“Y cargando su cruz, salió hacia el lugar llamado Gólgota”

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Imagen del Jesús Condenado de Cáceres, obra de Antonio Fernández Domínguez (2011) que muestra a Cristo cargando el patibulum con rigor histórico.

Imagen del Jesús Condenado de Cáceres, obra de Antonio Fernández Domínguez (2011) que muestra a Cristo cargando el patibulum con rigor histórico.

El año pasado, en estos días previos a la Pascua, escribimos sobre la hematidrosis que sufrió Cristo en el Huerto de Getsemaní, sobre su flagelación y su coronación de espinas. También describimos la opinión de un forense sobre la muerte de Cristo. Estamos en el Triduo Sacro de la Semana Santa del 2015 y este año quiero continuar con estos temas tan dolorosos para los cristianos, utilizando las mismas fuentes del año 2014.

“Tomaron pues a Jesús y le llevaron. Y él, cargando su cruz, salió hacia el lugar llamado de la calavera, en hebreo, Gólgota” (Juan, 19, 16-17).

Habían fracasado todos los intentos para salvarle y Pilato lo condenó a morir crucificado. Según la costumbre romana, dictada la sentencia, había que ejecutarla de inmediato. El reo había perdido todos sus derechos civiles y sociales y ante este absoluto desamparo, había que hacerlo desaparecer. Como el lugar de la ejecución estaba a las afueras de la ciudad, Jesús tuvo que recorrer el camino entre el Pretorio y el Gólgota, distante uno de otro aproximadamente un kilómetro. Aunque no se conoce el camino exacto recorrido por Jesús, hay que decir que la costumbre romana era conducir al reo por las calles principales de la ciudad a fin de amedrentar a la gente. Este es el motivo por el cual la tradición, y solo la tradición, nos señalan una “Vía Dolorosa” concreta.

Como nos dice Plutarco, la ley romana obligaba al reo a llevar su cruz, y ya se ha escrito en este blog cómo era la cruz en sí misma. La cruz se hacía en el lugar de la ejecución donde estaba permanentemente clavado el palo vertical, llamado “stipes” que servía para muchas ejecuciones. Jesús tuvo que llevar simplemente el palo horizontal, el “patibulum”. Jesús no cargó con la cruz al completo como estamos acostumbrados a ver en toda la imaginería religiosa. Era lógico que Jesús no pudiese cargar con la cruz al completo, ya que esa no era la costumbre romana y porque su estado físico no se lo hubiera permitido. Aun así, el recorrido fue durísimo: el “patibulum” tendría unos dos metros de largo y pesaría unos cuarenta kilos, ya que tenía que ser grueso y fuerte pues debía soportar el peso del cuerpo y los movimientos bruscos realizados por los crucificados a fin de no morir de asfixia. El “stipes” estaba clavado en el Gólgota, pero tendría que tener más de dos metros de largo y no pesar menos de unos sesenta kilos. Debido a su lamentable estado físico, Jesús jamás hubiera podido soportar cien kilos de peso durante el trayecto.

Representación de Jesús cargando con el patibulum, partes de la cruz en forma de tau y el titulus.

Representación de Jesús cargando con el patibulum, partes de la cruz en forma de tau y el titulus.

Debido a las torturas a las que había sido sometido desde la misma noche de su prendimiento, Jesús sufría una gravísima anemia como consecuencia de la pérdida de sangre. Esto, unido a la pérdida de líquido corporal producido por la sudoración y respiración durante dos largos días, le había producido una insuficiencia respiratoria también muy grave y una severa pérdida de tensión arterial, por lo que incluso le costaba muchísimo trabajo mantenerse de pie. Además, en todo ese tiempo, no había ni comido ni bebido y como consecuencia tendría una bajada de azúcar en sangre (hipoglucemia) que hizo estragos en su fuerza física. Pero había más, ya que la insuficiencia respiratoria producida por la flagelación habría lesionado gravemente sus pulmones y sus bronquios. Su fiebre era altísima y sus heridas se inflamaban e infectaban. Este cúmulo de cosas, hacía que su visión fuera borrosa, que se tambalease, que se cayese. El mismo evangelista lo dice: “Obligaron a uno que pasaba, llamado Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, para que le llevase la cruz” (Marcos, 15, 21).

