Misa Crismal

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Procesión de entrada en la misa crismal. Catedral de Santiago de Compostela, España.

Procesión de entrada en la misa crismal. Catedral de Santiago de Compostela, España.

En uno de estos días que preceden al Triduo Pascual, se celebra en todas las catedrales del mundo una misa muy especial, única en el año, extraña para algunos, llena de significado para otros. Es la llamada “misa crismal”, que aunque debería celebrarse en la mañana del Jueves Santo, suele adelantarse a los días anteriores a ella, a fin de facilitar la mayor participación de los presbíteros diocesanos. En ella destacan dos momentos muy importantes que no se repiten en otra misa del año: la renovación de las promesas de los sacerdotes diocesanos, y la bendición, por parte del obispo que preside, de los santos óleos que hasta la siguiente misa crismal servirán para la administración de los sacramentos en todo el territorio diocesano.

Unidos al obispo
En esta misa cobra especial importancia la participación de toda la diócesis: sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos. Es en ella donde se pone de manifiesto la unión de todos los bautizados entre sí y con el obispo diocesano: una misma familia diocesana, una sola iglesia particular que se reúne junto a su obispo, quien es a la vez pastor supremo y siervo de todos. Los sacerdotes diocesanos o pertenecientes a institutos de vida consagrada tienen aquí especial importancia pues, tras la homilía, renuevan sus promesas sacerdotales.

En el caso de los párrocos o superiores religiosos, además recogen los óleos bendecidos al final de la misa, los cuales les van a servir para la administración de los sacramentos en sus respectivos destinos pastorales (parroquias, casas religiosas, etc,…).

Misa crismal en Santander (España) en el año 2009.

Misa crismal en Santander (España) en el año 2009.

También los diáconos, como ministros diocesanos, miembros de la jerarquía y servidores del obispo, tienen un papel destacado en la celebración, sobre todo en la procesión con los santos óleos y su bendición. Ellos, junto a los presbíteros y el obispo ponen de manifiesto la plenitud y unidad del Orden sacerdotal que en esta celebración cobra especial significación, pues todos ellos renuevan y profundizan la conciencia de ser ministro de Jesucristo, en virtud de la consagración sacramental y de la configuración con Él, Cabeza y Pastor de la Iglesia [1].

Y por último, el pueblo fiel es también protagonista, pues es testigo de lo que allí ocurre, ora por el obispo y demás ministros diocesanos y participa de la celebración gracias a su sacerdocio bautismal. Así, todos, ministros ordenados y laicos, participan, cada uno a la manera a la que ha sido llamado (Hebreos, 5, 4), del único sacerdocio real de Cristo.

Los santos óleos
Si la renovación de las promesas de los sacerdotes es un momento especial, la bendición de los santos óleos tiene una gran significación (en realidad se consagra el crisma y se bendicen los otros dos). Ahí se pone especial énfasis en la gran fuerza de los sacramentos como instrumentos de santificación de todo el Pueblo de Dios. En efecto, los santos óleos usados en algunos de los sacramentos, son aquí bendecidos/consagrado y puestos en las manos de los sacerdotes, para la administración de los mismos durante el año en toda la diócesis.

Vasijas de los santos óleos. Catedral de Compostela, España.

Vasijas de los santos óleos. Catedral de Compostela, España.

Son tres: el santo crisma (se llama así porque es el único que se consagra, es decir, se “hace santo”), el óleo de los catecúmenos y el de los enfermos. El primero es una mezcla muy pura de aceite de oliva y perfume, y los otros dos son sólo aceite (se permite en casos especiales el uso de aceite de otras plantas si no hay de oliva). Cada uno se emplea en momentos sacramentales distintos. Así, el crisma se emplea en el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal (excepto en la ordenación de diáconos, pues aunque reciben el sacramento no tienen funciones sacerdotales [2]) y, con menos frecuencia, en la consagración de altares e iglesias. El óleo de los catecúmenos es usado en el sacramento del bautismo. Y, por último, como su propio nombre indica, el óleo de los enfermos se utiliza en la Unción.

El empleo del óleo-aceite en los sacramentos nace de la misma Sagrada Escritura. Era muy habitual el uso de aceites en el día a día del pueblo judío, como en la curación de enfermos (Is., 1, 6; Lc., 10, 34), en estética (Ez., 16, 9; Am., 6, 6), en ofrendas (Ex., 29, 2; Lev., 2, 1 ss), en la iluminación de las casas (Mt 25 1ss) y lugares de culto (Ex., 27, 20 y 35, 1ss), en la preparación de un cadáver para la sepultura o para recibir a los invitados (Lc., 7, 46). Como su precio era elevado, era muy estimado y reservado para lo mejor, incluyendo la unción de cosas santas, o personajes notables como reyes, profetas y sacerdotes. Esto último podemos verlo en la unción mandada por Dios para consagrar a los sacerdotes, sucesores de Aaron (Ex 29), en la unción del rey Sául (1 Sam 10, 1), del rey David (1 Sam 16, 13; 1 Cro 11, 3; Sal., 89,21) y de Salomón (1 Cro., 29, 32). Encontramos asimismo numerosos textos de unción de otros reyes de Israel o Judá a lo largo de la Sagrada Escritura.

