Los cuarenta mártires de Sebaste

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Icono ortodoxo griego de los Cuarenta Mártires y el que huyó (izqda).

En numerosos lugares, los cristianos, el 9 de marzo en Oriente y el 10 de marzo en Occidente, conmemoran la memoria de un grupo de cuarenta soldados que sufrieron martirio por su inquebrantable fe en Cristo, muriendo congelados en un lago cerca de Sebaste, en la antigua Armenia Menor (actualmente Sivas en Turquía). Las últimas investigaciones históricas sostienen que lo que se ha escrito acerca del sufrimiento de estos cuarenta soldados, es en realidad una recopilación de algunos actos que sucedieron en momentos y lugares diferentes, cosa que en nuestra opinión es posible, pero no es lo fundamental. Podemos interpretar esta veneración conjunta de los 40 mártires como una conmemoración de todos los soldados cristianos que murieron por su fe durante su servicio.

El poner la fiesta el día 9 o el 10 de marzo, puede ser intencionado: hacer que caiga dentro de la Cuaresma. El número de cuarenta es intencionado: es el número de mártires, pero también era el número de los días de ayuno. Y cae su fiesta dentro de la Gran Cuaresma para que la resistencia de los mártires sirva de ejemplo a los fieles cristianos a perseverar hasta el final, es decir, a lo largo de los cuarenta días de ayuno, a fin de alcanzar la recompensa celestial, o sea, la participación en la Pascua de la Resurrección de Jesús. Las Actas de estos mártires fueron escritas en griego, sirio y latín, existiendo también un llamado “testamento de los Cuarenta Mártires”.

La historia:
Los 40 mártires de Sebaste murieron víctimas de la dura persecución del emperador romano Licinio (que nació en el 263 y murió en el 325 y que fue emperador desde el 308 al 324), que en el año 316 persiguió especialmente a los cristianos de Oriente. El relato más antiguo a este martirio se atribuye a San Basilio, arzobispo de Cesarea (370-379), en una homilía pronunciada en su fiesta conmemorativa (Hom. XIX, en PG, XXXI, 507 ss.). Este elogio de los mártires se produce unos cincuenta o sesenta años después del martirio, lo que sin duda alguna, confirma su historicidad.

Icono ortodoxo arábico con los Cuarenta Mártires, el que huyó (dcha.) y la quema de los cadáveres en la parte superior.

A principios del siglo IV, Sebaste era la capital de la provincia de Armenia Menor. En ese momento, en la ciudad estaba destinada la Legión XII Fulminata (“armada con un rayo”) y en ella había un grupo de 40 soldados de Capadocia que eran cristianos. Tres de ellos: Cyrión, Cándido y Domno eran conocidos por su dominio de las Escrituras. Como era lógico, el gobernador Agrícola, que cumplía estrictamente las órdenes del emperador Licinio, se enteró de que estos soldados de su ejército eran cristianos. Los hizo llamar para preguntarles sobre su fe y obligarlos a adorar a los dioses. El Sinaxario ortodoxo hace esta referencia: “Al igual que en las guerras en las que habéis estado lo habéis hecho con vuestra alma y vuestra conciencia y habéis demostrado vuestro valor, ahora debéis mostrar vuestra obediencia a las leyes imperiales y sacrificar de buen grado a los dioses, antes de que os veáis forzados a hacerlo” Al oír estas palabras, los santos soldados respondieron al tirano: “Lo mismo que por el emperador terrenal hemos luchado en las guerras y hemos vencido a los enemigos, vamos a luchar aun más por el emperador inmortal que nos ayudará a superar tu maldad y tu engaño”.

Por negarse a sacrificar ante los ídolos, los 40 soldados fueron encarcelados durante ocho días, golpeados con piedras y al mismo tiempo, atraídos con regalos, a fin de que renunciaran a su fe. Finalmente se organizó un proceso, al que asistió también otro gobernador llamado Lysius y en el cual, fueron condenados a muerte por desobedecer al emperador y acusados de brujería. El castigo consistió en introducirlos en un lago congelado de Sebaste, localizado en una región montañosa a 1.278 metros de altitud. Cuando ocurrió este martirio era un invierno muy crudo, con un frío penetrante y fuertes vientos. Los mártires fueron obligados a entrar desnudos en el lago cuando era de noche y alrededor del lago montaron una guardia de soldados para que los mártires no pudieran salir. Pero, cerca del lago había un baño caliente, hecho a propósito, por si alguno de los mártires renegaba de su fe y aceptaba ofrecer sacrificios a los dioses romanos. Si eso ocurría, sería sacado del lago congelado y metido en el baño de agua caliente.

