San Nicolás Saggio de Longobardi, fraile mínimo

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Detalle del Santo en gloria en un lienzo barroco. Capilla del Santo en Roma (Italia).

Detalle del Santo en gloria en un lienzo barroco. Capilla del Santo en Roma (Italia).

Nació en Longobardi (Cosenza), una pequeña ciudad en la costa del mar Tirreno, el día 6 de enero de 1649, siendo el primogénito de los cinco hijos que tuvieron Fulvio Saggio y Aurelia Pizzini, recibiendo el nombre de Juan Bautista Clemente el día de su bautismo en parroquia de Santa Domenica virgen y mártir. Su familia era muy pobre y muy sencilla y poco tiempo pudo frecuentar la escuela, por lo que desde niño tuvo que ayudar a su padre en los trabajos del campo, aunque siempre lo hizo llevando una vida muy austera similar a la de San Francisco de Paula, de quien era muy devoto y cuyo culto estaba muy extendido en Longobardi, ya que allí existía un antiguo convento de frailes mínimos.

El 3 de mayo del año 1668 recibió el sacramento de la Confirmación en la misma parroquia donde fue bautizado, de manos de monseñor Luís de Morales, obispo de Tropea; es en ese mismo período de tiempo cuando se adhirió a la Tercera Orden de los Mínimos en la iglesia del convento de la Asunción. Sin embargo, dando ejemplo como un sencillo cristiano, continuó trabajando en el campo toda su adolescencia y juventud.

Teniendo algo menos de veinte años, fue al convento y vistió el hábito religioso, presentándose así vestido en la casa paterna, recibiendo el rechazo de sus padres. Su madre, airada, se lo arrancó y en ese mismo momento, su hijo quedó ciego, recuperando la vista cuando sus padres, arrepentidos por lo que habían hecho, le permitieron entrar en el convento. Cumplidos los veinte años, en el 1670, entró como hermano oblato en el proto-convento de Paola, donde el 28 de septiembre comenzó el noviciado bajo la guía del padre Juan Paletta, tomando el nombre de fray Nicolás de Longobardi. Cuando hizo la profesión simple el 29 de septiembre de 1671, fue enviado al convento de su pueblo donde ejerció los oficios de sacristán, hortelano, cocinero y mendicante (salía del convento a pedir limosnas).

Pila donde fue bautizado el Santo.

Pila donde fue bautizado el Santo.

Ejerciendo esos mismos oficios, durante los años 1673 al 1677, estuvo en los conventos de San Marco Argentano, Montalto Uffugo, Cosenza, Spezzano della Sila y Paternò, en los cuales fue la admiración de los frailes por su espíritu de piedad y por llevar una vida ejemplar conforme a la Regla de la Orden. Desde el 1677 hasta la primavera del 1679, llamado por el padre provincial, estuvo en el convento de Paola, ejerciendo como acompañante del mismo en sus visitas pastorales a los conventos de la provincia de San Francisco. Ese mismo año, a instancias del Corrector General de la Orden, fray Pedro Curti de Cosenza, fue enviado al convento de San Francesco da Paola ai Monti, en Roma, donde ejerció de sacristán, portero y compañero del anciano párroco Ángel de Longobardi.

En el 1683 hizo una peregrinación a pie hasta el Santuario de Loreto, con el doble objetivo de acrecentar su devoción mariana y solicitar a la Virgen la liberación de la ciudad de Viena que estaba asediada por los turcos. En este Santuario se acrecentó aun más su amor a la Virgen y a la Eucaristía hasta tal punto que según los frailes de la Orden, fue allí como un “buen hombre” pero de allí regresó “como un santo”. En este período de tiempo escogió como su director espiritual al padre Juan Bautista de Spezzano Piccolo, ejerciendo el oficio de portero desde el año 1684 hasta el 1692.

Relicario en la iglesia de San Nicolás, Marina de Longobardi (Cosenza).

Relicario en la iglesia de San Nicolás, Marina de Longobardi (Cosenza).

Aunque era un simple hermano lego prácticamente analfabeto, se vio favorecido por diversas gracias que lo convirtieron en un verdadero místico, llevando a ser visto en éxtasis por los frailes en numerosas ocasiones. En la Ciudad Eterna solía aprovechar su tiempo libre para visitar las iglesias de la ciudad, asistir a los enfermos y socorrer a los pobres. Su fama de santidad se difundió por toda la ciudad, convirtiéndose el convento en un continuo ir y venir de personas que solicitaban su ayuda.

Después de doce años de permanencia en Roma, en el año 1692, a instancias del padre Antonio Constantini de Castrovillari, Corrector Provincial de Calabria y con el beneplácito del Papa Inocencio XII, fue enviado nuevamente al protoconvento de Paola, donde por espacio de dos años recibió una “especial purificación espiritual”, siendo enviado de nuevo al convento de Longobardi para ocuparse de la ampliación y restauración tanto del convento como de la iglesia conventual, cosa que hizo mediante la recogida de limosnas. Como recompensa, recibió desde Roma el cuerpo de Santa Inocencia, una de las mártires recién extraída de las catacumbas.

En el otoño de 1697, se reincorporó de nuevo a la comunidad de San Francesco di Paola ai Monti, a petición de los mismos frailes de dicha comunidad. Allí ejerció de sacristán, de hortelano, de encargado del reloj y toque de campanas y cuantas tareas surgieran en el convento. A todos siguió edificando con su ejemplo, con su humildad, con sus continuos éxtasis y con la mente puesta siempre en Dios. Cuando murió su director espiritual, se puso bajo la dirección de otros cuatro religiosos de la misma comunidad: los padres Antonio Via da Celico, Francisco Ricardo de Rivello, Pablo Accetta de Longobucco y Alberto Gullo de Cosenza. Entre los años 1700 al 1709, a estos oficios comunitarios añadió las visitas a los enfermos y, de noche, las visitas a pie a las llamadas “Sette Chiese” de Roma (San Pedro del Vaticano, San Paolo fuori le Mura, San Giovanni in Laterano, San Lorenzo fuori le Mura, Santa María Maggiore, Santa Croce in Gerusalemme y San Sebastiano fuori le Mura).

Reliquias en la capilla del Santo en Roma, Italia.

Reliquias en la capilla del Santo en Roma (Italia).

En el mes de enero del año 1709 durante el tormentoso pontificado de Clemente XI, ofreció su vida por la Iglesia y para que se evitase un nuevo saqueo de la ciudad de Roma. Cayó enfermo y viendo próxima su muerte solicitó los últimos sacramentos. Su pequeña y simple celda se convirtió en un peregrinaje continuo. Por allí pasaron numerosos cardenales y obispos de la Curia, los nobles Felipe Colonna, Marcantonio Borghese, Augusto Chigi y muchos otros. En la medianoche del 2 al 3 de febrero murió en su celda, de una infección pulmonar, exclamando: “Al paraíso, al paraíso”. Tenía cincuenta y nueve años de edad y fue sepultado en una sencilla tumba en el convento.

Nueve años después de su muerte, el propio Vicariato de Roma instruyó el proceso ordinario de beatificación. En dicho proceso se narra como el “hermano Nicolás fue “transverberado” por un ángel con una flecha en llamas recibiendo de Jesús el anillo nupcial de los místicos”. Su cuerpo fue exhumado y colocado en un ataúd de plomo dentro de otro de ciprés y puesto en una capilla de la iglesia de San Francisco de Paula. Al proceso iniciado en la propia Roma se unieron los procesos de las diócesis de Cosenza y de Tropea, que fueron aceptados por la Sagrada Congregación de Ritos, el 14 de diciembre del año 1720. Iniciado el proceso apostólico, fue declarado Venerable por el Papa Clemente XIV el 26 de febrero del año 1771 y beatificado por el Papa Pío VI el 17 de septiembre del año 1786 en la Basílica Vaticana.

El milagro para la canonización fue realizado en el año 1938, cuando un albañil cayó de lo alto de un andamio quedando milagrosamente ileso. La investigación de este milagro, por diversos motivos, ha durado muchísimo tiempo y fue el 13 de diciembre del año 2012 cuando el equipo médico de la Congregación para las Causas de los Santos, lo declaró científicamente inexplicable, siendo aprobado mediante decreto papal el día 3 de abril del presente año. El pasado domingo fue canonizado por el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– FRANGELLA, E., “Il Beato Nicola da Longobardi”, Cosenza, 1950.
– ROBERTI, G.M., “Cenni storici del B. Nicola da Longobardi, nel II Centenario Della morte”, Roma, 1907.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo IX”, Città Nuova Editrice, Roma, 1989.

Enlace consultado (23/10/2014):
– www.giovaniminimi.it

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Las Beatas terciarias mínimas de Milazzo: ¿cuatro o tres?

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Antigua estampa de Santa Cándida, mártir de las catacumbas venerada en el Santuario de San Francisco de Paula, Milazzo (Italia).

Antigua estampa de Santa Cándida, mártir de las catacumbas venerada en el Santuario de San Francisco de Paula, Milazzo (Italia).

Santa Cándida, mártir romana, venerada en Milazzo. Tras solucionar el dilema de la verdad en torno a las reliquias de la santa mártir venerada en el Santuario de San Francisco de Paula en Milazzo, siempre he tenido la impresión de que la susodicha Beata Cándida nunca ha existido, y que el nombre sea un error inferido erróneamente de la historia para dar un nombre a una de las discípulas del Santo de Paula.

