Beato Bartolomé Gutiérrez y compañeros mártires

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Imagen del Beato Bartolomé en el Santuario de San José de Gracia, Guadalajara (México).

Imagen del Beato Bartolomé en el Santuario de San José de Gracia, Guadalajara (México).

Introducción
Además de San Felipe de Jesús y los Santos Mártires Mexicanos, el santoral de México nos ofrece en sus historias la vida de unos beatos oriundos de este país que dieron testimonio de Cristo en el Japón durante la época del Virreinato. Se trata de los Beatos Bartolomé Díaz Laurel, Pedro de Zúñiga y Luis Flores y del insigne misionero Bartolomé Gutiérrez, de quien trata este artículo. Éste bienaventurado encabeza otro grupo de mártires de los cuales se refieren unas breves noticias.

Beato Bartolomé Gutiérrez Rodríguez
Nació en la ciudad de México el 4 de septiembre de 1580, hijo de Alonso Gutiérrez y Ana Rodríguez. Fue bautizado en la parroquia de Sagrario Metropolitano. Con 16 años ingresa a la orden agustina; hizo sus estudios en el convento de Yuriria, Michoacán, profesando el 1 de junio de 1597. Ordenado sacerdote, fue trasladado a Puebla al convento de San Agustín. Por estas fechas ya tenía deseos de ser misionero y mártir, sus hermanos de religión se burlaban de él porque era muy gordo y no podría soportar las fatigas del misionero. Pero el respondía con jocosidad: “Tanto mejor, así habrá más reliquias que repartir cuando muera mártir, porque algún día iré a Filipinas y de allí a Japón donde moriré por la Fe de Cristo”. Sus palabras resultaron proféticas.

El 22 de febrero de 1606 se embarcó en Acapulco y llego a Filipinas el 1 de mayo siguiente. Allí, los superiores al ver sus cualidades, lo nombraron maestro de novicios, desempeñando este cargo durante un sexenio. Tenía una gran facilidad para los idiomas, era un buen latinista y aprendió pronto el japonés a pesar de las dificultades de esta lengua. En 1612 se embarca a Japón y en 1613 es nombrado prior del convento de Usuki; como dominaba bien el idioma japonés, se entregó de lleno a la evangelización, teniendo pronto a su cargo una gran comunidad de fieles. En 1614 hubo un decreto de expulsión para los religiosos y en noviembre de este año el Beato Bartolomé fue capturado y expulsado de Japón, volviendo a Filipinas, donde nuevamente fue maestro de novicios. En Japón la persecución recrudeció a raíz del martirio del Beato Fernando de San José Ayala, OSA y las demandas de refuerzos llegaban a Manila porque los fieles ocupaban pastores. Algunas crónicas precisan que se pedía la vuelta del Padre Bartolomé Gutiérrez porque este había dejado un buen recuerdo. Así, el provincial designó que volviera a Japón acompañado del Beato Pedro de Zúñiga, regresando ambos a tierra de misión el 12 de agosto de 1618.

Martirio del Beato Bartolomé Gutiérrez.

Martirio del Beato Bartolomé Gutiérrez.

Ejerció un ministerio ejemplar entre sus fieles, estimulando por su fervor, sosteniendo a los débiles en la fe, predicando y administrando los sacramentos a escondidas. Venció innumerables peligros para llevar a Cristo a los creyentes y para no ser detenido, vivía en los campos y bosque; vivió pobremente, padeció las inclemencias del clima y también el hambre. A esto él añadió ayunos, vigilias y tales maceraciones, que aquel joven robusto de 25 años, se convirtió en un hombre enjuto y seco que no parecía tener más que huesos y piel.

De él se platica que Dios lo protegió de manera milagrosa cuando se escondía. En una ocasión escapó de sus perseguidores gracias a que una araña tejió su telaraña en un rincón de la casa donde se escondía. Otra vez salió al encuentro de sus captores tocando un instrumento musical sin ser notado por ello. También sucedió que una buena mujer lo escondió en su casa, llegaron los guardias y le preguntaron por él, entonces ella sufrió un ataque de nervios y se reía mucho, pensaron los oficiales que quería congraciarse con ellos mientras les señalaba que adentro y lo tomaron a burla y se marcharon sin revisar. Así fue que desarrolló su apostolado hasta 1629, en que llego a Nagasaki como gobernador un hombre llamado Tacanga. Este fue un cruel perseguidor y redobló las pesquisas y castigos. También respiraba mucho odio contra el Beato Bartolomé y los agustinos porque en el reino de Bungo habían fundado el primer convento y para acabar de componerla, el religioso había convertido al cristianismo a varios familiares suyos.

Víctima de una traición, el Beato Bartolomé fue sorprendido y arrestado el 10 de noviembre de 1629, junto con el catequista y ahora Beato Juan Shozaburo y otros tres auxiliares con los que fue enviado a la cárcel de Nagasaki, allí se reunieron pronto con él los religiosos agustinos Francisco de Jesús Terrero y Vicente de San Antonio Carvalho. Desde 1618 él había sido el sostén y promotor de la comunidad cristiana local, ahora ya detenido, el Tirano Tacanga se alegró porque iba a escarmentarlo para infundir miedo en el reino. Luego fue trasladado a la cárcel de Omuro, por considerarse que era un lugar más cruel.

Estampa devocional del Beato Bartolomé Gutiérrez.

Estampa devocional del Beato Bartolomé Gutiérrez.

En su traslado fue notoria su tranquilidad y resignación así como la alegría con que cantaba himnos a Dios en acción de gracias. Aquí languideció durante dos años. En 1630 tuvo la oportunidad de escribir al provincial: “por estar al presente por horas y momentos esperando la muerte” dando noticias no menos interesantes sobre sus compañeros y circunstancias de su prisión. En 1631 vuelve a Nagasaki en compañía de sus hermanos de hábito Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio así como el Jesuita Antonio Ixda, encontrado en la prisión al hermano franciscano Gabriel de la Magdalena. Los hicieron sufrir la tortura del agua sulfurosa en el Monte Unge, fueron llevados al lago de Arima, de aguas hirvientes, con las que eran bañadas sus carnes hasta escaldarlos y desollarlos creyendo que así renegarían de la fe. Esta dolorosísima prueba, de la que muchos salían apostatando, fue ganada por los mártires. Los suplicios fueron verdaderamente espantosos y se prolongaron por un mes, repitiéndose el castigo por lo menos dos veces al día, lo que tuvieron que padecer, todo el cuerpo hecho una llaga, no es fácil de imaginar.

Al ver que no se lograba ningún retroceso, fueron devueltos a Nagasaki, donde se les condenó a morir en la hoguera. Todavía la víspera, Tacanga les ofreció la libertad si apostataban, pero permanecieron firmes en la fe. La sentencia se llevó a cabo el 3 de septiembre de 1632. Al llegar al lugar del suplicio, entonaron, como era la costumbre entre quienes eran sacrificados, el salmo 116 “Laudate Dominum omnes gentes”, luego los ataron con lazos muy frágiles, para que se pudieran romper si decidían renegar. La leña era verde y llena de lodo para que ardiera con dificultad. Al ser encendido el fuego, el Beato Vicente Carvalho sacó su crucifijo y levantándolo en alto exclamo “¡Adelante valerosos soldados de Jesucristo! ¡Viva nuestra fe y por ella valerosamente muramos!”.

El Beato Bartolomé Gutiérrez dejo varios escritos. Explicación de la doctrina cristiana la Relación del suceso de la prisión y dichoso fin de los bienaventurados mártires Pedro de Zúñiga y Luis Flores y la Relación del martirio que padecieron otros religiosos en el Japón en el mes de septiembre de 1622. Este grupo de misioneros cierra el elenco de os mártires encabezados por el Beato Alfonso de Navarrete.

Imagen del Beato Vicente Carvalho.

Imagen del Beato Vicente Carvalho.

