El monacato sirio primitivo III

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Es momento de contemplar, aunque sea parcialmente, la forma de vida que estos monjes se esforzaban en llevar. Y antes que nada, es preciso decir que éstos, lo mismo que sus camaradas coptos, procedían en su mayoría de la clase campesina. Pero aquí, a diferencia de Egipto, también había un número considerable de monjes provenientes de las capas altas de la sociedad. Algunas familias nobles confiaban la educación de sus hijos a los cenobios y, como es de esperarse, algunos nunca regresaron a la civilidad. Pero en su mayoría vienen de las clases pobres, muchos de ellos ignorantes de la lengua griega, algunos incluso analfabetos. A pesar de esta falencia, no eran carentes absolutos de cultura: consta que muchos cristianos de la época, aún los de más humilde condición, conocían de memoria muchísimos pasajes de las Escritura; además hay que añadir que la Iglesia de aquella región se cuidó de abrir escuelas de estudio bíblico a donde cualquier cristiano, laico o clérigo, podía acudir. Y los mismos monjes, tanto anacoretas como cenobitas, enseñaban las letras a los novicios analfabetos; así se explica los numerosos textos de la época que aluden a la afición de los monjes, incluso los más solitarios, a la lectura, sobre todo de las Divinas Escrituras.

Lo mismo que en Egipto, los monjes eran generalmente laicos. En los monasterios habría los ministros ordenados suficientes para las celebraciones litúrgicas. Pero, a semejanza de los coptos, muchos rechazaban la ordenación con ahínco, y más aún cuando en la Iglesia siria sí que se confería las sagradas órdenes a los monjes, en muchas ocasiones, a modo de galardón y promoción. En efecto, en muchos de los casos de ordenación de monjes se ve claro que no se busca una utilidad pastoral, sino simplemente honrarlos y destacarlos de entre sus hermanos. Y de todo eso nos quedan curiosas anécdotas de las peripecias de los monjes huyendo de los obispos. Y todavía más: se cuenta de un célebre asceta, llamado Macedonio, que Flaviano, obispo de Antioquía, lo mandó llamar en cierta ocasión a una misa, con la intención de ordenarle. Macedonio acudió, y allí fue ordenado. Pero el monje ni entendía el griego, ni comprendía qué cosa era una ordenación, y así es como termina la ceremonia y no se ha dado por enterado de lo sucedido. Terminada la misa, le explican lo ocurrido, y él, que no entendía de liturgia, pero sí que sabía lo que significaba el presbiterado para los monjes, monta en cólera y amenaza con su bastón a obispo y presentes. Pasado el tiempo, el obispo lo invita a concelebrar con él la Eucaristía, pero con mucha ira se resiste, porque piensa que lo ordenarán por segunda vez, a pesar de las pacientes explicaciones de quienes fueron a comunicarle la invitación… Por supuesto, hubo también monjes que no tuvieron problema en recibir el presbiterado o el episcopado, y en asumir la cura de almas o el gobierno de una diócesis.

Fotografía de Stephanos Shemavun, monje sirio y nuevo Ramban, con un compañero.

Según parece, la edad promedio para asumir el estado monástico era de 30 años. El aspirante debía ponerse bajo la tutela de un padre espiritual quien lo adentraba en el mundo de los combates del espíritu. Después de un tiempo, se le imponía el hábito y se le aplicaba la tonsura; aunque no se nos conservan las formas rituales primitivas de estos ritos, es muy seguro que hayan existido desde antiguo entre los monjes. Entre ellos también circulaba la tradición del “pacto” o qeiama: la vida monástica es un compromiso, una alianza, en la cual Dios se compromete a dar las gracias necesarias, y el monje a vivir sólo para él mediante la castidad; no se trata de un compromiso jurídico, como nuestros actuales “votos”, pero sí que se puede considerar una obligación real contraída con Dios y con el monasterio, en el caso de los cenobitas.