Esta deducción se apoya en el hecho de que en 1927, en un libro escrito por la Postulación General de la Orden de los Mínimos, en el cual se recogían y describían todos los testimonios de santidad de la Orden, no se citaba en absoluto a la susodicha Beata Cándida, sino tan sólo a las hermanas Leonti de Milazzo, sin ningún tipo de título, sino tan sólo como ejemplo de santidad paulina en Milazzo. ¡Todo esto es interesante!

Si “una antiquísima e ininterrumpida tradición milazzese consigna la figura de Cándida, popularmente venerada con el título de Beata, cuyo cuerpo se conserva en el Santuario de San Francisco de Paula, donde fue llevado en 1770”, ¿dónde está ahora ese cuerpo? Creo que esta afirmación es meramente diplomática para mantener la piadosa mentira de la piedad popular, que se puede explicar por el hecho de que el cuerpo atribuido a la Beata es en realidad el de una mártir romana, como atestigua su auténtica de 1784 y una conferencia sobre el tema dada después de mi precedente artículo. De hecho, sólo los historiadores del siglo XX atestiguan la historicidad de la Beata Cándida, basándose únicamente en un elemento, la urna, que hoy sabemos que no es la de Cándida de Milazzo. He aquí algunas citas:

Cartel de la conferencia dada en Milazzo sobre la mártir de las catacumbas.

Cartel de la conferencia dada en Milazzo sobre la mártir de las catacumbas.

1. “En la entrada, frente a la sacristía, está el cuerpo de la Beata Cándida, honrada por el culto popular” (Ryolo). Aquí ya se aprecia el error en torno a la atribución de las reliquias.

2. “Cuerpo de la Beata Cándida Leonte, virgen milazzesa, discípula de San Francisco de Paula, muerta con fama de santidad a finales del siglo XV” (Micale). Hágase notar este dato: Micale cita como apellido uno muy similar a las susodichas hermana Leonti, ¿por qué? ¿Es un error, o quería incluirla entre las hermanas Angélica, Pelagia y Blasa? Una curiosidad: Angélica Leonti es la única Beata milazzesa representada en el claustro de San Francisco de Paula de Grottaglie.

3. “En una antigua y artística urna de madera y cristal, está expuesto el cuerpo embalsamado de la Beata Cándida, virgen milazzesa discípula de San Francisco de Paula, muerta en fama de santidad en 1470 y de la cual la Santa Prefectura Apostólica oficializó la veneración de las sagradas reliquias con acta datada en Roma, 14 de junio de 1784. Pertenecía a la familia patricia de los Leonte y el escudo gentilicio está reproducido en mármol sobre el pavimento de la capilla”. (Micale-Petrungaro). Aquí comete el mismo error: con el apellido, con la fecha de la auténtica de las reliquias de Santa Cándida mártir y con las mismas reliquias. Todo elementos que no prueban que haya una Cándida de Milazzo, sino más bien al contrario: una figura inventada.

4. “Protegida por un cristal, está expuesta la Beata Cándida: se trata de un personaje ligado a la estancia milazzesa del Santo, cuyos restos fueron descubiertos en las labores de transformación del templo y ofrecidos al culto público. Los restos mortales del personaje están escondidos en el interior de un muñeco con partes anatómicas visibles de cera y revestido con un vestido blanco ricamente decorado según el gusto del tardío Settecento, sistemación claramente anacrónica pero de gran efecto. Una piedra sepulcral en el suelo de la capilla reproduce el escudo de los Leonti. Un antiguo crucifijo completa el altar”. (P. Felice Margarita O.M.) Aquí se vuelven a repetir los errores del apellido y de las reliquias.

Beata Angélica Leonti de Milazzo. Fresco del claustro de los Mínimos en Grottaglie, Italia.

Beata Angélica Leonti de Milazzo. Fresco del claustro de los Mínimos en Grottaglie, Italia.

5. “Cuerpo encerado de una monja local, contemporáneo de San Francisco y conocida por él, de nombre Cándida; el obispo del templo le concedió el culto de “Venerable”; fue una piadosa sierva del Señor. La piadosa Sierva de Dios pidió a San Francisco un recuerdo antes de que volviera a Calabria; el Santo, al día siguiente, la hizo encontrar su rostro pintado en la puerta de su casa; el cuadro sobre el cual el Santo dejó su propio rostro, permaneció expuesto en el altar hasta que se quemó en el incendio de 1908; ampolla de sangre de la piadosa venerada Cándida”. (P. Felice Margarita O.M.). Una vez más, errores: en la atribución de las reliquias y el nombre, que parece que sea el de las reliquias y no el de una “monja local”. En fin, otro elemento común en los historiadores del siglo XX es la mención del episodio de la efigie milagrosamente dejada por el Santo sobre la puerta de la casa de Cándida. Creo que este elemento no confirma la historicidad del personaje, y mucho menos su nombre.

El historiador y autor de “Melazzo Sagra”, padre Francesco Perdichizzi, afirma: “La capilla de San Francisco de Paula con un cuadro que mueve a devoción, de pintura sobre tabla, y a cepillo por lo que parece extraño, por lo cual muchos señores vicerrectores han querido una copia, fue datada en el año 1549 por la familia antigua de Rifarca, venida de Messina, donde era propiedad de los ciudadanos”. Este texto no sostiene la tradición reportada en muchos textos de historiadores del siglo XX sobre Cándida de Milazzo, que “al partir el Santo, le había pedido un recuerdo, y el Taumaturgo Paulino le había concedido su petición, imprimiendo prodigiosamente su imagen en la puerta de la casa de Cándida”. Es la susodicha Sagrada Tabla, cuya copia está en San Pier Niceto (ME), cuyo original milazzese fue destruido en un incendio en 1908.

Dicho esto, creo que la verdadera prueba de la existencia histórica de una Beata llamada Cándida sea el texto de la Orden de los Mínimos que, citando los ejemplos de santidad de la Orden que vivieron en la provincia de Messina, no da fe de ninguna Cándida. ¡Esta prueba habla por sí misma!

Pintura de la Beata Angélica Leonti de Milazzo. Octubre 2013.

Pintura de la Beata Angélica Leonti de Milazzo. Octubre 2013.

Concluyo citando la noticia, extraída del susodicho libro -de forma muy similar aparece en el libro sobre el Claustro de San Francisco de Paula en Grottaglie- sobre las tres hermanas Leonti:

Angélica, Pelagia y Blasa Leonti
Del III Ord. (1559 – 1591)

Hermanas de Milazzo, las tres fueron ornamento de este Instituo. El ayuno era su alimento; la oración su recreación; la asistencia a los pobres enfermos su mayor ocupación. Gozaron siempre de la visión del Ángel Custodio, que era su Maestro y su Guía. Su muerte fue preciosa a ojos del Señor y de los hombre. Angélica murió en 1559, Pelagia en 1591.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II appendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Chillemi F. – Milazzo città d’arte – Edizioni GBM by GEM s.r.l. – Messina, 1999, pag. 133
* Grenci Damiano Marco – Archivio privato iconografico e agiografico: 1977 – 2014
* Margarita Felice – Guida per la visita al Santuario S. Francesco di Paola in Milazzo – Tipografia Lombardo – Milazzo, 1995, pag. 31
* Micale A. – Milazzo guida turistico artistica – Arti Grafiche S.T.E.S. s.r.l., 1974, pag. 19
* Micale A. e Petrungaro G. – Milazzo ritratto di una città – Edizioni “La nuova provincia” – Milazzo, 1996, pag. 104
* Postulazione Generale (a cura) – L’Ordine dei Minimi nella luce dei Santi – Roma, 1927
* Ryolo D. – Guida storico turistica di Milazzo – Sicilia nuova Editrice – Milazzo, 1974, pag. 17
* Sito web di cartantica.it (Santa Candida martire a Roma, venerata a Milazzo)
* Sito web di oggimilazzo.it (S. Francesco di Paola: «La Beata Candida è un ”falso”»)
* Sito web di preguntasantoral.es (Santa Càndida, màrtir venerada en Milazzo)
* Sito web di santibeati.it (Beata Candida da Milazzo)
* Sito web di webalice.it (La Beata Candida di Milazzo)
* sito web di wikipedia.org (Santa Candida)

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Santas de nombre Angélica

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Beata Angélica Leonti de Milazzo. Fresco del claustro de los Mínimos en Grottaglie, Italia.

Beata Angélica Leonti de Milazzo. Fresco del claustro de los Mínimos en Grottaglie, Italia.

Angélica, entre los testigos de Jesús: el significado del nombre
Deriva del griego ànghelos, “mensajero”, como Ángela, su variante más común, y refleja la devoción y el culto a los ángeles. Algunas obras literarias, como el Orlando Furioso de L. Ariosto, han contribuido a su difusión. La onomástica se festeja el 27 de enero para Santa Ángela Mérici o para los Santos Arcángeles (29 de septiembre, “la corte angélica”) porque no existe ninguna Santa o Beata de nombre “Angélica” conmemorada en el Martirologio Romano.