A continuación se refiere una breve semblanza de los beatos martirizados junto Beato Bartolomé Gutiérrez.

Beato Vicente de San Antonio Simoes de Carvalho
Nació en 1590 en Albufeiora, Portugal, siendo sus padres Antonio Simoes y Catalina Pereiro, quienes le dieron una buena educación. Ingresó con los agustinos en el convento de Santa María de Gracia, donde profesó y fue ordenado sacerdote. En 1621 estuvo en México, en 1622 en Filipinas y en 1623 en Japón; por casi seis años se consagró al ministerio en secreto y logró mucho fruto, burlando, también la vigilancia de los espías hasta que finalmente fue capturado.

Beato Francisco de Jesús Terrero Pérez
Nació en 1590 en Villa Mediana, Palencia, siendo hijo de Pedro Terrero y María Pérez, ambos de ascendencia noble y familias ricas. A los 8 años quedó huérfano y fue educado por dos tíos suyos que eran sacerdotes; con 16 años ingresa a la orden de San Agustín en Valladolid, luego de profesar en esa orden, hizo estudios sacerdotales recibiendo por fin el presbiterado. En 1621 estuvo en México, luego se trasladó a filipinas y por ultimo a Japón, donde fue vicario Provincial. Estudió el japonés para poder transmitir el Evangelio, su apostolado lo hacía de noche y con muchos peligros, tuvo que vivir en una cueva para no ser descubierto. Las crónicas dicen que bautizó cerca de 7000 fieles.

Beato Antonio Ixhida Kyutaku S.J.
Nació en el año de 1570 en Ximabaro, reino de Arima. Con 19 años ingreso a la Compañía de Jesús, donde profesó y fue ordenado; como conocía de fondo las religiones paganas y tenía buena elocuencia, su ministerio se valió de esto para tener mucho provecho. Desafiaba los peligros para llevar el consuelo a los cristianos encarcelados, burlando la vigilancia de los soldados.

Beato Jerónimo de la Cruz Jo ó de Torres
Nació en Nagasaki, de joven estudió con los padres franciscanos que lo enviaron a Filipinas para continuar sus estudios; una profeso fue ordenado sacerdote y su ministerio lo hacía entre sus compatriotas exiliados con abundancia de buenos resultados. Entonces cambio su apellido Jo por el español de Torres. El Beato amaba mucho a su patria y oraba a Dios suplicándole el fin de las persecuciones. En 1628 volvió a Japón para ayudar con su ministerio a sus hermanos perseguidos. Breve fue su trabajo, pues fue apresado en 1629.

Detalle de la imagen del Beato Gabriel de la Magdalena en Sonseca, Toledo (España).

Detalle de la imagen del Beato Gabriel de la Magdalena en Sonseca, Toledo (España).

Beato Gabriel de la Magdalena Tarazona Rodríguez
Nació en Sonseca, Toledo en octubre de 1567, hijo de Pedro Tarazona e Isabel Rodríguez. Recibió el bautismo el 22 de octubre del mismo año y la confirmación el 16 de junio de 1571. Estudio y ejerció la medicina y a los 30 años ingresó como hermano lego en la orden Franciscana, en la rama alcantarina. Su ardiente amor a Cristo y la salvación de las almas le hicieron ir a Japón, a donde llegó en 1606. Estuvo en Osaka, donde se dedicó a curar almas y cuerpos. En 1613 se desató una persecución, muchos religiosos fueron expulsados pero él logró esconderse en Nagasaki; su fama era tal que se decía que por sus conocimientos de medicina, podría ser médico del propio emperador.

Tuvo fama de tener gran religiosidad, de hacer curaciones milagrosas, de levitar mientras oraba y tener el don de la bilocación. En 1630 fue apresado y llevado a la cárcel de Omura, de donde fue sacado para curar al propio Gobernador y su familia, así como para atormentarlo luego con las aguas sulfurosas. Murió en la hoguera y sus cenizas, como las de sus compañeros, fueron arrojadas al mar.

Culto
Estos beatos integran un numeroso grupo de 205 mártires encabezados por el Beato Alfonso Navarrete y fueron elevados al honor de los altares el 7 de julio de 1867 por el Beato Pio IX. El Beato Bartolomé Gutiérrez recibe culto litúrgico en México el 2 de septiembre con el grado de memoria opcional y las oraciones de la misa y la liturgia de las horas se refieren únicamente a él.

Oración
Te suplicamos, Señor Dios omnipotente que, por la intercesión de tu bienaventurado mártir Bartolomé nos libres de todas las desgracias corporales y que purifiques nuestras almas de todo mal pensamiento. Por…

Humberto

Bibliografía:
– MARTÍNEZ PUCHE, José A. Nuevo Año Cristiano, Septiembre, Editorial Edibesa, Madrid 2001.
– TREVIÑO, J.G. M. Sp.S, Clamor de Sangre, Editorial la Cruz, México, D.F. 1986 ppm 147-153.
– VVAA, Año Cristiano, IX Septiembre, Editorial BAC, Madrid 2005, pp 54-61.

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San Francisco de San Miguel (o de La Parrilla), franciscano mártir en Japón

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Imagen del santo en su localidad natal.

Imagen del santo en su localidad natal.

Nació en el año 1545 en un pueblecito vallisoletano, muy cercano a la ciudad, llamado La Parrilla, siendo sus padres, Francisco de Andrada y Clara de Arco, siendo bautizado el día 15 de noviembre de 1549, imponiéndosele el nombre de Juan. Tenemos en esto, un caso parecido al de San Francisco Blanco, pues si este dato no concuerda con la edad con la que fue martirizado, quiere decir que no fue bautizado inmediatamente después de su nacimiento. Quizás haya que tener en cuenta que en aquella época no existía la diócesis de Valladolid, y su pueblo pertenecía a la de Palencia, de la que quedaba más alejada.

Su infancia transcurrió en su pueblo, donde desde muy pequeño, daba muestras de una tierna devoción a la Virgen, de un cariño especial con los pobres a los que en más de una ocasión les daba su comida y de ser un niño dócil con sus padres. Como en alguna ocasión su familia pasó apuros económicos, Juan se puso a trabajar con otros agricultores, primero en Medina del Campo y posteriormente en Valladolid. Al ser muy trabajador y muy honrado, era un jornalero muy apreciado, aunque cuando le proponían hacer cosas que a él no le parecían justas, se negaba diciendo: “eso no es de conciencia”. Esta actitud la mantuvo siempre.

Cuando tendría unos veinte años de edad murieron sus padres en muy pocos meses. Tras este duro golpe, decidió abandonar sus actividades agrícolas ingresando en la Orden Franciscana, concretamente en el convento de San Francisco de Valladolid, donde el 9 de enero de 1567 tomó el hábito con la intención de convertirse en hermano lego, cambiando su nombre por el de Fray Francisco de San Miguel. Tras un año de noviciado, profesó como hermano lego haciéndose cargo del cultivo de la huerta y de la cocina del convento: como hermano lego, tomó como modelos de vida a los beatos Gil y Junípero de Asís, compañeros de San Francisco.

Posteriormente, fue trasladado al convento de Calahorra y más tarde, al de Scala Coeli en El Abrojo, este último fundado por el futuro San Pedro Regalado. Aunque en ese momento ya había realizado los votos solemnes, como San Pedro Regalado había redactado unas nuevas Constituciones, él renovó sus votos. Allí destacó por su obediencia y sus penitencias. Tuvo que ejercer el oficio de limosnero, por lo que fue conocido y querido en todos los pueblos de la comarca, pero deseando estar en un convento aun más austero, lo solicitó al Padre Provincial y, con el permiso del General de la Orden, fue destinado al convento de Coca, perteneciente a la Provincia Franciscana de San José. En este convento estuvo varios años hasta que decidió alistarse para ir a misiones: primero lo hizo en el año 1578 y, no consiguiéndolo, lo volvió a hacer en el año 1580. Así, aparece alistado en Sevilla el día 15 de mayo de 1581, junto con otros dieciséis misioneros embarcados en la nave “San Cristóbal” rumbo a México.

