Santos Anastasio, Félix y Digna, mártires mozárabes

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Bustos policromados de los Santos Digna y Anastasio de Córdoba (s.XVII). Colección Compañía de Jesús, Provincia Colombia.

Bustos policromados de los Santos Digna y Anastasio de Córdoba (s.XVII). Colección Compañía de Jesús, Provincia Colombia.

Siguiendo nuestra serie dedicada a los mártires mozárabes -de algunos de los cuales hemos hablado ya- recordamos hoy a estos tres santos que murieron en la Córdoba de mediados del siglo IX, concretamente en el año 853.

Nuevamente, la mejor fuente a la que podemos aspirar para conocer de primera mano a estos mártires, como ya hicimos en el caso de Flora, María, Aurelio, Sabigoto, Félix, Liliosa, Jorge, Nunilo y Alodía, son los escritos de San Eulogio, que conoció personalmente a la mayoría de ellos. Seguiremos por tanto un extracto de la obra de este autor.

San Anastasio, presbítero mártir
Nos dice San Eulogio, quien narra uno por uno las vivencias de los mártires mozárabes de Córdoba que “… al día siguiente de la muerte del valeroso Fándila, sufrió martirio el sacerdote Anastasio. Éste, desde sus primeros años, estudió las artes y las letras en la basílica de San Acisclo de Córdoba, viendo en la misma hasta su plena juventud, es decir, hasta los veinticinco años, ejerciendo el ministerio de diácono. Después practicó la vida monástica de la cual se había prendado y ya hombre maduro, recibió y ejercitó el sacerdocio y la cura de almas”. Anastasio, también cordobés de nacimiento, había comenzado sus estudios en las aulas de San Acisclo, donde fue ordenado diácono; luego decidió seguirlos en Tavana, donde abrazó la vida religiosa y fue ordenado sacerdote.

Detalle de San Anastasio en la sillería del coro de la catedral de Córdoba, España.

Detalle de San Anastasio en la sillería del coro de la catedral de Córdoba, España.

Al igual que en el caso de la mayoría de mártires mozárabes, Anastasio, como sus compañeros, es decir, los otros mártires que murieron el mismo día, llegó al martirio por voluntad propia, sin haber sido llamado. “Con mucha decisión entró en el palacio del Emir y se presentó a sus ministros y,encarándose contra los enemigos de la fe, esgrimiendo argumentos irrebatibles, ellos pasáronle con la espada en el mismo acto, colgando su cadáver de una horca”.

San Félix, monje mártir
Félix, por su parte, no había nacido en Córdoba, sino en Alcalá de Guadaíra. Eulogio le dedica un breve apartado: “Ese mismo día padeció la muerte por confesar la fe, Félix, gétulo de nación , nacido en Alcalá, quien habiendo ido en cierta ocasión a Asturias, abrazó allí el cristianismo y la profesión monástica”. Al referirse a que era gétulo, Eulogio nos está diciendo que era de ascendencia bereber, ya que la Getulia era una provincia africana.

Santa Digna, virgen mártir
Y finalmente cabe destacar a la única mujer del grupo, Digna, también natural de Córdoba, una monja contemplativa en el cenobio femenino que atendían los monjes tavanenses.

Aparición de Santa Águeda a Santa Digna, obra del pintor Patania (1684). Capilla de Santa Águeda en su catedral, Catania, Italia.

Aparición de Santa Águeda a Santa Digna, obra del pintor Patania (1684). Capilla de Santa Águeda en su catedral, Catania, Italia.

Ésta se sintió impulsada al martirio a partir de una aparición de Santa Águeda, mártir de Catania en el siglo III: “A eso de las tres de la tarde de aquel mismo día, animada por una revelación del cielo, se presentó a recibir la palma del martirio una doncella, Digna en la virtud y en el nombre. Era religiosa del monasterio de la venerable Isabel. Poco antes de su martirio, en sueños vio que la acompañaba una joven, con apariencia y vestidura de ángel, con unas rosas y unos lirios en la mano. Preguntándole Digna por su nombre y la causa de su venida, ella contestó: “Soy Águeda, que en otros tiempos padecí grandes tormentos por Cristo y ahora vengo a darte parte de estas flores purpúreas. Recíbelas con gozo y pelea con valor por el Señor, pues las otras que me reservo en la mano, las voy a dar a las que después de ti saldrán de aquí”. Finalmente, ilustrada la virgen sacratísima con esta visión y obsequio, al recibir la rosa de la diestra de su interlocutora, Digna, admitida con los moradores del cielo, aún en vida, quedó arrobada contemplando a la mártir”.

Desde este momento, habiendo decidido sufrir el martirio, buscaba una excusa para poder llevarlo a cabo, habida cuenta, como decíamos, que en esta época el cristianismo no era ilegal, aunque sí estaba oprimido: “Mas esta doncella, por su profundísima humildad y rendida obediencia, se juzgaba la última de todas sus hermanas y, siendo la más sumisa, nunca permitía que la llamasen Digna, y llorando, decía: “No me llaméis Digna, sino Indigna, porque tal nombre merezco”. Y como desde el día en que tuvo la visión quedó del todo abrasada en deseos de padecer el martirio, desde entonces empezó también a indagar en el secreto de su corazón por qué medios lo lograría, creciendo siempre más su alegría cuando más y mejor se informaba, aleccionada con el martirio de los santos confesores de la fe. Digna se alegraba sobremanera porque habiéndole precedido ellos, se acercaba más segura a la corona”.

La ocasión que buscaba para acometer el martirio la encontró gracias a a Anastasio y de Félix. Cuando los rumores de la ejecución de estos dos mártires llegaron hasta ella, comprendió que su hora había llegado. Salió secretamente del monasterio y se presentó ante el juez para reprocharle abiertamente los asesinatos que acababa de cometer: “Así pues, abiertas las puertas del monasterio, con todo sigilo, cuando vio colgados a los santos mártires Anastasio y Félix, se dirigió presurosa hacia la presencia del juez para preguntarle por qué razón había matado a los predicadores de la fe: “Acaso, dijo, porque somos adoradores de Dios y veneramos a la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo y verdadero Dios y porque todo lo que se opone a esta verdad, no solo lo negamos sino que lo detestamos, maldecimos y execramos, ¿se nos da muerte por esta causa?”.

Detalle de Santa Digna en la sillería del coro de la catedral de Córdoba, España.

Detalle de Santa Digna en la sillería del coro de la catedral de Córdoba, España.

Naturalmente, este tipo de provocaciones y presentaciones improvisadas era lo único que podía molestar a las autoridades musulmanas de la Córdoba emiral, cuyas circunstancias históricas hemos explicado en otros artículos y que no repetiremos aquí. Lo que parece estar claro es que el juez de turno no tuvo demasiada paciencia con estos mártires: “Cuando acabó de pronunciar estas y otras semejantes palabras aquella boca santa e inmaculada de la virgen, el juez, sin perder un instante, la entregó a los verdugos para que la degollasen, quienes al punto segaron su delicado cuello con la espada. Rodaron aquellos miembros; los colgaron a los pies de un patíbulo y después la juntaron a los otros mártires al otro lado del río. En este orden, los tres escogidos Anastasio presbítero, Félix monje y Digna virgen, murieron el mismo día aunque a distintas horas, el 14 de junio del año 853”.

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Culto y reliquias
Las reliquias de estos mártires no se conservan, porque sus cuerpos, después de ser exhibidos colgados, fueron quemados y sus cenizas arrojadas al río Guadalquivir, con la evidente intención de que sus correligionarios no pudieran recoger los cadáveres y darles sepultura y veneración. Se les celebra el día 14 de junio, día de su martirio.

Iconografía
La representación de este trío de mártires cordobeses es muy escasa en el arte, reduciéndose al arte local cordobés y alguna otra zona hispana. Si bien es frecuente que Anastasio y Félix -que no debe ser confundido con el San Félix, marido de Santa Liliosa, también mártires mozárabes- aparezcan como sacerdote y monje mártir respectivamente, Santa Digna puede aparecer tanto como monja mártir o como virgen mártir simplemente, con atuendo de laica.

Detalle del busto de Santa Digna (s.XVII). Colección Compañía de Jesús, Provincia Colombia.

Detalle del busto de Santa Digna (s.XVII). Colección Compañía de Jesús, Provincia Colombia.