Angélica de Milazzo, dicha “Beata” (6 de diciembre, s. XVI)
La rama de la Orden de los Mínimos fundada en 1500 por San Francisco de Paula tuvo su propia Tercera Orden, abierta a laicos, hombres y mujeres. A la Tercera Orden de San Francisco de Paula pertenece la “Beata” Angélica, fallecida en 1559. Era oriunda de Milazzo, bellísima de aspecto, sensible y virtuosa. La joven de Milazzo debió, según los deseos de su familia, haber seguido el destino de tantas de sus contemporáneas, eligiendo un esposo o mejor dicho, aceptando el que sus padres le destinaran, para formar una familia terrenal. Pero Angélica se resistió con terca obstinación, más fuerte que las lisonjas y las amenazas, que no le faltaron al menos durante un cierto período de su vida. En el momento de tensión más grave, recurría al Crucificado, implorándole ayuda. Fue auxiliada por la Cruz con una cruz, esto es, con una gravísima enfermedad, que puso en peligro su propia vida. Fue entonces cuando, por promesa, tomó el hábito de la Tercera Orden de San Francisco de Paula. En ese hábito, a modo de coraza mística, se sintió segura de poder quedarse para siempre con el estado deseado.

Superada su enfermedad, volvieron las insistencias y presiones. Pero, posteriormente devorada por un tumor maligno, su belleza se trocó en repulsión, mientras el sufrimiento punzante le afinaba el espíritu, consumiendo su cuerpo como un fuego hasta la muerte.

Fotografía de la Sierva de Dios Angélica Mastrioti.

Fotografía de la Sierva de Dios Angélica Mastrioti.

María Angélica Mastroti de Papasidero, dicha “Beata” (26 de mayo 1851, Castelluccio Superiore 1896)
Vivió en olor de santidad. A los seis años enfermó de tuberculosis, quedándose paralítica durante 13 años. Cuando todos estaban a la espera de su inminente final, fue curada milagrosamente en 1870. Sin embargo, sus sufrimientos no cesaron: un cálculo en la vesícula le procuró sufrimientos indecibles hasta 1873, cuando una segunda intervención sobrenatural la liberó de su mal; pero su deseo de expiación la condujo a mortificar su cuerpo haciendo uso de cilicios, ropa de cama con espinas y sometiéndose a largos ayunos. Su vida ascética le procuró frecuentes éxtasis durante los cuales hablaba con la Virgen y el Hijo que tenía entre sus brazos.

Esta implicación espiritual tuvo consecuencias físicas. Una herida de la cual manaba sangre espesa se abrió espontáneamente en su costado y ya no se cerró. En 1890, para estar junto con su sobrino Nicolás que se había hecho sacerdote, se trasladó a Castelluccio Superiore (PZ) donde continuaron verificándose hechos prodigiosos vinculados a su persona, tanto que su fama se extendió por las comarcas vecinas. En Castellucció falleció el 26 de mayo de 1896. Su tumba es todavía meta de peregrinaciones de numerosos fieles.

Beata Angélica de Caicle, ermitaña del monte Guardia en Bolonia (s.XII)
Angélica, hija de Caicle y de Bolonia, aparece en la escena de nuestros documentos el 30 de julio de 1192: en el documento así fechado, Angélica (que tiene una edad presumible entre los 20 y los 28 años) declara querer dedicarse completamente al servicio de Dios en la soledad, de modo que llevará una vida eremítica (una opción religiosa muy difundida en el contexto del gran movimiento de renovación espiritual y reforma en la Iglesia de los ss.XI-XII). Elige como lugar de retiro un terreno de su propiedad en el monte de la Guardia y manifiesta la intención de construir un eremitorio, una casa para ella y para las otras ermitañas que quisieran unirse a ella y, si el Señor lo quiere, una iglesia. Como la comunidad religiosa necesitará asistencia sacerdotal (para la administración de sacramentos y celebraciones litúrgicas, si hay una iglesia), Angélica cede su propiedad a los Canónigos de Santa María de Reno y San Salvador a cambio de asistencia sacerdotal. Asimismo, se reserva el usufructo y el rendimiento de los bienes cedidos y de otros que pueda heredar o recibir en donación para el crecimiento de su fundación religiosa.

Fotografía coloreada de la Sierva de Dios María Angélica Álvarez Icaza.

Fotografía coloreada de la Sierva de Dios María Angélica Álvarez Icaza.

Sierva de Dios María Angélica Álvarez Icaza (1887-1977)
Con María Angélica Álvarez Icaza (1887-1977), religiosa contemplativa de la Orden de la Visitación de Santa María, el continente latinoamericano da un paso gigante en los caminos del espíritu, alineándose con la tradición secular europea, llena de célebres figuras de místicos. El México de los primeros decenios del siglo XX exalta su turbulenta existencia en un claustro, donde vivió en íntimo martirio de amor el sangriento devenir de su patria. En ella confluyó límpido el carisma de la Orden de la Visitación, inspirado en la doctrina del fundador, San Francisco de Sales, Doctor del Divino Amor, que añade al monte Calvario la morada de sus Hijas. También transparentó el reclamo de la experiencia de Santa Margarita María Alacoque, de modo que María Angélica Álvarez Icaza se unió a las discípulas predilectas del Sagrado Corazón del Verbo Encarnado.

Venerable Angélica Durà
La Venerable fue terciaria mercedaria en Valencia. Murió en olor de santidad después de que la Virgen María le revelase el día de su muerte. La Orden Mercedaria la recuerda el 22 de abril.

Sierva de Dios María Angélica Pérez (1897-1932)
La Sierva de Dios María Crescencia, argentina, fue religiosa profesa de la Congregación de las Hijas de Nuestra Señora del Huerto (1897-1932). Es una Hermana Gianellina.

Sierva de Dios Madre María Luisa Angélica Clarac (Auch 1817 – Moncallieri 1887)
La Madre María Luisa Angélica Clarac, Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl, nació en Auch (Francia) el 17 de abril de 1817 y regresó al Señor en Moncallieri (To) el 21 de junio de 1887. Nuestro punto de partida es el 3 de mayo de 1871, día en el cual, por un providencial y misterioso designio de Dios, la Madre Clarac abandonaba su Congregación y, sufriendo por el desapego, dio origen a una nueva familia religiosa. El lugar de nacimiento del instituto es la ciudad de Turín, en la calle S. Pío V, donde, junto a la capilla dedicada a la Virgen venerada con el título “Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús”, reposan los restos mortales de la fundadora, cuya causa de canonización está en curso.

Estampa de la Venerable Angélica Juana María de Jesús.

Estampa de la Venerable Angélica Juana María de Jesús.

Venerable Angélica Juana María de Jesús (1861–1935)
La Madre Angélica Juana de Jesús, en el siglo Flora Bracaval, nació en Mouscron (Bélgica) el 3 de mayo de 1861. Entró en las Angélicas de San Pablo, fundadas por San Antonio Maria Zaccaria, y pronto fue reconocida como digna de los más altos cargos del instituto Angélico. De 1919 a 1931 fue la superiora general y difundió la Congregación en Italia, Brasil y Bélgica. Murió con fama de santidad en Arienzo (CE) el 26 de enero de 1935.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II-III appendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivio privato iconografico e agiografico: 1977 – 2014
* sitio web newsaints.faithweb.com
* sitio web wikipedia.org
* sitio web santi beati.it

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Beatas Mínimas de Barcelona, religiosas mártires

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Estandarte de la beatificación de las mártires Mínimas de Barcelona.

Estandarte de la beatificación de las mártires Mínimas de Barcelona.

Siguiendo en nuestra intención de narrar el martirio de tantas mujeres en la Guerra Civil Española (1936-1939), aprovechamos para hablar de las nueve religiosas mínimas que fueron ejecutadas en Barcelona en julio de 1936, apenas estallado el conflicto bélico, víctimas de la represalia anticlerical. Estas religiosas españolas -una aragonesa, otra valenciana, y el resto catalanas-, junto con una laica que las acompañó en el martirio, han sido beatificadas el pasado 13 de octubre de 2013 junto a otros muchos mártires de la guerra, por lo que es conveniente hablar de ellas. Aviso de antemano a los lectores que éste va a ser un artículo largo, debido a la cantidad de información disponible que es imposible recortar más de lo que ya se ha hecho; y también difícil de leer y asimilar, dado lo horrendo su martirio.

La rama femenina de la Orden Mínima de San Francisco de Paula había sido fundada en Andújar (Jaén) en 1495, con una Regla muy parecida a la de la rama masculina: mantenían los rigores de una vida eremítica dentro de las paredes del convento, con gran silencio y abstinencia de carne, huevos y lácteos. Llegaron a Barcelona en 1623 y tras pasar varios edificios, ocuparon una torre rodeada de huerta en Horta, en el camino de Sant Genís dels Agudells. Pero antes de entrar en detalles acerca de los acontecimientos que condujeron al martirio a nueve de las 25 monjas que allí había en julio de 1936, es necesario que nos detengamos un momento en el perfil biográfico de cada una de ellas, nutrido con los testimonios de dos religiosas supervivientes que las conocieron: sor Concepción de Jesús y sor Teresita del Niño Jesús.