Imagen del Santo en la parroquia de San Lorenzo de Valladolid, España.

Imagen del Santo en la parroquia de San Lorenzo de Valladolid, España.

Cuando llegaron a México, fue destinado al convento de los Santos Cosme y Damián, haciéndose cargo de la portería del convento, donde atendía a todos los pobres que se acercaban solicitando ayuda. En México coincidió con San Pedro Bautista, permaneciendo junto a él hasta el momento del martirio de ambos en Nagasaki. En el año 1584 embarcaron hacia Filipinas, donde estuvieron cinco años en Camarines y cuatro en Manila, haciéndose cargo de la portería del convento. Allí se le consideraba un santo y de hecho, en el proceso que se inició después de su martirio, existen dos testimonios fechados el 27 de junio de 1597, del padre Santiago de Castro, que era el tesorero de la catedral, adjudicándole la realización de dos milagros: “… y del dicho fray Francisco de San Miguel, vio este testigo que el ducho Padre, con ser lego, acudía a enseñar y catequizar a los naturales de aquella Provincia con mucho fervor y caridad, y que en presencia de este testigo habiendo ido a bautizar a una india infiel, que estaba en mucho peligro, este testigo y el dicho Padre estando más de dos horas con ella para ver si volvía en sí, porque estaba sin habla, para bautizarla, e nunca pudo hablar aunque se hicieron las diligencias posibles, y en abriéndola, él hizo la señal de la cruz en la lengua, y luego la dicha enferma habló y recibió el bautismo. Y otra vez, el dicho padre fray Francisco envió a llamar a este testigo con mucha prisa par mostrarle un indio a quien había picado una culebra de las que en picando muere la persona a quien pican; y a lo que se quiere acordar este testigo, porque ha muchos años que pasó, fue para confesar e bautizar el dicho indio, porque no se acuerda bien si era cristiano o infiel. Y habiendo llegado este testigo, vio al dicho indio con la picadura en una pierna, de donde le salía mucha sangre y él estaba muy fatigado y no podía hablar; y preguntando este testigo a los demás indios qué culebra era la que le había picado el dicho indio, le respondieron que eran de las que mataban luego en picando. Y el dicho Padre fray Francisco, haciendo la señal de la cruz algunas veces sobre la herida que tenía y poniéndole unos ajos, sin hacerle otra cosa ninguna, sanó luego de la dicha mordedura el dicho indio”. Para poder atender mejor a quienes acudían a él, aprendió el idioma del país, llegando incluso a predicar en la iglesia a los nativos en su idioma aun siendo hermano lego.

El 26 de mayo de 1593, San Pedro Bautista fue nombrado embajador de España en Japón y ambos, junto con otros dos frailes, partieron hacia su nuevo destino, donde llegaron después de dos meses de viaje. Se establecieron en Meako donde construyeron un pequeño convento al estilo del de la Porciúncula de Asís. En la Semana Santa del año siguiente, le encargaron montar el monumento del Jueves Santo y a quienes le preguntaban el por qué de las celebraciones de esos días, como no conocía el idioma japonés, optó por imitar en su cuerpo algunos episodios de la Pasión de Cristo, desvistiéndose de su hábito y haciéndose azotar por los japoneses.

Detalle de la imagen del santo en su localidad natal.

Detalle de la imagen del santo en su localidad natal.

En el año 1582, Taikosama tomó el control de todo el país, formando un imperio. En un principio fue tolerante con los cristianos, pero incitado por los bonzos, decretó la expulsión de los misioneros. Es verdad que inicialmente esta orden no se aplicó con rigor y los misioneros eran tolerados mientras se movieran en la clandestinidad y vistiendo como japoneses. Así estaban nuestros frailes cuando en noviembre de 1596 embarrancó en Urando el galeón San Felipe. El gobernador de Urando, llamado Nobunaga, conociendo las riquezas que transportaba el navío, lo expropió y para encubrir el robo, el emperador promulgó un nuevo edicto acusando a los frailes de hacer proselitismo y de preparar una invasión de europeos. La noche del 8 de diciembre de 1596, el gobernador de Osaka ordenó el encarcelamiento de los misioneros. La mañana del día siguiente, fueron arrestados los frailes franciscanos, permaneciendo como prisioneros en su propio convento de Meako hasta el día 30 del mismo mes. El 3 de enero siguiente, fueron llevados a la parte inferior de la ciudad y se les cortó la mitad de la oreja izquierda. Los montaron de tres en tres en unas carretas, paseándolos por toda la ciudad y portando encima su condena a muerte: “Por cuanto estos hombres vinieron de los Luzones, con título de Embajadores, y se quedaron en Meako predicando la ley de los cristianos, que yo prohibí muy rigurosamente los años pasados, mando que sean ajusticiados, juntamente con los japoneses que se hicieron de su ley; y así estos veinticuatro serán crucificados en Nagasaki; y vuelvo a prohibir de nuevo la dicha ley para en adelante, porque venga a noticia de todos; y mando que se ejecute; y si alguno fuese osado a quebrantar este mandato, sea castigado con toda su generación. El primer año de Queycho, a los diez días de la undécima luna”. En pleno invierno japonés y con la intención de atemorizar a los cristianos japoneses, los pasearon a pie o a caballo por las ciudades de Kyoto, Fushimi, Osaka y Sakay. Así, viajaron casi mil kilómetros hasta llegar al lugar del martirio: la colina de Nisnizaka, cercana al mar y frente a la ciudad de Nagasaki. Allí fueron martirizados.

Fresco de los mártires de Nagasaki. Coro del templo de La Recoleta, Cuzco (Perú).

Fresco de los mártires de Nagasaki. Coro del templo de La Recoleta, Cuzco (Perú).

Como hemos explicado en alguna otra ocasión en este blog, fueron crucificados, utilizando una cruz de dos travesaños clavados a un tronco. La víctima estaba sujeta por cinco anillos de hierro que le aprisionaban el cuello, las manos y los pies. Los mataron atravesándolos con dos lanzas, que entrando por los costados, se cruzaban en el pecho, saliendo por los hombros. Así fue descrito su martirio: “Una inmensa multitud cubría el Calvario de Nagasaki…. El Santo de La Parrilla caminaba al lugar del suplicio completamente descalzo, todo suspenso en Dios, a quien iba a ofrecer su vida; un devoto portugués le quitó una cruz de reliquias que llevaba al cuello, y afirmó con juramento que después que él la llevaba puesta se vio libre de muchas tentaciones que antes le acosaban. Marchaba con paso firme y tranquilo rezando por última vez el Rosario de la Santísima Virgen, llegando al lugar de la ejecución sin hablar una palabra; allí se hallaban seis sajones para cada mártir, por lo cual San Francisco como todos sus gloriosos compañeros, en poco tiempo fueron puestos en las cruces; para sujetarlos a ellas tenía cada una cinco argollas de hiero y con ellas cuando estaban extendidos sobre las cruces, les sujetaron por el cuello, la muñecas y gargantas de los pies, siendo levantadas en alto y colocadas en hoyas casi todas al mismo tiempo… Poco antes de recibir las lanzadas, Fr. Pedro Bautista comenzó el Benedictus, que continuaron todos, callando a medida que iban entregando su alma al Creador, a impulso del hierro del verdugo, quedando San Francisco sus ojos clavados en el cielo, que eran donde estaban sus nobles aspiraciones mientras habitó en la tierra. Este espectáculo tan cruel como glorioso, ocurrió a las diez de la mañana del miércoles 5 de febrero de 1597…”. Los cuerpos de los mártires estuvieron expuestos varios meses en sus cruces sin mostrar ningún signo de corrupción. Las aves carroñeras no tocaron los cuerpos, que permanecían frescos y flexibles y de los que incluso seguía fluyendo sangre.