El hábito monástico, en un principio, no era más que una pobre túnica, quizás un capuchón, y unas sandalias si acaso le era difícil andar descalzo. El material más usado era la lana, pero como no faltó quien consideró tal material como ostentoso, entonces también se usó el cilicio, las pieles, o incluso tejidos de paja o de hojas de palmera; tampoco faltó quien prescindiera de cualquier vestido y se cubría solo con sus cabellos y barbas. Con el paso del tiempo, empezaron las tendencias uniformadoras, y en todas partes se impuso la túnica, el manto y el capuchón negros hechos de lana: el color era una clara alusión a la aflicción y a la compunción de lágrimas, y tan característico fue esto que los monjes también eran llamados habila, equivalente en siriaco a “doliente”.

Dado el tremendo individualismo del monacato sirio, es temerario hablar de alguna regla común sobre el horario, sobre todo entre los anacoretas. En los cenobios, aunque sigue siendo difícil, ya existen ciertas tradiciones que se van viendo un poco en todas partes: encontramos un servicio de oración común compuesto por una vigilia que empieza al canto del gallo y termina al despuntar la aurora, una oración de la mañana formado por himnos de alabanza, además de salmodias comunes a las horas tercera, sexta y novena. Al caer la tarde se cantan otros himnos de alabanza, luego se tiene la única refección del día, una conferencia espiritual y otros himnos para cerrar el día, antes de ir a dormir. Por supuesto, no todos tomaban la refección (porque eran más austeros en el ayuno) ni se iban a dormir (porque pasaban toda la noche en oración). Casiano nos refiere cómo, en algunos monasterios, se introduce una salmodia a la hora primera, con la intención de impedir que los monjes durmieran entra la oración de la mañana y la salmodia de tercia.

El tiempo entre los diferentes momentos de oración lo ocupaban en la lectura y el trabajo manual. Sobre el trabajo apropiado a los monjes encontramos muchas opiniones. Muchos se ganan el pan con el sudor de su frente, pero otros se entregan por completo a la oración, y se contentan con lo que encuentran en la naturaleza para comer. No faltaron aquellos que se dedicaron a mendigar a las puertas de los templos. En el caso de las monjas, muchas se dedicaban a la costura y al cuidado de los enfermos. Sea cual sea los medios de subsistencia, en todos encontraremos una pobreza increíble que raya en la física miseria: ésta será una de las características más llamativas del monacato sirio.

Vista del interior del monasterio Deir Mar Mousa Al Habashi, en Nabak, Siria.

En general, estos monjes se destacan por el poco comer. A lo que parece, ayunaban incluso en Pascua. Ya hemos visto algunos ejemplos: solo añadir que, en general, todos son vegetarianos, y el vino está rotundamente prohibido. También se restringían en el uso del sueño, y es que, según su pensamiento, lo propio del monje es permanecer alerta y vigilante, en cambio que el sueño fomenta la pereza y las bajas pasiones. Y así es como vemos monjes que duermen en el suelo, sentados apoyándose en una pared, o incluso que intentan dormir de pie, y no faltó quien se colgara de una cuerda… Lo importante era hacerse desagradable los pocos ratos que dedicaban al descanso.

Ya hemos hablado de aquellos monjes que procuraban estar siempre de pie. Son muchos los ejemplos que las fuentes nos traen al respecto, como el siguiente, que es bastante significativo: nos cuenta Teodoreto de Ciro de cierto monje llamado Policronio quien, a semejanza de su padre espiritual, el viejo Zebinas, decidió vivir perpetuamente de pie, en oración continua. Cuando Policronio estaba enfermo y avanzado en años, Teodoreto lo convenció de aceptar la asistencia de dos monjes de los alrededores; pero al poco tiempo, sintiéndose aquellos monjes incapaces de permanecer de pie toda la noche, intentaron huir. Y de aquí podemos admirar la extrema mortificación de Policronio y de todos aquellos que seguían el mismo género de ascesis, y también concluir que no todos los monjes sirios eran capaces de soportar semejantes torturas: muchos, seguramente, llevaban una ascesis “más normal”.