Beata María de Montserrat
La única religiosa aragonesa del grupo nació como Josefa García Solanas el 8 de marzo de 1871 en Aniñón, diócesis de Tortosa (Zaragoza); hija de Jorge García Rodríguez y de Ángela Solanas Carreras. Ingresó a la edad de 27 años en el convento de monjas Mínimas de Barcelona cuando éste estaba en la calle del Carmen, recibiendo consentimiento por parte de su madre, en razón de que su padre ya había fallecido. Hizo la solemne profesión religiosa en noviembre de 1899. En el informe de novicia consta que “tiene vocación religiosa desde hace unos cinco años, impulsándola a profesar su deseo de santificación”.

Beata María de Montserrat (Josefa García Solanas).  Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Beata María de Montserrat (Josefa García Solanas). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Tenemos testimonios de su personalidad por parte de algunas religiosas que la conocieron y que declararon ante notario en 1988. Sor Concepción de Jesús nos dice: “Sobresalía en todas las virtudes; poseía una gran simpatía y don de gentes. Era sumamente obediente y muy caritativa”. Y así lo corrobora sor Teresita del Niño Jesús: “Era muy obediente, alegre, hacendosa. Tenía el don de gentes. Dos veces fue nombrada Superiora, cargo que desempeñaba muy bien. Estaba de portera y las novicias la denominábamos “la Madre del chocolate”, pues casi siempre llegaba al noviciado trayéndonos chocolate para merendar. Como buena baturra, al alejarse de nosotras, siempre contaba algún chiste o algo que nos hacía reír”.

Como dicen los testimonios, la madre Montserrat fue superiora de la comunidad de 1919 a 1922. Después de un trienio, volvió a ocupar ese cargo de 1925 a 1928. Aunque no era superiora en el momento en que la comunidad fue prendida por los milicianos, el 23 de julio de 1936, asumió la responsabilidad de superiora y se identificó como tal para pedir que dejaran a las demás en paz, como veremos más adelante. En el momento de su martirio, tenía 64 años de edad y llevaba 37 años como religiosa.

Beata Margarida María Alacoque de San Ramón
Nació como Ramona Ors Torrents en Centelles (Barcelona), el 18 de octubre 1862, hija de Ramón Ors, labrador, y María Torrents, en la masía “Can Sardà”, siendo bautizada al día siguiente con los nombres de Ramona Emanuela Carmen. Solicitó entrar en el convento de las monjas Mínimas a los 22 años de edad, vistiendo el hábito el 7 de noviembre de 1885; y en abril de 1887 hizo la profesión solemne. En el informe del noviciado consta que “desde la edad de quince años se siente llamada al estado religioso y que sólo la impulsa entrar en el claustro el creerse con vocación a ello y así poder servir más y más a su Dios y señor, amarle de todo corazón y asegurar la salvación de su alma”.

Sor Concepción dijo de ella que “era una monja edificante, inteligente (casi superdotada), ancianita; sobresalía en la humildad. Muy puntual a todos los actos de la Comunidad, caritativa con todas, muy abierta y muy amante de la Virgen. Cuando salimos (en julio del 36) tenía el oficio de bibliotecaria; leía muy bien”. Y sor Teresita: “(…) Era muy inteligente. En aquellos tiempos casi no se leía la Sagrada Escritura y ella las conocía a fondo; tanto era así que los sacerdotes que venían la locutorio y hablaban de ella decían: “Ésta, más que una monja, es como un monje: tiene la sabiduría de un fraile”. Pero, a pesar de su inteligencia y sabiduría, era muy humilde y se consideraba la última de todas. Aunque no se han conservado registros de las diferentes ocupaciones que desempeñó en el convento; se sabe que, antes de ser bibliotecaria, los últimos años estuvo de portera.

Beata Margarida María Alacoque de San Ramón (Ramona Ors Torrents).  Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Beata Margarida María Alacoque de San Ramón (Ramona Ors Torrents). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

La Beata Margarida es la más anciana de este grupo de mártires, pues sufrió el martirio a los 73 años de edad, llevando 49 de vida religiosa. Aunque en la Causa es la Beata Montserrat la que encabeza la relación de las nueve mártires, en la bibliografía se suele colocar a la Beata Margarida la primera. Ambas reciben la distinción de “Madres” en la bibliografía, aunque eran doce en total. Pero aún queda otra Madre de la que hablar en este grupo.

Beata María de la Asunción
Nacida como Dolores Vilaseca Gallego el 19 de junio de 1871 en Piera (Barcelona), hija del labrador José Vilaseca y Teresa Gallego. Fue bautizada dos días después como María Dolores Antonia Vicenta. A los 20 años solicitó entrar en el convento de las Mínimas como religiosa de coro. Esto fue un gran sacrificio para sus padres, pues era hija única y la habían deseado durante muchos años. El informe previo a su profesión solemne, que tuvo lugar el 1 de enero de 1893, después de seis meses de postulantado, dice que “deseaba sustraerse a los halagos y vanidades del mundo y asegurar mejor la salvación”.

“Era la ex-superiora, ya anciana”, dice sor Concepción, “Tenía una especial predilección por las hermanas de la cocina, siempre que podía iba a ayudarlas. Sobresalía de una manera especial en la mansedumbre (…) Cuando yo profesé me pusieron con ella de ayudante en el oficio de ropera negra y con gran sencillez y humildad hacíamos las cosas”. Ejerció el cargo de maestra de novicias y fue elegida superiora por dos trienios, en 1922-25 y en 1931-34. Siempre destacó por su humildad, hasta tal punto que la misma sor Concepción admite que estando ella de ayudante suya y considerándola anciana y que no sabía hacer bien las cosas, pretendía enseñarle ella cómo debía hacerlo, lo que la Madre asumía sin quejarse, dejándose guiar por la joven.

Junto con la Beata Margarida, fue fundadora del nuevo monasterio en Horta, en Sant Genís dels Agudells, donde sufrirían el martirio. En el momento de ser martirizada, la Beata María de la Asunción tenía 65 años de edad, y llevaba 43 como religiosa.

Beata María de las Mercedes
Nació como Mercè Mestre Trinché el 18 de junio de 1889 en Barcelona, hija del panadero Juan Mestre y de Carmen Trinché. Fue bautizada ese mismo mes como Mercè Joaquina Josepa. A los ocho años de edad perdió a sus padres y tuvo que ingresar como huérfana en la Casa de la Caridad hasta los 26 años de edad. En esos años demostró una conducta devota ejemplar, frecuentando los sacramentos, la confesión y la Eucaristía. A la edad de 27 años ingresó como monja Mínima, una vocación que deseaba desde hacía mucho tiempo y que se había visto obligada a posponer hasta ese mismo momento debido a su orfandad. “Antes de entrar al convento le presentaron a un joven, y ella, poniéndose muy seria, le dijo que no”, cuenta sor Teresita.

Beata María de la Asunción (Dolores Vilaseca Gallego).  Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Beata María de la Asunción (Dolores Vilaseca Gallego). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Fue admitida como religiosa de coro, diciendo de ella el informe del noviciado: “Tiene vocación a la vida religiosa ya desde pequeña, pero de un modo especial desde que pensó en empezar el Noviciado, y que sólo le impulsa a abrazar el estado religioso la mayor gloria de Dios y salvación de su alma”. Por fin, el 5 de octubre de 1920 hizo sus votos solemnes.

“Era muy humilde y trabajadora, dice sor Concepción; mansa y caritativa. Muy amante de pasarse largos ratos junto al Sagrario. Alma de mucha vida interior. Cuando salimos tenía el oficio de tornera”. Y sor Teresita: “Era muy sacrificada y trabajadora, estaba de tornera por estar un poco delicada de salud para que no tuviese que hacer tantos esfuerzos. No obstante el día de la lavada se lo pasaba tendiendo la ropa tanto si hacía frío como calor. Era un alma de mucha vida interior y muy amante de la castidad total. (…) Amaba mucho a la Virgen; rezaba el rosario con gran devoción, siempre recogida y con los ojos cerrados. Parecía un ángel”.

La Beata María de las Mercedes tenía 47 años de edad y llevaba 20 como religiosa cuando sufrió el martirio. Precisamente ella que amaba tanto la castidad, o quizás debido a ser más joven, es una de las dos mártires que probablemente sufrieron violación antes del martirio.

Beata María de Jesús
La única religiosa valenciana del grupo, y también la más joven de todas, nació como Vicenta Jordà Martí en Zorita, Castellón; el 6 de marzo de 1899, hija del labrador Gabriel Jordà y Vicenta Martí. Abrazó la vida religiosa como monja Mínima a los 18 años de edad, profesando en 1921. El día 14 de diciembre de 1924 emitió sus votos solemnes, aunque los tuvo que repetir el 2 de abril de 1935 por defecto formal.

“Sobresalía de una manera especial en el recogimiento; era muy amante del silencio y la oración”, dice sor Concepción, “a su lado toda nos encontrábamos a gusto. En la comunidad tenía fama de santidad. Su oficio era el de ropera blanca. Su refugio era la oración, especialmente ante el Sagrario”. Esto lo corrobora también sor Teresita: “Tenía en la comunidad fama de santidad: siempre estaba en Dios. Alma de oración, muy silenciosa (…) cumplía muy bien con su deber y ayudaba mucho a la profesa de votos temporales que tenía de ayudante y no poseía tantas iniciativas. Tanto era su recogimiento que en los ratos libres, cuando nos dábamos cuenta ya había desaparecido para irse con el Señor. Tenía mucha intimidad con una hermana de la Comunidad, siempre hablaban de Dios”. Esta confidente espiritual de la Beata era la Madre Consuelo del Sagrado Corazón de Jesús, que sobreviviría y años después sería la presidenta de la Federación de Monasterios de Hermanas Mínimas.

