Santa Francisca Javier Cabrini, virgen fundadora

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Fotografía retocada de la Santa, vestida con el hábito de su Instituto.

Era sietemesina y nació en Sant’Angelo Lodigiano (Lodi) el día 15 de julio de 1850, siendo la menor de los trece hijos que tuvieron Agostino Cabrini y Stella Oldini, mujer muy devota, que tenía un hermano sacerdote en Livraga. Fue bautizada el mismo día de su nacimiento, recibiendo el nombre de María Francisca; y creció en un ambiente familiar de campesinos terratenientes que a su vez, eran muy piadosos y de misa diaria; amaban su trabajo, eran muy generosos con sus trabajadores y muy caritativos con los pobres. Rosa, que era una de sus hermanas, fue quien se encargó especialmente de la educación de su hermana pequeña, por lo que entre ellas nació un vínculo muy especial, aunque la mayor era muy estricta con la pequeña. Ella, al igual que Rosa, estudió magisterio y después de haberse quedado huérfana de ambos padres en 1870, enseñó durante dos años en Vidardo (Lodi).

Desde pequeña fue muy piadosa y como en su casa oía la lectura de los “Anales de la Propagación de la Fe”, nació en ella su vocación misionera. Quiso entrar en la Congregación de las Hijas del Sagrado Corazón – donde ella misma había estudiado – y en las Canosianas, que habían sido las educadoras de su hermana Rosa, pero como al haber nacido prematura su salud era muy delicada, no quiso disgustar a sus padres y se dedicó a ayudar en las obras de su parroquia.

Pero muertos sus padres, desde 1874 hasta 1880, animada por don Serrati, que era el párroco de Condogno y por el obispo de Lodi, formó parte de una incipiente institución religiosa llamada “Hermanas de la Providencia”, fundada por Antonia Tondini, que se dedicaba a atender a niñas huérfanas. Aunque la fundadora no fue muy correcta con ella, llegó a ser secretaria primero y, posteriormente, vice-superiora en el orfanato que la Congregación tenía allí en Condogno y apenas realizados los votos en el año 1877, a instancias del obispo de Lodi, fue nombrada superiora del orfanato. En la profesión religiosa tomó el nombre de Francisca Javier.

Otra fotografía real de la Santa, vistiendo el hábito de su Instituto, pero sin el velo que recubre la cabeza.

El orfanato se cerró en el año 1880 y, disuelta aquella comunidad que no respondía al empeño del estado religioso, y donde Francisca Javier había puesto a prueba su virtud, haciéndose mucho más madura espiritualmente, el obispo le dijo: “Tú quieres hacerte misionera; ya has madurado, pero yo no conozco ningún instituto de Misioneras. ¿Por qué no fundas uno?”. Ella le respondió: “Buscaré una casa” y se instaló en un antiguo convento franciscano que estaba abandonado. Conseguiría lo que tanto deseaba y así, el 14 de diciembre de ese mismo año, con otras siete compañeras que procedían del mismo orfanato fundó el “Instituto de las Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús”. Sus compañeras co-fundadoras fueron: María Josefa Alberici, Agustina Moscheni, Jesuina Passerini, Salesia Danelli, Ancilla Narra, Diomira Asti y Josefina Cremaschi. Consiguieron darle el título de Misioneras a una congregación religiosa femenina, cosa inusual en aquella época y que incluso le ocasionó algún que otro problema, pero ella, sin complejos, empezó a redactar las normas o Constituciones por las que se regiría su Instituto, que fueron aprobadas por el obispo de Lodi.

Aunque siguieron ocupándose de las huérfanas, fundaron un pequeño colegio de internas, cuidando también las obras de la parroquia y esperando que Dios les concediera el poder dedicarse por completo a las misiones, pero entendiendo el trabajo misionero en un sentido muy amplio. En las Constituciones que redactaron, dispusieron el carácter misionero del Instituto, trabajando como “misioneras para la salvación de las almas tanto en los países civilizados como en los países de infieles”, entendiendo por trabajo misionero no sólo el realizado en países lejanos – ella deseaba marchar a China – sino la enseñanza, la asistencia hospitalaria, la ayuda en las obras parroquiales, etc.

Declinó realizar demasiadas fundaciones locales y en el otoño del 1887, se fue a Roma para solicitar la probación de su Instituto por parte de la Santa Sede y la fundación de una casa en la ciudad. Intentaron disuadirla diciéndole que su congregación era aún muy joven, pero ella, de forma inesperada – y superando la oposición del cardenal Parocchi, que era vicario de Roma, que de manera categórica les ordenaba volver a Codogno – en el altar de San Francisco Javier de la iglesia romana de Il Gesù, hizo voto de marcharse con sus hermanas a las misiones de Oriente. Esa oposición inicial del cardenal Parocchi fue desapareciendo y finalmente consiguió la autorización para abrir en Roma una escuela gratuita y un orfanato y el 19 de marzo siguiente obtuvo el decreto de primera aprobación pontificia para su obra.