Fachada del Santuario a los mártires en Nagasaki (Japón).

Fachada del Santuario a los mártires en Nagasaki (Japón).

El proceso de beatificación se inició en el año 1616, culminando con la ceremonia de beatificación, presidida por el Papa Urbano VIII el 14 de septiembre de 1627 en la basílica romana de Santa María la Mayor. Los veintiséis mártires de Nagasaki fueron finalmente canonizados por el beato Papa Pío IX, el día 8 de junio de 1862.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– VV.AA. “Bibliotheca sanctórum, tomo V”, Città Nuova Editrice, Roma, 1991.

Enlaces consultados (10/08/2014):
– http://www.franciscanos.org/bac/pedrobautista.html
– http://monasteriocorpus.webcindario.com/santoral.html

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Beatos Pedro de Zúñiga, Luis Flores y compañeros mártires

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Luneta con la imagen del Beato Luis Flores.

Luneta con la imagen del Beato Luis Flores.

Introducción
Los Beatos Pedro de Zúñiga y Luis Flores están inscritos en el calendario propio de México aunque no son nativos de este país. Esto se debe a que vivieron en la ciudad de México, durante la época del virreinato y por ello se les considera como propios. Luego de la reforma Litúrgica emanada del Concilio Vaticano II su celebración fue omitida lastimosamente hasta finales la década de los ochenta en que fue restituida. Ellos, al igual que otros misioneros fueron a Japón para llevar la Buena nueva y como era de esperarse, sufrieron por ello el martirio. Junto con ellos fueron sacrificados otros trece compañeros.

Beato Luis Flores
Nació en Amberes en 1565 hijo de una familia española que luego emigro por razones desconocidas primero a España y luego a México, donde luego de discernir su vocación, ingreso al convento dominico de San Jacinto en la capital. Profeso y ordenado sacerdote, se ofreció como misionero oriente, a donde fue enviado. En 1602 va a las Islas Filipinas, desarrollando un fecundo trabajo apostólico en la provincia de Nueva Segovia, todavía necesitada de evangelización. Luego de varios años de servicio y tras un retiro espiritual al conocer la noticia de las dificultades de la cristiandad japonesa, del martirio de misioneros y creyentes, se ofreció para ir a Japón; obtenida la licencia, se asocio al Beato Pedro de Zúñiga para ir al Japón.

Beato Pedro de Zúñiga
Nació en Sevilla en 1580, siendo hijo de Álvaro de Zúñiga, Marques de Villamanrique, VI Virrey de la Nueva España y de Teresa de Villa marina. Al ser nombrado su padre a este cargo y marchar a México dejo a su hijo a cargo de los duques de Medina Sidonia. Al parecer estudio en la Universidad de Santa María de Jesús, en Sevilla. A los 23 años, con la oposición de su familia, ingreso a la orden agustina profesando en 1604, luego en una fecha incierta es ordenada sacerdote en Sevilla por tratos con un misionero decide serlo el mismo también combatiendo nuevamente la oposición de su familia.

Llega a Manila en 1610 trabajando con mucho celo en la providencia de Papamga mientras estudiaba el idioma japonés, En 1618 se introduce clandestinamente en Japón con su hermano de hábito, el mexicano y también Beato Bartolomé Gutiérrez, pero fueron localizados. Al conocer el gobernador de Nagasaki que era hijo de un antiguo Virrey de México, lo dejo huir. Y así volvió a Manila de este trance y sabedor de que los fieles de Nagasaki reclamaban su presencia, se puso de acuerdo con el Beato Luis Flores para volver a Japón.

Escultura del Beato Pedro de Zúñiga representando su martirio.

Escultura del Beato Pedro de Zúñiga representando su martirio.

Martirio
Para volver a entrar a Japón, contrataron a un capitán de un barco japonés y cristiano, que a su vez contrato una tripulación también japonesa y cristiana. El capitán no revelo la verdadera identidad de los sacerdotes que iban disfrazados de japoneses, partieron de Manila el 13 de junio de 1620 navegando una ruta llena de dificultades por el clima y la falta de víveres. En Farmosa, luego de proveerse de víveres, fueron detectados por un barco de piratas holandeses los cuales asaltaron la nace sospechando que se trasladaron misioneros. En Firando se hizo el desembarco y los prisioneros fueron entregados a las autoridades locales con la delación de la sospecha de que eran sacerdotes. El gobierno japonés pidió pruebas de ello y los piratas torturaron a los dos misioneros para que revelaran su identidad. Así pasaron por varios tribunales hasta que en uno fue reconocido el Beato Pedro de Zúñiga, que declaro su condición y luego vistió su habito. Luego fue enjuiciado el capitán, que defendió a sus marineros aclarando que ellos no sabían la verdad. El juez decidió perdonarlos a todos ellos si abjuraban del cristianismo pero ellos no aceptaron. El capitán, lleno de pena suplico el perdón a su equipo de trabajo por no haberles dicho con claridad el proyecto, pero ellos, de común acuerdo, le decían que nada tenían que perdonar, pues por esta oportunidad les llegaba la manera de ganar la corona del martirio.

La condena se ejecuto el 10 de agosto de 1622 en la Colina de Nagasaki. Los dos misioneros y el capitán fueron condenados a la hoguera y el resto de los prisioneros fueron degollados. Para prolongar el martirio de los que iban a morir quemados luego de atarlos en el poste se tuvo cuidado de poner la leña a cierta distancia, para que el calor fuera llegando paulatinamente, luego, cuando el fuego crecía la leña era retirada para reiniciar el tormento, que se prolongo por dos horas. Es creencia que cuando los mártires son atormentados, no sufren. En este caso quiso Dios que ese sufrimiento lo padecieran estos dos sacerdotes, en su ejecución, a tal grado que mutuamente se van manifestando su impotencia.

A los cuatro días del martirio, cuando ya no había guardias, los fieles pudieron hacerse de las reliquias de los quince mártires para darles digna sepultura. El cuerpo del Beato Luis Flores fue sepultado en la casa de una viuda donde solía celebrar misa mientras que el del Beato Pedro de Zúñiga, fue enviado de Macao y sepultado en la Iglesia de la compañía. A continuación se dan los datos de los restantes Beatos mártires.

Escultura del Beato Luis Flores.

Escultura del Beato Luis Flores.

Beato Joaquín Hirayama
Era el capitán del Barco, se convirtió al cristianismo por influencia de otro mártir, el Beato Baltasar Torres S.J. vivió un tiempo en Filipinas donde se caso y adopto el apellido Díaz con el que era conocido. Igual que toda la tripulación que contrato, era cofrade del Santísimo Rosario.

Beato León Sukeyemon
Era piloto o contra maestro de la nave.

Beato Juan Soyemon
Era el secretario del Barco.

Beato Miguel Díaz
Algunas fuentes lo hacen español emigrado a Filipinas donde vive como mercader o marino. Otros opinan que era japonés y que había tomado el apellido español.

Beatos Antonio Yamada o Yamanda, Marcos Takenoshima o Takeyinika, Pablo Sankichi, Juan Yago o Yano, Juan Nagata Matakichi, Bartolome Mohioye o Monfiore, eran todos ellos simples marineros y no se conocen datos precisos de su vida.

Beato Tomas Kanayagi o Coyanghi
Se formo como catequista en el Colegio Jesuita y llego a ejercer este apostolado. Se marcho a vivir a Manila y deseoso de volver a Japón se alisto en la embarcación de Beato Joaquín Hirayama.

Beatos Santiago Matsuo Denshi y Lorenzo Rokuyemon o Bokeyamon
Algunas fuentes no los consideran marineros, sino más bien pasajeros.

Culto
Unido este grupo al conformado por el Beato Alfonso de Navarrete y 204 compañeros fueron beatificados por el Beato Pio IX el 7 de julio de 1867 al celebrarse los 1800 años del martirio de San Pedro y San Pablo. En México el 19 de agosto se celebra la memoria litúrgica, únicamente de los Beatos Luis Flores y Pedro de Zúñiga.