Antes de ponerse en camino, le quitaron la púrpura y le pusieron su túnica; esto tan simple hizo que todas las heridas comenzaran de nuevo a sangrar. La costumbre romana era conducir al reo desnudo hasta el lugar de la ejecución, pero los evangelios dicen expresamente que eso no se hizo: “Le quitaron la clámide, le pusieron sus vestidos y le llevaron a crucificar” (Mateo, 27, 31). ¿Lo hicieron por pudor? ¿Lo hicieron por compasión? No, en absoluto. A los condenados se les desnudaba para flagelarlos antes de ejecutarlos, pero esta flagelación se hacía durante el camino, o sea, tendría que haberse hecho desde el Pretorio hasta el Calvario. Pero Jesús ya había sido flagelado previamente de manera bárbara y brutal y la ley no permitía repetir la flagelación. Por eso lo vistieron. Flavio Josefo añade otra explicación diciendo que los romanos eran condescendientes con las costumbres de los pueblos a los que sometía y sabemos que en Israel no se ejecutaban a los reos completamente desnudos: “Los romanos nunca fuerzan a los pueblos sometidos a quebrantar su ley patria” (Flavio Josefo).

Detalle del Santísimo Cristo de la Esperanza de Alcantarilla (Murcia), que aparece también cargando el patibulum correctamente.

Detalle del Santísimo Cristo de la Esperanza de Alcantarilla (Murcia), que aparece también cargando el patibulum correctamente.

Le colocaron el “patibulum” sobre sus espaldas rozándole la nuca, y los brazos, atados con cuerdas, los extendieron sobre él. La extremidad derecha de la cuerda rozaba el cuerpo por delante a fin de ser atada al pie izquierdo; esto hacía que la cruz no fuera recta sobre la espalda, sino que estuviese ladeada y por tanto, más difícil y dolorosa de llevar. Así atado, estaba completamente indefenso: si caía, lo hacía de bruces y si los insectos acudían a las heridas, no podía defenderse. Seguro que Jesús cayó más de una vez durante el camino: la tradición nos dice que cayó tres veces y en estas caídas, al golpear el casco de espinas contra el suelo harían penetrar aun más las mismas dentro de su cuero cabelludo y las costras que recubriesen las heridas, se volverían a romper.

La comitiva se puso en marcha al mando de un centurión que aunque debería llevar cuatro soldados, al ser tres los condenados, estos debieron ser doce. Uno de ellos portaba el “titulus” que escrito en latín, hebreo y griego decía la causa de la condena de los tres reos. Muy posiblemente, Jesús llevó colgado al cuello un “títulus” más pequeño en el que se leía su propia condena: “Jesús de Nazareth, Rey de los judíos”. Ese “titulus” lo acompañó, como era la costumbre, hasta que el cadáver fue sepultado.

Vista de los patibula atados a los tobillos de los reos y entre sí, como sería la marcha hacia el Gólgota.

Vista de los patibula atados a los tobillos de los reos y entre sí, como sería la marcha hacia el Gólgota.

Por si el reo se negaba a caminar o por si no podía hacerlo, era costumbre atarle una cuerda gruesa al cuello o a la cintura, de la que los soldados tiraban si lo consideraban necesario, cosa que seguro que hicieron con Jesús dado que, por sus condiciones físicas, seguro que no podía caminar. Probablemente, algunos de esos tirones provocaron algunas de sus caídas. Cuando comprobaron que Jesús realmente no podía más, fue cuando dejaron de tirar, le quitarían el “patibulum” y se lo dieron a Simón de Cirene.

Eso no lo hicieron por compasión, no lo hicieron por lástima: lo hicieron porque la ley obligaba a que el reo llegase vivo al lugar de la ejecución, tenía que ser crucificado estando vivo. Si no hubiera sido así, el peso de la ley caía sobre el propio centurión, así que muy probablemente, además que quitarle la cruz y las ataduras, dos soldados lo agarrarían por los costados para que llegase por su pie, vivo al Calvario.