Cuando se vieron obligados a desnudarse y entrar en las frías aguas del lago, uno de los mártires exclamó:”Al quitarnos las ropas nos despojamos del hombre viejo; el invierno es duro pero el paraíso es dulce; el frío es fortísimo pero la gloria será agradable. Para entrar en el paraíso, no debemos soportar la ropa corruptible. Difamaríamos al hielo si se derritiera, odiando así a nuestros cuerpos”. Pasado un rato, uno de los 40 soldados se dio por vencido y salió del lago, aunque murió en el acto, no llegando a calentarse en el baño de agua caliente. Entonces, de noche, ocurrió un hecho milagroso: el agua del lago se recalentó, el hielo se derritió y descendió desde el cielo una corona para cada uno de los 39 mártires restantes. Este milagro fue visto por un guardia llamado Aglaius, que estaba despierto y al ver solo 39 coronas se dio cuenta de que uno había salido del lago. Entonces, este guardia, despertó a los demás y despojándose de sus ropas se metió en el lago diciendo: “Yo también soy cristiano”. Al amanecer, los mártires fueron sacados vivos del lago, les rompieron las piernas y les dejaron morir.

Icono ortodoxo griego de los Cuarenta Mártires, el que huyó (izqda.) y la madre de Melitón asistiendo a su hijo (dcha.)

Hay que destacar que el Sinaxario Constantinopolitano recuerda un hecho poco común: una madre de uno de los mártires, de Melitón, fue al lugar del martirio para animarlo con palabras de aliento y así, en vez de solicitar que salvaran a su hijo, le dijo:”Mi dulce hijo, resiste y sé paciente un poco más de tiempo a fin de conseguir la perfección. No te preocupes, hijo, pues Cristo te ayudará”. El mismo Sinaxario toma nota de las palabras de los mártires antes de morir:”Nuestra alma es un ave que ha sido rescatada de los cazadores; nuestra carrera se acabó y hemos sido entregados. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra. Amén”. El comandante del ejército ordenó que los cuerpos de los mártires fueran quemados, pero de alguna manera, Melitón sobrevivió. Cuando su madre lo vio vivo, lo cargó sobre sus hombros y lo puso en un carro junto con las reliquias de los otros mártires; Melitón murió en los brazos de su madre. Ella llevó el carro a un sitio seguro y puso el cuerpo de su hijo muerto junto a los restos de los otros santos. Esta extraña madurez de la madre de un mártir puede ser hoy para nosotros una paradoja, un acto de locura e incluso una crueldad, pero hay que hacer notar que la idea cristiana del martirio superaba entonces todo lo que hoy podríamos denominar “humanismo moderno”. La madre de un mártir prefiere el martirio de su hijo antes que renegar de su fe. Se sabe que en el cristianismo primitivo, la muerte de un mártir era vista también como la muerte de un héroe. El martirio garantizaba automáticamente la salvación y se asemejaba al sacrificio de Cristo en la cruz.

Como he dicho, los cuerpos de los mártires fueron quemados y los que no pudo recoger la madre de Melitón, fueron arrojados a un río a fin de que se perdiesen sus reliquias, pero sin embargo, los cristianos recuperaron parcialmente algunos restos, que fueron distribuidos por varias iglesias de aquella zona. Este es el final de la historia, pero creo que es conveniente citar el “Menaion” de la Iglesia Ortodoxa de Oriente: “Y los nombres de los 40 mártires son: Hesiquio, Melitón, Heraclio, Esmaragdo, Domno, Eunoico, Valente, Viviano, Claudio, Prisco, Teódulo, Eutiquio, Juan, Xantheas, Heliano, Sisinio, Cyrión, Angio, Aecio, Flavio, Acacio,  Ecdicio, Lisímaco, Alejandro, Elías, Cándido, Teófilo, Domeciano, Gayo, Gorgonio, Leoncio, Atanasio, Cirilo, Sacerdón, Nicolás, Valerio, Filoctimón, Chudión, Severiano y Aglaius”.

Los 40 Santos mártires fueron capturados y padecieron por Cristo el día IV de las Kalendas de Marzo, es decir, el día 26 de febrero y dieron sus almas al Señor en el día VII de los Idus de Marzo, es decir, el día 9 de marzo, en tiempos de Licinio, en Oriente; pero sobre todo en los tiempos de nuestro Señor Jesucristo, a quién se debe la gloria, el honor y la adoración, junto al Padre y al Espíritu Santo por los siglos. Amén”.