Oración
Señor nuestro Jesucristo que les das fortaleza para conseguir el triunfo a quienes predican fielmente tu nombre, concédenos, por los meritos de los beatos mártires Pedro y Luis, perseverar firmemente en la fe y después de una vida llena de buenas obras, conseguir la gloria eterna. Tú que…

Humberto

Bibliografía:
– TREVIÑO, J.G. M. Sp. S., Clamor de Sangre, Editorial la Cruz, México, D. F, 1986 pp 108-110.
– VVAA, Año Cristiano VIII, agosto, Editorial BAC, Madrid, 2005 pp 703-707.

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Beato Bartolomé Díaz Laurel y compañeros mártires

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Imagen del Beato en el Santuario de San José de Gracia, en Guadalajara (México).

Imagen del Beato en el Santuario de San José de Gracia, en Guadalajara (México).

Introducción
La Iglesia de México, hasta hace 22 años, celebraba en su Calendario Propio a San Felipe de Jesús y los Beatos Bartolomé Díaz Laurel y Bartolomé Gutiérrez como a los únicos mexicanos elevados al honor de los altares. Posteriormente esa lista se ha extendido con otros Santos y Beatos. El culto de esos dos últimos Bienaventurados ha pasado por etapas de vigencia y también de total olvido. En efecto, antes del Concilio Vaticano II, tenían celebraciones litúrgicas, tanto en el Oficio Divino como en la Santa Misa, sin embargo, dado que las rúbricas establecen que el culto a los Beatos es restringido a ciertos lugares y no obligatorio, luego de las reformas emanadas de este Concilio, sus nombres fue literalmente olvidados y no es improbable que hasta en los lugares unidos a su memoria haya sucedido lo mismo. Fue en la segunda mitad de la década de los años ochenta del pasado siglo, que sus nombres fueron reintegrados al Calendario oficial de México, junto con los también mártires y Beatos Luis Flores y Pedro de Zúñiga, que aunque no son nativos de la Patria Mexicana, vivieron cierto tiempo en ella. Dicho Calendario los recuerda en lo particular, aunque históricamente sus nombres van unidos a los de otros mártires con los padecieron en Japón. Por ello al recordarse el 16 de agosto al Beato Bartolomé, es oportuno agregar los nombres y algunos pormenores de los otros Beatos que murieron junto a él.

Biografía
El origen de este Beato se ha ido perdiendo con el paso del tiempo al grado de decirse que es originario de México, sin referirse un lugar preciso, aunque se supone que como San Felipe de Jesús, también es oriundo de la Ciudad de México. Últimamente la Arquidiócesis de Acapulco, Guerrero, ha comenzado a promover su culto en su circunscripción a tono de lo sugerido por San Juan Pablo II, que pidió no olvidar la memoria de los testigos de Cristo de cada comunidad cristiana. Con argumentos respetables se ha propuesto la posibilidad de que Bartolomé sea oriundo de este puerto. La fecha de su nacimiento es desconocida, datándose únicamente a finales de la segunda mitad del S. XVI. Hay sin embargo otra tesis que defiende que Bartolomé tenía por apellido Díaz y que Laurel era un apodo. Así consta en los libros de la parroquia de Santa María , que no registran a algún Bartolomé Díaz Laurel, pero sí un Bartolomé Díaz, y suponiendo que Laurel fuera el apodo, existe la opinión de que esta persona sería nuestro Beato. La teoría pues, lo hace originario del Puerto de Santa María y que nació el 19 de enero de 1593, emigrando desde muy niño a México en compañía de su familia y que por ello se le tiene como mexicano.

El Beato Bartolomé Díaz atendiendo a una cristiana enferma. Óleo contemporáneo.

El Beato Bartolomé Díaz atendiendo a una cristiana enferma. Óleo contemporáneo.

No hay mucha información sobre su vida, se entiende que antes de entrar en religión se dedico a la medicina y que profesó como hermano lego en la Orden Franciscana en Morelia, Michoacán, el 18 de octubre de 1617. Pronto pidió ser enviado a las misiones pero el permiso tardaría en llegar. En 1619 se le manda a Filipinas, donde estaría hasta el año de 1623. Vivió en el convento que su orden tenía en Manila, allí fue destinado al hospital y aquí perfeccionó sus estudios de medicina, aprendiendo también allí la lengua japonesa.

Fue asignado al Beato Francisco de Santa Marta como enfermero y catequista, desarrollándose entre ambos una solida amistad. Ingresaron en Japón en 1622 a pesar de los graves peligros y se dedicaron a atender las comunidades desasistidas. Recorrieron ciudades y aldeas y cuando la persecución arreciaba, vivían escondidos con muchas privaciones en el bosque. Gracias a la tenacidad de ambos se les unió un joven cristiano que les fue de gran ayuda y que llegaría como ellos a la meta del martirio: el Beato Antonio de San Francisco, que obtuvo la admisión a la orden Seráfica.

Bartolomé era el guía y vanguardia del sacerdote y su labor era intensa y llena de méritos, estaba encargado de la programación de visitas e itinerarios a los pueblos, portar los enseres litúrgicos, catequizar a los fieles y también se desempeño con mucha caridad como enfermero, visitando las chozas con gran constancia para cuidar a sus pacientes y evangelizarlos; preparó a muchos niños a hacer la Primera Comunión.

Ambos religiosos fueron apresados y llevados a la cárcel a consecuencias de la traición de un apostata, que los delató, luego sería encarcelado también el Hermano Antonio que se presentó espontáneamente. En medio de sus tribulaciones se animaban en la prisión confiando sus vidas a Dios; condenados a muerte, fueron llevados a Nagasaki donde fueron unidos a otro grupo de 12 cristianos prisioneros. Siete de ellos fueron condenados a morir en la hoguera y los otros ocho a morir degollados. El Beato Bartolomé fue de los que murieron quemados. La sentencia fue ejecutada el 17 de agosto de 1627. Sus cenizas fueron arrojadas al mar.

Martirio del Beato Bartolomé Díaz.

Martirio del Beato Bartolomé Díaz.

Beato Francisco de Santa María
Es el único sacerdote de este grupo y nació en Montealbanejo de la Mancha y perteneciente al Arzobispado de Toledo. Desde muy joven entró con los franciscanos descalzos donde profesó y se ordenó sacerdote. Se ofreció para ir a las misiones de Japón y fue aceptado. Vivió un tiempo en México, donde conoció al Beato Bartolomé Díaz Laurel. En 1619 marcharon juntos en Filipinas y tenían cuatro años en este lugar, cuando fue enviado al Japón, también en compañía de Bartolomé Díaz. Con el apoyo de éste, ejercicio su ministerio de manera heroica y constante, evangelizando pueblos, aldeas; cuidando su vida porque estaba consciente de la falta de misioneros y la trascendencia de su labor. Por ello, muchas veces tuvo que vivir en el bosque, las montañas, pasando privaciones pero con la alegría del que cumple su deber. Pronto se les unió a él y su compañero un joven de nombre Antonio, que catequizaba las pequeñas comunidades. Este fue el tenor de vida durante cuatro años.

En la primavera de 1627 estaba con el Beato Bartolomé en la casa del Beato Gaspar Vaz celebrando la Eucaristía; delatados por un apostata, fueron detenidos y encarcelados. Ya en prisión, se les unió el Beato Antonio que se presentó espontáneamente. Allí vivieron en comunidad dedicados a la oración, animándose a perseverar en la fe. Juzgados todos los prisioneros, a los religiosos y a cuatro cristianos se les condenó a morir quemados. Así el sacerdote fue sacrificado como un holocausto de aroma agradable a Dios el 17 de agosto de 1627 y sus cenizas fueron luego arrojadas al mar.

