ingresara en el Carmelo de Guadalajara, tomado el nombre de sus dos Santos más queridos: Teresa del Niño Jesús y San Juan de la Cruz.

Se conservan unas notas que tomó durante unos ejercicios espirituales, tituladas “Propósitos” y que rezan así: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor. Mis resoluciones son, Señor mío, ya lo sabes: 1. Amarte con locura no teniendo otro deseo que consumirme en las llamas de tu amor. 2. Para probarte este amor, trabajar por ser el ángel de caridad de mi comunidad. Cuento con tu gracia, Jesús mío”.
Para enunciar sus votos se preparó muy seriamente y escribió un plan de vida. Destacó por ser una gran organista y enfermera; tenía un gran espíritu de trabajo, y éste y la mortificación le eran muy agradables como medio de santificarse. Era muy eucarística, ya que pasaba largas horas ante el sagrario y pedía morir por los sacerdotes. Al igual que su querida Santa Teresita, tenía un ardiente celo por las misiones y trabajaba haciéndoles propaganda. Hizo suyo también el lema del profeta Elías: “Vive el Señor en cuya presencia me encuentro”, para no perderle nunca de vista.

Beata María Ángeles de San José
En el siglo se llamó Marciana Valtierra Tordesilla y nació en Getafe (Madrid) el 6 de marzo de 1905, hija de Manuel Dimas y Lorenza, la última de diez hermanos, cuatro niños y seis niñas. Fue una criatura frágil, enfermiza, a la que su madre no pudo dar el pecho y tuvo que encargarse de ello una nodriza. Pero ya de niña y cuando todavía no sabía hablar bien, disfrutaba yendo a misa y sentía necesidad de ayudar a los pobres; cuando los veía, corría a su madre y le decía: “Mamá, mamá, otro pos, más pos”. Y lo que es más curioso, ya anunciaba su futura vocación palmeando alegre y diciendo convencida: “Cuando sea mayol voy a sel monca”. Se educó en el Colegio de la Sagrada Familia y el 3 de junio de 1910, con sólo 5 años, recibía el sacramento de la Confirmación.

Pero siendo todavía niña se quedó sin su madre, que murió santamente. Esto la apenó durante mucho tiempo, pues en una carta que escribió a su hermana Marcelina cuando tenía doce años, confesaba: “¡Cuánta falta me hace la mamá! ¡Cómo la echo de menos! Pero la Santísima Virgen hace sus veces, pues me he encomendado a ella y la he tomado por Madre”. Su devoción también quedó manifiesta cuando, con 14 años, asistió a la Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, el 30 de mayo de 1919, por el rey Alfonso XIII.

Estampa devocional española de las Beatas, compuesta a partir de las fotografías originales.

Una compañera de su infancia dijo de ella: “Marciana era guapísima de cuerpo y alma. Atraía por todos los conceptos. Era un prototipo de humildad, y daba gusto verla comulgar…” Sus mismas hermanas comentaban entre ellas, con toda sinceridad: “¡Qué buena es Marciana! Nunca se enfada aunque tenga motivos. En su presencia nadie puede murmurar. Siempre la vemos alegre, con una sonrisa en los labios, y no hay duda que tendrá también sus días malos como nos sucede a todos”. En las declaraciones para el proceso de su beatificación, algunas personas hicieron las siguientes afirmaciones sobre ella: “Amó mucho la soledad y huía del mundo y de toda diversión, dando señales de odio al pecado y amor a la virtud” “Era muy amante del silencio, llevaba siempre recogida la vista” “Recuerdo que era siempre muy sufrida, que nunca se la oyó quejarse” “Sentía un gran amor a las misiones y ardiente celo para la salvación de las almas…”

Fue una gran ayudante del padre Juan Vicente, en proceso de beatificación, para extender la revista La Obra Máxima. Viendo cómo era, era más que lógico suponer que tenía vocación religiosa, pero tuvo que esperar mucho tiempo para poder profesar como religiosa, y cuando lo hizo, fue en el Carmelo de San José de Guadalajara y no en el Cerro de los Ángeles, que hubiese parecido más lógico.
Ingresó el 14 de julio de 1929, sólo dos día antes de la fiesta de la patrona del Carmelo, la Virgen del Carmen, y tomó el nombre de María Ángeles en honor a la patrona de su pueblo natal, Getafe –Nuestra Señora de los Ángeles– y de San José. Vistió el hábito el 19 de enero de 1930, hizo su profesión simple el 21 de enero de 1931 y sus votos solemnes el mismo día de 1934.

