San Carlos Lwanga y compañeros mártires de Uganda

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Ilustración contemporánea, de estética africana, de los mártires ugandeses.

Al hablar de San Carlos Lwanga y veintiún compañeros mártires de Uganda, nos estamos refiriendo a estos veintidós súbditos del antiguo reino independiente de Buganda, que hoy es una de las provincias que componen el país africano llamado Uganda y que fueron martirizados entre el 15 de noviembre de 1885 y el 27 de enero de 1887.

La evangelización del reino de Buganda la iniciaron los Padres Blancos cuando llegaron a aquel país el 17 de febrero del año 1879. Fueron dos misioneros franceses que llegaron a una pequeña aldea de pescadores situada a orillas del lago Victoria. Habían dejado la ciudad de Marsella el 22 de abril del año anterior junto con otros compañeros de Congregación llegando a Zanzíbar el 30 de mayo. Desde allí, a pie se internaron en África, marchando dos de ellos hacia el norte, hacia el territorio bugandés, a través del lago Victoria. A su llegada a Entebbe, marcharon hacia Kigungu y después de pasar algunas dificultades consiguieron que el rey Mutesa I les permitiera permanecer en su territorio y propagar la fe cristiana y aunque él nunca se bautizó para poder seguir practicando la poligamia, dejó plena libertad a los misioneros. Eso ocurría el 23 de febrero del año 1879.

Pero la actividad misionera de los Padres Blancos y de otros misioneros anglicanos fue rápida y fructuosa; y sentaron las bases para que se produjeran diversos cambios sociales y políticos, fue como una revolución gradual y pacífica que llegó a enojar a determinados jefes tribales que veían decaer su influencia; e incluso hizo que el propio rey Mutesa I, que los había acogido con cierta amabilidad, terminara sospechando y preocupándose. Ante este cambio de actitud, los propios misioneros estimaron oportuno retirarse en el mes de noviembre de 1882. Pero, aun sin ellos, la difusión del cristianismo continuó gracias al trabajo realizado por los nuevos cristianos nativos del país y eso lo pudieron comprobar con satisfacción los propios Padres Blancos, que en julio de 1885 volvieron a entrar en Buganda, reclamados por el nuevo rey Muanga I, que había sucedido a su padre en el trono al haber muerto este en el mes de octubre del año anterior.

El mismo rey Muanga se hizo amigo de los Padres Blancos y exhortaba a sus súbditos para que abandonaran el paganismo y se convirtieran a la nueva fe, llegando incluso a promocionar dentro de su corte a quienes consideraba que eran los mejores cristianos. Pero pronto, el propio rey cambió de actitud dejándose convencer por las malvadas intenciones e insinuaciones que le formulaba el “katikiro”, que era como una especie de canciller del reino que odiaba a los que se acercaban a los misioneros para prepararse al bautismo. Este personaje convenció al rey de que los cristianos se levantarían contra él y que, como enemigos del reino, tenían que ser exterminados.

Martirio de los Santos. Vidriera contemporánea en una iglesia de Estados Unidos.

Estas intrigas, apoyadas también por otros nobles de la corte y por los hechiceros, hicieron su efecto en el joven rey que de pronto empezó a oponerse y a combatir contra todo aquel que se profesara cristiano, especialmente contra quienes le recriminaban su conducta pedófila; ya que abusaba sexualmente de los adolescentes pajes cristianos, algunos de los cuales sólo eran catecúmenos. Y así, de haber sido un rey permisivo y amigo, se convirtió en un feroz enemigo de los cristianos; ordenando perseguirlos, especialmente a los neófitos, llegando incluso a asesinarlos él mismo con sus propias manos. No se sabe exactamente cuántos cristianos fueron martirizados de manera brutal por este rey, pero se estima que fueron cientos las víctimas, tanto católicas como protestantes, al frente de las cuales se encuentran estos veintidós mártires que la Iglesia elevó al honor de los altares.

El primero en caer fue José Mukasa Balikuddembe, muchacho de veinticinco años que era uno de los mejores consejeros del rey e incluso su mayordomo; y que fue decapitado en Nakivubo el 15 de noviembre del 1885 por haberse atrevido a criticar al rey, por no haber hecho distinción entre los europeos que iban a conquistar el país y los que sólo iban a predicar la fe cristiana, cuando ordenó masacrar en el mes de octubre anterior a quienes iban en una caravana guiada por el obispo anglicano Jacobo Hannington; en ese ataque habían muerto el propio obispo y otros dos cristianos protestantes. Así, San José Mukasa se convirtió en el primer mártir católico que antes de ser decapitado dijo: “un cristiano que da su vida por Dios no tiene por qué temer a la muerte. Dile a Muanga que me ha condenado injustamente por defender a otros cristianos, pero que yo lo perdono de todo corazón”.