Beato Antonio de San Francisco
Nativo de Japón. No se conoce su apellido y más detalles de su origen. Trabajó como catequista en la labor misionera de los Beatos Francisco de Santa María y Bartolomé Díaz Laurel. La vida apostólica de ambos le indujo a pedir su ingreso en la orden, pero el P. Francisco la postergó. Cuando el sacerdote y el religioso fueron apresados, él no estaba presente. Movido por el intimo deseo del martirio corrió a la casa del gobernador y le dijo: “Tienes una gran cantidad de espías, delatores y verdugos por las recompensas que ofreces; pues bien, aquí está un delator que viene a denunciar a un adorador de Cristo: yo, que desde hace mucho me dedico a sostener fieles y convertir paganos. Quiero mi recompensa: ser asociado a mi querido padre y mis hermanos y padecer con ellos sus padecimientos y muerte”. Ya preso y en premio a su constancia y valor, el Beato Francisco de Santa María lo admitió en la orden franciscana. Condenado a morir quemado, luego de ello, sus cenizas fueron arrojadas al mar.

Beata Magdalena Kiyota, terciaria dominica y mártir japonesa.

Beata Magdalena Kiyota, terciaria dominica y mártir japonesa.

Beatos Gaspar Vaz y María de Vaz
Eran un matrimonio cristiano ejemplar, cuya casa daba siempre protección a los misioneros; ambos eran terciarios franciscanos. Descubiertos cuando el P. Francisco iba a celebrar misa, permanecieron firmes en la fe y luego fueron apresados y sentenciados a muerte. Gaspar fue condenado a morir en la hoguera y María fue decapitada.

Beata Magdalena Kiyota
Mujer de clase social alta y emparentada con el rey de Bungo, por lo que algunos santorales la refieren “de sangre real”. Era viuda y también terciaria dominica, dedicándose a una vida de oración, penitencia y caridad bajo la dirección del Beato Dominico Castellet. En su casa tenía un oratorio privado donde se celebraba la misa discretamente. Descubierta, tuvo el valor y coraje para permanecer fiel a Cristo en medio de las tribulaciones.

Beato Cayo Jixemon o Xeimon
Nació en las Islas de Amacusen. Desde joven tuvo una inquietud religiosa que lo llevo a ser bonzo, pero cuando conoció a Cristo, se hizo bautizar, siendo ejemplar creyente y un buen catequista y terciario dominico. Murió quemado vivo.

Beata Francisca Pinzokere
Mujer virtuosa, viuda y terciaria dominica, llevaba una vida de oración y modestia. Tenía un oratorio en su casa. Cuando fue arrestada, mostró gran serenidad. Fue quemada viva.

Beato Francisco Kurubioye
Cristiano Fervoroso oriundo de Chicungo. Unido a los padres dominicos de quienes fue ayudante y catequista. Acusado de hospedar a los misioneros rehusó apostatar a cambio de salvar la vida. Murió decapitado.

Beata Francisca Pinzokere, terciaria dominica y mártir japonesa.

Beata Francisca Pinzokere, terciaria dominica y mártir japonesa.

Beato Francisco Kuhioye o Cufioye
Era miembro de una familia pagana de Chicungo y amigo del Beato Gaspar Vaz, trabajaba de carpintero. Por la amistad con el anterior, se hizo prestanombre de una casa para los misioneros y cuando estos fueron delatados se le acusó de encubrirlos, por lo que fue encarcelado. Allí en la cárcel pidió el bautismo y tras una preparación, se lo administró el Beato Francisco de Santa María, tomado entonces el nombre de Francisco e inscribiéndose también en la Tercera Orden. Fue quemado vivo.

Beato Luis Matzuo Soyemon
Era un cristiano fervoroso, terciario franciscano. Puso su casa al servicio de los misioneros; descubierto y arrestado se le invito a apostatar a lo que se negó. Murió decapitado.

Beato Martín Gómez
Conforme a una usanza vigente entonces, se apropió del apellido español. Era un japonés muy fervoroso y terciario franciscano. Daba generosa hospitalidad a los misioneros por lo que fue apresado. Resistió las llamadas a apostatar. Murió decapitado.

Beato Tomas Wo Jinyemon
Vecino de Nagasaki, cristiano fervoroso y terciario franciscano, fue sorprendido dando alojamiento a misioneros en su casa, por lo que fue arrestado y apresado, no quiso apostatar. Murió decapitado.

Beato Lucas Kiyemon
Nació en Fingen en 1599, hijo de una familia acomodada; conoció a los franciscanos en Meaco y se bautizó y profesó como terciario franciscano. A la muerte de sus padres, se dedicó a repartir generosamente su herencia entre los pobres y el hospital de Meaco, donde también colaboraba como catequista. Fue exiliado en la persecución de 1618. Volvió a Japón y fue vecino del Beato Gaspar Vaz, a quien construyó un escondite para los misioneros. Arrestado con este Beato, fue acusado de no delatar a los religiosos. No quiso apostatar. Murió decapitado.

Beato Miguel Kizayemon
Oriundo de Conga, fue abandonado por sus padres y entonces un español lo recibió como sirviente. Confiado al franciscano Francisco Rojas, fue instruido en la fe cristiana y bautizado. Se inscribió luego en la Tercera Orden de San Francisco y vivió luego en Nagasaki con el Beato Lucas Kiyemon, trabajando como carpintero y construyendo escondites para los misioneros. Descubierto y apresado se mantuvo fuerte en la tribulación. Murió decapitado.

Imagen del Beato en el Santuario de San José de Gracia, en Guadalajara (México).

Imagen del Beato en el Santuario de San José de Gracia, en Guadalajara (México).

Culto
Este grupo de mártires fue unido a otro mayor, encabezado por el Beato Alfonso Navarrete y 204 compañeros entre sacerdotes y religioso misioneros y nativos, laicos, niños, matrimonios, ancianos, un conjunto muy representativo de estos creyentes que murieron en la tierra del sol naciente. Su Beatificación realizada por el Beato Pio IX se realizó el 7 de julio de 1867, al celebrarse los diecinueve siglos del martirio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. El culto del Beato Bartolomé fue concedido para México y también Sevilla lo cuenta en su Calendario Propio. En 1980 la Diócesis de Jerez al ser erigida, lo incluyó en su calendario propio, pues el Puerto de Santa María que está dentro de su jurisdicción, es el lugar de que la teoría española adjudica como lugar de origen al Beato Bartolomé. Como dato interesante cabe mencionar que el Martirologio Romano recuerda el martirio de estos fieles y misioneros el 27 de agosto. La celebracion litúrgica de México contempla únicamente al Beato compatriota, celebrándolo el 16 de agosto con el grado de memoria opcional.

Oración
Concédenos, Dios nuestro por la intercesión del bienaventurado mártir Bartolomé, cuyo glorioso martirio celebramos, que, imitando su ejemplo, te agrademos por nuestra humildad y por nuestra constancia en la fe. Por…

Humberto

Bibliografía:
– TREVIÑO, Jorge, G M.Sp.S, Clamor de Sangre, Editorial la Cruz, México D.F., 1986, pp. 140-141.
– VVAA, Año Cristiano VIII agosto, Editorial BAC Madrid 2005, pp 1002-1007.
– VVAA, Diccionario de los Santos, Volumen I, Ediciones San Pablo, Madrid pp 306- 301.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Francisco Blanco, fraile franciscano mártir en Japón

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Imagen del Santo en la parroquia de su localidad natal.

Imagen del Santo en la parroquia de su localidad natal.

Nació en Santa María de Tameirón (La Gudiña), al sur de la provincia de Orense, en el año 1570. Es verdad que otros biógrafos lo hacen natural de Santa María de Monterrey (Monterrey) o de San Pedro de Pereiro (La Mezquita), pero hay que decir que las tres localidades pertenecen a la provincia de Orense y que distan entre sí alrededor de cuarenta kilómetros. Cobra fuerza la primera de las opciones, pues el obispo orenzano, don Juan Muñoz de la Cueva, encontró allí a principios del siglo XVIII a algunos familiares del Santo, constatando que le daban culto en una capilla.