Otro aspecto que era aprovechado por los monjes para practicar la ascesis era el de la higiene. Y llegados a este punto es preciso aclarar que, en aquellos lejanos tiempos, la limpieza no estaba directamente relacionada con la salud, así como ahora: para muchos, era más un asunto estético. Y como el monje debe rechazar todo aquellos que huela a vanidad, de ahí se sigue que debe evitar lavarse el cuerpo, para así mantener limpia su alma. Para la plebe, contemplar la pestilencia de los héroes de la fe era un espectáculo conmovedor; evidentemente, no lo era así para todos, y faltaría aquel que le desagradara semejante visión…

Detalle de San Teodoreto de Ciro en un mosaico bizantino.

Otra forma de ascesis muy llamativa era el uso de cadenas. Así es, los monjes y las monjas se hacían atar pesadas cadenas al cuello, a los pies y a la cintura con otras pesadas argollas. Y esto, tanto cenobitas como ermitaños. Teodoreto nos habla de Marana y Cira, reclusas de Berea, quienes cargaban sendas cadenas y argollas, tan pesadas que el mismo Teodoreto confiesa que ni un hombre en el vigor de su edad las llevaría continuamente.

Podríamos continuar con una larga lista que nos muestra la fecunda imaginación de los monjes sirios a la hora de planear dolorosas e incómodas mortificaciones. Que todo esto no nos distraiga. Algunas veces se los ha comparado con los faquires, pero son genuinos cristianos. Buscaban la salvación y la contemplación del Rostro de Dios. Simplemente eran hijos de su época, y recordemos que en aquellos tiempos estaban muy de moda aquellas ideas que apuntaban a ver en el cuerpo la cárcel del alma. Era el ambiente y la época, y era inevitable que todo ello influyera en la sociedad cristiana de aquella región. Pero más que admirar sus hazañas ascéticas, debemos admirarlos por su humildad y su búsqueda incesante de Dios por medio de la oración constante. El pueblo no dudaba en ver en sus monjes, sobre todo en los más esforzados, un signo de la misericordia de Dios y un intercesor incansable. He ahí su valor y los más representativo que podemos destacar y aún hoy podemos buscar, porque cierto es que lo mismo ayer que hoy siempre serán necesarios aquellas mujeres y hombres que sostengan sus brazos en alto al cielo, rogando por esta humanidad.

Dairon

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

El monacato sirio primitivo (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Monasterio de San Moisés el Etíope en Siria.

Ahora trataremos un poco sobre el cenobitismo en esta región. Como hemos insinuado en el artículo anterior, el eremitismo es la forma monástica estable más antigua del monacato sirio. La vida comunitaria llegaría tiempo después. Lo que parece bien adquirido para los estudiosos es que ésta empezó a partir de algunos anacoretas con fama de santidad que atrajeron discípulos con quienes organizaron comunidades relativamente cenobíticas. Y decimos relativamente porque, desde sus inicios, no es muy claro hasta qué punto estas agrupaciones llevan una vida perfectamente comunitaria o simplemente son congregaciones de eremitas.

Uno de los “padres de monjes” más famosos del cenobitismo sirio es Julián Saba. No se sabe nada de sus orígenes; tan solo se especula que pudo haber sido natural de Osroene, y que abrazó la vida monástica siendo muy joven. Vivió en una cueva a veinte kilómetros de Edesa. Llevaba una vida extremadamente austera: vestía de saco, solo comía pan de mijo y bebía agua de un rio cercano. No aceptaba dinero de nadie y con frecuencia emprendía largas y penosas peregrinaciones. Este santo eremita pronto se vio rodeado de discípulos, los cuales moraban en cuevas cercanas a la suya. El plan de vida cotidiana que seguían era así: se reunían al amanecer y al caer de la tarde para cantar salmos en comunidad; en medio de estos dos momentos, a lo largo del día, se adentraban en el desierto de dos en dos y dedicaban el tiempo a la oración. Un horario muy simple, como se ve, si comparamos las diversas actividades diarias a que se dedicaban los monjes pacomianos en Egipto. Julián Saba muere en 366-367. San Efrén escribe elogios a este varón de Dios, e insiste en que su palabra y su ejemplo motivaron a muchos a seguir su estilo de vida. Jaime el persa, uno de los discípulos de Julián, morirá a los 104 años de edad en cierto monasterio de Siria. Otro discípulo, Asterio, fundará un monasterio en Gindarus, cerca de Antioquía.