Tradicionales "mucenici" (mártires), dulces del día de la festividad de los mártires. Ejemplares grandes de Moldova.

La Veneración de estos santos:
Homilías
San Gregorio de Niza (335-394) escribió al menos dos discursos de alabanza a estos mártires, que se conservan en la Patrología de JP Migne, PG, vol. 46, cols 749 y siguientes, 773 y siguientes. San Efrén el Sirio (306-373) también elogió a los 40 mártires (Himnos en SS. 40 mártires). Sozomeno, que fue testigo ocular, nos ha dejado en su “Historia Eclesiástica” IX, 2, un interesante relato del hallazgo de sus reliquias en Constantinopla en los tiempos de la emperatriz Pulqueria (399-453).

Veneración en Oriente
La veneración a los 40 santos mártires de Sebaste enseguida se generalizó y fueron erigidas muchas iglesias en su honor. Una de ellas fue construida en Cesarea de Capadocia y fue en esta iglesia en la que San Basilio pronunció su homilía. Las iglesias de Santa Sofía en Ohrid (República de Macedonia) y Kiev (Ucrania) contienen pinturas suyas fechadas en los siglos XI y XII respectivamente. También se les dedicaron una serie de capillas auxiliares y hay varios casos de iglesias dedicadas a ellos, por ejemplo, en el monasterio Xiropotamou, en el Monte Athos, una iglesia del siglo XIII en Veliko Tarnovo (Bulgaria) y una iglesia construida en 1760 por Vasile Roset en Iasi, la capital del Principado de Moldavia (actualmente, Rumania). La Catedral Armenia de Aleppo (Siria) está también dedicada a ellos.

Otra vista de los grandes "mucenici" preparados en Moldova para la fiesta de los mártires.

Veneración en Occidente:
En Occidente, la veneración a estos 40 santos mártires fue introducida también muy pronto, señalando su festividad el día 10 de marzo. San Gaudencio, obispo de Brescia, en el siglo V, recibió reliquias de los mártires durante un viaje que hizo a Oriente y las colocó en el altar de la basílica que había erigido. Cuando consagró esta basílica hizo un discurso que aun se conserva (mención en la “Patrología Latina” de Migne, vol. 20, cols 959 y siguientes). Cerca de la iglesia de Santa Maria Antica, en el Foro Romano, construida en el siglo V  fue encontrada una capilla consagrada en su honor. En ella se conservan unas pinturas datadas entre los siglos VI y VII, en las que se representa la escena del martirio.

El Himno de los Santos (Troparion):
“Por el sufrimiento de los santos que han padecido por ti, te pedimos, Señor, que tengas misericordia de nosotros y cures todas nuestras penas, Tú que amas a la humanidad”.

También en las ceremonias de las bodas ortodoxas se citan a los 40 Santos mártires de Sebaste, cuando a los novios se les coloca una corona, recordándoles que la corona espiritual les espera en los cielos también a ellos si siguen siendo fieles a Cristo, como lo fueron los santos de la antigüedad.

Tradiciones populares:
En Rumania y en toda la península de los Balcanes, la memoria de estos mártires ha originado ciertas costumbres populares en la preparación de los alimentos. Consiste en utilizar harina de trigo (el grano de trigo molido es símbolo de la muerte), dulces (que recuerda la alegría de la victoria) y especias, sobre todo canela (símbolo del sufrimiento).

Pequeños "mucenici" de Muntenia, que parecen flotar en un lago helado, de forma semejante al suplicio de los mártires.

Los pasteles hechos, de vez en cuando, llevan los nombres de los mártires (“Mucenici” en rumano y мучеников en eslavo). Se preparan en forma del número ocho (8) lo que sugiere las coronas ofrecidas a los mártires, aunque tal vez sea el símbolo de infinito (∞). En otras regiones, los “mártires” son unos pequeños panes hechos con agua, azúcar, nueces y leche,  panes que tienen el aspecto de agua congelada, recordando el lago donde los soldados sufrieron el martirio. Estos panes se consumen en familia, se regalan a los vecinos e incluso en la iglesia, después de la celebración de la Divina Liturgia. El significado de esta costumbre, aunque a veces se olvida, es la prueba de la profunda fe de nuestros antepasados y de su poder de combinar la creatividad artística con la piedad.

Mitrut Popoiu

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