Detalle de una imagen de la Santa en la catedral de Saint James de Seattle (EEUU), donde tantas veces fue en persona a orar.

Además de las fundaciones en Roma, posteriormente, en Castelsangiovanni (Piacenza) inauguró una nueva fundación y allí se encontró con el Beato Juan Bautista Scalabrini, obispo de la diócesis piacentina, que había fundado la Congregación de los Misioneros de San Carlos para trabajar entre los italianos que emigraban a América; y que la invitaba en su nombre y en el del obispo de Nueva York, para que en aquella ciudad americana ella se dedicara también a atender a los emigrantes italianos. En un principio se resistió, pero como detrás de este encargo estaba el Papa León XIII, tuvo que renunciar a su deseo de marchar a China, cambiando el continente asiático por el continente americano. El Papa le conmutó su voto hecho en la iglesia de Il Gesù, diciéndole “Tu China serán los Estados Unidos”. Ella no dudó en obedecer, aunque tenía pánico al agua porque cuando era pequeña se había caído a un río y así, en dos semanas, acompañada por seis hermanas, afrontó su primer viaje misionero en barco, llegando a Nueva York el 31 de marzo de 1889.

Pero aquel no fue su único viaje transoceánico; hubo otros: a Nueva York en 1890, de Nueva York a Havre en 1890, de Havre a Nueva York también el mismo año, de Nueva York a Nicaragua, un año más tarde, de Génova a Nueva York en 1894, de Nueva Orleáns a Panamá, al año siguiente, de Buenos Aires a Barcelona en 1896, de Liverpool a Nueva York en 1898, de Nueva York a Havre, un año más tarde, de Génova a Buenos Aires, en 1900, de Buenos Aires a Génova en 1901 y de Londres a Nueva York en 1902. Viajar, lo que se dice viajar… viajó. El último viaje fue el 22 de marzo del año 1912. Como podemos comprobar por la relación de viajes que antes he dado – y seguro que se me escapa alguno – no todos fueron transoceánicos, sino que también viajó por tierra, tanto en el continente europeo como en el americano y todo esto, con una salud enfermiza, como dije al principio, pero con una desenvoltura que la hizo decir que viajaba “como desde casa al huerto y desde el huerto a casa”. En el viaje que hizo a Buenos Aires, tuvo que atravesar la cordillera de los Andes montada en un mulo con todos los peligros que esto llevaba consigo. Desde luego, misionera, misionera… sí que lo fue.

La Santa atendiendo a los inmigrantes llegados a Nueva York. Detalle de un lienzo de C. Secchi. Casa de las Misioneras del Sagrado Corazón en Roma, Italia.

En Estados Unidos había cerca de cinco millones de emigrantes italianos, además de europeos de otras nacionalidades; y aquello era considerado por parte de los americanos como un problema social (por desgracia, algo parecido ocurre aquí en España con los emigrantes). En Nueva York se encontró con que ni siquiera tenían una casa donde pasar aquella noche; y cuando fue a ver al arzobispo Michael Corrigan, se enteró de que el arzobispo había tenido ciertas dificultades y había desistido de fundar el orfanato, no existiendo además ni edificio donde instalar la escuela para los niños. El obispo llegó a insinuarle que regresaran a Italia, pero ella se negó rotundamente diciéndole que el Papa la enviaba allí y que allí se quedaba. Ante esta reacción, el obispo cambió de idea y consiguió que pudieran quedarse con las Hermanas de la Caridad. Ella ayudó al obispo a resolver las dificultades que había tenido con la condesa Cesnola y fundó su primer orfanato. En julio de ese mismo año volvió a Italia llevando consigo a las primeras dos religiosas americanas y a los nueve meses retornó a los Estados Unidos llevando consigo más religiosas y trasladando su orfanato – que había quedado pequeño – a una casa que habían tenido los jesuitas en el West Park. Allí estableció su noviciado y la Casa Madre de la Congregación.

A esta fundación le siguieron muchas otras en Chicago, Nueva Orleans, Seattle, Denver, Los Ángeles… y en otros países sudamericanos y europeos: escuelas, asilos, colegios mayores, orfanatos, laboratorios, hospitales, clínicas, oratorios… incansable. Realizaba visitas a las familias en sus casas, a los mineros en las minas, a los presos en las cárceles; no hubo lugar que se le resistiese y a todos ellos iba dando ánimo, consolando, llevando la luz de la fe, misionando al fin y al cabo. Se dedicó especialmente a los emigrantes, pero no sólo a los italianos, sino también a los asiáticos y europeos de otras nacionalidades. Nunca renunció a poder ir algún día a China o a África porque recordaba lo que le había dicho el Papa León XIII: “Tú tienes el Espíritu de Dios y tienes que llevarlo por todo el mundo” y, como para colmo, el Beato Scalabrini le había dicho que “el mundo es muy pequeño”, ella nunca renunció a ninguna posible y futura actividad misionera que pudiera surgir.