Detalle de San Kizito en una vidriera contemporánea. Santuario de los mártires en Namugongo, Uganda.

Pero no solo cayó él, sino que uno tras otro fueron sufriendo el martirio en el año 1886, Dionisio Ssebuggwawo, que era un paje de dieciséis años y que fue decapitado en Munyonyo el 25 de mayo; Ponciano Ngondwe, guardia real de casi cuarenta años, cortado en trozos en Ttaka Jiunge al día siguiente; Andrés Kaggwa, de treinta años, que fue decapitado y troceado en Munyonyo el mismo día 26 de mayo; Atanasio Bazzekuketta, paje real de unos veinte años, troceado en Nakivubo el día 27 de mayo; Gonzaga Gonza, paje real de cerca de veinticuatro años, decapitado en Lubawo también el día 27; Matías Kalemba, jefe de varias tribus y juez que con unos cincuenta años de edad fue horriblemente mutilado y dejado morir en las colinas de Kampala el día 30 de mayo y Noé Mwaggali, de treinta y cinco años que fue destrozado por unos perros furiosos en Mityana el día 31 de mayo.

Otros trece mártires, todos pajes y guardias reales de unos veinte años de edad, fueron conducidos a Namugongo y quemados vivos en una enorme fogata el día 3 de junio de 1886. Fueron: Carlos Lwanga, Lucas Banabakintu, Santiago Buzabaliawo, Ambrosio Kibuka, Anatolio Kiriggwajjo, Aquiles Kiwanuka, Mbaga Tuzinde, Mukasa Kiriwawanvu, Adolfo Mukasa Ludigo, Bruno Serankuma, Gyavira, Mugagga y Kizito que aun siendo el más joven de todos, pues sólo tenía trece años de edad, supo afrontar el martirio con una admirable fortaleza. El último de los veintidós mártires fue Juan María Muzeyi, que fue decapitado y tirado en un estanque existente entre Mengo y las colinas de Namierembe, el día 27 de enero del año 1887.

Conjunto escultórico de San Carlos Lwanga bautizando a San Kizito. Santuario de los mártires en Namugongo, Uganda.

Cabe destacar que todos estos santos mártires fueron seglares, mayoritariamente jóvenes y niños que servían como pajes en la corte del rey, siendo algunos ellos neófitos, o sea, recién bautizados; y conservando algunos de ellos sus antiguos nombres. Esto nos demuestra que la santidad puede darse en todas las capas sociales y eclesiales, tanto entre laicos como entre religiosos y sacerdotes; y como decía Joan Chittister: “Es nuestra disposición y no las cosas que hacemos, lo que nos hace ser importantes ante quienes nos rodean”. Ellos recibieron el Espíritu Santo en el bautismo y fue ese mismo Espíritu quien les dio fortaleza para resistir la prueba; podían haberse librado de la muerte, pero no quisieron porque antepusieron su fe a sus propias vidas.

De entre todos ellos, posiblemente los más conocidos son San Carlos Lwanga y San Kizito. San Carlos Lwanga fue nombrado jefe de los pajes del rey el día en que fue martirizado San José Mukasa; había sido bautizado el 15 de noviembre del 1885 y mientras moría en la hoguera decía a sus verdugos: “Me quemáis pero es como si echarais agua sobre mí. Arrepentíos y bautizaos al igual que he hecho yo”.
San Kizito, como he dicho, era el más joven de todos y sólo era catecúmeno, pero al enterarse de que iba a ser quemado vivo, se hizo bautizar por San Carlos el 26 de mayo de 1886, o sea, una semana antes de su muerte. Es el patrono de los escolares africanos católicos.

Mujer rezando frente al altar del Santuario de los mártires en Namugongo, Uganda. Bajo el altar, en forma de estrella, se marca el punto exacto donde fueron quemados San Carlos Lwanga y sus doce compañeros.

Todos estos mártires ugandeses fueron beatificados por el Papa Benedicto XV el día 6 de junio de 1920 y fueron canonizados por el Papa Beato Pablo VI el 18 de octubre del 1964, durante la celebración del Concilio Vaticano II, fijándose su festividad el día 3 de junio, o sea, ayer. El Papa Pío XI, en el 1934, cuando aun era beato, declaró a San Carlos Lwanga como patrón de la juventud católica africana.

En Namugongo, lugar del martirio de trece de ellos, se ha erigido un grandioso santuario cuyo altar fue consagrado por el propio Papa Beato Pablo VI con ocasión de su viaje a Uganda en el mes de julio de 1969. En su visita, el Papa dijo: “Este es el lugar donde la cruz de Cristo brilla con un esplendor especial. Este era un lugar oscuro, pero la luz de Cristo lo hizo brillar con el gran incendio que consumió a San Carlos Lwanga y a sus compañeros. La luz de este holocausto nunca dejará de brillar en África”.

Antonio Barrero

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