Detalle de un fresco en el monasterio de Mar Mousa, ubicado en el desierto sirio.

Otro importante padre de “cenobitas” es Abrahán Quidunaia. Es probable que también haya sido natural de Osroene. Resolvió hacerse monje tras haber asistido a una boda. Se retiró a una casa abandonada, a tres kilómetros de Edesa. La fama de sus virtudes se propagó por toda la región. Y hasta tal punto, que el obispo y el clero le confiaron llevar el anuncio kerigmático a los habitantes de Quidún, un pueblo cercano, que hasta el momento se habían resistido al empeño de los misioneros. Y efectivamente, Abrahán logra la conversión de todo el pueblo. Cumplida esta tarea, regresa a su soledad y a sus penitencias. Muy pronto llegan los discípulos, y a su alrededor se forma una comunidad. Y pasado el tiempo, considerando que su misión como superior había llegado a su fin, resolvió vivir como recluso, y así estuvo los últimos once años de su vida. Muere alrededor del año 367.

Y así fue estableciéndose por toda Siria y Mesopotamia comunidades monásticas que trataban de llevar vida cenobítica. Pero hemos mencionado ya que a la vieja guardia del monacato sirio repugnaba el ideal comunitario, sobre todo por dos razones. En primer lugar, si una de las observancias más importantes de la vida del monje es la pobreza radical, no es coherente con ello el construir grandes edificios para albergar a una comunidad. Y en segundo lugar, la idea de la obediencia a un régimen común de vida si que no les simpatizaba: ya hemos visto la gran libertad y originalidad de los viejos monjes sirios en materia de ascesis, y por supuesto, dicha libertad se vería coartada por una disciplina común.

Fotografía de Isaac, monje sirio en la actualidad, en la puerta del monasterio.

Pero en la segunda mitad del siglo IV el ideal cenobítico empieza a ser aceptado en la región. Tenemos el caso de Agapito, discípulo del eremita Marciano. A la muerte de su padre espiritual, marcha a Apamea donde funda dos monasterios, en donde adapta los preceptos y enseñanzas de Marciano al nuevo género de vida. El éxito de las fundaciones es incuestionable, y pronto los hijos espirituales de Agapito fundan más monasterios en la región. Toda esta estirpe de cenobios se consideraban herederos de las “tradiciones” del santo anacoreta Marciano. Otro caso elocuente es el de Eusebio, recluso de Teleda. Cerca había un monasterio dirigido por un higúmeno llamado Ammiano quien, deseando deponer su alto cargo, suplicó a Eusebio que tuviera a bien relevarlo. Después de mucho rogar, Eusebio acepta, y alcanza fama de varón virtuoso, lo que atrajo muchos hermanos a la comunidad. Desde entonces el monasterio de Teleda ocupará un lugar importantísimo en la vida del patriarcado antioqueno. Un tiempo después, Eusebonas y Abibión, discípulos de Eusebio, fundarán un segundo monasterio en Teleda, en el cual habitará San Simeón el estilita. Otro ejemplo es el de Publio, oriundo de Zeugma, de familia senatorial. Viviendo como ermitaño, empezó a recibir numerosos discípulos de lengua griega con los cuales fundó un monasterio. Después llegaron otros novicios de lengua siríaca; esto obligó a Publio a edificar un segundo monasterio para ellos. Ambas comunidades tenían un solo oratorio, en donde cantaban juntos los salmos divididos en dos coros, alternado cada uno en su lengua. Y así podríamos seguir con muchos otros ejemplos del modo como se iba instaurando la vida cenobítica. Ya para inicios del siglo V toda la región está invadida de monasterios. Pero esto, como es de esperarse, traerá muchas críticas de su contraparte eremita.

Porque muchas comunidades, pobres en sus inicios, de repente se llenaron de riquezas. Las cuevas y las casuchas de los inicios se cambiaron por grandes edificios, o mejor, palacios, y por tierras y ganados y molinos. Y los higúmenos ya semejaban a oficiales del imperio. Y con ánimo de poder decir que se tiene una numerosa comunidad, se aceptan novicios mediocres. Estas críticas lanzan los anacoretas ante la situación que no dudan en tachar de “decadente”. Pero no solo se limitan a acusar los abusos de los cenobios. Ya hemos dicho que su profundo individualismo no les permitía aceptar sin más una vida perfectamente comunitaria. Así que, si sus críticas no lograron evitar que se levantaran cenobios en Siria, si que lograron, en cambio, que el ideal de perfecta vida común no pudiera realizarse a plenitud, a diferencia de lo ocurrido con la koinonia pacomiana.