La partida de bautismo dice que fue bautizado el 18 de septiembre de 1577 y se sabe que la fecha de su martirio fue el 5 de febrero de 1597, luego ¿fue martirizado con sólo diecinueve años y algo más de cuatro meses? ¿Con esa edad habría sido ya sacerdote? Parece que los datos no cuadran, pero ¿no pudo haber sido bautizado a los seis años de edad? Si fuese así, cuadran los datos porque según todos los historiadores franciscanos, San Francisco murió con veintiséis años de edad. Y es posible que fuese bautizado con seis años porque en su tiempo, el clero escaseaba y Tameirón pertenecía a la diócesis de Astorga, siendo probablemente atendida de vez en cuando por el párroco de La Gudiña.

Era hijo de Antonio Blanco y de Catalina Pérez y de pequeño, ayudaba a sus padres guardando el ganado. El cura del pueblo contaba una anécdota que decía que “yendo una vez a buscar un carro de “toxos” (pienso o yerba), se distrajo y se le volcó el carro. Su padre le regañó y fue a llamar a algunos hombres para que le ayudaran a levantarlo. Mientras tanto, el niño rezó a su ángel de la guarda y cuando regresó su padre, el carro estaba en pie”. Manuela Pliego, contemporánea suya, cuenta que “a veces, las cabras se metían en otras propiedades, haciendo daño a los vecinos. Cuando el niño se daba cuenta, rezaba y los daños desaparecían”. Hay muchas anécdotas más, pero sabéis que no soy muy dado a contar este tipo de cosas, aunque sin embargo diré que existen unos versos muy antiguos, escritos en gallego, que dicen: “O Santo Francisco Blanco / Nacéu alá en Tameirón / E, farto da gardar cabras / Foi misionar o Xapón”.

Los padres eran de mediana cultura, pero bastante religiosos, y parece que, becado por el conde de Monterrey, lo enviaron al colegio que los jesuitas tenían en aquella localidad, cercana a Verín. Allí estudió humanidades y posteriormente, pasó a estudiar derecho en la Universidad de Salamanca y allí, al mismo tiempo que estudiaba, empezaba a nacer en él su vocación religiosa. En sus días libres visitaba el convento franciscano de San Antonio, donde estaba su director espiritual y donde maduró su vocación franciscana en contacto con los frailes. Convencido de que su camino eran las Indias, abandonó sus estudios y solicitó a Fray Francisco Alderete, que era el Padre Provincial, le admitiese en la Orden, cosa que ocurrió a mediados del año 1586 en el convento de Villalpando.

Pila bautismal donde fue bautizado el Santo, en su parroquia natal.

Pila bautismal donde fue bautizado el Santo, en su parroquia natal.

En el noviciado se hizo cargo de la enfermería del convento y eso fue providencial, porque el primer trabajo que más tarde tendría como misionero, sería el de encargado del hospital de leprosos; por eso, la Divina Providencia hizo que, desde el noviciado, tomase cariño por los enfermos. Su carácter era sereno y dulce; nunca fue apático y prueba de ello es el sorprendente dinamismo espiritual que muy pronto demostraría en Pontevedra, cuando quiso enrolarse para misiones. Era optimista, conforme a la “perfecta alegría” de San Francisco de Asís; y Fray Juan Pobre, un fraile contemporáneo suyo, decía que “de todos los estudiantes, era el más recogido y callado y el que más aprovechaba el tiempo: ni porfiaba ni vociferaba, como hacían los demás estudiantes”.

Profesó en el año 1587 y, posteriormente, el mismo solicitó continuar sus estudios de filosofía y teología en el convento de Salamanca, donde estaba su director espiritual. Allí, sus ocupaciones fueron: estudio, oración, trabajo y mortificación; y tanto abusó de ellas, que su salud se resquebrajó. Tuvo que ser cuidado por los frailes y sus superiores lo enviaron a Pontevedra, donde el clima era más benigno.

En Pontevedra conoció al padre misionero Juan Álvarez, a quien se ofrecería como voluntario para marchar a las Indias, aunque tenía el problema de su endeble salud. Pero se le ocurrió una idea: durante nueve noches seguidas durmió en el cementerio del convento sobre la tumba del padre Juan de Navarrete, que había muerto en olor de santidad. Cuando se levantó a la mañana del noveno día, estaba completamente curado.

Pronto llegó una circular reclutando religiosos para las misiones en Filipinas y él se ofreció junto con los padres Alonso Cuadrado y Juan Álvarez. No fue fácil la cosa, porque estos dos sacerdotes eran muy populares en Pontevedra, y Francisco Blanco sólo era corista y no muy fuerte de salud, pero con la ayuda de la Virgen y del padre Luís Maldonado, vencieron las dificultades y marcharon rumbo a las Indias.

Pintura japonesa del siglo XVII representando el martirio de cristianos y misioneros en Nagasaki.

Pintura japonesa del siglo XVII representando el martirio de cristianos y misioneros en Nagasaki.

Hicieron parada en Sevilla y allí se encontraron con otros religiosos que tenían los mismos planes. A principios de enero zarpaba la Armada, que capitaneaba el general Marcos de Aramburu y se embarcaron cincuenta religiosos que tuvieron que soportar ocho meses de travesía y el adiós definitivo a sus familiares y a su tierra. Los religiosos iban en la nao del Maestre Bernardo de Paz, que formaba parte de la flota y que zarpó el 9 de enero de 1593; entre los cincuenta, iban dos futuros mártires: San Francisco Blanco y San Martín Aguirre de la Ascensión. Hicieron escala en Tenerife, Santo Domingo, La Española, Cuba y Veracruz, llegando a México el 19 de agosto.

En el convento de Santa María de Churubusco reanudó sus estudios con San Martín de la Ascensión y juntos seguirían hasta el martirio. Como en Filipinas no había obispo, en México recibió todas las órdenes sagradas. Los versos a los que hice mención anteriormente decían que “de Tameirón, harto de guardar cabras, fue a misionar a Japón”, pero el trayecto en realidad no fue tan simple: Tameirón, Monterrey, Salamanca, Villalpando, Salamanca, Pontevedra, Sevilla, Veracruz, México, Acapulco y Manila. Decía Santa Teresa que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”; el renglón derecho era de Tameirón a Japón; y en zig-zag, el viaje real, era el renglón torcido. Ya estaba en Filipinas.

Por aquel entonces, después de muchas intentonas, los franciscanos habían conseguido entrar en Japón y el primero de ellos había sido San Pedro Bautista, en el mes de julio del 1593, como embajador del rey de España ante el Imperio japonés. Valiéndose de su influencia ante el emperador Taicosama, había fundado conventos, hospitales y escuelas en Meaco, Osaka y Nagasaki. San Pedro Bautista pedía a la Orden en Filipinas que enviase a Japón a nuevos sacerdotes, pero jóvenes a fin de conseguir aprender la lengua. Decidieron enviar a Fray Martín y a otro sacerdote que no estaba en Manila, pero como urgía el tiempo de la partida y éste no llegaba, fue sustituido por San Francisco Blanco. Los dos frailes amigos iban a entrar juntos en el Imperio del Sol Naciente. Fray Juan Pobre fue el primero que empezó a enseñarles la lengua nipona durante el viaje. Llegaron a Nagasaki y fueron recibidos por el padre Jerónimo de Jesús, que era el superior, y allí descansaron unos días.