Beata María de las Mercedes (Mercè Mestre Trinché).  Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Beata María de las Mercedes (Mercè Mestre Trinché). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Precisamente en los días en que tuvieron que huir del monasterio y refugiarse en una cueva -como veremos más tarde- fue a la Beata María de Jesús la que le asaltó el miedo a ser violada y se lo contó a la Madre Consuelo. “Al encontrarse en la cueva, los primeros días de la guerra, cuenta sor Teresita, la comunicó que tenía un terror terrible, no por el martirio sino por los peligros que su virginidad corporal podía correr. Ésta la fue animando y ayudando. Entonces sor María de Jesús se puso en oración y después de un rato volvió y dijo: “Ya está, ya se lo he dado todo al Señor, que haga de mí lo que quiera, ya me he entregado totalmente a Dios”. Fue martirizada a los 37 años de edad, llevaba 15 de vida religiosa. Aún siendo la más joven, no fue una de las dos que mostraban señales de violación tras la muerte. Parece que se vio libre de su gran temor.

Beata Josefa del Purísimo Corazón de María
Nació como Josepa Panyella Domènech en Sant Andreu de la Barca (Barcelona), el 7 de enero de 1865, hija del labrador Jaume Panyella y de María del Carmen Domènech. Fue bautizada al día siguiente con los nombres de Josepa Rosalia Florentina. A los 21 años solicitó ser admitida como hermana lega o religiosa de obediencia y profesó en noviembre de 1887.

“Su lema era: Sonreír siempre, cuenta sor Concepción, sobresalía en todas las virtudes. Era muy ordenada. Ya ancianita y como por su edad no podía trabajar en la cocina de la enfermería, se ocupaba de recoger las hojas del jardín. Sentía gran afición al canto”. Sor Teresita también la conoció siendo ya anciana: “Era muy alegre. Ya no podía hacer trabajos de la cocina; pero era tal su disponibilidad, que siempre acudía a ver en qué les podía ayudar, y algunas veces pelaba las patatas, limpiaba la verdura… Cuando nosotras íbamos al recreo con la Madre maestra, muchas veces, en la gruta de Lourdes nos encontrábamos con la Hermana Josefa que iba recogiendo las hojas con la carretilla, pala y escoba. Al verla tan ancianita, todas corríamos hacia ella. Nos hablaba en catalán y no la entendíamos; pero con sólo su sonrisa y su sencillez, para nosotras era un gran ejemplo”. Tenía 71 años y llevaba 49 como religiosa cuando fue martirizada.

Beata Trinidad
Nació como Teresa Rius Casas en Sant Martí de Provençals (Barcelona) el 17 de noviembre de 1875, hija del hilador Feliu Rius y de Ana Casas. Fue bautizada el día 21 del mismo mes como Teresa Dolores Martina. Desde muy niña sintió vocación religiosa, como cuenta sor Teresita: “Era muy piadosa, ¡claro, lo poseía de su propia casa! Su madre las enseñaba muy bien; y de pequeña, cuando se sentaba, ponía un asilla vacía y no permitía que nadie se sentara, pues decía que era para la Santísima Virgen. También su madre les infundía a sus hijos una humildad perfecta y ésta la poseía ya cuando entró al Monasterio”. A los 24 años solicitó ser admitida en la comunidad de monjas Mínimas como hermana lega o religiosa de obediencia, pues apenas sabía leer, profesando solemnemente a los 25 y tomando el nombre de Trinidad en honor al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Beata María de Jesús (Vicenta Jordà Martí). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Beata María de Jesús (Vicenta Jordà Martí). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

“Poseía la humildad de corazón, dice sor Concepción, era muy alegre y eucarística, de gran igualdad de carácter. Buscaba todos los ratos libres para dedicarse a la oración y contemplación. En su oficio de enfermera, cuidaba muy bien a las enfermas, con gran caridad”. De su carácter ecuánime también da cuenta sor Teresita: “Cuando yo la conocí era muy humilde, alegre y de gran naturalidad”. Fue martirizada a los 61 años de edad y 31 de vida religiosa.

Beata María de San Enrique
Era sobrina de la Beata Margarida y al igual que ella, nació en Centelles (Barcelona) el 10 de noviembre 1890 en la masía “Can Sardà”, como María Ors Molist, hija del bracero José Ors y de Dolores Molist, matrimonio muy piadoso que la bautizó al día siguiente con los nombres de Maria de Montserrat Teresa Ramona. Se trasladaron pronto a “Can Marcfogueres” y allí se crió ella junto a los siete hermanos que sobrevivieron entre los muchos hijos del matrimonio. A raíz de las numerosas visitas que ella realizaba al monasterio de las Mínimas para ir a ver a su tía, sintió la vocación religiosa. Sus hermanos la recuerdan llena de piedad y también cómo su padre se alegró al conocer esta vocación, la animó a cumplirla y consoló a la madre, dolorida por la separación de esta hija, que vistió el hábito el 3 de octubre de 1915, con 24 años de edad. Hizo los votos solemnes con 26, el 8 de octubre de 1919.

“Admiraba a las monjas su sed de sacrificios”, cuenta sor Concepción, “Estando de cocinera, cuando alguna no se encontraba bien, parece adivinaba lo que necesitaba, para que se sintiese bien y aliviada. Vivía loca de amor por Jesús. Era muy amante de la Pasión. (…) Yo leía la Pasión de Jesús y la Soledad de María y así que invocábamos el Espíritu Santo e iba leyendo, le empezaban a caer las lágrimas. El Señor le dio este don y su deseo era pasar desapercibida durante la oración”. Y sor Teresita dice: “En los recreos era muy alegre y entusiasta, a la vez que vivía en continua unión con el Señor. Tenía la responsabilidad de la cocina de Comunidad, las otras hermanas la ayudaban a pelar patatas, limpiar verduras… pues unas eran ancianas y otras delicadas de salud”.

En el convento, se la llamaba cariñosamente “hermana Enriqueta”. Junto con la Beata María de las Mercedes, es una de las dos mártires que parece que fueron violadas antes de su martirio -ella, a los 46 años de edad y 17 como religiosa- a juzgar por las lesiones halladas en sus cuerpos.

Beata Josefa del Purísimo Corazón de María (Josepa Panyella Domènech).  Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Beata Josefa del Purísimo Corazón de María (Josepa Panyella Domènech). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Beata Filomena de San Francisco de Paula
Nacida como Ana Ballesta i Gelmà el 28 de septiembre de 1895 en Barcelona, hija del jornalero Francisco Ballesta y de Carmen Gelmà. Fue bautizada el 1 de octubre del mismo año, siendo llamada Ana Rosa Teresa. Al igual que la Beata María de las Mercedes, estuvo asilada en la Casa de la Misericordia hasta el año 1916, observando una conducta ejemplar y frecuentando los sacramentos. A los 18 años solicitó entrar en el convento de Mínimas como hermana lega o religiosa de obediencia, profesando el 14 de noviembre de 1916, y en noviembre de 1920 emitía los votos solemnes.

Al igual que la hermana Enriqueta, desempeñaba el oficio de cocinera. “Era muy observante de la Santa Regla, trabajadora y muy caritativa, humilde y penitente”, dice sor Concepción, “En la cocina preparaba la comida con gran esmero, pues decía: “Si están bien alimentadas, tendrán más fuerza para servir al Señor”. Y sor Teresita: “Muy caritativa, trabajadora, siempre se la veía haciendo algo”. Sufrió el martirio a los 41 años de edad y 19 de vida religiosa.

“Ahora que reflexiono, siendo mayor, concluye sor Teresita, todas tenían una virtud especial, vida eucarística y mariana”.

Beata Lucrecia García Solanas
Esta mujer laica, hermana de la Beata María de Montserrat, fue martirizada con ellas. Había nacido en Aniñón (Zaragoza) el 13 de agosto de 1866. Era viuda de José Gaudí Negre, con quien se había casado el 9 de octubre de 1910, y con el que convivió 16 años, enviudando en 1926. A partir de ese momento no quiso separarse de su hermana, y como no podía ser admitida como religiosa por ser viuda; vivió como demandadera junto al monasterio, viviendo humildemente al servicio de la Comunidad de monjas, dispuesta a correr siempre con todos los mandados, es decir, permanecía junto a la portería y se dedicaba a hacer los recados de las religiosas.

Acostumbraba a rezar junto a la Comunidad, siendo una mujer de gran piedad, oración y vida sacramental. No se sabe si tuvo hijos, es probable que fuese la madre de un sobrino de la Beata María de Montserrat que era médico y que solía agasajar a las religiosas con numerosos obsequios, pero no se puede afirmar con rotundidad.

Beata Trinidad (Teresa Rius Casas). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Beata Trinidad (Teresa Rius Casas). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Al verse la Comunidad amenazada, perseguida y expulsada del convento, doña Lucrecia tuvo la oportunidad de situarse en Barcelona y librarse fácilmente de la muerte, al no ser monja. Pero no quiso abandonar a su hermana y eso hizo que fuese martirizada con ella y con las demás, a los 70 años de edad.

