Santa Melania de Roma (la Joven)

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Iluminación de la Santa en el Menologio de Basilio II. Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma (Italia).

Santa Melania de Roma, también conocida como Melania “la Joven” (o la “Menor”) es una de las primeras monjas santas y es conmemorada hoy, el último día del calendario. Ella se llama “de Roma” porque nació en Roma en el año 383, pero murió en Jerusalén en el 439. Su nombre como “la más joven” es para distinguirla de su abuela paterna, Melania la Mayor o la Anciana, que también fue monja y fundadora de un monasterio.

Melania la Anciana
Pero antes de hablar de Santa Melania la Joven, que hoy celebramos, permitidme con muy pocas palabras presentar a su abuela, una santa muy importante para toda la ascesis cristiana. Santa Melania la Anciana o la Grande (325-410) fue una Madre del Desierto que tuvo una gran influencia entre los monjes más famosos del siglo IV.

Había nacido en Hispania, en el seno de una familia rica y se casó a los catorce años con un hombre llamado Valerio Máximo Basilio, con quien vivía cerca de Roma. Poco tiempo después, al quedar viuda y perder también a dos de sus tres hijos cuando solo tenía veintidós años, Melania se marchó a Roma con el hijo que le quedaba, Valerio Publícola (el padre de la futura Melania la Joven). Allí vivió una vida piadosa en una casa organizada casi como un monasterio, pero pasado un tiempo, decidió irse a Alejandría, con el fin de complacer a los famosos ascetas del desierto. Probablemente conoció a algunos otros padres del desierto egipcio, pero es seguro que conoció a Abba Macario, a San Agustín y a San Paulino de Nola (su primo carnal o legal), que nos ofrece en una de sus cartas, una descripción de su visita a Nola.

Fresco ortodoxo de las Santas Melania la Joven (izqda.) Paula de Roma (centro) y Melania la Anciana (dcha.) Monasterio de San Antonio el Grande, Yaroslav, Rusia.

Después de la muerte del obispo Atanasio en el año 373, comenzó una persecución contra los monjes y muchos de ellos fueron exiliados a Palestina. Melania se marchó con ellos para ayudarlos, visitándolos de noche en la cárcel, disfrazada de esclava con una capucha. Después de la persecución, Melania fue a Jerusalén, donde fundó un monasterio en el Monte de los Olivos, junto con Tyrannius Rufino, viviendo allí una vida ascética muy dura. Entre otros, se encontró allí con San Jerónimo, pero también con Evagrio Póntico, un monje que se había marchado de Constantinopla después de tener una historia de amor prohibido, y que más tarde, ante la insistencia de Melania, fue a Egipto y vivió una vida ascética en el desierto de Kellia. Debido a su participación como pro-Origenista en la controversia sobre Orígenes en la década del 390, San Jerónimo escribió muy bruscamente sobre ella, burlándose de su nombre y la llamó “negra de nombre y de naturaleza negra”, ya que Melania significa “negro” en griego.

Posteriormente, Melania se marchó a Roma para ver a su hijo, que se había casado con Caeionia Albina y que tenía una hija, también llamada Melania (la Joven). Después de esto, la anciana monja volvió a Palestina en el año 404 y murió en el año 410 en Jerusalén, siendo considerada como una santa cuya conmemoración se celebra el 8 de junio.

Icono ortodoxo ruso de la Santa.

Melania la Joven
Valerio Publícola, hijo de Melania la Anciana, se quedó en Roma cuando marchó su madre al desierto, siendo cuidado por unos parientes ricos y casándose más tarde con Caeionia Albina, como hemos dicho antes. Juntos tuvieron una hija llamada Melania, por su abuela. Melania la Joven estuvo casada por la fuerza ante la insistencia de sus padres, pues era la única heredera de su fortuna. Su matrimonio fue un matrimonio formal y se efectuó con un primo paterno de diecisiete años, llamado Valerio Piniano, teniendo ella sólo trece años de edad. A pesar de su deseo de llevar una vida ascética, tuvieron dos hijos, varón y hembra, que murieron muy pronto. Su propia vida quedó en peligro después del segundo nacimiento y en este momento Melania y su esposo juraron vivir en adelante como hermanos.

