San Miguel de la Mora, sacerdote mexicano mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Ilustración del Santo a partir de una fotografía real.

Nació en el rancho del Rincón del Tigre, en Tecalitlán, municipio del estado de Jalisco, perteneciente a la diócesis de Colima, el día 19 de junio del año 1878, en el seno de una familia numerosa de campesinos, formada por José de la Mora y Margarita de la Mora.
Fue bautizado al día siguiente de su nacimiento y en la misma parroquia, recibió el sacramento de la confirmación y la primera comunión. Pasó su niñez en el rancho del Tigre y allí se familiarizó con la agricultura y la ganadería, llegando a montar bien a caballo. Al morir su padre, marchó a Colima a casa de su hermano mayor, Regino, que cuidó de él y que fue el que realizó los trámites para que su hermano Miguel entrara en el seminario conciliar de Colima. Según sus familiares, allí, con veintiocho años de edad, se ordenó de sacerdote en el año 1906. Como durante la revolución se perdió el archivo diocesano, no se sabe ni el tiempo que estuvo en el seminario ni el día de su ordenación.

Ya como sacerdote, primero ejerció su ministerio en Tomatlán y en la Catedral de Colima. El 19 de octubre del año 1909, fue nombrado vicario de Comala pero residiendo en la Hacienda de San Antonio y de allí, pasó nuevamente a la Catedral en el año 1912. El 20 de octubre de 1914 fue nombrado párroco de Zapotitlán y de nuevo en mayo de 1918 volvió a la Catedral como capellán de coro. En todos estos destinos ejerció el ministerio sacerdotal con total dedicación, atendiendo especialmente la catequesis de los niños, ejerciendo el ministerio del confesionario y visitando a los enfermos de su feligresía. Fue nombrado director diocesano de la Obra de la Propagación de la Fe y director espiritual del colegio “la Paz”.

Pero en el año 1917 se aprobó una nueva Constitución en México que en su artículo 130 decía: “las iglesias y las agrupaciones religiosas tendrán personalidad jurídica como asociaciones religiosas una vez que obtengan su correspondiente registro. La ley regulará dichas asociaciones y determinará las condiciones y requisitos para el registro constitutivo de las mismas” y Colima fue precisamente el primer Estado donde se aplicó rigurosamente este artículo. Y a San Miguel de la Mora y a todos los sacerdotes y religiosos del Estado les tocó vivir en sus propias carnes la represión y persecución que supuso el poner en práctica este artículo, aparentemente sensato pero que tenía un trasfondo político mucho más cruel.

Lienzo contemporáneo del Santo que preside su altar-sepulcro en Tecalitlán, México.

El gobernador de Colima se adelantó a las disposiciones del Presidente de la República y expidió un decreto por el que se exigía que todos los sacerdotes se inscribieran en un padrón a fin de que se les diera licencia para poder ejercer su ministerio sacerdotal, debiendo estar estos sacerdotes a la completa disposición de la autoridad gubernamental que podía cambiarlos de residencia y ejercicio de sus funciones cuando lo estimase conveniente. Con este decreto el gobernador ponía en evidencia que no reconocía a niveles eclesiásticos ni la autoridad de los obispos ni la del Papa. Lógicamente, esto chocaba de pleno con el derecho canónico y el clero reaccionó en contra, rechazando por unanimidad lo dispuesto en este decreto. Ante esto, el gobernador ordenó sancionar a quienes no cumplieran esas órdenes y el obispo ordenó la suspensión de los cultos, cosa que más tarde, decidiría todo el episcopado mexicano.

De inmediato, casi todos los sacerdotes fueron procesados, aunque algunos consiguieron esconderse, entre ellos el obispo. Aunque a escondidas, San Miguel atendía las necesidades religiosas de sus feligreses y celebraba la Santa Misa en su casa pues entendía que su ciudad no podía quedarse sin sacerdotes.
Muy cerca de su casa vivía el general José Ignacio Flores y un día, debido a un descuido del santo, el general lo vio y ordenó detenerlo, aunque salió de la prisión bajo fianza pero con la obligación de presentarse diariamente. Intentaron coaccionarlo diciéndole que cuando terminase el tiempo de su fianza, entraría de nuevo en prisión si antes no restablecía el culto en la Catedral pero bajo la autoridad del gobierno, no del obispo. Como es lógico, San Miguel se negó y ante la presión que ejercieron sobre él decidió escapar marchándose de Colima, en el coche de un amigo y vestido de paisano, en la madrugada del día 7 de agosto de 1927 junto con su hermano Regino y el sacerdote Crispiniano Sandoval, poniendo rumbo al rancho del Rincón del Tigre.