Desde su ingreso en el noviciado y durante los siete años que estuvo de carmelita, sus hermanas distinguieron en ella muchas virtudes y cualidades humanas. A un periodista que les preguntó ellas explicaron: “La caridad y el olvido de sí misma fueron sus principales cualidades (…) las hermanas que convivieron con ella decían que nunca le habían podido notar una falta”. Amaba la mortificación y no tenía problema en sacrificarse; era obediente y caritativa con sus hermanas, también muy humilde en todo lo que hacía; y celo por las misiones también, al ofrecer todo lo que hacía por la salvación de las almas. Un día, durante el recreo, dijo: “¡Qué dicha si pudiéramos derramar la sangre por Cristo! Pero yo no merezco esta gracia”. Pero sí la mereció, como podemos ver a continuación.

Estampa devocional española más conocida de las tres Beatas. En el registro inferior, el convento de San José de Guadalajara (España) antes (dcha.) y después de la quema (izqda.)

Los hechos
El 21 de julio de 1936, el comandante de ingenieros Ortiz de Zárate convence al Regimiento de Aerostación, de guarnición en Guadalajara, que se una a la sublevación militar. Por ello, se declara el estado de guerra y la guarnición tomó la ciudad, liberando a diversos jefes que estaban en la prisión militar. Al día siguiente, y tomado el Cuartel de la Montaña, sale de Madrid una columna de unidades militares, Guardia Civil y de Asalto, así como numerosas milicias anarquistas; que tras acabar con la resistencia de la guarnición de Alcalá de Henares atacaron las fuerzas de Guadalajara, en el puente de la carretera de Madrid. Tras un primer intento que es rechazado, finalmente las fuerzas atacantes rodean la ciudad y entran, finalizando la lucha a las siete de la tarde; asesinando a Ortiz de Zárate y los jefes y oficiales refugiados, quedando la ciudad en manos de las milicias.

En el momento en que se tomaba la ciudad, las carmelitas estaban comiendo en el refectorio, y al tener noticia de lo que ocurría, inmediatamente huyeron a refugiarse en el sótano, pues temían que bombardeasen la ciudad. Allí pasaron toda la tarde “pidiendo a Dios e implorando misericordia para todos”.
Posteriormente, la priora ordenó a todas las religiosas que se despojasen de sus hábitos de carmelita y se vistiesen de seglares, contemplando ya la necesidad de huir. Intentaron cenar, aunque apenas pudieron probar bocado. Después llegó el sacerdote don Eulogio Cascajero, su capellán, ya vestido de paisano, y les dio la comunión, diciendo: “Comulguen por viático”. Luego hundió las demás formas. En ese momento, llegó la portera y dijo: “Salgan ustedes pronto, que vienen con teas encendidas para prender fuego al convento”. Y no les quedó más remedio que abandonarlo, en diversos grupos, vestidas de seglar y pasando la noche del día 23 al 24 en los sótanos del Hotel Iberia y en una pensión.

Aquella noche la pasaron todas en vela, rezando “pues nos habíamos llevado nuestros breviarios”. El día 23 lo pasaron asustadas y con gran peligro, pues 14 monjas, de las 18 que formaban la comunidad, estaban en una misma casa y eso llamaba demasiado la atención. Por lo que la hermana Teresa, poniéndose en pie, decidió abandonar la casa y sugirió a sus compañeras que las que quisieran la acompañaran para mejor disimular y trasladarse a otra parte.
La acompañaron las hermanas María Pilar y María Ángeles, sus compañeras de martirio. Era la tarde del 24 de julio de 1936 cuando salieron a la calle, en dirección al lugar donde esperaban poder refugiarse – calle Francisco Cuesta, nº5-, y encontraron su final.

Incendio del convento de San José de Guadalajara. En el registro superior, gloria de las tres Beatas. Ilustración contemporánea para el libro de las tres Beatas editado por Apostolado Mariano.

El martirio
El hecho de separarse y trasladarse a otra parte, aunque fue un gesto bienintencionado al pretender disimular la aglomeración de religiosas, no fue afortunado, pues aunque eran tres mujeres de seglares que iban por la calle y en principio esto no debería haber llamado la atención, su actitud las delató: “caminaban tímidamente, temiendo ser sorprendidas y disimulando lo más posible” y además tenían el cabello muy corto para lo que era habitual en las mujeres laicas. Cuando pasaron junto a un grupo de milicianos, que se celebraban su victoria divirtiéndose y alborotando en plena calle, una miliciana las reconoció con religiosas, y señalándolas, gritó: “¡Son monjas! Disparad sobre ellas”. Su salvaje invitación fue secundada por sus compañeros, que se lanzaron sobre las despavoridas religiosas. Ellas huyeron corriendo hacia la calle Francisco Cuesta y efectivamente pudieron alcanzar el portal del número 5, pero, aunque llamaron angustiadas a los dos primeros pisos; no pudieron encontrar a quienes esperaban. Se vieron de nuevo en la calle, a merced de los milicianos, que inmediatamente abrieron fuego contra ellas. A partir de este momento, los hechos se sucedieron de forma vertiginosa.