Pero este camino, siendo terrible y doloroso, no quedó aquí. Jesús no solo sufrió físicamente, sino que también sufrió moralmente. El camino estaba lleno de personas que habían pedido fogosamente su muerte y que azuzados por los sacerdotes y el Sanedrín, aprovechando su paso, lo insultaban y le decían barbaridades. Esto era inhumano y Jesús también lo padeció. Pero también sabemos que entre estos mirones, había personas que se compadecieron de Él. “Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mi; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos”. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! Entonces se pondrá decir a los montes: ¡caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos!, porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?” (Lucas, 23, 27-31).

"Jesús de Nazaret" (1977), protagonizada por Robert Powell, es otra producción en la que podemos ver a Cristo cargando correctamente el patibulum.

“Jesús de Nazaret” (1977), protagonizada por Robert Powell, es otra producción en la que podemos ver a Cristo cargando correctamente el patibulum.

El hecho de que Jesús estuviese moribundo y que le quitasen el madero y ayudasen a llegar al calvario, puede hacernos pensar que el camino se hizo más largo de lo que era habitual. Hay exégetas bíblicos que llegan a decir que Jesús caminó esos mil metros en algo más de dos horas.

La tradición nos dice que durante el camino, una mujer llamada Verónica, saliendo de entre la multitud, le limpió la cara llena de sangre, sudor y polvo y que el rostro de Cristo quedó impreso en ese paño. Sobre este tema ya hemos escrito en este blog, por lo que yo no se explayaré en ello. Solo recordar, que ni los evangelios ni el resto de escritos de los primeros siglos, mencionan este episodio que se basa en una tradición medieval, probablemente de los siglos XII-XIII. También nos dice la tradición que durante el camino se encontró con su Madre, pero esto tampoco consta en los evangelios, aunque por lógica, seguro que María estuvo cerca de Él todo el tiempo que pudo desde que fue prendido en Getsemaní.

“La última tentación de Cristo” (1988): Via Dolorosa

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén

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Heresiología (II)

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Icono ortodoxo que representa la parábola de Jesús sobre la oración del fariseo y la del publicano.

Icono ortodoxo que representa la parábola de Jesús sobre la oración del fariseo y la del publicano.

Judaizantes, Ebionitas y Nazarenos
En esta segunda entrega hablaré de una situación que perduró en gran parte de la historia del cristianismo primitivo y que, cómo no, se inició en su propia tierra de origen.

Introducción
Ningún historiador serio pone en duda que el cristianismo emergió y se mantuvo en sus primeros años como una rama o secta más del judaísmo, aunque debe aclararse que el mismo judaísmo vivió tres grandes separaciones, de las cuales deja constancia Flavio Josefo en su “Historia de los judíos”, escrita en Roma ya concluida la primera guerra judía contra el imperio. Fueron las siguientes:

Los fariseos, los puros –llamados en sentido despectivo- por su apego a las tradiciones y al cumplimiento estricto de la Ley oral y escrita, divididos en dos ramas internas: la Escuela de Hillel, más liberal y flexible, y la escuela de Shamaii, más rígida y conservadora, ambas contemporáneas de Jesús, aunque el mismo fariseísmo provenía desde los tiempos de los reyes asmoneos y se opusieron a la helenización del pueblo y de la religión.

Los saduceos, también conocidos como zadokitas en honor al Sumo Sacerdote Sadoq de la época del rey Salomón. Inicialmente fue una facción política, pero ganaron importancia religiosa en los tiempos de la persecución del rey seléucida Antíoco IV Epífanes, ya que protestaron contra la usurpación del cargo de Sumo Sacerdote por un favorito de este rey y que acabaron colaborando con los romanos para mantener sus privilegios. No fueron excesivamente numerosos pero sí influyentes –recordemos que Caifás fue un saduceo o compartía sus posturas, según consta en el libro de los Hechos de los Apóstoles- y su teología los enfrentó a los fariseos.