Estuche que guarda los oleos en una parroquia.

Estuche que guarda los oleos en una parroquia.

También, como hemos dicho, se ungían los utensilios que iban a ser destinados a una función santa, de culto, como altares (el de Jacob en Gn., 18, 28), u otras cosas santas (como la tienda del encuentro o demás enseres santos en Ex 40, 8ss). Igualmente podemos encontrar textos que nos hablan sobre el uso del aceite como signo de purificación o sanación en enfermos (Lev 14; Mc 6, 13). Pero el texto más importante, sobre el que se fundamenta el sacramento de la Unción de enfermos está en la carta de Santiago: “¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometidos pecados, le serán perdonados” (St 5,14-15).

¿Y por qué en la actualidad el aceite es considerado algo santo, algo usado en la santificación de personas o cosas? ¿No es algo, como hemos visto, más propio del Antiguo Testamento? Todo ello participa y bebe del Cristo, que, no lo olvidemos, significa en griego “el Ungido”. Jesús es el Ungido de Dios, es el rey, profeta y sacerdote, condiciones que heredamos en el bautismo por nuestra incorporación a Él y porque el Espíritu actúa en nosotros de llevándonos a una vida nueva [3]. No puede, por tanto, obviarse el uso de aceite en la liturgia.

Jesús es Cristo, “ungido”, porque el Espíritu es su Unción y todo lo que sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud (Cf. Jn 3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado (Jn 7, 39), puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: Él les comunica su Gloria (Cf. Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que lo glorifica (Cf. Jn 16, 14). La misión conjunta y mutua se desplegará desde entonces en los hijos adoptados por el Padre en el Cuerpo de su Hijo: la misión del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en él [4].

El Papa Benedicto XVI insufla su aliento sobre el crisma.

El Papa Benedicto XVI insufla su aliento sobre el crisma.

Todo esto, que puede parecer confuso, nos lo aclaró Benedicto XVI en la homilía de esta misa en el 2010: “Ser cristiano quiere decir proceder de Cristo, pertenecer a Cristo, al Ungido de Dios, a Aquel al que Dios ha dado la realeza y el sacerdocio. Significa pertenecer a Aquel que Dios mismo ha ungido, pero no con aceite material, sino con Aquel al que el óleo representa: con su Santo Espíritu. El aceite de oliva es de un modo completamente singular símbolo de cómo el Hombre Jesús está totalmente colmado del Espíritu Santo” [5].

Las lecturas de este día
En este día tan especial las lecturas son de las que llegan al alma (Is   61, 1-3.6a.8b-9; Sal 88, 21-22.25.27; Ap 1, 4b-8; Lc 4, 16-21). Se refieren todas a un mismo personaje, el Ungido, el mismo Cristo, aunque es prefigurado en el isaítico siervo de Yahvé y en el rey David. Podíamos pensar por ello que estamos ajenos a lo que allí entonces se dice, que simplemente se nos anuncia la llegada del Mesías, su misión y su manifestación en la sinagoga de Nazaret. Sin embargo las lecturas tienen un mayor calado, como podemos extraer de la lectura del Apocalipsis. También se nos menciona a nosotros los bautizados, el pueblo salvado por medio de su sangre, un Reino sacerdotal (Ap 1, 5). Y la pregunta que ahora se nos puede lanzar es: ¿para qué somos ungidos en el bautismo entonces? Pues precisamente porque participamos de Cristo rey, sacerdote y profeta, y así hemos de profesar y actuar: siendo los que con Cristo llevemos la Buena Noticia los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4, 18). El Papa Francisco, en su conocidísima homilía de su primera misa Crismal, afirmaba al hilo de esto, con la claridad y sencillez que le caracterizan: “La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite… y amargo el corazón” [6].

Reparto de los santos óleos para las respectivas parroquias.

Reparto de los santos óleos para las respectivas parroquias.

Evidentemente, dentro del Pueblo de Dios, la responsabilidad mayor, por ser ministerio ordenado, recae en el sacerdote y el obispo. Ellos reciben una unción en la recepción del sacramento del Orden, la unción del sacerdocio ministerial, de la que el laico, religioso no ordenado y diácono carecen. Es por ello que la renovación de sus promesas tiene en esta misa un gran significado. Con ellas el sacerdote renueva su consagración, su entrega a la santificación, unción, del rebaño a él encomendado. La unción, por tanto, del sacerdote, tiene como objetivo la unción del pueblo fiel. El sacerdote ungido unge a su vez; su santidad, santifica.

Obispo: ¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa’ de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?

Presbíteros: Sí, quiero.

Misa crismal en la catedral de Compostela.

Misa crismal en la catedral de Compostela.

Obispo: ¿Deseáis permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración eucarística y en las demás acciones litúrgicas, y desempeñar fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, cabeza y pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el celo de las almas?

Presbíteros: Sí, quiero.

David Jiménez


[1] Pastores dabo vobis, 25.
[2] Catecismo Iglesia Católica, 1574.
[3] Catecismo Iglesia Católica, 1241.
[4] Catecismo Iglesia Católica, 690.
[5] Benedicto XVI, Homilía de la Santa Misa Crismal, 1/04/2010.
[6] Francisco I, Homilía de la Santa Misa Crismal 28/03/2013.

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