Otro detalles de los frescos de Mar Mousa al-Habashi, monasterio sirio.

Uno de los monjes que se levantaron contra la situación acomodada de los monasterios sirios fue San Alejandro Acemeta. De él hablaremos en detalle más adelante. Por ahora quede dicho que en su persona se hizo patente el primitivo ideal del monacato sirio: un eterno errante, asceta como el que más, sin aceptar tierras ni casas. El tipo de comunidad que él teorizaba no debería tener absolutamente nada, y todo debía esperarlo de la mano providente de Dios. Su ejemplo fue seguido por muchas comunidades en Siria y Mesopotamia, pero sobre todo en Constantinopla, de lo cual hablaremos después. También poseemos un documento que testimonia esta actitud “contestataria”; se trata de la regla de Rabbula, escrito que al día de hoy sigue siendo importante para el monacato de las Iglesias sirias. Rabbula estuvo bajo el yugo del Abrahán el Recluso, higúmeno de un monasterio en el desierto de Calcis, y después fue elegido obispo de Edesa. Según dicha regla, los monasterios no podían tener ni rebaños ni animales de carga, tan solo se concede un asno o un par de bueyes a aquellos cenobios que real y urgentemente lo requieran. Pero no pensemos en esta regla y en otras más que circulaban en esos lares como en códigos jurídicos semejantes a las reglas occidentales (como la regla de San Benito). Ni siquiera pensemos en los Praecepta pacomianos, que son compilaciones desordenadas de las disposiciones de un superior. Las reglas sirias son compilaciones, si, pero de ejemplos de padres espirituales, de dichos de santos ancianos, de cánones de concilios, de órdenes de algún superior. Y así las cosas, dentro del claustro todo era posible, tanto como lo era en el yermo.

Y es que el ideal fundamental, incluso en el cenobio, siguió siendo la vida ermitaña. De hecho, el monasterio no era más que una escuela preparatoria para los rudos combates del desierto. También era “vecindario” para reclusos. Y también era el albergue de los monjes “de segunda clase”: aquellos que no habían sido seleccionados para una entera consagración a la vida penitente y ascética, y que aseguraban el sustento diario de la comunidad y la administración de la casa. Eran los encargados de servir a los reclusos. Y los reclusos no tenían más obligación que dedicarse a la penitencia y a la oración continua. La misma disposición de los monasterios da cuenta de esta categorización: hallamos altas torres o celdas especiales para los reclusos. El cenobitismo entró en el monacato sirio, pero tuvo que ceder a las exigencias del rancio anacoretismo para poder sobrevivir en esta región.

Dairon

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

El monacato sirio primitivo (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Restos de la columna de San Simeón el Estilita. Deir Samaam (Siria).

Nuestro recorrido por la antigüedad monástica nos lleva ahora a la región de Siria, que abarca la antigua Siria, Mesopotamia y Fenicia, que para finales del siglo IV estaban bajo el control del Imperio romano; para entonces las Iglesias locales de dicha zona estaban sometidas al Obispo de Antioquía.

Como hemos insistido, el monacato cristiano no es originario de Egipto. Y esto se nota muy especialmente en el monacato sirio. San Jerónimo, monje latino, a través de su Vida de Hilarión trató de darle procedencia copta al monacato de aquella región; al contrario, para Teodoreto de Ciro, monje y obispo nativo de Antioquía, el monacato se extendió desde Siria hacia Occidente. De todo esto queda claro para los modernos historiadores que en los inicios del siglo IV las costumbres del popular monacato egipcio aún no eran conocidas en la zona donde, sobre todo en Mesopotamia, existía desde hacía tiempo un importante y numeroso movimiento ascético que evolucionaría espontáneamente a formas monásticas estables.