La más afortunada de las tres fue la hermana María Ángeles, pues cayó muerta inmediatamente, sobre el bordillo de la acera, debido a que una de las balas le atravesó el corazón. Y allí se quedó. Tenía 31 años de edad.

La más desafortunada fue la hermana María Pilar, pues a ella le estaba reservada una agonía muy lenta y dolorosa. Al caer al suelo, también acribillada a balazos y junto al cadáver de la hermana María Ángeles, estaba viva todavía y se quedó tendida en un charco de sangre, gimiendo: “¡Dios mío… Dios mío…!” Lejos de apiadarse de la víctima, volvieron a disparar contra ella y un miliciano sacó un cuchillo y la apuñaló con saña, abriéndola de cuajo y dejando al descubierto un riñón.
Con el ruido de las detonaciones y el griterío, empezó a llegar gente. Un guardia de asalto increpó a los asesinos y consiguió trasladar a la herida a una farmacia cercana; donde al examinarla, vieron que las heridas eran mortales y que era urgente trasladarla al hospital.
Así que detuvieron el primer coche que pasó para pedir auxilio. No tuvieron suerte, ya que el chófer, al ver que se trataba de una monja herida, no quiso ayudarles y aun gritó “¡Traédmela aquí y yo la remataré!”, para luego pisar el acelerador y dejarlos atrás.

Agonía de la Beata María Pilar. Ilustración contemporánea para el libro de las Beatas editado por Apostolado Mariano.

El segundo intento tuvo éxito y pudieron trasladarla al dispensario de la Cruz Roja, en la plaza Merlasca. A punto estuvieron los que llevaban la camilla de ser linchados a la puerta del dispensario por otro grupo de milicianos, que no querían que se atendiera a la religiosa,sino que pretendían rematarla allí mismo. Pero se impuso la autoridad de los guardias de asalto y pudo pasar la hermana María Pilar a que la atendieran debidamente.

Fue la odontóloga María Carrasco quien la atendió como pudo, poniéndole algo de hielo en la boca para aliviarla y animándola con frases de aliento. El director provincial de Sanidad fue también hasta ella, interesado por su estado, y la animaba; pero tanto él como la odontóloga sabían que no se podía hacer nada por ella. Así pues, decidieron trasladarla al hospital, limitándose ellos a darle los primeros auxilios, esto es, vendar las heridas para tratar de detener la abundante hemorragia.
Fue en el hospital, ya encamada, donde murió lentamente, asistida por una Hija de la Caridad que le sugería jaculatorias junto a ella. Mientras agonizaba, la oía murmurar: “Padre, perdónales…” y “Viva Cristo Rey, frases que repitió hasta que entregó el alma. Sus últimas palabras, claras y lúcidas, fueron: “¡Dios mío, Dios mío, perdónales, que no saben lo que hacen!” Era la tarde del 24 de julio de 1936, y tenía 58 años de edad.

El martirio de la hermana Teresa fue diferente, y ha sido calificado de “maravilla” por quienes lo conocen, aunque personalmente considero que, no siendo el más doloroso ni el más rápido, fue el más angustioso de los tres.
Cuando las balas se abatieron sobre ellas y sus dos compañeras cayeron al suelo, la hermana Teresa salió corriendo, aterrada, y dado que pudo huir, salió ilesa de aquel tiroteo. Dejando atrás a sus dos compañeras y no pudiendo pensar con claridad, dado el miedo que sentía, corrió a refugiarse a las puertas de un hotel cercano –el Hotel Palace-, pidiendo auxilio, pero varios hombres que estaban a la puerta le bloquearon el paso, impidiéndole entrar. Se vio entonces de nuevo en la calle, sola y angustiada, a merced de sus perseguidores.

Martirio de la Beata Teresa. Ilustración contemporánea para el libro de las tres Beatas editado por Apostolado Mariano.