Es curiosa la escena de la aparición de Santa Águeda a Santa Digna, dándose la anécdota de que esta mártir hispana está representada nada menos que en un fresco de la catedral de la mártir siciliana en Catania, precisamente debido a su vinculación con la santa patrona catanense, de otro modo, difícilmente se la hubiera podido encontrar fuera de ámbito hispano.

Quizá por la anécdota de la mártir siciliana entregando rosas a la mártir hispana en algunos lugares de España Santa Águeda aparezca portando como atributo una rosa en lugar de sus habituales atributos -la bandeja con los senos amputados, las tenazas-, como es el caso de la imagen procesional de Villalba del Alcor.

Meldelen

Bibliografía:
– S. RUIZ, Agustín, Obras completas de San Eulogio, edición bilingüe latín-castellano, Real Academia de Córdoba, 1959.

Enlace consultado (08/08/2015):
– http://costaleroscalvariocordoba.blogspot.com.es/2012/06/los-santos-martires-de-cordoba-i.html

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Santos Aurelio, Sabigoto, Félix, Liliosa y Jorge, mártires mozárabes

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Fresco de los Santos Aurelio, Sabigoto y Jorge, obra de Cesare Arbasia. Mezquita catedral de Córdoba, España.

Fresco de los Santos Aurelio, Sabigoto y Jorge, obra de Cesare Arbasia. Mezquita catedral de Córdoba, España.

Hoy conmemoramos a un grupo de mártires cordobeses, ejecutados en tiempos de Al-Andalus, que tuvieron contacto con las Santas Flora y María, vírgenes y mártires de las cuales hemos ya escrito, y murieron al año siguiente del martirio de éstas, en 852, en tiempos del emir Abd-Al- Rahman II, cuarto omeya gobernante de Al-Andalus.

Conocemos muy bien la historia de este grupo de mártires gracias a la misma fuente por la que conocimos la de Flora y María y otros mártires mozárabes, es decir, a través de San Eulogio. Siguiéndole a él y completando con otras informaciones, iremos reconstruyendo los sucesos en torno al martirio de estos cristianos cordobeses.

Contexto histórico
Es muy importante recordar que no puede aplicarse a estos mártires el mismo contexto que los mártires de la Antigüedad. La comunidad mozárabe residente en Al-Andalus nunca dejó de sentir y de transmitir de generación en generación una conciencia de reducto cristiano frente al resto de la sociedad andalusí, mayoritariamente musulmana, además de la comunidad judía. Parte de esta conciencia fue su resistencia a la aculturación, es decir, a las presiones para que abandonaran las lenguas latinas y romance en pro del árabe, lengua oficial religiosa y administrativa.

Cualquier chispa bastaba para hacer estallar el polvorín de esta difícil convivencia cultural y religiosa, y esa chispa fue la ejecución de San Perfecto, sacerdote cordobés que fue decapitado en 850 por declarar que Mahoma era un falso profeta. Aunque habían existido precedentes, esto generó una reacción en cadena que llevó a 48 cristianos cordobeses a desafiar deliberadamente las leyes contra la blasfemia, la apostasía y el proselitismo cristiano, siendo conscientes, en todo momento, que tal actitud les reportaría la muerte, y deseándolo. Poco antes de la fecha que nos ocupa, el mismo año de su muerte -852- el emir Abd-Al-Rahman II logró que un concilio de obispos mozárabes prohibiera estas actitudes, pero como no se condenó específicamente la actitud de los mártires, hubo todavía algunos martirios más hasta el fin de la resistencia, en 859.

Estampa devocional italiana de Santa Natalia (Sabigoto), perteneciente a la serie del ilustrador Alberto Boccali ("Bertino").

Estampa devocional italiana de Santa Natalia (Sabigoto), perteneciente a la serie del ilustrador Alberto Boccali (“Bertino”).

Dos matrimonios mozárabes
Entre ellos contamos a Aurelio, hijo de un musulmán cordobés y de una cristiana, que le instruyó en su religión. Al quedar huérfano, fue acogido por una tía cristiana hasta que tuvo edad de casarse. Entretanto, según nos dice San Eulogio, estudió literatura árabe forzado por sus parientes y asimiló la cultura en la que había nacido y crecido, manteniéndose cristiano en la intimidad.

Tomó por esposa a una cristiana llamada Sabigoto, un nombre visigodo que ciertamente se nos antojará raro a los oídos, pero que era una manifestación de su fe cristiana. En realidad su nombre de nacimiento había sido Natalia, nombre latino asociado al paganismo, por ser hija de musulmanes y musulmana también, hasta que su madre, enviudando de su primer marido, se casó en segundas nupcias con un cristiano. Instruida por su padrastro, abrazó la fe cristiana y se hizo bautizar, momento en que había cambiado de nombre. “A esta Sabigoto, nos cuenta San Eulogio, aceptándola por esposa el piadoso joven Aurelio, una vez firmados los esponsales y cruzados entre ambos los regalos de boda según la ley, recibieron el sacramento ante el sacerdote conforme la prescripción de la Iglesia y, convenidos, vivieron algún tiempo ocultamente como cristianos, sin atreverse a revelar en público su fe, un poco por respeto humano, sin dejar por eso de ser fervorosos.” Aquel matrimonio tuvo dos hijas, a las que naturalmente educaron como cristianas pese a que en su calidad de ricos, estaban emparentados con gente importante de la ciudad, de cultura y fe árabe.

Por su parte, Liliosa, también cristiana, era la esposa de Félix, amigo cristiano de Aurelio, que por miedo al tormento y a la muerte, había renunciado a su fe ante el juez. Avergonzado por ello, no asistía a las asambleas y había ocultado su apostasía a los demás. “Casó este con una hija de padres cristianos llamada Liliosa, pero que en público simulaba practicar la ley musulmana. Tan íntimamente convivían y se amaban y se compenetraban estos matrimonios, que unos mismos eran sus afectos y sus sentimientos, tanto en las prosperidades como en las adversidades”.

Como vemos, se trataba de una pareja de matrimonios cristianos que vivían su fe de forma discreta e incluso oculta, lo cual era lo más viable en una sociedad multicultural como la andalusí que, si bien era tolerante con los dimníes (judíos y cristianos) estaba lejos de ser un oasis de paz e igualdad entre todas las confesiones, como ya hemos avanzado.

Relieve de los Santos Flora, Pelayo y Sabigoto en Córdoba.

Relieve de los Santos Flora, Pelayo y Sabigoto en Córdoba.

Una paz inestable
Entonces empezó a haber los conflictos de religión ya mencionados en la ciudad emirada, por lo que cambió la situación de los dos matrimonios. Aurelio fue testigo, cierto día cuando iba al mercado de cómo humillaban a un cristiano llamado Juan, llevándolo por las calles mientras era insultado y golpeado con cuerdas: Azotado sin compasión, iba montado en el lomo de un jumento, de espaldas, encorvado sobre el aparejo de la bestia bajo el peso insoportable de las cadenas que colgaban de sus pies; le precedían pregoneros de burla y le paseaban por toda la ciudad, escarneciéndole toda la chusma entre gritos e injurias. Decían las gentes que no castigaban a aquel reo como merecía su crimen, pues quien con tan grande irreverencia había blasfemado de su Profeta, convenía que muriese con la muerte más afrentosa. Tal espectáculo conmovió al futuro atleta hasta desear ardientemente el martirio (…)”, cuenta San Eulogio.

Entonces, Aurelio volvió a casa y contó a su esposa lo que había presenciado y le propuso “(…) ante todo, observando la continencia y la caridad más perfectas, entreguémonos a la oración para ir más fácilmente a la práctica de la santidad. Sea ahora mi hermana la que fue mi esposa, conviértase el lecho conyugal en afecto fraterno, crezcan las obras de nuestras almas, engendremos los frutos del espíritu y renunciando al cieno de la unión corporal, se esfuerce el alma sobre todo, en producir hijos de salud perdurable, sin entregarnos a los deleites de la carne. Así, de algún modo, con la meditación de estos trabajos, podremos merecer dignamente el premio del martirio”. Sabigoto aceptó esta propuesta de renunciar a la satisfacción sexual conyugal y en prepararse física y mentalmente para el martirio. Y así, según Eulogio, “(…) Se acuestan en cama distinta pero rezan juntos. Sus camas lucen ropas de diversos colores para así ocultar en público, su vida; más en sus habitaciones interiores, extienden sobre el desnudo ladrillo sus lechos y los cubren sólo con el cilicio, durmiendo separados. Ayunaban muchas veces, oraban sin cesar y durante la noche meditaban los salmos, que sabían de memoria; vencían el sueño con el trabajo de manos, evitando así los lazos y asechanzas del demonio; curaban a los enfermos y repartían limosnas entre los más necesitados.”