Este movimiento ascético hunde sus raíces en las costumbres de la primitiva comunidad judeocristiana de aquellas lejanas provincias del imperio. Gracias a las numerosas fuentes llamadas “apócrifas” (Hechos de Tomás, de Pedro, de Juan; Evangelio de Tomás, etc.) sabemos que entre los primeros cristianos de la zona circulaban ideas rigoristas relacionadas con el celibato y la pobreza[1]; parece que en esto la comunidad esenia de Qumrân, de quienes conocemos su tendencia al ascetismo, ejerció una notable influencia, que se evidencia en el préstamo de ideas y conceptos a los judeocristianos tales como “guerra santa” (entendida como ascetismo), “hijos de la alianza”, entre otros. Tampoco podemos olvidar que, en el siglo III en Mesopotamia, nacería el maniqueísmo. A través de este movimiento entraría al ascetismo cristiano común elementos exóticos de orígenes persas e hindúes.

Al llegar el siglo IV los cristianos comunes se alejarían de las exigencias primitivas de vida austera. Entonces surgen los “hijos e hijas del pacto”, que se corresponden con el tercer género de monjes, sarabaítas o remnuoth: solían formar pequeños grupos alrededor de un templo, se abstenían de carne y de vino, vivían célibes, al parecer estaban bajo las órdenes del clero y tenían una vida litúrgica muy activa. En muchos casos, los “hijos del pacto” recibían las órdenes sagradas; las “hijas del pacto” se entregaban a las obras de misericordia. Se trata de un monacato urbano, embrionario, similar al que veremos en otras regiones del mundo cristiano.

San Efrén el Sirio. Mural en una iglesia ortodoxa de Cambridge, Gran Bretaña.

Al mismo tiempo que se agrupaban los “hijos e hijas del pacto”, otros hacían lo propio retirándose como solitarios a la región montañosa de Antioquía, a los desiertos de Siria oriental y a los alrededores de las principales ciudades. Será este género de vida, el anacoretismo, el que gozará de gran aceptación entre los cristianos sirios de tal forma que el cenobitismo encontrará una barrera casi invencible al tratar de establecerse por estas tierras.

Se trata de hombres y mujeres que realmente se esfuerzan en estar completamente solos, entregados del todo al amparo de Altísimo. A diferencia de lo visto en el monacato copto, los monjes sirios fueron mucho más creativos para establecer regímenes de vida, y por lo general, nada apetecibles.

Existían los monjes llamados boskoi, que vivían completamente a la intemperie, viviendo con las bestias del campo, pastando con ellas, posándose sobre las rocas a la manera de las aves; estaban los dendritai, que vivían en las copas de los árboles; encontramos a los giróvagos, que van errantes de un lado a otro, sin tener “dónde recostar la cabeza” a semejanza del Hijo del hombre; también hallamos la reclusión, que sería un género de vida muy aceptado entre los monjes sirios: algunos incluso se encerraban sin ninguna abertura, completamente a oscuras. No faltó quien, combinando la reclusión y la vida al aire libre de los boskoi, habitó celdas sin techo.

Quizás uno de los géneros monásticos sirios que más asombro causa actualmente es el de los que habitaban en lo alto de una columna, los estilitas. Bien podría pensarse que no es más que una fábula, si no es por la abundancia de testimonios escritos y las pruebas arqueológicas. Al parecer, se trató de una medida extrema tomada por los monjes cuando, habiendo alcanzado fama de santidad, eran importunados por las frecuentes visitas y así, no podían entregarse a la oración. San Simeón es el primer monje de quien tenemos noticia que haya vivido según tan extraño régimen, pero pronto muchos otros le siguieron, sobre todo en Mesopotamia.