El vehículo los dejó en “La Estancia” donde eran esperados por unos mozos con unos caballos, que los llevaron hasta Cardona. Allí, intentaron desayunar pero fueron reconocidos por lo que de nuevo fue detenido y llevado a la Jefatura de Operaciones Militares de Colima. Detuvieron también a su hermano, aunque no a los mozos ni al otro sacerdote, ya que no fue reconocido y pudo escapar. Era agosto, hacía un calor intenso y aun así, tuvo que ir caminando desde Cardona hasta Colima, por lo que llegó muy cansado. Lo llevaron al cuartel y allí, el general José Ignacio Flores, le dijo en tono burlón: “¿Qué está haciendo aquí el padrecito? Y él le respondió: “Pues aquí me tienen”, a lo que le replicó el general: “Pues ahora se lo van a llevar” y ordenó que fusilaran inmediatamente a los dos hermanos.

Altar-sepulcro del Santo en Tecalitlán, México. Fuente: www.periodicoelsur.com.

Le ordenaron que caminara hacia las caballerizas del cuartel y allí el padre Miguel sacó su rosario y empezó a rezarlo. Sin ningún miramiento, delante de su hermano y sobre el estiércol de los caballos, fue fusilado dándole el tiro de gracia el capitán que iba de escolta. Su hermano Regino quedó pasmado, aunque a él no lo fusilaron pues comprobaron que no era sacerdote ni había cometido delito alguno, por lo que estuvo unos días en la cárcel, pagó una multa y quedó en libertad. San Miguel de la Mora fue fusilado en Colima al mediodía de aquel 7 de agosto del 1927. Cuando se corrió la noticia, los vecinos fueron al cuartel pero los soldados no permitieron que entraran y el general Flores se presentó en casa de la hermana del padre Miguel diciéndole que podía recoger el cadáver de su hermano y profanando la habitación que hasta esa madrugada había ocupado el sacerdote, pisoteó lo poco que en ella había.

El cadáver de San Miguel fue llevado en un coche fúnebre al cementerio municipal y allí, algunos familiares pudieron sepultarlo de inmediato. El general, creyendo que el padre Miguel llevaba dinero en los bolsillos ordenó desenterrarlo por la noche unos días más tarde con la intención de quitárselo y al comprobar que no lo llevaba, tiraron el cadáver a una fosa y lo sepultaron de nuevo. En el año 1942, por orden del obispo, el cuerpo fue exhumado y llevado a la cripta de la Catedral de Colima.

Al Padre Miguel de la Mora y a otros sacerdotes mártires de otras diócesis mexicanas (Durango, Chilapa, Morelia y Chihuahua), se les inició el proceso de beatificación el día 31 de julio de 1981. El 22 de agosto de 1960 se había iniciado el proceso de un grupo de mártires de la diócesis de Guadalajara, pero considerando la homogeneidad de los dos grupos en cuanto a la causa del martirio, la Conferencia Episcopal Mexicana, en el año 1983, fusionó los dos grupos en uno solo, por lo que los veinticinco santos mártires mexicanos continuaron en un único proceso.

San Miguel de la Mora y compañeros, fueron beatificados por el papa San Juan Pablo II el día 22 de noviembre de 1992 en la Basílica de San Pedro en el Vaticano y canonizados en la Plaza de San Pedro por el mismo Papa el día 21 de mayo del año 2000. En esa ceremonia, además de los veinticinco mártires de esta Causa que iba encabezada por San Cristóbal Magallanes, fueron también canonizados los beatos mexicanos José Maria de Yermo y Parres y María de Jesús Sacramentado Venegas de la Torre.

Antonio Barrero

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