San Miguel Febres Cordero, hermano de las Escuelas Cristianas

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Retrato-estampa del Santo.

Francisco Febres Cordero nació el día 7 de noviembre de 1854 en la ciudad de Cuenca (Ecuador), siendo sus padres Francisco Febres Cordero, de Guayaquil y Ana Muñoz Cárdenas, de Cuenca. Entre sus antepasados paternos estaba el general León Febres Cordero que fue un héroe de la independencia de Guayaquil.

Tenía nueve años cuando los Hermanos de las Escuelas Cristianas, llamados por el presidente García Moreno se establecieron en su ciudad natal, fundando una escuela. Francisco había recibido una educación cristiana en el seno de su familia y fue uno de los primeros alumnos inscritos en la escuela, destacando por su aplicación en los estudios, su conocimiento del catecismo, su piedad y su exquisita cortesía con todos, por lo que muy pronto se granjeó la estima y el cariño de los maestros y de sus compañeros de colegio.

Él comprendió muy pronto que su destino no estaba en el mundo y se empeñó en seguir su propia vocación. El ejemplo de los hermanos educadores hizo que se sintiera atraído por la Congregación Lasaliana y teniendo unos catorce años de edad, después de haber madurado su decisión y siguiendo el consejo de quienes lo conocían y querían, decidió hacerse hermano de la Salle. Aquella decisión no gustó a sus padres que pensaban ingresarlo en el seminario para que estudiara y se ordenara de sacerdote con la intención de luego irse a vivir con él, pero Francisco no se desalentó y aunque estuvo en el seminario tres meses, tuvieron que enviarlo a casa de sus padres porque aquello no era lo suyo y enfermó.

El se confiaba a la Santísima Virgen y le pedía fuerzas para conseguir su propósito; y aprovechando que el padre tuvo que marchar a Lima consiguió la autorización de su madre para que ingresara en el noviciado de los Hermanos de la Salle, vistiendo el hábito el día 24 de marzo del año 1868 que era la víspera de la fiesta de la Anunciación; en ese acto cambió su nombre de Francisco por el de Miguel. Pero no serían fáciles las cosas para él porque su padre, aunque había aceptado la decisión de su esposa, no le escribió a su hijo ni una sola vez durante cinco años.

Mural del Santo con sus alumnos y la Santísima Virgen, obra de Mario Caffaro Rore (1984).

Terminada su formación religiosa, inició su apostolado educativo en su ciudad natal, Cuenca, aunque con posterioridad, en el año 1869 fue enviado a Quito. Allí se empeñó en ser útil a sus alumnos enseñándoles lengua y literatura española y como no existían o eran pocos los libros que necesitaba para sus enseñanzas, él mismo se decidió a componerlos y fueron tan apropiados que el propio gobierno ecuatoriano decidió adoptarlos para las escuelas de todo el país. Por su palabra, por su sabiduría y por su forma de vida fue admirado por toda la ciudad: era un magnífico maestro. Además de componer sus libros de texto, escribió varios libros piadosos y un catecismo para la infancia que fue notable en su tiempo: la catequesis era el campo preferido de su actividad apostólica. Todo esto hizo que se le abrieran las puertas de la Academia de la lengua en Ecuador.

También se dedicó a perfeccionar sus conocimientos en lenguas extranjeras, de tal manera que en pocos años fue capaz de dominar el inglés y el francés, mientras que sus conocimientos del castellano hizo que se le concediera el honor de formar parte de la Academia española de la lengua. El gobierno francés le concedió el reconocimiento oficial de la Academia francesa y la Academia de la lengua en Venezuela lo nominó asimismo como uno de sus miembros.

Tantas ocupaciones (profesor, inspector y posteriormente director en Quito), no le impedían ocuparse de su obra preferida: preparar a los niños para la Primera Comunión, privilegio que obtuvo para hacerlo casi en exclusiva. Esta actividad la realizó hasta el año 1907, que fue cuando viajó a Europa. Era tal el fervor que ponía en esta actividad que a veces llegó hasta la ingenuidad. El acostumbraba a decir: “Si no os hacéis como parvulitos, no entraréis en el reino de los cielos”. De esta actividad derivó su gran devoción hacia el Niño Jesús. Entre los niños que él ayudó a preparar para recibir a Cristo en la Eucaristía, figura el que posteriormente sería el primer cardenal ecuatoriano, Carlos Maria de la Torre, arzobispo de Quito. Destacó también por su espíritu de pobreza, de obediencia y de caridad.

Vértebra del Santo venerada en Matamoros, Ecuador.

En el año 1904, como consecuencia de la promulgación de algunas leyes contra los religiosos, algunos hermanos franceses tuvieron que salir del país para desarrollar su misión en España o en diversos países de Hispanoamérica y como el hermano Miguel dominaba ambas lenguas, sus superiores decidieron en el año 1907 enviarlo a Europa a fin de que pudiese dedicarse a preparar algunos textos para que los hermanos aprendieran de forma acelerada el castellano; y es por eso por lo que después de estar unos meses en Paris, es trasladado a Lembecq-lez-Hal, en Bélgica, donde estaba la Casa Generalicia del Instituto. Pero el clima de Bélgica no le sentó bien a su endeble salud por lo que fue trasladado a Premiá del Mar, en Barcelona, en cuya casa estuvo enseñando durante algunos meses hasta el día de su muerte, el 9 de febrero del año 1910. La causa de su muerte fue una pulmonía que contrajo a finales del mes de enero y de la que, por su débil estado de salud, no pudo recuperarse.

Aunque murió en España, la noticia de su muerte se corrió rápidamente y en su país, Ecuador, se decretó duelo nacional. La fama de santidad de la que ya gozaba en vida, se incrementó aun más después de su muerte y no tardaron en aparecer numerosos milagros obtenidos mediante su intercesión, por lo cual los ecuatorianos desearon tener sus restos mortales, que fueron llevados a su patria en el año 1936 mientras España estaba inmersa en una guerra civil. Allí fueron recibidos de manera triunfal y puestos en una capilla mortuoria en la Magdalena, que es un suburbio de Quito, capilla que desde entonces es meta de continuas peregrinaciones.

En el año 1923 se inició en Quito y en Cuenca el proceso informativo previo a la beatificación. El Papa Pío XI firmó el decreto de introducción de la Causa el 13 de noviembre de 1935. La curación milagrosa de la religiosa Clementina Flores Cordero fue el milagro que propició su beatificación por parte del Papa Beato Pablo VI el día 30 de octubre del año 1977. Ese mismo día y junto a él fue beatificado el también lasaliano belga, Hermano Muciano Maria.

Urna con los restos del Santo, venerados en su capilla de La Magdalena, Ecuador.

Curiosamente, el día de su beatificación se realizó el milagro que lo llevó a la canonización: la señora Beatriz Gómez de Núñez que padecía una miastenia grave, se sintió milagrosamente curada mientras asistía en Roma a la beatificación del hermano Miguel, a quién se había encomendado tanto ella como su familia. Esta curación fue reconocida como milagrosa y originó que el Consistorio del 25 de junio de 1984 diera el visto bueno a la canonización, que se realizó el día 21 de octubre de ese mismo año por parte del papa San Juan Pablo II.
En el año 1954, centenario de su nacimiento, el gobierno ecuatoriano erigió un majestuoso monumento en su honor en una de las principales plazas de la ciudad de Quito.

Antonio Barrero

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