Se marcharon de Roma, dieron sus riquezas a los pobres y vivían en un pueblo como ascetas. Entonces tenían veinticuatro y veinte años de edad respectivamente. Aun así, lo que todavía tenían, les fue arrebatado por la fuerza por parte de Severiano, hermano de Valerio Piniano, porque existía una ley que no les permitía gastar sus riquezas sin el consentimiento de los familiares mayores. La emperatriz Verena oyó hablar de esta injusticia y solicitó a Melania que se presentara ante ella en palacio. Aunque según la tradición, a ninguna mujer se le permitía entrar en el palacio de la emperatriz con la cabeza cubierta, Melania lo hizo, mostrando así su vida ascética. La emperatriz, admirada, dio la orden de dejar que ellos hicieran lo que quisieran con sus propiedades. Así que vendieron todo lo que les quedaba, lo dieron a los pobres no sólo en Roma, sino enviando parte a algunos países del este.

Melania y Piniano salieron de Roma en el año 408, viviendo una vida monástica cerca de Mesina (Sicilia) durante dos años. En el 410, viajaron a África, donde se hicieron amigos de San Agustín de Hipona y se dedicaron a llevar una vida de piedad y a hacer obras de caridad. Juntos fundaron un convento en el que Melania llegó a ser superiora encargándose Piniano de los monjes en el claustro.

Icono ortodoxo griego de la Santa.

En el año 417 Melania y su esposo viajaron a Palestina, donde visitaron, entre otros, el Santo Sepulcro de Jerusalén. Después, oyendo hablar acerca de la vida ascética de los Padres del desierto en Egipto, Melania se fue a Alejandría, con el fin de visitar a algunos de ellos y aprender más acerca de esa santa vida. Hay una historia en un famoso libro asceta que contiene los dichos de los Padres (Apophthegmata Patrum) en el que San Arsenio de Roma es presentado como que fue visitado por una rica mujer romana, que en mi opinión, no pudo ser nadie más que Melania. Arsenio se negó a aceptar la visita, pero ella insistió en solicitarla acudiendo a la autoridad del patriarca Teófilo. Finalmente: “Cuando ella había llegado a la celda del anciano, por una dispensa de Dios, este estaba fuera de ella. Al verlo, se echó a sus pies. Indignado, la levantó de nuevo y dijo, mirándola fijamente, “Si tienes que ver mi rostro, aquí está, mira”. Ella se cubrió de vergüenza y no le miró a la cara. Entonces el anciano le dijo: “¿No habéis oído hablar de mi estilo de vida? Tendría que ser respetado. ¿Cómo te atreves a hacer un viaje así? ¿No te das cuenta de que eres una mujer y no puedes ir a ninguna parte? ¿O es para que cuando regreses a Roma puedas decir a las otras mujeres: ¿He visto a Arsenio? Ella dijo: “Con la venia del Señor, no voy a dejar que nadie venga aquí, pero ora por mí y acuérdate de mí siempre”. Pero él le respondió: “Yo ruego a Dios que quite vuestro recuerdo de mi corazón.” Ella, al oír estas palabras, se retiró” (Arsenius 28).

Melania visitó también a algunos otros Padres, pero muchos de ellos se negaron a realizarle ofrendas. De todos modos ella regresó con un curioso regalo de Abba Macario el Grande. Después de esta historia, que es contada de forma independiente por tres autores diferentes (Paladio, Timoteo de Alejandría y la autora anónima de la Patrum Apophthegmata), Abba Macario fue visitado por una hiena quien trató de convencerlo de que fuera a su cueva. Macario fue allí, donde vio a los hijos ciegos del animal salvaje, a los que curó mediante la oración. Al segundo día, la hiena se le acercó con una piel de lana de un carnero u oveja. Esta piel fue utilizada por Melania, durante los fríos inviernos, hasta su muerte.

Icono ortodoxo americano de la Santa. La cartela que lleva en la mano reza: “El alma es como una novia que se engalana con los ornamentos de las virtudes”.