Y además, visitaban a los prisioneros cristianos en las cárceles, donde conocieron a San Eulogio, autor de su vida, que se dedicaba a este menester: “Aurelio visitaba a los hombres y Sabigoto visitaba a las mujeres. (…) Allí le conocí yo; allí trabé amistad con él y allí me preguntó con instancia lo que debía hacer con sus bienes y de dos hijas que les había dado el cielo.” Eulogio les aconsejó, sin reparos, el renunciar a sus bienes y a sus hijas porque no debían tener ningún obstáculo para salvar sus almas, pero para evitar que los primeros fueran incautados por el fisco y las segundas, convertidas al Islam, aconsejó vender los primeros y repartir el precio obtenido, y entregar a sus dos hijas, aún niñas -una tenía cinco y otra ocho años-, al monasterio de Tábanos, donde serían mantenidas en la fe cristiana.

Grabado español coloreado de Santa Natalia (Sabigoto) de Córdoba.

Grabado español coloreado de Santa Natalia (Sabigoto) de Córdoba.

Fue precisamente en la prisión donde conocieron a las mártires Flora y María, quienes, como ya vimos, habían sido condenadas a muerte por sacrílegas. Sin embargo, las dos mujeres, luego de haber flaqueado inicialmente y haber sido fortalecidas y consoladas por Eulogio, tenían el semblante tan alegre y decidido que parecían estar a punto de recibir un premio. Ellos quedaron profundamente impresionados por ello. Tras el martirio de Flora y de María, Sabigoto las vio en un sueño en la gloria divina y éstas le aseguraron que obtendrían el mismo premio si persistían en la fe, por lo que tras esto, definitivamente se desprendieron de todo y entregaron a sus hijas al monasterio: “Una parte del precio de sus haciendas lo separaron para sus hijas y, todo lo demás, lo destinaron a socorrer a los menesterosos. Dedicáronse a visitar los monasterios de varones y mujeres, en especial el cenobio Tabanense, porque la observancia y regularidad de sus moradores eran conocidísimas en todo Occidente”.

A su propuesta se unió Jorge, un monje de origen sirio, nacido en Belén, que había sido enviado a África por limosna, el cual era diácono y erudito por su conocimiento del latín, del griego y del árabe; y que había llegado a Al-Andalus para evangelizar aquellas tierras. También Félix y Liliosa quisieron unirse al martirio: “Allí, con ellos, hablé al venerable Félix y a su muy santa consorte Liliosa. Ellos también habían vendido sus bienes y hecho donación de su importe a los santos lugares y a los pobres, estando preparados para soportar toda clase de tormentos por amor de Jesucristo”.

Detención
Naturalmente, y a diferencia de lo que ocurría en la Antigüedad romana, estamos en una época donde la religión cristiana no era perseguida, sino tolerada, legal, aunque la convivencia fuese, desde luego, inestable y convulsa. Esto hacía que, como ya adelantamos, cualquier chispa hiciese saltar por los aires la frágil paz, por lo que nuestros mártires de hoy -hay que decirlo- hubieron de buscar por ellos mismos el martirio provocando a las autoridades, como queda atestiguado por Eulogio.

“Empezamos a preguntarnos mutuamente cómo llegaríamos a la tan codiciada corona del martirio y, como por inspiración divina, determinamos que nuestras hermanas fuesen a la iglesia con la cara descubierta, lo cual diera ocasión a que las apresaran, como en efecto, así sucedió, pues al volver ellas el templo, se presentó un oficial que había presenciado el acto religioso de las mujeres y que preguntó a sus maridos qué significaba aquel acudir de las mujeres a los santuarios de los cristianos. Ellos les respondieron que era costumbre de los fieles visitar las iglesias y venerar devotamente las casas de los mártires, pues como cristianos que somos, llevamos en alto con mucha honra, el estandarte de la fe. Sin pérdida de tiempo, el delator corrió ante el juez contándole falsamente quienes éramos y qué hacíamos (…)” Recordemos que, hasta ese momento, nuestros protagonistas de hoy habían fingido exteriormente ser musulmanes y seguir estos ritos, por lo que la presencia de Sabigoto y Liliosa en los templos cristianos a cara descubierta -y no con velo, propio de las mujeres musulmanas- debió chocar considerablemente a quien les había conocido hasta ese momento.

Altar de los Santos Flora, Pelayo y Sabigoto en Córdoba, España.

Altar de los Santos Flora, Pelayo y Sabigoto en Córdoba, España.

“Presentada, pues, la acusación al juez y enterado éste de que Aurelio era el autor del hecho, resentido en su interior, mandó compareciesen cuanto antes los acusados en su presencia. Los soldados, acordonaron en seguida la vivienda del venerable Aurelio, donde estaban reunidos todos los mártires (…) Inmediatamente, maridos y esposas, como invitados a un festín nupcial, se ponen en camino. Van alegres, saltando de contento; hubiérase creído que esperaban en el tribunal del juez, recompensas en vez de tormentos. Viendo San Jorge que los soldados no le apresaban, les interpeló de este modo: “(…) ¿Por qué obligáis a la fuerza a adorar a un falso profeta, a quienes la santa fe cristiana reclama como suyos? ¿Para qué os empeñáis en arrastrar con vosotros, a la perdición, a los predestinados a la vida, siendo vosotros enemigos de Dios? ¿Es que no podéis entrar en los infiernos sin llevarnos por compañeros? ¿Acaso no os van a atormentar los fuegos eternales, sin que nosotros estemos en ellos? ¡Idos vosotros, marchad en buena hora, hijos de perdición, allá donde gocéis con vuestro capitán Mahoma, las delicias del tártaro! (…)”. Naturalmente, al provocar Jorge a los soldados, “apenas hubo pronunciado estas palabras, las manos de los verdugos se lanzaron sobre el monje para castigar su insolencia. Derribándole al suelo, le surcaron el cuerpo con muchos garfios, dándole patadas y puñetazos. Como Santa Sabigoto, creyéndole ya muerto, dijese: “Arriba, hermano, vámonos”, el monje habló así: “Todo esto, hermana, contribuye a acrecentar los méritos y a hacer más preciosa la corona”. Los musulmanes lo levantaron del suelo medio muerto y le arrastraron, juntamente con los otros mártires, hasta el estrado del juez”.

Y así lograron los cinco ser apresados y comparecer ante el juez, ellas por revelarse como cristianas, Aurelio, como instigador, y Jorge por haberse referido a Mahoma como un falso profeta.

Juicio
Sigue refiriendo Eulogio que en principio, el juez les trató de forma amable, preguntándoles por qué habían abandonado la fe musulmana y renunciaban de aquella manera a la vida ventajosa y cómoda que habían adquirido. Pero ellos respondieron: “(…) Todo culto o religión que no reconoce la divinidad de Jesucristo, que no profesa la esencia de Dios trino, que rechaza el bautismo, que desprecia a los adoradores de Jesucristo y deroga el sacerdocio, le consideramos falso y reprobable”, por lo cual el juez los mandó a la cárcel, cargados de cadenas, tras avisarles de que les daba cinco días para reflexionar, en los cuales reuniría al consejo para decidir sobre su suerte. Narra en este punto Eulogio diversos prodigios que supuestamente habrían acontecido en la prisión, como la visita de ángeles, la revelación de la dicha que iban a ver en el Paraíso, y que se les soltaran milagrosamente las cadenas, quedando libres ante el estupor de los guardias, que no se atrevieron a volver encadenarlos.

Cinco días después, ante los nuevos jueces, daba la impresión que tenían más empeño ellos en morir que los jueces a condenarles: “En el momento de sacarlos a presencia del juez, la venerable Sabigoto empezó a preparar con santos consejos a su marido, exhortándole, instruyéndole y confortándole. Fueron introducidos en el palacio, los carearon con los oficiales mayores, se les ofrecieron riquezas y les prometieron honores de todo lo cual gozarían si renegaban a su fe. Persistiendo ellos, inmóviles, confesando la fe, los magistrados les entregaron a los verdugos para que los rematasen.”

Altar con las reliquias de los santos mártires de Córdoba, España.

Altar con las reliquias de los santos mártires de Córdoba, España.