Los esenios, un grupo del cual se ha dicho mucho últimamente. Posiblemente fueron la primera influencia de Juan el Bautista debido a las similitudes entre su teología de la parusía y los ritos de ablución catártica o purificación. Se enfrentaron a los primeros por su materialismo y apego a la letra y no al espíritu de la Ley y denostaron el culto en el templo, aunque compartieron similitudes teológicas con los fariseos sobre la venida del Mesías, la inmortalidad del alma y la resurrección de los muertos, que los saduceos rechazaban en base a su apoyo en el Pentateuco escrito, sin interpretaciones ni profetas. Desaparecieron al finalizar el siglo I.

Las imprecaciones que Jesús hace en el Templo tras la curación del ciego de nacimiento van dirigidas a los dos primeros grupos, siendo los fariseos de Shamaii, junto con los saduceos y los escribas, los hipócritas, sepulcros blanqueados, etc. Éstos fueron los que, junto con los romanos, conspiraron para eliminar a Jesús por su influencia sobre el pueblo y el peligro de rebelión, que era lo único que importaba a los segundos y no las cuestiones religiosas. Y más adelante fueron los que trataron de detener la predicación de los apóstoles –en este caso, de Pedro y Juan; de los otros no se habla- e incluso llegaron a azotarlos y amenazarlos de muerte, pero la oportuna intervención del Rabino Gamaliel, maestro de Saulo-Pablo de Tarso, los salvó y puso en advertencia a sus colegas de no obstaculizar la obra de Dios.

Vista de un rollo con la Torá judía.

Vista de un rollo con la Torá judía.

Desarrollo
La pronta introducción de los paganos –griegos en su mayoría, por cultura, idioma o procedencia- comenzó a crear problemas entre los judíos conversos que aún consideraban sagradas las normas dictadas por Moisés. Recordemos que los apóstoles y los creyentes iban a orar al Templo de Jerusalén según consta en el final del Evangelio de Marcos y en los Hechos de los Apóstoles, y posteriormente se reunían en casas particulares (probablemente en la misma casa donde celebraron la Última Cena) para realizar la fracción del pan en recuerdo del Señor. La historia de Esteban es un perfecto ejemplo del choque entre comunidades y el entendimiento de estas del mensaje de salvación no sólo para los judíos, sino también para los paganos, y su desenlace trágico comprueba que el conflicto se solucionó más de una vez de modo poco edificante y sí muy vergonzoso para ambas comunidades.

Indirectamente, la muerte de Esteban aceleró la apertura del mensaje de salvación a los países de habla griega, pues éstos (los helenistas), tras su muerte, huyeron de Judea hacia Siria y en la capital, Antioquía, establecieron la primera comunidad fuera de Israel con judíos y llegaron incluso más lejos, estableciendo comunidades en Fenicia (actual Líbano) y Chipre; predicando inicialmente a los judíos y posteriormente a los paganos, siendo éstos los que entraron en mayor número a la iglesia. Ya por entonces se les llamó cristianos.

En este momento de la historia entró quien difundiría el mensaje por todo el mundo antiguo: Saulo. De Damasco (tras muchos peligros y peripecias) volvió a Jerusalén y pasó varios días con Pedro, siendo general el asombro de la comunidad. Pronto le asignaron sus primeras misiones y como él mismo relata en su carta a los Gálatas, Pedro, Santiago el hermano del Señor (líder de la comunidad de Jerusalén y alrededores) y Juan de Zebedeo, aprobaron su espíritu y le dieron libertad de acción. Previamente tenemos constancia del viaje de Pedro a Cesarea Marítima y su encuentro con el centurión Cornelio, hombre piadoso –quizá prosélito del judaísmo- y la conversión de éste y su familia al cristianismo. Ya por aquél entonces, los integrantes del consejo de la iglesia de Jerusalén cuestionan el actuar de Pedro y éste se defiende conciliadoramente y defiende el ingreso de los paganos a la par de los judíos, existiendo calma y asombro, por un tiempo.