San Simeón el Estilita. Placa del siglo VII en el Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

De San Simeón estilita se ha publicado una reseña en este blog (el día 5 de enero), así que sólo resaltaremos los aspectos que nos interesan. Cuando Simeón abandona el monasterio de Teleda, se retira a una celda en Telanisos, cerca de Antioquía, en donde da rienda suelta a su fecunda imaginación ascética: inicia sus famosos ayunos cuaresmales, en donde pasa la Santa Cuaresma sin comer ni beber nada, absolutamente nada. Con el tiempo, hace levantar un muro que lo proteja de las miradas indiscretas. Tres años después de afincar en Telanisos, se hace atar a una roca con una cadena; cierto obispo de la región lo visita y persuade de que es mejor atarse con la voluntad, que no con cadenas. No pasará mucho tiempo antes de que se extienda la fama de santidad de este hombre el cual, en un intento por separarse un poco de las masas, inicia su hazaña de permanecer en lo alto de una columna; en lo que le resta de vida, mudará cuatro veces de columna, siempre a una más alta cada vez. Allí permanece de pie, de día y de noche, inclinándose profundamente cada vez que va a orar, según la usanza del país; de esto último Teodoreto de Ciro nos conserva en su Historia religiosa el siguiente dato: uno de los de su séquito se dedicó a contar las inclinaciones que hacía Simeón en el día y pronto llegó a la cifra de 1244, y después se cansó de contar. En las grandes solemnidades, Simeón sostenía los brazos en alto desde la salida del sol hasta su ocaso.

Semejante espectáculo no permanecería indiferente al pueblo fiel. Se organizan multitudinarias peregrinaciones a su columna. Simeón los acoge con caridad y decide predicar a la muchedumbre dos veces al día. Por supuesto, también actuó como mediador en los conflictos que le llevaban; realizaba curaciones milagrosas; enviaba mensajes al emperador y a los potentados del imperio; defendía la sana doctrina frente al ataque de los herejes. Era amado por el pueblo, tenido como un signo de la misericordia de Dios. Finalmente descansará en la Paz de Cristo el 1 o 2 de septiembre de 459, después de más de cuarenta años de vida monástica extrema y esforzada.

A pesar de estarse acostumbrado a la ascesis extrema en Siria, no hemos de pensar que el estilo de los estilitas fuera aceptado sin más. Tuvo sus opositores, quienes veían en ello una peligrosa singularidad, propensa al orgullo espiritual. Se conserva el relato de Teodoro el Lector de la presunta excomunión que los monjes egipcios enviaron a Simeón al saberse su peculiar forma de vida, pero la crítica moderna duda de la fiabilidad de este testimonio. Es más diciente, en cambio, la apología que Teodoreto hace de la vida de Simeón en su Historia religiosa donde, sin mencionar ni insinuar el anterior episodio, dedicas varias líneas a justificar la vida sorprendente y fenomenal del santo; esta defensa no tendría sentido si no existieran los detractores de Simeón. Con todo, la impresión que causaba en el vulgo tamañas hazañas haría que los estilitas fueran aceptados en el panorama monástico del cristianismo sirio.

Icono contemporáneo de San Efrén el Sirio.

Ahora observemos brevemente la figura de San Efrén (9 de junio), el gran diácono de Edesa, Padre de la Iglesia siria, cuya reseña también encontramos aquí. Es posible que, después de recibir el bautismo en Nísibe, es decir, hacia el año 324, llevará vida eremítica. Recibió la ordenación diaconal en 338. En 361 viaja y se establece en Edesa. Desde allí inicia una intensa actividad literaria, por la que al día de hoy es célebre. Su vida ascética y su labor apostólica e intelectual hacen que el régimen de Efrén se acerque al de los “hijos del pacto”. A pesar de esto, él predica la vida eremítica y desconoce por completo en sus escritos el cenobitismo. También enseña la necesidad que debe tener el monje de procurarse una buena formación intelectual: para él, el estudio procura la pureza del corazón y la madurez espiritual. A no pocos monjes motivó para dedicarse a la educación y las labores literarias. Es un hombre que añora el anacoretismo total pero que también insiste en el cultivo del intelecto por parte de los monjes. Sus escritos ejercerán una poderosa influencia en los monjes sirios de los años venideros.

Dairon


[1] Algunos historiadores piensan que el celibato y la pobreza total eran condiciones para el bautismo. Otros creen que solo se exigía la pobreza, pero se recomendaba mucho la castidad. Lo que sí no hay dudas es que entre los cristianos “de a pie” de Siria existía un gran entusiasmo por estas prácticas.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es