Detalle de la Santa en una vidriera contemporánea. Iglesia de la Santa en Washington, EEUU.

Tenía un especial cariño con aquellos compatriotas italianos que habían tenido que emigrar de su tierra y que en Estados Unidos recibían el desprecio de los americanos, que los llamaban “dagoes” (españoles de segunda categoría) o “guineas” (inmundos), que no tenían ningún sacerdote que hablase su lengua, que muchas veces eran perseguidos por la policía por el sólo hecho de ser italianos, sin importar que fueran niños o ancianos o enfermos, que no eran admitidos ni en los colegios ni en los hospitales, que eran chantajeados por los protestantes… A ellos se dedicó en cuerpo y alma, aunque sin abandonar a los de otras razas. Aprendió con dificultad el inglés, no perdiendo nunca su acento italiano, trató bien con todos, especialmente con quienes tuvieron que ayudarle a resolver los problemas financieros para conseguir sus fundaciones, pero aunque ella se sentía italiana por vocación, en el año 1909, se vio obligada a nacionalizarse como estadounidense, a fin de poder dedicarse más de lleno a su labor misionera. Esta circunstancia ha hecho que sea la primera mujer norteamericana elevada al honor de los altares.

Pero, como humana que era, toda esa entrega a los demás estuvo también acompañada de una cierta inflexibilidad. Su hermana mayor había sido estricta con ella cuando era pequeña y esa actitud la acompañó toda su vida: tenía carácter y a veces no se daba cuenta de las consecuencias del mismo. Era una mujer de mentalidad abierta para su época, pero vista con la mentalidad del siglo XXI, podríamos decir que fue un poco retrógrada, en el sentido de que; por ejemplo, se negaba a recibir en sus escuelas gratuitas a los niños ilegítimos, debido a una moral cristiana mal entendida que lo único que conseguía era que fueran los inocentes quienes pagaran los “platos rotos por sus padres”. Aun con estos fallos – para mí al menos lo son – siempre le decía a sus religiosas que “fueran amables, pacíficas, que no fueran resentidas, ni duras, ni bruscas”.

El 12 de julio de 1907 obtuvo la aprobación definitiva de su Instituto, por lo que se dispuso a convocar el primer Capítulo General del mismo, aunque la Santa Sede la invitó a posponerlo tres años, o sea, 1910. Aunque ella no quería, sus hijas la nombraron superiora general de por vida. Su salud siempre estuvo resentida, pero a partir del año 1911 fue a peor; físicamente estaba agotada y así, aguantó seis años más trabajando incansablemente. En uno de sus viajes a Chicago murió de malaria en un hospital el día 22 de diciembre del año 1917. En sus años de vida había realizado más de setenta fundaciones, recorrido decenas de miles de kilómetros y conseguido unas mil quinientas religiosas para su Instituto. Mayoritariamente sus restos se encuentran en el Mother Cabrini High School, de Fort Washington (Estados Unidos), aunque un brazo se conserva en Chicago, su cráneo en Roma y su corazón en Codogno.

Vista de la figura de cera que contiene la mayor parte de los restos de la Santa. Mother Cabrini High School, Fort Washington (EEUU).

Su fama de santidad se extendió rápidamente, máxime cuando el mismo Papa León XIII había dicho de ella en vida que “verdaderamente era una santa”. Los procesos diocesano y apostólico fueron muy rápidos gracias a que el Papa Pío XI dispensó del canon 2101, que obligaba a no iniciar una Causa antes de haber transcurridos cincuenta años después de su muerte. Fue beatificada por el mismo Pío XI el 13 de noviembre de 1938 y canonizada por el Papa Pío XII, el 7 de julio de 1946.

Su festividad se fijó el día de su muerte pero posteriormente, en el año 1961, se trasladó al 13 de noviembre. El milagro de su beatificación fue el devolverle la vista a un niño que se había quedado ciego al caerle nitrato de plata en los ojos; y el de su canonización fue la curación de una monja que estaba enferma en fase terminal.

El Papa Pío XII, el 8 de septiembre de 1950 la nombró patrona de los emigrantes. El 30 de octubre de 1952, el “Comité Americano para la Inmigración Italiana” la declaraba como la “Emigrante Italiana del Siglo”.

Antonio Barrero

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