Siendo ya sentenciados a muerte los dos matrimonios, sin embargo, el tribunal aún quiso dejar libre a Jorge, pero éste redobló sus descalificativos contra el Islam, para asegurarse de que no le respetaran la vida: “Determinaron soltar a San Jorge porque los oficiales y magnates del palacio no le habían oído proferir injuria alguna contra el profeta. Más este ilustre maestro de santidad, tan pronto como se percató de que le dejaban libre y que no moriría con un solo golpe de cimitarra, exclamó juntamente con sus compañeros: “(…) ¿Por qué pensáis que abrigo en mi pecho buenos sentimientos acerca del seducido por el demonio, vuestro falso profeta? Para que lo sepáis bien, os digo claramente de aquel ángel que, transformándose en espíritu de luz, se apareció a vuestro legislador: le tengo yo por un demonio y a vuestro profeta como el hombre más abyecto, pues fue él, crédulo ministro del Anticristo y laberinto de todos los vicios; el cual, no solo se lanzó a si mismo al piélago infernal, sino que a vosotros, seguidores de sus vanas doctrinas, os ha entregado a las llamas eternas”. Naturalmente, esto provocó la irritación de los magistrados que habían determinado soltarlo, por ello, finalmente se resolvió que fuera degollado, por maldecir al Profeta y declarar abyecta su religión.

Martirio y sepultura
Así pues, los cinco cristianos fueron decapitados, según dice Eulogio: “(…) mataron primero a San Félix, después a San Jorge, luego a Santa Liliosa y, los últimos, a los atletas Aurelio y Sabigoto, el 27 de julio de la era 890”, lo que equivale al año 852, como decíamos, en tiempos de Abd-al-Rahman II, el cual moriría el 22 de septiembre de ese mismo año.

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Los cuerpos de los cinco ajusticiados permanecieron insepultos durante tres días. Luego fueron robados, recogidos y depositados en diferentes lugares: “San Jorge y San Aurelio se conservan en el cenobio de Peñamelaria; el de San Félix en el de San Cristóbal sito al otro lado del Guadalquivir. Los restos de Santa Sabigoto, están reunidos en la basílica de los Tres Santos (Fausto, Jenaro y Marcial). En la iglesia de San Ginés descansa Santa Liliosa y las cabezas de San Jorge y Santa Sabigoto están en otra parte”.

Urna que contiene las reliquias de los mártires cordobeses. Iglesia de San Pedro, Córdoba (España).

Urna que contiene las reliquias de los mártires cordobeses. Iglesia de San Pedro, Córdoba (España).

Conclusión
Realmente poco es lo que se puede añadir a lo narrado por San Eulogio, que constituye la fuente principal para conocer a los mártires mozárabes que fueron coetáneos suyos. Es muy importante remitirse a sus obras para ampliar la información sobre ellos, que esta servidora, forzosamente, ha tenido que recortar en demasía para no alargar más el ya prolongado artículo.

Las matizaciones hechas por San Eulogio sobre la ubicación de las reliquias de los mártires deben ser actualizadas según su estado hoy en día: en verdad, del grupo de mártires que hemos tratado hoy, sólo se conservan las reliquias de Santa Sabigoto (Natalia), que están en la urna de reliquias en la iglesia de San Pedro de Córdoba, junto a muchos otros mártires cordobeses (caso de Flora y María), pero no su esposo San Aurelio ni sus compañeros de martirio Félix, Liliosa y Jorge, cuyas reliquias se han perdido.

Meldelen

Bibliografía:
– S. RUIZ, Agustín, Obras completas de San Eulogio, edición bilingüe latín-castellano, Real Academia de Córdoba, 1959.

Enlace consultado (23/07/2014):
– www.santiebeati.it/dettaglio/64550

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Santas Flora y María, mártires mozárabes en Córdoba

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Gozos catalanes dedicados a Santa Flora, mártir de córdoba. Fuente: www.bibliogoigs.blogspot.com.

Hoy, día 24 de noviembre, se celebra la festividad de dos mujeres mozárabes, es decir, cristianas en tierras musulmanas, que fueron martirizadas en Córdoba en tiempos de Al-Andalus. Algunos compañeros ya han escrito sobre estos mártires, a cuyos artículos me remitiré, pero hoy será esta servidora la que aborde específicamente el caso de estas dos Santas.

Aunque existen algunas fuentes para conocer la vida y martirio de Flora y de María, definitivamente la más antigua y la más fiable son los escritos de San Eulogio, quien las conoció en persona y fue testigo de su martirio. ¿Qué mejor testimonio que éste? Aprovecho de antemano para dar las gracias a mi querido amigo y colaborador de este blog, Antonio Barrero, por haberme facilitado el doble texto en latín y castellano de la Vida de estas Santas escritas por el mismo Eulogio, y cuya referencia reseño al final del artículo.

Flora, la virgen cordobesa
Eulogio nos empieza hablando de Flora, diciendo que era una virgen nacida en Córdoba, hija de madre cristiana, natural de Ausinianos (hoy Villa-Rubia) y de padre sevillano musulmán que se habían establecido en Córdoba. Era la última de los hijos del matrimonio, y Eulogio nos la describe como una joven de rostro agraciado y de esbelta figura.
Habiéndose quedado pronto huérfana de padre, fue su madre quien la crió y le inculcó la fe cristiana con gran fidelidad. Eulogio nos dice que entrevistó a la madre para que le contase cómo había sido la infancia de Flora, y la buena mujer le relató con todo lujo de detalles, de lo cuales hago un extracto: “Sinceramente le digo que mi hija, a medida que crecía en años (…) en todo tiempo pensaba en las cosas de Dios; nunca fue negligente para obrar el bien. Ya en su infancia era austera, observando todos los días una verdadera Cuaresma (…) ella, puesta su confianza en el poder divino, quedándose sin comer, dando la comida a los pobres, practicaba el santo ayuno a hurtadillas. (…) Mucho me costó persuadirla de que tomase el alimento normal, para que no enfermase aquel su fragilísimo cuerpo (…) Con todo, no logré que comiese sino por la tarde, y siempre tras duras amonestaciones. La esposa de Cristo se ingenió para cumplir el voto que había hecho al Señor”.

Aunque orgullosa de ser cristiana, Flora no se atrevía a asistir a las reuniones cristianas porque tenía un hermano mayor, ferviente musulmán, que la espiaba continuamente. De modo que se encontraba practicando la religión cristiana en secreto y, en público, cumpliendo con los ritos musulmanes, para que la dejaran en paz. Pero tras consultar con algunos cristianos entendidos, descubrió que aquello de ser cristiana en privado y aparentar en público ser musulmana estaba considerado pecado grave, por lo que, disgustada, resolvió abandonar el hogar para poder practicar libremente su fe. Sin decir nada a su madre, huyeron ella y una hermana suya, siendo acogidas por cristianos.[1]

Cuando supo de esto, su hermano montó en cólera y se lanzó en su búsqueda, y en su afán llegó a encarcelar a algunos clérigos a los que consideraba encubridores, y buscó hasta en los conventos. Pero cuando Flora supo que por su causa se estaba persiguiendo a la comunidad cristiana, inmediatamente regresó a casa y, poniéndose frente a sus familiares, confesó su fe y los retó a obligarla a abandonarla mediante los tormentos que quisieran probar con ella. Lleno de horror, su hermano trató de disuadirla con promesas y amenazas, pero como no sirviese de nada, él mismo la arrastró hasta el tribunal del cadí. Allí le contó al juez que su hermana, siendo buena musulmana hasta el momento, se había dejado embaucar por los cristianos. Cuando se le dio la palabra, Flora negó todo esto y confesó por vez primera que había sido cristiana desde niña, y que a él le había consagrado su virginidad.

El cadí, entonces, buscando un castigo ejemplar, dio orden de que “asiéndola con sus manos dos verdugos, la extendiesen los brazos y la golpeasen sin compasión la cabeza hasta que, desgarrada, apareciese desnudo el hueso de la cabeza”. [2] A pesar de la tortura, Flora permaneció firme en la confesión de su fe y cuando ya estaba inconsciente y medio muerta por los golpes, el cadí la devolvió a su hermano y le dio orden de curarla y que; tras recuperarse, debía instruirla en la fe musulmana y si se resistía, traérsela de nuevo.