Expulsadas y refugiadas
El calvario de las diez mártires -9 religiosas y una laica- comenzó el 19 de julio de 1936, recién estallada la guerra. Como decíamos, en ese momento había 25 religiosas en el convento: 17 monjas de votos solemnes -doce madres y cinco legas-, una monja de votos temporales, cuatro novicias y tres postulantes. Una floreciente comunidad que se iba a ver diezmada.

A las nueve de la mañana se presentaron en el torno una buena amiga de Horta, la señora de Mercader, y su hija Assumpta, para advertir a las religiosas que estaban corriendo un gran peligro, pues en Barcelona las iglesias y casas religiosas estaban ya en llamas. A pesar de que esta mujer les impelía a abandonar inmediatamente el monasterio, la madre Natividad de María, superiora en aquel momento, se oponía por no querer romper la clausura. Quiso enviar a Esteban, el portero del monasterio, a Horta para que preguntase al Rector qué hacer, pero éste se negó, pues estaba ya todo ardiendo, incluida la iglesia y la casa parroquial. Llena de angustia, a la madre Natividad no le quedó más remedio que ordenar el desalojo del monasterio: todas se despojaron de los hábitos y tomaron ropas de seglar que, preventivamente, había preparado cada una en su celda; consumieron todas las Hostias restantes en el Sagrario para evitar su profanación y abandonaron el monasterio en busca de un refugio seguro; atrancando la puerta de la iglesia con una barra de hierro y cerrando la puerta del monasterio por dentro con llave.

Cuatro religiosas se marcharon con la señora de Mercader y su hija; y el resto se refugiaron en dos casas-torre vecinas que tenían al lado del monasterio -la Torre Martín o “Torre de las Señoritas”, apodo que recibía por sus propietarias, y la Torre Arnau, administrada por David Furné, portero y hortelano que vivía allí con su esposa e hijo dentro de una casita en la propiedad- siguiendo un plan elaborado por Esteban, el portero del monasterio. En la finca de la Torre Arnau había una cueva que también se habilitó para servir de refugio a las monjas. Por desgracia, al día siguiente, 20 de julio, mientras se trasladaba de la Torre Arnau a la cueva, la madre Natividad sufrió una caída y se rompió la muñeca, siendo ayudada por David Furné a vendarse e inmovilizarse la articulación rota. Esto no impidió a la superiora el organizar la distribución de sus hijas para esconderlas, de dos en dos, en casas de parientes o amigos, siendo el portero, Esteban, el que las acompañaba a sus nuevos refugios.

Beata María de San Enrique (María Ors Molist). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Beata María de San Enrique (María Ors Molist). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Los acontecimientos revelaron que toda precaución había sido poca, pues ese mismo día -lunes- intentaron asaltar el monasterio y, al estar bien cerrado, no lo consiguieron, aunque usaron palancas para tratar de romper la puerta. Los milicianos acudieron a la Torre Arnau entonces, pero el portero los engañó diciendo que allí no habían monjas, sino dos señoras, su anciano padre y una tía ya mayor, que no era otra que la misma madre Natividad, a la que habían disfrazado poniéndole un kimono de japonesa. Viendo el panorama y después de un corto registro, los milicianos se marcharon, sin saber que el resto de las monjas estaban escondidas en el desván. Pero como la muñeca rota le dolía cada vez más, la madre Natividad se vio obligada a refugiarse en una casa amiga de Horta, acompañada de la secretaria de la comunidad, sor Consuelo de Jerusalén, quien se llevó consigo los documentos de valor del monasterio: títulos de propiedades y valores. El resto de las religiosas se quedaron en la cueva de la Torre Arnau, sentadas en tablones de madera.

El día 21, martes, por fin, los milicianos lograron volar las puertas de la iglesia y del convento, usando dinamita. La iglesia fue incendiada y lo que en ella había, así como en el convento, fue saqueado. Pero ellos, que buscaban tesoros ocultos, sólo hallaron los sepulcros de dos monjas que habían fallecido hacía poco, los cuales fueron profanados, siendo los ataúdes abiertos, plantados de pie y expuestos al sol. Incluso a una de las monjas muertas le pusieron un paraguas a modo de sombrilla, supongo que para burlarse y matar el aburrimiento, como consta en un par de fotos que, por razones obvias, he preferido no compartir aquí.

El miércoles 22 el pánico aumenta en la comunidad y algunas religiosas que habían marchado a refugiarse regresan a la Torre Arnau, para evitar poner en peligro a sus anfitriones. Sin embargo, al finalizar el día, quienes quedaban allí eran diez religiosas y doña Lucrecia, negándose a dejar a su hermana -la madre María de Montserrat- aunque le ofrecieron ir a casa de unos parientes en Barcelona. También estaba con ellas sor Carmen de San Francisco, monja de votos temporales que esperaba ser recogida en breve por alguien de su familia que vivía cerca de allí.

Beata Filomena de San Francisco de Paula Nacida (Ana Ballesta i Gelmà). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

Beata Filomena de San Francisco de Paula
Nacida (Ana Ballesta i Gelmà). Pintura de sor Natividad Dávoli basándose en la fotografía de la mártir.

En este momento, y después de los terrores y angustias sufridos; todas las religiosas se sentían más tranquilas, viéndose seguras tras el paso de tantos días con su refugio intacto. Pero era la calma que precedía a la tempestad: fueron delatadas por el mismo Esteban, por su portero, quien había sido interrogado por el comité de Horta, donde tenía un cuñado. ¿Por qué lo hizo? Es de imaginar que estuvo sometido a una gran presión en el interrogatorio y que finalmente cedió porque los milicianos le aseguraron que no iban a matarlas, sino a recolocarlas en un hospital para que cuidaran heridos. Cosa que era mentira.

Detención
El día 23 de julio, a las tres y media de la tarde, los milicianos, armados con pistolas, armas largas y puñales, asaltaron la Torre Arnau, sabedores ya de que tenían que buscar a diez monjas. En el salón del comedor encontraron a nueve mujeres, reunidas y rezando el rosario. No hacía falta ser un genio para identificar en ellas a las religiosas que andaban buscando, así que preguntaron quién de todas era la superiora. Entonces, sor María de Montserrat se adelantó y dijo: “La superiora soy yo. ¿Qué queréis?”. Ya sabemos que, estrictamente, en aquel momento no era superiora, pero habiéndolo sido anteriormente, parece que quiso hacerse responsable por ver si con eso podía salvar a las demás, como veremos. Ellos respondieron: “Queremos a la superiora, para que nos dé el capital del monasterio”. La madre Montserrat respondió decidida: “Pues yo lo soy, pero capital no tengo ninguno. A éstas, dejadlas en paz. Si tienen que hacernos algo malo, háganmelo a mí, porque soy la responsable, pero a ellas no. Si quieren me matan a mí, pero ellas son inocentes”. A pesar de su generosa entrega, no pudo salvar las vidas de las demás: todas iban a acompañarla en su suplicio.

Debió ser ella misma la que se adelantó a aclarar que doña Lucrecia, su hermana, que estaba con ellas, no era monja, intentando de nuevo salvarla (y de nuevo sin conseguirlo, ya que los milicianos desdeñaron sus argumentos, diciendo a Lucrecia: “Va, va, que tú eres monja como las demás”). Es decir, que estaban dispuestos a matar a una más, aunque no fuese monja, pero eso no les satisfacía, pues habían venido a por diez monjas, y diez monjas se iban a llevar. Por ello, registraron la casa entera, buscando a la religiosa que les faltaba, que no era otra que sor María de Jesús, la misma religiosa que, días antes, había confesado a sor Consuelo su terror, no al martirio, sino a ser violada; y que había logrado recobrar la calma tras sumirse en la oración. Pues bien, ella era la que faltaba, pues estaba en un lugar aparte, sola, rezando en la cueva del sótano, lugar estrecho; y que se entregó mansamente a los que venían a por ella.

Una vez las tuvieron a todas, aquellos milicianos -todos muchachos jóvenes, unos cinco, nada más- empezaron a hacer burla de ellas, a empujones y entre insultos, blasfemias y sarcásticas risas, las sacaron afuera y, colgándoles los rosarios al cuello, las obligaron a ponerse en fila: “¡Que nadie se mueva! Venga, ahora, todas en fila, como cuando vais a recibir la Hostia” y se reían a carcajadas, encontrando muy gracioso todo esto. David Furné, el portero de la Torre, fue detenido con ellas, por haberlas refugiado, y así los llevaron andando hasta el Camí de les Oliveres de Martí-Codolar, a unos 200 metros, donde tenían aparcados un camión y un turismo.

Beata Lucrecia García Solanas, laica, martirizada con las religiosas Mínimas.

Beata Lucrecia García Solanas, laica, martirizada con las religiosas Mínimas.