Siguió vagando, aturdida, hasta que cierto sujeto se acercó a ella y, fingiendo querer ayudarla, le dijo: “Tranquila, no hagas caso de ésos, que son unos brutos… vente conmigo, te pondré a salvo.” Y ella, que como he dicho no pensaba con claridad, se dejó llevar por aquel hombre mientras gemía una y otra vez: “¡Jesús! ¡Jesús!” Poco a poco, agarrada del brazo, por el puente de San Antonio, se la fue llevando hacia los exteriores de la ciudad, y para cuando Teresa se dio cuenta, ya casi no quedaban casas y estaban en las tapias del cementerio. Entonces recobró de golpe la conciencia de lo que sucedía a su alrededor y cayó en la cuenta de que se la estaba llevando aparte para violarla. En efecto, no tardó aquel indeseable en hacerle proposiciones deshonestas, que ella rechazó enérgicamente.

Entonces, según el testimonio del empleado de la funeraria, que lo vio todo, llegaron tres milicianos que la obligaron a seguir adelante, agarrándola y empujándola brutalmente. La importunaban con expresiones soeces y querían obligarla a que vitoreara el comunismo, pero ella sólo respondía:“¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!”. Viendo que no lograban doblegar su voluntad, le dieron orden de correr hacia adelante, cosa que ella hizo, con los brazos estirados en cruz y gritando todavía vivas a Cristo Rey. En ese momento la cosieron a tiros por la espalda y cayó de bruces, arrojando sangre por la boca. Murió poco después, ya que a la media hora, el mismo testigo se encontró con su cadáver en el cementerio. Tenía 27 años de edad.

Beatificación de las mártires
Los cuerpos sin vida de las tres carmelitas fueron enterrados en una fosa común del cementerio de Guadalajara, junto con otras víctimas de la guerra. No fue hasta el año 1941 cuando los cadáveres fueron exhumados, de suerte que fueron fácilmente identificados al conservarse todavía en ellas restos de sus escapularios carmelitanos, correas del hábito y sobre sus pechos, los crucifijos que cada una había recibido en el momento de su ingreso en el Carmelo.

Dado el número de testigos que tuvo el martirio de estas tres religiosas, y lo terrible e impactante del mismo, su proceso de beatificación fue muy rápido. Cincuenta años después del martirio, el papa San Juan Pablo II, el 29 de mayo de 1987, a las nueve y media de la mañana, las beatificó junto con otros dos nuevos Beatos españoles: el cardenal Marcelo Spínola y el obispo Manuel Domingo y Sol.

Vista del sepulcro de las tres Beatas. Convento carmelita de San José de Guadalajara, España.

Quiero despedirme con un extracto de la homilía del Papa respecto a estas tres mártires carmelitas:
“En la vida y el martirio de estas tres carmelitas resaltan hoy ante la Iglesia unos testimonio que debemos aprovechar:
El gran valor que tiene el ambiente cristiano de la familia para la formación y maduración de la fe de sus miembros.
El tesoro que supone para la Iglesia la vida religiosa contemplativa, que se desarrolla en el seguimiento total de Cristo orante y es un signo preclaro del anuncio de la gloria celestial.
La herencia que deja a la Iglesia cualquiera de sus hijos que muere por su fe llevando en sus labios una palabra de perdón y amor a los que no los comprenden y por eso los persiguen.
El mensaje de paz y de reconciliación de todo martirio cristiano como semilla de entendimiento mutuo, nunca como siembra de odios y rencores.
Y una llamada a la heroicidad constante en la vida cristiana como testimonio valiente de una fe, sin contemporizaciones pusilánimes ni relativismos equívocos. (…)
Una vida interior profunda en todas las almas consagradas y en todos los apóstoles de la Iglesia”
.

Beatas mártires carmelitas de Guadalajara, que sufristeis sin culpa alguna el odio y la incomprensión de vuestros semejantes, pero que moristeis con palabras de amor y perdón en los labios, suplicando por los que os asesinaban, ¡rogad por nosotros!

Meldelen

Bibliografía:
– FERAUD GARCÍA, J.M, “Tres azucenas ensangrentadas de Guadalajara: Compendio de la biografía de la Hna. María Pilar, Hermana Teresa y Hermana María Ángeles, Carmelitas Descalzas” Guadalajara 1982.
– LÓPEZ-MELÚS, Rafael María, “Las tres carmelitas mártires de Guadalajara”, Ed. Apostolado Mariano, Sevilla.
– MONTERO, Antonio, “Historia de la persecución religiosa en España: 1936-1939”, pp.521-523. BAC Madrid, 1969.
– RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, Gregorio, “El hábito y la cruz: religiosas asesinadas en la Guerra Civil Española”, Edibesa, Madrid 2006.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es