Su hermano se la llevó a casa y siguiendo las órdenes recibidas, la entregó a las mujeres del hogar para que la curaran. También cerró la puerta de la casa con cadenas para evitar su fuga. Sin embargo, y pese a que la casa estaba rodeada de altas tapias, Flora, aún convaleciente de la tortura, se las ingenió para escapar de nuevo. De noche, cuando nadie la vigilaba, marchó al corral de la casa, se subió a un chamizo que allí había y por las tapias se descolgó hasta el suelo de la plaza, sin hacerse daño. Huyó a casa de un cristiano que la acogió, y luego, tras un tiempo, marchó a la villa de Osaria (hoy Torredonjimeno, cerca de Martos, en Jaén) y allí, junto a su hermana, estuvo hasta que le llegó el martirio definitivo.

Concluyo este apartado con el conmovedor testimonio de Eulogio, que permite autentificar la tortura padecida por Flora: “Y yo, yo pecador, rico en culpas, yo que gocé de su amistad desde los principios de su martirio, yo merecí tocar con ambas manos las cicatrices de aquella venerabilísima y delicada cabeza, despojada de su virginal cabellera por la violencia de los azotes”. Desollada la cabeza por la flagelación, Flora se había quedado calva.

Imagen de Santa María, mártir cordobesa, venerada en su ermita de Niebla (Huelva, España), su ciudad natal.

María, la virgen de Niebla, religiosa en Cuteclara
En este punto, Eulogio pasa a hablarnos de la que sería su compañera de martirio, María. Era también hija de un matrimonio mixto. El padre, oriundo de Niebla (Huelva), se había trasladado a Córdoba, donde se casó con una mujer musulmana, a la que acabó por convertir y hacer bautizar. Tuvieron dos hijos: un varón, Walabonso, y la propia María. Como por ser cristianos vivían en un ambiente opresivo, marcharon al pueblo de Froniano, en las montañas cordobesas. Allí vivieron con estrechez y al poco tiempo, la madre fue atacada por unos lobos en el bosque y murió; y el padre, deseoso de retirarse a una vida contemplativa, se hizo clérigo. Como ya no pudiese hacerse cargo de sus hijos, entregó a Walabonso al monasterio, regido en aquel momento por San Félix; y a María al cenobio de Cuteclara, en Córdoba, dirigido por Artemia, quien había sido madre de dos mártires, Adolfo y Juan, decapitados en tiempos de Abd-al-Rahman II.

En el cenobio de Cuteclara María se distinguió en todas las virtudes; con gran afecto por su hermano Walabonso, que era menor que ella y la tenía como una madre. Él fue ascendiendo en las órdenes sagradas hasta llegar al diaconado, y como falleciese Salvador, el presbítero que lo tenía a su cargo, pasó a ocuparse de él un tiempo su propio padre de nuevo.

Pero al cabo de un tiempo, San Pedro, sacerdote; el propio diácono Walabonso y algunos compañeros fueron martirizados por la fe, siendo decapitados. María, aunque orgullosa del martirio de su hermano, se sentía muy afligida de haberle perdido y le lloraba a menudo, encomendándose a él. Se dice que entonces Walabonso se apareció a una religiosa compañera para que le dijese a su hermana que no le llorara más, que pronto estaría con él en el cielo. Desde ese sueño, María sintió la vocación del martirio y suspiraba por morir por Cristo.

Y así, un día, María abandonó el monasterio, resuelta a entregarse a las autoridades y padecer el martirio por Cristo. Pero paró un momento en la iglesia de San Acisclo para orar y prepararse. Y allí, se encontró con Flora.

Detalle de la imagen de Santa María, mártir cordobesa, venerada en su ermita de Niebla (Huelva, España), su ciudad natal.

Encuentro y prisión de las Santas
Flora también había acudido allí a encomendarse a los mártires, decidida a morir por Cristo desde que oyera como una voz interior, la del Salvador, que le decía: “Otra vez vengo a ser crucificado”.
Ambas se saludaron con afecto y se dieron el ósculo de paz; pues se conocían de antemano al haber vivido un tiempo Flora con ellos anteriormente. Luego se descubrieron una a la otra el propósito de sufrir el martirio, y después de jurarse amistad eterna y no separarse ya; se presentaron juntas ante los cadíes de la ciudad.

Ante el tribunal, Flora habló primero, identificándose como aquella cristiana hija de musulmán a la que habían hecho azotar para que aceptase el Islam y, después, había vivido fugitiva hasta ese momento. Declaró la divinidad de Cristo y al mismo tiempo tachó de falsario al profeta Mahoma. A continuación habló María y declaró que era hermana de Walabonso, a quien ellos habían decapitado, e igualmente injurió a Mahoma y al Islam, diciendo que eran falsos y diabólicos.

En consecuencia, esto enfureció a los jueces, que mandaron cargarlas de cadenas y arrojarles a la cárcel, junto a “mujeres de vida equívoca” (suponemos que Eulogio se referirá a prostitutas). Allí permanecieron las dos, dedicadas a la oración, al ayuno, a la meditación y al canto de los himnos celestiales. Sin embargo la estancia en prisión debió ser durísima para ambas, porque, tiempo después, y presionadas por ruegos y persuasiones exteriores, se encontraron en trance de retractarse de sus palabras para obtener la libertad.

Eulogio relata a continuación cómo él había estado en la cárcel, pero fue liberado cuando ellas entraban en la misma. Sabiendo que la fortaleza de las dos mujeres se venía abajo y que estaban a punto de abjurar, escribió y dedicó a ellas el Documento Martirial, en el que las animaba a perseverar en la confesión de la fe y recomendaba meditarlo para que lograran acabar lo que habían empezado. Sintiéndose animadas por estas palabras, las dos cristianas se comprometieron a permanecer firmes hasta el final. Antes de partir hacia el martirio, se dirigieron hacia algunas compañeras cristianas, prisioneras con ellas, y les prometieron que, en el momento en que estuviesen ante Jesucristo, intercederían por ellas, para que recobrasen su libertad.

Emira de los Santos Walabonso y María en Niebla, Huelva (España). En la entrada, imagen procesional de Walabonso, hermano de María, adornada para la procesión.

Martirio de las Santas
Llevadas de nuevo ante los jueces, Flora y María fueron nuevamente interrogadas, primero una y después otra. Pero al igual que había sucedido anteriormente, primero una y después la otra, se reafirmaron en sus declaraciones, por lo que fueron sentenciadas a muerte.
Fueron conducidas al lugar de la ejecución y allí, después de santiguarse, ofrecieron sus cuellos al verdugo. Primero fue decapitada Flora y le siguió inmediatamente María. Los cuerpos quedaron expuestos en el mismo lugar de la ejecución, para que fueran pasto de los perros y de las aves carroñeras. Era el 24 de noviembre de 851.

Un día después, los sagrados despojos fueron recogidos por los musulmanes y arrojados al río Guadalquivir. El cuerpo de María apareció al poco tiempo -según Eulogio, por revelación divina pudo ser hallado- y fue sepultado en el monasterio de Cuteclara, donde se había santificado. El de Flora, en cambio, no pudo recuperarse y se perdió definitivamente.
En cambio, las cabezas de las dos mártires sí que se conservaron y fueron primero veneradas en la basílica de San Acisclo, donde “el pueblo cristiano siente visiblemente su protección”, según Eulogio; y actualmente, podemos encontrar sendos cráneos mezclados con los restos de los demás mártires mozárabes, en la iglesia de San Pedro de Córdoba.

Concluye Eulogio diciendo que la intercesión de las Santas por la libertad de los cristianos prisioneros se cumplió, pues si ellas murieron el día 24, el 29 él, estando prisionero, fue liberado.

Vista de la urna que contiene, junto con los restos de los demás mártires cordobeses, los cráneos de las Santas Flora y María. Iglesia de San Pedro de Córdoba, España.

Conclusión
Al tener un testimonio como el de San Eulogio, que conoció personalmente a nuestras mártires, las visitó en la cárcel, las animó a perseverar en el martirio, fue amigo de la propia Santa Flora, tocó las heridas que sufrió en tormento y hasta conoció a su madre; resulta absolutamente ridículo dudar lo más mínimo de la total existencia histórica de estas mártires y de la veracidad de su martirio.