En aquel momento, la mencionada religiosa de votos temporales, sor Carmen de San Francisco – en el siglo, Teresa Gómez Capella- fue salvada in extremis por su propio hermano, Salvador, que apareció vestido y armado como un miliciano más. “Vengo a buscar a mi hermana”, dijo, con gran flema, sin temblar ante los que bien podían coserlo a tiros. “¿Cómo? ¿Tú, una hermana monja? ¡Traidor!” le espetaron, pero entonces él sacó su carnet, demostrando que era un viejo militante anarquista, y esgrimió los méritos que recientemente había contraído, participando en el asalto y ocupación de edificio Telefónica de Plaça Catalunya en Barcelona, el 19 de julio. Entonces, viendo que no convenía desafiar a un camarada, le dijeron: “¡Llévatela y márchate deprisa!”, y, tomando a su hermana, Salvador se la llevó. Así salvó su vida, y mucho tiempo después, Teresa -ya no más sor Carmen, pues acabada la guerra, tuvo que cuidar a su madre enferma y ya no pudo regresar al convento- seguía rompiendo a llorar mientras recordaba esta escena, diciendo: “Lástima que llegó mi hermano Salvador a salvarme, pues de lo contrario, hubiera podido ofrecer al Señor el derramamiento de mi sangre, con las nueve hermanas mártires”.

Teniendo en cuenta el horroroso martirio sufrido por las mártires, que empezó en aquel mismo instante y que se iba a prolongar varias horas hasta el momento de su ejecución, podemos decir que Teresa fue muy afortunada de sobrevivir, verse libre de aquel horror y traer hasta nosotros el testimonio de aquel momento.

Martirio
Como decía, en aquel momento comenzó el brutal suplicio de las mártires, pues fueron lanzadas al camión como si fueran sacos de patatas, tirándolas a lo alto y cayendo en el camión amontonadas, de cualquier manera, sin el menor respeto por la ancianidad de muchas de ellas. Así lo asegura la esposa de David Furné, que lo supo por su marido: “Tiraron encima o dentro del camión a las pobres monjas, como si fueran bultos, con tal violencia que les rompían los huesos…” De esta guisa, el camión arrancó y tomó dirección hacia Sant Andreu. David Furné fue obligado a subir, a punta de fusil, al otro coche y, tras una discusión y debate entre ellos, se acercaron a él y le dijeron en catalán: “Te vamos a soltar, vete para casa y no salgas, de lo contrario te levantaremos la cabeza”. Así, también él salvó su vida, convirtiéndose en un importante testigo. Aún entonces, tuvo el valor de preguntar qué iban a hacer con las monjas. A él también le mintieron, diciéndole que se las llevaban al hospital para que cuidasen de enfermos y heridos. En realidad, se las llevaban para matarlas.

Vista del monasterio de las Madres Mínimas de Barcelona, reconstruido tras la guerra.

Vista del monasterio de las Madres Mínimas de Barcelona, reconstruido tras la guerra.

El camión que llevaba a las mártires, malheridas y magulladas, con varios huesos rotos, se dirigió hasta un lugar conocido como la Bòbila de Can Boada, un horno de ladrillos. Allí fue el lugar definitivo de su martirio, como se sabe por algunos testigos que oyeron unas detonaciones a eso de las siete de la tarde. Por desgracia para ellas, no fue una muerte rápida: se sabe que no acabaron de matarlas hasta las dos de la madrugada. Fueron torturadas durante horas, en medio de todo tipo de vejaciones y humillaciones. Por el estado en que quedaron sus cuerpos, con las lesiones fielmente documentadas por el forense que las examinó, la mayoría de ellas presentaban heridas de arma de fuego en cráneo, tórax, abdomen y hasta miembros inferiores; y no sólo eso, sino además, en todas estas zonas, heridas producidas por objetos cortantes, es decir, cuchillos. Sor María de Jesús tenía media cara hundida, por contusión, seguramente resultado de una violenta paliza, y, como hemos dicho, sor María de las Mercedes y la hermana Enriqueta presentaban estas lesiones en los miembros inferiores, signo de una posible violación. Tras rematarlas por fusilamiento, los cadáveres fueron abandonados en un montón, con las ropas destrozadas.

Irónicamente, el primer elogio hacia las mártires provino de sus propios verdugos, que, volviendo hacia una lechería-bar llamado “La Rabassada”, comentaban a todo aquel que quisiera oírlos: “¡Vaya unas monjas valientes, ésas que han caído hoy!” Sin embargo, su admiración no llegó a tanto como para proveerles una digna sepultura a sus víctimas: los cuerpos de las mártires quedaron allí, amontonados, y como nadie se atrevió a recogerlos, ni jueves, ni viernes, y estando expuestos al sol, los cuerpos empezaron a pudrirse. Finalmente, alertado por el mal olor, un dentista que conocía el monasterio informó de esto a Sanidad y el día 25 acudió la Cruz Roja para llevar los cadáveres al Hospital Clínico. Allí el forense las reconoció, les tomó fotografía a cada uno de los cadáveres y documentó las lesiones descritas, salvo en el caso de Lucrecia; las pudo identificar ayudándose de las iniciales que tenían bordadas en sus ropas y en algunos objetos religiosos que portaban con ellas. Aunque dispongo de estas fotos, nuevamente he decidido no compartirlas, pues son una visión horrible. Una joven que acudió a reclamar el cuerpo de su tío sacerdote quedó horrorizada al presenciar el espectáculo del “montón de mujeres con ropas negras u oscuras, parecían monjas…” en descomposición, con grandes gusanos corriéndoles por el cuerpo. Antes de la desaparición de los cuerpos, un hermano de sor Enriqueta y un sobrino de la madre Margarida pudieron reconocerlas e identificarlas a todas.

Aunque la comunidad de Mínimas cree que los cuerpos de sus mártires fueron enterrados en la fosa común del hospital, lo cierto es que todos los cadáveres que no fueron reconocidos los quemaron, intentando acabar con la podredumbre y para evitar epidemias. En cuanto a las mártires, nadie pudo ir a reclamarlas, por miedo y temor a ser detenidos, como en efecto le ocurrió a la muchacha que había ido a buscar el cuerpo de su tío y se las vio y deseó para ser liberada. Así pues, los restos de las mártires Mínimas y de la laica que las acompañó en su horroroso martirio se han perdido; quedando tan sólo los testimonios de los supervivientes y las pavorosas fotos de sus cadáveres como única prueba de que una vez existieron.

Collage con los retratos de las mártires, representadas como "nueve rosas de sangre".

Collage con los retratos de las mártires, representadas como “nueve rosas de sangre”.

Memoria y beatificación
Aunque se hiciese desaparecer sus restos, era imposible borrar la memoria de aquellas nueve religiosas y laica que habían sido tan salvajemente martirizadas: primero, por ser tantas en número, segundo, por haber sido masacradas todas juntas, tercero, por la cantidad de supervivientes que las vieron, conocieron y trataron, y finalmente por el informe forense del Clínico.

La madre Natividad, que, recordemos, había tenido que refugiarse por una muñeca rota, tuvo que ser atendida en una clínica, donde también la operaron de una grave enfermedad del hígado. Aunque el dr. Ribas, responsable de la clínica, se cuidó mucho de desvelar la identidad de la monja con tal de protegerla, el espionaje dio con ella y allí la encontraron unos milicianos, para reclamarle los tesoros del monasterio. No tenía tales tesoros. Es más, aún tuvo valor de plantarles cara y espetarles: “¡Sí! Soy la superiora del monasterio de monjas Mínimas, ¡y vosotros me habéis asesinado a nueve de mis hijas!”. “Nosotros no, se excusaron, habrán sido unos incontrolados”, y se marcharon de momento, dejándola tranquila. Pero temiendo que volvieran a por ella, la trasladaron, poniéndola en un refugio seguro en Centelles, en el hogar de dos de las mártires -la madre Margarida y la hermana Enriqueta-, y así también ella se salvó.

En cuanto a David Furné, no había olvidado: temiendo todavía por las monjas que quedaban, y a pesar de las amenazas que había recibido, arriesgando su vida abandonó la Torre Arnau para cambiar de domicilio a una de las monjas, sor Consuelo, por consejo de Esteban, el delator. El mismo David supo que dos de los asesinos de las mártires murieron en el año 1950, uno en un accidente de coche, el otro ahorcado.

La comunidad superviviente de Mínimas pudo regresar al monasterio del 30 de marzo de 1939, encontrándose un monasterio en ruinas e inhabitable, por lo que tuvieron que vivir en una torre cercana, no sin muchas penurias, hasta que pudieron recuperar el tiempo perdido. De las 16 que eludieron la masacre en Can Boada, sólo regresaron 12, pues una murió víctima de un bombardeo de la aviación franquista sobre Barcelona y otras dos huyeron a Francia, no volviendo a entrar en religión.

Nunca se tuvo la menor duda de que las mártires habían sido asesinadas in odium fidei, y dado lo terrible y la cantidad de información disponible sobre su espantosa muerte, en ningún momento se dudó de que las torturas, vejaciones y asesinatos cometidos en sus personas eran auténtico martirio, por lo que pronto de inició su causa de beatificación. Como decía al principio, estas nueve heroínas han sido beatificadas el pasado 13 de octubre de 2013 en Tarragona.

“Declaro que por el conocimiento de las religiosas y las características de aquellos momentos, de verdadera persecución religiosa (que también padecimos en nuestra casa) creo firmemente que su muerte fue causada por odio a la Fe; igualmente creo firmemente, dado el espíritu religioso de las Siervas de Dios, que aceptaron la muerte por amor a la Fe y a su espíritu”. (Declaración de Assumpta Mercader, testigo del proceso).