A finales de junio siguieron hacia Meaco y allí se presentaron ante San Pedro Bautista. Fray Martín fue destinado a Osaka y Fray Francisco se quedaría en Meaco atendiendo el hospital de leprosos. Tuvo claro desde un principio que para que su trabajo rindiese, tenía que dominar la lengua nipona, aunque corriera el riego de olvidarse del gallego y del castellano. Él decía: “Los religiosos no tenemos patria; ahora mi patria es Japón y mis compatriotas, los japoneses”. Providencialmente, a los tres meses, sabía predicar en japonés. Esta capacidad de aprendizaje dejó a todos maravillados porque San Pedro Bautista llegó a escribir al Custodio de Filipinas: “Este año nos habéis enviado a un estudiante muy hábil, al que se le pega la lengua como el lodo a la pared”. El padre Ribadeneira resume sus cinco meses de misionero con estas palabras: “En tres meses estuvo tan suficientemente enterado en la lengua y de sus dificultosas pronunciaciones, que parecía cosa maravillosa que en tan breve espacio de tiempo, pudiese confesar a los japoneses, los cuales, de esta forma recibían una particular consolación…”.

Martirio de los misioneros en Nagasaki. Pintura de Mosén Pedro Garcia Ferer, pintor aragonés de formación valenciana.

Martirio de los misioneros en Nagasaki. Pintura de Mosén Pedro García Ferrer, pintor aragonés de formación valenciana.

Pero ante los ojos humanos, las cosas se torcerían porque los bonzos y los portugueses provocarían la persecución y la sentencia de muerte contra los franciscanos. Los bonzos, porque heridos en su amor propio y envidiosos por la abnegación de los misioneros, temían perder su popularidad y su influencia religiosa. Los portugueses, porque víctimas de un malentendido patriotismo, no soportaban que aquellos franciscanos españoles pudieran ser el primer paso para la entrada definitiva de las tropas del rey de España. Unos y otros intentaron por todos los medios indisponer a los franciscanos con el emperador y la ocasión se les presentó cuando el galeón San Felipe se vio obligado a arribar al puerto de Urando por haber quedado casi destrozado en una tormenta.

Los portugueses influyeron en el gobernador de Meaco para que convenciera al emperador Taicosama de que diese orden de decomisar el galeón. Apoyaron la idea el obispo portugués Pedro Martínez y el bonzo Yacuino, que era el médico y el favorito del emperador. Decomisaron el galeón y empezó el calvario para los hijos de San Francisco. El emperador decretó la muerte de todos los cristianos, aunque después suavizó esta orden y se conformó con arrestar a los religiosos.

El 8 de diciembre los soldados rodearon los conventos de Meaco y Osaka. Los frailes se confesaron unos a otros y se confortaban espiritualmente entre ellos. Pocos días después, el emperador, exasperado por nuevas calumnias, mandó que cortasen las orejas y las narices a los frailes y a sus catequistas y que luego, los paseasen para vergüenza pública, por las principales ciudades del Imperio. El 2 de enero los llevaron a la cárcel mientras los franciscanos, rodeados por los soldados, iban cantando el “Te Deum”. El 3 de enero se le unieron Fray Martín de la Ascensión y otros cristianos de Osaka y en la plaza pública, les cortaron parte de la oreja izquierda. Fueron paseados por la ciudad montados en carros tirados por bueyes.

Reliquias de los mártires del Japón en Goa.

Reliquias de los mártires del Japón en Goa.

Al día siguiente, los llevaron maniatados a Fushimi y desde allí a Osaka, donde les esperaba el emperador. Allí, a los que aun tenían la nariz, querían cortárselas, pero a instancia de unos españoles, desistieron. El día 5 fueron trasladados a Sacay donde permanecieron hasta el día 8 de enero y fue entonces cuando el emperador pronunció la sentencia definitiva: “Por cuanto yo mandé en tiempos pasados que nadie predique esta Ley de Dios y estos Padres vinieron de Luzón por embajada al Japón y la predicaron, mando que mueran crucificados en cruces en Nagasaki, con estos japoneses en su Ley. Y de aquí en adelante, mando que el que se hiciere cristiano sea castigado con pena de muerte, él y toda su parentela”. A pie, burlándose de ellos, sin darles de comer y medio desnudos, los llevaron a Nagasaki para ser crucificados.

Amaneció el 5 de febrero y en el monte Tateyama, veintiséis cruces fueron testigos del martirio de seis franciscanos, dos jesuitas y diecisiete terciarios franciscanos japoneses. Las cruces fueron enfiladas, señalándose el orden de los mártires para que todos supieran donde estaba la víctima que más le interesaba. La cruz constaba de dos travesaños clavados a un tronco y el reo quedaba sujeto por medio de cinco anillos de hierro, que le aprisionaban las manos, los pies y el cuello. La muerte se producía con dos lanzas que, entrando por los costados, se cruzaban en el pecho y salían por los hombros. A la señal del capitán las veintiséis cruces fueron izadas y quedaron alineadas mirando a la ciudad. Mientras iban ascendiendo en el patíbulo, iban cantando el Te Deum. Eran los 26 protomártires del Japón.

El general Matías Landecho, capitán del galeón San Felipe y testigo del martirio, recogió las pocas reliquias que pudo y con ellas, se embarcó para Manilas. Al desembarcar el 16 de mayo de 1597, el pueblo, los sacerdotes y religiosos, el obispo y el gobernador las recibieron en procesión solemne, con salvas de artillería y con el canto del Te Deum. Y lo mismo ocurrió en Macao, Goa, México y Sevilla. Pero los cuerpos de los mártires quedaron en la colina de Tateyama. Según se dice en las actas del proceso de beatificación “los cuervos y otros animales respetaron los cuerpos y sobre ellos, los viernes, aparecía una columna de fuego y, a los dos meses, todavía la sangre estaba fresca; a los tres meses, los cuerpos seguían incorruptos. Al año siguiente, un legado de Filipinas, previa autorización de Toyotomi Hideyoshi – uno de los hombres más importantes del país – recogió los últimos restos de las víctimas y sus cruces, quedándose únicamente los hoyos, que poco a poco, fueron cegándose.

Cráneo de San Francisco Blanco venerado en Outarelo, O Barco de Valdeorras.

Cráneo de San Francisco Blanco venerado en Outarelo, O Barco de Valdeorras.

El proceso informativo se inició ese mismo año en Manilas, llevándose algo más de doce meses recogiendo datos. Concluido el proceso, el Padre Rivadeneira lo trajo a España y, desde aquí, por recomendación del rey Felipe II fue directamente al Papa Urbano VIII. Este dio orden de que inmediatamente se incoase el proceso apostólico del martirio y el 19 de julio de 1627, Urbano VIII firmaba el decreto de martirio declarándolos beatos. El 8 de junio del año 1862, el beato Papa Pío IX, los canonizó solemnemente, extendiendo su culto a toda la Iglesia Universal. Su festividad se celebra el 5 de febrero.

Junto con San Francisco Blanco, fueron martirizados y canonizados: San Pedro Bautista, San Martín de la Ascensión, San Felipe de Jesús, San Gonzalo García, San Francisco de San Miguel, San Francisco carpintero de Kyoto, San Cosme Takeya, San Pedro Sukejiro, San Miguel Kozaki, San Diego Kisai, San Pablo Miki, San Pablo Ibaraki, San Juan de Goto, San Luís Ibaraki, San Antonio Deynan, San Matías, San León Karasumaru, San Ventura, Santo Tomás Kozaki, San Joaquín Sakakibara, San Francisco médico de Kyoto, Santo Tomás Dangui, San Juan Kinuya, San Gabriel de Ise y San Pablo Suzuki.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– FERNÁNDEZ, A., “Orensanos ilustres”, Orense, 1916.
– Fr. J. de Jesús, “Relación del glorioso martirio de seis frailes descalzos”, 1925
– GIL, C., “Santos gallegos”, Editorial Porto, S.A., Santiago de Compostela, 1976
– PLACER, G., “San Francisco Blanco”, Editorial Logos, 1931.
– SICARDO, J., “Cristiandad del Japón”, Madrid, 1698
– VV.AA. Bibliotheca sanctorum, vol. V, Città N. Editrice, Roma, 1991.

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