Además, el relato, de total realismo aunque imbuido de consideraciones místicas y espirituales propias del fervor de San Eulogio, no deja entrever ninguna exageración ni dislocación de la realidad. Cabría preguntarse hasta qué punto el martirio de las dos Santas fue necesario, en el sentido en que ellas se entregaron voluntariamente y provocaron la ira de las autoridades con su denostación del Islam; en una época en que, debido a la convivencia -no siempre pacífica, pero convivencia al fin y al cabo- de las tres religiones monoteístas, fácilmente habrían podido salvarse de seguir viviendo en entornos cristianos protegidos. Sin duda, la opresión sufrida por Flora en el entorno familiar, la pérdida de Walabonso por parte de María, y un entorno donde se alentaba a la rebelión contra el sistema islámico gubernamentalmente establecido, favorecieron la reacción “autodestructiva” -si es que se la puede llamar así- y con ella, la condena y ejecución de dos cristianas en una época en que no podemos hablar de persecución oficialmente establecida; sino de tensiones sociales y culturales constantes entre dos religiones que, al menos en la época, eran poco tolerantes la una con la otra. Hoy en día, sin duda alguna y a pesar de lo que algunos siguen manteniendo, el ejemplo a seguir es otro.

El culto a estas dos mártires queda prácticamente reducido a Córdoba y a la ciudad de Niebla, de donde era oriundo el padre de Walabonso y María, que son los patronos de la misma. Es muy difícil encontrar representaciones artísticas de las dos Santas y por ello, su iconografía no está muy desarrollada, limitándose a la representación de dos mujeres con palmas de martirio y una de ellas no siempre con hábito de religiosa, como teóricamente correspondería a María.

Independientemente de las muchas opiniones y debates que espero conseguir con el tema de los cristianos que se abocan voluntariamente al martirio; Santas Flora y María de Córdoba, rogad por nosotros y en especial, por los cristianos perseguidos en todo el mundo.

Meldelen

Bibliografía:
– EULOGIO DE CÓRDOBA, San: Vida y martirio de las Santas vírgenes Flora y María (textos latino y castellano), en Obras completas de San Eulogio (edición bilingüe). Versión castellana del P. Agustín S. Ruiz, benedictino. Editada en el XI centenario del Santo (859-1959). Real Academia de Córdoba, imprenta provincial de Córdoba.


[1] El detalle del hermano musulmán y las dos hermanas cristianas confirma la práctica habitual que, por la ley coránica, se seguía en la educación de los hijos de padres de diferentes religiones: los hijos debían ser educados en la religión del padre y las hijas, en la de la madre. De ahí que el hermano de Flora fuese musulmán y ella y su hermana, cristianas.
[2] La ley romana prohibía escrictamente la flagelación en la cara y en la cabeza, pues existía un enorme riesgo de mutilar la nariz, la boca o sacar los ojos. Esto se debe sin duda a la forma de los látigos romanos. Sin embargo, los látigos empleados en Al-Andalus eran una tira de piel de hipopótamo que, consecuentemente, no podían engancharse como sí lo hacían los romanos. Aún así, parece terrible y exagerada la idea de la flagelación en la cabeza, que desollaría el cráneo y desfiguraría el rostro.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Santos mártires de Córdoba

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Urna que contiene las reliquias de los mártires cordobeses.

Introducción
En el curso de la celebración del Jueves Santo (5 de abril del 2012), el obispo de Locri-Gerace, Mons. Giuseppe Fiorini Morosini, invitó a los fieles y sacerdotes a refexionar sobre la extraordinaria relación sobre la fe eucarística y la identidad cristiana. El punto de partida fue la llamada a Moisés, quién recibió de Dios la obligación de celebrar el rito de la Pascua, repitiendo el ceremonial de la noche del Éxodo cuando así le habló a su pueblo: “Y lo contarás en aquel día a tu hijo diciendo: se hace esto con motivo de lo que Yaveh hizo conmigo cuando me sacó de Egipto. Será como una señal sobre tu mano y como un memorial delante de tus ojos, a fin de que la ley de Yaveh esté en tu boca, ya que con mano fuerte, te sacó Yaveh de Egipto (Exodo, 13, 8-9). En este rito los hebreos encontraban su identidad nacional, siendo “un pueblo elegido y salvado por Dios, al cual ellos habían jurado lealtad, prometiendo guardar su pacto”.

A la luz de esta tradicional experiencia hebrea, Mons. Morosini evidenciaba que también Pablo reitera el mismo concepto cuando, al concluir el relato de la institución de la Eucaristía (1Cor. 11, 23-25), escribe: “Cada vez que comais de este pan y bebais de este cáliz, anunciaréis la muerte del Señor hasta que venga (1Cor. 11, 26). Como los hebreos en la Pascua, también los cristianos encontramos en la Eucaristía nuestra identidad de comunidad redimida que, a lo largo de los siglos, debe tener vivo el mandamiento del Señor y la nueva alianza (Hebreos, 12, 24), firmada por Él en la cruz. En la Eucaristía el creyente encuentra las instrucciones para este estilo particular de afrontar la vida, que debe ser la de los discípulos de Jesús.

El problema de la identidad cristiana es un elemento importante que la Iglesia ha afrontado a través de los siglos, aun a costa del martirio. Los santos mártires de Córdoba son el fruto de la fidelidad de muchas mujeres y hombres que rechazaron renegar de su pertenencia a Cristo.
Bajo el nombre de Santos mártires de Córdoba indicamos a aquellos cristianos mozárabes (que rechazaban la asimilación cultural con los musulmanes) y que fueron condenados a muerte por las autoridades islámicas por haber criticado públicamente el Corán o abjurado del Islam habiendo tomado la identidad cristiana.

La relación que sigue comprende a todos los antiguos mártires denominados “de Córdoba”, casi todos incluidos en el Martirologio Romano, pero excluyendo a los nuevos mártires cordobeses del siglo XX.

Grabado barroco de San Abundio en un estudio sobre su culto en Hornachuelos, España.

Los Santos Mártires de Córdoba
San Abundio de Córdoba (11 de julio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Abundio sacerdote, que durante la persecución de los Moros, interrogado por el juez, sostuvo con audaz respuesta los razonamientos de la fe y, suscitada de inmediato su indignación, fue condenado a muerte y posteriormente expuesto a las mordeduras de los perros y las fieras para que fuera devorado.

Santos Adolfo y Juan de Córdoba (27 de septiembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Adolfo y Juan hermanos, quienes durante la persecución de los Moros, en tiempos del emir Abd ar-Rahman II, fueron coronados con el martirio por Cristo.

Santos Amador, Pedro y Luís de Córdoba (30 de abril)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Amador sacerdote, Pedro monje y Luís, quienes durante la persecución de los Moros, fueron asesinados cruelmente por no haber dejado de predicar abiertamente el Evangelio de Cristo.

San Argimiro, monje de Córdoba (28 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Argimiro mártir que, siendo monje de edad avanzada, durante la persecución de los Moros, bajo el reinado de Mohamed II, recibió del juez la orden de renegar de Cristo y manteniéndose firme en la confesión de su fe, fue puesto sobre un caballete y atravesado con la espada.

Santa Áurea, virgen de Córdoba (19 de julio)
Marirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, Santa Áurea, virgen hermana de los santos mártires Adolfo y Juan, que durante la persecución de los Moros, conducida delante del juez, sintió miedo pero pensándolo súbitamente, superó al enemigo en un nuevo combate con el derramamiento de su sangre.

Santa Benilde de Córdoba (15 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la region andaluza de España, santa Benilde mártir, muerta en edad muy avanzada durante la persecución de los Moros.

Santa Columba, virgen de Córdoba (17 de septiembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, Santa Columba virgen mártir, que durante la persecución de los Moros profesó espontáneamente su fe delante del juez y del consejo ciudadano, siendo rápidamente decapitada con la espada a las puertas del palacio.

Lienzo de San Fándila, sacerdote mártir de Córdoba.

Beato Comendador de Córdoba, mercedario (3 de septiembre)
El beato Comendador, mercedario y caballero seglar, llamado el cordobés porque allí realizó su actividad apostólica de redención; permaneciendo en el anonimato en España, como un nuevo San Sebastián profesó su fe católica durante la persecución de los Moros. La Orden de la Merced lo recuerda el 3 de septiembre.

San Fándila, sacerdote de Córdoba (13 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Fándila sacerdote y monje que, durante la persecución de los Moros, bajo el reinado de Mohamed II, fue decapitado por su fe en Cristo.

Santas Flora y María, vírgenes de Córdoba (24 de noviembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, las Santas Flora y María, vírgenes mártires, que durante la persecución de los Moros fueron encerradas en la cárcel junto con San Eulogio y posteriormente, traspasadas con la espada.

San Isaac monje de Córdoba (3 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Isaac monje mártir, que durante la dominación de los Moros, no por un impulso humano sino por inspiración divina, dejó el monasterio de Tábanos y se presentó ante el juez para discutir con él acerca de la verdadera religión, siendo castigado con la muerte.