Meldelen

Bibliografía:
“Hermanas Mártires Mínimas de Barcelona”, editado por Noticias Cristianas, Barcelona 2001.
– RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ, Gregorio, “El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas durante la Guerra Civil Española (1936-1939)”. Ed. Edibesa, Madrid 2006.
– SOSPEDRA BUYÉ, Antonio, “Las nueve rosas de sangre del monasterio de monjas Mínimas de Barcelona”, Ed. Contemplativas Mínimas, Barcelona 1989.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Los Santos que navegaron sobre su manto (II)

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Grabado contemporáneo de San Raimundo de Peñafort cruzando el mar sobre su manto.

Grabado contemporáneo de San Raimundo de Peñafort cruzando el mar sobre su manto.

San Raimundo de Peñafort (1175–1275)
Martirologio Romano, 7 de enero: San Raimundo de Peñafort, sacerdote de la Orden de Predicadores: insigne conocedor del derecho canónico, escribió recta y fructuosamente sobre el sacramento de la penitencia y, elegido maestro general, preparó una nueva redacción de las Constituciones de la Orden; en vejez avanzada, en Barcelona, España, se durmió piadosamente en el Señor.

En su biografía se relata el milagro de la travesía sobre su manto. Raimundo, celoso predicador, trabajó por la supresión de las herejías en España y en Cataluña, con la asistencia de Jaime I, que a menudo recurrió a su ministerio y a su consejo. Un día, quiso que el Santo lo acompañara a la isla de Mallorca, donde los judíos, expulsados ​​de la península, estaban refugiados. Tratándose de la salvación de las almas, Raimundo no supo decir que no, pero tan pronto como se dio cuenta de la treta del rey, con audacia, propuso dar la vuelta, decidiendo retornar a Barcelona, pensando tener cierta complicidad por su estancia en la corte. Pero Jaime I había prohibido a todas las naves que lo llevaran a bordo, por lo que él puso su manto en el mar, subió, y en seis horas realizó las ciento sesenta millas que lo separaban de su convento, en el que entró, cerrando las puertas.

Beato Conrado Confalonieri de Noto (1290-1351)
Martirologio Romano, 19 de febrero: En Noto de Sicilia, el beato Conrado Confalonieri de Piacenza, eremita de la Tercera Orden de San Francisco que, dejando de lado las diversiones mundanas, practicó durante cerca de cuarenta años un estricto modo de vida, con oración continua y asidua penitencia.

En un manuscrito maltés de finales del siglo XVII, un sacerdote jesuita aportó una bella y estimulante información hagiográfica; esta también fue narrada en el año 1657 en las “Animadversione in Vitam Divi Conradi”, texto incluido en el libro de Gaetani, que fue publicado en Palermo, en su “Vitae Sanctorum Siculorum”.

Aparte de narrar la permanencia en Malta de San Conrado, narra también cómo el Santo, después de haber tenido algunas discusiones con los toscos habitantes de Casal Mosta en Malta, dejó aquel lugar. San Conrado se alejó de Malta viajando por el mar sobre su capa de peregrino y penitente y así llegó a Sicilia.

Pintura contemporánea de San Miro, eremita de Canzo, navegando sobre su manto en el lago.

Pintura contemporánea de San Miro, eremita de Canzo, navegando sobre su manto en el lago.

San Miro de Canzo (1306 ca. –1381)
San Miro nació en Canzo en el 1253 (algunos dicen que en el 1306 o 1336?) siendo, Erasmo Paredi y Drusilla (o Drusina), los padres piadosos que tuvieron el don de un hijo en su vejez, al que llamaron “Miro”, tal vez para expresar la maravilla de aquel gran regalo. San Miro primero quedó huérfano de madre y luego de padre, distribuyendo todo lo que poseía entre los pobres y comenzando a llevar una vida eremítica bajo la dirección de un maestro, primero en Canzo y luego en Sorico, en la diócesis y provincia de Como, en la Rivera del Lario. Algunos eruditos creen que perteneció a la Tercera Orden Franciscana, pero otros niegan esta pertenencia.

San Miro, con treinta y dos años, después de la muerte de su maestro y guiado el mismo por un sueño, inició un largo peregrinaje por todos los lugares santos, retornando después a su lugar de origen, donde se retiró como ermitaño en el lugar donde hoy se asienta el eremo a él dedicado, en el valle del torrente Ravella. Allí vivió en continuo ayuno y oración. Para consolarlo y sostenerlo en su vocación, se le apareció la Madre de Dios. Su lecho era la desnuda tierra, comía los frutos que daba el bosque y bebía en una fuente que surgió de las rocas gracias a sus oraciones.

Se dice que antes de partir a Canzo Sorico, donde murió, tuvo un discurso de despedida a sus compatriotas; así es como nos contó Tam: “Esto es lo que vuestro Miro empezó aquí hace años, peregrinó a los lugares santos, y al retorno no fue reconocido por vosotros. Ahora, ya que debe abandonaros para siempre, pido al Señor que, en reconocimiento de lo bueno que hemos hecho a los pobres, traiga un poco de gracia. Decid qué gracia queréis”. Sin embargo dice Tam que oyó la voz de una niña que gritaba entre la multitud “¡Agua, agua! .. Y el agua se obtendrá, dijo Miro”. Este episodio hizo que se eligiera a San Miro como santo a quien invocar para obtener el agua o como protector en relación con los desastres producidos por el agua. Incluso hoy en día Cazzago Brabbia (VA) lo invocan contra la sequía.

Así que San Miro, viendo que le venía la muerte, desde Canzo marchó a Onno y posteriormente, a Mandello cruzando el lago y usando su capa como barca. Finalmente llegó a Sorico donde murió, con cuarenta y cinco años en el 1308 (o 1381?) – el 11 de mayo, según algunos – siendo enterrado en la iglesia de San Miguel (ahora llamada San Miro), situada en una colina cercana.

La primera “Vita” en italiano parece ser la traducción de un texto latino anterior que se ha perdido. En el santuario de San Miro al Monte – en Canzo – la vida del santo ermitaño está completamente ilustrada en los frescos que lo decoran. El santo es a menudo representado con un traje gris como un ermitaño o peregrino.

El 10 de septiembre del 1452 se hizo el reconocimiento de las reliquias, posteriormente realizado también en el 1837 y en el 1932. La fiesta liturgica se celebraba o ahora se celebra, el segundo viernes de mayo, mientras que el padre Tatti, de la Congregación de los Padres Somascos, en su “Martyrologium Novocomiensis” lo colocó el 10 de mayo; es recordado también el 21 de mayo, probable fecha de uno de los reconocimientos.

Junto a Sorico (santuario de San Miro) está la parrocchia de Canzo donde se guardan sus santas reliquias. San Miro, a pesar de que históricamente existió y aunque tiene un culto secular, no está inscrito en el Martirologio Romano: ¿es un olvido?

San Francisco de Paula, acompañado de dos discípulos, navega sobre su manto hacia Milazzo.

San Francisco de Paula, acompañado de dos discípulos, navega sobre su manto hacia Milazzo.

San Francisco de Paula (1416 – 1507)
Martirologio Romano, 2 de abril: San Francisco de Paula, eremita: fundó en Calabria la Orden de los Minimos, ordenando a sus discípulos vivir de las limosnas, sin poseer nada como propio y sin tocar el dinero, comiendo siempre como se come en Cuaresma. Llamado a Francia por el rey Luís XI, le llegó la hora de su muerte, muriendo en Plessy, cerca de Tours, célebre por su austeridad de vida.

Muchos son los milagros atriuidos al santo de Paula, pero el más conocido es el atravesar el mar que separa Calabria de Sicilia, usando su manto como barca y su bastón como vela. Este hecho es narrado por diversos escritores. San Francisco de encontraba en Catona (RC) junto con sus compañeros, con la intención de llegar a Sicilia. Pidió al propietario de una embarcación, que estaba para hacerse a la mar hacia Mesina, que lo ayudara pero como respuesta recibió que sin dinero, no se embarcaba nadie. Francisco, ante el estupor de todos, se quitó el manto, lo extendió sobre el mar y sobre él, navegó hasta Sicilia. En ese momento, el chico de la nave, aun más asombrado, embarcó a todos los compañeros de Francisco, siguiéndolo inútilmente. Francisco llegó el primero a las cercanías de Messina, aunque según otras fuentes, se dice que desembarcó en Milazzo.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II apendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Cantù Ignazio – Guida pei monti della Brianza e per le terre circonvicine (1837)
* Grenci Damiano Marco – Archivo iconográfico y hagiográfico privado: 1977 – 2013
* Grenci Damiano Marco – Quaderno 138, I Santi di Canzo – Ed. D. M. G., 2012
* Malvicini Fulvio A. in www.templarisanbernardo.org
* Pettinei Guido, I Santi canonizzati del giorno, vol. 1, ed. Segno, Udine, 1991
* “Santi, santità e santini di Calabria”, Cosenza, Progetto 2000, 2011
* sito web eremosantalberto.it
* sito web madonnadellaconsolazione.com
* sito web treccani.it
* sito web web.tiscali.it/gesualdodareggiocal/
* Tam Giovanni – Santi e Beati in Valtellina. Biografías populares. Memorias históricas. Tradiciones – Scuola Tip. Casa Divina Provvidenza, Como 1923
* Tradigo Alfredo – Iconos y santos de Oriente – Electa 2004

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