Melania regresó a Palestina para vivir en la ermita de su abuela, Melania la Mayor, cerca del Monte de los Olivos. Allí recibió la visita de su ex marido y de su madre, pero sólo una vez a la semana, porque ella decidió vivir aislada. Después de un tiempo su madre, Albina, murió, y pronto también murió Piniano (año 420). Melania construyó entonces un claustro para los hombres y una iglesia, donde pasó el resto de su vida.

En el año 436 se fue a Constantinopla, después de recibir una carta de su tío Volusiano, que estaba enfermo y quería verla, y en ese viaje ella convenció a su tío para que se bautizara. Se reunió allí con la emperatriz Eudoxia, quien más tarde visitó Jerusalén en el año 437 y, aconsejada por Melania, hizo algunas donaciones importantes para las diferentes iglesias de Palestina. Sus últimos años estuvieron dedicados a la apostólica misión de consejera, aunque también a curar milagrosamente a diferentes tipos de enfermos.

Durante las fiestas de la Natividad, en el año 439, Melania supo que su muerte ocurriría pronto. Participó en la Santa Liturgia de la Navidad, se reunió con sus amigos más cercanos y les dio los últimos consejos, muriendo el 31 de diciembre de ese mismo año. Es en este día cuando se conmemora en las Iglesias de Oriente y Occidente. Su monasterio resistió hasta en año 614, cuando fue destruido por los persas.

La veneración de Santa Melania y sus reliquias
La vida de Santa Melania fue escrita en griego por un monje llamado Geroncio. Existen algunas otras, más cortas, en la “Historia Lausiaca” de Paladio y en la obras de Pedro el Ibero. La tumba de Santa Melania está situada en el monasterio de Megale Panagia en Jerusalén. Este lugar sagrado es especial por el hecho de que la puerta del monasterio es muy pequeña. Sus reliquias se encuentran en el lugar donde se supone que estaba su celda de piedra, de hecho, en una estrecha cueva. Junto a las reliquias se guardan allí sus cadenas, que llevaba debajo de sus vestidos.

Vista del sepulcro de la Santa en el monasterio Megale Panagia de Jerusalén (Israel). En la pared se observan las cadenas que llevaba bajo el vestido.

Troparion (himno) de Santa Melania de Roma
La imagen de Dios se ha conservado verdaderamente en ti, oh Madre, que tomaste la cruz y seguiste a Cristo. Al hacer esto, nos has enseñado a hacer caso omiso de la carne, ya que fallece, y a cuidar del alma, que es inmortal. Por lo tanto tu espíritu, oh santa Madre Melania, se regocija con los ángeles.

Mitrut Popoiu


Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur.
Te aeternum patrem,
omnis terra veneratur.

Tibi omnes angeli,
tibi caeli et universae potestates:
tibi cherubim et seraphim,
incessabili voce proclamant:

Sanctus, Sanctus, Sanctus
Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra
majestatis gloriae tuae.

Te gloriosus Apostolorum chorus,
te prophetarum laudabilis numerus,
te martyrum candidatus laudat exercitus.

Te per orbem terrarum
sancta confitetur Ecclesia,
Patrem immensae maiestatis;
venerandum tuum verum et unicum Filium;
Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.

Tu rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu, ad liberandum suscepturus hominem,
non horruisti Virginis uterum.

Tu, devicto mortis aculeo,
aperuisti credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes,
in gloria Patris.

Iudex crederis esse venturus.

Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni,
quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac
cum sanctis tuis in gloria numerari.

Salvum fac populum tuum, Domine,
et benedic hereditati tuae.
Et rege eos,
et extolle illos usque in aeternum.

Per singulos dies benedicimus te;
et laudamus nomen tuum in saeculum,
et in saeculum saeculi.

Dignare, Domine, die isto
sine peccato nos custodire.
Miserere nostri, Domine,
miserere nostri.

Fiat misericordia tua, Domine, super nos,
quemadmodum speravimus in te.
In te, Domine, speravi:
non confundar in aeternum.
A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.

Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios de los ejércitos.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra, te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el Reino de los Cielos.
Tú sentado a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.

Creemos que un día has de venir como juez.

Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.

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