Santa Laura virgen de Córdoba (19 de octubre)
Abadesa del monasterio de Santa María de Cuteclara, cerca de Córdoba, en España. Se dice que durante la ocupación musulmana se negó a adjurar de su fe cristiana y conducida delante de un juez islámico, fue procesada y condenada a muerte en una caldera de brea hirviente. Después de tres horas de atroces dolores, entregó su alma a Dios. Era el año 864.

Santa Leocricia virgen de Córdoba (15 de marzo)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, Santa Leocricia virgen mártir, que habiendo nacido en el seno de una familia musulmana, conoció la fe de Cristo y arrestada en su casa junto con San Eulogio, fue decapitada cuatro días después del martirio de este, pasando así a la gloria eterna.

San Pablo diácono de Córdoba (20 de julio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Pablo diácono mártir, que instruido por el ejemplo y la palabra de San Sisenando, no tuvo temor para declarar delante de los príncipes y las autoridades musulmanas la vanidad de sus cultos, siendo asesinado por confesar a Cristo como verdadero Dios.

Imagen barroca del niño San Pelayo venerada en Ermua, España.

San Pelayo de Córdoba (26 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Pelayo mártir, que a la edad de trece años, por haber confesado su fe en Cristo y su castidad en contra de las lisonjas lascivas del emir Abdel ar-Rahman III, por orden de este fue despedazado con tenazas de hierro, consiguiendo así su glorioso martirio.

San Perfecto sacerdote de Córdoba (18 de abril)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Perfecto sacerdote mártir, que por haber arremetido contra la doctrina musulmana y profesado con firmeza su fe cristiana, fue encarcelado por los Moros y posteriormente, atravesado con la espada.

Santa Pomposa virgen de Córdoba (19 de septiembre).
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, Santa Pomposa virgen mártir, que durante la persecución de los Moros, huyó en secreto desde el monasterio de Peñamelara después de conocer el martirio de Santa Columba y llegando a Córdoba, profesó su fe en Cristo delante del juez, siendo decapitada inmediatamente con la espada delante de las puertas del palacio. Así obtuvo la palma del martirio.

Santos Rodrigo sacerdote y Salomón, hermanos de Córdoba (13 de marzo)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, la pasión de los santos Rodrigo sacerdote y Salomón, mártires: el primero, negándose a creer que Mahoma fuera un verdadero profeta enviado por el Omnipotente, fue encarcelado y allí se encontró con Salomón, que anteriormente había profesado la religión musulmana durante un tiempo y juntos, llevaron gloriosamente su propia prueba mediante la decapitación.

Santos Rogelio y Servideo de Córdoba (16 de septiembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Rogelio, monje anciano y Servideo (Abdallah), joven que, venidos de Oriente, condenados a muerte por haber predicado con valentía a Cristo ante los sarracenos, les fueron amputadas las manos y los pies y finalmente, murieron decapitados.

San Sandalio de Córdoba (3 de septiembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en España, San Sandalio mártir.

San Secundino de Córdoba (20 de abril)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Secundino mártir.

San Sisenando diácono de Córdoba (16 de julio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Sisenando diácono mártir, matado por los Moros por su fe en Cristo.

Detalle del rostro de San Teodomiro en una escultura venerada en Carmona, España.

San Teodomiro monje de Córdoba (25 de julio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Teodomiro monje de Carmona y mártir aun siendo joven, durante la persecución de los Moros.

San Witesindo de Córdoba (15 de mayo)
Martirologio Romano: Junto a Córdoba, en la Andalucía española, conmemoración de San Witesindo martir, que por temor a los Moros abandonó la fe cristiana, pero rechazando posteriormente el prácticar públicamente el culto musulmán, fue muerto por odio a la fe de Cristo.

San Zoilo de Córdoba (27 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Zoilo mártir.

Santos Pedro, Walabonso, Sabiniano, Wistremundo, Abencio y Jeremías, monjes de Córdoba (7 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Pedro sacerdote, Walabonso diácono, Sabiniano, Wistremundo, Abencio y Jeremías monjes, que durante la persecución de los Moros murieron sacrificados por Cristo.

Santos Acisclo y Victoria de Córdoba (17 de noviembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, región andaluza de España, los santos mártires Acisclo y Victoria.

Santos Anastasio, Félix y Digna de Córdoba (14 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, región andaluza de España, los santos mártires Anastasio sacerdote, Félix monje y Digna virgen que murieron los tres juntos en el mismo día: Anastasio habiendo confesado su fe cristiana delante de los jueces moros, fue rápidamente atravesado por la espada y junto con él, también Félix, de origen gétulo que había profesado la fe en Asturias y llevaba vida monástica; Digna, que era muy joven, al ver el martirio de sus dos compañeros, expresó con valentía su desaprobación ante el juez, siendo inmediatamente decapitada.

Beato Nicolás Alberga de Córdoba, sacerdote franciscano (10 de julio)
Martirologio Romano: En Damasco (Siria), la pasión de los beatos mártires Manuel Ruiz sacerdote y siete compañeros de la Orden de los Frailes Menores y tres hermanos fieles de la Iglesia Maronita, que engañados por un traidor, fueron entregados a los enemigos, siendo sometidos a diversas torturas por la fe concluyendo su martirio con una muerte gloriosa.

Santos Cristóbal y Leovigildo monjes de Córdoba (20 de agosto)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Leovigildo y Cristóbal monjes, que durante la persecución de los moros, profesaron espontáneamente la fe en Cristo delante del juez y fueron martirizados.

Lienzo barroco de San Rodrigo, sacerdote mártir de Córdoba, obra de Bartolomé Esteban Murillo.

Santos Elías sacerdote, Pablo e Isidoro monjes de Córdoba (17 de abril)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Elías, anciano sacerdote, Pablo e Isidoro, jóvenes monjes matados durante la persecución de los Moros por haber profesado la fe cristiana.

Santos Emila diácono y Jeremías de Córdoba (15 de septiembre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Emila diácono y Jeremías, quienes durante la persecución de los Moros, después de haber estado durante mucho tiempo pudriéndose en la cárcel, concluyeron con la decapitación su martirio por Cristo.

San Eulogio sacerdote de Córdoba (11 de marzo)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, San Eulogio sacerdote y mártir, decapitado con la espada por haber proclamado abiertamente su fe en Cristo.

Santos Fausto, Jenaro y Marcial de Córdoba (13 de octubre)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos Fausto, Jenaro y Marcial mártires, que adornaron la ciudad con sus tres coronas.

Santos Gumersindo sacerdote y Servideo monje de Córdoba (13 de enero)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Gumersindo sacerdote y Servideo monje, que habiendo profesado la fe delante de los jefes y jueces de los Moros, murieron por Cristo.

Santos Natalia (Sabigoto) y Aurelio, esposos y otros de Córdoba (27 de julio).
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, los santos mártires Jorge diácono y monje sirio, Aurelio y Sabigoto (Natalia), esposos y Félix y Liliosa, igualmente esposos, que durante la persecución de los Moros, movidos por el deseo de dar testimonio de Cristo, fueron encarcelados, no censando jamás de alabar a Dios y muriendo finalmente decapitados.

San Sancho de Córdoba (5 de junio)
Martirologio Romano: En Córdoba, en la región andaluza de España, el bienaventurado Sancho mártir, que siendo adolescente, fue conducido como prisionero desde la ciudad de Albi e instruido en la corte del emir y durante la persecución de los Moros, no dudó en sufrir el martirio por su fe en Cristo.

Imagen procesional de San Rogelio, monje mártir de Córdoba, venerada en Illora, España.

Conclusión
Concluyo este elenco o relación con un pensamiento del Beato Gregorio Escobar Garcia, joven sacerdote de veinticuatro años, mártir español del siglo XX: “Siempre me han conmovido profundamente las historias de los mártires que siempre han caracterizado a la Iglesia y que al leerlas, he tenido siempre un inconfesable deseo de poder encontrar su misma suerte. Este sería el mejor sacerdocio al cual podemos aspirar los cristianos: ofrecer cada uno el propio cuerpo y la propia sangre en holocausto por la fe. ¡Qué felicidad sería morir como los mártires!”.