La predicación de Pablo y Bernabé comenzó a rendir sus frutos; pronto se dirigieron a los paganos cuando sus connacionales comenzaron a rechazar e injuriar su predicación y exponerlos constantemente a peligros mortales. No obstante algunas sinagogas les permitían la entrada todos los sábados para predicar y comprobar mediante las escrituras que Jesús era el Mesías esperado para Israel. Tras Jerusalén, la segunda iglesia más importante fue Antioquía de Siria, ciudad más pagana que judía, pero de los judíos en su mayoría se eligieron a los ancianos para liderar a las comunidades. Teológicamente, por la influencia del helenismo filosófico, las prácticas judías fueron dejándose de lado, lo que sin duda llamó la atención de algunos integrantes de la iglesia jerosolimitana –fariseos convertidos- que comenzaron a predicar que, primeramente, debían circuncidarse los paganos y respetar al pie de la letra la Ley de Moisés, aspecto en lo que algunos no estaban de acuerdo, entre ellos Pablo –ya apóstol con todo derecho-, Bernabé, Pedro y seguramente los demás apóstoles, y Santiago el hermano del Señor.

Disputa de San Pedro y San Pablo en Antioquía, tras finalizar el concilio de Jerusalén. Óleo de  Rembradnt.

Disputa de San Pedro y San Pablo en Antioquía, tras finalizar el concilio de Jerusalén. Óleo de Rembradnt.

El “concilio” de Jerusalén. La Iglesia, ¿será judía?
A raíz de la controversia de los fariseos conversos –los primeros judaizantes, aunque no se les nombra de tal manera-, fue preciso tomar medidas para evitar confusiones y cismas. Los apóstoles –no se menciona quiénes ni cuántos, salvo Pedro y Juan, aunque este dato lo dice Pablo en su Carta a los Gálatas en el capítulo 2-, Santiago el hermano del Señor y los ancianos de ambas comunidades, se reunieron en Jerusalén para discutir y llegar a un acuerdo.

Los Hechos de los Apóstoles resumen que la discusión se resolvió a favor de no imponer un yugo imposible de llevar, “incluso para nuestros padres y nosotros mismos”, a los paganos conversos a Cristo, y sólo se impusieron como normas morales el abstenerse de comer sangre, la carne no desangrada, las relaciones sexuales prohibidas y la no asistencia a los banquetes en templos paganos, desautorizando a los perturbadores del orden evangélico. Cualquiera con un poco de conocimientos básicos del judaísmo se dará cuenta de que estas normas son las leyes de la santidad o pureza ritual, punto medular del judaísmo contra las cuales Jesús mismo luchó y combatió contra la hipocresía de los fariseos y saduceos. Para evitar rupturas, en este mismo concilio se permitió que Pablo, Silas y Bernabé predicaran a los paganos, mientras que Pedro y los demás predicarían a los judíos. Como veremos a continuación, el problema no finalizó con el “concilio”.

En el capítulo 2, versículos 11- 21 de la carta de Pablo a los Gálatas –ubiquémonos en el tiempo, estamos más o menos en el año 56 d.C. – Pablo relata lo inmediatamente sucedido tras el concilio en el año 49 d.C., que no resolvió del todo la controversia judaizante. Por aquél entonces Pedro llegó a Antioquía y Pablo le enfrentó por su doble comportamiento, primeramente al ir libremente con los paganos sin importarle su condición de judío, y cómo tras las murmuraciones de los allegados de Santiago, dio marcha atrás y se apartó de los paganos, actitud que contagió incluso a Bernabé el apóstol. Con toda justicia Pablo le reprende, aunque no menciona cómo se resolvió el problema “entre ambos”, en realidad entre comunidades, que persistió durante el primer siglo de la era actual.

Las cartas dirigidas a los gálatas, a los romanos, a los corintios y a los tesalonicenses reflejan claramente que el problema judaizante era general. Cada ciudad importante del imperio romano tenía una colonia judía y la prioridad de los misioneros era dirigirse a estas para hacerles partícipes de la venida del Mesías, de Jesús, el que predicaron los profetas y que llevó al cumplimiento toda la Ley sin derogarla, pero los intransigentes no los escucharon o si se hicieron bautizar, impusieron también las leyes de pureza propias del judaísmo más estricto y para evitarse problemas, se dirigieron a los paganos o prosélitos, con apenas derechos de admisión en la sinagoga, que mostraron mayor apertura al mensaje de salvación.