El testimonio de los mártires siempre nos ayudan a mantener nuestra identidad cristiana, sin fundamentalismos y sin compromisos con el secularismo contemporáneo.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia de los Santos) – Voll. 1-12 e I-II apendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiográfico: 1977 – 2012
* Sitio web de zenit.org

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Santos Bernardo, María y Gracia de Alzira, hermanos mártires

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Cerámica votiva de los Santos en una correduría de seguros de Alzira (Valencia, España). Fotografía: Ana Mª Ribes.

Pregunta: ¿Qué santos son éstos? Estados Unidos

Respuesta: La fotografía por la que me preguntas representa a los hermanos mártires Bernardo, María y Gracia, que se veneran en la ciudad de Alzira (que por cierto, es la ciudad vecina a la mía), en Valencia, España.

Según una leyenda tardía e históricamente incierta, nacieron en el cercano pueblo de Carlet -concretamente, en la alquería de Pintarrafecs, valle de Alcalà del Magre, perteneciente a la taifa de Carlet pero bajo la jurisdicción de Alzira-, de donde también son patronos, en tiempos de Al-Andalus. Eran hijos del emir Al-Mansur de Carlet y por tanto, musulmanes. Sus nombres de nacimiento eran Ahmed ibn Al-Mansur, nacido en 1135 (normalmente escrito como Amete, pero yo prefiero mantener el original árabe), Zaida y Zoraida. Ahmed era el segundo hermano, siendo Al-Mansur (también escrito como Almanzor) el mayor y heredero de su padre; de quien llevaba el nombre, y las dos hermanas eran menores.

Al-Mansur y Ahmed fueron educados en la corte de Balansiya (nombre árabe de Valencia); y el segundo, en especial, demostró aptitudes singulares en el tratamiento de los asuntos que el rey le encomendaba, siendo para el monarca una especie de embajador.
En 1156, el rey lo envió a la corte catalana para negociar la liberación de unos esclavos musulmanes, pero no tuvo éxito; y a la vuelta, tuvo un accidente, se perdió y hubo de pasar una noche a la intemperie. Mientras vagaba errante por la montaña, oyó como un coro de ángeles y guiándose por este canto, llegó al célebre y Real monasterio de Santa Maria de Poblet (Tarragona), perteneciente a la Orden cisterciense, uno de los más importantes de la Península y que había sido fundado el año 1152 por Ramon Berenguer IV, conde de Barcelona y príncipe de Aragón, de cuya corte regresaba.

Allí fue muy amablemente recibido por el abad y se alojó dos días con ellos. Asombrado por la bondad y modestia de aquellos monjes vestidos de blanco, se hizo instruir y bautizar como cristiano, cambiando su nombre a Bernardo, y llegando incluso a profesar como monje.
Fue nombrado encargado de administrar los bienes del monasterio, pero eran tan grandes las limosnas que realizaba, que llegó a caer en la extravagancia y sólo realizando algunos milagros -dicen- logró evitar el castigo con el que fue amenazado.

Bernardo predica ante sus hermanos. Grabado alemán para una colección de vidas de Santos.

Sin embargo, estaba deseoso de convertir a sus hermanos musulmanes, por lo que recurrió a una tía suya que vivía en Lleida, quien se había convertido al cristianismo, y animado por ella, marchó de regreso a su pueblo natal de Carlet, donde se reunió con sus hermanas y con su hermano Al-Mansur, quien ya había sucedido a su padre en el emirato. Era el año 1181.
Al saber que Ahmed no sólo se había hecho cristiano, abandonando su nombre musulmán, sino que además había profesado como monje, sus padres y su hermano mayor se mostraron disgustados, como es lógico. Sin embargo, las hermanas quedaron cautivadas por el relato de su viaje y con el tiempo Bernardo logró convertirlas a la fe cristiana. Ambas se bautizaron y también cambiaron sus nombres: Zaida pasó a llamarse María y Zoraida, Gracia.

Si Al-Mansur ya llevaba mal el que su hermano se hubiese hecho cristiano, ver que también sus dos hermanas se habían bautizado hizo que montara en cólera y amenazara con expulsarlos de casa. Bernardo, para evitar males mayores, decidió huir de casa, pero sus hermanas se unieron a él y lo siguieron. Al-Mansur tomó entonces a sus hombres para que cumpliesen venganza por lo que, a sus ojos, era una injuria contra la familia y contra el Islam, y salió tras ellos. Los alcanzaron a las afueras de Al-Yazirat (actual Alzira). Bernardo fue crucificado en una higuera y lo mataron atravesándole la frente con un clavo, mientras las hermanas fueron descuartizadas vivas a golpes de cuchillo, todo ante los ojos de Al-Mansur. Acabada la masacre, abandonaron los cuerpos al carroñeo de los cuervos. Era el 21 de agosto del año 1181.

Sus cuerpos fueron recuperados y sepultados en Alzira por la comunidad mozárabe. Jaume I de Aragón (1213-1276), cuando conquistó dicha ciudad (1242), hizo construir una iglesia en su honor y la puso bajo la custodia de los frailes trinitarios; además de una ermita en el lugar específico del martirio.
No fue hasta 1599 en que se recuperaron las reliquias; y en 1603, por las gestiones del rey Felipe III, fueron trasladadas al monasterio de Poblet. Sin embargo, este traslado suscitó muchas protestas de los lugareños y por ello se decidió repartirlas entre Carlet -ciudad natal de los Santos, donde aún son sacadas en procesión el día de su fiesta- y el Real Colegio del Corpus Christi de Valencia, pues el patriarca San Juan de Ribera las había reclamado también. Una parte se conservó, también, en el altar dedicado a los Santos de la iglesia arciprestal de Santa Catalina de Alzira; hasta 1936, cuando fueron profanadas y destruidas.

Martirio de los Santos. Pieza de un retablo gótico conservado en el Museo Parroquial de la catedral de Valencia, España. Fotografía: Ana Mª Ribes.

Desde 1643 los tres hermanos son protectores de Alzira, donde se les conoce como els Sants Patrons o Sant Bernat i les germanetes. También son patronos de Carlet y en Algemesí -mi ciudad- aparte de tener un altar consagrado en la Basílica parroquial de Sant Jaume (he adjuntado foto de las imágenes); es muy típico que unos niños escenifiquen el martirio de estos tres hermanos como parte dels Martiris representados en la procesión de la Mare de Déu de la Salut.

Los cistercienses de Aragón celebraban su fiesta el día 23 de julio -mismo día que la archidiócesis de Valencia-, pero en el año 1871, la festividad de estos tres mártires fue trasladada al 19 de mayo, aunque el Menologio Cisterciense los sigue recordando el día 1 de junio. El monasterio de Poblet, por privilegio pontificio, celebra una liturgia solemne en honor de estos mártires cada 2 de septiembre. En Alzira y Carlet, sin embargo, su fiesta se celebra el 21 de agosto, día de su martirio.

Aunque no se duda de la existencia histórica de estos mártires, cabe considerar el relato martirial como una simple leyenda. Demasiados elementos lo hacen pensar: Al-Mansur -en árabe “el victorioso”- no deja de ser el mismo epíteto con que se recuerda al hayib (ministro) del califa cordobés Hisam II, famoso por sus razzias al norte de Al-Andalus y de triste memoria para los cristianos mozárabes-; la conversión “relámpago” de Ahmed (¡¡en sólo dos días!!); su profesión monacal y extravagancias devotas; que se le permitiera abandonar tranquilamente el monasterio, aun cuando fuese para evangelizar a su familia, y que se le enviase solo… en fin. Es muy probable que la leyenda tan sólo pretenda justificar el prestigio del elemento cristiano en Sharq-al-Andalus (taifas valencianas) antes de la llegada del rey Jaume I. Lo que, atención e insisto, no significa dudar en absoluto de su existencia histórica y martirio.

Procesión con las reliquias de los Santos en Carlet, Valencia (España).

Iconográficamente se representa a San Bernardo como un monje cisterciense atado a una higuera seca y con un clavo hundido en la frente; a cada lado, las dos hermanas, coronadas y con un corte en la garganta. En alguna estampa, de forma incorrecta, aparecen vestidas como monjas cistercienses, lo que no eran. Tampoco es correcto representarlas con vestimenta cristiana, aunque sea de mayor repercusión.

Fuera de los ámbitos mencionados -las ciudades valencianas de Alzira, Carlet, Algemesí; la archidiócesis de Valencia y el monasterio catalán de Poblet- estos mártires son prácticamente desconocidos. Ni siquiera se les considera en el habitual elenco de mártires hispanos mozárabes. Espero que este artículo contribuya a que sean más conocidos y a honrar su memoria.

Meldelen

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