La cercana conclusión del libro de los Hechos revela que la presencia de Pablo en Jerusalén desató la alarma. La iglesia de esta ciudad era dirigida por Santiago y sus ancianos, sin duda fariseos y saduceos y gente común venida del judaísmo tradicional que aún respetaban el sábado, el ayuno ritual, las oraciones en el templo y quisieron conocer la congruencia de Pablo con sus tradiciones –que él mismo recalca en la mayoría de sus epístolas, pero ante Cristo las considera nada, niñerías sin autoridad ante la madre (metáfora de la comparación entre Agar y Sara)- y le hacen acudir al Templo para purificarse él y sus compañeros –griegos- y así acallar los rumores de su apostasía. Pero esto tuvo un efecto contrario y entonces los judíos lo acusaron de profanar el templo introduciendo paganos –no circuncidados – delito tal, que se castigaba con la muerte (lapidación). Pero la rápida intervención de los guardias romanos impidió el linchamiento y aceleró los acontecimientos narrados por Lucas en su libro, describiendo finalmente el encuentro de Pablo con los judíos de Roma y su disposición a escucharlos con calma –sus dirigentes no recibieron ningún informe de Jerusalén sobre Pablo- y tras una breve mención de su relativa libertad termina. No así la controversia, que quedó reflejada en todas las cartas paulinas y en la epístola de Santiago, al final conciliador entre ambas tendencias.

Fotografía del Muro de las Lamentaciones en Jerusalén (Israel), con rabinos ortodoxos rezando.

Fotografía del Muro de las Lamentaciones en Jerusalén (Israel), con rabinos ortodoxos rezando.

El artículo se ha vuelto muy largo y si sigo, no acabo. En otro momento retomaré el tema. Por ahora basta explicar la herejía del ebionismo. De la palabra hebrea-aramea ebionim cuyo significado es “pobre”, no se aplicaron a sí mismos este nombre, sino que les fue impuesto despectivamente por Epifanio de Salamis, Ireneo de Lyon y Orígenes de Alejandría. Su doctrina aceptaba la humanidad de Jesús y su papel mesiánico, pero negaban su divinidad y aceptaba la Ley de Moisés como todavía válida y obligatoria, rechazando a Pablo de Tarso. Vivieron al margen de los cristianos “helénicos” y se aislaron tras la destrucción de Jerusalén. Según Jerónimo de Estridón usaban una versión del evangelio de Mateo en hebreo, y sólo éste, asemejándose al gnosticismo.

En cambio, los nazarenos fueron cristianos ortodoxos, herederos de la iglesia de Jerusalén, que si bien respetaban y cumplían las normas mosaicas, creían en la divinidad de Cristo y en el evangelio. Estos descendientes, por circunstancias políticas y el aislamiento geográfico, no participaron de las controversias cristológicas posteriores y se fusionaron con los cristianos griegos durante el dominio bizantino en el siglo V.

Para concluir, se denominan judaizantes a todos aquellos individuos sobre los que se sospechaba que en secreto practicaban los ritos de la religión de Moisés tras el bautismo –muchas veces bajo coacción, como por ejemplo tras la reconquista española-. Para cerrar el tema, tomo la opinión del abogado y filósofo peruano David Efraín Misari Torpoco que dice que, por algunas de sus prácticas, los adventistas del séptimo día son judaizantes. Del lado ortodoxo, la iglesia copta etíope es heredera del judaísmo.

Alejandro

Bibliografía:
– ÁLVAREZ VALDÉS, Ariel, “¿Cómo murió San Pablo?”, El blog de Xavier Pikaza, Periodista Digital.
– Biblia Latinoamericana.
– FLAVIO JOSEFO, “Antigüedades de los judíos. La guerra de los judíos”. Libro 18, capítulo 1, página 12.

Enlaces consultados:
– Blogs sobre Cristianismo primitivo e Historia eclesiástica. Ebionitas y Nazarenos.
http://historiaeclesiastica.blogspot.mx/2006/11/1202-los-ebionitas.html
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-ii/la-iglesia-judia

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